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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

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2017: una cosecha de cine regular

Este año no hemos tenido una gran cosecha de cine. De no ser porque en el apartado de intérpretes, masculino y femenino, sigue habiendo tortas para dilucidar el valor de los trabajos, en el de mejor película, por el contrario, el nivel deja mucho que desear a mi humilde entender. Sólo veo una película por encima de las demás, una película excepcional tanto en el apartado del reparto como en el de guion y dirección: No sé decir adiós, de Lino Escalera. Las demás nominadas a los premios de la crítica, los Premios Feroz, que acaban de hacer pública su selección, me parecen bastante irregulares.

Ya he hablado aquí en varias ocasiones de No sé decir adiós, un drama doloroso que escarba como un escalpelo en la carne de la enfermedad terminal y las relaciones paternofiliales, pero es portador de una soterrada carga de esperanza en el destino humano, que los tres intérpretes principales, Juan Diego, Natalie Poza y Lola Dueñas hacen inolvidable.

El autor supone para mí una decepción en un director al que siempre he considerado “el Antonioni español”, Manuel Martín Cuenca. Esta adaptación de una novela de Javier Cercas se me queda muy escasa de materia intelectual, no mucho más que una sencilla y sarcástica reflexión acerca de los egos de artistas y escritores que no alcanza para llegar a la duración estándar de una película. La salvan los actores, los siempre acojonantes Javier Gutiérrez (que le “echa huevos”, tanto en sentido figurado como literal) y Antonio de la Torre, a quien hay que escuchar alborozadamente  abroncar al aprendiz de escritor, uno de los momentos felices que no consiguen compensar el chasco final.

Handia, de Jon Garaño y Aitor Arregi es una emotiva fábula de amor fraternal escondida en una crónica de hechos reales en torno a un personaje muy singular, un guipuzcoano que vivió a mitad del siglo XIX atrapado en un cuerpo que no dejó de crecer hasta su muerte, a los 43 años de edad, interpretado reciamente por Eneko Sagardoy. Rodada en euskera, ambientada con esmero y fotografiada con mimo por la cámara de Javier Agirre, y arropada por unos efectos visuales de impactante realismo, Handia parecía encaminarse hacia el cuento de un monstruo triste e incomprendido, que sufre las burlas de sus contemporáneos, en la línea de El hombre elefante, pero apunta en otras direcciones con un marco referencial de época.

Verano de 1993, es la primera película, muy meritoria, de Carla Simón por arriesgada y conseguida, pero creo que cuenta con algunos inconvenientes para hacerse aceptar en la taquilla, el principal, el ritmo moroso y contemplativo que le impone un propósito de rigor y coherencia con el punto de partida. A su favor jugará que la Academia la eligió para representar a España en la carrera de los Oscar (y esperemos que llegue a la final aunque lo tienen muy difícil; de ganar, ni lo imaginamos) y también una especie de viento crítico a favor generalizado que pone en valor la verdad que transpiran sus imágenes, no afectadas por ningún tipo de impostura. Tanta es la verdad y la renuncia a cualquier artificio que no se permite ni siquiera usar algún recurso que levante la intensidad emocional con fines dramáticos; una sola secuencia, la que tiene que ver con la pequeña en la carretera (lo digo tan crípticamente para no desvelar nada) en manos de cualquier otro hubiera tenido un desarrollo mucho más efectista. La interpretación de la niña Laura Artigas es también memorable.

La librería tiene las virtudes habituales del cine de estilo depurado de Isabel Coixet. Hablada en inglés, como es habitual en sus películas, es elegante, cálida, perfumada de un toque de nostalgia y otro de rebeldía a partes iguales y cuenta, también, como las anteriores, con un gran elenco encabezado por tres actorazos: los británicos Emily Mortimer y Bill Nighy y la norteamericana Patricia Clarkson. Isabel consigue que veamos las partículas de polvo depositadas sobre los estantes de los templos sagrados de la feligresía lectora en peligro de extinción y que abominemos de las educadas maneras e hipocresía de las fuerzas reaccionarias, siempre alertas para frustrar las ilusiones y proyectos de quienes van por libre.

 A la altura de las anteriores, y por tanto uno o dos peldaños por debajo de No sé decir adiós, yo seleccioné para los Premios Días de Cine a La cordillera, coproducción con Argentina y Francia dirigida por Santiago Mitre, que con la ayuda de un grandísimo (como siempre) Ricardo Darín dibuja un retrato espeluznante y lleno de matices de un presidente del país austral. Lo más estimulante que aporta es la visión absolutamente verosímil de un cónclave de presidentes iberoamericanos como un nido de avispas en el que no sabes quién te va a clavar el aguijón, bien sea a traición o de la manera más fraternal. Lo menos es que incluye una subtrama esotérica de menor interés.

También incluí Selfie, un divertidísimo aguafuerte sobre los hilos de superchería que envuelven las idas y vueltas de la política española, que exhibe como cómico desternillante a Santiago Alverú. En los Premios Feroz participa en la categoría de Mejor Película de Comedia, que es como establecer involuntariamente un nivel de sutil inferioridad respecto al resto de las producciones. Yo no soy partidario de hacer esos distingos.

Días de Cine incluye entre las cinco mejores películas españolas a Proyecto Lázaro, una ciencia ficción en mi opinión muy menor de Mateo Gil sobre las posibilidades de la hibernación para intentar burlar a la muerte y deja fuera a La librería. Salvo en ese detalle coincido con mis compañeros, aunque en la votación ajustadísima se impuso la ópera prima de Carla Simón sobre la espléndida, también ópera prima, No sé decir adiós, que como digo, considero claramente superior.

Los Premios Forqué colocan la estrambótica comedia de Pablo Berger, que yo no pude digerir, Abracadabra, en el lugar de No sé decir adiós. Un experimento para mí fallido, que mezcla texturas de comedia costumbrista de los años 60-70 con un enfoque de vindicación feminista servido por secuencias que van de lo sublime a lo ridículo. Claro que hay que aclarar que en los Premios Forqué quienes votan al Mejor largometraje de Ficción y Animación son los productores, lo que significa que sus criterios se rigen por otros arcanos.

Mucho no podrán diferir estos títulos de los que los académicos convoquen a la Gala de los Goya el 3 de febrero. Yo llevo meses pronunciandome y no he tenido necesidad de modificar mi apuesta para establecer quiénes deben ser los ganadores de los cabezones principales: el Goya a la Mejor película, sin discusión, es para No sé decir adiós; el Goya a la Mejor actriz principal, sin discusión, es para Natalie Poza y el Goya al Mejor Actor, sin discusión, debería ser para Juan Diego, aunque mucho me temo que compita en la categoría de Mejor Actor de Reparto, lo que de ser así consideraría un pequeño error: suyo es el trabajo más impresionante y conmovedor de la temporada. Nadie se acerca ni de lejos a ese personaje y a lo que con él ha hecho Juan Diego.

Lo correcto, lo ridículo, la hipocresía

Bajo la apariencia de la corrección se oculta la hipocresía. En nombre de la rectitud se hacen muchas tonterías. A veces resulta difícil discernir si la tontería y la hipocresía van de la mano en alegre comandita, o dónde comienza lo uno y acaba lo otro. Un día leemos que una senadora francesa, de nombre Nadine Grelet-Certenais, acusaba al cine patrio de ayudar a la venta de tabaco, no con publicidad encubierta sino porque los personajes fuman mucho. Nada menos que “el 70 % de las películas francesas nuevas tienen al menos una escena con alguien fumando”, afirmaba, lo que según ella “más o menos ayuda a hacer su uso banal, incluso a promoverlo entre niños y adolescentes”.

No se sabe si a su vez ella se encontraría bajo los efectos del cigarrillo de la risa u otras sustancias más incapacitantes pero se amparaba, al parecer, en un estudio según el cual el 35 % de los adolescentes se inician en ese vicio porque salen de la sala abducidos por el encanto del humo en las bocas de sus actores y actrices favoritos. Como si escucharan encandilados a Sara Montiel cantar en El último cuplé:

Fumar es un placer genial, sensual.
Fumando espero al hombre a quien yo quiero
tras los cristales de alegres ventanales
y mientras fumo mi vida no consumo
porque flotando el humo me suele adormecer.

La ministra de Sanidad, Agnès Buzyn,  se lo tomó en serio, que en lo tocante a estudios absurdos sobre materias dudosas, no hay ministro que se resista; y ya vemos que no estoy hablando necesariamente de los nombrados por Rajoy. La buena mujer decía no entender por qué los cigarros son tan importantes en el cine francés, que es como preguntarse por qué la gente dice tacos o le da con fruición a la botella al otro lado de la pantalla. Digo yo si será porque los de este lado también lo hacen.

Esta manía de querer corregir los males de la sociedad a base de hacerlos desaparecer de las historias de ficción me parece a mí bastante poco avispada. Se aduce que el común de los mortales imita lo que ve en las películas, que era lo que los curas de antaño pensaban y por eso se mostraban tan celosos censurando besos y cualquier otra expresión de la carnalidad. Esperemos que a los franceses no les dé por aplicar un efecto retroactivo y quieran eliminar de la televisión cualquier imagen de los grandes fumadores con Serge Gainsbourg a la cabeza, que sin sus Gitanes no era nadie.

