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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

Archivo de octubre, 2017

Algunos vídeos los carga el diablo

Nada, que no hay manera. El Process de nunca acabar nos persigue día tras día y yo no puedo sustraerme a la tentación de dejarlo que se cuele en este cinéfilo rincón. El caso es que a la velocidad que se producen las novedades, vaya usted a saber qué habrá pasado entre el momento en que estoy escribiendo y el momento en que esto sale a la luz, mañana lunes 30 a las 08:00 horas. De momento tenemos una independencia de opereta, un govern cesado y unas elecciones autonómicas convocadas por don Mariano a las que no sabemos qué partidos se van a presentar. El enorme prestigio internacional (y nacional) de Cataluña por los suelos. Bueno, de todos modos, yo tiro hacia adelante.

Uno más de los episodios chuscos de este ridículo sainete en que se ha convertido la política española a raíz de la huida hacia delante de los independentistas catalanes lleva el nombre de una actriz, Anna Maruny, y el título de un video, Help Catalunya. Save Europe. El trabajito es un vergonzante ejemplo de “agit-prop” manipulador, un spot electoral que nos devuelve a los tiempos en que todo estaba por construirse y en las campañas electorales se disputaban los votos con cuchillo en la boca, cuando Suárez presidía la UCD, Felipe González vestía chaqueta de pana y Santiago Carrillo acababa de empeñar su peluca para poder pagar unos carteles.

Para los no avisados, jóvenes que no hayan vivido los agitados tiempos de la transición y años precedentes, ese vocablo era la abreviatura de “agitación y propaganda”, de cuando los comunistas españoles luchaban contra la dictadura sin un duro, ni siquiera de Moscú, y se las arreglaban para confeccionar materiales de comunicación que lógicamente no perdían demasiado tiempo ni energía en matizar los argumentos. Ni falta que hacía, porque la realidad entonces no admitía demasiados matices, tenía la contundencia de las porras de los grises y los disparos al aire que de vez en cuando cazaban a algún manifestante volador. Las películas en 16 mm.que confeccionaba el “colectivo de imagen” del PCE no necesitaban de textos lacrimógenos ni verdades a medias, la dictadura se encargaba de decir las verdades como puños, quiero decir con los puños.

El vídeo en cuestión no merece que se le dediquen ni dos párrafos porque su discurso parece el trabajo de fin de curso de un erasmus diplomado en ciencias políticas abducido tras haberse tomado unas cañas con Gabriel Rufián. Una mezcla grosera de simplezas extraída de algún reportaje de TV3 sobre imágenes de origen en algún caso ajeno a Cataluña, Galicia, por más señas, tanto da, que descaradamente saquea la idea de otro video: I am Ukranian, cuyos autores, opositores ucranianos a Rusia del movimiento Euromaidan de Kiev, consiguieron en 2014 casi nueve millones de visitas. Las diferencias entre el modelo y la copia son peliagudas, como se ve. En el primero, la mujer que se dirigía al exterior pidiendo ayuda no era una actriz, sino la activista Yulia Marushevska que no tenía que esforzarse demasiado en mostrarse afligida porque los rebeldes ucranianos pagaron una factura de un centenar de muertos. Las semejanzas de aquella situación con la opresión de Cataluña parecen patéticamente forzadas y la convierten en un Kosovo con sardana y castellers.

Pero yo traigo aquí el dichoso video, difundido por la organización independentista Omnium Cultural, no por su éxito arrollador en la Red, al parecer 217.000 visualizaciones tan sólo unas pocas horas después de haberse colgado y millón y medio de reproducciones en YouTube hace una semana, cualquiera sabe cuántas lleva ya a fecha de hoy. Lo que me ha removido un poquito los bajos ha sido la historia de su protagonista, Anna Maruny, cuya carrera está pagando los platos rotos en formato lluvia de improperios. Miles de tuiteros de toda España le han llamado de todo menos bonita.

La chica ha desaparecido del mapa como si le hubiese tocado el Euromillón, pero sin aviso de Hacienda para que apoquine su parte. Lo de menos es que haya cancelado sus perfiles públicos en las redes sociales o que ni siquiera responda, según dicen, a los correos electrónicos. Lo jodido es que a ver quién es el productor guapo que la contrata para una serie o película al otro lado del Ebro. Y me temo que los ayuntamientos catalanes rebeldes no van a estar muy boyantes para pagar obras de teatro en gira nacional porque agotarán las partidas dedicadas a cultura en organizar juegos florales para celebrar la república catalana. Por lo menos hasta navidades, que después dios dirá.

26 años, apasionada por Shakespeare, ha estudiado en centros como el Institut del Teatre, la Escuela Superior de Arte Dramático Eòlia y la Escuela de Artes Escénicas Coco Comín de Barcelona, cuatro meses en el Estudio de Actores Stella Adler y también en la compañía teatral Saratoga International Theater Institute (SITI Company), habla tres idiomas, además de catalán, claro está, toca el piano y la guitarra e incluso ha estudiado canto y danza. Su experiencia en cine no es copiosa, aparte de unos cuantos cortometrajes y un spot publicitario para la marca Sanex, pero al menos ha participado como secundaria en una producción norteamericana rodada en Nueva York con un título que no presagia nada bueno: Zombie Pizza! dirigida por un tal Mike Dudko…

El colofón con letras de molde de tan lucido curriculum  es haber sido el rostro mediático-artístico del nuevo estado virtual. Lo malo es que con este honor, si la flamante Arcadia feliz no acaba de cuajar, lo tiene un poco crudo para hacerse un hueco en la industria en suelo español y va a tener que seguir buscándose la vida al otro lado del charco, o donde sea, pero lejos. Y esto, amigos, aunque seamos miembros de la cofradía de Hasta el moño del santísimo Process, hemos de reconocer que no está bien y no podemos aprobarlo.

Porque, reflexionemos: ¿esta persecución a la muchacha a qué se debe? ¿A que la chica hace demasiado bien su papel y parece que lo que dice es trigo de su cosecha? ¿A que su actuación es tan sentida que levanta ampollas en la sensibilidad españolista? ¿O será que la gente no entiende que se puede ser muy  profesional y no por ello asumir la ideología del personaje? ¿O más bien a que su estomagante monólogo se desliza de lo melodramático a lo ridículo y ella no hace nada por evitarlo? Los de Polonia lo tuvieron claro con su parodia, mucho más eficaz, o al menos más inteligente y sin peligro de que les corrieran a gorrazos los intransigentes, a los que la ironía no les es fácil de entender:

Para la madre de Anna Maruny éste era un trabajito más de su hija y no hay que sacar conclusiones precipitadas por ello, qué va a decir la pobre mujer, a ver a quién convence de que la niña no duerme con una estelada en la almohada. La Asociación de Actores y Directores Profesionales de Cataluña (AADPC) ha salido con el capote y ha anunciado que “tomará medidas legales por el asedio” sufrido por una de sus asociadas. Pero poco trapo me parece para semejante morlaco. Va a ser difícil que se evaporen los ecos de tan sonada actuación porque en el punto de tensión al que hemos llegado al que da la cara se la parten. A los miembros de la farándula les sale muy caro identificarse con una causa política, que se lo digan a Willy Toledo, especialista en pisar todos los charcos y salir empapado hasta los calzoncillos. Por cierto, qué gran actor cómico se pierde el cine español con Guillermo; y esto va sin ironía. No he visto muchas reacciones corporativas o solidarias por parte del mundillo de actores o cineastas. Salvo a Alberto San Juan o Antonio de la Torre, no he leído declaraciones contrarias a la persecución que sufre su compañera. Deberían recordar el famoso poema de Friedrich Gustav Emil Martin Niemöller atribuido erróneamente a Bertold Brecht: primero vinieron a buscar a los comunistas, pero yo no dije nada porque no era comunista… (poema al que por cierto se le ha amputado ese primer verso en el Museo del Holocausto en Washington).

Imagen de Anna Maruny en el vídeo Help Catalunya. Save Europe

Lo digo alto y fuerte: no soy partidario de apedrear a los actores que manifiestan sus ideas. De hecho, muchos de ellos siempre me han inspirado mucha simpatía por valientes. Claro que eran otros tiempos y otras causas más honorables a mi entender. Cada uno es muy libre de acudir o no a ver sus trabajos, eso sí, allá cada cual. Lo más probable es que Anna no haya calculado los derroteros por los que iba a ir la cosa y puede que esté arrepentida. O no. Si no fuera el caso, sólo le reprocharía haberse prestado a una farsa tan burda. Nada que no pudiera perdonarle cuando pase un tiempo, madure y caiga en la cuenta de lo absurdo que es creerse distinto a la gente con la que llevas siglos compartiendo el mismo sol y el mismo azul mediterráneo.

Por si le sirve, le regalo una bonita frase del gran actor francés Yves Montand que he leído en algún sitio: “Podría interpretar el papel de fascista en una película antifascista, pero jamás interpretaría el papel de antifascista en una película fascista”.

Ante tal provocación…

Mientras trato de concentrarme en la escritura de este post, allá fuera Puigdemont y sus mariachis se empeñan en distraerme con su comedia de enredo secesionista, que si entro, que si salgo, que proclamo, que no proclamo, remedando a Bartleby y su preferiría no hacerlo, aunque nunca sabremos qué es lo que preferiría no hacer. Si no fuera por la dificultad de encontrar árbitro y terreno de juego imparciales aceptables para ambos equipos, yo propondría que lo dirimieran sobre el césped dos selecciones nacionales de diputados nacionalistas, de un lado los que se envuelven en la señera y del otro los del club de amigos del aguilucho, o de la corona, que viene a ser más o menos lo mismo, pero en versión postfranquista. En caso de empate, podrían dirimirlo al futbolín, que sale más barato y si no consiguen ponerse de acuerdo en las reglas, se suspende la competición hasta la temporada que viene. Y descansamos un poquito.

