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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

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Cosas de la Academia

En 2011, Televisión Española tuvo a bien encargarme la producción de un documental que celebraba el veinticinco aniversario de la creación de la Academia de Cine. Academia 25 años de Cine, se tituló sin grandes alardes de originalidad. Lo pueden ver aquí. Para su confección no iba a poder contar con muchos medios, o sea, en román paladino, que dados los tiempos que corrían y siguen corriendo para esa casa, un soberbio y noble palacio de la memoria sociocultural española que algunos se han propuesto demoler desde dentro reduciéndolo a la indigencia, me lo iba a tener que guisar y comer yo solo, como Juan Palomo.

Decidí, a la fuerza ahorcan, abordarlo de la manera más económica posible, hacer uso del archivo que contiene las galas anuales de entrega de los premios Goya y describir el proceso histórico que había conducido hasta el momento presente a través de las voces de su Presidente (a la sazón, Enrique González Macho) y  expresidentes vivos, a los que pretendía entrevistar uno por uno. El archivo de Televisión española es la cueva del tesoro tantas veces saqueada y contenedora de valiosos documentos: asambleas y reuniones preparatorias, conversaciones entre algunos miembros fundadores, etc… (Aprovechando el Pisuerga a su paso por Pucela, ¿por qué las imágenes de TVE utilizadas una y otra vez por las privadas, como la irrupción de Tejero en el 23 f, por ejemplo, nunca están acreditadas?).

Escena de Academia, 25 años de Cine. TVE

En el documental se describe la famosa reunión convocada por el productor Alfredo Matas en el Restaurante O’pazo de Madrid, el 12 de noviembre de 1985, origen primigenio y más remoto de la primera idea fundadora. A ella acudieron los directores Luis García Berlanga y Carlos Saura, los directores de producción Marisol Carnicero y Tedy Villalba, los actores José Sacristán y Charo López, los montadores Pablo González del Amo y José Luis Matesanz, el guionista Manuel Matji, el músico José Nieto, el director de fotografía Carlos Suárez y el decorador Ramiro Gómez y fue evocada por algunos de los asistentes diez años después en el mismo lugar. Allí contaron jocosamente ante la cámara de TVE anécdotas sobre la gestación de la Academia y de sus premios Goya, que serían entregados  en las galas cuyo futuro durante años no estuvo garantizado y hoy nos parecen casposas. Seguramente lo fueron. Apréciese si no el olor a naftalina que desprende la imagen de aquí debajo.

Madrid, 16.03.1987.- Los Reyes, Juan Carlos y Sofía posan con los premiados en la primera edición de los premios Goya. EFE/Archivo/R.Pascual/R.Castro

Después, con altibajos, los premios se fueron asentando, los presidentes se sucedieron unos a otros no siempre con armonía y sin fricciones. Hubo momentos duros, momentos de tedio y relajación y momentos dulces.

De todo eso hablan las personas que quisieron colaborar en el documental que celebraba esos 25 años, todos los expresidentes, decía, que estaban vivos. Los fallecidos, pobres, José María González Sinde, que fue el primero de la historia y Fernando Rey, que duró poco porque lo suyo no era la gestión, estaban excusados. Otra excepción comprensible y justificada por enfermedad fue la de José Luis Boráu, que hizo un esfuerzo muy de agradecer pero por desgracia no pudo verse en el documental. Los demás hablaron de cosas jugosas: Fernando Trueba, Antonio Giménez Rico, Gerardo Herrero, Aitana Sánchez Gijón, Mercedes Sampietro, Ángeles González-Sinde, por entonces Ministra de Cultura, Eduardo Campoy, y Enrique González Macho, como he dicho, en aquel momento, Presidente de la Academia, y tiempo después convertido, me da el pálpito que de manera injusta, en cabeza de turco de oscuras maniobras justicieras.

Pero faltaron a la cita Álex de la Iglesia y Marisa Paredes. Del primero nunca supe por qué no contestó a mensajes y llamadas, debía de estar ocupadísimo porque su silencio era llamativo, aunque dispuse de una entrevista muy reciente que yo mismo le había hecho cuando aún detentaba el cargo y con ella me apañé. De Marisa Paredes me llegó una pequeña decepción porque un par de horas antes de la cita, maquilladora, coche y cámara pendientes de ella, anuló la grabación que habíamos acordado, por una inoportuna indisposición, ese tipo de cosas que le pasan a veces inexplicablemente a los actores y actrices. No hubo posibilidad de retomarlo por falta de tiempo y el trabajo se resintió, pero qué se le iba a hacer, más se perdió en Cuba.

Marisa Paredes en el Festival de San Sebastián. GTRES

Antes de ayer la Academia hizo pública su decisión de conceder el Goya de Honor 2018 a Marisa Paredes, que recibirá en la gala de febrero, adornada con el argumentario habitual en estos casos: “una prolífica y prolongada carrera, trayectoria que mantiene con absoluto vigor, apostando en numerosos trabajos por proyectos cinematográficos nacionales e internacionales definidos por el riesgo y el prestigio”. Que no digo yo que no sea cierto, líbreme Dios, muy al contrario.

Paredes es una actriz estupenda y su trabajo merece ese reconocimiento y el de tantos otros premios recibidos y por recibir, como el Premio Nacional de Cinematografía, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes o la Gran Medalla Vermeil de la Villa de París, y un rosario de galardones en festivales como el de Karlovy Vary, Taormina, Gijón o Málaga. Para remate, el viernes comienza en Valladolid la 62ª edición de la Seminci que le obsequiará con su Espiga de Honor, que no le van a caber tantos honores en las estanterías.

Entonces, ¿a qué viene recordar esa –minúscula- anécdota que parece querer hacer de menos a nuestra estrella en un momento de brillo? Nada más lejos de mi intención que menoscabar su fulgor con tan poca cosa. Es un efecto juguetón de la memoria al leer la noticia de su Goya (que por cierto viene a rellenar un vacío, pues es el primero que recibe después de ser candidata en 1995 por La flor de mi secreto y en 1987 por Cara de acelga). Y como le tengo tirria al lenguaje estereotipado, al coro de alabanzas sin cuento que se despliega en ocasiones como ésta, me parece pertinente esta humilde discordancia.

Marisa Paredes e Imanol Arias en La flor de mi secreto. Sony Pictures

Más allá de ceremonias, lo cierto es que el curriculum de Marisa Paredes, estampado en cine, teatro y televisión, no sólo en España sino también allende las fronteras, a lo largo de casi seis décadas, es impresionante tanto en títulos de obras como en nombres de directores a cuyas órdenes se puso, desde Pedro Almodóvar a Agustí Villaronga, desde José María Forqué a Fernando Trueba, desde Amos Gitai a Alain Tanner, desde Manoel de Oliveira a Guillermo del Toro. Tratar de esbozar un listado de sus trabajos más interesantes es una tarea que tira para atrás porque son innumerables.

Fernando Luján y Marisa Paredes en El coronel no tiene quien le escriba. Alta Films

Para no agotar la paciencia del lector me limitaré a mencionar uno de sus personajes, el que de repente me viene a la mente con más fuerza en términos de emoción, aunque podría haber escogido unos cuantos, el de Lola, paciente mujer que sostiene la moral de aquel morigerado militar que no acababa de recibir nunca la tan ansiada pensión de El coronel no tiene quien le escriba, dirigida por Arturo Ripstein. Un personaje a la sombra de otro siempre ofrece a su intérprete una ocasión especial para demostrar su sensibilidad y capaz de creación y crecimiento y Marisa Paredes estaba inconmensurable junto a Fernando Luján; lo estaba por palabra, obra y omisión, por gesto y por dicción, ninguna estridencia, ningún protagonismo, pura discreción traducida en fuerza, en un relato cuya potencia extraída del texto de García Márquez reposa por igual sobre los diálogos medidos y la quietud de la puesta en escena. Enhorabuena, Marisa. La próxima, si puede ser, no me anules entrevistas, por favor, que cuesta un poco mover la maquinaria.

Despilfarra, que algo queda

A fuerza de respirar tantos virus nacionalistas, de escuchar sin remedio posible tantos debates y sufrir tanta fruición en el ondear de banderas hoy he sucumbido al contagio y me he levantado con el chip patriótico puesto. No, no teman, no me envolveré en ningún pendón, ni en el de la corona, ni en la senyera, ni en ningún otro. Hoy me ha dado por pensar en la riqueza que podríamos generar en nuestro país y tanto tiempo llevamos despilfarrando. Vamos, que deberíamos ser la envidia de Europa y del mundo mundial con tan poquita cosa y no hacemos más que ratificar aquella cita atribuida al fundador del estado alemán moderno, Otto Eduard Leopold von Bismarck-Schönhausen, Otto, para los amigos y von Bismarck, para los demás: “Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido”.

