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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

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El debut de Casanova

Tengo que reconocer que un poster que presenta un rostro en primer plano que tiene por boca el orificio de un ano no es el colmo de lo que a mí me apetece ver. Admitamos que no es tampoco el “summum” de la belleza, ni resulta un plato particularmente apetitoso. Yo en un restaurante no consumo voluntariamente esa peculiar línea de gastronomía cinematográfica. Dicho sin tantos remilgos, aborrezco la escatología y tener que ver Pieles me abocaba a pasar un rato francamente jodido.

Carmen Machi y Eloi Costa en “Pieles”

Sin embargo, ¡qué narices! Cuando a uno no le queda más remedio, por razones profesionales, hay que armarse de valor e intentar sacudirse los prejuicios, muy malos consejeros. Con prejuicios no se descubren novedades ni se conquistan territorios inexplorados. Con prejuicios nunca hubiera apreciado ningún valor en el cine de un chaval nacido el 24 de marzo de 1991, que en su sitio web tiene la osadía de presentarse con estas palabras: “El cine para mí es como la morfina para Bela Lugosi, como Richard Burton para Liz Taylor, como la luz roja para Dario Argento, como los grandes senos para Russ Meyer, como Lynch y los enanos, como Godard para la Nouvelle Vague o como Rose McGowan para los años 90; imprescindible y complementario.”

Eduardo Casanova en una página de su Book

Desparpajo no le falta a Eduardo Casanova, ya lo sabían quienes se habían dejado caer en el inconfundible universo de sus cortometrajes, fechorías cometidas con más garra que vergüenza, que datan de cuando el niño contaba 17 años. Ansiedad, se llamaba el primero: sífilis, gonorrea, hepatitis A, SIDA, y otras delicias en el cabaret, colección de enfermedades venéreas que con deleite enunciaba una de las starlettes que se contoneaba sobre el escenario. El maestro de ceremonias presentaba un número “que suda purpurina, que caga lentejuelas y derrocha glamour por cada una de sus extremidades”. Mierdas bonitas recién cagadas y otras lindezas… bueno, el espectro del principiante Almodóvar y su troupe de Pepi, Lucy y Boom redivivo, tres décadas después. Nada mal para empezar, apuntes del natural de los fantasmas, obsesiones e inclinaciones exhibicionistas que con el tiempo tendría ocasión de ir regalando a cucharadas grandes y pequeñas.

La inlinación coprófila alcanza su cima en Eat my shit, cortometraje trasladado directamente, con escasas modificaciones al largometraje Pieles, de cuyo (huuuum, ¿halitósico?) cartel os he hablado al principio. Aunque hay que reseñar que en ese trasvase Casanova se ha recortado un pelín las uñas. Vamos, que el corto va más lejos que el largo en cuanto a imágenes perturbadoras (si digo vomitivas describo la sensación física que puede provocar en estómagos delicados). 

De otros finos trabajos ha dejado fuera, supongo que siguiendo consejos de sus productores (Álex de la Iglesia y Carolina Bang) planos como los que muestran explícitamente una penetración (puede verse en el cortometraje La hora del baño) aunque mantiene su gusto por la visualización del desnudo masculino y del sexo agitado libre de sus ataduras indumentarias. Garras con guantes arañan menos.

La hora del baño

No, no crean que con todo lo que les he adelantado estoy tratando de enterrar al recién bautizado cineasta. No es mi intención porque he llegado al convencimiento de que Eduardo Casanova tiene talento en cantidades incalculables, o sea que no hay modo de saber cuánto, que puede ser mucho o poco, pero talento hay. Talento visual, incuestionable. Imaginación, entendida como la capacidad de crear imágenes que fascinan o repelen, o ambas cosas simultáneamente, o alternativamente. Y manías, muchas manías, traumas sin resolver que él convierte en una mina de líneas argumentales.

Mara Ballestero y Lucía de la Fuente en “Pieles”

Lo malo es que por lo visto hasta ahora, en esa recopilación, por limitada que sea, enmarcada en el formato opera prima de largometraje que es Pieles, sus historias vienen todas a converger en un territorio común: el feísmo o la deformidad como paraíso terrenal en el que dios reparte las manzanas envenenadas de dolor. La galería de personajes no tiene desperdicio: la chica del sistema digestivo invertido o caraculo, enanas, caraquemadas, rostros grotescamente tumorales, camareras con sobrepeso, pedófilos que desconfían de su resistencia a la tentación ante la contemplación de un bebé, madames de burdel desnudas de figura poco apropiada para ser exhibidas, chicos que ansían desprenderse de sus piernas, madres castradoras… alguno me dejo quizás porque la fauna es numerosa, como se observa.

Y todos estos personajes están clamando por la comprensión del mundo, gritan en pro de la tolerancia hacia el diferente, lo hacen enmarcados en cuadros perfectamente compuestos, una fotografía avariciosamente acaramelada que contrasta con los horrores (¡nada de horrores, la belleza está en el interior!, dice candorosamente Casanova) que padecen los personajes, magníficamente simétrica, teñida de rosa por todos los rincones de la escenografía, o de un azul que no sé apellidar. Iconografía cristiana bañada en canciones estridentes legitimadas –eso intenta el director- por los compases de la ópera Carmen.  Pesadillas con ecos lynchianos, y otras influencias más o menos amontonadas… no le quitan fuerza al conjunto pero sí señalan que Eduardo Casanova tiene que depurarse y madurar, ganar poso y  profundidad sin perder personalidad. En el combate entre la forma y el fondo sobre el ring de su cine, gana la forma por goleada. Si encuentra el equilibrio puede llegar a ser grande, o al menos, importante. Que parece lo mismo, pero no lo es.

Pieles se estrenó el pasado viernes 9 de junio. Reportaje en Días de cine: https://goo.gl/EhKg4T

Don Quijote cabalga por fin

Seguramente no había otro director más quijotesco en el orbe que Terry Gilliam para empeñarse en llevar a su territorio, un espacio de imaginación desbordante, barroquismo visual y antiutopías animadas de ayer y de hoy, un proyecto que se titulara El hombre que mató a Don Quijote. Diecisiete años, nada menos, de preproducción no es un plazo muy común pero, bien mirado, ¿qué otra cosa cabría esperar si se trata de un cuento de fantasía inspirado en la figura del caballero cervantino? De modo que, ¡aleluya!, por fin Gilliam ha conseguido hacer las paces con el “tumor cerebral” que tenía que extirpar como fuera.

Comunicado de Terry Gilliam en Facebook

Si a algún proyecto se le puede denominar maldito, por la enconada oposición con que el diablo lanza todo tipo de impedimentos para que se lleve a cabo, éste desde luego se lleva la palma. En octubre de 2000 el rodaje en las Bardenas Reales de Navarra podía semejarse al de una película “normal”, dejando a un lado el pequeño detalle de las interrupciones por el vuelo de aviones de combate F16, (no lejos del escenario elegido se encuentra un polígono de tiro del Ministerio de Defensa a disposición de la OTAN) y otros imponderables menores. Hasta que al sexto día el dios de las tormentas, como quiera se llame, provocó unas inundaciones que arrasaron los decorados, dieron al traste con el proyecto y provocaron su paralización.

Para que no quedaran dudas de que todo terminaba allí, el ingenioso hidalgo se lesionó gravemente con una doble hernia discal en la persona del actor francés Jean Rochefort, estupendo quijote que nunca más quiso oír hablar de subirse a un caballo por literario que fuera y muy Rocinante que se llamara. Gilliam incluso perdió los derechos sobre el guion por una demanda de los productores.

Para resarcirse de las amarguras de tanto infortunio Gilliam contaba sus penas en un espléndido documental, dirigido por Keith Fulton y Louis Pepe, de elocuente título: Perdidos en La Mancha (2002). El documental iba a ser un “making of” y se convirtió en un “Así no se hizo”, una pieza de humor involuntario superpuesto a la socarronería del ex Monty Python, una jugarreta más del destino caprichoso, que recomiendo ver a cualquier cineasta frustrado, como bálsamo para sus penas de producción, a los estudiantes que deseen conocer la cara oculta del cine y al público en general interesado en descubrir la inabarcable personalidad de un director genial.

Si Rochefort se negaba, eso no impediría a Don Quijote volver a cabalgar, se propuso Gilliam; retomó el proyecto y pensó en John Hurt, pero no en que le diagnosticaran cáncer y se muriera pocos meses después (en enero de este año). No fue el último intento, claro, sólo uno más en el que había puesto cuarto y mitad de su alma junto a la del fenomenal actor británico.

Comunicado de Terry Gilliam en Facebook tras la muerte de John Hurt

Además de Jean Rochefort y John Hurt, Robert Duvall se había enfundado sin éxito la armadura del caballero de la triste figura. En los molinos se enredaron igualmente Johnny Deep, Ewan McGregor, Vanessa Paradis, Jeff Bridges, Miranda Richardson y otros. No pasa nada; aquí está ya Jonathan Pryce. Le acompañan Adam Driver, Stellan Skarsgärd y Olga Kurilenko, además de actores españoles como Óscar Jaenada, Jordi Mollá, Sergi López y Rossy de Palma.