Serge Gainsbourg en 1981. Wikipedia

En semejante despropósito, el de pensar que el mundo se corrige evitando mostrar cosas poco ejemplares en la ficción y que ésta debe de ser pulcra para evitar las tentaciones de la chavalería, caen incluso los más grandes artistas. Y algunos luego se arrepienten, como Steven Spielberg. Recordarán ustedes que el director de aquella fábula un poquito ñoña que rompió records de taquilla quiso hacerle un ligero lifting a E.T . El extraterrestre con ocasión del 20 aniversario de su estreno y se le ocurrieron cosas tan estrafalarias como hacer uso de algunos retoques digitales para sustituir las escopetas de los agentes por walkies-talkies, no fueran los niños a pensar que la policía es violenta y peligrosa, menudo desatino. Más pureta todavía resultaba borrarle en un plano al mono marciano la peineta que graciosamente dibujaban sus dedos. Y todo esto en 2002. En fin… Ya digo que el buen hombre se arrepintió, pero demasiado tarde, cuando la pifia había quedado registrada para los anales en clara sintonía con la tendencia al exceso de ternura que le achacamos con frecuencia.

E.T. El extraterrestre antes y después del lifting. Universal Pictures

Otro que me parece a mí debería arrepentirse con el tiempo es Ridley Scott, a quien no sé si los productores habrán impuesto, o por el contrario habrá sido idea suya, la sustitución de Kevin Spacey por Christopher Plummer en su última película, a las puertas mismas del estreno de All the Money in the World (22 de diciembre en Estados Unidos y 19 de enero en España). Hasta ahora conocíamos casos en los que por causas de fuerza mayor o menor un actor debía ocupar el lugar de otro volviendo a rodar escenas ya rodadas, pero lo sucedido con Spacey en esta ocasión eleva el listón de lo disparatado a niveles estratosféricos para evitar el previsible boicot a la película.

Que sepamos en el cine no hay precedentes. En política sí: Stalin ordenó que hicieran desaparecer de la faz de la tierra a Trotsky y no se contentó con asesinarlo sino que aquella orden incluía borrar todo rastro del revolucionario en las fotografías oficiales. Más recientemente, el que no sale en la foto, o sólo sus piernas, porque alguien hizo la chapuza luego corregida, es Santi Vila, Conseller de Empresa del cesado Govern. Vila tuvo la desgracia de alejarse un poquito de la línea oficial y ahí lo tienen, desvanecido a golpe de photoshop.

Lo que mueve a los productores de Scott, incluido a él mismo con su productora Scott Free Films, a rodar con Plummer todas las escenas que ya había rodado Spacey para poder eliminar su nombre y presencia de Todo el dinero del mundo no es otra cosa que puro cálculo económico, sin molestarse siquiera en argüir razones de orden moral.

Kevin Spacey y Christopher Plummer en Todo el dinero del mundo. Sony Pictures Entertainment.

Y como del cerdo se aprovecha todo, nada me extrañaría que algún día, cuando ceda la presión del sunami, se editara en blu-ray (o en dvd, si aún existe) la versión original, como había quedado antes del 30 de octubre de este año, cuando saltó a la luz el escándalo que ha llevado a los infiernos del descrédito al protagonista de American Beauty; un valioso extra incluido en el paquete. De momento hay un tráiler, que está ahí para recordarnos que el multimillonario Jean Paul Getty tuvo inicialmente la cara (muy maquillada, irreconocible) de Kevin Spacey. También está el otro, más oficial que el primero, para los amantes de las comparaciones.

El listón de la impostura ya lo había puesto tan alto Netflix fulminando su participación en la sexta temporada de House of Cards y cancelando el biopic de Gore Vidal que Spacey ya había rodado, que hasta la joven actriz Clara Lago lo veía claro: “También me parece muy hipócrita que ahora cancelen todo lo que iban a hacer Louis C.K. o Kevin Spacey, cuando lo suyo era un secreto a voces. Los productores que contrataron a Spacey hace un año sabían lo que había hecho. Ahí no estás valorando los actos de la persona, solo tu interés económico como empresa”.

KevinSpacey en House of Cards. Netflix

Con Todo el dinero del mundo, título premonitorio y revelador de qué estamos hablando aquí, se ha ido mucho más lejos. Hay que temerse que según esa misma lógica en años venideros alguien considerase congruente un despliegue de “retoques digitales”, como hizo Spielberg con su inocente extraterrestre, para reemplazar a Kevin Spacey de sus películas anteriores por otro actor, éste sí, de intachable decencia. Técnicamente no parece imposible y dada la dinámica absurda en la que nos encontramos tampoco resulta impensable.

Puerto Rico, ¡yo voy a tí!

Según el diario cubano Granma tras el paso del huracán María el pasado 20 de septiembre, la tasa de pobreza en la isla caribeña se incrementó de 44,3 por ciento a 52,3 por ciento. Como ya veo el gesto de escepticismo dibujado en la cara de muchos lectores, les aclararé que la fuente originaria es un estudio de la Universidad de Puerto Rico (UPR), en su campus de Cayey (centro). Leo también en la web del canal CNN una información de 21 septiembre, 2017 : “Hace dos semanas el huracán Irma devastó el Caribe con vientos sostenidos de 297 km/h dejando destrucción a lo largo de islas exuberantes que son hogar de aproximadamente 1,2 millones de personas. Luego, el huracán María le está siguiendo los pasos a Irma, desencadenando su furia sobre Puerto Rico, después de dejar al menos 15 muertos y “amplia devastación” en la isla de Dominica”. En rtve.es el 4 de octubre: El número de víctimas mortales por María en Puerto Rico se duplica de 16 a 34. Además, ha ocasionado daños materiales en torno a 90.000 millones de dólares.

Captura de pantalla del vídeo “Yo voy a ti” (#PRYoVoyATi)

Tras esta hecatombe se han activado las energías solidarias de mucha gente y, por lo que nos toca, entre ellas un grupo de actores españoles que desmienten los prejuicios de la derechona contra el mundo de la farándula cinematográfica, a la que con frecuencia en su afán simplificador identifica despectivamente como los “titiriteros de la ceja”, ávidos de subvenciones para vivir del cuento (esa gran mentira).

Penélope Cruz, Maribel Verdú, Oscar Martinez, Carmen Machi, Juana Acosta, Daniel Guzmán, Paulina García, Quim Gutiérrez, Inma Cuesta, Jorge Perugorría, Eduardo Casanova, Mirtha Ibarra, Gracia Olayo, Eduardo Noriega, Javier Cámara, Paco León, Marcos Carnavale, Maru Valdivieso y Jesús Olmedo  son algunos de los artistas que aparecen en el video de la campaña “Yo voy a ti” (#PRYoVoyATi) promovida por la distribuidora cinematográfica Wiesner Distribution en el que expresan su apoyo a la recuperación de Puerto Rico.

En ese video reconocemos la voz de Micaela Nevárez, la bella actriz puertorriqueña que ganó el Goya en 2006 por su papel de la prostituta que le daba la réplica a Candela Peña en Princesas, de Fernando León de Aranoa. De fondo, el tema de El Wanabi, de la agrupación puertorriqueña Fiel a la Vega.

Wiesner Distribution distribuye en Puerto Rico, el Caribe y Centroamérica cine independiente a nivel mundial. Desde el año 2000 la empresa con base en Puerto Rico participa en los principales festivales de cine para seleccionar los títulos de su catálogo. En su catálogo he encontrado títulos españoles e hispanoamericanos de mayor y menor interés: La reina de España, de Fernando Trueba, Los miércoles no existen, de Peris Romano, Casi leyendas, de Gabriel Nesci, Villaviciosa de al lado, de Nacho G. Velilla, Mamá se fue de viaje, de Ariel Winograd o la italiana Locas de alegría, de Paolo Virzi. Del 4 al 10 de mayo organizó por segundo año la Semana de Cine Español en Puerto Rico.

La campaña se ideó con el propósito de apoyar el Fondo Comunitario creado por la organización puertorriqueña sin fines de lucro Para La Naturaleza,  dirigido a apoyar la recuperación de las comunidades aledañas a sus reservas naturales para llevar ayuda directa a sectores severamente impactados por el huracán y apoyar esfuerzos de agroecología, reforestación y restauración de hábitats en estas zonas.

Y por supuesto no reclama sólo la atención de los famosos de todo el mundo reunidos, sino de todas las personas que sientan un gramo de dolor al comprobar cómo las catástrofes siempre se ceban en los más débiles y deseen demostrarlo con hechos, es decir con una contribución por mínima que sea. Yo ya he hecho la mía, que conste. Todas las aportaciones al Fondo se pueden hacer en línea, desde cualquier lugar del planeta, visitando la página www.paralanaturaleza.orgEl cien por ciento de lo recaudado irá directamente a estas comunidades y a apoyar esfuerzos de agricultura sostenible, reforestación y restauración de hábitats

Ha habido muchas otras campañas de recogidas de fondos y otros famosos que se han involucrado con mayor o menor empeño. Uno de ellos es Ricky Martin, quien en su muy activa cuenta de Twitter anima a arrimar el hombro y ofrece la posibilidad de hacerlo a través de su fundación.

 

Jennifer López encontró un hueco en su muy ajetreada vida para poner un tuit que decía así:

Parece que le encomienda a su deidad que se ocupe de aquellos a los que desatendió, tal vez porque andaba ocupado en vigilar al inquilino de la Casa Blanca, que no las tiene todas con él. Digo yo que ella bien podría echar una manita además de rezar. No sé, no sé, no quiero recelar, pero he buscado ese tuit en su cuenta y alguien ha debido de borrarlo.