La clave de lo que estoy diciendo se llama sol. Sí, el astro rey, el sol que nos calienta, pero no a todos por igual. Verán. Hace diez años el Real Decreto 661/2007 por el que se regulaba en España la actividad de producción de energía eléctrica en régimen especial llevaba la firma de Juan Carlos R. El Rey. Era política de Estado. El gobierno de Zapatero animaba a todo el mundo a invertir en energías renovables, establecía primas para compensar las inversiones y garantizaba rentabilidades que supondrían amortizaciones en tan sólo diez o doce años. Puesto que teníamos más sol que nadie en Europa, era hora de aprovecharlo. Al trapo entraron miles de familias que diez años después están asfixiadas porque las reglas de juego cambiaron al poco tiempo de haber sido promulgadas mediante unas “medidas urgentes para la corrección del déficit tarifario del sector eléctrico”.  Se recortaron un 45% las ayudas a los huertos solares, el 25% a las instalaciones de placas grandes y un 5% a las placas solares pequeñas y convirtieron los cálculos de los pequeños inversores en papel mojado y les dejaron con deudas bancarias de tamaño olímpico.

Luego llegó el PP al gobierno y se encargó de rematar la faena. 62000 familias que no habían especulado en bolsa ni comprado sellos milagrosos de los que multiplicarían su valor estando guardados en una caja fuerte, 62000 familias que se creyeron lo que habían leído en el BOE y hoy esperan una sentencia en alguna instancia que les saque del agujero negro. Y mientras tanto, España abrasada por un sol de justicia y los precios de la energía por las nubes. ¿Por qué aquí no se aprovecha el sol como en Alemania? Porque nadie, salvo en este país nuestro, es capaz de inventar un concepto tan surrealista como el de “el impuesto al sol”, ese descubrimiento teórico, aprobado por el gobierno en el Real Decreto 900/2015 del 9 de octubre de ese año, que penalizaba el autoconsumo de los ciudadanos particulares para salvaguardar los intereses económicos del sector eléctrico. ¿Se entiende por qué Alemania tiene 38,6 GW de potencia instalada en centrales de energía solar fotovoltaica y España sólo 5 GW?

monsolar.com

Pues oigan, algo parecido nos pasa en el cine. Precisamente debido a las condiciones climáticas que disfrutamos y padecemos en la península, entre otros factores, España es según muchos expertos el mejor plató natural de Europa. Y no lo aprovechamos, no señor, es una potencialidad absolutamente dilapidada. Como explica Belén Atienza en la Revista Academia, número 227, publicada en septiembre de este año: “Si empezamos a ser competitivos con las desgravaciones fiscales, inevitablemente muchas producciones grandes y medianas se sentirán atraídas por España (por delante de otros territorios vecinos como Francia o Reino Unido) y eso sí tendrá un gran impacto en un número importante de técnicos y actores además de otros sectores derivados. Esta es una asignatura pendiente y sin duda han de darse pasos en esa dirección, porque estamos perdiendo el tren…”.

Belén Atienza es una de las productoras más importantes de España, capaz de poner en pie proyectos de 20 millones de dólares, hablados en inglés, con actores internacionales, como, sin ir más lejos Un monstruo viene a verme, de Juan Antonio Bayona, o el taquillazo de Lo imposible, del mismo director, películas de las que no tiene ninguna duda que son cosa nuestra, cine hecho aquí. No tanto puede decirse de lo que ahora tiene entre manos, la secuela del Parque Jurásico auspiciada por Steven Spielberg, pero da la medida de que algo sabe, por tanto, de lo que habla. “Yo ahora vengo de Londres, de los estudios Pinewood, que ahora mismo están duplicando su tamaño porque no caben las producciones que quieren ir allí a rodar. Tienen una desgravación fiscal que funciona de manera automática, inmediata, y un montón de técnicos que se han ido generando a lo largo de los años porque se ha creado este entorno. Esto pasó también con Canadá, que creó una industria de la nada con una política súper agresiva de desgravaciones y de atraer industria allí”.

 

Esto contrasta con lo que ella entiende que es una falta de voluntad política real para diseñar una estrategia a largo plazo que convierta al cine español en una industria cultural potente. “¿Cómo vamos a aspirar a crecer y mejorar la calidad de los proyectos si casi ni nacen, tardan años en financiarse y la mayor parte de los creadores y productores viven en una situación completamente precaria?”, dice Belén Atienza con más razón que la santa de Ávila. Considera, a modo de ejemplo, que la Ciudad de la Luz, a pesar de tener estudios aún mejores que los Pinewood, mejor clima y mejores condiciones generales para los eventuales trabajadores extranjeros (de comida y bebida para qué vamos a presumir), sin embargo la pésima planificación y la falta de incentivos fiscales la conducen a la parálisis, o al derribo, añado yo.

ciudaddelaluz.com

La ciudad de la Luz de Alicante, que abrió las puertas de sus instalaciones en 2005, con un coste inicial de 360 millones de euros, donde Bayona pudo recrear el gigantesco tsunami de Tailandia que causó ocho mil muertos, además de un buen puñado de películas que otros han realizado, lleva cinco años cerrada por una resolución de la Unión Europea que la condenó por competencia desleal, a no realizar ninguna actividad lucrativa durante tres lustros. Sin plan de viabilidad, con un descontrol palmario en el uso de los fondos y gastos millonarios irracionales, la gestión de Eduardo Zaplana, ese prohombre que Rajoy puso como ejemplo de administración, hoy investigado por corrupción en la operación Lezo, ha dejado hecho unos zorros el sueño de Luis García Berlanga.

Pues eso mismo, entre falta de voluntad política para crear tejido industrial y gestión catastrófica, o corrupta, así nos va.

Ay, señor, ¡tanto sol, tanto talento, tan buenas condiciones y cuánto derroche! ¡Pero si el pasado ya nos señaló la senda! ¡Como si Samuel Bronston no hubiera venido nunca a España! ¡A ver si va a tener razón von Bismarck!

Rodaje de El Cid, una de las producciones de Samuel Bronston en España

Sexo, mentiras y Hollywood

Peter Biskind tituló su libro Sexo, mentiras y Hollywood (Editorial Anagrama, 2006), haciendo un guiño al filme que descubrió al mundo en 1989 el talento de un jovencísimo Steven Soderbergh, Sexo, mentiras y cintas de vídeo. Era un título con apellido oculto en el subtítulo: Miramax, Sundance y el cine independiente, porque podría haberse llamado: “Ojo con los Weinstein”. Porque mira que lo avisó: una década después, uno de los dos brothers, de los que el libro daba cuenta en un retrato a la vez feroz y también, por qué no, matizado por un punto de admiración, Harvey, se encuentra inmerso en el ojo de un huracán, que ríete tú del Irma.

Era el segundo tomo que Biskind convertía en lectura obligada para conocer los entresijos de Babilonia, después de aquella joya titulada Moteros tranquilos, toros salvajes, también publicada en España por Anagrama, crónica apasionada y apasionante de los años 70 por la que se paseaban jubilosos, jóvenes y desconocidos una pandilla de genios que no tenían ni idea de lo que darían de hablar, Coppola, Scorsese, De Palma, Spielberg… Casi nadie. Directores que alcanzaron la cima en una edad de oro en la que se encontraron acompañados de actores como Jack Nicholson, Robert de Niro, Al Pacino y una bonita colección de nombres más que atiborraban nuestra colección de dvds cuando eso se llevaba, que ahora dicen que ya no se estila.

La documentadísima pluma de Biskind en estos dos volúmenes afilada a base de cientos de entrevistas nos conduce a través de los pasillos oscuros, de despachos infectos donde se cuecen los guisos, apaños y tejemanejes de las producciones, los premios y los castigos, abre en canal sin anestesia el organismo de Hollywood y expone al aire libre sus glorias, pero sobre todo y en paralelo sus miserias. En el segundo volumen Biskind se centra en el llamado cine indie y más particularmente en el nacimiento auge y decadencia de la fabulosa Miramax, el glorioso emporio creado por los hermanos Weinstein.

