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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

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¡Que no vuelva la Santa Inquisición!

Primer día del año y ruego al cielo, sin demasiada esperanza de que se cumpla, lamento decirlo, para que 2018 no continúe por los derroteros por los que ha transcurrido el nefasto 2017 al que dijimos ayer adiós. Vivimos en una época en la que el concepto de “democracia popular” ha perdido su originario sentido político, relacionado con sistemas de economía socializada, para travestirse en un mecanismo perverso por el cual colectivos de toda índole se sienten con derecho a condicionar las decisiones creativas de los cineastas o los productores de obras audiovisuales. Así, por ejemplo, con el pretexto de la conducta moralmente reprobable de actores o directores, y tanto si ésta tiene o no consecuencias penales, algunos grupos de presión que operan en el terreno más influyente sobre la opinión pública, el de los medios y redes de comunicación,  consiguen que tan pronto retiren a un actor de una serie como lo borren literalmente de una película; unos pretenden que los personajes no fumen y otros que usen preservativos en sus efusiones íntimas; otros de más allá que no digan palabrotas y otros de más acá que no se enamoren en momentos inapropiados…

En ese camino en el que la democracia adquiere un perfil tortuoso (entre otras cosas, porque las razones pueden parecer muy convincentes en el momento presente y tal vez revelarse a posteriori equivocadas) se confunden los términos y se establece una discusión alejada de la racionalidad, como las descalificaciones que tuvo que sufrir Matt Damon por unas declaraciones que tampoco eran ningún despropósito, realizadas en una entrevista para la cadena ABC News: “Creo que hay un abanico de comportamientos.Hay una diferencia entre tocarle el culo a alguien y una violación o abusar de un niño, ¿no? Todos esos casos tendrían que ser afrontados y erradicados, sin duda, pero no habría que mezclarlos”. Obviamente, según reconocía Damon, algunas conductas merecen ser castigadas con prisión, mientras que otras, aunque sean “vergonzosas y bárbaras”, no pueden ser consideradas de la misma gravedad. A mí esto me parece elemental, pero aquella entrevista fue piedra de escándalo en su día porque nos hemos instalado en un ambiente en el que se rechazan de plano los matices. Habrá que ver el precio que le hacen pagar directa o indirectamente a Damon por haber pisado ese charco.

Matt Damon. EFE

En este contexto se acumulan los sucedidos que tienden a ser cada vez más estrambóticos. No hace mucho se produjo una de esas situaciones en las que la gente se la coge con papel de fumar, si se me permite la humorada tratándose de lo que se trata. Resulta que existen unos premios en la industria del cine pornográfico, sección gay u homosexual, llamados GAYVN Awards, en los que a alguien se le había ocurrido incluir una categoría que premiaría a los actores negros, latinos y asiáticos y no había encontrado otra denominación que la de “Mejor escena étnica”. La intención era establecer un premio específico para unas minorías que de ese modo se garantizaban un puesto en el palmarés. Algo similar a las razones por las que los Goya diferencian entre mejores intérpretes protagonistas y episódicos femeninos y masculinos; si no lo hicieran, probablemente, y en razón de que por desgracia hay muchas menos actrices que actores protagonistas en las películas, aquéllas tendrían sin duda menos peso y visibilidad de la que tienen actualmente en las Galas y en los premios.

Esto es, claro, legítimamente discutible y provoca mucha controversia porque hay otras consideraciones a tener en cuenta, como la de si no es un trato paternalista el no colocar a todos los comediantes por igual, sin diferencia de sexo y condición, en la misma carrera e idéntica línea de salida. Pero lo que no debería provocar son ataques de ira ni acusaciones fundamentalistas, o suspicacias como las del actor porno gay, Hugh Hunter, que fue quien destapó la caja de los truenos acusando a los mencionados premios de racismo e hipocresía, lo que rápidamente llevó a los organizadores a pedir disculpas, darse muchos y sonoros golpes de pecho y suprimir la categoría de la discordia.