Podría la cantante y actriz, o actriz y cantante, que no sé muy bien en qué orden de calidades ponerlo, tomar ejemplo del actor puertorriqueño Luis Guzmán que dice en traducción libre: “Hagamos lo que sabemos hacer, vayamos juntos y aportemos nuestro grano”, a la par que invita a artistas, músicos  e intérpretes a participar en un evento con el fin de recabar fondos para Puerto Rico. Estaría bien que Jennifer se apuntara al concierto y nos cerrara la boca a todos los malpensados.

 

Precisamente el lunes próximo, 4 de diciembre, la Academia reúne a nombres destacados del ámbito social y cinematográfico que prestan su aliento en favor de causas sociales, humanitarias o medioambientales. En una primera mesa redonda, moderada por Jorge Martínez (publicista y creador de la campaña Pastillas contra el dolor ajeno), Paco Arango, Manuel Burque, José Carnero (presidente de la Fundación Uno entre Cien Mil), Mónica Esteban (fundadora y presidenta de Juegaterapia) y Mabel Lozano compartirán sus experiencias.

Elena Anaya, Javier Bardem, Javier Corcuera, Paula Farias (expresidenta de Médicos sin Fronteras), Fernando León de Aranoa y Dani Rovira participarán en una segunda mesa redonda, en la que se analizará el potencial de actores, actrices, directores y directoras al dar voz a los que no son escuchados. El encuentro será moderado por Elena S. Sánchez, periodista y presentadora de Días de cine.

En fin, muchos son los llamados a apoyar buenas causas con su popularidad y muchos menos los que lo hacen. Por eso es justo y necesario reconocérselo y no quedarse mirando. ¡Apoya a Puerto Rico!

¡Ole, ole y ole, Rosa María!

Me levanto tempranito en Gijón, aún es de noche en la calle, aunque falta poco para que la claridad se imponga. Me encuentro en esta bella y tranquila ciudad asturiana invitado por el Festival para realizar un reportaje para el programa Días de Cine, de Televisión española y tengo un rato para echar un vistazo a la prensa, antes de encaminarme al autobús que nos llevará a un grupo de periodistas al sur de la villa donde podremos asistir a un pase de la película correspondiente. Esto es lo que tiene la desaparición de las salas de cine que antaño daban vida cultural y entretenimiento en el corazón de las ciudades y ahora ceden sus edificios a la especulación: para ver una pantalla grande hay que alejarse mucho del centro. El festival lo sufre, queda muy poco espacio cinematográfico que no se encuadre en complejos comerciales del extrarradio; el teatro Jovellanos aún resiste.

Una entrevista ante la fachada del teatro Jovellanos de Gijón

El día que escribo ésto, el lunes 20, me desayuno con la noticia de que Rosa María Sardá devolvió el 24 de julio pasado su Cruz de Sant Jordi a la Generalitat de Cataluña, que le había sido entregada hace 23 años. ¡Qué grande eres, Rosa María! Nos lo contaba Isabel Coixet, y toda la prensa se hacía eco, el domingo 19 en El País (islotes de decencia que perduran agazapados en las páginas de ese diario), con su cálido y lírico estilo y en un relato guionizado que parecía sustraído a Rafael Azcona (¡qué grande eres, Rafael Azcona!):

—¿En qué puedo ayudarla, señora Sardà?

—Es por la Cruz de Sant Jordi.

—Creo que ha habido un error. Me ha dicho mi colega que quiere devolverla.

—No, no es un error. La quiero devolver, exactamente, aquí la tiene.

¡Jajaja! ¡Rosa María, tenías que haber grabado la cara de ese funcionario con tu teléfono móvil! ¡Por dios! ¿no pensaste en el tesoro que se estaban perdiendo las escuelas de interpretación? ¿Cómo imaginar lo que se le pasó a ese buen señor por la cabeza –y su reflejo en el rostro, anonadado- al coger la carpeta con la condecoración y escuchar tu petición de un recibo?

—¿Un recibo?

—Sí, un recibo, conforme la he devuelto.

—Sí, claro… Un momento.

¡Cómo no vamos a tener buenos guionistas en España, si la realidad nos proporciona los mejores materiales al abrir los periódicos! La indignidad está a la orden del día, pero por fortuna todavía quedan personas que nos resarcen de la miseria moral a través de ejemplos  demostrativos de su talla de gigantes. ¡Qué grande eres, Rosa María! Con absoluta discreción, sin pregonarlo, sin presumir de nada, simplemente por coherencia, Sardá, devolvió tan alta distinción y exigió a los correspondientes funcionarios que no se les ocurriera publicar ninguna esquela cuando ella muera, porque no podía aceptar que su nombre siguiera vinculado de esa manera a una institución que pretendía por las bravas escindir a Cataluña de España.

Rosa María Sardá recibe la Medalla de Oro de la Academia. Toni Albir / EFE

Y escindirle a ella, que casi fue presidenta de la Academia de las Ciencias y las artes Cinematográficas de España, que ganó el Goya en dos ocasiones y presentó la Gala en tres (1993, 1998 y 2001) con aquel gracejo tan personal y lenitivo que nos permitía aguantar los largos y soporíferos momentos sólo por verla reaparecer en escena. Sardá descubrió una veta a los diseñadores  de las ceremonias y señaló un camino a sus presentadores para que semejante invento se sustentara contra el viento y la marea de unos condecorados que siempre parecen estar aprovechando la ocasión para congraciarse con la familia a la que no hablaban desde años atrás, o suplicando a los productores que el trabajo no se les agote.

A Sardá, que recibió la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes del Ministerio de Cultura de España (hay ocasiones en que hasta el más ciego abre los ojos y ve), no le cuadra dejar de ser una de las más grandes artistas españolas, fraguada su carrera a lo largo de casi seis décadas en todos los frentes de batalla, sean los escenarios teatrales, catódicos o fílmicos, y no encaja en las estrechuras mentales de quienes abjuran de todos los lazos contraídos a lo largo de siglos con los demás ciudadanos de este torturado país, el nuestro, el que tenemos, el que amamos y odiamos pero luchamos para mejorarlo, España. Claro que, pensando bien lo de la Medalla ministerial… algunos de los señores que han venido ocupando el sillón ofrecen razones suficientes a cualquiera para  impulsarle a hacer lo mismo que Rosa María con la de Sant Jordi.

Yo respeto las ideas políticas de todo el mundo con la única condición de que se expresen con respeto y sean a su vez respetuosas con las de los demás. Pero no comprendo a algunos actores o directores catalanes de nuestro cine, como Juanjo Puigcorbé, Sergi López o Ventura Pons, pongamos por caso.

Juanjo Puigcorbé, vecino de la capital del reino durante muchos años, se presentó en 2015 en las listas de ERC en las municipales de Barcelona, nada menos que en el número dos y salió elegido concejal para dejar claro que se puede mimetizar al emérito en la estomagante serie Felipe y Letizia y hacerle una peineta a toda una trayectoria vistiendo la camiseta de la selección, como Guardiola. Una cosa es pisar el terreno para ganarse las habichuelas y otra es ver la luz de un mundo mejor, con su república pizpireta y sus Jordis patriotas, como el molt honorable senyor Pujol (de los que están en chirona no hablo, salvo para decir que, con la misma vara de medir, si merecen estar en la cárcel por lo que han hecho, otros merecerían poder elegir entre hoguera o garrote por el daño que han hecho a millones de inocentes ciudadanos). Dice Puigcorbé que le pasará factura su independentismo, pero que no tiene miedo. Tranquilo, Juanjo, tranquilo, tal vez se reduzca el abanico de tus personajes, pero a cambio seguro que te aclamarán en las manifestaciones de la Diada. No te olvides llevar la estelada.

Juanjo Puigcorbé durante la presentación de la serie Felipe y Leticia. Telecinco

Y qué me dicen de ese pedazo de actor catalán que se salía en Harry, un amigo que os quiere, en Francia, donde más y mejor se le ha reconocido, o en El laberinto del fauno, memorable a las órdenes de Guillermo del Toro. Coño, Sergi López, no te lo perdono. Tú, que eres lo más parecido que me puedo imaginar a un cenetista (de la CNT histórica, la de la República), españolazo y disfrutón, medio francés (¡qué buenos trabajos te han dado allí, canalla!) y lo que haga falta, catalán, sí, por supuesto, pero de los que ven mucho más allá de sus narices cuatribarradas. ¿Embarcado tú en el velero pirata de la CUP? Te puedo imaginar capitán general de un ejército libertario silbando la Internacional, amarrado tu destino al de todos tus colegas de profesión sin fronteras, ¡pero uniendo, no separando, compadre! En fin, allá tú.

Sergi López en el rodaje de La vida lliure, de Marc Recha. Splendor Films

Ventura Pons, director de cine al que TVE ha prestado apoyo en no pocas de sus películas –con acierto en este caso, sí señor, en defensa del cine hablado en catalán y con vocación de escapar a las rutinas comerciales más baratas– fue asesor del Ministerio de Cultura con cuatro directores generales y también vicepresidente de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España. En sus declaraciones a la prensa y en su última película, Sabates grosses, una comedia que no he visto (por lo que me abstendré de calificarla) y que describen sus actrices, Amparo Moreno y Vicky Peña, como una especie de 13, Rue del Percebe, deja meridianamente claro su alineamiento con el independentismo.

Ventura Pons y Teresa Gimpera. ANDREU DALMAU / EFE

Pues qué quieres que te diga, Ventura, macho. Cuando he hablado contigo de tu cine no te imaginaba la miopía pequeño burguesa, provinciana y con complejo de superioridad que para mí esconden las aspiraciones nacionalistas. Siempre he dado por hecho que el artista y el intelectual de verdad tienen un corazón universalista y abominan de las ideologías que establecen fronteras, que pintan rayas en el suelo para distinguir a las personas según conceptos tan obstusos como “mi pueblo”, “mi país”, “mi bandera”.