También es amplia la nómina de los que pueblan las páginas de este repaso a los 90 y todos reciben su paga. Por allí pasan Robert Redford, acariciado con guante de estraza por sus luces y sombras en el Festival de Sundance, e individuos de tanto brillo como Quentin Tarantino, el citado Soderbergh o Richard Linklater. Pero, como digo, Bob –la codicia- y Harvey –el ego- Weinstein se llevan la palma con sus grandes éxitos (Sexo, mentiras… fue el primer bombazo de ganancias), sus sobornos, sus oscuras inversiones publicitarias y también el ojo clínico para descubrir los nuevos tesoros ocultos, el cine europeo, Mi pie izquierdo, Cinema Paradiso, La vida es bella, Almodóvar, Pulp Fiction… Claro que sus métodos no eran muy aseados. Vender el más bien adormecedor drama Pelle el conquistador como una película de acción o el debut de Soderbergh como si fuera cine porno fueron las tretas más sutiles que se gastaban. Seguramente esto último se les ocurrió cuando confundieron Los 400 golpes de Truffaut con el último grito “hardcore”. Pero les dieron muy buen resultado. Fue bonito mientras duró hasta que vendieron la empresa a Disney y el tren comenzó a descarrilar.

Biskind lo había advertido: algo pasaba con estos hermanos. Y de ellos el que hoy ha caído en desgracia no era el precisamente el poli bueno de refinadas maneras. Arrancar los teléfonos y arrojárselos al que se le pusiera por delante era la manera que este hombre tenía para hacerse respetar, combinada con palabrotas proferidas con desmedida energía. Pero, hombre, Harvey, por dios, que eso no se hace… “Sí, lo sé, pero no puedo evitarlo”, decía compungido. De tarde en tarde, en instantes de arrepentimiento, le salía la vena dulce que le había llevado, a él y a su hermano, a sumar los nombres de sus padres, Max y Miriam, para denominar a su propia creación, Miramax.

Con los empleados, con los productores, con los adversarios, hombres casi todos ellos, Harvey utilizaba el método del palo y la zanahoria: unos días maltrataba verbalmente; otros días acariciaba con su verbo lisonjero y regalaba chucherías, para compensar y aliviar el disgusto. Con las mujeres la cosa iba de sexo, nada original. Proposiciones de mal gusto, chantajes obvios, tocamientos, intentos culminados o no de violación… The New York Times ha revelado una retahíla de casos que se habrían producido a lo largo de tres décadas, en los que bailan el mismo son actrices, modelos y secretarias, que este caballero no discriminaba por posición social, sino por cuestiones más perentorias. Todo el mundo lo sabía, pero todo el mundo lo callaba.

Harvey Weinstein. EFE / Peter Foley

Harvey, Harvey, quién te ha visto y quién te ve. Todo Hollywood clama con una sola voz, la tronante voz de todas las instituciones y todas las personas que han permanecido en silencio durante años ante tus abusos y tropelías. Hasta Obama, ya ves tú, tan amigo, al que financiaste con tus buenos dólares, te abandona, y arroja también su piedra, que aquí, tonto el último, no vaya a ser que nos acusen de ser cómplices. Y ahora, en la plaza pública, sometido a un merecido escarnio, te encuentras tan solo cuando todas las bellezas que tanto te deben, Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Ashley Judd, Rose McGowan, Cara Delevigne, vuelven hacia abajo sus pulgares.

La Academia de Hollywood se escandaliza, el Festival de Cannes, con las buenas migas que tú hiciste en Francia, exclama “quelle horreur!”, todo dios se rasga las vestiduras. Y tu esposa, la diseñadora de MarchesaGeorgina Chapman, que se casó contigo por tus atractivos intelectuales y físicos y que nunca intuyó siquiera tus incontrolables impulsos ha solicitado de inmediato el divorcio, ahora, tras diez años de próspero matrimonio y dos hijos, uno de siete años y otro de cuatro, cuando más la necesitas para poder curarte en una clínica de rehabilitación (temblando están los empleados que tengan que ocuparse de tí), te deja tirado como una colilla . Ni tu mujer ni nadie sabían nada. Todos callaron. El monstruo ha sido descubierto. Oye, Harvey ¿y si lo cuentas en una película? Dadas tus habilidades para conseguir los Oscar, igual te rehabilitan.

Harvey Weinstein y su esposa Georgina Chapman. EFE / Ian Langsdon

P.S. Dado que la avalancha de denuncias, de mujeres que han engrosado el pretendido harén de Harvey Weinstein, no cesa de crecer y pronto no cabrán en un estadio si se reúnen, y hasta parecerá que no eres nadie si no has sido acosada por “el Gordo”, dado que son escasas las personalidades que no se apuntan al juicio sumarísimo, me parece pertinente añadir las sensatas palabras de Oliver Stone, que leo hoy mismo:

“Soy un firme defensor de que hay que esperar hasta que esto llegue a juicio… Creo que un hombre no debería ser condenado por un sistema de justicieros. Y no es fácil por lo que [Harvey Weinstein] está pasando tampoco… Para mí ha sido un rival y nunca he hecho negocios con él y tampoco lo he conocido de verdad. He oído historias de terror sobre casi todo el mundo en este negocio, así que no voy a comentar sobre chismorreos… Simplemente esperaré (para pronunciarme), que es lo correcto”.

¡Provocación! Sí, pero…

El presidente del PP de Gipuzkoa, Borja Sémper, dando muestras de una mano izquierda que habrá causado asombro en las filas de su partido, no quiso sumarse a la ola de críticas cosechadas por una película ¡antes de verla!, Fe de etarras, de  Borja Cobeaga, porque “se trata de un filme que se ríe de ETA”, lo que según él es todo lo contrario de un apoyo o aval a la sangrienta organización terrorista. A más de uno ha debido de dejar alucinado con tal exhibición de lucidez. A mí el primero. Una vez recompuesto, me apresuro a felicitarle, sin que sirva de precedente.

Publicidad de Fe de etarras en San Sebastián. EFE

Como la película aún no se ha exhibido en el Festival de San Sebastián, pues comienza hoy (el día 28 habrá un pase para la prensa y el 29 otro abierto al público en el Velódromo, antes de que se estrene el 12 de octubre) y los detractores no pueden agarrarse a lo que en ella se diga o deje de decirse, la polémica ha saltado por la campaña de publicidad que Netflix España, la plataforma de video online, que la coproduce con Mediapro, ha tenido la gracia de soltar en modo bomba de neutrones, algo en lo que se ha venido especializando en ardua competencia con Oliviero Toscani, el director creativo de la marca United Colors of Benetton que provocó terremotos con sus conceptos fotográficos en los años 80 y 90.

Toscani era audaz e imaginativo y tenía un gusto estético que derrochaba en sus campañas, en las que lo único que resultaba tan ajeno como un inodoro en la jaula de un tigre era la marca de las prendas de ropa que ensuciaba discretamente una esquinita de las fabulosas imágenes. Se justificaba argumentando que él era un testigo de su tiempo, lo que no es poca cosa y además bien cierta. Pero el choque brutal entre el fin, vender un objeto de consumo, y el medio utilizado, atraer la atención del consumidor a costa de golpear sus ojos –y su conciencia, ojo, que es la coartada perfecta- con imágenes de un impacto (palabra que aborrecía) con frecuencia avasallador, levantaba ampollas en unos y suscitaba dudas metódicas en otros; a nadie, en fin, dejaba indiferente.

Algunas campañas de Olivieron Toscani para United Colors of Benetton

Ésta era la consigna, darle la razón a Oscar Wilde en una de esas frases lapidarias con que se adornan los pedantes: “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti”. El enemigo número uno de la publicidad es la indiferencia, el primero al que hay que derrotar. La cuestión es si todas las armas están permitidas. La respuesta, por supuesto es que no. Pero tampoco se puede vivir tratando de evitar el roce en la hipersensible piel de todos los públicos o colectivos. Porque de lo contrario, la publicidad no existiría; es imposible no molestar a alguien. De esto ya hablé tangencialmente en un post que titulé: ¡Cielos, un culo!

Como decía, Netflix viene provocando las risas de unos y el llanto de otros con sus provocativas campañas publicitarias. Personalmente a mí pueden encuadrarme entre los primeros. Su gigantesca pancarta colocada en la Puerta del Sol de Madrid para familiarizarnos con Narcos (su serie televisiva, no el partido del Gobierno) con el eslogan “Oh, blanca Navidad” y el posterior en agosto “Sé fuerte. Vuelve Narcos”, me parecieron muy ocurrentes, pero más blandos de lo que el ruido provocado hacía suponer. Además, el segundo jugaba con ventaja: a Mariano no le gana nadie en marianismo y deberían pagarle derechos de autor, pero seguro que no los pide porque está muy atareado con el follón que le han montado por su irresistible dontancredismo en Cataluña.