El actor de cine pornográfico Hugh Hunter. Twitter

Ay señor, ni en un apartado industrial del entretenimiento tan peculiar y semiclandestino como el de la pornografía se libran de andarse con remilgos y ñoñeces. Igual no era una gran idea, o igual sí, vaya usted a saber. Por cierto –y esto sí que es infinitamente más grave que lo anterior- por sorprendente que parezca, en el planeta porno se adelantaron dos años al cine convencional en la denuncia de supuestos acosos en la persona de James Deen, una de las grandes estrellas sicalípticas del momento, cuya carrera se vio truncada por la acusación de violación de que fue objeto por parte de su “partenaire” y ex novia, Stoya, en Twitter. Con causa o sin causa, que el asunto aún no ha sido resuelto en los tribunales, que yo sepa, James Deen se declaró en rebeldía contra lo que calificaba de infundios: “Ha habido algunas acusaciones atroces contra mí en una red social. Quiero asegurar a mis amigos, fans y colegas que estos alegatos son falsos y difamatorios. Respeto a las mujeres y conozco los limites, tanto profesionales como privados”. No tengo la menor idea de si cree lo que dice o es un farsante. Lo cierto es que nadie le creyó y su flamante carrera se precipitó por el inodoro, emulando “avant la lettre” a Kevin Spacey, éste sí, una inmensa pérdida artística. El impacto que aquella historia causó, claro, con ser muy similar a las que hemos visto recientemente en Hollywood, se diluyó como azucarillo en el agua.  Al fin y al cabo ¿a quién le importa lo que pueda pasarle a “esos guarros del porno”?

James Deen y Stoya y uno de los tuits de denuncia. Twitter

Muy cerca de nuestra casa hemos visto lo que la presión de la opinión pública puede influir en el ámbito de la creación. La cadena pública francesa France 2 ha decidido aparcar sine die el proyecto de un telefilme (ahora le dicen “tvmovie”) que se encontraba en fase de montaje, titulado Ce soir-là, que podemos traducir por Aquella noche, debido a la montaña de críticas que se les ha venido encima porque narraba “una gran historia de amor imposible, pero también un renacimiento con París de fondo, la ciudad romántica por excelencia”. Hasta ahí, nada que reprochar salvo el tufo hiperglucémico. Lo malo es que el romance arrancaba la noche del brutal atentado que el Estado Islámico llevó a cabo en la sala Bataclan, el 13 de noviembre de 2015 y produjo cerca de 90 muertes. Algunas asociaciones de víctimas protestaron porque les parecía inadmisible lo que entendían “es aprovecharse del dolor de la gente”. Una periodista, Claire Peltier, que perdió a su marido en el ataque, cosechó en poco tiempo más de treinta mil firmas pidiendo la cancelación de la película y parece que ha logrado su objetivo.

Captura de pantalla de la web de Le Film Français en el que se menciona el telefilme antes de ser suspendido

Naturalmente, quienes sufren las consecuencias de tan execrable crimen nos inspiran toda la solidaridad del mundo, pero por muy grande que sea su dolor creo que no tienen derecho a exigir que un director, directora en este caso, Marion Laine, renuncie al suyo de contar una historia enmarcándola en el acontecimiento que le venga en gana. Dije lo mismo refiriéndome a Fe de etarras y lo mantengo. Por supuesto, una vez que la hayan visto podrán poner a la obra a caer de un burro o de un potro mecánico, si así lo estiman, pero nunca antes y nunca pretendiendo que se suspenda, salvo que se demuestre que se está cometiendo un delito. No es delito pecar de “insensible” o de “no respetar nuestro dolor y nuestro luto, por las personas asesinadas y heridas”, porque esto entra en el ámbito de lo subjetivo. O no debería serlo, que al paso que vamos, con leyes mordaza e intervenciones policiales terminarán por hacernos añorar a la Santa Inquisición. Al menos con ella no te quedaba más remedio que reconocerte culpable y sabías que te torturaban por la salvación de tu alma. No es un gran consuelo, pero hay a quien le sirve.