Una imagen de Futbolín, de Juan José Campanella. Universal Pictures

Tengo para mí que una de las causas de que no se encuentren soluciones políticas a asuntos de clara naturaleza política es la deficiente calidad moral de la clase política gobernante, educada por sus padres y abuelos en la intransigencia, un virus que llevan en los genes y se transmite de generación en generación. La intransigencia es un material químico, si se me permite la expresión, refractario al sentido del humor. ¡Cuánto sentido del humor les falta a don Mariano y sus gurtelitos y al citado President y sus hooligans del Process!

A pesar de que en España, la guasa y el cachondeo tienen más solera que la sangría y nos han dejado para la posteridad las más sublimes obras de literatura y cine, desde El Quijote hasta Bienvenido Mister Marshall, en cuanto que a alguien le da por mear un poquito fuera del tiesto enseguida salen voces dispuestas a crujirlo y a pedir su excomunión. ¡La excomunión! ¡Ja! ¡Qué más quisiera José Luis García Sánchez que lo excomulgaran!

Viene esto a cuento de la meadita que el citado director se ha marcado en la SEMINCI de Valladolid que se clausura mañana después de recibir, emocionado él, rodeado de buenos amigos, la Espiga de Honor de la 62 edición. Vergonzoso, impresentable, lamentable, maleducado, fueron algunas de las perlas con que algunos le obsequiaron, desagradecidos, en correspondencia por el consejo que el cineasta les había regalado: “¡Vayan más al cine y menos a las procesiones!”.

José Luis García Sánchez con su Espiga de Oro recibe un beso de Ana Belén en la Seminci. EFE

Jajaja. No me dirán que no tiene gracia teniendo en cuenta que la hoy denominada Semana Internacional de Cine de Valladolid en sus orígenes tuvo por nombre un enunciado a tono con la España clerical de los años 50. En un estilo preconciliar que aún hoy cuenta con muchos adeptos (acuérdense del ministro Jorge Fernández Díaz, el Ministro del Interior que condecoró con la Medalla de Oro al Mérito Policial a la Virgen María Santísima del Amor y además decía tener a su lado a un ángel de la guarda llamado Marcelo que le ayudaba a aparcar) los asistentes a este piadoso festival eran recibidos con textos de este calado en 1960: “La V Semana Internacional de Cine Religioso y de Valores Humanos os da la bienvenida. Habéis llegado a ella —estáis llegando aún— impulsados por un afán noble de estudio y de superación espiritual, humana, queriendo buscar en ella precisamente lo que ella quiere daros: una dimensión trascendente de la sociedad, del hombre, del bien y de Dios a través del cine.”

Cartel de la 1ª Semana Internacional de Cine Religioso y de Valores Humanos

Hoy ya no se estila dedicar palabras tan hermosas y relamidas a los cineastas. Y menos aún a malpensantes como García Sánchez que se jactaba en Pucela de que la SEMINCI “es de los pocos sitios donde los del cine hemos ganado a los curas”, como prólogo a la bonita declaración que les he relatado. ¿Pues qué querían? Este hombre ha sido muy coherente con la obra por la que recibía el homenaje y no podía defraudar a quienes así le reconocían sus méritos. Pero muchos francotiradores de colmillo retorcido, siempre ojo avizor a la caza del rojo, apostados en Twitter, no han dudado en sentirse ultrajados y pedir que le colocaran como pararrayos del “Buen Mozo”, que es como se conoce popularmente a la figura del Sagrado Corazón de Jesús encaramado en la torre de la Catedral. ¡Que le quiten la Espiga! Claman presos de un insólito afán recolector. Menos mal que el actual alcalde, el socialista Óscar Puente, con varios dedos de frente más que el pepero Javier León de la Riva, ha afeado las palabras de García Sánchez discretamente, con la boca pequeña, pero se ha declarado incompetente en esa materia. No quiero ni imaginar lo que hubiera dicho su predecesor, muy capaz de retarle en duelo al amanecer con puñal en mitad de la Plaza Mayor.

El “Buen Mozo” sobre la catedral de Valladolid

Qué poco toleran los meapilas el anticlericalismo educado y alborotador. Si don Luis Buñuel visitara hoy el festival sacarían los cirios en procesión para rogar al cielo que le enviara las siete plagas. Menudas las gastaba el de Calanda. En sus memorias redactadas por Jean-Claude Carrière, Mi último suspiro, una joyita de la que ya he hablado aquí, recordaba con regocijo de cuando niño unos dibujos de “una revista anarquista y ferozmente anticlerical” que mostraban “dos curas gordos sentados en una carreta y Cristo enganchado a las varas, sudando y jadeando”. Y citaba como excelente ejercicio de provocación la descripción que dicha revista hacía de una manifestación celebrada en Madrid durante la cual unos obreros atacaron con saña a unos sacerdotes: “Ayer por la tarde, un grupo de obreros subían tranquilamente por la calle de la Montera cuando por la acera contraria vieron bajar a dos sacerdotes. Ante tal provocación…”. No me negarán que, comparado con estas muestras de belicosidad, García Sánchez parece un remilgado menchevique.

Mi viejo ejemplar de Mi último suspiro.

Un actor no es un perro

Parece ser que los perros modifican sus expresiones con un ánimo comunicador. Eso quiere decir que son capaces poner buena cara a los humanos intentando camelarles para que éstos no les aticen una patada o les regalen una carantoña. Ya sabemos de sobra, porque todos lo hemos podido experimentar alguna vez, que cuando enseñan los dientes y acompañan el gesto con un gruñido es que no están de buenas pulgas y es mejor mantenerse a una distancia prudente de ellos. En fin, esto que parece algo muy conocido y fácil de deducir por el común de los mortales ha requerido del aval de un equipo de investigación de la Universidad de Portsmouth (Reino Unido), previo sesudo estudio de los que a uno, ignorante, le parecen materia propia del conocimiento inútil.

“Hemos demostrado que las expresiones faciales en los perros están sujetas a efectos de audiencia. Estas pueden adaptarse según la atención humana, lo que sugiere alguna función comunicativa y no simples estados emocionales basados en la excitación de los canes”. O sea, en resumidas cuentas, que los canes son animales dotados de expresividad. Algunos críticos muy severos pensarán al leer esta noticia que es verdad, que Rin Tin Tin era más elocuente con sus muecas que, pongamos por caso, Arnold Schwarzenegger en Terminator. Aclaro, por si hay algún lector despistado, que Rin Tin Tin fue el nombre  del personaje canino interpretado por varios perros de la raza pastor alemán, protagonista de una serie de televisión de los años 50.

Un simpático can muy expresivo. EFE

A mi amigo David Torres no le ha gustado nada Blade Runner 2049 y sospecho que gran parte de la culpa se la atribuye a Ryan Gosling. David le tiene una tirria desmesurada –creo yo- al protagonista de Drive y La La Land, a quien considera tan hierático como al oráculo de Delfos. Bien, diré antes que nada que a mí la ficción de Denis Villeneuve sí me gustó y mucho. Considerablemente. Tanto que, de no ser por tres cositas (aunque no menores) que la rebajan la calificación, yo la habría adjetivado como obra maestra. Pero no es éste el momento de entrar en esos detalles.

Sin que yo piense que Ryan Gosling es el hermano gemelo de Jerry Lewis, desde luego que no, en realidad coincido con David en que este actor maneja un aparato facial más bien parco en recorrido, mucho. Pero eso no le hace inútil para según qué papeles. De hecho, hay muchos actores en la historia del cine que convertían su severidad, o su economía de gestos, en el principal atractivo de sus personajes. Pienso, por ejemplo en el Alain Delon de El silencio de un hombre (El samurái) y me pregunto si Jean-Pierre Melville no se pondría de los nervios en más de una toma. Sin ir tan lejos, tampoco es que Harrison Ford hiciera ningún despliegue armamentístico de guiños en el Blade Runner de Ridley Scott. Fácil que tuviera en la cabeza el careto de Humphrey Bogart en Casablanca.

Ryan Gosling en una escena de Blade Runner 2049

¿Por qué los directores aceptaban tanta austeridad en sus actores? ¿Eran instrucciones suyas o cosa de las estrellas? Para indagar en esta peliaguda materia habría que ir caso por caso pero yo prefiero tirar por la calle de en medio y atribuirlo a que los directores tienen muy presente el nunca bien ponderado Efecto Kuleshov.

La última vez que leí algo respecto a este principio del montaje cinematográfico fue en relación con Pablo Iglesias e Irene Montero. Resulta que un video de Europa Press contenía un inserto de un plano en el que estos dos peligrosos delincuentes se reían mientras los demás diputados aplaudían en memoria del asesinao Miguel Ángel Blanco. Dicho de otro modo: entre dos planos de la bancada que guardaba respetuoso silencio se incrustaba la imagen de los podemitas sonrientes. Lo malo es que ese plano no correspondía al mismo momento de la sesión. ¡Hombre, un poco chusca, la manipulación! Cambiar el contexto de una imagen, ya lo ven, cambia por completo su significado.

 

Aquí llega la explicación académica del Efecto Kuleshov. El cineasta que presta su nombre elaboró la teoría del montaje así denominada en la Unión Soviética de los años veinte. Para ello mostró tres secuencias compuestas de tres planos. El primero era el rostro de un actor más bien cara de palo de nombre Iván Mozzhujin. El segundo era un plato de sopa. Y el tercero, el mismo actor que esbozaba una mínima sonrisa. El espectador atribuía un significado fácil de deducir al rostro del personaje: la satisfacción de un hambriento.  A continuación, en la siguiente secuencia, Kuleshov cambiaba el plato de sopa por una mujer dentro de un ataúd dejando exactamente el mismo rostro del actor por delante y por detrás. El espectador ahora veía la pena reflejada en el gesto de Mozzhujin. Cuando Kuleshov sustituía el ataúd por una niña jugando con un oso de peluche, el espectador interpretaba que el actor ya no estaba triste sino que sonreía pensando en dios sabe qué.