Por cierto, Ventura, si lo de la República catalana no prospera, ¿seguiría gustándote la idea de… no sé, por decir algo, ganar unos cuántos cabezones para que tus películas se vendieran mejor en el conjunto de España? Qué corte, ¿no?

¿Berlanga? ¿Y ése quién es?

¿Por qué se estudia historia del Arte en los institutos? ¿Por qué está tan claro que cualquier alumno sería considerado un zote si fuera incapaz de decir quiénes fueron Pablo Picasso, Velázquez o Goya? ¿Por qué a los chicos se les insta a leer El Quijote o La Regenta? (aunque no estoy muy seguro de que esto se consiga y me imagino que el porcentaje de quienes lo hacen debe de ser bajisimo). La respuesta es obvia, es lo que llamamos Arte y Cultura. Pero hoy en día la cultura reviste otras muchas formas de expresión y la más popular de largo es el Cine.

¿Acaso duda alguien de que el cine, además de industria y entretenimiento, sea también una refinadísima manifestación de la cultura de los pueblos? Para la educación global de los chavales probablemente tiene mucha más importancia lo que ven en las múltiples pantallas de las que nutren su imaginario, móviles, tabletas, ordenadores, televisores y salas de cine, que lo que leen o pueden contemplar en un museo. El cine tiene sus códigos lingüísticos que es conveniente conocer para estar en mejores condiciones de entenderlo, apreciarlo y juzgarlo por uno mismo. Sin embargo, pese a este peso y abrumadora presencia en la vida social, el cine está ausente de las escuelas.

¿No creen que ya va siendo hora de que los chicos en edad escolar aprendan a distinguir las claves del cine de Pedro Almodóvar de las del de Santiago Segura? ¿No creen que deberían saber qué significan los nombres de Luis Buñuel y Luis García Berlanga para la cultura española? ¿No sería conveniente que conocieran las películas de Pilar Miró, Icíar Bollaín o Isabel Coixet? Y qué vamos a decir de los grandes maestros de la Historia del Cine, Mélies, Eisenstein, Ford, Fellini…

El Festival de Alcalá de Henares, ALCINE, que cumplió la semana pasada su edición número 47, lo entendió muy bien e ideó una sección, “Kids”, con la que demostraban ser “conscientes de que el futuro del cine y de sus espectadores pasa por la Infancia”. Con esa perspectiva se proyectaron cortometrajes de animación, nacionales e internacionales, propuestas libres llegadas de toda Europa con las que pudo verse “otro tipo de cine, muy diferente al que suele llegar por la pequeña pantalla o el cine comercial.” No es mala idea: aulas completas o niños con sus padres que dispusieron de “un espacio muy especial y divertido, casi un festival propio, en ALCINE”. Todo ello para continuar “acercando el lenguaje cinematográfico a las nuevas generaciones de muy diferentes formas.”

En consonancia con los orígenes del propio Festival, que comenzó en los años 60 llamándose Certamen Internacional de Cine para Niños, aunque luego fue mutando su nombre y características varias veces, el 55 FICX, el Festival de Gijón, en plena actividad durante esta semana, mantiene la sección Enfants Terribles, que se dedica a los pequeños como actividad extraescolar y se ofrece a los colegios e institutos en pases matinales de días lectivos. La intención es que estudiantes de 6 a 18 años aprendan a disfrutar del cine como manifestación artística, y además de ello lúdica. Bases que se van sentando en festivales, de los que los citados son dos ejemplos de ahora mismo, pero no únicos, para que algún día se inserten en un fenómeno de alcance muy superior.

Una de las razones de que siempre obtengan muchos mejores resultados en taquilla las películas menos ambiciosas desde el punto de vista artístico y que, a la inversa, sean las más complejas e interesantes las que cuesta más trabajo, por regla general, hacer rentables es el desconocimiento radical de los mecanismos narrativos con los que trabajan los cineastas para provocar las emociones, o las reflexiones que pretendan transmitir. Eso es materia pedagógica que debería figurar en los planes de estudio, en las escuelas.

En una jornada de ‘Cine y Educación’ celebrada en la Academia la gestora cultural Maryse Capdepuy puso los dientes largos a los asistentes explicando las medidas tomadas en Francia, que han aumentado la asistencia al cine en un 30% en los últimos veinte años:

“En los años 80 la caída del número de espectadores fue tremenda y eso movilizó a la profesión y al Ministerio. En el país vecino, el 11,5% de los alumnos participan en programas de educación y cine y tienen sesiones dentro del horario escolar, durante las cuales trabajan con material diseñado para ayudar al docente y acuden a charlas con los cineastas. Además, en 2015 dos tercios de los franceses de más de seis años han ido una vez al cine, o sea, 39 millones de personas, y los jóvenes de menos de 25 años cuentan con descuentos en las entradas.”

¿Necesitamos modelos para copiar? Pues ahí está otra vez el omnipresente modelo cinematográfico francés.

Fotograma de Al final de la escapada

El pasado mes de julio la Academia de Cine emprendió la difícil tarea de convencer a las autoridades para lograrlo. Para ello quiso contar con profesores, productores, guionistas, directores, el ICAA, entidades de derechos de autor y Filmotecas, entre otras otros implicados en la cuestión ‘cine y educación’.  En una rueda de prensa ofrecida por los coordinadores del proyecto, Mercedes Ruiz –maestra, psicopedagoga y coordinadora de la red social ‘Cero en Conducta’– y Fernando Lara, junto a la presidenta de la Academia, Yvonne Blake, y el director general, Joan Álvarez, expresaron unos deseos que sonaban al sueño de una tarde de verano; en palabras de este último:  “llevando a las salas a los colegios vamos a formar a las próximas generaciones de espectadores para que lleguen a sentirse orgullosos del cine que se hace en España”. La pretensión de que se introduzca la alfabetización audiovisual en los programas educativos es un objetivo que le corresponde al Ministerio de Educación Cultura y Deporte y a las diferentes autonomías. Lo llaman “Plan Cultura 2020”, pero tengo la impresión de que la fecha quedará tan desfasada por el error de cálculo temporal como lo estuvieron hace unas décadas los títulos de anticipación literaria y cinematográfica.

Fotograma de Bienvenido Mr. Marshall

Fernando Lara abogaba por la confección de un listado de películas españolas imprescindibles que niños y jóvenes deberían haber podido ver antes de cumplir los 16 años de edad y que se reconociera la necesidad de impartir formación a un profesorado que asumiera la materia cinematográfica, además de un acuerdo con la industria para la remuneración correspondiente a las películas utilizadas en los centros educativos.

Mira, en este punto, la negociación tiene la ventaja de que hay pocos interlocutores; sobre todo uno: concretamente, Enrique Cerezo, posee los derechos de la práctica totalidad del cine español del que estamos hablando. Su posición en el mercado es tan apabullante que le permitió en mayo de 2015, junto a José Frade, vender a granel a Televisión Española para el programa Historia de nuestro cine 700 títulos, casi todo lo que se produjo desde los años treinta hasta el 2000. Cerezo es propietario de la mayor parte del catálogo, el 80%, muy sabrosamente rentabilizado gracias a sus buenas relaciones con la dirección de RTVE. En abril de este año la televisión pública volvió a comprar otras 150 películas españolas a Video Mercury Films cuyo dueño es el presidente del Atlético de Madrid. En total, cuatro millones de euros en dos años. Cerezo es fácil de localizar para solicitar su apoyo a la enseñanza del cine en las escuelas y no parece que el caso del ático de Estepona (en el que figura imputado junto al ex-presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González desde 2016) deba mermar sus  impulsos filantrópicos. ¿O sí?

Fotograma de Viridiana

En septiembre Fernando Lara publicaba una emotiva carta en la revista Fotogramas (que titulaba a medias entre el candor y la ironía, “A una niña que va a nacer”, recordando el ridículo spot electoral de Mariano Rajoy que nos espeluznó en su día) en la que desgranaba ideas que alientan su labor como coordinador de este proyecto:

“Me imagino a esta niña jugando muy pronto a mover sus dibujos en stop-motion o a intentarlo con figuras de plastilina. Me gusta sentirla divertida y emocionada ante films, primero de animación, luego de imagen real, que no sean solo los de consumo masivo. Me complace verla conocer paso a paso ese lenguaje y familiarizarse y encariñarse con nombres fundamentales del cine español y otras latitudes. Me identifico con sus sensaciones al acudir a una sala de cine para ver, en pantalla grande, lo que ha aprendido en los libros y en fragmentos de películas, en cómo se traduce ese lenguaje tan peculiar y universal.”

Fotograma de Llegada del tren a la estación de La Ciotat

En fin, Fernando Lara no es persona que se despegue del suelo para dejarse llevar por los sueños, su trayectoria como crítico de cine, director de la SEMINCI (Semana Internacional de Cine de Valladolid) y del ICAA (Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales, organismo autónomo adscrito a la Secretaría de Estado de Cultura) nos hacen suponer que alguna base sólida habrá para trabajar en esos propósitos. Pero con sinceridad, yo, que los suscribo plenamente, soy muy escéptico. Ojalá alguien me haga cambiar pronto esas sensaciones.