Justos y pecadores, todos revueltos

En el mundo globalizado en el que vivimos cualquier campaña publicitaria negativa puede dar al traste con la carrera comercial de una película. Es lo que supone la presión de la opinión pública, tan sensible (y manipulable) en según qué asuntos a las noticias chungas que involucren a los artistas, especialmente  directores, actores o actrices. Para evitar esa presión se retiran del cartel a las estrellas caídas en desgracia por motivos casi siempre relacionados con la reputación moral, en particular la relativa a conductas sexuales repudiadas. Es lo que le ha sucedido a Kevin Spacey, el caso más obvio, dejando aparte a Harvey Weinstein, que juega en otra “Liga de los abusos” y purga por hábitos malsanos –por decirlo suavemente- acreditados por toda una legión de víctimas suficientemente amplia como para sospechar que si este río tanto suena debe de llevar un Amazonas de agua. Spacey, por su parte, se ha caído con todo el equipo pero tendrá que pasar mucho tiempo para que descubramos si hay proporcionalidad entre los delitos o faltas de los que se le acusa y las consecuencias que para él han tenido las acusaciones.

Lo peor no es que quienes han cometido fechorías paguen por adelantado, antes de ser acusados formalmente ante un tribunal, juzgados y condenados, con el descrédito y el hundimiento de sus carreras, sino que en el clima de general indignación que provoca el aluvión de denuncias se mezclen justos con pecadores. Yo tengo escrito en este mismo espacio alguna reflexión al respecto que, a juzgar por algunos comentarios subidos de tono en contra de este opinador, es interpretada como una defensa de los primeros en lugar de una prevención para no confundirlos con quienes pueden encontrarse en el grupo de los segundos. Y no, claro, está, no pretende uno echar un cable de apoyo a sinvergüenzas, abusadores y menos aún violadores, sino advertir de que las inculpaciones deben sustanciarse en los tribunales y de que hasta que eso ocurra es temerario dar por demostrado lo que alguien dice contra otro, porque detrás del litigio pueden agazaparse las razones más perversas.

 

Quienes trabajamos en los medios de comunicación tenemos una especial responsabilidad para tratar estos asuntos con cuidado y delicadeza sin dejarnos llevar por prejuicios establecidos. Recientemente leí, para más inri en un periódico deportivo, un titular que decía: “La hija de Woody Allen, víctima de abusos sexuales por parte de su padre, critica la doble moral de Hollywood”. Tras la contundente imputación de culpabilidad contra el director neoyorquino asumida por el periódico en el titular, el cuerpo de la noticia se mostraba ligeramente más cauto: “Dylan Farrow, hija adoptiva de Woody Allen, quien denunció públicamente en 2014 los abusos a la que se vio sometida por su padre, ha vuelto a hablar. Esta vez, sobre la doble moral de Hollywood en un artículo titulado “¿Por qué la revolución #MeToo ha salvado a Woody Allen?”.

 

La falta de concordancia gramatical (“abusos a la que…”) en este texto es una cuestión muy menor frente a la cuestión de fondo, pero parece revelar inconscientemente la doble violación del código deontológico en la que incurre el periodista al dar por hecho, primero explícita y después implícitamente que las afirmaciones de Dylan Farrow (que tenía siete años de edad cuando supuestamente su padre adoptivo habría cometido los abusos) se sustentaban en hechos reales. El periódico toma partido en un asunto del que como mínimo hay muchos motivos para no estar seguros sobre quién dice la verdad, si el acusado, cuya imputación fue rechazada por un juez, o la acusadora infantil, detrás de la cual aquel juez vio la mano manipuladora de su madre, Mia Farrow.