La conclusión de este bonito experimento es que el espectador participa activamente en la atribución de significados a las imágenes en función de los contextos en que las percibe y que, por tanto, el mismo gesto es susceptible de ser interpretado de maneras muy distintas, como si se tratara de expresiones diferentes. Lo más divertido de todo esto es que no está del todo claro que el ensayo consistiera exactamente en lo explicado ya que aunque consta la explicación aportada por Pudovkin, el propio Kuleshov añadió más mordiente a  la mitología de su “Efecto” afirmando en una tardía entrevista que no hubo tal mujer en el ataúd, sino ¡una mujer desnuda en un sofá! Vaya, que sin cambiar el fondo de la cuestión la forma había adquirido un aspecto bastante menos fúnebre. Aunque muchos se temen que esto respondía o bien a una tomadura de pelo o bien a una involuntaria y senil confusión.

Aquí debajo pueden ver una versión didáctica y pícara realizada por el maestro Alfred Hitchcock.

En este punto volvemos a los perros, a los actores de limitada expresividad a Kuleshov y a Iglesias-Montero con las siguientes deducciones:

  1. Los perros y los actores pueden ser excelentes intérpretes, tan sólo hace falta una correcta aplicación del Efecto Kuleshov en el montaje.
  2. Ryan Gosling ofrece un excelente rendimiento en Blade Runner 2049. Su rostro puede denotar tristeza, soledad, dureza o fragilidad según convenga a Denis Villeneuve y siempre en función de con quién se vea las caras y de las cosas que se ve constreñido a hacer. Y eso sin tener que mover apenas un músculo de la cara, es la gracia que tiene.
  3. Pablo Iglesias e Irene Montero no son actor y actriz y no hay por qué ubicar los planos en que aparecen sonriendo cuando todo el mundo guarda respetuoso silencio por un asesinado. En ese caso Kuleshov tiene vetada su presencia.

Aunque lo intuyeron, a los señores investigadores de la Universidad de Portsmouth seguramente no se les ocurrió pensar en las ilimitadas posibilidades que ofrece un arqueo de cejas a tiempo o un sutil movimiento de orejas si hablamos de cine. Incluso si los protagonistas de estos ademanes son peludos y ladran.

Federico Luppi: muerte de un coloso

Los colosos mueren por los pies, como Aquiles, pero Federico Luppi, que era un coloso de la interpretación, aún más grande como persona, murió derribado por un golpe en la cabeza, un estúpido accidente doméstico del que no pudo recuperarse. Bien pensado, el destino teje sus hilos de muerte como si pretendiera darnos lecciones para imponernos su incomprensible arbitrariedad: toda la complejidad de la vida se alojaba en la cabeza de este coloso y había que dañarla para acabar simbólicamente con él. Pero el cine, que juega con ventaja frente al teatro, le preservará para siempre de la desaparición porque nos le devuelve con toda su fuerza en cada una de las más de cien películas en las que participó.

Federico Luppi. EFE

Nació en Ramallo, una ciudad de unos 14.000 habitantes al norte de la provincia de Buenos Aires en un año muy significado de la historia española, 1936.  Difícil imaginar que un actor de su talla en realidad tuvo siempre como vocación la de ser dibujante de tebeos y que mantuvo aquella afición durante toda su vida, trazando sus cosas con lápiz en un papel  mientras el pulso le asistió. Y como si necesitara reafirmar esa idea que resultaba sorprendente al interlocutor sostenía que hubiera renunciado a toda la gloria conseguida como actor por ganarse la vida como un sencillo dibujante de cómic porque él se consideraba “un paleto de la cultura”. Pero Federico Luppi era cualquier cosa menos eso que decía de sí mismo, a menos que la sencillez combinada con la lucidez y la honradez, valores tan fundamentales para seguir confiando en el ser humano, se confundan con algo tan básico como ser un paleto.

Un día, en un trabajo publicado en Mundo Obrero en noviembre de 1998, escribí de él que tenía una irreprimible tendencia a tomar cada pregunta como base para una reflexión amplia, profunda y detallada, como las ramas de un frondoso árbol del que brotaran múltiples ideas que inevitablemente adquirían una coloración política, no alineada en términos partidistas, pero sí bien definida a la izquierda. A pesar de lo cual advertía: “Cuando hacemos un cine basado sólo en premisas ideológicas corremos el riesgo -insisto en esta expresión- de ilustrar conceptos y no crear vidas”… Y también: “Yo a veces tengo dificultades con el cine que se plantea solamente la denuncia; la denuncia tiene sentido si además hacemos un bello relato o una bella película. Cuando no alcanzan ese nivel, la denuncia y la película quedan a medio camino. Hay cine bueno y malo. La discusión que esto implica es otro tema, pero el cine o es bueno o es malo.” Esto es lo que yo llamo lucidez.

Federico Luppi en 2015. EFE/archivo/Alberto Martín

Luppi vivió una vida de compromiso con sus ideas, que desgranaba en aquella entrevista, como digo, de manera amplia, torrencial, intercalándose con todo tipo de consideraciones artísticas, de tal modo que uno no sabía dónde comenzaba el perfil del actor y dónde terminaba el del ciudadano preocupado por las naciones famélicas, las multinacionales, la polución o las dictaduras aunque entendía que a ese mundo caníbal había que oponerle con firmeza el mundo de la ficción. Y en ella se había volcado porque entendía que “el arte serio que se plantea descubrir el lado humano del individuo sigue estando vigente, aun como propuesta utópica.”

Ese mundo de ficción se había revelado ante el joven Federico a los diecinueve o veinte años cuando interpretó el Gerard Croft de Llama un inspector, la célebre pieza de J.B.Priestley de 1946.  Mencionarle el personaje era para Luppi recordar que este autor había predicho en la ficción, treinta y tantos años antes, la plaga que desencadenó Margaret Thatcher. J.B.Priestley era un autor de clara identificación marxista y Luppi no rehuía su simpatía hacia el marxismo: “Desde mi punto de vista, del marxismo hay todavía premisas y postulados que tienen que seguir siendo el ambiente de trabajo, como pueden ser Hegel o Kant  o cualquiera de los filósofos que desterraron las concepciones idealistas del mundo”. Y como lo entendía de una manera dinámica, dialéctica, que diría un marxista confeso, Luppi consideraba que las experiencias históricas fallidas debían ser analizadas para aprender de ellas y no repetir los errores.

Pisando en exclusiva el terreno cinematográfico y puesto a destacar de su abundantísima filmografía algunos títulos, le salía una lista considerable de obras que él consideraba valiosas y perdurables: “Recuerdo por ejemplo una película rodada en un arrabal en una provincia, titulada Romance del Aniceto y la Francisca (Leonardo Favio, 1967, por la que obtuvo el Premio al Mejor actor de la Asociación de Cronistas Cinematográficos), que era realmente muy notable. No tiene nada que ver con mi participación, era cosa del director… La Patagonia Rebelde (Héctor Olivera,1974), No habrá más penas ni olvido (Héctor Olivera,1983), Tiempo de revancha (Adolfo Aristarain, 1981, igualmente Premio al Mejor Actor de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina y de los Festivales Internacionales de Chicago y Montreal), Últimos días de la víctima (Adolfo Aristarain, 1982), Plata dulce (Fernando Ayala,1982), El arreglo (Fernando Ayala, 1983), Un lugar en el mundo (Adolfo Aristarain, 1992), Martin Hache (Adolfo Aristarain, 1997)…  películas que tenían esa cualidad que a mí me interesa mucho, que es mostrar al ser humano en todas sus vertientes, y que eran buenas historias. ¿Y por qué eran buenas historias? Porque había  relaciones creíbles y sentimientos que todo el mundo es capaz de identificar.”

En esa relación a Federico Luppi se le olvidó colocar Hombres armados, del director norteamericano John Sayles (1997), en la que su doctor Fuentes adquiere conciencia del mundo en que vive, confortablemente burgués, y emprende un camino hacia la solidaridad pagando el precio más alto. Es ese tipo de personajes con los que uno tiene la sensación de que Luppi hace de Luppi, porque su apariencia noble y bondadosa se resiste a casar con la maldad. Por eso nos emocionaba tanto su Mario de Un lugar en el mundo, exiliado junto con Ana (Cecilia Roth) en un remoto valle que visitaba el geólogo español encarnado por José Sacristán, menudo trío, una de las cumbres de su trabajo, precisamente asociadas al repetido encuentro con el director Adolfo Aristaráin. Nos parecía que el Fernando Robles de Lugares comunes no podía ser otro que Luppi, porque nadie como él podía formar una pareja tan entrañable como la establecida con Liliana Rovira, nuestra Mercedes Sampietro. Por eso mismo tampoco nos extrañó que bajo el durísimo caparazón de Martín Echenique en Martín (Hache), ese insoportable director de cine que detestaba tantas cosas como para detestarse a sí mismo, se ocultara, en el fondo, un alma rota, pero un alma capaz de reencontrarse con lo mejor de sí misma.