Antes de la aparición de Gerardo Herrero, el año pasado Paulo Branco llegó a anunciar en el Festival de Cannes lo que en octubre terminó por esfumarse como una bocanada de aire con olor a azufre como la carcajada de Belcebú, la última pedorreta juguetona sin gracia del destino. Pero ahora los dados están echados y ya no hay vuelta atrás: Kinology, Recorded Picture Company, Entre Chien et Loup y Ukbar Filmes en asociación con Alacran Pictures, productores que parecen ser los definitivos, más la participación de TVE, Movistar +, Eurimages y Wallimage, así lo garantizan. Las ventas internacionales están gestionadas por Kinology.  Amazon Studios ha adquirido los derechos de distribución para Estados Unidos, Canadá y Reino Unido; y Telemunchen para Alemania y Austria. La distribución en España correrá a cargo de Warner Bros Pictures International España.

Vamos, que no hay peligro de desgracia inminente que nos impida ver a qué se parece esta sátira del siglo XXI en la que un ejecutivo de publicidad viaja en el tiempo desde el Londres de hoy hasta La Mancha del siglo XVII para encontrarse con Don Quijote, quien le confunde con Sancho Panza y se lo lleva a vivir sus aventuras… si es que en todo este tiempo el guion no se ha visto modificado.

En la reseña de Días de cine acerca de The Zero Theorem  (2013), su penúltima locura, en la que ponía al día ideas muy sentidas que encontrábamos en Brazil (1985), me atreví a decir lo siguiente: “Se puede discutir si Terry Gilliam es un gran cineasta o un malabarista que lanza al aire demasiadas pelotas como para hacerlas volver en orden a sus manos cuando termina el número; se puede disfrutar de su desbordante imaginación o agotar la paciencia abrumados por el barroquismo de sus películas catedralicias; se puede uno dejar encandilar por su fecundo vitalismo o desistir de seguir algunos de sus enrevesados argumentos. Pero nadie puede negarle a Terry Gilliam que es poseedor de un universo reconocible y exclusivo que inunda todas y cada una de sus películas”.

El reportaje concluía haciendo votos porque se hiciera realidad por fin su tan anhelado delirio de El hombre que mató a Don Quijote. Si soy sincero, a la vista de los precedentes, no podía imaginar que en efecto este vitalista cabezota se saldría con la suya y llegaría a decir: “Cualquier persona sensata habría renunciado hace años, pero a veces los cabezotas soñadores ganan al final, así que doy las gracias a todos los idealistas que se han unido para hacer realidad este sueño”.

¡Viva Polanski!

Una de las escasas razones por las que me hubiera gustado estar en el reciente Festival de Cannes es haber podido ver ya la última película de RomanPolanski. Por el resto de lo que caracteriza a esa grandiosa explosión de vanidades (la conozco porque una vez estuve allí para cubrirla informativamente) debo reconocer que me trae sin cuidado, o para decir verdad, me tira para atrás. Se me hace muy cuesta arriba la idea de soportar todos los inconvenientes de la hipertrofia a la que ha llegado aquella macroferia, las colas kilométricas, las esperas interminables, los cacheos y demás medidas de seguridad, cuya necesidad, sin embargo, no cuestiono.

Todo el equipo de Polanski en Cannes. EFE

Roman Polanski es uno de mis directores predilectos. No es extraño, si me paro a pensarlo me cuesta encontrar alguna película suya -de las que he visto, son un buen puñado- que no me pareciera extraordinaria. Me he parado, sí: sólo dejaría de lado a La novena puerta, realizada en 1999 según la novela homónima de Arturo Pérez Reverte. Pese a estar adaptada por el propio Polanski, Enrique Urbizu y John Brownjohn, el resultado lo recuerdo con disgusto porque me pareció truculenta y facilona. Tal vez tendría que revisarla…

A cambio de esa decepción, repaso en marcha atrás los demás títulos y no puedo pedir más satisfacción con cada uno de ellos: La venus de las pieles (2013), Un dios salvaje (2011), El escritor (2010), El pianista (2002), La muerte y la doncella (1994) Lunas de hiel (1992), Frenético (1988) Chinatown (1974), ¿Qué? (1972), La semilla del diablo (1968), El baile de los vampiros (1967), Repulsión (1965). Reconozco que es una larga lista, cosa siempre tediosa, y no quería citar tantas, pero como dice el chiste me he ido animando, me he ido animando y no lo he podido evitar.

Emmanuelle Seigner y Eva Green en “D’après une histoire vraie”

En Cannes Polanski ha presentado D’après un histoire vraie (que podemos traducir provisionalmente como Basada en una historia real), con guión escrito a dúo entre el director y Olivier Assayas, y protagonizada por su esposa, Emmanuelle Seigner, y ese bellezón apabullante que es Eva Green. Ya sé que me expongo a que me obsequien con tonterías tan habituales en estos tiempos cuando uno celebra la divinidad física de las mujeres, pero no creo que haya ni un solo varón en el mundo -y muchísimas mujeres- que no se quedaran boquiabiertos cuando Bernardo Bertolucci la descubrió en Soñadores (2003). Y seguro que no fue por su espléndido trabajo al lado de Michael Pitt y Louis Garrel, aunque razones de sobra habría también para considerar esta posibilidad. Eva Green desafiaba entonces a la Venus de Milo en hermosura y carnalidad en un plano en el que la luz cortaba sus brazos y realzaba su imponente figura, gloriosamente semidesnuda.

Eva Green en “Soñadores”

Polanski reúne en un thriller psicológico, adaptación de una novela de Delphine de Vigan, a la que hasta ahora, en cuatro ocasiones ha ejercido de musa titular, Emmanuelle Seigner (apareció joven y atractiva en Frenético; en Lunas de hiel, quitaba el hipo; en La Venus de las pieles intimidaba dominadora) y Eva Green. Seigner es una escritora deprimida y falta de inspiración y Eva, admiradora primero y acosadora después, para convertir su vida en pesadilla. Las expectativas respecto al encuentro, convendrán conmigo, son muy altas a poco que se interesen por el universo creativo de este caballero.

Emmanuelle Seigner y Eva Green en el Festival de Cannes. EFE

Mientras espero, recuerdo cosas que no se le desean a ningún artista de la tortuosa biografía de Polanski. Que en febrero tuviera que renunciar a presidir la entrega de los Premios Cesar franceses debido a las absurdas presiones de organizaciones feministas o que un juez norteamericano rechazara su petición de poder volver a pisar suelo de aquel país con la garantía de no ingresar en la cárcel, no son más que los últimos capítulos de una espantosa historia interminable que comenzó en marzo de 1977, cuando fue acusado de violar a una menor.

Ese episodio, que le ha perseguido toda la vida desde entonces, ha sido profusamente explicado por activa, pasiva y perifrástica, en infinidad de entrevistas, en documentales, como el producido por HBO, Wanted and Desired, dirigido por Marina Zenovich, y en sus memorias, Roman por Polanski, publicadas en 1985 por primera vez en España por la editorial Grijalbo.

A mí me sobrecogió la lectura de ese libro, escrito de puño y letra por el director de El baile de los vampiros, dedicado a sus amigos pasados, presentes y futuros. “Desde que yo recuerdo, la línea entre la fantasía y la realidad ha estado siempre irremediablemente borrosa”, eran sus primeras líneas. “He tardado casi toda un vida en comprender que ésta es la clave de mi existencia”. Comencé sus páginas y de inmediato me dejé atrapar por el torbellino enfebrecido de acontecimientos que le han llevado en volandas desde sus primeros recuerdos infantiles desperdigados por la calle Komorowski de Cracovia en la década de los 30, hasta el teatro Marigny de Paris en 1981, donde, vestido de Mozart con levita y peluca interpretaba y dirigía la obra Amadeus, de Peter Schaffer, y donde decidió ponerse a la tarea de escribirlas.

Esas memorias de uno de los más importantes directores aún vivos y muy activo, a sus 84 años, acaban de ser reeditadas en un estupendo volumen por la editorial Malpaso en las que el autor añade un epílogo empapado de la melancolía que sólo acontecimientos contradictorios, como el resto de los episodios de su vida, pueden provocar.

Cuando el libro aún no se había publicado el director de reparto de Polanski, Dominique Besnehard, le presentó a Emmanuelle Seigner, a quien le debe dos hijos y la luz que le abrió paso en el túnel de las tragedias no olvidadas, la muerte de su madre en un campo de concentración, el asesinato de Sharon Tate, la eterna persecución por el caso de violación. Poco después ganó la Palma de Oro en Cannes y un Oscar con El Pianista (una película en buena medida autobiográfica) y la vida parecía volver a sonreírle… hasta nuevo aviso. Una vez más la alargada sombra de una justicia vengativa, la californiana, extendía sus tentáculos y provocaba su detención en Suiza. Meses de cárcel, confinamiento domiciliario, ridículas peripecias provocadas por una prensa sensacionalista ávida de carnaza (un reportero llegó a disfrazarse de Papá Noel para culminar su grotesco asedio) hasta que pudo nuevamente depositar en el suelo la piedra que como Sísifo arrastra arriba y abajo desde hace cuatro décadas. Lo siguiente, ya lo dije más arriba, son escaramuzas en una guerra en la que se conjuran gentes que no conocen bien el caso y gentes que no aceptan la prescripción de los errores por graves que éstos hayan sido. Sobre el delito, hace años se pronunció la víctima, Samantha Geimer, y declaró haber perdonado al cineasta, pero el tiempo no pasa para aquellos a los que ciega el odio, por muy camuflado que se presente bajo pretextos legalistas.

Me he propuesto releer las memorias de un hombre que sufrió, gozó, y creó una obra cinematográfica imperecedera, de cuyo proceso de elaboración, atravesado por tantos acontecimientos trágicos, dramáticos, cómicos y placenteros, habla detenidamente con voz firme y apasionada, pero también quebrada en algunos episodios. Es un libro para cinéfilos y en general para quienes creen que las vidas de los demás, por muy dispares que sean, son también la vida de cada uno de nosotros, estamos hechos de la misma materia y sirve para reconocernos y aprender a ser más tolerantes. Las memorias de Polanski tienen el peculiar sabor de las autobiografías conmovedoras, las de un artista genial que aún no ha dicho su última palabra en una pantalla. La penúltima estoy deseando oírla.

