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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

Archivo de febrero, 2017

PricewaterhouseCoopers NO debe disculparse

La habitualmente aburrida Gala de los Oscar de este año acabó de la mejor manera posible, un error prodigioso restituyó la justicia como si una mano divina hubiera intervenido en el último instante para reparar el inminente desaguisado: desposeer de un título que no merecía a la pizpireta La La Land (también titulada en España La ciudad de las estrellas, aunque de esto ni dios quiere saber nada) para entregárselo a la mejor película de las que tenían posibilidades, esa joyita de nombre tan cursi llamada Moonlight.

El momento más glorioso de la noche de los Oscar 2017

Seguramente los guionistas de la ceremonia no sabían que el azar se aliaría con ellos para jugar un papel tan relevante; de haberlo hecho a propósito lo habrían podido llamar deus ex machina en el supuesto de que conozcan algo del teatro clásico griego, a unos individuos de tan estrafalario nombre como Esquilo, Sófocles o Eurípides. Ya saben, la providencia quiso que la empresa auditora PricewaterhouseCoopers, encargada de velar por el correcto funcionamiento del engranaje de entrega de premios tuviera el bendito desacierto por el que ha pedido disculpas. “Pedimos perdón sinceramente a Moonlight, La La Land, Warren Beatty, Faye Dunaway y a los espectadores de los Oscars por el error”, han dicho. Si siguen mencionando a todos los supuestos ofendidos agotan la lista de asistentes a la Gala celebrada en el Dolby Theatre de Hollywood, Los Ángeles, California, Estados Unidos de América.

Y yo creo que se equivocan pidiendo perdón. Y sino, ya puestos, ¿por qué no disculparse en primer lugar con el presidente Donald Trump? En fin, no es que yo crea que le importa mucho, pero imagino que tampoco le habrá hecho mucha gracia que un negro, pobre, homosexual y drogadicto sea elevado a los altares y convertido en un héroe cinematográfico. Salvo que este poderoso caballero presidente se parezca al nuestro y no vaya al cine porque está muy ocupado con sus cosas de Twitter, sus muros y sus guerras con la prensa, me da que no le hizo ninguna gracia el desenlace.

No sólo no deben los señores de PricewaterhouseCoopers (no me extraña, Pablo, que te patinara la neurona con el nombre y se lo cambiaras por HouseWaterWatchCooper, que se parecía más a Mad Men) pedir perdón por la confusión en el Premio a la Mejor Película, sino que ellos mismos merecen un Oscar a los mejores efectos especiales y otro al mejor guion. El primero por el truco de los sobres cambiados. El segundo por el salvamento de la dignidad de Hollywood en el último minuto.

¿Quién se hubiera acordado dentro de unos años de que Moonlight ganó su Oscar el mismo día en que triunfó ese redicho homenaje al musical? Si recibir un calvo es la mejor campaña publicitaria, hacerlo de esta manera es la bomba. ¿Y a qué viene ese rasgarse las vestiduras y poner a caldo a la Academia de Hollywood por el ridículo planetario? También en la fiesta anual de nuestros Premios se llegó a dar uno equivocado y no pasó nada.

El glorioso resbalón de los Oscar 2017 me recordó otra ceremonia de los Goya, concretamente en 2009, cuando Javier Gutiérrez entregó el premio a los Mejores Efectos especiales por Mortadelo y Filemón, Misión: salvar a la Tierra, a Raúl Romanillos, Pau Costa, José Quetglas, Eduardo Díaz, Álex Grau y Chema Remacha; aturullado por la responsabilidad tropezó y dejó que el cabezón se hiciera pedazos contra el suelo. ¡Qué momento tan glorioso! ¡La realidad desbaratando mágicamente una celebración tan pomposa!… Lástima que aquello estuviera previsto en el guion. Pero pareció de verdad.

¡Nada comparado con la cara de Warren Beatty al leer la cartulina y pasársela como si le quemara en las manos a Faye Dunaway! ¡Ese sí que ha sido el papelón de su vida!

En fin, que a mí me parece que levantar a la audiencia dormida de medio mundo merece un reconocimiento. Deberíamos copiarlo aquí.

Blade Runner y su esperadísima secuela

(WARNER)

Ahí arriba, a la derecha, unas palabras se han descolgado de uno de los más bellos –archiconocido- diálogos de la historia del cine. En España tuvimos la suerte –no muy usual, la verdad- de escucharlo en la versión doblada con la voz de Constantino Romero, capaz por sí solo de hacernos olvidar una regla de oro a la que siempre nos atenemos: “siempre en versión original, por favor”.

Aparte la belleza de la secuencia entera y de la escena que las acoge, esas palabras están ahí porque pertenecen a una película –no muy felizmente recibida en su momento- que abandonó el estatus de “cult movie”, o rareza para cinéfilos a los que hay que dar de comer aparte, para convertirse en icono del género de ciencia ficción. O sea, sin más gárgaras, que Blade Runner es una de mis cintas preferidas (sí, cintas, porque en aquél año en que se estrenó, 1982, las películas se recogían en bobinas) y no veo el momento en que se estrene la secuela que ha dirigido el canadiense Denis Villeneuve, que llevará por título Blade Runner 2049 (se anuncia para después del verano, toda una eternidad).

Aclaración: no es que yo sea muy fanático de las segundas partes, continuaciones, secuelas y otras especies habitualmente bastardas, pero es que ésta reúne unas condiciones que la hacen particularmente irresistible. A saber: el director de la inconmensurable Incendios (2010), el mismo que nos acaba de obsequiar con un peliculón del género, La llegada (2016), manjar exquisito para paladares exigentes; un productor, Ridley Scott,  que como director a mí me atrae incondicionalmente y que habiendo dirigido la matriz ha tenido la sabiduría de no arriesgarse a un gatillazo; y dos actores que enlazan de maravilla al personaje de la primera con la segunda en perfecta continuidad, Harrison Ford y Ryan Gosling. Vean el tráiler y disfruten como yo. Ah, olvidaba decir que en él se escucha el tema escrito por Vangelis, esa maravilla de banda sonora que me pregunto si tendrá también presencia en este nuevo Blade Runner…

Mientras llega la secuela (término que parece despectivo pero debe tomarse como descriptivo) los programadores del cine madrileño Palafox, que está dando las últimas boqueadas tal como lo conocemos hoy –veremos qué pasa después- han tenido el acierto de despedirlo con un ciclo de películas inolvidables entre las que se han visto 2001 Una odisea en el espacio y… Blade Runner (aunque es verdad que yo hubiera preferido la versión estrenada en 1982, con su voz en off y todo, y no la del montaje del director que diez años después “la mutiló”). Aún así, pantalla enorme y enorme privilegio para quienes hayan podido disfrutarla.

Bajo el influjo de esas divinas palabras de Roy Batty – Rutger Hauer ésto es lo que me propongo ir dejando caer en este espacio: filias (muchas) y fobias (no tantas) sobre el presente, pasado y futuro del cine filtradas a través de la opinión muy personal de quien firma. A veces me dejaré caer en la tentación de autocitarme con referencia al programa de Televisión Española Días de cine, en el que trabajo desde el primer día en que se puso en marcha desde hace 25 años (con un paréntesis de ausencia) pero será para brindar una perspectiva audiovisual a lo que aquí escriba. Me alimenta la pasión por los mundos paralelos que habitan al otro lado de la pantalla y espero ser capaz de contagiaros de ella.