Pero nos hubiéramos equivocado si en algún momento hubiéramos pensado que este titán, este coloso equiparable a cualquiera de los monstruos sagrados de cualquier lengua y país, este John Wayne de acento porteño, tenía esa limitación de registros. Porque Luppi dibujó con la misma capacidad de convicción los contornos de una amplísima galería de tipos de dudosa calificación y villanos de diversa calaña. Desde el horror gótico de Cronos, inicio de su amistad con el mejicano Guillermo del Toro, hasta la crueldad del gángster de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, que Agustín Díaz Yanes colocó también en Méjico; pasando por el director de teatro Daniel de Éxtasis, creado por Mariano Barroso, o el actor de televisión, también llamado Daniel, que se jugaba los cuartos con otro actor legendario, en ese duelo en las alturas con Paco Rabal que José García Hernández tituló Divertimento…

En Luppi el dolor, la sabiduría, la conciencia social, la maldad, el odio, las más puras pulsiones humanas y las más oscuras también, o las tibias, o las indefinidas, cualquier noción que sirva para desentrañar lo que somos, se perciben en un instante y caracterizan a su personaje desde que aparece en la pantalla. De cómo se las apañaba para ser tan endemoniadamente versátil no creo que lo supiera ni él mismo. De por qué se le tenía tanto aprecio a pesar de los pesares, no se le ocurriría decir una sola palabra, él que se consideraba en potencia “capaz de lo más execrable, pero mi tarea cotidiana consiste en no serlo”.

Si hay algo más triste que su forma de decirnos adiós, es el estado de ánimo en que se encontraba antes de que se produjera ese fatal y absurdo accidente; muy enfadado con las políticas de Mauricio Macri  y acuciado por problemas económicos, denunciaba la “vergüenza, cinismo, depredación, perversión, impunidad y caradurismo” que según él estaban “a la orden del día” en el Ejecutivo argentino. Llevaba un tiempo, desde su vuelta a Argentina, tras su estancia en España donde se había establecido en 2001 y adquirido la doble nacionalidad, envuelto en polémicas y alineado con el kirchnerismo, aplicando toda la vehemencia de su verbo y la energía de su carácter vitalista, colindante con la tozudez de la edad avanzada, a la defensa sin cuartel de postulados políticos que le granjearon no pocos reproches.

Federico Luppi. EFE

Pero nada de lo que pudiera haberse arrepentido, de haber dispuesto del tiempo y la ocasión, podía oscurecer la descomunal tarea realizada en teatro, televisión y sobre todo en cine. He mencionado algunas más arriba: Un lugar en el mundo, Cronos, Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, Martín (Hache), Hombres armados, El espinazo del diablo, Los pasos perdidos, Lugares comunes… sin Federico Luppi, esos fragmentos de la historia más gloriosa del cine hablado en nuestro idioma, quiero decir, en el idioma con que se narran las grandezas y miserias humanas, no son concebibles.

“Estoy decepcionado, amargado, tristón, solitario”, decía poco antes de ser hospitalizado. En algún sitio debería estar escrito con letras de oro que los artistas tan grandes como Federico Luppi tienen prohibido por ley abandonar este mundo siendo infelices.

Con los genios nunca se sabe

Comienza mañana en Valladolid la Semana Internacional de Cine número 62, que conoció tiempos gloriosos en la época en que lo dirigió Fernando Lara. El propio festival reconoció la labor de quien lo dirigió entre 1984 y 2004 otorgándole una Espiga de Oro honorífica. Hoy la SEMINCI intenta levantar de nuevo el vuelo con Javier Angulo a los mandos de la nave, que tomó a partir de 2008, tras el trienio 2005-2007, del fallecido Juan Carlos Frugone. En tiempos de Lara yo asistí durante diez años a este festival y disfruté de una programación que tenía el privilegio de recoger la mejor cosecha de otros festivales (los de Cannes, Berlín, Venecia y San Sebastián son considerados de categoría A). Se le consideraba, por tanto un “Festival de Festivales”, expresión un tanto grandilocuente que cayó en desuso. Tras un paréntesis que duró otra década volví a Valladolid con curiosidad renovada, mucho interés y una punzada de nostalgia. Observé con satisfacción que la SEMINCI estaba en buenas manos y que el amor hacia el cine comprometido y serio, tanto que a veces resultaba plomizo, seguía siendo el santo y seña del certamen.

Uno de los cineastas característicos del encuentro pucelano era el suizo Alain Tanner, hoy ya retirado con una edad avanzada. En 1991 Tanner presentaba su película El hombre que perdió su sombra, coproducción hispano-franco-suiza con el inigualable Paco Rabal que alternaba español y francés con su voz y acento peculiares. Rodada en Almería, en los parajes inundados de sol y el azul de Cabo de Gata, Rabal encarnaba a un viejo comunista regresado del exilio en Francia. Por allí andaban también Ángela Molina y Valeria Bruni-Tedeschi.

Paco Rabal, Valeria Bruni-Tedeschi y Dominic Gould en El hombre que perdió su sombra

Rueda de prensa de presentación de la película. Salón del Hotel Meliá, hasta arriba de periodistas. Grande, inusual expectación. Paco Rabal, la mirada perdida al frente, se arranca y dice con su inigualable gracejo y campechanía: “¡cuánta gente hay en el mundo!”. Risas y roto el hielo de un plumazo. Estaba en forma, en su salsa y dispuesto a dar guerra. Alain Tanner expresa un pensamiento filosófico y de traducción no demasiado evidente. Paco Rabal no está contento con la intérprete, cuyo nombre no recuerdo, mis disculpas, y protesta: que si no ha dicho eso, que si la traducción no es correcta. Tras un nuevo intento, que si así no puede ser, la pobre chica no sabía dónde meterse. Silencio. Una corriente de aire helado sobrevoló por encima de las cabezas de todos los presentes. La jefa de prensa, Carmen Pascual, preguntó públicamente si me encontraba en la sala. Me había advertido de que algo así pudiera pasar y me requería para pedirme que echara una mano con la traducción. ¡Glup! Hoy no me atrevería a algo tan temerario como ejercer un oficio que uno no ha estudiado ni practicado. Pero en aquel momento era imposible negarse y me lancé al ruedo…

Paco Rabal junto a Alain Tanner y Gerardo Herrero en la SEMINCI. Luis Laforga

Pues sí, allí sentado al lado de un director que admiraba desde jovencito, desde que vi su magnífica Messidor (1979) en el país de los banqueros y los relojes de cuco, una road movie nihilista y juvenil impregnada del espíritu que uno percibe en todas las obras de Alain Tanner, y con un cierto canguelo por si el monstruo de Paco Rabal me devoraba como había hecho con la pobre traductora, me dediqué a interpretar las palabras del director suizo con tanta suerte que ya nada extraño interrumpió aquella singular rueda de prensa. Y Paco Rabal siguió mirando al frente sin hablar más que cuando le preguntaban a él.

La mayoría de ustedes saben quién fue, pero igual a algunos, los más jóvenes, su nombre les suene sólo a actor del siglo pasado. Pero que no se engañen: Paco Rabal es eterno, uno de nuestros más grandes genios delante de la cámara. Sólo por su Azarías en Los santos inocentes (1984), de Mario Camus, premiado en Cannes ex aequo con Alfredo Landa, ya merecería estar en el Olimpo. Pero qué decir de su torturado Goya en Burdeos para Carlos Saura (1999), de la serie de televisión Juncal (1989) o de sus pequeños trabajos para su “tío” Buñuel en Viridiana (1961) y Belle de Jour (1967) y sobre todo el gran padre Nazario de Nazarín (1959), por citar alguno de los más conocidos entre muchas, muchas decenas de personajes de todos los tamaños, colores y condición.

Paco Rabal y su milana bonita en Los santos inocentes

Paco Rabal era un tipo genial y verle y escucharle, patriarcal en aquella rueda de prensa, fue un lujo asiático. Pero con los genios, ya se sabe que nunca se sabe.

Cosas de la Academia

En 2011, Televisión Española tuvo a bien encargarme la producción de un documental que celebraba el veinticinco aniversario de la creación de la Academia de Cine. Academia 25 años de Cine, se tituló sin grandes alardes de originalidad. Lo pueden ver aquí. Para su confección no iba a poder contar con muchos medios, o sea, en román paladino, que dados los tiempos que corrían y siguen corriendo para esa casa, un soberbio y noble palacio de la memoria sociocultural española que algunos se han propuesto demoler desde dentro reduciéndolo a la indigencia, me lo iba a tener que guisar y comer yo solo, como Juan Palomo.

Decidí, a la fuerza ahorcan, abordarlo de la manera más económica posible, hacer uso del archivo que contiene las galas anuales de entrega de los premios Goya y describir el proceso histórico que había conducido hasta el momento presente a través de las voces de su Presidente (a la sazón, Enrique González Macho) y  expresidentes vivos, a los que pretendía entrevistar uno por uno. El archivo de Televisión española es la cueva del tesoro tantas veces saqueada y contenedora de valiosos documentos: asambleas y reuniones preparatorias, conversaciones entre algunos miembros fundadores, etc… (Aprovechando el Pisuerga a su paso por Pucela, ¿por qué las imágenes de TVE utilizadas una y otra vez por las privadas, como la irrupción de Tejero en el 23 f, por ejemplo, nunca están acreditadas?).

Escena de Academia, 25 años de Cine. TVE

En el documental se describe la famosa reunión convocada por el productor Alfredo Matas en el Restaurante O’pazo de Madrid, el 12 de noviembre de 1985, origen primigenio y más remoto de la primera idea fundadora. A ella acudieron los directores Luis García Berlanga y Carlos Saura, los directores de producción Marisol Carnicero y Tedy Villalba, los actores José Sacristán y Charo López, los montadores Pablo González del Amo y José Luis Matesanz, el guionista Manuel Matji, el músico José Nieto, el director de fotografía Carlos Suárez y el decorador Ramiro Gómez y fue evocada por algunos de los asistentes diez años después en el mismo lugar. Allí contaron jocosamente ante la cámara de TVE anécdotas sobre la gestación de la Academia y de sus premios Goya, que serían entregados  en las galas cuyo futuro durante años no estuvo garantizado y hoy nos parecen casposas. Seguramente lo fueron. Apréciese si no el olor a naftalina que desprende la imagen de aquí debajo.