Kristen Stewart ante el espejo

Kristen Stewart probándose modelitos en “Personal Shopper”. Foto Carole-Bethuel

Hay que reconocer que Kristen Stewart tiene algo indefinible que le hace muy atractiva. Ese mohín, como de permanente enfado con el mundo, la fama, tal vez, o vaya usted a saber, en un rostro bello con rasgos de chica lista, y por qué no inteligente, y una estructura ósea tirando a andrógina tienen gancho.

No es extraño que Olivier Assayas quedara prendado de ella cuando rodó Viaje a Sils Maria (2014). Esta personal y actualizada versión de Eva al desnudo, el clásico de Joseph L. Mankievicz de 1950, era el reencuentro de Olivier Assayas y Juliette Binoche tres décadas después de que el director coescribiera junto a André Téchiné el guion de La cita. Binoche encarna a una consagrada actriz a las puertas de un declive que percibe como irremisible, ante quien se aparece de nuevo la historia con la que se inició en el camino a la fama.  Como si fuera un eco de esa historia ficticia, Kristen Stewart es en la vida real la joven acriz, ya famosa pero aún con terreno que recorrer para llegar al estrellato absoluto, y en la fantasía de Sils Maria, la secretaria y representante, mucho más joven, de Juliette Binoche, con la que mantiene una estrecha relación de confidencias, de admiración, subordinación y algo más mucho más ambiguo, un sustrato de carácter erótico, tan sutil que lo advertimos en alusiones verbales a los celos y particularmente cuando Maria Enders (Binoche) contempla a escondidas a su secretaria (Stewart) que duerme desnuda sobre la cama. Kristen Stewart borda el personaje, como ya hiciera en Siempre Alice (Richard Glatzer, 2014, con Julianne Moore) y con Assayas este rendimiento actoral va acompañado de una osadía imposible de imaginar en una producción norteamericana.

Mientras que en Europa el desnudo de los actores se ve como algo consustancial a su trabajo, con todas las reservas que se quiera, con todos los detalles de la porción de piel que se puede y no se puede ver acordados en contrato, en Estados Unidos siguen siendo tabú determinadas partes anatómicas, radicalmente excluidas de cualquier producción comercial; y no hace falta que les detalle cuáles. La antigua reina de la saga Crepúsculo, felizmente reclutada para obras de mayor enjundia, le regala en Personal Shopper -que se estrena mañana- al director francés, y a los espectadores, claro, unos cuantos planos tocados por un delicioso y fino perfume erótico.

El propio Olivier Assayas confiesa que se dio cuenta de que el guion lo había escrito inconscientemente para su musa en un encuentro fortuito con ella en París. En cierto modo recupera el personaje de Viaje a Sils Maria, con algunas variantes, pero le concede el total protagonismo que en aquélla compartía con Juliette Binoche. Sigue ejerciendo una profesión de ayudante, concretamente de encargada de los estilismos que usa una supermodelo parisina, pero su jefa prácticamente no aparece, o muy poco. Maureen, que así se llama el personaje de Kristen Stewart, va de boutique en boutique, a cual más exclusiva, de Dior a Chanel pasando por la joyería Cartier, y se acerca a Londres para recoger un encargo como quien va del Retiro a Serrano.

Kristen Stewart de compras en “Personal Shopper”. Foto Carole-Bethuel

A fuerza de colocarse los vestidos de la modelo delante de sí misma, Maureen termina por caer presa del influjo narcisista y decide enfundárselos para apreciarlos mejor, o para sentirse mejor, en realidad, pues la pulsión masturbatoria no tarda en aparecer, lo cual se entiende bien a la vista del cariz sadomaso de algunas de las prendas. Todo un elogio de la perversión sutil y vaporosa, muy chic, muy francesa.

Lo sorprendente del caso es que este ritmo de vida laboral tan mundano, este frotarse con el lujo y los ambientes más selectos discurre en paralelo con una inclinación esotérica que nos deja a todos con el paso cambiado y sin saber a qué atenernos. Maureen es médium, tienes cualidades paranormales y vive obsesionada con establecer contacto en el más allá con su hermano gemelo tristemente fallecido. En sus excursiones parapsicológicas incluso llega a vislumbrar un ectoplasma que a ella no le asusta y a mí, la verdad, me hizo dudar de si no sería una broma que firmara la película el autor de Carlos (2010), el relato de las andanzas revolucionarias y terroristas de aquel perseguido por todos los servicios secretos del mundo en los 70 y 80, Ilich Ramírez Sánchez, alias Carlos El Chacal.

Kristen Stewart en “Personal Shopper”. Foto Carole-Bethuel

A mí esas veleidades espiritistas me dejan más bien frío. Prefiero mil veces la vertiente fetichista, su parafernalia y sus derivados antes que las excursiones al género del terror más naïf, por muy transgresor que se muestre Assayas con sus reglas y supuestos básicos. Es más, creo que los dos polos provocan un cortocircuito cuando se juntan en la resolución del misterio: un auténtico fiasco. Le tengo tanto respeto a Assayas y me había parecido tan genial Viaje a Sils Maria, me las prometía tan felices con volver a ver a Kristen Stewart en lo que, según decían, era un thriller erótico, que salí de la sala con cara de preferentista saludando la entrada de Rodrigo Rato en el juzgado. Menos mal que nos llevamos en la retina las escenas de Kristen Stewart ante el espejo.

Alien: Covenant, y la que venga

El director Ridley Scott

A seis meses de cumplir los ochenta años, Ridley Scott, que aunque parezca mentira aún no ha ganado un oscar, sigue siendo uno de los directores más vigorosos del panorama mundial. Nunca fue, ni pretendía ser, Andréi Tarkovski; quiero decir que no es el cineasta cuyas obras estén imbuidas de un hálito de trascendencia metafísica. Ni siquiera aquellas que, como Blade Runner (1982) podrían haber aspirado a reivindicarse de ese modo. Para el director de Los duelistas (1977) el discurso fílmico se construye en torno a ideas visuales y musicales antes que al desarrollo de enunciados ideológicos. Hoy a Blade Runner no le niega nadie la categoría de obra maestra, por su belleza y la profundidad filosófica que alcanza, pero en su día gran parte de la crítica le negó el pan y la sal y tardó en reconocerla como tal. Él sólo pretendía contar una historia que atrapara al espectador. Y a fe que lo consiguió. Lo mismo sucedió con Alien: el octavo pasajero (1979), magnum opus de una variante fecunda de la ciencia ficción, la del terror en el espacio, constituida con el paso de los años en cabecera de una franquicia decente y fuente de inspiración para innumerables productos menores.

Como todo el mundo sabe, el viernes 12 de mayo se estrenó Alien: Covenant, producida y dirigida por Scott, segunda entrega de la anunciada trilogía que opera como precuela de la obra maestra seminal. Sin necesidad de subrayarlo en el argumento, esta entrega sucede a Prometheus (2012) ejemplo de la habitual discordancia entre público y crítica, ya que tuvo muy buen rendimiento en taquilla (más de 400 millones de dólares de recaudación) y la general reprobación, con excepciones entre las que me encuentro, de los comentaristas.

A diferencia de las tres sucesoras de Alien, el octavo pasajero, las dirigidas por James Cameron, David Fincher y Jean-Pierre Jeunet (El regreso, 1986; Alien 3, 1992 y Alien: Resurrección, 1997), por razones obvias de coherencia argumental y edad de Sigourney Weaver, la teniente Ripley, alma de la función junto a su némesis bestial, ha desaparecido del horizonte en las tres predecesoras, aunque no la figura femenina encargada de enfrentarse cuerpo a cuerpo con el xenomorfo babeante. La saga ha perdido carisma y gancho erótico, porque no son lo mismo Noomi Rapace (que tenía sus roces con Charlize Theron en Prometheus) ni  Catherine Waterston, menos sexi pero sí, en cambio, más terrenal y accesible.

Si en Prometheus la expedición conseguía despejar la incógnita de la procedencia humana, al descubrir que el ADN de la especie era idéntico al de Los Ingenieros -así se llamaban esos seres enormes y blanquecinos que aparecen al principio en el bello paisaje islandés- en Covenant el enigma a desvelar es el origen de los huevos, de los bichos, de la criatura, en fin, creada por el genio del artista suizo Hans Ruedi Giger. Después de 35 años de la aparición en pantalla y tantas réplicas sucesivas de uno de los iconos más poderosos del cine de terror parecía mentira que nadie se hubiera aventurado a aclarar ese misterio, lo que no dejaba de ser un reto para los guionistas y el propio Scott, que se la jugaban en ese apartado del argumento. La pirueta con la que salvan el precipicio (que obviamente no puedo desvelar) me parece un triple salto mortal con tirabuzón brillantemente ejecutado. De paso se nos advierte, con un mensaje –muy útil en la actualidad- tomado prestado de Mary Shelley, de los peligros y la tentación de convertirse en dioses de la creación mediante la manipulación genética.

Covenant tenía otro desafío igualmente evidente: mantenerse fiel a la estructura básica con el fin de conectar la trama tanto con Prometheus como con Alien, el octavo pasajero, pero a la vez aportar algún elemento importante que supusiera una novedad respecto a ellas. Este elemento viene de la mano del robot interpretado por Michael Fassbender, que adquiere un gran protagonismo a expensas de la heroína de Waterston. Aquí pueden ver una bella secuencia que no figura en el montaje de la versión estrenada en España.