El tortuoso caso de Woody Allen data de 1992 cuando en plena batalla legal por la custodia de sus hijos la actriz argumentó tales acusaciones sin conseguir que la Justicia las tomara por creíbles, pero llega hasta nuestros días. El 1 de febrero de 2014 Dylan publicó una carta en el diario The New York Times en la que volvía a cargar a su padre adoptivo con la mancha de haber abusado sexualmente de ella. Ronan Farrow (hijo biológico de la pareja) siguió su estela y publicó un artículo en mayo de 2016 minutos antes de la presentación mundial de Café Society, la anteúltima película de Allen, en el marco del festival de Cannes, cuyo título anticipaba su protesta por el escaso crédito concedido a su hermana: Mi padre, Woody Allen, y el peligro de no hacer preguntas. “Yo creo a mi hermana, él sigue en libertad y dirigiendo películas gracias a una cultura de la impunidad y el silencio. Amazon ha pagado millones de dólares para producir su serie y su nueva película”, afirmaba el periodista que descubrió la gravedad del caso de Harvey Weinstein en otro artículo publicado en The New Yorker.

Woody Allen en el Festival de Cannes

Dylan y Ronan coinciden en lamentar que muchas actrices y muchos actores sigan queriendo trabajar a las órdenes de Woody Allen y repudian lo que ellos consideran una evidente falta de compromiso contra los delitos sexuales. Lo que sin embargo dicen al respecto algunas señaladas, como Kate Winslet, estrella de Wonder Wheel, el último filme del director de Manhattan, es aquello que uno cree lo más sensato: “Yo no conocía a Woody y no sé nada acerca de esa familia. Como actriz de una de sus películas solo debes apartarte y decir: no sé nada, realmente no sé si es verdad o es falso. Tú dejas eso de lado y simplemente trabajas con la persona. Woody Allen es un director increíble“. En esa misma posición se encontraba también la actriz Blake Lively que respondió prudentemente: “Es peligroso hablar de temas de los que no tienes ningún conocimiento. Yo solo puedo saber lo que he experimentado”.

Kate Winslet en Wonder Wheel. A Contracorriente

Dylan agradece que otras intérpretes se mojen dando por buenas sus acusaciones, entre ellas Jessica Chastain, quien se pronunció con radical claridad afirmando que nunca trabajaría con Woody Allen. En su empeño por empujar a su padre al infierno en el que se encuentra Harvey Weinstein, Dylan responsabilizaba a aquél de haber puesto en su contra a su otro hermano de 39 años de edad, Moses Farrow, quien al contrario que ella considera que la verdadera madre del cordero, la culpable de este embrollo es Mia Farrow. Moses consideraba recientemente en una entrevista a la revista People que la actriz fue con ellos “abusiva física y emocionalmente”… “Ahora que ya no vivo con miedo de su rechazo soy libre de compartir cómo ella me cultivó y me lavó el cerebro”. Según Moses, Mia Farrow creó una atmósfera de miedo y odio hacia su ex pareja y respecto al hecho descrito por su hermana ha afirmado:  “Ese día había seis o siete personas en casa. Nadie estaba en un cuarto cerrado; mi madre salió astutamente para irse de compras. No sé si mi hermana realmente cree que ha sido violada o lo está haciendo para agradar a mi madre. Sería una motivación muy fuerte, ya que tenerla en tu contra es algo terrible”… “se enfurecía de una manera aterradora; nunca sabías qué podría hacer”.

Woody Allen, Mia Farrow y sus hijos, Dylan y Moses. GTRESONLINE

El genial y octogenario director norteamericano (82 recién cumplidos) vive en un sobresalto periódico estos últimos años con la reactivación de ese caso que se remonta a un cuarto de siglo y que independientemente de cualquier calificación debería considerarse prescrito. Su cinematografía ha ido adquiriendo una gradación dramática que en el caso de la última entrega, Wonder Wheel, pese al maravilloso tratamiento cromático de Vittorio Storaro, vira a una tonalidad sombría que delata sin duda el estado de ánimo del cineasta; sus personajes se ven sometidos a la tiranía de una fatalismo que no les permite escapar de la infelicidad, a la que pretenden hacer frente con la ayuda del amor en sus diferentes versiones: el interesado, el resignado o el ingenuo. El amor y la vida, según Allen, dan unas vueltas del todo imprevisibles.

¡Todos a la hoguera!