Madrid, 16.03.1987.- Los Reyes, Juan Carlos y Sofía posan con los premiados en la primera edición de los premios Goya. EFE/Archivo/R.Pascual/R.Castro

Después, con altibajos, los premios se fueron asentando, los presidentes se sucedieron unos a otros no siempre con armonía y sin fricciones. Hubo momentos duros, momentos de tedio y relajación y momentos dulces.

De todo eso hablan las personas que quisieron colaborar en el documental que celebraba esos 25 años, todos los expresidentes, decía, que estaban vivos. Los fallecidos, pobres, José María González Sinde, que fue el primero de la historia y Fernando Rey, que duró poco porque lo suyo no era la gestión, estaban excusados. Otra excepción comprensible y justificada por enfermedad fue la de José Luis Boráu, que hizo un esfuerzo muy de agradecer pero por desgracia no pudo verse en el documental. Los demás hablaron de cosas jugosas: Fernando Trueba, Antonio Giménez Rico, Gerardo Herrero, Aitana Sánchez Gijón, Mercedes Sampietro, Ángeles González-Sinde, por entonces Ministra de Cultura, Eduardo Campoy, y Enrique González Macho, como he dicho, en aquel momento, Presidente de la Academia, y tiempo después convertido, me da el pálpito que de manera injusta, en cabeza de turco de oscuras maniobras justicieras.

Pero faltaron a la cita Álex de la Iglesia y Marisa Paredes. Del primero nunca supe por qué no contestó a mensajes y llamadas, debía de estar ocupadísimo porque su silencio era llamativo, aunque dispuse de una entrevista muy reciente que yo mismo le había hecho cuando aún detentaba el cargo y con ella me apañé. De Marisa Paredes me llegó una pequeña decepción porque un par de horas antes de la cita, maquilladora, coche y cámara pendientes de ella, anuló la grabación que habíamos acordado, por una inoportuna indisposición, ese tipo de cosas que le pasan a veces inexplicablemente a los actores y actrices. No hubo posibilidad de retomarlo por falta de tiempo y el trabajo se resintió, pero qué se le iba a hacer, más se perdió en Cuba.

Marisa Paredes en el Festival de San Sebastián. GTRES

Antes de ayer la Academia hizo pública su decisión de conceder el Goya de Honor 2018 a Marisa Paredes, que recibirá en la gala de febrero, adornada con el argumentario habitual en estos casos: “una prolífica y prolongada carrera, trayectoria que mantiene con absoluto vigor, apostando en numerosos trabajos por proyectos cinematográficos nacionales e internacionales definidos por el riesgo y el prestigio”. Que no digo yo que no sea cierto, líbreme Dios, muy al contrario.

Paredes es una actriz estupenda y su trabajo merece ese reconocimiento y el de tantos otros premios recibidos y por recibir, como el Premio Nacional de Cinematografía, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes o la Gran Medalla Vermeil de la Villa de París, y un rosario de galardones en festivales como el de Karlovy Vary, Taormina, Gijón o Málaga. Para remate, el viernes comienza en Valladolid la 62ª edición de la Seminci que le obsequiará con su Espiga de Honor, que no le van a caber tantos honores en las estanterías.

Entonces, ¿a qué viene recordar esa –minúscula- anécdota que parece querer hacer de menos a nuestra estrella en un momento de brillo? Nada más lejos de mi intención que menoscabar su fulgor con tan poca cosa. Es un efecto juguetón de la memoria al leer la noticia de su Goya (que por cierto viene a rellenar un vacío, pues es el primero que recibe después de ser candidata en 1995 por La flor de mi secreto y en 1987 por Cara de acelga). Y como le tengo tirria al lenguaje estereotipado, al coro de alabanzas sin cuento que se despliega en ocasiones como ésta, me parece pertinente esta humilde discordancia.

Marisa Paredes e Imanol Arias en La flor de mi secreto. Sony Pictures

Más allá de ceremonias, lo cierto es que el curriculum de Marisa Paredes, estampado en cine, teatro y televisión, no sólo en España sino también allende las fronteras, a lo largo de casi seis décadas, es impresionante tanto en títulos de obras como en nombres de directores a cuyas órdenes se puso, desde Pedro Almodóvar a Agustí Villaronga, desde José María Forqué a Fernando Trueba, desde Amos Gitai a Alain Tanner, desde Manoel de Oliveira a Guillermo del Toro. Tratar de esbozar un listado de sus trabajos más interesantes es una tarea que tira para atrás porque son innumerables.

Fernando Luján y Marisa Paredes en El coronel no tiene quien le escriba. Alta Films

Para no agotar la paciencia del lector me limitaré a mencionar uno de sus personajes, el que de repente me viene a la mente con más fuerza en términos de emoción, aunque podría haber escogido unos cuantos, el de Lola, paciente mujer que sostiene la moral de aquel morigerado militar que no acababa de recibir nunca la tan ansiada pensión de El coronel no tiene quien le escriba, dirigida por Arturo Ripstein. Un personaje a la sombra de otro siempre ofrece a su intérprete una ocasión especial para demostrar su sensibilidad y capaz de creación y crecimiento y Marisa Paredes estaba inconmensurable junto a Fernando Luján; lo estaba por palabra, obra y omisión, por gesto y por dicción, ninguna estridencia, ningún protagonismo, pura discreción traducida en fuerza, en un relato cuya potencia extraída del texto de García Márquez reposa por igual sobre los diálogos medidos y la quietud de la puesta en escena. Enhorabuena, Marisa. La próxima, si puede ser, no me anules entrevistas, por favor, que cuesta un poco mover la maquinaria.

Despilfarra, que algo queda

A fuerza de respirar tantos virus nacionalistas, de escuchar sin remedio posible tantos debates y sufrir tanta fruición en el ondear de banderas hoy he sucumbido al contagio y me he levantado con el chip patriótico puesto. No, no teman, no me envolveré en ningún pendón, ni en el de la corona, ni en la senyera, ni en ningún otro. Hoy me ha dado por pensar en la riqueza que podríamos generar en nuestro país y tanto tiempo llevamos despilfarrando. Vamos, que deberíamos ser la envidia de Europa y del mundo mundial con tan poquita cosa y no hacemos más que ratificar aquella cita atribuida al fundador del estado alemán moderno, Otto Eduard Leopold von Bismarck-Schönhausen, Otto, para los amigos y von Bismarck, para los demás: “Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido”.

La clave de lo que estoy diciendo se llama sol. Sí, el astro rey, el sol que nos calienta, pero no a todos por igual. Verán. Hace diez años el Real Decreto 661/2007 por el que se regulaba en España la actividad de producción de energía eléctrica en régimen especial llevaba la firma de Juan Carlos R. El Rey. Era política de Estado. El gobierno de Zapatero animaba a todo el mundo a invertir en energías renovables, establecía primas para compensar las inversiones y garantizaba rentabilidades que supondrían amortizaciones en tan sólo diez o doce años. Puesto que teníamos más sol que nadie en Europa, era hora de aprovecharlo. Al trapo entraron miles de familias que diez años después están asfixiadas porque las reglas de juego cambiaron al poco tiempo de haber sido promulgadas mediante unas “medidas urgentes para la corrección del déficit tarifario del sector eléctrico”.  Se recortaron un 45% las ayudas a los huertos solares, el 25% a las instalaciones de placas grandes y un 5% a las placas solares pequeñas y convirtieron los cálculos de los pequeños inversores en papel mojado y les dejaron con deudas bancarias de tamaño olímpico.

Luego llegó el PP al gobierno y se encargó de rematar la faena. 62000 familias que no habían especulado en bolsa ni comprado sellos milagrosos de los que multiplicarían su valor estando guardados en una caja fuerte, 62000 familias que se creyeron lo que habían leído en el BOE y hoy esperan una sentencia en alguna instancia que les saque del agujero negro. Y mientras tanto, España abrasada por un sol de justicia y los precios de la energía por las nubes. ¿Por qué aquí no se aprovecha el sol como en Alemania? Porque nadie, salvo en este país nuestro, es capaz de inventar un concepto tan surrealista como el de “el impuesto al sol”, ese descubrimiento teórico, aprobado por el gobierno en el Real Decreto 900/2015 del 9 de octubre de ese año, que penalizaba el autoconsumo de los ciudadanos particulares para salvaguardar los intereses económicos del sector eléctrico. ¿Se entiende por qué Alemania tiene 38,6 GW de potencia instalada en centrales de energía solar fotovoltaica y España sólo 5 GW?

monsolar.com

Pues oigan, algo parecido nos pasa en el cine. Precisamente debido a las condiciones climáticas que disfrutamos y padecemos en la península, entre otros factores, España es según muchos expertos el mejor plató natural de Europa. Y no lo aprovechamos, no señor, es una potencialidad absolutamente dilapidada. Como explica Belén Atienza en la Revista Academia, número 227, publicada en septiembre de este año: “Si empezamos a ser competitivos con las desgravaciones fiscales, inevitablemente muchas producciones grandes y medianas se sentirán atraídas por España (por delante de otros territorios vecinos como Francia o Reino Unido) y eso sí tendrá un gran impacto en un número importante de técnicos y actores además de otros sectores derivados. Esta es una asignatura pendiente y sin duda han de darse pasos en esa dirección, porque estamos perdiendo el tren…”.