El “sintético”, en la jerga de los expedicionarios, además se desdobla y arrastra una retahíla de reflexiones filosóficas sobre la dialéctica creador-criatura: la independencia, superioridad y rebelión de la segunda respecto del primero. Los universos de Alien y Blade Runner se aproximan amistosamente con el síndrome de Roy Batty que sufre Walter en contraste con David, los dos encarnados por Fassbender. Los efectos visuales en la secuencia del aprendizaje musical son tan buenos… que ya no sorprenden a nadie. Otro síndrome, el de Terminator 2: El juicio final (1991) de James Cameron, también asoma la patita y dejan el único chiste de toda la película: “en este tiempo ha habido algunos avances en programación”, le dice David a Walter.

La fidelidad al obligado esquema narrativo, a cambio de esas y alguna otra novedades, nos hace pagar gustosamente el peaje del canon: una expedición que llega a un planeta desconocido, encuentran rastros y por supuesto huevos de la criatura alienígena, monstruo que salta a la cara, penetra en los organismos de los viajeros de diversas maneras, les hace estallar desde dentro y da lugar a una lucha a muerte sin cuartel… ¿es lo mismo? Sí, pero siempre hay algo, una perfección en la puesta en escena, en el montaje, en la acción y el suspense, que lo hace parecer distinto. Naturalmente, cualquier nuevo capítulo que respete esas premisas será siempre inferior a la originalidad casi absoluta que representó el primero en 1979, nunca podrá alcanzar la misma altura. Aunque se tratara de un armazón en el fondo clásico, en palabras del propio Scott, era una película de serie B bien hecha con un trasfondo muy básico: siete personas encerradas en la vieja y siniestra casa, y la duda de quién va a morir antes y quién va a sobrevivir.

En el debe de Covenant debemos reseñar algunas secuencias con un inequívoco aire a subcultura B que contrasta con la pulcritud y elegancia de otras como el prólogo, por ejemplo: el alien que crece aceleradamente nada más brotar del cuerpo de su involuntario anfitrión y se yergue orgulloso, la lucha mediante artes marciales entre robots, la refriega sobre el casco de la nave que no acaba de despegar, o la desaparición de la civilización de los ingenieros, más propias de productos como La momia (Stephen Sommers, 1999) y similares. También se cuela algún objeto del presente que cuesta imaginar dentro de 80 años, como el ordenador personal con que se comunican entre tierra y nave nodriza, pecadillos sin importancia. En el haber, todo el resto del filme, con su atmósfera de misterio -atención al score musical de Jed Kurzel- sus espasmos de violencia provocada por la criatura y la brillante escenificación de interiores y exteriores.

Alien: Covenant comienza con un primer plano de un ojo, una imagen que aparecía también en los primeros minutos de Blade Runner y que Denis Villeneuve parece ser ha mantenido en su secuela (Blade Runner, 2049) o al menos eso parece en el trailer, según nos recuerda Carles Rull. Es un pequeño detalle de sello autoral de un director que ha tocado, siempre con un nivel digno, todos los palos en su larga carrera de 25 largometrajes y otras innumerables piezas diversas, un realizador de poderosa capacidad de síntesis narrativa, cuyas historias oscilan entre lo simplemente entretenido (como Exodus: Dioses y reyes, 2014) y la excelencia (las citadas aquí y otras, como Gladiator, 2000). Ridley Scott tiene un crédito para mí inagotable y espero con impaciencia la continuación de la saga Alien.

Un sátrapa en Nueva York

¿Qué fue de Dominique Strauss-Kahn, aquel sátrapa que gobernó la cueva de Ali Babá de las grandes finanzas del mundo y fue procesado por violación?

Dominique Strauss-Kahn. EFE

Los ilustres caballeros que se reúnen en el FMI, esa institución que imparte órdenes y consejos para arruinar a los países en aprietos, parecen esforzarse  en colocar en su poltrona a los más conspicuos dinamiteros del sistema. Dexter White resultó ser espía soviético; Michel Camdessus dimitió precipitadamente y nunca se supo por qué; Hörst Köhler hizo lo propio; de Rodrigo Rato cada detalle de sus fechorías que sale a la luz  desborda nuestra capacidad de indignación ya sobradamente saturada; tras él llegó el mentado Strauss-Kahn y su sucesora, la actual Directora Gerente, Dominique Lagarde, fue declarada culpable de negligencia por un tribunal francés. Los tres últimos han tenido asuntos graves que dilucidar con la Justicia y el que parece que lleva peores cartas en la timba de póker fue, en la época de aquel señor de bigote de cuyo nombre no quiero acordarme, el ministro estrella del partido de la gaviota, antes de hundir en la miseria a la joya de la corona de las cajas de ahorro españolas.

Mientras esperamos que el cine español consiga inspiración y financiación para desmenuzar la mecánica de la corrupción en España sin tener que retroceder hasta el siglo pasado –lo que faltaba para que el PP le renovara el juramento de odio por siempre jamás- Abel Ferrara nos contaba con pelos y señales en Welcome to New York (2014) la ejemplar bajada a los infiernos de aquel prohombre socialista que  aspiró a la presidencia de Francia y cuyo acrónimo -DSK- parecía destinarle desde la cuna a regentar algo gordo como el puticlub internacional de las tres letras (FMI).

Fotograma de “Welcome to New York”

El mismo año en que Abel Ferrara estrenó en Italia Pasolini, su sentido homenaje al gran poeta, escritor, cineasta y persona comprometida con su tiempo, había presentado en el Festival de Cannes Welcome to New York, que sólo se exhibió en nuestro país en VOD, plataformas de pago, lo que quiere decir que no se vio en salas. Una lástima. Por fortuna existe edición en dvd y quien lo desee también puede recuperarla en este soporte.

El italo-norteamericano Abel Ferrara es un director muy singular. Yo lo descubrí cuando ya llevaba unos cuantos títulos en la cartera de los que el más notable era El rey de Nueva York (1990). La ciudad más famosa del mundo, su ciudad, marcada como un tatuaje en el cuerpo de su cinematografía. Teniente corrupto (1992) le dio a Harvey Keitel uno de sus más memorables personajes y a la historia del cine una de las secuencias más escabrosas, la masturbación  del cochambroso policía exhibiéndose frente a dos jovencitas que le siguen la corriente con indisimulado asco y colaboran con el agente como pago para no ser denunciadas. Se la dejo a ustedes aquí debajo:

Unos años más tarde, en 2009, Werner Herzog realizó un remake, lo trasladó a Nueva Orleáns y reemplazó los apéndices nasales de Keitel por los de Nicolas Cage para saciar la desaforada ración de polvos blancos del protagonista. Pese al tiempo transcurrido, el carácter corrosivo del original no fue superado por la copia.

Ferrara continuó su carrera habitualmente calificada de “outsider” en la que figura El Funeral (1996) como punto más elevado, sombría reunión familiar en torno al cadáver nada exquisito de Johnny Templo (Vincent Gallo), asesinado por un clan rival: una de gángsteres y venganzas, con un elenco de actores que en otra vida podrían haber desempeñado ese honorable oficio sin forzar demasiado el gesto: Christopher Walken, Benicio del Toro, Chris Penn, el mentado Vincent Gallo, acompañados de mujeres con la belleza que el cine le regala a las mujeres de los gángsteres desde que los reinventara Francis Ford Coppola: Isabella Rossellini, Annabella Sciorra, Amber Smith…

El funeral se desarrollaba en Nueva York y en esa ciudad se celebró la muy laica ceremonia del réquiem político por Dominique Strauss-Kahn (DSK, para los amigos) ex Director Gerente del Fondo Monetario Internacional, después de que este probo socialdemócrata francés de 62 años de edad, que tuvo que renunciar, claro, a sus aspiraciones a la presidencia de su país, fuera acusado de asalto sexual por una limpiadora del lujoso hotel en el que, no sólo se hospedaba sino que, según las crónicas, daba rienda suelta a su incontenible furor inguinal en reuniones tumultuosas con jóvenes señoritas de húmeda compañía. Los hechos acontecieron el 14 de mayo de 2011 en la suite 2806 del hotel Sofitel de Manhattan y la detención de DSK, cuando ya se encontraba en el avión que le llevaría a París, estuvo a punto de costarle una severa condena de cárcel, aunque se saldó a la postre con un acuerdo extrajudicial estampado en un cheque, en cuya base luciría su firma y suponemos que muchos ceros a la derecha de alguna cifra en el espacio que sigue a la palabra dólares .

Ferrara llevó a cabo el triple salto mortal, de Pasolini a Strauss-Kahn, o viceversa, cuando decidió plasmar en una pantalla esta historia en la que Gerard Depardieu presta su oronda figura al político francés, a condición de darle un nombre imaginario, Devereaux, para evitar enojosas consecuencias judiciales. La imponente belleza y la clase de Jacqueline Bissett adornan el papel de la entonces esposa -la tercera- del ex ministro de François Miterrand, Anne Sinclair. Dado que Devereaux no podía declararse públicamente como vivo retrato de DSK, Ferrara pudo a cambio permitirse el lujo de no ajustar el guion escrupulosamente a la verdad, al precio de dejarnos con la duda de dónde se sitúa la línea que separa a ésta de la ficción. Aunque, para mí que mucha diferencia entre ambas no debe de haber.