Campaña de Netflix para la serie Narcos en la Puerta del Sol de Madrid. (SKYLINE WEBCAMS)

A los que no ha hecho ninguna gracia la campaña de Fe de etarras es a las asociaciones de víctimas del terrorismo, uno de cuyos portavoces, Francisco José Alcaraz, siempre en guardia con cualquier cosa que se aproxime a tan resbaladizo terreno, declaró haberse sentido ofendido. Más extemporánea ha sido la Asociación Profesional Unión de Guardias Civiles, que ha presentado una querella ante la Audiencia Nacional en la que acusa a Netflix de “humillar a las víctimas del terrorismo” con el cartelón promocional colgado estos días en San Sebastián.

Obviamente, pedirle a las personas afectadas por el felizmente superado fenómeno terrorista que le pongan un poco de humor a la vida no resulta fácil. Es comprensible que pueda escocerles y tienen todo el derecho a manifestar su enfado. Hombre, hasta el punto de pretender que nadie pueda hablar de ello bajo otra perspectiva que no sea la suya, y pedir a la justicia que tome cartas en el asunto… ahí sí que se han pasado de la raya. Además, de lo único que se puede acusar a esa campaña publicitaria es de venir en el peor momento a pisar el callo de los patriotas, que tienen los ánimos un poquito alterados por el mencionado carajal del “procés”, no se sabe si por ese poquito de mala leche de la que presumen o por un mal calculado sentido de la oportunidad. A los demás, a los que estamos hasta el gorro de tanta chorrada nacionalista de un lado y de otro, nos aporta una brisa de entrepierna, o como dijo aquél, nos la refanfinfla.

Yo no he podido ver la película todavía, por supuesto, y por tanto sobre la cuestión de fondo no puedo hablar. Pero me fio mucho de Borja Cobeaga, el director, un tío que supo encontrar la cuadratura del círculo en el mismo foso de reptiles con su película Negociador (2014) de la que yo decía en Días de cine de TVE: “Cobeaga cocina un plato frío en tono de thriller político salpimentado de chispeantes situaciones burlescas. Se aproxima al abismo del desmadre y se contiene dos pasos antes”. Y añadía: “… merece el aplauso por atreverse a franquear un terreno indefinido, un espacio imposible por el que transita su película, que no deja de sorprender por la delicadeza con que juega con humor y tragedia como si fueran las dos caras de la misma moneda de la vida. No hay etiqueta genérica que describa con exactitud la propuesta de Negociador… a caballo entre la comedia bufa y la dolorosa tragedia que para la sociedad  vasca representa el terrorismo”. Si Fe de etarras se acerca a los logros de Negociador todas las protestas habrán sido completamente injustificadas. Tan sólo hay que poner un poquito de paciencia y esperar a ver la película. Y mientras tanto, reflexionen sobre lo que dice Borja Sémper, que en esto no es sospechoso.

Cuatro secuencias de sexo sin complejos

Tres películas y una serie. Cuatro territorios reconquistados a la represión moralista que estaba consiguiendo desterrar de las pantallas la visualización desacomplejada del normal comportamiento de las personas cuando mantienen algún tipo de actividad sexual. Cuatro batallas victoriosas contra el puritanismo: la serie The Deuce y los filmes Ana, mon amour, del rumano Calin Peter Netzer, El amante doble, del francés François Ozon y La región salvaje, del mejicano Amat Escalante.

The Deuce es una serie de HBO de la que sólo he podido ver hasta el momento el episodio piloto y promete mucho, mucho, mucho. El creador de la serie es David Simon, toda una garantía de calidad, cuyo prestigio se ha labrado con otras producciones, como The Wire, Show Me a Hero,  o Treme. Dos actores protagonistas son también productores ejecutivos: James Franco (que encarna de manera magistral a dos hermanos gemelos) y Maggie Gyllenhaal. No me detendré ahora en las extraordinarias cualidades que este primer capítulo exhibe, un visualmente espléndido y narrativamente deslumbrante fresco del Nueva York de los setenta, en los albores de la eclosión del cine pornográfico.

Traigo aquí esta serie –como podría haber hecho con otras muchas, por ejemplo la interesantísima Westworld, también de HBO- por la libertad con que se presenta en pantalla el desnudo sin otra coartada que no sea el realismo, una enmienda a la totalidad de cómo lo vemos en el cine comercial, plagado de sábanas que cubren a las actrices hasta el cuello y hombres que cuando se desvisten lo hacen de espaldas a la cámara o parapetados tras todo tipo de objetos que oculten su sexo. En The Deuce un cliente muy obeso que acaba de obtener los servicios de una prostituta no tiene ningún problema en moverse ante la cámara, exactamente igual que lo haría si ésta no existiera. Nada que ver con el mal gusto, exigencia de un guion serio y realista que trata al espectador como persona adulta ¡Bravo! La serie televisiva reconquista espacios de libertad creativa y terreno perdido por el cine norteamericano.

Rumanía lleva unos años enviándonos películas que dan muestra de una cinematografía muy dinámica, pegada a la realidad social, madura. De Ana, mon amour puede decirse que la estructura temporal, con saltos adelante y atrás en el tiempo, resulta complicada y es dudoso que aporte nada positivo que compense la confusión que provoca. Sorprende que el chico necesite la ayuda de dos psicólogos, uno civil, psicoanalista, y otro religioso, el cura con el que se confiesa; no podría imaginar que a estas alturas en la sociedad rumana la iglesia ortodoxa siguiera teniendo tal influencia, aunque las relaciones entre los jóvenes se ven tan liberadas del yugo como puedan estarlo en la nuestra. Pero además de la honestidad e interés general de la película me llamó muchísimo la atención una secuencia de amor rodada con tanta franqueza que incluso muestra la eyaculación del chico. Y no menos la secuencia en la que éste encuentra a su chica sin sentido y tiene que desnudarla, limpiar sus heces y meterla en la ducha. Un tabú destruido con admirable valentía y delicadeza. Un aplauso para los actores Mircea Postelnicu y Diana Cavallioti, espléndidos.

François Ozon siempre se ha mostrado muy atrevido en la puesta en escena, no sólo en lo referido a cuestiones formales y artísticas, sino con un sentido de la moral moderno y avanzado. Y El amante doble, su último estreno, lo deja patente. Se trata de un thriller con un fuerte componente erótico en la medida en que la trama se articula sobre la acusada psicopatía de la protagonista, un enrevesado cruce de Inseparables, de David Cronenberg y el universo hitchcocquiano de Brian de Palma, adobado con querencias del espíritu almodóvariano, que termina siendo como una tortilla francesa de excelente aspecto y sabor aunque no definitivamente acabada de cuajar.

Escena de El amante doble, de François Ozon

La abundancia de escenas de desnudo viene a compendiarse en la imagen de uno de sus posters que la distribuidora española Golem tuvo el acierto de poner en escena en un escaparate el día del preestreno, un “tableau vivant”, un cuadro viviente, que abría un estimulante camino a la promoción de futuras películas. No quiero ni pensar el éxito que hubiera tenido la aplicación de esa idea en el reestreno de Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992). Pueden verlo en el siguiente video:

El amante doble podrá gustar o no, debo reconocer que a mí me gustó mucho en su primera mitad y acabó dejándome helado, pero será difícil que alguien olvide uno de los primeros planos que nos regala Ozon. En esa escena inicial –que no es en absoluto gratuita- la cámara bucea a través de un espéculo ginecológico en la intimidad de la protagonista y cuando la doctora lo retira la imagen de la vulva se funde (fundido encadenado, es el término técnico) con un ojo. Ni qué decir tiene que estas audacias son impensables en Hollywood, pero por fortuna siempre nos quedará París.

El mejicano Amat Escalante ama a su  país y pretende combatir con sus películas las miserias que destapa: la violencia descarnada, el feminicidio, la homofobia, el machismo, la hipocresía. En La región salvaje, estrenada ayer en España, acude a una formulación simbólica de una fuerza arrebatadora con la puesta en escena de una criatura que recuerda mucho a la de La posesión, de Andrzej Zulawski (1981), en la que se encarnan todas las contradicciones que el misterio insondable del sexo provoca en el ser humano: lo que más atrae y fascina, lo que más miedo y repulsión produce. La imagen más impactante y perturbadora la compone la actriz Ruth Ramos en el momento en que es poseída por la bestia, penetrada con voluptuosa complacencia por los tentáculos que invaden todos sus orificios. El placer supremo y la suma repugnancia entrelazados.