 

 

Fanáticos contra Isabel Coixet

En un post reciente, titulado Algunos videos los carga el diablo, intentaba este cronista defender a Anna Maruny, una actriz que estaba recibiendo palos hasta en el carnet de identidad por haber participado en una desdichada pieza propagandística puesta en circulación por los partidarios de la independencia de Cataluña. El video era en mi opinión infame pero la actriz oficiaba de actriz y por tanto las críticas debían ser dirigidas a los responsables de aquél, no a ella. Tonterías, pensaron muchos, muchísimos, una legión, ella se lo había buscado. Me quejé entonces de no haber visto una reacción proporcionada de la profesión, de sus compañeros, salvo un par de ellos, en su defensa.

A Isabel Coixet, la directora catalana, española y universal, le había pasado algo parecido, pero esta vez los golpes le llovían del lado contrario. Y eran más graves y dolorosos. No sólo se limitaban al acoso en las redes sino que hasta su familia, su madre, ha tenido que sufrir los insultos, las pintadas, etc, el habitual despliegue de desprecio orquestado que durante tanto tiempo hemos visto en Euskadi en los años de plomo de ETA, que creíamos impropio de la civilizada Cataluña. Qué ingenuos éramos; la civilización de un territorio o de la comunidad que lo habita no vacunan contra el virus del nacionalismo excluyente y cuando se dan las condiciones favorables la infección puede extenderse como una epidemia letal.

Isabel Coixet presenta La librería durante la SEMINCI. Javier Álvarez-EPV-EFE

Isabel forma parte valiosa del patrimonio cultural catalán, y por tanto español, mal que les pese a quienes le niegan el pan y la sal porque no comulga con ese sentimiento egoísta y fanático. No hay derecho a que haya tenido que defenderse  casi en solitario de las descalificaciones a las que ha sido sometida con lindezas del tipo “fascista” y otras cositas semejantes por dejar por escrito algunas reflexiones, como la necesidad de “tender puentes, de centrarnos en las cosas que tenemos en común, de solventar las diferencias y las injusticias con auténtica y genuina voluntad de diálogo, de enfrentarnos juntos, todos los europeos en un marco federal, sin distinciones de pasaportes, a los desafíos de un mundo descabezado, convulso, ardiente, complejo y terrible”. Ojalá me equivoque y me haya pasado desapercibido pero ¿ha habido algún pronunciamiento de la Academia de Cine de Cataluña, o de la Española ofreciendo amparo, protección y cariño a Isabel Coixet por las barbaridades que ha tenido que escuchar? Con mucho gusto rectificaré si descubro que estoy mal informado, pero me temo lo peor.

Dada la inflación informativa con las peripecias del president y sus consellers más fieles, o más cobardes, fugados, todas las portadas y programas de radio y televisión dedicados día sí, día también, a este interminable procés, las historias particulares, como las de Maruny y Coixet (sin intentar establecer paralelismos forzados) pasan a un limbo en el que dejan de ser noticia, pero ello no significa que el sufrimiento haya desaparecido. Me lo preguntaba cuando veía los esfuerzos de Isabel en centrarse en hablar de su última película, La librería, en el festival de Valladolid, sin poder evitar tener que referirse a la pesadilla nacionalista: “Me afecta mucho todo, también a la salud. Tengo ataques de angustia, pero no soy la única. En este momento, hay mucha gente en un estado de angustia y tristeza muy profunda, en un estado de incertidumbre. Es muy difícil vivir así la vida cotidiana”.

Isabel Coixet y Bill Nighy en la SEMINCI. R-GARCIA-EFE

Triste testimonio que nos habla de los tiempos de intransigencia, de la falta de respeto a las opiniones disidentes, que vivimos. Tiempos en los que si no comulgas con las ideas supuestamente mayoritarias te asaetean en las redes sociales no con argumentos sino con palabras de grueso calibre, con insultos, en realidad. Para muestra uno tiene algunos comentarios recibidos en algunos posts de este mismo blog. Por fortuna, también hay personalidades respetadas dispuestas a ofrecer su hombro a quienes lo merecen que compensan las infamias, como la de Álex Grijelmo en este diario en su carta abierta a Isabel Coixet.

Como La librería se estrena el próximo día 10 vale la pena dejar consignado que esta adaptación literaria del libro homónimo de Penelope Fitzgerald ha ganado el premio a la mejor adaptación literaria en la Feria del Libro de Frankfurt. El filme cuenta con un reparto cuyos integrantes te permiten paladear las palabras: la actriz inglesa Emily Mortimer, la norteamericana Patricia Clarkson y el británico Bill Nighy.

Todos ellos ponen la alfombra de una historia que fascinó a la directora catalana porque rescata, antes de su desaparición, ese mundo en extinción que son los libros de papel y las librerías de viejo, templos en los que se huele el polvo acumulado sobre los anaqueles. A Coixet le encanta el tacto de los lomos encuadernados, el diseño de los títulos sobre las portadas, el silencio religioso que reina en esos espacios. La librería es un canto de amor a todo eso y tiene un aire de despedida, de testimonio sentimental de que hubo un tiempo en que leer libros significaba entrar allí, mirar, tocar, hojear y comprar algún ejemplar, o encargar otros no presentes.

La película no se limita a eso, claro, porque sería excesivamente leve la materia para dar densidad al relato, y le añade la crítica a una clase y unos modos y mentalidades sociales muy reaccionarios. Cuando alguien tiene un sueño, otro tiene que oponerse a él para establecer un antagonismo sin el cual no habría conflicto ni habría historia que contar.

Emily Mortimer encarna a la viuda Florence Green que debe enfrentarse a las fuerzas vivas de la ciudad encabezadas por la señora Gamart, para poder llevar a cabo su ilusión de levantar y mantener el negocio de una librería en la pequeña población costera de Hardborough, Suffolk. Esta buena mujer, empeñada en fundar un centro de arte en la Casa antigua, en la que Florence ha plantado su negocio, está interpretada por Patricia Clarkson, la actriz norteamericana con la que Isabel Coixet ha contado por tercera vez, y tiene el perfil característico de mujer intrigante y pérfida que le hace la vida imposible a la protagonista, más por maldad pura y dura que por otros motivos más justificados.

Isabel Coixet dirige a Emily Mortimer en La librería. A Contracorriente

Florence cuenta con dos aliados para mantenerse en su amor por los libros, desmesuradamente expresado en las 250 copias que pide de Lolita, en cifra incomprensible dadas las inexistentes ventas que lleva a cabo en una localidad que apenas tiene un único lector o aficionado a la lectura. Los dos aliados son la niña Christine (Honor Kneafsey), que trabaja como ayudante en la librería y el señor Brundish, un misántropo que vive recluido en un caserón plantado en lo alto de una colina, con el que establece una conexión espiritual lamentablemente demasiado tardía. Bill Nighy le da a este personaje el aire aristocrático, flemático pero enérgico, que los grandes actores británicos saben dar.

La vida transcurre sin demasiados sobresaltos a lo largo de la película hasta que todo se precipita al final, con lo que buena parte oscila entre el preciosismo de la imagen, la cadencia del inglés pronunciado con delectación y los gestos de hipocresía de los que se oponen a Florence, una falta general de tensión que afecta al ritmo y a la historia en sí misma, sólo agitada en la fase del desenlace. No es el cine más logrado de Coixet; la frialdad de la sociedad británica se refleja en el modo narrativo, como sucedía en Nadie quiere la noche (2015); tampoco tiene el sentido del humor de Aprendiendo a conducir (2014), sus dos últimos largometrajes de ficción. Pero uno encuentra en él la sinceridad de una cineasta que ama a sus personajes y trata de infundirles su calor, su fuerza y su determinación por conseguir sus objetivos.

Patricia Clarkson y Bill Nighy en La librería

Ojalá Isabel Coixet no tuviera que hablar de política forzada por los malos modos que tanto se estilan. Ojalá pudiera limitarse a expresarse cuando le apeteciera, como una ciudadana más preocupada por las injusticias o las desigualdades, libremente, sin temor a ser criminalizada en su propia tierra. Ojalá cuando comparezca para hablar de sus películas nadie tenga que preguntarle más que por la materia con que las crea.

¡Todos a la hoguera!

Ya he dejado fijada aquí mi posición sobre el caso de Harvey Weinstein y no es mi intención repetirme y menos aún añadir leña al fuego. Pero me subleva que el incendio se esté propagando a diestro y siniestro y me temo que vamos a terminar todos –los hombres- achicharrados. Me parece a mí que en la pira de expiación que han montado entre unos y otras no va a haber sitio para tanta gente y no quedará más remedio que habilitar una máquina de turnomatic, ante la cual, como los que hacían cola a los pies del cadalso durante la revolución francesa, nos iremos ubicando educadamente: perdón, ¿es usted el último?, disculpe ¿es ésta la guillotina de los abusadores? ¿la pederastia es aquí o hay otra hoguera?

Iba a escribir: el último en caer de rodillas en el oprobio ha sido Kevin Spacey. Pero, qué va, la lista se va engrosando aceleradamente y antes de que este post se publique seguro que ya han caído unos cuantos más. A Spacey le ha recordado el actor Anthony Rapp que cuando éste tenía 14 años, allá por 1986, el vidrioso Keyser Soze, protagonista de Sospechosos habituales, ya cojeaba de otras inclinaciones imperdonables. Si en American Beauty Spacey le hacía ojitos a una lolita (¡y qué lolita, que era Mena Suvari!), dice Rapp que aquello era pura ficción, que lo que le gustaba en realidad era otro material, vamos, que le echó mano al paquete.