Belén Atienza es una de las productoras más importantes de España, capaz de poner en pie proyectos de 20 millones de dólares, hablados en inglés, con actores internacionales, como, sin ir más lejos Un monstruo viene a verme, de Juan Antonio Bayona, o el taquillazo de Lo imposible, del mismo director, películas de las que no tiene ninguna duda que son cosa nuestra, cine hecho aquí. No tanto puede decirse de lo que ahora tiene entre manos, la secuela del Parque Jurásico auspiciada por Steven Spielberg, pero da la medida de que algo sabe, por tanto, de lo que habla. “Yo ahora vengo de Londres, de los estudios Pinewood, que ahora mismo están duplicando su tamaño porque no caben las producciones que quieren ir allí a rodar. Tienen una desgravación fiscal que funciona de manera automática, inmediata, y un montón de técnicos que se han ido generando a lo largo de los años porque se ha creado este entorno. Esto pasó también con Canadá, que creó una industria de la nada con una política súper agresiva de desgravaciones y de atraer industria allí”.

 

Esto contrasta con lo que ella entiende que es una falta de voluntad política real para diseñar una estrategia a largo plazo que convierta al cine español en una industria cultural potente. “¿Cómo vamos a aspirar a crecer y mejorar la calidad de los proyectos si casi ni nacen, tardan años en financiarse y la mayor parte de los creadores y productores viven en una situación completamente precaria?”, dice Belén Atienza con más razón que la santa de Ávila. Considera, a modo de ejemplo, que la Ciudad de la Luz, a pesar de tener estudios aún mejores que los Pinewood, mejor clima y mejores condiciones generales para los eventuales trabajadores extranjeros (de comida y bebida para qué vamos a presumir), sin embargo la pésima planificación y la falta de incentivos fiscales la conducen a la parálisis, o al derribo, añado yo.

ciudaddelaluz.com

La ciudad de la Luz de Alicante, que abrió las puertas de sus instalaciones en 2005, con un coste inicial de 360 millones de euros, donde Bayona pudo recrear el gigantesco tsunami de Tailandia que causó ocho mil muertos, además de un buen puñado de películas que otros han realizado, lleva cinco años cerrada por una resolución de la Unión Europea que la condenó por competencia desleal, a no realizar ninguna actividad lucrativa durante tres lustros. Sin plan de viabilidad, con un descontrol palmario en el uso de los fondos y gastos millonarios irracionales, la gestión de Eduardo Zaplana, ese prohombre que Rajoy puso como ejemplo de administración, hoy investigado por corrupción en la operación Lezo, ha dejado hecho unos zorros el sueño de Luis García Berlanga.

Pues eso mismo, entre falta de voluntad política para crear tejido industrial y gestión catastrófica, o corrupta, así nos va.

Ay, señor, ¡tanto sol, tanto talento, tan buenas condiciones y cuánto derroche! ¡Pero si el pasado ya nos señaló la senda! ¡Como si Samuel Bronston no hubiera venido nunca a España! ¡A ver si va a tener razón von Bismarck!

Rodaje de El Cid, una de las producciones de Samuel Bronston en España

Sexo, mentiras y Hollywood

Peter Biskind tituló su libro Sexo, mentiras y Hollywood (Editorial Anagrama, 2006), haciendo un guiño al filme que descubrió al mundo en 1989 el talento de un jovencísimo Steven Soderbergh, Sexo, mentiras y cintas de vídeo. Era un título con apellido oculto en el subtítulo: Miramax, Sundance y el cine independiente, porque podría haberse llamado: “Ojo con los Weinstein”. Porque mira que lo avisó: una década después, uno de los dos brothers, de los que el libro daba cuenta en un retrato a la vez feroz y también, por qué no, matizado por un punto de admiración, Harvey, se encuentra inmerso en el ojo de un huracán, que ríete tú del Irma.

Era el segundo tomo que Biskind convertía en lectura obligada para conocer los entresijos de Babilonia, después de aquella joya titulada Moteros tranquilos, toros salvajes, también publicada en España por Anagrama, crónica apasionada y apasionante de los años 70 por la que se paseaban jubilosos, jóvenes y desconocidos una pandilla de genios que no tenían ni idea de lo que darían de hablar, Coppola, Scorsese, De Palma, Spielberg… Casi nadie. Directores que alcanzaron la cima en una edad de oro en la que se encontraron acompañados de actores como Jack Nicholson, Robert de Niro, Al Pacino y una bonita colección de nombres más que atiborraban nuestra colección de dvds cuando eso se llevaba, que ahora dicen que ya no se estila.

La documentadísima pluma de Biskind en estos dos volúmenes afilada a base de cientos de entrevistas nos conduce a través de los pasillos oscuros, de despachos infectos donde se cuecen los guisos, apaños y tejemanejes de las producciones, los premios y los castigos, abre en canal sin anestesia el organismo de Hollywood y expone al aire libre sus glorias, pero sobre todo y en paralelo sus miserias. En el segundo volumen Biskind se centra en el llamado cine indie y más particularmente en el nacimiento auge y decadencia de la fabulosa Miramax, el glorioso emporio creado por los hermanos Weinstein.

También es amplia la nómina de los que pueblan las páginas de este repaso a los 90 y todos reciben su paga. Por allí pasan Robert Redford, acariciado con guante de estraza por sus luces y sombras en el Festival de Sundance, e individuos de tanto brillo como Quentin Tarantino, el citado Soderbergh o Richard Linklater. Pero, como digo, Bob –la codicia- y Harvey –el ego- Weinstein se llevan la palma con sus grandes éxitos (Sexo, mentiras… fue el primer bombazo de ganancias), sus sobornos, sus oscuras inversiones publicitarias y también el ojo clínico para descubrir los nuevos tesoros ocultos, el cine europeo, Mi pie izquierdo, Cinema Paradiso, La vida es bella, Almodóvar, Pulp Fiction… Claro que sus métodos no eran muy aseados. Vender el más bien adormecedor drama Pelle el conquistador como una película de acción o el debut de Soderbergh como si fuera cine porno fueron las tretas más sutiles que se gastaban. Seguramente esto último se les ocurrió cuando confundieron Los 400 golpes de Truffaut con el último grito “hardcore”. Pero les dieron muy buen resultado. Fue bonito mientras duró hasta que vendieron la empresa a Disney y el tren comenzó a descarrilar.

Biskind lo había advertido: algo pasaba con estos hermanos. Y de ellos el que hoy ha caído en desgracia no era el precisamente el poli bueno de refinadas maneras. Arrancar los teléfonos y arrojárselos al que se le pusiera por delante era la manera que este hombre tenía para hacerse respetar, combinada con palabrotas proferidas con desmedida energía. Pero, hombre, Harvey, por dios, que eso no se hace… “Sí, lo sé, pero no puedo evitarlo”, decía compungido. De tarde en tarde, en instantes de arrepentimiento, le salía la vena dulce que le había llevado, a él y a su hermano, a sumar los nombres de sus padres, Max y Miriam, para denominar a su propia creación, Miramax.

Con los empleados, con los productores, con los adversarios, hombres casi todos ellos, Harvey utilizaba el método del palo y la zanahoria: unos días maltrataba verbalmente; otros días acariciaba con su verbo lisonjero y regalaba chucherías, para compensar y aliviar el disgusto. Con las mujeres la cosa iba de sexo, nada original. Proposiciones de mal gusto, chantajes obvios, tocamientos, intentos culminados o no de violación… The New York Times ha revelado una retahíla de casos que se habrían producido a lo largo de tres décadas, en los que bailan el mismo son actrices, modelos y secretarias, que este caballero no discriminaba por posición social, sino por cuestiones más perentorias. Todo el mundo lo sabía, pero todo el mundo lo callaba.

Harvey Weinstein. EFE / Peter Foley

Harvey, Harvey, quién te ha visto y quién te ve. Todo Hollywood clama con una sola voz, la tronante voz de todas las instituciones y todas las personas que han permanecido en silencio durante años ante tus abusos y tropelías. Hasta Obama, ya ves tú, tan amigo, al que financiaste con tus buenos dólares, te abandona, y arroja también su piedra, que aquí, tonto el último, no vaya a ser que nos acusen de ser cómplices. Y ahora, en la plaza pública, sometido a un merecido escarnio, te encuentras tan solo cuando todas las bellezas que tanto te deben, Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Ashley Judd, Rose McGowan, Cara Delevigne, vuelven hacia abajo sus pulgares.

La Academia de Hollywood se escandaliza, el Festival de Cannes, con las buenas migas que tú hiciste en Francia, exclama “quelle horreur!”, todo dios se rasga las vestiduras. Y tu esposa, la diseñadora de MarchesaGeorgina Chapman, que se casó contigo por tus atractivos intelectuales y físicos y que nunca intuyó siquiera tus incontrolables impulsos ha solicitado de inmediato el divorcio, ahora, tras diez años de próspero matrimonio y dos hijos, uno de siete años y otro de cuatro, cuando más la necesitas para poder curarte en una clínica de rehabilitación (temblando están los empleados que tengan que ocuparse de tí), te deja tirado como una colilla . Ni tu mujer ni nadie sabían nada. Todos callaron. El monstruo ha sido descubierto. Oye, Harvey ¿y si lo cuentas en una película? Dadas tus habilidades para conseguir los Oscar, igual te rehabilitan.