Cuatro obras de inmediata actualidad, cuatro secuencias, cuatro imágenes… No todo está perdido, los creadores se rebelan contra las imposiciones de los enemigos de la libertad.

El cine español también habla en catalán

La Academia de Cine español, o de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, como pomposamente se denomina oficialmente, ha mostrado mucho, muchísimo sentido de la oportunidad al revelar el jueves 7 que el seleccionado para representar a España en la feria hollywoodiense es un pequeño gran filme rodado en catalán: Estiu 1993, también estrenado en su versión en castellano, con las voces de los mismos actores como Verano 1993.

Si los miembros de la Academia se hubiesen puesto de acuerdo para planificar la coincidencia no les habría podido salir mejor. Lo anuncian precisamente en pleno vórtice del huracán, justo el momento en que todos los demonios se han desatado en el Parlament para ofrecer urbi et orbi un espectáculo que en algunos episodios parece seguir el guión anticipado por Groucho Marx en esta escena de Sopa de ganso (Leo McCarey, 1933). Confrontados los presidentes Rajoy y Puigdemont con el de Fridonia y el embajador de Silvania no sabría yo decir quién de ellos me ofrece mayor fiabilidad.

La elección de Verano 1993 puede leerse como una proclama a los cuatro vientos con gato encerrado político : “el cine catalán es español y aquí no discriminamos a nadie”. Aunque no digo yo que los señores académicos hayan pretendido colar ese mensaje por lo bajini, sería ridículo pensarlo porque los tiempos de las instituciones concernidas son muy diferentes. De hecho hay otros precedentes que eliminan cualquier sospecha de oportunismo: Pa Negre, de Agustí Villaronga (2012) en catalán, y Loreak, de José María Goenaga y Jon Garaño (2016), en euskera, dan fe de ello. Nadie entonces se rasgó las vestiduras, salvo los profesionales de la “desastrería”. Mucho más lejos queda Ese oscuro objeto de deseo, de Luis Buñuel, que al fin y al cabo había sido rodada en español y francés en 1978.

Pero la Academia dobla la apuesta: “Y para mejor prueba de que sólo elegimos las que consideramos mejores, no aquellas que puedan tener mayores posibilidades de agradarles, les decimos a los yanquis que a son de qué tantos millones para producir bazofia embrutecedora cuando se puede hacer una buena película que nos hable del alma humana con cuatro euros”. Otra cosa es cómo se tomarán allí semejantes lecciones. Ya se lo puedo anticipar: mal; lo más probable, y no quiero ser agorero, ojalá me equivoque, es que no pase la criba y no la admitan entre las finalistas. Tranquila, Carla Simón, eso no debe importarte, lo que estaba en tu mano ya lo has hecho muy bien. Y que salga el sol por la Costa Brava.

Me pregunto desde cuándo prevalece este criterio en la Academia, porque hubo un tiempo en que era más bien el contrario, se elegía, o pretendía elegir, la película que más posibilidades tenía de sintonizar con los gustos norteamericanos. Después del Oscar que ganó José Luis Garci, hasta nueve veces confiaron en su mano para repetir la jugada. Luego las cosas acabaron mal entre el director de Solos en la madrugada y la Academia, y enhorabuena al premiado, si me ven contigo diré que no te conozco. A ¡Pedroooo! también le tuvieron la misma fe, otras nueve veces. Y luego la cosa se fue repartiendo de tal manera que ya resultó imposible comprender los designios de ese cerebro colectivo que conforman los académicos reunidos y desentrañar algún patrón de análisis que diera con el éxito en The Academy. Entre el cine de Carlos Saura y el de Juan Antonio Bayona, o el de Antonio Giménez-Rico y Fernando León de Aranoa, o el de Carlos Vermut y Vicente Escribá, por citar algunos ejemplos dispares, ha oscilado el olfato. Por probar que no quede, total se trata de una lotería, deben de pensar.

Con sin criterio, cuatro son los Oscars (a la Mejor película de habla no inglesa) que han recalado en nuestra cinematografía: Volver a empezar, de José Luis Garci en 1982, Belle Epoque de Fernando Trueba en 1993, Todo sobre mi madre de Pedro Almodóvar en 1999 y Mar adentro de Alejandro Amenábar en 2004. Cuatro bingos y diecinueve líneas. O sea, cuatro Oscars de diecinueve participaciones en la final. Sin contar ni el de don Luis Buñuel, que tuvo que rodar El discreto encanto de la burguesía en Francia y representar a ese país en 1973; ni el de Juan José Campanella con El secreto de sus ojos, que figura como algo nuestro por ser coproducción hispano-argentina. El irredento Buñuel (“don Luis”, como llamaba Paco Rabal a quien le trataba como “sobrino”) no fue a recoger la figurilla, pero posó disfrazado de esta guisa con ella:

Don Luis Buñuel se burla del Oscar

En cualquier caso, más allá de que se considere acertada o no respecto a lo que se persigue, o en términos meramente de narrativa cinematográfica (uno, por ejemplo, hubiera escogido No sé decir adiós, de Lino Escalera, que ni siquiera estuvo en la terna final) la decisión de la Academia este año demuestra mucha más cordura y racionalidad, y desde luego mucho menos sectarismo, que la política seguida por nuestros insufribles gobernantes, Gobierno central-PP y Gobierno autonómico-independentistas. Y no andamos muy sobrados precisamente, dado el clima de intolerancia y enfrentamiento que entre todos ellos han alentado.

Véase como ilustración la cadena de réplicas y contrarréplicas que sigue al anuncio oficial en Twitter. Hay quien se muestra hipersensible si se usa el título en castellano, a quien se le pasa por la cabeza las implicaciones políticas de las que he hablado aquí, a quien le parece un disparate y mayor aún por la participación de Televisión Española, a quien le escuece que se subtitule en inglés y no en castellano, y a quien le parece que “no tenéis vergüenza”. ¡Faltaría más que no hubiera salido ningún elemento de la caverna a opinar de la cosa!

 

Por lo pronto, la elección de esta pequeña joya intimista como candidata a competir por el Oscar, de la que no se alabará suficientemente el conmovedor trabajo de la pequeña Laia Artigas, ha servido para que se estrene en 21 salas más, 15 de ellas en versión doblada al castellano, y para que aumentara su taquilla un 320%. Y esto, que está muy bien, tan sólo acaba de comenzar.

Laia Artigas en un plano de Estiu 1993

Abajo Lo que el viento se llevó

Un histórico cine de Memphis, esa ciudad que todos sabemos que se encuentra en el Estado de Tennesse de, por supuesto, Estados Unidos, anunció a finales de agosto que dejaría de programar Lo que el viento se llevó, según relataba Los Angeles Times, ampliando el eco de una noticia muy difundida en todos los medios de aquel país y hasta del nuestro.

Orpheum Theatre en Memphis (Tennessee)

Debo reseñar que ese mamotreto producido en 1939 que tanto espacio ocupa en las enciclopedias, que tanto tiempo ocupó los primeros puestos en las listas de películas más rentables con sus diez Oscar a cuestas, a mí nunca me hizo demasiada gracia. Sus tan alabados coloretes, su empingorotado romanticismo, su Clark Gable y su Vivien Leigh, su Scarlett y su Rhett, su “a Dios pongo por testigo”, sus plantaciones y sus esclavos y su trasfondo bélico… y el doblaje hispano con el que siempre la vimos en los numerosos pases en televisión me dejaban tan frío como un chapuzón en la Laguna grande de Gredos. Creo que nunca llegué a animarme a verla de principio a fin en su inacabable integridad. Lo que es una confesión pura y dura que menoscaba, lo reconozco, mi reputación, pero qué le vamos a hacer, uno tiene sus debilidades.

Dicho todo lo cual, que el presidente del Orpheum Theatre tomara la decisión de suspender lo que venía siendo una tradición con solera me parece lamentable. Pero, ojo, no por la decisión en sí misma, que por otro lado hasta podría ser saludable, pues la renovación de la cartelera siempre oxigena las mentes, sino por las razones esgrimidas: al parecer, muchos espectadores muy enfadados pidieron la excomunión de Tara, Los Doce Robles, Atlanta y todos sus fastidiosos dimes y diretes, y tacharon a la película de “racista” y de ser un “homenaje al supremacismo blanco”.