Respecto a los pormenores del caso la película cuenta lo conocido y relatado por la prensa pero en la zona de penumbra deja pocas dudas sobre si se consumó o no la agresión sexual. Pese a ello, en Estados Unidos se estrenó una versión que amputaba 15 minutos a la duración original en la que se esfumaba la secuencia clave de la hipotética violación, lo que provocó un enfado monumental del autor, ofendidísimo porque lo consideró una alteración del contenido moral y político de su obra.

Las sospechas que todo el mundo albergaba sobre un complot orquestado para destruir políticamente a DSK se verbalizan en boca de Devereaux pero el filme no aclara si lo dice en defensa propia o porque canta la verdad de la buena. En cuanto a las cuestiones cruciales del asunto, Devereaux  le cuenta a su mujer una milonga en aprovechada aplicación de la doctrina Clinton de cuando su célebre “affaire” con la becaria Monica Lewinksy: sin penetración no hay relación sexual.

Que la estampa de DSK sea fidedigna puede que no esté claro, pero de lo que no cabe duda es de que Depardieu le depara un aspecto deplorable con su perfil de ballenato con patas. En su haber hay que apuntar una interpretación tan cínica como de él puede esperarse, o sea, perfecta, y como muy meritoria la secuencia en la que es humillado en la comisaría de policía, obligado a desnudarse e inclinarse ante dos agentes que le tratan como a un refugiado de nuestro tiempo. Por otro lado, no es extraño que las escenas de sexo fueran calificadas como pornográficas, más que nada a causa de las toneladas de carne que Depardieu desparrama  cuando se afloja el cinturón. Si yo hubiera sido Strauss-Kahn hubiera planteado mi demanda contra Ferrara por atentado a la dignidad de la propia imagen.

En el discurso de Welcome to New York Dominique, la mujer de Devereaux, calculadora, decidida y apasionada es quien tiene todo el interés en llevar a su marido a la Presidencia, sacrificando a tal fin muchas cosas, importantes cantidades de dinero incluidas, soportando sus aventuras y desplantes. El personaje se agranda rápidamente cuando entra en escena: acude en socorro de su marido cuando es detenido y le reprocha que haya echado todo a perder por su incapacidad de mantener la bragueta cerrada; de infidelidades está, naturalmente, curada de espanto. Devereaux parece pasar de todo, se muestra frío e insensible tanto dentro como fuera de la cárcel, y sólo parece vivir cuando tiene una hembra a la que tumbar, debido a lo que confiesa como su enfermedad.

Gérard Depardieu en una escena de “Welcome to New York”

Welcome to New York radiografía a un gigante de la superchería, un prototipo de la perversión de unas ideas que se pretenden progresistas; su ángulo de visión se extiende a ese mundo a años luz de la vida cotidiana de los mortales, sembrado de moquetas, coches de lujo, champán en los bidets y caviar para desayunar… lo normal para alguna gente importante que no padece de vértigo en las alturas del poder y las finanzas. Su crónica ilumina uno de tantos rincones oscuros del capitalismo feroz, aunque a Ferrara lo que realmente le interesa del caso es ahondar en la psicología de la pareja, perfilar un retrato de dos personas que no parecen regirse por las coordenadas que gobiernan a los ciudadanos que pagan sus impuestos, gente que seguramente habita en la cara oculta de la luna.

Dos Trueba y un infame boicot

Escuchaba a David Trueba en La Sexta Noche hablar de su último libro Tierra de campos a unas horas intempestivas, como es preceptivo cuando se trata de introducir la cultura en un medio que parece haber inventado el género del “debate político en un gallinero”. Provocó mi decisión de leerlo no tanto por la novela en sí como por la sensación de cordura, inteligencia, tolerancia y compromiso social que transmite este hombre, polifacético, sí, pero en mi escala de intereses sobre todo cineasta.

Seguramente miento un poco sin pretenderlo, seguramente el argumento de la obra, que él esbozó sin afectación, con gracia y sencillez, jugó un papel importante en el cúmulo de estímulos que se entrelazan para que uno sienta que esa lectura encierra promesas de satisfacción intelectual.

“Últimamente pienso mucho en la muerte. Pero de ahí a despertar con un coche fúnebre a la puerta de casa va una notable distancia”… Daniel, el protagonista de Tierra de campos se ve en la tesitura nada deseable de tener que realizar un viaje en el interior de un coche fúnebre y en compañía de un cadáver y un conductor ecuatoriano. Que el cadáver fuera no hace mucho su propio padre en vida no contribuye a desdramatizar la situación ni a hacerla más llevadera, es cierto. Que Daniel haya crecido de niño en un barrio humilde y que más tarde se embarcara en la vorágine de rock, drogas y sexo, aproxima la historia a los contornos de mis vivencias indirectas durante mi propia juventud. Sí, esta novela tendré que leerla.

Mientras tanto, reparo en la dedicatoria que David Trueba regala a su hermano: “Para mi hermano Fernando, que nunca sigue los caminos que llevan a Roma”. Estoy seguro de que el alcance del brindis será mucho mayor, pero no puedo evitar relacionar ese pequeño homenaje con el descomunal varapalo sufrido por el director de La niña de tus ojos (1998) con su mucho más que digna secuela La reina de España. Si la primera fue la gran triunfadora en la XIII edición de los premios Goya, 18 nominaciones que se tradujeron en siete cabezones, entre ellos el de Mejor película y el de Mejor Actriz protagonista (una excelsa Penélope Cruz), la segunda colocó al director en la diana de la reacción, le convirtió en el pim pam pum de los fanáticos y a la postre ocasionó un roto en las finanzas de la producción de magnitudes bíblicas.

Fernando Trueba. EFE

Hagamos memoria: todo el mundo conviene en que el desastre se incubó el 19 de septiembre de 2015, en el marco insospechado del Festival de cine de San Sebastián. Fernando Trueba recibía el Premio Nacional de Cinematografía de manos de un Ministro de Cultura, Iñigo Méndez de Vigo, que escuchaba atónito, con ojos de no dar crédito, la prédica del cineasta agasajado, que estaba dispuesto a no caer en el tedio y la rutina habituales en estos casos aunque en ello le fuera la vida. Quiso hacer un discurso divertido y rompedor, al estilo de aquella confesión de fe en Billy Wilder, cuando lo del Oscar por Belle Epoque, y a fe mía que sí rompió moldes, ¡parecía haberse propuesto propinar una patada de defensa central a un nido de avispas! “Nunca me he sentido español, ni cinco minutos en toda mi vida”, dijo con todo el cuajo de quien suelta una “boutade” mientras se toma un whisky.

Es lo malo que tiene la socarronería, que los militantes de la intolerancia no le pillan la gracia, porque ellos desconocen el significado del concepto. Se la tuvieron guardada y le esperaron pacientemente. En Valladolid la plataforma Hazte oir, la que no hace mucho paseaba autobuses humillando a niños transexuales, reunió 22.000 firmas para que la SEMINCI le negara a Trueba su Espiga de Honor. Fue el primer aviso. Y cuando llegó el estreno de La reina de España le devolvieron el chiste envuelto en una gran vomitona de odio llamando al boicot en las redes sociales.

Hacía ya tiempo, tal vez desde el caso La pelota vasca, la piel contra la piedra, de Julio Medem, que los patriotas de su propio cortijo no se movilizaban contra una película con tanta saña. El estruendo de furia creó un caldo de cultivo en el que solo faltaban los comentarios de los gacetilleros y el rechazo de los críticos. Los opinadores se unieron en un coro dispuestos a convertir al filme de Trueba en uno de los más infravalorados de la historia de nuestro celuloide. ¡Qué ojo tuvieron! No conseguí leer nada favorable. El domingo pasado decidí vacunarme contra el virus de la confusión y me propuse romper una lanza por esta comedia agridulce y pese a todo vitalista, como lo son el resto de películas firmadas por su autor, que probablemente acuse la ausencia de Azcona en su libreto.

La reina de España no alcanza el nivel de comicidad que desplegaba La niña de tus ojos y se torna sensiblemente más melancólica, que es la manera suave que se me ocurre de cifrar la amargura de un marco referencial como la construcción de la desdichada cruz de El valle de los caídos, sin contar con que Blas Fontiveros, el personaje que interpreta Antonio Resines, ha sido dado por muerto por sus compañeros tras pasar una temporada en el campo de concentración de Mauthausen y termina dando con sus huesos en aquella infame fosa común erigida como mausoleo del dictador.

Storyboard de La reina de España

Un diseño de producción que ya se anticipa delicioso en los créditos iniciales, con las imágenes históricas coloreadas entre las que se cuelan algunos personajes del filme, y una excelente ambientación en la que se integran el magnífico reparto (mención especial para penélope Cruz y Santiago Segura) y un nutrido número de extras alfombran el discurso, éste sí sincero y muy sentido, de homenajes varios que Trueba despliega en su película: homenaje al cine de la época, cuando en pleno franquismo desembarcó Samuel Bronston con su Hollywood a cuestas; homenaje a los operarios y trabajadores casi anónimos de aquella casi industria, a los ciudadanos en general, víctimas y resistentes al régimen de aquel general genocida. Y homenaje también al maestro de efectos especiales, Emilio Ruiz, con la magia de sus bellas transparencias, imprescindible en las producciones extranjeras rodadas en España, como Espartaco (Stanley Kubrick, 1960) o Lawrence de Arabia (David Lean, 1962).