Ya he dejado fijada aquí mi posición sobre el caso de Harvey Weinstein y no es mi intención repetirme y menos aún añadir leña al fuego. Pero me subleva que el incendio se esté propagando a diestro y siniestro y me temo que vamos a terminar todos –los hombres- achicharrados. Me parece a mí que en la pira de expiación que han montado entre unos y otras no va a haber sitio para tanta gente y no quedará más remedio que habilitar una máquina de turnomatic, ante la cual, como los que hacían cola a los pies del cadalso durante la revolución francesa, nos iremos ubicando educadamente: perdón, ¿es usted el último?, disculpe ¿es ésta la guillotina de los abusadores? ¿la pederastia es aquí o hay otra hoguera?

Iba a escribir: el último en caer de rodillas en el oprobio ha sido Kevin Spacey. Pero, qué va, la lista se va engrosando aceleradamente y antes de que este post se publique seguro que ya han caído unos cuantos más. A Spacey le ha recordado el actor Anthony Rapp que cuando éste tenía 14 años, allá por 1986, el vidrioso Keyser Soze, protagonista de Sospechosos habituales, ya cojeaba de otras inclinaciones imperdonables. Si en American Beauty Spacey le hacía ojitos a una lolita (¡y qué lolita, que era Mena Suvari!), dice Rapp que aquello era pura ficción, que lo que le gustaba en realidad era otro material, vamos, que le echó mano al paquete.

Kevin Spacey y Mena Suvari en American Beauty. UNITED INTERNATIONAL PICTURES

Ah, no, perdón, lo del paquete lo dice el director y productor Tony Montana, a quien no hay que confundir con el protagonista de El precio del poder, de Brian de Palma (1983), que éste hubiera resuelto el asunto con cuatro tiros (de su pistola para Spacey y de coca para él). Montana dice que tuvo que quitarle la mano de su entrepierna, donde se había posado como quien no quiere la cosa, mientras las suyas andaban ocupadas en sostener una bebida y pagar la consumición.

En ardua competición con Harvey Weinstein, a Kevin Spacey le salen damnificados por las esquinas y otro actor no identificado en los medios se ha sumado a la triste fiesta para relatar cositas parecidas, aunque hasta ahora el hombre sólo ha reconocido y solicitado disculpas por el caso Rapp. En 1986 Spacey aún no era nadie artísticamente hablando y se encontraba sobre las tablas en un montaje de Broadway con un título que parece pensado para este momento tan delicado: El largo viaje del día hacia la noche. Por otro lado participó en su primera película, que en España se tituló Se acabó el pastel. O sea que todo era premonitorio porque la suma de ambos títulos dan para visualizar lo que ahora podría decirse de la carrera de este gran actor, que lo uno no quita lo otro.

Kevin Spacey. GTRES

Como ya es costumbre, desde lo del factótum de Miramax, muchas manos han cogido la pala para arrojar su montoncito de tierra sobre la tumba del muerto cuando aún está caliente. La actriz, comediante y presentadora de televisión Rosie O’Donnell le dedicó en un tuit la siguiente lindeza: “¿No recuerdas el incidente de hace treinta años? Vete a tomar por el culo, Kevin, como Harvey, todos sabíamos de ti. Espero que más hombres vayan adelante”. ¡Caramba con miss O’Donnell, tanto tiempo esperando a reconocer que lo sabía y callaba como los demás le han agriado el carácter!

 

La palada más gorda, que ha resonado sobre el ataúd del actor dejando constancia de su carácter irremisible, ha venido sin embargo de Netflix, que ha anunciado perdiendo el culo (con perdón) que ha dado por terminada la serie House of Cards, y que adiós a Francis Underwood y su sarcástica sonrisa. Ni las 53 candidaturas al Emmy acaudaladas por la serie han bastado para contener el pánico. Como colofón a esta cadena de sinsabores, la Academia de Televisión estadounidense le ha retirado el Emmy de honor antes de que pudiera recogerlo el próximo 20 de este mes. Spacey se ha quedado sin su International Emmy Founders Award 2017. La guasa es que este premio se otorga cada año a “un individuo que traspasa los límites para tocar la humanidad”. Pues siendo así, creo yo que deberían habérselo dado con más razón, ¿no creen?