Cartel de Lo que el viento se llevó

Cierto que el contexto en el que se produjeron esas reacciones, los habituales disturbios racistas que jalonan la actualidad de aquel país (en concreto los de Charlottesville de mediados de mes), campeón de la democracia, los derechos humanos y la igualdad (ejem…), permiten ser comprensivos. Pero de ahí a que el Orpheum se dedique a “entretener, educar e iluminar a su comunidad de espectadores” y que para “no mostrarse insensible” a la comunidad afroamericana (que representa el 64% de la población en la ciudad) pretendan hacer purgas ideológicas con las películas me parece que se inserta en una corriente muy peligrosa. Vamos que El nacimiento de una nación, la monumental obra racista y genial obra artística de D.W.Griffith, según esas anteojeras sería condenada a los infiernos. Como, por cierto, lo fue, por motivos muy dispares que no vienen al caso, la también muy interesante obra que con el mismo título dirigió el año pasado Nate Parker.

Yo podría entender otros muchos motivos para dejar de programar Lo que el viento se llevó y no me rasgaría las vestiduras, por ejemplo, que en la parroquia ya están hartos de costumbres rancias; pero no los expresados. En el mismo error de óptica incurrieron algunos que desde la izquierda protestaron porque Televisión Española programara “cine franquista”, como esa perla de guion escrito bajo seudónimo por el dictador asesino Franco titulada Raza, o también Espíritu de una raza (1942), prescindiendo del importante detalle de que se emitía en un escenario analítico (el del programa Historia de nuestro cine) que destruye los fundamentos de ese prejuicio.

No sé yo si guardarán alguna remota relación las pulsiones censoras del Orpheum con el hecho de que, según se dice en una web de casas encantadas, éste se haya visto amenazado por la demolición para su conversión en un complejo de oficinas. No he visto esta hipótesis en nunguna reseña de prensa, pero ahí lo dejo: material para guionistas de serie televisiva.

¡Más mujeres!

La directora francesa Blandine Lenoir reivindicaba en las entrevistas de promoción de su película 50 primaveras, que se estrena mañana viernes, la presencia de las mujeres en el primer plano de las películas. No sólo es necesario y muy conveniente que las historias reflejen los problemas reales de las mujeres, sino también que sean descritos y analizados según la óptica de las mujeres. Su película es un buen ejemplo, puesto que está escrita y dirigida por ella, interpretada por una gran actriz (y asimismo excelente directora) como es Agnés Jaoui, además de contar con un grupo numeroso de personajes femeninos. Y para que no quepa duda del signo del enfoque el personaje de Jaoui, de nombre Aurore (que es el título original en francés), se encuentra en plena batalla contra los sofocos causados por la menopausia, tabú que un director difícilmente se hubiera atrevido a tocar sin temor a ser juzgado con lupa. ¡Siiii!, gritaba Jaoui desde otro cuarto mientras esperaba su turno cuando le pregunté a Lenoir si era tan duro lo del climaterio.

Agnés Jaoui (arriba en el centro), Sarah Suco, Pascale Arbillot y Lou Roy-Lecollinet en 50 primaveras. Surtsey Films

No es el tema principal, sólo un indicio de por dónde van los tiros de una comedia que a veces aprieta las tuercas de lo risible hasta el borde mismo de la caricatura, aunque se mantiene en un tono general razonable para poner de relieve algunas cosas que a fuerza de silenciarse olvidamos que son evidentes: que hay vida más allá de los 50 para las mujeres, que no todo ha de ser preocuparse por los hijos, que no pueden hundirse en la miseria por la pérdida del trabajo y que incluso a esa edad, y mucho más tarde también, el sexo sigue siendo una fuente viable de placer. Last but not least, pasado el medio siglo de edad el amor puede llamar dos veces a la puerta y una mujer inteligente debe estar dispuesta a abrirla sin esperar a que insista. 50 primaveras es ese tipo de cine que no aspira a erigirse en referencia de nada pero sí a cumplir una misión encomendada por la realizadora, decirle a las mujeres -y los hombres, a los que trata con natural respeto- que se sientan vivas y disfruten, y de paso que echen unas risas en la sala. No es poca cosa.

Parece claro que este filme francés puede proponerse como el reverso de la situación española que denunciaba el mes pasado CIMA (Asociación de mujeres cineastas y medios audiovisuales) en un ciclo (que llevaba por título “Mujeres que no lloran”) organizado en la Academia de Cine, en Madrid en el cual las películas proyectadas tenían en común estar protagonizadas “por personajes femeninos que, siendo muy distintos entre sí, comparten la capacidad de tomar sus propias decisiones e incidir en el desarrollo de la acción”.  Su diagnóstico quedaba resumido en los siguientes datos:

⦁A las mujeres se las borra en la ficción y, cuando aparecen, lo hacen como personajes estereotipados

⦁Solo el 36% de las películas españolas tienen protagonistas femeninas

⦁Solo el 28 % de los personajes que hablan en las películas son mujeres

⦁En las películas, de los personajes que trabajan el 80% son hombres y el 20 %, mujeres

⦁Ellas son 4 veces más propensas que ellos a ser mostradas en ropa interior

Vaya por delante que comparto plenamente las inquietudes de estas cineastas y lo he señalado en repetidas ocasiones lamentando el papel subalterno de los personajes femeninos en la gran mayoría de historias escritas, dirigidas y protagonizadas por hombres. Se me permitirá por tanto que con el debido sentido del humor exprese una objeción sobre el último punto, el de la propensión masculina a mostrar a las mujeres en ropa interior. ¿Acaso no guarda lógica con todo lo señalado en los puntos precedentes? Si los hombres cuentan historias en las que las mujeres son con frecuencia simples acompañantes o meros objetos de deseo, es lógico que sean ellas las que se desvistan más; y si es lógico no habría que rasgarse las vestiduras.

Pongamos como ejemplo el filme de Buñuel en el que tanto Carole Bouquet como Ángela Molina interpretan al mismo personaje, Conchita, por quien pierde los papeles Fernando Rey. A nadie puede sorprender que sean las dos chicas las que se desnuden para el bueno de don Fernando y no al revés. Esta magnífica película, producida en Francia en 1977 (Cet Obscur Objet du Désir, se tituló), pero que a los efectos consideramos como nuestra, hubiera engrosado esas estadísticas negativas desvirtuando un poquito el sentido de la denuncia. A menos que se considere a don Luis Buñuel integrante de las hordas machistas.

Al otro lado podríamos colocar a La novia, vibrante y brillante, apasionada y poética adaptación de Bodas de sangre, de Federico García Lorca, texto de incuestionable sensibilidad femenina. La audaz directora Paula Ortiz echa el resto y decide que Leonardo (Álex García) esté desnudo retozando junto a un árbol con la novia, que porta todavía su traje blanco. Cuando aparece el novio (Asier Etxeandía) enfurecido como un toro, en una arriesgadísima y potente secuencia de lucha cuerpo a cuerpo entre los dos hombres, Leonardo viste sólo la camisa que apenas llega, con la ayuda de un fino trabajo de montaje, para semiocultar recatadamente sus partes pudendas. El combate se organiza al ritmo de la canción de Leonad Cohen Pequeño vals vienés (que como es sabido pone música a versos de Lorca) interpretado por Pachi García y constituye el momento cumbre de la obra, de gran altura estética y dramática.

Es evidente que Paula Ortiz, que quería representar toda la potencia y atracción de la belleza masculina opuesta a las convenciones sociales, hubiera podido concebir la secuencia con una puesta en escena muy distinta, como sin duda hubiera sucedido de haber sido un hombre quien la orquestara. Pero ¿a alguien se le ocurre reprocharle la desnudez de Leonardo? Por cierto, la camisa que viste fue imposición de los coproductores turcos. Propongo por tanto que eliminemos ese punto débil de la argumentación.

Asier Etxeandia y Álex García en la escena de la lucha en La novia

Por lo que atañe al meollo de la cuestión, tenemos que felicitarnos de que cada vez más se pueda escuchar la voz de las mujeres en el cine, aunque sin lanzar demasiados cohetes porque en España la cosa avanza con cuentagotas. Aun así tenemos un número en aumento de directoras que han estrenado en los últimos meses. A bote pronto: Elena Martín (Julia ist), Roser Aguilar (Brava), Carla Simón (Verano de 1993)… Por delante quedan nombres nuevos y consagrados y títulos rodados y por rodar que se irán abriendo paso: Andrea Jaurrieta (Ana de Día), Carmen Blanco (El último unicornio), Patricia Ferreira (Thi Mai), Elena Trapé (Las distancias), Mar Targarona (El fotógrafo de Mauthausen) Paula Ortiz (Barba azul), Ana Murugarren (La higuera de los bastardos), Celia Rico Clavellino (Viaje alrededor de una madre), Isabel Coixet (La librería). La lista no es ni pretende ser exahustiva.