El guión es sin duda la pata más corta, porque la trama flojea en la solución al enredo, en una película repleta de momentos felices, de humor que nunca busca la carcajada y tan solo patina en el grosor de la línea en alguna secuencia (la de la violación de Jorge Sanz, por ejemplo), pero que se reserva el momento más emocionante, acertadísimo en el duelo Penélope Cruz-Carlos Areces, para dejarnos esa potente foto polaroid del tirano cuando se encara con la dignidad de la actriz. Guiños cinéfilos como el guionista “blacklisted”, que encarna Mandy Patinkin, el sosias con parche en el ojo de John Ford (Clive Revill), o la inspiración en el proyecto no realizado de Bronston (a quien vemos con el rostro de Arturo Ripstein) de una Isabella of Spain escrito por el historiador comunista John Prebble, yo los tomo como nutrientes, tal vez no del todo afinados, de una ficción cuyos elementos ideológicos son inevitablemente “progresistas”, y de puro evidentes algunos han considerado como autocomplacientes.

Fernando Trueba y Penélope Cruz. Universal

Aun con sus flaquezas, La reina de España es una imagen especular dignísima, más triste y amarga de La niña de tus ojos, esa maravilla de la que toma prestados las líneas generales de la trama y los personajes  trasladados desde Berlín a Madrid. La comparación entre ambas no puede, no debe ser una carga pesada sobre los hombros de la primera, que por sí misma, estoy seguro, será mucho mejor valorada en el futuro.

Amar el cine, como Tavernier

Para quienes amamos el cine conversar un rato con personas como Bertrand Tavernier es, además de un lujo, un regalo.

Nacido en Lyon, Francia, en 1941, Tavernier cuenta como director con una larga lista de películas cuyos títulos son muy familiares para cualquier aficionado: El relojero de Saint Paul (1973), El juez y el asesino (1975), La muerte en directo (1980), Un domingo en el campo (1984), Alrededor de la medianoche (1986), Ley 627 (1992), La carnaza (1995), Capitán Conan (1996), Hoy empieza todo (1999)… Tal vez las dos últimas sean las más conocidas en España, pero la relación, arbitrariamente elaborada, podría alargarse bastante más.

Tres filmes de Tavernier: “Capitán Conan”, “La muerte en directo” y “Hoy comienza todo”

A España le ha traído la presentación en diversos festivales, San Sebastián, Valladolid y ahora Barcelona, de su último trabajo, el documental Las películas de mi vida, que no tardará en estrenarse. Viaje a través del cine francés (Voyage à travers le Cinéma Français), que es como se titula en su país, nos ofrece 190 minutos de pasión destilada entre las luces y las sombras de secuencias extraídas de un conjunto monumental cinematográfico vertebrado con nombres como Jean Renoir, Robert Bresson, Marcel Carné, Claude Sautet, Jacques Becker, François Truffaut, Jean Luc Godard… cuatro décadas, desde los años 30, condensadas en 582 extractos de 94 filmes recopiladas en seis años de trabajo y ochenta semanas de montaje. Y eso no es todo porque la fabulosa aventura continúa en una serie de nueve episodios de una hora de duración que han sido producidos para Canal Plus Francia.

Pero vuelvo a la palabra y al entusiasmo. En el  convencional formato del encuentro que llamamos entrevista casi siempre queda excluido el concepto de diálogo, reducido a una formulación de preguntas que obtienen por respuesta con demasiada frecuencia un discurso promocional elaborado sobre un guión y repetido hasta la saciedad por el director o los actores de turno. A veces, muy pocas, esto no es así.

Con Tavernier me sobraban las preguntas y hubiera podido estar escuchándole durante horas, sumergiéndome en un océano de recuerdos suyos relacionados con su experiencia de espectador que al instante podía hacer míos, incluso sin haberlos podido compartir por no conocer las películas o haber olvidado las secuencias de las que me hablaba. Bastó sugerirle el tema, hábleme de qué es el cine para usted desde que tenga memoria, para derramarse en un torrente delicioso y embriagador de imágenes envueltas en su cadenciosa manera de contarlas, encandiládome con ese entusiasmo adolescente que sólo encuentras en las personas a quienes los años de experiencia y conocimiento abren incesantemente el apetito por conocer más y más, disfrutar más y más, revivir más y más lo vivido: “el cine es mi vida; no hubiera podido hacer otra cosa”.

Y así me contaba: “Descubrí el cine muy pronto. Creo que una de las primeras películas a las que me llevaron, tendría unos diez u once años, más bien diez, fue Tres lanceros bengalíes, de Henry Hathaway (1935), que siempre me ha encantado. La he vuelto a ver muchas veces y siempre me encanta; aunque es un filme colonialista, es muy bueno. Tengo recuerdos muy vívidos de aquellas sesiones, incluso del tiempo que hacía cuando veía aquellas películas. Algunas son películas de la guerra del Pacífico a las que me llevaba mi padre”.

“A los 13 años de edad ví una película de John Ford que me despertó las ganas de ser director de cine: La legión invencible (1949), que habré visto unas veinticinco veces. También recuerdo La venganza del bergantín (Edgard Ludwig, 1948) con John Wayne, que también me encanta y que al volver a verla, no hace mucho, descubrí que esa película de aventuras parece a veces, en uno o dos episodios, una imitación de Cecil B.de Mille, aunque en lo esencial es una historia de amor, una nueva versión de Cumbres borrascosas, de Emily Brönte”.

Yo vivo las películas intensamente como espectador pero también como realizador, aunque con una mirada diferente. Teniendo que hacer frente a todos los problemas de un rodaje, me ha producido una gran admiración ver las cosas que ciertos directores consiguen obtener. Cuando ví La sal de la tierra (Herbert J.Biberman, 1954) al principio lo hice como un cinéfilo, veía planos mal encuadrados, etc. Pero luego me di cuenta de que cada plano tenía que ser robado porque no se quería que esa película se llegara a hacer. El FBI venía a deportar a la actriz en mitad del rodaje, había milicias que atacaban al equipo, había órdenes de Howard Hughes de destruir la película.”

Bertrand Tavernier en Bacelona

“Los críticos no aprecian en su justa medida, por ejemplo, el trabajo de Carol Reed haciendo El tercer hombre (1949). Tenía que batirse contra el imbécil de Selznick que estaba constantemente encima de él diciéndole que Alida Valli no estaba bien vestida, que tenía que ponerla en valor… La batalla contra Orson Welles que no quería ir a rodar y en los planos en que no estaba era el asistente el que metía en el encuadre el brazo o la espalda. Y luego los críticos dijeron que la puesta en escena la dictaba Welles, ¡que no estaba allí!”

Con el mismo arrebato con que evoca sus momentos felices, Tavernier arremete contra la impostura o las declaraciones “epatantes”. Le menciono a Kaurismäki, declarado enemigo de la pomposidad, cuando afirma que el cine no es arte y el maestro francés salta con la agilidad de un tigre: “Me divierte que a veces los cineastas o novelistas lancen juicios definitivos. Por ejemplo Rossellini declaró que el cine había muerto, pero fue cuando él ya no lo podía hacer, cuando nadie financiaba sus películas. Aki Kaurismäki tiene su contexto, en el que tiene dificultades para expresarse, el alcoholismo, muy fuerte… En fin, que la gente dice cosas divertidas.”

Y sobre ver cine en pantallas pequeñas, móviles u otro tipo de aberraciones en la forma de consumo, especialmente en las jóvenes generaciones: “Sí, pero es que también hay muchos jóvenes que comen en McDonalds comida que les destroza la salud, y no por eso hay que imitarles. ¡No hay que imitar las tonterías! Es cosa de incultura ¡y se enorgullecen de su ignorancia!”.

 

Basada en hechos reales

El biopic, el género biográfico, se presta como ningún otro a la manipulación del espectador, para bien y para mal, porque juega con una coartada, casi una patente de corso, la de los “hechos históricos”. Pero ¿cómo saber si la realidad fue tal como se nos cuenta? ¿Cómo saber si el personaje retratado fue –o es- realmente como lo vemos reflejado en la pantalla? Es evidente que la película no nos lo aclarará. Con frecuencia un rótulo al final añade datos que por razones de diversa índole el director, el productor, o quien diablos sea el que lo haya decidido, no ha incluido en la narración. Suelen ser datos concisos y contrastables, desprovistos de valoraciones (bueno, esto no siempre), tal y tal fulano murieron en tal fecha, a tal y tal otro les metieron en la cárcel…

Eso de añadir ese tipo de información, como la de colocar en el frontispicio de la película la frase característica de “basada en hechos reales”, suele operar como antídoto frente a la incredulidad del espectador, pretende anularla aunque no siempre lo consigue. En el marco del BCN Film Fest, que acabará su primera edición mañana viernes, hemos visto un ejemplo de que esto: La casa de la esperanza, una coproducción de Estados Unidos, Reino Unido y República Checa, dirigida por Niki Caro.

Jessica Chastain, sin duda lo mejor de la función, es una especie de Oskar Schindler junto a su marido; ambos regentan un zoológico en Varsovia y cuando comienza la persecución de los judíos se las apañan para ocultar allí a cuantos pueden para salvarles de la deportación y la muerte seguras. Sabemos, porque se nos ha dicho, que las cosas sucedieron como vemos que pasan en la pantalla, pero algunas torpezas en el modo de presentarlas hacen que nos resulten a veces inverosímiles. Si uno se detiene a pensar, resulta muy poco creíble que aquellos desdichados no sean descubiertos por el malo de la película, en este caso el infortunado Daniel Brühl que viste las maneras y el uniforme militar germánicos, ni siquiera por más que éste pretenda hacer la vista gorda.