Harvey Weinstein y su esposa Georgina Chapman. EFE / Ian Langsdon

P.S. Dado que la avalancha de denuncias, de mujeres que han engrosado el pretendido harén de Harvey Weinstein, no cesa de crecer y pronto no cabrán en un estadio si se reúnen, y hasta parecerá que no eres nadie si no has sido acosada por “el Gordo”, dado que son escasas las personalidades que no se apuntan al juicio sumarísimo, me parece pertinente añadir las sensatas palabras de Oliver Stone, que leo hoy mismo:

“Soy un firme defensor de que hay que esperar hasta que esto llegue a juicio… Creo que un hombre no debería ser condenado por un sistema de justicieros. Y no es fácil por lo que [Harvey Weinstein] está pasando tampoco… Para mí ha sido un rival y nunca he hecho negocios con él y tampoco lo he conocido de verdad. He oído historias de terror sobre casi todo el mundo en este negocio, así que no voy a comentar sobre chismorreos… Simplemente esperaré (para pronunciarme), que es lo correcto”.

El Che no ha muerto

Cuando Ernesto Guevara fue vilmente ejecutado por el Ejército boliviano, obediente a las órdenes de la CIA, el 9 de octubre de 1967, estaba lejos de imaginar cuál sería una de sus pesadillas. No el hecho de que la revolución en Latinoamérica, a la que él había entregado la vida, había fracasado; tampoco el que el régimen cubano hubiera tenido que enrocarse para sobrevivir al acoso del enemigo imperialista de tal manera que, en muchos aspectos, resultaran irreconocibles en él los ideales que le alientan. No. Podemos apostar que, si hubiera cedido a la tentación de contemplarse a sí mismo, dejando por un instante de lado la causa, lo más insufrible para él hubiera sido ver su rostro convertido en una efigie -él que tanto despreciaba el culto a la personalidad- y para más inri transformado en uno de los más difundidos y vigorosos iconos del consumismo capitalista. Tal es el poder de la imagen que, a fuerza de reproducirse sin control, muta y se confunde con los valores del canal que la utiliza. El capitalismo todo lo traga. Lo que no le mata le engorda.

La celebérrima fotografía del Che de Alberto Korda

Todo el mundo ha visto esa fotografía en un póster alguna vez. El 5 de marzo de 1960 en la capital cubana, hermoso, triste y  desafiante a sus 31 años, la mirada perdida, el Che posaba frente al objetivo durante apenas unos segundos antes de desvanecerse en la escena tras un nutrido grupo de hombres en el acto de despedida a las víctimas de la explosión del buque La Coubre, que arribaba desde Bélgica a La Habana para proveer de armas y municiones a la recién nacida Revolución. Alberto Díaz Gutiérrez, más conocido por Alberto Korda, tampoco pudo jamás imaginar que una de sus imágenes, encargadas por el diario Revolución, le convertiría en el fotógrafo anónimo más reproducido del mundo y a su “Guerrillero heroico” en lo que es hoy: el retrato más simbólico de la Historia.

Che Guevara, pintura de Gerard Marlange atribuida a Andy Warhol

Pero, ay, a su primigenio significado, el compromiso incondicional con los parias del mundo y la lucha hasta el último suspiro con la justicia social, se le ha añadido una miríada de connotaciones, tantas como variaciones sobre el sujeto, algunas artísticas, las más de ellas bastardas, se han hecho. Que el Che fuera un líder comunista no fue obstáculo para vender con su bella imagen como reclamo la esencia del capitalismo. Desde Andy Warhol (o mejor dicho, Gerard Marlange, un asistente suyo, el verdadero autor de una famosa obra que se le atribuye erróneamente al célebre artista) hasta Mercedes Benz pasando por la Plaza de la Revolución habanera, donde Obama no perdió la ocasión de dejarse retratar para la posteridad en marzo de 2016; y antes, portadas de libros y revistas, camisetas, mochilas, carteles, banderas, gorras, tazas… en cualquier soporte y objeto imaginable; desde un Che gay a otro coronado de espinas que la Iglesia británica utilizó para hacer proselitismo juvenil… El único que no sacó réditos de su trabajo, más allá de su satisfacción o frustración, fue el propio Korda, quien nunca exigió derechos de autor, con una excepción: a la marca de vodka Smirnoff, de la que obtuvo la cantidad de 50.000 dólares de indemnización, que donó a un hospital oncológico infantil de Cuba.

Una campaña publicitaria que Mercedes Benz tuvo que retirar

Obama en La Habana. Alejandro Ernesto (EFE)

El cine ha recibido la visita del revolucionario y le ha dejado colarse hasta el salón en numerosas ocasiones desde el instante mismo en que se convirtió en leyenda. Unas veces para homenajear su figura y otras para denostarla, aunque por lo general poniendo de relieve el inmenso caudal de carisma que sigue atesorando tantos años después de muerto. Apenas unos días después de su captura y linchamiento Santiago Álvarez realizó en 1967 en formato documental, un emotivo mediometraje: Hasta la victoria siempre.

Con el mismo título, treinta años más tarde, el argentino Juan Carlos Desanzo abordaba una biografía, protagonizada por Alfredo Vasco, que cubría el arco que iba desde la infancia del Che hasta la entrada victoriosa en La Habana. Aníbal Di Salvo recogía el guante y llevaba al guerrillero a la selva de Bolivia en donde encontró la muerte. Era la continuación complementaria de ese Hasta la victoria siempre de ficción. Lo llamó, como tantas otras producciones confiadas al influjo del apodo, simplemente El Che (1997). Los dos filmes configuran un díptico en el que pesan más las buenas intenciones que el interés cinematográfico.

Dos años desde la caída del revolucionario tardó Hollywood en mover su maquinaria de chapapote ideológico con la intención de neutralizar lo que consideraban con acierto el emblema más universal y limpio del comunismo dejando la responsabilidad de poner cara al Che en el rostro de Omar Sharif y el de Fidel Castro en Jack Palance. El director de 20.000 leguas de viaje submarino (1954), Viaje alucinante (1966) y El estrangulador de Boston (1968) tuvo el desacierto de aceptar el encargo de este producto típico de la guerra fría: Che! (1969). Háganse una idea, el cartel dice: “La verdadera historia del Che Guevara, que persiguió un sueño de justicia y libertad y creó una pesadilla de terror y violencia”. Made in CIA.

Más cerca en el tiempo y más a favor de obra, el brasileño Walter Salles, multipremiado en 1998 con Central do Brasil, nos ofreció en 2004 un Che bisoño, al que el mejicano Gael García Bernal se esforzaba por transmitir calor y proximidad sin evitar que perdiera fuerza y garra en el camino viajando sobre dos ruedas a través del continente sudamericano.  Diarios de motocicleta era ideológicamente mullida y desprovista de aristas y su modelo de coproducción internacional, Brasil-Argentina-Chile-Perú se traducía en un Che homologado y apto para todos los públicos que consiguió una buena aceptación en taquilla.

Mucho más comprometido fue el Che que Steven Soderbergh creó con la inestimable ayuda de Benicio del Toro, también implicado como productor. Del Toro es uno de esos actores multiterreno capaces de despintarse de hombre lobo para calzarse unas botas y una boina e irse a hacer la revolución con un fusil y un puro y que nosotros nos olvidemos del verdadero rostro de Ernesto Guevara. Presentada por razones comerciales en dos partes de 140 minutos cada una, Che: el Argentino y Che: Guerrilla (2008) esta soberbia producción –no olvidemos, norteamericana- contiene las suficientes dosis de veracidad y energía para ser considerada como la aproximación definitiva a la legendaria figura.

La primera entrega, Che: el argentino, oscila entre una discreta hagiografía en la mirada y la obligada objetividad o fidelidad histórica en los hechos. El guión de Peter Buchman se basa en los cuadernos del Che y mezcla tres momentos históricos: el encuentro en 1956 de los hermanos Fidel y Raúl Castro con Guevara en México, la lucha guerrillera desde el desembarco del Granma hasta la entrada de los barbudos en La Habana en 1959 -la mayor parte del metraje de la película- y la visita del Che como ministro cubano a la ONU en diciembre de 1964. El retrato que presenta no está lejos del modelo canónico de revolucionario, idealista y de moral intachable, compasivo con el enemigo, pero igualmente sin piedad con los traidores.

La segunda mitad, Che: Guerrilla, está rodada con la misma espartana austeridad con que se desenvuelven en la selva boliviana los guerrilleros; recrea minuciosamente las penurias que soportan pespunteadas con ratos de tensa espera y pequeñas escaramuzas, racionamiento de agua y comida y frustración porque los campesinos no se suman a la lucha, pese a lo cual, El Che se niega a que se les incauten las provisiones. Mucho menos optimista y devoto del personaje que la primera, una suerte de melancolía se combina con la admiración contenida en un relato que quiere ser fiel a los principios que inspiraban al guerrillero.

Sin duda el díptico de Steven Soderbergh es la indagación más completa y compleja en esta figura gigante y Benicio del Toro su representación más creíble en la pantalla, no tanto por su mimetización con el personaje real como por el riguroso planteamiento del filme. Otros actores tuvieron que lidiar en plazas menos lucidas. Entre los españoles tenemos nada menos que a Paco Rabal, estrella de una temprana (de 1968) producción italiana, El Che Guevara, que se centra en los últimos meses de vida y combate y está dirigida por Paolo Heusch. El curriculum del director presenta hombres lobo y espaguetti westerns,  y su título internacional es como para echarse a temblar: Bloody Che Contra. Antonio Banderas se ponía la boina y le cantaba a Madonna, a modo de narrador, en el musical Evita de Alan Parker en 1996.  Por último, Eduardo Noriega, por sorprendente que parezca, también encarnó al Che. Fue en 2005, la película se tituló Che Chevara, la dirigió Josh Evans y en este caso la acción se trasladó a Sierra Maestra, antes de la derrota del dictador cubano Batista y la proclamación de la victoria revolucionaria. Junto a Noriega andaban Sonia Braga, en el papel de madre del Che y Enrico Lo Verso, como Fidel Castro… rodada en inglés ¡Uff! Cuesta digerirlo.