Imagen promocional de la serie House of Cards. Netflix

Todo el mundo reacciona, como se dice ahora, sobreactuando. Este tsunami de denuncias por conductas inapropiadas, que yo no juzgaré porque no soy quién, ni tengo todos los elementos de juicio y entre ellos las alegaciones de los acusados, se lleva por delante a cualquier nombre famoso que parezca cuadrar, por la razón que sea, en este fango inmundo. Se meten en el mismo saco a Woody Allen, a Roman Polanski, e incluso a Bernardo Bertolucci, víctima también de un linchamiento moral a escala planetaria descaradamente desproporcionado. Por poner sólo tres ejemplos.

Allen, acusado por su mujer Mia Farrow de haber abusado de la hija adoptiva de ambos, Dylan Farrow, cuando tenía siete años de edad, dos décadas y media atrás. Nunca fue procesado por tales acusaciones ni por otras. La investigación policial de Connecticut, que duró seis meses con la participación de psicólogos del Hospital de Yale-New Haven determinó que el juez Elliot Wilk cerrara el caso sin llevarlo a los tribunales. Los expertos tenían dos hipótesis: “una, que estas eran declaraciones hechas por una niña perturbada emocionalmente y que se convirtieron en ideas fijas. La otra hipótesis era que había sido entrenada o sugestionada por su madre. No llegamos a ninguna conclusión. Pensamos que era probablemente una combinación de ambas”. Pero Woody Allen sigue siendo sospechoso, o más bien culpable, una estupenda diana contra la que lanzar los dardos del odio.

El director Woody Allen. GTRES

Roman Polanski sigue sufriendo el acoso de un juez norteamericano por un caso de relaciones sexuales consentidas con una menor hace treinta años, el de Samantha Geimer, que en su día dijo haber perdonado al director polaco. Aún así, la persecución se reaviva periódicamente con nuevas denuncias que no llegan judicialmente a nada. Polanski ha tenido que escuchar hace unos días las tonterías de las aguerridas chicas de Femen que perturbaron su homenaje por parte de la Cinemateca Francesa de París porque no necesitan juicios ni pruebas para declararle reo de todo lo que se le acuse, siempre que tenga que ver con algo sexual. Aunque el escrache modalidad tetas al aire es el más benigno de cuantos los exaltados puedan organizarte no debe de ser muy excitante y viene a sumarse a la ingente cantidad de artículos que lo confunden todo y allanan el camino a estos ridículos shows.

 

Y qué decir de Bernardo Bertolucci, arrastrado por los pelos a esta bacanal de lapidaciones, por el gravísimo delito de no haber advertido previamente a su actriz Maria Schneider que en la escena de violación anal (por supuesto, simulada) se utilizaría como supuesto lubricante lo que luego la convirtió en la más famosa escena sexual de la historia del cine. O de cómo volver a ensuciar una de las más bellas y grandes obras del arte cinematográfico. Que si Brando violó a Schneider con mantequilla, que si el trauma de la escena llevó a la actriz a un agujero negro mental, que si Bertolucci es uno más de los pérfidos directores que maltratan a sus actrices y merecen la reprobación universal al grito de ¡feministas y feministos del mundo, uníos! ¡Cuántas insensateces se han dicho y escrito a propósito de la famosa secuencia en contra de este director genial, por el que quiero romper aquí y ahora una lanza!

La famosa secuencia de El último tango en París

La iconoclasia es un bonito deporte últimamente muy practicado por los fanáticos del Islam, los partidarios de la yihad, los muyahidines, o los talibanes que tan pronto derriban los budas de Bamiyan, como la Alhambra de Granada si les dejaran. Ahora nos llega de Hollywood la iconoclastia antiabusadores ilustres, confesos o no, una moda que amenaza con derribar a artistas que son parte del patrimonio universal de la cultura. Hombre, por dios, ¡a ver si distinguimos y afinamos un poco! Y sobre todo, ¡no se me amontonen ni me formen jaurías, por favor!