Al escribir estas líneas recordé que existió un Festival Mujeres en dirección que se celebraba en Cuenca y dejó de celebrarse en 2012 por falta de financiación, retirada por  la Junta de Castilla La Mancha, la Diputación y el Consorcio Ciudad de Cuenca. Lamentable.

Icíar Bollaín, Marta Belaustegui, Gracia Querejeta y Chus Gutiérrez. Foto Emilio Naranjo EFE

De todos modos, me parece muy interesante recordar las palabras de Nely Reguera en el festival de San Sebastián rodeada de jóvenes directores como Jonás Trueba, Rodrigo Sorogoyen o Alberto Rodríguez: “Comparto la emoción de ver cada vez más mujeres directoras, si bien no suelo diferenciar entre cine hecho por mujeres y hombres. Lo que no me gusta es que se piense que hay un cine para hombres y otro para mujeres. Creo que mi película María (y los demás) es igualmente disfrutable independientemente del género de quien la vea”. Independientemente del sexo de quien la vea, precisaría yo.

P.S. Unas horas después de colgar este post, un tuit publicado por la SEMINCI indica que la 62 edición “incorpora a su programación un nuevo ciclo que, bajo la denominación “Supernovas”, ofrecerá los trabajos de destacadas jóvenes directoras, con los que han conseguido situarse en el primer plano de la cinematografía actual. Fundamentalmente se trata de directoras que han dirigido su primer largometraje el pasado año, con la excepción de algunos realizadoras que cuentan con una breve trayectoria. ¡Vaya! ¡Qué coincidencia temporal con mi lamento por la desaparición del Festival Mujeres en dirección! Pues me alegro mucho.

 

¡Coño, vaya procesiones!

Yo creía que la Fiscalía de Sevilla era una campeona del humor. Pensaba que, aunque sus miembros fueran muy religiosos, imbuidos de la misión que sólo la fe puede inocular en un espíritu puro, estaba vacunada contra el asombro que pudieran producirle las alteraciones de la liturgia católica en el apartado procesiones desde que John Woo rodó en aquella ciudad Misión Imposible II, allá por el año 2000.

 

Nuestro #CoñoInsumiso por bandera. Hoy #YoParo8M_malaga #NosotrasParamos #ParoInternacional

Una publicación compartida de Ester (@estercillapi) el 8 de Mar de 2017 a la(s) 11:51 PST

Recordemos la situación: Tom Cruise en plena faena como el agente secretísimo Ethan Hunt, viene de frotarse las caderas con Thandie Newton, la ladrona profesional Nyah Nordoff-Hal, que no sé a santo de qué se encuentra en la capital andaluza, y va a reunirse con Anthony Hopkins en una movida para recuperar un arma biológica, el virus Quimera y su antídoto. La secuencia es como para haber tomado medidas cautelares y pedir el secuestro de la película y los negativos: vemos a Cruise tropezarse con un cortejo religioso, una supuesta procesión que más bien parece un aquelarre en sincrética fusión con las Fallas valencianas, con sus imágenes ardiendo, con sus jóvenes uniformadas como falleras derramando pétalos de flor, mezclando penitentes con velas y alegres danzantes, con su cristo a hombros y unos cánticos inidentificables. ¡Hombre por dios, la Fiscalía no tuvo nada que decir ante esto! ¿Era o no era un atentado contra nuestra cultura y nuestras tradiciones?

Pues no, tragaderas enormes con la Paramount y Cruise/Wagner Productions. A saber si Tom Cruise no regalaría algún carnet de Cienciología para comprar silencios y miradas a otro lado. Yo pensé: claro, se lo han tomado con sentido del humor, como no puede ser de otra manera. Y resulta que eso es lo que buena falta les hacía ahora, más sentido del humor y menos mala leche. Porque hay que tener mucha mala leche para querer empapelar a tres mujeres, meterles una multa de 3.000 euros a cada una y acusarles de un delito contra los sentimientos religiosos cometido en 2014.

¿Qué hicieron de malo estas jóvenes con la “Procesión de la Anarcofradía del santísimo coño insumiso y el santo entierro de los derechos socio-laborales”? Según la Fiscalía pretendían “hacer mofa de los símbolos y dogmas para quienes profesan la religión católica”. ¡Qué hipersensibilidad sobrevenida! Si nos vamos a poner así. A mí, ateo y materialista como soy, me ofenderían los atentados contra la razón y el sentido común que suponen todos los ritos supersticiosos. Y de hecho así es, me ofenden, pero me aguanto, tolerante que soy.

A ver, vamos a ver: con humor se llevan mejor los sinsabores de la vida. Total, las mujeres portaron una gran vulva de látex (que no, vagina, como ha difundido la Agencia EFE, no hay que confundir el todo con la parte) en procesión por el centro de la ciudad, entonando sus cánticos, que al fin y al cabo es una parte de la anatomía de todas las vírgenes. Venerar esa parte me parece muy razonable, aunque yo soy de poco venerar. Y de poco procesionar.

Cada uno pasea en andas lo que quiere. Por ejemplo, en Japón les da por celebrar el primer domingo de abril el Kanamara Matsuri, que viene a ser el ‘festival del falo de metal’, con la ingenua pretensión de pedir fertilidad y bienestar para los matrimonios. ¡A quién se le ocurre! ¡Tendrían ustedes que ver el enorme falo rosa que pasean! Igual, si un día se le ocurriera a unos turistas japoneses de visita en Sevilla declararse fieles sintoístas y ponerse a practicar el rito, les enchironan por escándalo público.

 

¿Y qué me dicen del Reino de Bután, líder mundial en felicidad? Allí los budistas veneran hasta el paroxismo el miembro masculino erecto y eyaculante, que pintan en las paredes de sus casas o en cualquier sitio que Siddharta les dé a entender, coches incluidos. Vamos, que tampoco son únicos, ya que este símbolo de la fertilidad está presente en viejas culturas, desde Babilonia a Egipto, pasando por Grecia y Roma, sin ir más lejos.

Que las chicas decidan cantarle a su sexo, lo más fundamental, único e imprescindible que existe en la Tierra para perpetuar la especie, para dar vida a los seres humanos, para dar placer y también, ay, tanto dolor innecesario, me parece algo que un ciudadano avanzado, moderno y evolucionado debería comprender. Y nunca, jamás, penalizarlo.

 

El Santísimo Coño Insumiso ha salido a la calle a velar por nuestras almas. Amén pecadores

Una publicación compartida de Manu Nathaniel Fisher (@manu_nathaniel) el 28 de Jun de 2017 a la(s) 1:49 PDT

En el cine español, por no extenderme a todo el orbe católico, lo de las procesiones tiene guasa. Durante el franquismo hubo un buen número de películas en las que no faltó su secuencia de procesión porque era un ecosistema muy propicio. Digamos que el guion ganaba muchos puntos ante la autoridad competente.

En Nobleza baturra, de Florián Rey (1935) la comitiva acababa en pelea por una discusión, cosa que obviamente no hubiera podido suceder de haberse rodado cinco años más tarde, consumada la victoria, cautivo y desarmado el ejército rojo. Después los títulos se suceden: Malvaloca, de Luis Marquina (1942), El frente de los suspiros, de Juan de Orduña (1942), Currito de la Cruz, de Luis Lucia (1948), Cerca del cielo, de Domingo Viladomat (1951). Y unas cuantas más. Si hasta Juan Antonio Bardem en su obra maestra, Calle Mayor (1956) pone en escena, cómo no, en su afilada radiografía costumbrista de la sociedad, una procesión para propiciar un acercamiento entre sus protagonistas, el bandido seductor, José Suárez, y su pobre víctima, Betsy Blair.

Cartel y fotograma de Calle Mayor, de Juan Antonio Bardem

Su colega el inimitable maestro Luis García Berlanga, con quien escribió el guion de Bienvenido, Mister Marshall dirigido por el valenciano, también tiene su procesión en Calabuch el mismo año; se conoce que aún se llevaba mucho el rito en aquella época oscura.