Kevin Spacey y Mena Suvari en American Beauty. UNITED INTERNATIONAL PICTURES

Ah, no, perdón, lo del paquete lo dice el director y productor Tony Montana, a quien no hay que confundir con el protagonista de El precio del poder, de Brian de Palma (1983), que éste hubiera resuelto el asunto con cuatro tiros (de su pistola para Spacey y de coca para él). Montana dice que tuvo que quitarle la mano de su entrepierna, donde se había posado como quien no quiere la cosa, mientras las suyas andaban ocupadas en sostener una bebida y pagar la consumición.

En ardua competición con Harvey Weinstein, a Kevin Spacey le salen damnificados por las esquinas y otro actor no identificado en los medios se ha sumado a la triste fiesta para relatar cositas parecidas, aunque hasta ahora el hombre sólo ha reconocido y solicitado disculpas por el caso Rapp. En 1986 Spacey aún no era nadie artísticamente hablando y se encontraba sobre las tablas en un montaje de Broadway con un título que parece pensado para este momento tan delicado: El largo viaje del día hacia la noche. Por otro lado participó en su primera película, que en España se tituló Se acabó el pastel. O sea que todo era premonitorio porque la suma de ambos títulos dan para visualizar lo que ahora podría decirse de la carrera de este gran actor, que lo uno no quita lo otro.

Kevin Spacey. GTRES

Como ya es costumbre, desde lo del factótum de Miramax, muchas manos han cogido la pala para arrojar su montoncito de tierra sobre la tumba del muerto cuando aún está caliente. La actriz, comediante y presentadora de televisión Rosie O’Donnell le dedicó en un tuit la siguiente lindeza: “¿No recuerdas el incidente de hace treinta años? Vete a tomar por el culo, Kevin, como Harvey, todos sabíamos de ti. Espero que más hombres vayan adelante”. ¡Caramba con miss O’Donnell, tanto tiempo esperando a reconocer que lo sabía y callaba como los demás le han agriado el carácter!

 

La palada más gorda, que ha resonado sobre el ataúd del actor dejando constancia de su carácter irremisible, ha venido sin embargo de Netflix, que ha anunciado perdiendo el culo (con perdón) que ha dado por terminada la serie House of Cards, y que adiós a Francis Underwood y su sarcástica sonrisa. Ni las 53 candidaturas al Emmy acaudaladas por la serie han bastado para contener el pánico. Como colofón a esta cadena de sinsabores, la Academia de Televisión estadounidense le ha retirado el Emmy de honor antes de que pudiera recogerlo el próximo 20 de este mes. Spacey se ha quedado sin su International Emmy Founders Award 2017. La guasa es que este premio se otorga cada año a “un individuo que traspasa los límites para tocar la humanidad”. Pues siendo así, creo yo que deberían habérselo dado con más razón, ¿no creen?

Imagen promocional de la serie House of Cards. Netflix

Todo el mundo reacciona, como se dice ahora, sobreactuando. Este tsunami de denuncias por conductas inapropiadas, que yo no juzgaré porque no soy quién, ni tengo todos los elementos de juicio y entre ellos las alegaciones de los acusados, se lleva por delante a cualquier nombre famoso que parezca cuadrar, por la razón que sea, en este fango inmundo. Se meten en el mismo saco a Woody Allen, a Roman Polanski, e incluso a Bernardo Bertolucci, víctima también de un linchamiento moral a escala planetaria descaradamente desproporcionado. Por poner sólo tres ejemplos.

Allen, acusado por su mujer Mia Farrow de haber abusado de la hija adoptiva de ambos, Dylan Farrow, cuando tenía siete años de edad, dos décadas y media atrás. Nunca fue procesado por tales acusaciones ni por otras. La investigación policial de Connecticut, que duró seis meses con la participación de psicólogos del Hospital de Yale-New Haven determinó que el juez Elliot Wilk cerrara el caso sin llevarlo a los tribunales. Los expertos tenían dos hipótesis: “una, que estas eran declaraciones hechas por una niña perturbada emocionalmente y que se convirtieron en ideas fijas. La otra hipótesis era que había sido entrenada o sugestionada por su madre. No llegamos a ninguna conclusión. Pensamos que era probablemente una combinación de ambas”. Pero Woody Allen sigue siendo sospechoso, o más bien culpable, una estupenda diana contra la que lanzar los dardos del odio.

El director Woody Allen. GTRES

Roman Polanski sigue sufriendo el acoso de un juez norteamericano por un caso de relaciones sexuales consentidas con una menor hace treinta años, el de Samantha Geimer, que en su día dijo haber perdonado al director polaco. Aún así, la persecución se reaviva periódicamente con nuevas denuncias que no llegan judicialmente a nada. Polanski ha tenido que escuchar hace unos días las tonterías de las aguerridas chicas de Femen que perturbaron su homenaje por parte de la Cinemateca Francesa de París porque no necesitan juicios ni pruebas para declararle reo de todo lo que se le acuse, siempre que tenga que ver con algo sexual. Aunque el escrache modalidad tetas al aire es el más benigno de cuantos los exaltados puedan organizarte no debe de ser muy excitante y viene a sumarse a la ingente cantidad de artículos que lo confunden todo y allanan el camino a estos ridículos shows.

 

Y qué decir de Bernardo Bertolucci, arrastrado por los pelos a esta bacanal de lapidaciones, por el gravísimo delito de no haber advertido previamente a su actriz Maria Schneider que en la escena de violación anal (por supuesto, simulada) se utilizaría como supuesto lubricante lo que luego la convirtió en la más famosa escena sexual de la historia del cine. O de cómo volver a ensuciar una de las más bellas y grandes obras del arte cinematográfico. Que si Brando violó a Schneider con mantequilla, que si el trauma de la escena llevó a la actriz a un agujero negro mental, que si Bertolucci es uno más de los pérfidos directores que maltratan a sus actrices y merecen la reprobación universal al grito de ¡feministas y feministos del mundo, uníos! ¡Cuántas insensateces se han dicho y escrito a propósito de la famosa secuencia en contra de este director genial, por el que quiero romper aquí y ahora una lanza!

La famosa secuencia de El último tango en París

La iconoclasia es un bonito deporte últimamente muy practicado por los fanáticos del Islam, los partidarios de la yihad, los muyahidines, o los talibanes que tan pronto derriban los budas de Bamiyan, como la Alhambra de Granada si les dejaran. Ahora nos llega de Hollywood la iconoclastia antiabusadores ilustres, confesos o no, una moda que amenaza con derribar a artistas que son parte del patrimonio universal de la cultura. Hombre, por dios, ¡a ver si distinguimos y afinamos un poco! Y sobre todo, ¡no se me amontonen ni me formen jaurías, por favor!

Cosas de la Academia

En 2011, Televisión Española tuvo a bien encargarme la producción de un documental que celebraba el veinticinco aniversario de la creación de la Academia de Cine. Academia 25 años de Cine, se tituló sin grandes alardes de originalidad. Lo pueden ver aquí. Para su confección no iba a poder contar con muchos medios, o sea, en román paladino, que dados los tiempos que corrían y siguen corriendo para esa casa, un soberbio y noble palacio de la memoria sociocultural española que algunos se han propuesto demoler desde dentro reduciéndolo a la indigencia, me lo iba a tener que guisar y comer yo solo, como Juan Palomo.

Decidí, a la fuerza ahorcan, abordarlo de la manera más económica posible, hacer uso del archivo que contiene las galas anuales de entrega de los premios Goya y describir el proceso histórico que había conducido hasta el momento presente a través de las voces de su Presidente (a la sazón, Enrique González Macho) y  expresidentes vivos, a los que pretendía entrevistar uno por uno. El archivo de Televisión española es la cueva del tesoro tantas veces saqueada y contenedora de valiosos documentos: asambleas y reuniones preparatorias, conversaciones entre algunos miembros fundadores, etc… (Aprovechando el Pisuerga a su paso por Pucela, ¿por qué las imágenes de TVE utilizadas una y otra vez por las privadas, como la irrupción de Tejero en el 23 f, por ejemplo, nunca están acreditadas?).

Escena de Academia, 25 años de Cine. TVE

En el documental se describe la famosa reunión convocada por el productor Alfredo Matas en el Restaurante O’pazo de Madrid, el 12 de noviembre de 1985, origen primigenio y más remoto de la primera idea fundadora. A ella acudieron los directores Luis García Berlanga y Carlos Saura, los directores de producción Marisol Carnicero y Tedy Villalba, los actores José Sacristán y Charo López, los montadores Pablo González del Amo y José Luis Matesanz, el guionista Manuel Matji, el músico José Nieto, el director de fotografía Carlos Suárez y el decorador Ramiro Gómez y fue evocada por algunos de los asistentes diez años después en el mismo lugar. Allí contaron jocosamente ante la cámara de TVE anécdotas sobre la gestación de la Academia y de sus premios Goya, que serían entregados  en las galas cuyo futuro durante años no estuvo garantizado y hoy nos parecen casposas. Seguramente lo fueron. Apréciese si no el olor a naftalina que desprende la imagen de aquí debajo.

Madrid, 16.03.1987.- Los Reyes, Juan Carlos y Sofía posan con los premiados en la primera edición de los premios Goya. EFE/Archivo/R.Pascual/R.Castro

Después, con altibajos, los premios se fueron asentando, los presidentes se sucedieron unos a otros no siempre con armonía y sin fricciones. Hubo momentos duros, momentos de tedio y relajación y momentos dulces.