Precisamente este actor hispanoalemán también participaba en otra cinta aquejada de similares males, igualmente relacionada con las cositas tenebrosas de los filonazis: Colonia (Florian Gallenberg, 2015). Allí Brühl era el bueno, un joven secuestrado por la policía secreta pinochetista en el Chile de 1973 y encerrado en una cárcel secreta llamada Colonia Dignidad, a quien tiene que rescatar su angelical novia encarnada por Emma Watson. Hechos reales percibidos como poco probables. Lo real no siempre es verosímil en la pantalla.

Pero volvamos al inicio, el relato o el retrato histórico. En El BCN Film Fest se han presentado tres de características muy distintas y de variado interés. Uno de ellos, Churchill (Jonathan Teplitzky, 2017) se sitúa en 1944, en un breve lapso de tiempo, las 48 horas que preceden al desembarco del Día D para acometer la liberación del territorio francés y provocar el repliegue de las fuerzas ocupantes alemanas. El segundo es el último suspiro cinematográfico del gran director polaco Andrzej Wajda, terminado muy poco tiempo antes de su fallecimiento: Los últimos años del artista: Afterimage. El título alude al protagonista, el pintor vanguardista Wladyslav Strzeminski, humillado y perseguido hasta la muerte en 1952 por el régimen prosoviético de su país. El tercero, en fin, es una semblanza biográfica de la científica francesa de origen polaco, Marie Curie, rebelde con causa en el terreno del conocimiento e investigación, en el terreno amoroso y en el terreno social.

Muy poco tienen en común estos retazos de la Historia, salvo ese carácter pretendidamente verídico. Difícil dudar de su autenticidad en el curso del visionado de los filmes; tan sólo nos lo permitiría la consulta a fuentes ajenas y por tanto hemos de conformarnos, mientras duran las sesiones, con aceptar las visiones particulares de sus autores, a menos que uno tenga los conocimientos biográficos previos sobre ambos personajes.

Los prejuicios suelen ponernos en alerta: sobre Churchill se ha dicho y escrito tanto que resulta imposible delimitar dónde comienza el mito y dónde termina el ser humano. Teplitzky intenta abordar las zonas de sombra, las esquinas de la identidad de un personaje “bigger than life”, los aspectos menos conocidos o menos publicitados, si bien lo hace con cuidado y delicadeza: su perseverante práctica del levantamiento de vidrio, en particular rellenado su espacio vacío por un buen whiskie, su comportamiento atrabiliario y mandón, su carácter autoritario y despótico, sus arranques de ira… en este retrato hasta las volutas de humo requisadas al cigarro puro que semeja ser una prolongación natural de sus labios parecen estar marcando el territorio de un bulldog, grueso, gruñón y peligroso. Brian Cox se apodera del bombín, el puro y la voz y se transmuta en Churchill y nos hace olvidar su verdadera figura, como si nunca hubiéramos visto otros rasgos del prohombre que los del actor, un monstruo de la escena británica y mundial.

Contribuyen a la humanización del mito estos detalles de la estampa tanto como la relación que establece el dirigente con su esposa, a la que confiesa necesitar para ser él mismo. Y ayuda enormemente a que dejemos a un lado cualquier descreimiento la fabulosa interpretación de Miranda Richardson, otra que tal, actriz con letras de molde, capaz de darle la réplica al mismo Lucifer que se le pusiera por delante. Ahí tenemos a la pareja, la institución familiar, el eje sobre el que se yergue la tradición. El gigante, y a su sombra el apoyo imprescindible.

Zonas de sombra sí, pero la luz se impone al final cuando las dudas, las vacilaciones, las polémicas con los aliados, los miedos a no estar a la altura de la responsabilidad histórica, el compromiso con el pueblo dispuesto a inmolar a sus mejores jóvenes en la batalla por la libertad, cuando todos eso se aparca y resplandece el discurso del gran estadista, la película adquiere el perfil mitómano que había estado intentando burlar. ¿Recuerdan El discurso del Rey (Tom Hooper, 2010)? Por mucho que Jorge VI tartamudeara y caminara por senderos de cierto cariz estrafalario, el “speech” final le redimía y elevaba a la estratosfera donde habitan los héroes. Algo muy similar ocurre con este Churchill, humanizado sí, pero finalmente vuelto a divinizar consagrado por su discurso, el discurso político ante los micrófonos de la BBC y el discurso narrativo que nos lo acerca para volver a alejarlo. Es un discurso patriótico, acorde con los parámetros en los que se entiende comúnmente el término.

 

Wajda va por otros derroteros. De entrada Wladyslav Strzeminski es un artista revolucionario en un tiempo en que esta palabra había sido desprovista de todo significado por el Partido Obrero Unificado de Polonia, gobernante tras la conferencia de Yalta y fiel lacayo a las órdenes de Stalin. Un pintor vanguardista, excelente el actor  Boguslaw Linda, que se rebela contra la uniformidad del llamado realismo socialista y se convierte poco a poco en enemigo del Estado. Sufridor de avatares similares a los de su héroe, combatiente primero, represaliado después, el director construye su retrato a base de contrastes y paradojas.

Frente al colorido típico de las pinturas de Strzeminski, que imita en los créditos de entrada y salida, la fotografía gris plomiza durante el transcurso de la película. Frente al carácter rebelde y subversivo del artista, los encuadres y composición clásica de sus planos. Si Wladyslav Strzeminski rechaza el realismo socialista, Wajda nos entrega un filme imbuido de neorrealismo para darlo a conocer, en algunas secuencias, casi podríamos hablar de realismo soviético; la denuncia de las atrocidades del patrón (el Estado en este caso) y el modo en que el obrero oprimido sucumbe a su brutal acoso, privado de medios de subsistencia. El espíritu de Eisenstein no anda lejos.

El filme de Wajda es una reivindicación de una gloria del arte polaco, pero es en mayor medida el ajuste de cuentas con el partido comunista gobernante en su país en un período negro de su historia. La burocratización y el poder absoluto en manos de necios que veían traidores a la causa del pueblo por todas partes, adquiere tintes grotescos en algunos diálogos y acciones del filme. Wajda probablemente no exagera los rasgos autoritarios del régimen pero algunas frases entre el ministro de cultura y el pintor provocan extrañeza. Son por supuesto recreaciones y fabulaciones del guionista pero tal vez hubiera sido más creíble un punto mayor de sutileza; alguna línea parece brocha gorda, apunta o nos coloca en la sospecha de cierto maniqueísmo.

La reprobación y denuncia del autoritarismo es el fin último de este biopic limitado (no abarca toda el recorrido vital del biografiado) de Wladyslav Strzeminski. Con él la reivindicación de la libertad de creación artística y de la libertad en toda su extensión, también la necesidad de conocer la Historia, la propia historia, la historia de la Humanidad. Si los hechos narrados se corresponden escrupulosamente con lo acaecido tal vez no sea lo más importante. En todo caso, es lo más difícil de establecer.

Marie Noëlle transita a su vez por nuevos caminos en su retrato de Marie Curie. Es un retrato impresionista, de colores desvaídos y contornos suaves que contrastan con la determinación de la que hace gala esta mujer. Esta gran mujer, hay que decir, no sólo por sus grandes méritos en el dominio de la ciencia, la primera en recibir un premio Nobel (Física) y la única en recibir dos (Química) sino por la impresionante fortaleza de espíritu que supo mantener cuando, tras la muerte de su marido, Pierre Curie, mantuvo el tipo frente a la insoportable presión de una sociedad puritana que condenaba la libertad amorosa, sobre todo y especialmente la femenina.

La directora mantiene en equilibrio las dos líneas de fuerza del relato: de un lado el flanco didáctico, la divulgación de la importancia histórica de sus descubrimientos (el polonio y el radio, teoría de la radioactividad y el uso terapéutico de los rayos X, su utilidad en la curación de enfermedades como el cáncer) y la dificultad añadida a la que se enfrenta por ser mujer. De otro lado el cariz romántico de la historia, un romanticismo subido de tono que realza el enamoramiento contra todo y contra todos de Marie Curie, calurosamente encarnada por la actriz polaca Karolina Gruszka, que está dispuesta a renunciar antes al reconocimiento social y profesional que a las delicias y tormentos del amor. Divulgación científica, feminismo y romanticismo; conjugar estos elementos que operan narrativamente en escalas de lirismo muy diferentes es la mayor virtud de que hace gala Marie Noëlle.

 

En cuanto a la veracidad de este apunte biográfico, me remito a lo dicho al principio: su importancia es relativa y conduce la discusión a un terreno académico. Lo valioso es que en el relato todo lo que sucede responde a una misma lógica de verosimilitud. Y vemos cómo las tres fracciones de biopic citadas (en puridad el término se aplica a crónicas que abarcan un espacio de tiempo de mucha mayor extensión) emplean estrategias diversas con un mismo propósito, realzar la importancia del personaje convocado, darlo a conocer o revelar aspectos menos conocidos, reforzar las ideas políticas, sociales o culturales que cada uno encarna.

Un Festival no nace sin dolor de parto

En el balance que todo festival debe realizar entre cuota de cine serio y cuota de “glamour” para robar una esquina de espacio en los medios de comunicación hay una ley inexorable a la que es muy difícil sustraerse. A la máxima de “el medio es el mensaje” hay que hacerle un ligero retoque de maquillaje para convertirla en “el famoso es el mensaje”. A esa norma de obligado cumplimiento para la supervivencia también se ha sometido el BCN FILM FEST, que no sabe muy bien dónde colocar el Sant Jordi, si como nombre principal o como apellido.