Unos añitos más tarde, en 1971, época de tímida apertura con urgencias irrefrenables, José María Forqué ahondaba la grieta por la que comenzaba a colarse una brisa de aire fresco en el enrarecido ambiente de nuestro cine. La escasamente virginal Carmen Sevilla era paseada en una procesión pagana surrealista y desvergonzada, llevada en hombros por unos costaleros vestidos de romanos garrulos y acompañada de una cohorte de señoritas ataviadas con corpiños y ligueros y otras látigo en mano, insinuantes de ceremonias de comunión sadomaso. Un espectáculo, el de La cera virgen, que hoy nos parece asombrosamente transgresor. Parece que los obispos no daban abasto para sujetar las riendas de la feligresía que, acostumbrada al desfile marcial, en cuanto que ellos se daban la vuelta convertía en virgen a todo lo que se les pusiera por delante.

También Berlanga recurre al desfile en clave pagana, en la película más triste y pesimista de su filmografía, Tamaño natural (1974), singularísimo dibujo de la soledad y la misoginia rodado en París, con un Michel Piccoli, odioso y entrañable a la vez, enamorado de una muñeca hinchable, que unos desalmados emigrantes españoles le arrebatan para hacerla objeto de una violación colectiva.

Pero eso no era nada, puestos a desarticular el rito de pasear en andas a la Virgen lo que Mateo Gil puso en escena es según se mire más fuerte en Nadie conoce a nadie (1999), o al menos más violento. Les propongo que lo comprueben. No sé si la Fiscalía de Sevilla andaba dormida, era poco cinéfila o estaba ocupada con sus abonos en la Maestranza. Bien pensado y visto lo visto, no sé yo si de haberla rodado hoy no llevarían a Mateo Gil ante un tribunal, acusado de terrorismo iconoclasta. Por cosas notablemente más simples se tragaron unos días de trena unos comediantes que luego resultaron absueltos.

Que no son tiempos éstos de tolerancia sino de inquisición. La lucha por la libertad de expresión sigue siendo tan necesaria como en los tiempos del dictador, gracias a sus sucesores en el Gobierno y sus acólitos en las instancias judiciales, tan piadosos ellos.

Por favor, un poquito de cordura: ¡dejen en paz a las mujeres, que bastante les han jodido ya durante siglos!

El lujo veraniego de Cibeles de Cine

El viernes pasado se inauguró Cibeles de Cine, cuarto año consecutivo de una iniciativa de Madrid que ojalá pudiera ser exportada a muchas otras ciudades. Si tenemos en cuenta que incluso en algunas capitales de provincia ya no hay salas de cine y en muchas de ellas el cine en versión original subtitulada es un lujo inaccesible esto no deja de ser en un desiderátum; pero qué haríamos si perdiéramos el aliento idealista. Lo de aquí se desarrolla en un escenario suntuoso y a un precio razonable, entre cinco y seis euros: la espléndida Galería de Cristal de CentroCentro (Palacio de Cibeles).

El beso, de Jacques Feyder (1929), uno de los fundadores del realismo poético en el cine francés, autor de la conocida La kermesse heroica (de 1935, se reestrenó en España en los 80 con gran éxito), abrió la programación a las 22:00 horas. Protagonizado por ese monstruo de belleza andrógina, tanto da en el cine silente que en el hablado, que fue Greta Garbo, la proyección se enriqueció con un acompañamiento musical al piano de la mano del especialista en proyecciones-concierto de films de cine mudo Ricardo Casas. Y la entrada fue libre, con lo que el éxito de asistencia estaba cantado, ¿quién dijo que el cine mudo no interesa?

Además de la amplísima y variada oferta cinematográfica en Cibeles de Cine, que se extiende hasta el 7 de septiembre, tienen lugar numerosas actividades paralelas vinculadas con la música, la literatura y la ciencia y se completa con una oferta gastronómica basada en el asunto temático de las películas. Hay también charlas, debates y actuaciones musicales para desbordar el concepto de sesión de cine al uso, algo que destierra el fantasma del disfrute masturbatorio y solitario en la pantalla de casa. Ayuda mucho a ese fin la zona de bar-terraza, para comentar al fresco los previos o los post al visionado.

Todo esto está muy bien, pero sería música celestial que se desvanece en el éter si no se acompaña de buenas películas. Veamos.

En los ciclos se proyectarán películas de cineastas consagrados como Aki Kaurismaki, Bruno Dumont, James Gray, Jim Jarmusch, Naomi Kawase, Paolo Virzi y Robert Zemeckis, entre otros. Súmenles títulos como la entrañable Yo, Daniel Blake, de Ken Loach (2016),  la perturbadora Elle, de Paul Verhoeven (2016) o la sorprendente Toni Erdmann, de Maren Ade (2016), que son de lo mejorcito reconocido por la Academia del cine europeo. Por otro lado, la emocionante El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra (2015) y la excelente Paulina, de Santiago Mitre (2015) representarán el palmarés de los Premios Platino del Cine Iberoamericano. No se me ocurre poner ningún pero a los nombres y títulos reseñados.

La sección ‘Panorama’ dará cabida al cine internacional reciente con la firma de cineastas consolidados y se verán títulos tan premiados como La La Land, Tarde para la ira o Un monstruo viene a verme. De este sugerente trío yo recomendaría todas; aunque la primera de ellas, el oscarizado musical que a mí me gustó pero sin tantas alharacas, lo haría con la boca un poquito más pequeña. En el mismo ciclo de ‘Panorama’, podrán encontrar La alta sociedad, una hilarante comedia de Bruno Dumont (2016), con un repartazo en clave estrambótica: Fabrice Luchini, Juliette Binoche y Valeria Bruni Tedeschi; o Goodbye Berlín, road movie adolescente -que a mí no me hizo ninguna gracia- del alemán de origen turco Fatih Akin (2016).

Otra de las secciones que ofrece un atractivo para la gente de buen comer es ‘Los martes gastronómicos’ en que las proyecciones irán acompañadas de degustaciones de bebidas y tapas del estilo de la temática de films procedentes de diversas cinematografías como Chef (Jon Favreau, 2014); Soul kitchen (Faith Akin, 2009); El festín de Babette (Gabriel Axel, 1987); Una pastelería en Tokio (Naomi Kawase, 2015); Julie and Julia (Nora Ephron, 2009); El somni (Franc Aleu, 2013); 18 comidas (Jorge Coira, 2010); La cocinera del presidente (Christian Vicent, 2012) o Deliciosa Martha (Sandra Nettelbeck, 2001). Yo hubiera añadido El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, de Peter Greenaway (1989), que no debería faltar nunca en un ciclo de estas características para poner la nota de color sarcástica y especialmente, la mejor de todas, La gran comilona, de Marco Ferreri (1973), eso sí que es una obra maestra de la confluencia cocina y celuloide, un manifiesto ácrata-suicida-burgués sobre el arte de comer y follar hasta reventar, literalmente.

Espectacular Galería de cristal de CentroCentro (Palacio de Cibeles)

Más madera: el jueves será el día dedicado a la música, los viernes se proyectarán cortometrajes después de las películas y los sábados habrá actuación de pinchadiscos cuando finalicen las sesiones. Y si se tienen ganas de oír interesantes –o no- reflexiones se puede asistir a conferencias a cargo de escritores como Lucía Etxebarría, periodistas como Fernando Méndez-Leite y Carlos F. Heredero, o cineastas como Marina Seresesky y Guillermo García, que presentarán sus últimos trabajos.

Suecia será el país invitado para inaugurar una nueva sección que en esta ocasión se llamará: ‘Espacio Suecia’, con la colaboración de la Embajada escandinava, que permitirá ver largometrajes inéditos en España, como Holy mess, de ‘Helena Berström’ (2016); Eternal Summer, de ‘Andreas Óhman’ (2015) o A serious game, de Pernilla August (2016).

En ‘Ecos literarios’, no se pierdan la mordaz comedia de los argentinos Mariano Cohn y Gastón Duprat  El ciudadano ilustre, (2016), Goya del año pasado a la Mejor película Iberoamericana. En la línea documental, entre otros trabajos, Miguel Hernández, de Francisco Rodríguez y David Lara (2010).

Por último, que ya me va pareciendo un exceso de propuestas tal que Cibeles de Cine terminará pareciéndose al Festival de Sitges, paradigma del gigantismo, también se podrá asistir a la exposición “Mi querido cine español”, de la Colección Lucio Romero, compuesta por 25 carteles originales que recogen todas las tendencias y movimientos del cine nacional clásico. No me dirán que no es un auténtico lujazo poder hacer frente a los rigores veraniegos con todo este arsenal. Y aún dicen que el cine es caro.

Cierro con un vídeo homenaje a David Bowie del año pasado.