De todo eso hablan las personas que quisieron colaborar en el documental que celebraba esos 25 años, todos los expresidentes, decía, que estaban vivos. Los fallecidos, pobres, José María González Sinde, que fue el primero de la historia y Fernando Rey, que duró poco porque lo suyo no era la gestión, estaban excusados. Otra excepción comprensible y justificada por enfermedad fue la de José Luis Boráu, que hizo un esfuerzo muy de agradecer pero por desgracia no pudo verse en el documental. Los demás hablaron de cosas jugosas: Fernando Trueba, Antonio Giménez Rico, Gerardo Herrero, Aitana Sánchez Gijón, Mercedes Sampietro, Ángeles González-Sinde, por entonces Ministra de Cultura, Eduardo Campoy, y Enrique González Macho, como he dicho, en aquel momento, Presidente de la Academia, y tiempo después convertido, me da el pálpito que de manera injusta, en cabeza de turco de oscuras maniobras justicieras.

Pero faltaron a la cita Álex de la Iglesia y Marisa Paredes. Del primero nunca supe por qué no contestó a mensajes y llamadas, debía de estar ocupadísimo porque su silencio era llamativo, aunque dispuse de una entrevista muy reciente que yo mismo le había hecho cuando aún detentaba el cargo y con ella me apañé. De Marisa Paredes me llegó una pequeña decepción porque un par de horas antes de la cita, maquilladora, coche y cámara pendientes de ella, anuló la grabación que habíamos acordado, por una inoportuna indisposición, ese tipo de cosas que le pasan a veces inexplicablemente a los actores y actrices. No hubo posibilidad de retomarlo por falta de tiempo y el trabajo se resintió, pero qué se le iba a hacer, más se perdió en Cuba.

Marisa Paredes en el Festival de San Sebastián. GTRES

Antes de ayer la Academia hizo pública su decisión de conceder el Goya de Honor 2018 a Marisa Paredes, que recibirá en la gala de febrero, adornada con el argumentario habitual en estos casos: “una prolífica y prolongada carrera, trayectoria que mantiene con absoluto vigor, apostando en numerosos trabajos por proyectos cinematográficos nacionales e internacionales definidos por el riesgo y el prestigio”. Que no digo yo que no sea cierto, líbreme Dios, muy al contrario.

Paredes es una actriz estupenda y su trabajo merece ese reconocimiento y el de tantos otros premios recibidos y por recibir, como el Premio Nacional de Cinematografía, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes o la Gran Medalla Vermeil de la Villa de París, y un rosario de galardones en festivales como el de Karlovy Vary, Taormina, Gijón o Málaga. Para remate, el viernes comienza en Valladolid la 62ª edición de la Seminci que le obsequiará con su Espiga de Honor, que no le van a caber tantos honores en las estanterías.

Entonces, ¿a qué viene recordar esa –minúscula- anécdota que parece querer hacer de menos a nuestra estrella en un momento de brillo? Nada más lejos de mi intención que menoscabar su fulgor con tan poca cosa. Es un efecto juguetón de la memoria al leer la noticia de su Goya (que por cierto viene a rellenar un vacío, pues es el primero que recibe después de ser candidata en 1995 por La flor de mi secreto y en 1987 por Cara de acelga). Y como le tengo tirria al lenguaje estereotipado, al coro de alabanzas sin cuento que se despliega en ocasiones como ésta, me parece pertinente esta humilde discordancia.

Marisa Paredes e Imanol Arias en La flor de mi secreto. Sony Pictures

Más allá de ceremonias, lo cierto es que el curriculum de Marisa Paredes, estampado en cine, teatro y televisión, no sólo en España sino también allende las fronteras, a lo largo de casi seis décadas, es impresionante tanto en títulos de obras como en nombres de directores a cuyas órdenes se puso, desde Pedro Almodóvar a Agustí Villaronga, desde José María Forqué a Fernando Trueba, desde Amos Gitai a Alain Tanner, desde Manoel de Oliveira a Guillermo del Toro. Tratar de esbozar un listado de sus trabajos más interesantes es una tarea que tira para atrás porque son innumerables.

Fernando Luján y Marisa Paredes en El coronel no tiene quien le escriba. Alta Films

Para no agotar la paciencia del lector me limitaré a mencionar uno de sus personajes, el que de repente me viene a la mente con más fuerza en términos de emoción, aunque podría haber escogido unos cuantos, el de Lola, paciente mujer que sostiene la moral de aquel morigerado militar que no acababa de recibir nunca la tan ansiada pensión de El coronel no tiene quien le escriba, dirigida por Arturo Ripstein. Un personaje a la sombra de otro siempre ofrece a su intérprete una ocasión especial para demostrar su sensibilidad y capaz de creación y crecimiento y Marisa Paredes estaba inconmensurable junto a Fernando Luján; lo estaba por palabra, obra y omisión, por gesto y por dicción, ninguna estridencia, ningún protagonismo, pura discreción traducida en fuerza, en un relato cuya potencia extraída del texto de García Márquez reposa por igual sobre los diálogos medidos y la quietud de la puesta en escena. Enhorabuena, Marisa. La próxima, si puede ser, no me anules entrevistas, por favor, que cuesta un poco mover la maquinaria.

Despilfarra, que algo queda

A fuerza de respirar tantos virus nacionalistas, de escuchar sin remedio posible tantos debates y sufrir tanta fruición en el ondear de banderas hoy he sucumbido al contagio y me he levantado con el chip patriótico puesto. No, no teman, no me envolveré en ningún pendón, ni en el de la corona, ni en la senyera, ni en ningún otro. Hoy me ha dado por pensar en la riqueza que podríamos generar en nuestro país y tanto tiempo llevamos despilfarrando. Vamos, que deberíamos ser la envidia de Europa y del mundo mundial con tan poquita cosa y no hacemos más que ratificar aquella cita atribuida al fundador del estado alemán moderno, Otto Eduard Leopold von Bismarck-Schönhausen, Otto, para los amigos y von Bismarck, para los demás: “Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido”.

La clave de lo que estoy diciendo se llama sol. Sí, el astro rey, el sol que nos calienta, pero no a todos por igual. Verán. Hace diez años el Real Decreto 661/2007 por el que se regulaba en España la actividad de producción de energía eléctrica en régimen especial llevaba la firma de Juan Carlos R. El Rey. Era política de Estado. El gobierno de Zapatero animaba a todo el mundo a invertir en energías renovables, establecía primas para compensar las inversiones y garantizaba rentabilidades que supondrían amortizaciones en tan sólo diez o doce años. Puesto que teníamos más sol que nadie en Europa, era hora de aprovecharlo. Al trapo entraron miles de familias que diez años después están asfixiadas porque las reglas de juego cambiaron al poco tiempo de haber sido promulgadas mediante unas “medidas urgentes para la corrección del déficit tarifario del sector eléctrico”.  Se recortaron un 45% las ayudas a los huertos solares, el 25% a las instalaciones de placas grandes y un 5% a las placas solares pequeñas y convirtieron los cálculos de los pequeños inversores en papel mojado y les dejaron con deudas bancarias de tamaño olímpico.

Luego llegó el PP al gobierno y se encargó de rematar la faena. 62000 familias que no habían especulado en bolsa ni comprado sellos milagrosos de los que multiplicarían su valor estando guardados en una caja fuerte, 62000 familias que se creyeron lo que habían leído en el BOE y hoy esperan una sentencia en alguna instancia que les saque del agujero negro. Y mientras tanto, España abrasada por un sol de justicia y los precios de la energía por las nubes. ¿Por qué aquí no se aprovecha el sol como en Alemania? Porque nadie, salvo en este país nuestro, es capaz de inventar un concepto tan surrealista como el de “el impuesto al sol”, ese descubrimiento teórico, aprobado por el gobierno en el Real Decreto 900/2015 del 9 de octubre de ese año, que penalizaba el autoconsumo de los ciudadanos particulares para salvaguardar los intereses económicos del sector eléctrico. ¿Se entiende por qué Alemania tiene 38,6 GW de potencia instalada en centrales de energía solar fotovoltaica y España sólo 5 GW?

monsolar.com

Pues oigan, algo parecido nos pasa en el cine. Precisamente debido a las condiciones climáticas que disfrutamos y padecemos en la península, entre otros factores, España es según muchos expertos el mejor plató natural de Europa. Y no lo aprovechamos, no señor, es una potencialidad absolutamente dilapidada. Como explica Belén Atienza en la Revista Academia, número 227, publicada en septiembre de este año: “Si empezamos a ser competitivos con las desgravaciones fiscales, inevitablemente muchas producciones grandes y medianas se sentirán atraídas por España (por delante de otros territorios vecinos como Francia o Reino Unido) y eso sí tendrá un gran impacto en un número importante de técnicos y actores además de otros sectores derivados. Esta es una asignatura pendiente y sin duda han de darse pasos en esa dirección, porque estamos perdiendo el tren…”.

Belén Atienza es una de las productoras más importantes de España, capaz de poner en pie proyectos de 20 millones de dólares, hablados en inglés, con actores internacionales, como, sin ir más lejos Un monstruo viene a verme, de Juan Antonio Bayona, o el taquillazo de Lo imposible, del mismo director, películas de las que no tiene ninguna duda que son cosa nuestra, cine hecho aquí. No tanto puede decirse de lo que ahora tiene entre manos, la secuela del Parque Jurásico auspiciada por Steven Spielberg, pero da la medida de que algo sabe, por tanto, de lo que habla. “Yo ahora vengo de Londres, de los estudios Pinewood, que ahora mismo están duplicando su tamaño porque no caben las producciones que quieren ir allí a rodar. Tienen una desgravación fiscal que funciona de manera automática, inmediata, y un montón de técnicos que se han ido generando a lo largo de los años porque se ha creado este entorno. Esto pasó también con Canadá, que creó una industria de la nada con una política súper agresiva de desgravaciones y de atraer industria allí”.