En Barcelona comenzó el pasado viernes 21 este recién llegado al panorama de los festivales. Allí hizo su aparición Richard Gere, protagonista de Norman, el hombre que lo conseguía todo, dirigida por Joseph Cedar, una propuesta interesante aunque un tanto desconcertante que uno no sabría si definir como comedia bufa de baja intensidad o como metáfora tal vez involuntaria del rampante sistema –económico- depredatorio actual. ¿Y qué tal está el actor? Bien, gracias. Gere posó ante la prensa en eso que se denomina con el anglicismo “photocall”, o sea un posado ante las cámaras de toda la vida, llegó a la hora prevista a la rueda de prensa después de la presentación a la misma de la película, contestó comedidamente a las preguntas, estuvo discretamente simpático, educado, profesional… lo que se espera de una estrella cuyo brillo álgido comenzó a extinguirse hace más de dos décadas. A pesar de todo, aún le queda algo del embrujo que asomó en Pretty Woman (Garry Marshall, 1990), una cinta mil y una veces repuesta en las cadenas de televisión, cenicienta moderna con un hiperidealizado hombre de negocios, rico, guapo, simpático, desprejuiciado y por supuesto conservador que debe redimir a una muy improbable prostituta con la estructura ósea y la desarbolante sonrisa de Julia Roberts.

Nota al margen: en la documecomedia de los directores argentinos de El ciudadano ilustre, Mariano Cohn y Gastón Duprat, Todo sobre el asado, una odontóloga, exploradora indiscreta en bocas ajenas tirando a repelente, dice saber por razones profesionales que Julia Robert padece de halitosis. Dejo constancia del profundo malestar que me produjo semejante gag de muy dudoso gusto.

A Richard Gere, a salvo, que sepamos, de esos infundios, le concedió Robert Altman una oportunidad -que no desaprovechó- de dar lustre cinéfilo a su dilatada carrera (El Dr. T y las mujeres, 2000). De entre sus muchos personajes yo me quedo con el sonriente abanderado del capitalismo de Pretty Woman, el ginecólogo de Altman y con el apurado seductor y consolador de damas de American Gigolo (Paul Schrader, 1980), libreto que parecía escrito para él en aquella época. Tres papeles en tres décadas: uno para cada una.

Richard Gere es la cuota glamourosa de este nuevo Festival de Barcelona que se reclama con otras señas de identidad y apuestas, de amplio espectro, también hay que decirlo, entre popular y didáctico, entre clásico y actual, combinando sabores en un cóctel ecléctico cuya definición habrá que esperar a ver si se asienta. De las intenciones de la programación dejó mi colega Carles Rull cumplida y detallada información en su blog El cielo sobre Tatouine, de modo que no me detengo a desarrollarla aquí. Pero el glamour tiene cosas desagradables que no cabe achacar a la organización del Certamen ni a los responsables de prensa, sufridores también junto a los verdaderos paganos de los insufribles comportamientos caprichosos de las estrellas, los periodistas acreditados.

Richard Gere y Lior Ashkenazi en “Norman, el hombre que lo conseguía todo”

Tan profesionales a veces, tan irresponsables otras. No es infrecuente que quienes gozan del privilegio de la adulación universal hagan de su capa un sayo a la hora de cumplir con las obligaciones contractuales que determinan un horario para responder a preguntas de entrevistadores. Se han dado casos en los que los fotógrafos se hartaron de esperar, porque el famoso de turno parecía haber olvidado el reloj o no tuvo empacho en acicalarse durante más tiempo del conveniente, y directamente se marcharon con sus cámaras a otra parte. Sonado fue el de Salma Hayek durante la promoción en España, en 2003, de Frida, película que coproducía y protagonizaba, con mucha ceja pero no tanto bigote. ¡Y sólo fue media hora de paciencia! O el enfado monumental con Leonardo di Caprio a cuenta de un retraso de una hora, por razones achacables a los insondables misterios de la aeronáutica (su avión particular tuvo la culpa, según explicó). Di Caprio defendía una excelente película que denuncia los criminales manejos de los contrabandistas de piedras preciosas (Diamantes de sangre, Edward Zwick, 2006), pero sus explicaciones no convencieron a los aguerridos reporteros gráficos que no tuvieron empacho en obsequiarle con una bronca monumental para provocar su perplejidad. Fue tanto el ruido del incidente que ensombreció la calidad del filme.

Richard Gere saluda con garbo y donosura en el BCN Film Festival. EFE

Pues lo mismo hubiera sucedido en Barcelona si los afectados no fueran plumillas a los que no se debe ni consideración ni explicaciones, tropa que está para hacer guardia, callar y obedecer. Tanto Richard Gere como su director, Joseph Cedar, se presentaron a las entrevistas concertadas con dos horas de retraso. Nada más. No pasa nada. Allí estábamos todos esperando lo que hiciera falta. Se entiende que después de comer es muy mala hora para repetir respuestas como papagayos. Bueno, debió de decirse a sí mismo la estrella comprometida con grandes causas humanistas, no les importará esperar un poquito…

Más tarde, a la hora del hacer el paseíllo, pues algo así es lo de la “alfombra roja”, lo más parecido a ese ritual taurino pero sin toros, otra horita más de espera. No pasa nada. Allí las masas enfebrecidas, gritonas y hambrientas, esperan lo que les echen con tal de disfrutar de su ración ocasional de famoso en vivo. Richard tan profesional él, sonriente y amable, se deja querer y cae estupendamente a todas las edades, a las mayores y a las más jóvenes. “¿Quién es ése? Un actor que se tiraba a Julia Roberts que estaba muy buena… Pues él todavía no está nada mal…” La frivolidad es así. ¿De cine, cuándo hablamos?

Richard Gere en un gesto característico. EFE

No, no, no le voy a hacer eso feo al Festival por culpa de Richard Gere, con lo majo y simpático que es. El BCN Film Festival (por cierto, José María Aresté, director del Festival, déjeme decirle que me parece más honroso añadirle el Sant Jordi por delante o por detrás que la fórmula anglófila con complejo de inferioridad) nace con muy buenos propósitos y me inspira simpatía. Por de pronto, es un certamen que brota en un barrio popular de Barcelona, el barrio de Gracia, lo que de entrada suma puntos, en unos cines que intentan cuadrar el círculo de la supervivencia de la calidad, la versión original, de las películas independientes, etc, en unos tiempos en que la audiencia deserta de las salas al menor pretexto: que si el buen tiempo, que si la televisión de pago, que si las descargas, que si las series, que si el cine en casa, que si el fútbol, que si… ¡Maldición! ¡Adónde iremos a parar con tanto pecador en esta iglesia!

Esta mañana le insinuaba yo a Bertrand Tavernier en mi entrevista para Días de cine esta apostasía de la verdadera religión (la cinefilia), esta desbandada de las catedrales laicas –que diría mi amigo Santiago Tabernero- y el grandísimo director francés exclamaba casi indignado: “¡es que los jóvenes también se atiborran de comida basura en los MacDonald’s y así nos va!”.

Tavernier representa el polo opuesto, no incompatible, a Richard Gere en este Festival. Intentar encontrar ese equilibrio del que hablaba al principio. Un foco de luz clásica para iluminar rincones que el cine de Hollywood deja a oscuras (no dejen escapar su documental Las películas de mi vida, historia del cine de su país desde los años 30 a los 70 atravesado por una corriente de contagiosa pasión). Esa aspiración del BCN también merece todo el apoyo que podamos darle. Es cierto que la programación no puede pretender competir con las lumbreras de otros certámenes, como San Sebastián, Valladolid, Gijón, Sevilla. Todavía. Quién sabe si cuando celebre su 10ª edición se habrá asentado y depurado.

Pero mientras eso se produce, si el tiempo y la autoridad lo permiten, yo he podido recoger en cuatro días un ramillete de películas muy agradables, que o tienen distribución o seguro que la tendrán pronto. Churchill, de Jonathan Teplitzky, un recio y vigorosa retrato, inteligentemente hagiográfico y producido con todas las garantías de calidad por la BBC, más humanizador que desmitificador del prohombre que prometió batallas con sangre, sudor y lágrimas, con Brian Cox y Miranda Richardson impresionantes. Marie Curie, dirigida por la francesa Marie Noëlle, es un biopic decente de una mujer que merece ser mucho más conocida, dos veces Premio Nobel, adelantada a su tiempo en todos los sentidos y referencia de la igualdad entre los sexos. Su mejor historia, de la danesa Lone Scherfig, antigua seguidora del Dogma 95, es una simpática historia que toca casi todos los “ismos”: antibelicismo, feminismo, lesbianismo, romanticismo… en un tono grave a veces y desenfadado otras.

Todo sobre el asado es el documental mencionado de la pareja argentina Cohn-Duprat que aborda el tabú culinario con la ironía, la guasa y la delicadeza que les conocemos. Tavernier presenta, además de su obra citada, Las películas de mi vida (recién ampliada en una serie de 8 horas de duración para televisión, según nos adelantó) un ciclo de viejas glorias agrupadas bajo el epígrafe de Imprescindibles: Juegos prohibidos (René Clément, 1952) Un condenado a muerte se ha escapado (Robert Bresson, 1953), Los amantes de Montparnasse (Jacques Becker, 1958) y Madame De… (Max Ophüls, 1953). Cuando ustedes estén leyendo estas líneas yo habré podido ver la última película del gran director polaco Andrzej Wajda, Los últimos años del artista: Afterimage, un biopic del pintor vanguardista Wladyslaw Strzeminski. Será mi última sesión de un festival que continúará hasta el viernes 28 y con un poco de suerte resista durante años a los embates de las olas de la vulgaridad.