Pero si pensaban que lo que acaban de leer en relación con el personaje era el colmo del exotismo esperen a conocer la figura de Freddy Maymura, un guerrillero boliviano de origen japonés que murió junto al propio Che en Bolivia. Una película cubano-japonesa rodada en Cuba y en español, dirigida por Junji Sakamoto, Ernesto, se estrenará en la isla caribeña y el país andino en noviembre. El punto de anclaje de Japón es la visita de Guevara en 1957 a Hiroshima.  ¿Y quién da vida al Che? El actor japonés Joe Odagiri que tuvo que hacer régimen para rebajar un poquito la cintura al tiempo que aprendía español. Así, de repente… pero no seamos prejuiciosos y esperemos a verla. Si es que llega a nosotros.

El lunes pasado se cumplieron cincuenta años de la ejecución sumaria de Ernesto Guevara. Su desaparición dejó a la Humanidad un ejemplo mayúsculo de honestidad, coherencia e idealismo. Fue uno de esos hombres en los que pensaba Bertold Brecht cuando escribía sus versos:

Hay hombres que luchan un día y son buenos.

Hay otros que luchan un año y son mejores.

Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos.

Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles.

Belle de Jour: 50 años de escándalo

La historia del cine tiene estas jugadas caprichosas. Hace ahora cincuenta años en un festival que ha perdido fuelle en los últimos, La Mostra de Venezia, un filme “escandaloso” ganó el León de Oro. No se sabe si la organización le sugirió algo al Jurado, que presidía Alberto Moravia acompañado por otros ilustres de la pluma, como Susan Sontag, Carlos Fuentes o Juan Goytisolo, para que hicieran de ese modo un corte de mangas al Festival de Cannes que lo había rechazado “por insuficiencia artística”. Aunque las crónicas cuentan que hubo sus más y sus menos porque la neoyorquina quería premiar a Godard y el italiano se inclinaba por Marco Bellochio. Al final, a Carlos Fuentes le tiraba el parentesco mejicano de Luis Buñuel y Goytisolo, junto a un crítico ruso cuyo nombre no consta, inclinaron la balanza a favor de Belle de Jour. La agudeza hispano-mejicana le convenció de que La chinoise y La Cina é vicina ¡eran maoístas! ¡Lo tuvieron fácil, lo dicen en sus títulos!

No sabemos qué volumen alcanzaron las carcajadas de Buñuel cuando le contaron esas discusiones. Pero sí podemos imaginar que si hubiera podido cumplir su deseo póstumo, expresado en Mi último suspiro, un libro de cabecera para cualquier cinéfilo escrito por Jean-Claude Carrière a modo de memorias, de salir de la tumba para darse una vueltecita y ver cómo iba el mundo, nuestro más legendario cineasta, se hubiera partido de risa al escuchar las explicaciones de la Academia de las Ciencias y las Artes Cinematográficas de España justificando que fuera el otro sordo genial, el pintor Goya, y no él, quien diera su nombre en 1987 a los premios que concede: “Propuesto en Asamblea, los académicos se enzarzaron en una polémica, zanjada por Ramiro Gómez, quien recordó que Goya había tenido un concepto pictórico cercano al cine y que varias de sus obras más representativas tenían casi un tratamiento secuencial”. ¡Por dios bendito! ¿nadie supo decir que Buñuel hacía películas? ¡Puro surrealismo, que así somos en este país de monarcas, rajoys y puigdemonts!

Pero volvamos a Belle de Jour. “Por insuficiencia artística”… ¡buen ojo, también los exquisitos de La Croisette, menudo patinazo olímpico y surrealista! No sólo se llevó el premio gordo veneciano sino que las críticas internacionales abrieron las ventanillas de la taquilla urbi et orbi, a todo lo cual Don Luis, impertérrito y socarrón respondía así: “Más que a mi trabajo, lo atribuyo a las putas de la película”. Por entonces, por si alguien no se acuerda, mandaba en España un señor bajito y genocida con uniforme de general; de modo que hubo que esperar ocho años para poder estrenarla, aprovechando la circunstancia, tanto tiempo esperada, de que este individuo estuviera llamando a las puertas del infierno, abiertas para él de par en par tres meses después.

Por aquella época el que junta estas letras se encontraba en Suiza fregando perolos en cocinas de restaurantes, sirviendo y despachando cervezas en bares y garitos varios. Con mis primeros francos suizos de sueldo decidí comprar un libro de gran formato con fotografías de Antonio Gálvez, un privilegiado de la cámara que pudo considerarse amigo de Buñuel y a él le dedica el ojo de su objetivo y su mirada cómplice y admirativa. Fue una gran inversión cuya cuantía no puedo recordar, pero es uno de esos tesoros que uno guarda en la estantería ocultos entre otros volúmenes ajenos al cariño que atesoran. Grandes fotografías que intentan algún tipo de surrealismo que hoy no sabría definir sin esfuerzo, imágenes en las que Buñuel ocupa la escena durante rodajes, descanso entre tomas, o incluso posando con su cigarrillo ladeado en la boca y su mirada extraviada. Cuando Gálvez visitó al maestro en Montparnasse, desde la ventana del hotel se divisaba el cementerio cuyos malos humores el aragonés exorcizaba con su gracejo baturro: “Mientras pueda verlos desde aquí, no hay problema”.

Luis Buñuel Fotografías de Antonio Gálvez. Eric Losfeld Editeur.

De ese ingenio tenemos tanto en sus películas que uno pensaría que no podía sobrarle en su vida cotidiana. No es así. Tenía para dar y repartir y en sus memorias puede comprobarse. También en la carta que le envió a Gálvez:

Méjico, 7 julio 1970. Mi querido Gálvez.

Lamento mil veces retrasar –según dice el editor- la aparición de su libro. No tengo la menor idea de qué puedo escribir: ¿un poema sobre la brisa que acaricia los cabellos de mi bien amada? ¿Un ensayo sobre usted? Soy un anti-ensayista nato. ¿Divagaciones sobre la política contemporánea? ¿Y cómo va Marcuse? ¡Qué absurdo! ¿Comentarios graves y sensatos sobre el papel foto en tanto que expresión artística? ¡Horror! etcétera. ¿Entonces, qué? Si tuviera la facilidad de un escritor que, hablando de una hormiga la transforma en catedral, le enviaría rápidamente mi elucubración, pero no es mi caso.

Creo que tendrá que apañárselas solo para la edición y no contar conmigo. De todos modos, si me llegara, en una semana, o en tres meses, una idea -¡oh, milagro!- digna de su libro, me apresuraría a comunicársela. Se lo digo en serio.

Un saludo cordial de su amigo. Luis Buñuel.

P.S. Que Losfeld publique esta carta, si se atreve.

Catherine Deneuve siempre ha hablado con un respeto infinito por don Luis. Cuando le pregunté por él en una entrevista, con el temor de engrosar las filas de los periodistas que por enésima vez lo hacían, año tras año. Enseguida me hizo perder cuidado: tuvo palabras emocionadas y manifestó que fue para ella un maestro al que admiró toda su vida. No era para menos, en una carrera que cuenta con ciento treinta títulos, a lo largo de tres décadas, ha trabajado con directores como François Truffaut, Roman Polanski, Manoel de Oliveira, André Téchiné, Lars von Trier o François Ozon, y le debe al ilustra aragonés dos títulos cumbres, Belle de Jour (1967) y Tristana (1970), de lejos ambos, “la crème de la crème”.

Catherine Deneuve en Belle de Jour

Catherine Deneuve es la encarnación de la burguesía “chic” parisina, vestida por Yves Saint Laurent y calzada por Roger Vivier cuando Buñuel decide arrancarle las lujosas ropas a Séverine, su personaje, y aliviar sus sofocos azotándola con la fusta, antes de entregársela al garrulo del conductor del carruaje, o embadurnar de barro, o de mierda de caballo, su manto y su cara. ¿Pero qué estoy diciendo? ¿Y los feministas más recalcitrantes qué opinan de esta película? ¡Ay, que no lo sé! Pero me encantaría saber cómo interpretan los guardianes de la moral seudoprogresista el rostro libidinoso de Deneuve-Séverine, casi relamiéndose semidesnuda en la cama: “A mí también me da miedo ese hombre”, le dicen, “a veces debe de ser terrible…” y ella contesta: “¿Qué sabrás tú, Pallas?”

Belle de Jour no presenta la prostitución en sus aspectos más siniestros, los de las mujeres vendidas, maltratadas y sojuzgadas, esa lacra de la sociedad hipócrita que obliga a millones de personas a venderse para sobrevivir pero luego les dice que lo que hacen atenta contra su dignidad y por tanto ha de prohibirse, en lugar de atacar las causas y evitar simultáneamente la explotación y el proxenetismo con la regulación estricta y el control sanitario que proteja a quienes decidan hacerlo voluntariamente.

Buñuel y Jean Claude Carrière, su amigo, su biógrafo, su guionista, hablan de fantasías sexuales, bucean en los abismos de la psicología y extraen del inconsciente materiales con los que se fabrican los deseos inconfesables en forma de parafilias como el masoquismo, el fetichismo, el voyerismo. Pero hablan de mujeres libres como Sèverine, burguesa adinerada, y su doble vida, que se entrega por placer a cambio de dinero. Y como no tienen ni la menor intención de pontificar ni entrar en discusiones bizantinas se ríen, se ríen de sí mismo, de los bienpensantes de la sociedad y de los espectadores. En Buñuel la risa es revolucionaria y no admite explicaciones, así es que no las busquen, como lleva haciéndose estas cinco décadas con la secuencia final de la cajita y su misterioso contenido. ¡Ja! ¡A ver si alguien es capaz de imaginar alguna excentricidad más chiflada que la del asiático que visita el burdel!