 

Esto contrasta con lo que ella entiende que es una falta de voluntad política real para diseñar una estrategia a largo plazo que convierta al cine español en una industria cultural potente. “¿Cómo vamos a aspirar a crecer y mejorar la calidad de los proyectos si casi ni nacen, tardan años en financiarse y la mayor parte de los creadores y productores viven en una situación completamente precaria?”, dice Belén Atienza con más razón que la santa de Ávila. Considera, a modo de ejemplo, que la Ciudad de la Luz, a pesar de tener estudios aún mejores que los Pinewood, mejor clima y mejores condiciones generales para los eventuales trabajadores extranjeros (de comida y bebida para qué vamos a presumir), sin embargo la pésima planificación y la falta de incentivos fiscales la conducen a la parálisis, o al derribo, añado yo.

ciudaddelaluz.com

La ciudad de la Luz de Alicante, que abrió las puertas de sus instalaciones en 2005, con un coste inicial de 360 millones de euros, donde Bayona pudo recrear el gigantesco tsunami de Tailandia que causó ocho mil muertos, además de un buen puñado de películas que otros han realizado, lleva cinco años cerrada por una resolución de la Unión Europea que la condenó por competencia desleal, a no realizar ninguna actividad lucrativa durante tres lustros. Sin plan de viabilidad, con un descontrol palmario en el uso de los fondos y gastos millonarios irracionales, la gestión de Eduardo Zaplana, ese prohombre que Rajoy puso como ejemplo de administración, hoy investigado por corrupción en la operación Lezo, ha dejado hecho unos zorros el sueño de Luis García Berlanga.

Pues eso mismo, entre falta de voluntad política para crear tejido industrial y gestión catastrófica, o corrupta, así nos va.

Ay, señor, ¡tanto sol, tanto talento, tan buenas condiciones y cuánto derroche! ¡Pero si el pasado ya nos señaló la senda! ¡Como si Samuel Bronston no hubiera venido nunca a España! ¡A ver si va a tener razón von Bismarck!

Rodaje de El Cid, una de las producciones de Samuel Bronston en España

Sexo, mentiras y Hollywood

Peter Biskind tituló su libro Sexo, mentiras y Hollywood (Editorial Anagrama, 2006), haciendo un guiño al filme que descubrió al mundo en 1989 el talento de un jovencísimo Steven Soderbergh, Sexo, mentiras y cintas de vídeo. Era un título con apellido oculto en el subtítulo: Miramax, Sundance y el cine independiente, porque podría haberse llamado: “Ojo con los Weinstein”. Porque mira que lo avisó: una década después, uno de los dos brothers, de los que el libro daba cuenta en un retrato a la vez feroz y también, por qué no, matizado por un punto de admiración, Harvey, se encuentra inmerso en el ojo de un huracán, que ríete tú del Irma.

Era el segundo tomo que Biskind convertía en lectura obligada para conocer los entresijos de Babilonia, después de aquella joya titulada Moteros tranquilos, toros salvajes, también publicada en España por Anagrama, crónica apasionada y apasionante de los años 70 por la que se paseaban jubilosos, jóvenes y desconocidos una pandilla de genios que no tenían ni idea de lo que darían de hablar, Coppola, Scorsese, De Palma, Spielberg… Casi nadie. Directores que alcanzaron la cima en una edad de oro en la que se encontraron acompañados de actores como Jack Nicholson, Robert de Niro, Al Pacino y una bonita colección de nombres más que atiborraban nuestra colección de dvds cuando eso se llevaba, que ahora dicen que ya no se estila.

La documentadísima pluma de Biskind en estos dos volúmenes afilada a base de cientos de entrevistas nos conduce a través de los pasillos oscuros, de despachos infectos donde se cuecen los guisos, apaños y tejemanejes de las producciones, los premios y los castigos, abre en canal sin anestesia el organismo de Hollywood y expone al aire libre sus glorias, pero sobre todo y en paralelo sus miserias. En el segundo volumen Biskind se centra en el llamado cine indie y más particularmente en el nacimiento auge y decadencia de la fabulosa Miramax, el glorioso emporio creado por los hermanos Weinstein.

También es amplia la nómina de los que pueblan las páginas de este repaso a los 90 y todos reciben su paga. Por allí pasan Robert Redford, acariciado con guante de estraza por sus luces y sombras en el Festival de Sundance, e individuos de tanto brillo como Quentin Tarantino, el citado Soderbergh o Richard Linklater. Pero, como digo, Bob –la codicia- y Harvey –el ego- Weinstein se llevan la palma con sus grandes éxitos (Sexo, mentiras… fue el primer bombazo de ganancias), sus sobornos, sus oscuras inversiones publicitarias y también el ojo clínico para descubrir los nuevos tesoros ocultos, el cine europeo, Mi pie izquierdo, Cinema Paradiso, La vida es bella, Almodóvar, Pulp Fiction… Claro que sus métodos no eran muy aseados. Vender el más bien adormecedor drama Pelle el conquistador como una película de acción o el debut de Soderbergh como si fuera cine porno fueron las tretas más sutiles que se gastaban. Seguramente esto último se les ocurrió cuando confundieron Los 400 golpes de Truffaut con el último grito “hardcore”. Pero les dieron muy buen resultado. Fue bonito mientras duró hasta que vendieron la empresa a Disney y el tren comenzó a descarrilar.

Biskind lo había advertido: algo pasaba con estos hermanos. Y de ellos el que hoy ha caído en desgracia no era el precisamente el poli bueno de refinadas maneras. Arrancar los teléfonos y arrojárselos al que se le pusiera por delante era la manera que este hombre tenía para hacerse respetar, combinada con palabrotas proferidas con desmedida energía. Pero, hombre, Harvey, por dios, que eso no se hace… “Sí, lo sé, pero no puedo evitarlo”, decía compungido. De tarde en tarde, en instantes de arrepentimiento, le salía la vena dulce que le había llevado, a él y a su hermano, a sumar los nombres de sus padres, Max y Miriam, para denominar a su propia creación, Miramax.

Con los empleados, con los productores, con los adversarios, hombres casi todos ellos, Harvey utilizaba el método del palo y la zanahoria: unos días maltrataba verbalmente; otros días acariciaba con su verbo lisonjero y regalaba chucherías, para compensar y aliviar el disgusto. Con las mujeres la cosa iba de sexo, nada original. Proposiciones de mal gusto, chantajes obvios, tocamientos, intentos culminados o no de violación… The New York Times ha revelado una retahíla de casos que se habrían producido a lo largo de tres décadas, en los que bailan el mismo son actrices, modelos y secretarias, que este caballero no discriminaba por posición social, sino por cuestiones más perentorias. Todo el mundo lo sabía, pero todo el mundo lo callaba.

Harvey Weinstein. EFE / Peter Foley

Harvey, Harvey, quién te ha visto y quién te ve. Todo Hollywood clama con una sola voz, la tronante voz de todas las instituciones y todas las personas que han permanecido en silencio durante años ante tus abusos y tropelías. Hasta Obama, ya ves tú, tan amigo, al que financiaste con tus buenos dólares, te abandona, y arroja también su piedra, que aquí, tonto el último, no vaya a ser que nos acusen de ser cómplices. Y ahora, en la plaza pública, sometido a un merecido escarnio, te encuentras tan solo cuando todas las bellezas que tanto te deben, Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Ashley Judd, Rose McGowan, Cara Delevigne, vuelven hacia abajo sus pulgares.

La Academia de Hollywood se escandaliza, el Festival de Cannes, con las buenas migas que tú hiciste en Francia, exclama “quelle horreur!”, todo dios se rasga las vestiduras. Y tu esposa, la diseñadora de MarchesaGeorgina Chapman, que se casó contigo por tus atractivos intelectuales y físicos y que nunca intuyó siquiera tus incontrolables impulsos ha solicitado de inmediato el divorcio, ahora, tras diez años de próspero matrimonio y dos hijos, uno de siete años y otro de cuatro, cuando más la necesitas para poder curarte en una clínica de rehabilitación (temblando están los empleados que tengan que ocuparse de tí), te deja tirado como una colilla . Ni tu mujer ni nadie sabían nada. Todos callaron. El monstruo ha sido descubierto. Oye, Harvey ¿y si lo cuentas en una película? Dadas tus habilidades para conseguir los Oscar, igual te rehabilitan.

Harvey Weinstein y su esposa Georgina Chapman. EFE / Ian Langsdon

P.S. Dado que la avalancha de denuncias, de mujeres que han engrosado el pretendido harén de Harvey Weinstein, no cesa de crecer y pronto no cabrán en un estadio si se reúnen, y hasta parecerá que no eres nadie si no has sido acosada por “el Gordo”, dado que son escasas las personalidades que no se apuntan al juicio sumarísimo, me parece pertinente añadir las sensatas palabras de Oliver Stone, que leo hoy mismo:

“Soy un firme defensor de que hay que esperar hasta que esto llegue a juicio… Creo que un hombre no debería ser condenado por un sistema de justicieros. Y no es fácil por lo que [Harvey Weinstein] está pasando tampoco… Para mí ha sido un rival y nunca he hecho negocios con él y tampoco lo he conocido de verdad. He oído historias de terror sobre casi todo el mundo en este negocio, así que no voy a comentar sobre chismorreos… Simplemente esperaré (para pronunciarme), que es lo correcto”.