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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

La muerte le sienta bien al cine

La muerte en el cine, menudo tema. Junto con el sexo y el poder, la muerte constituye la santísima trinidad temática. Es por tanto un asunto muy serio que da para todos los tratamientos posibles. Hay un cine que lo exhibe y convierte en atracción de feria, que lo banaliza hasta tal punto y de tal manera que parece un elemento casual de la trama, las muertes (de los personajes secundarios) se suceden sin causar el menor impacto emocional en el espectador, son un accidente previsible y menor. Véase una determinada variante de thriller/terror pensado y dirigido particularmente a un público adolescente, que no exige más que una apariencia mínima de verosimilitud y acepta que se le dé gato por liebre sazonadito en abundantes chorros de sangre derramada.

Esta semana en nuestra cartelera tienen un ejemplo: Inside, de Miguel Ángel Vivas, un remake de Á l’interieur, filme francés que diez años atrás marcó tendencias en el terreno que les describo, premiado en el Festival de Sitges, dónde si no, por sus maquillajes de charcutería.  Aunque, comparada con Al interior, Inside en un ejercicio de contención monacal, como digo, la muerte es sólo un elemento imprescindible en un juego de espejos que la desprovee de su naturaleza trágica para convertirla en un elemento de feria, supuestamente espectacular.

Hay otro cine en el que la muerte ocupa el centro de la vida, está al otro lado de la línea que separa el rótulo de FIN y su inevitabilidad arrastra por la senda del dolor desgarrador a los personajes, con la intención de atrapar y conmover a los espectadores haciéndoles partícipes del destino de aquéllos. Estas películas tratan de ceñirse a la realidad más cruda para ofrecerse a sí mismas, a quienes las hacen y al patio de butacas algo parecido a una catarsis. No hace mucho hablaba yo aquí de la obra de Lino Escalera, No sé decir adiós (desde ya les digo: sigue siendo lo mejor que he visto hasta hoy producido en España) y a la vuelta del verano está pendiente de estrenarse Morir, de Fernando Franco, con La herida ganador del Goya al Mejor Director novel, que guarda con la anterior una conexión argumental muy importante: en ambos casos encontramos a una pareja confrontada a la enfermedad terminal de un hombre, proceso descrito con la sequedad y dramatismo que cuadran con la visión más honesta y comprometida con la verdad, justo lo opuesto a la absurda falsificación promovida por el gore y sus variantes.

Es cierto que Morir –vaya titulito, veneno para la taquilla– no ofrece un resquicio de luz, un clavo ardiendo al que agarrarse para no dejarse arrastrar al pesimismo más feroz, muy al contrario de lo que sí consigue No sé decir adiós; igual de duras las dos en las formas, pero mucho más facilitadora de la empatía y la emoción la segunda que la primera.

Hay una tercera forma representación de la muerte en el cine. Consiste en diluir el dramatismo y evitar las cautelas que debería tener la escenificación de la violencia, con el fin de vender el producto al público aún más desarmado que el adolescente, el infantil, y maximizar el rendimiento económico. Ejemplo de la semana que viene: la saga Tranformers, que ya va por su quinta entrega sin ningún propósito de enmienda. Cruentas batallas libradas entre humanos o entre robots, o entre los unos y los otros, con muertes, despiezamientos y desgracias a diestro y siniestro, sin que una sola gota de sangre sea derramada en la pantalla para no alterar la frágil estabilidad emocional de los infantes. Transformers: el último caballero nos coloca en el reino de la mixtificación y la mentira, el adoctrinamiento desacomplejado en una mentalidad violenta y militarista que se regocija con grandes explosiones y  el despliegue de armas de destrucción masiva. La muerte y el sufrimiento no existen en este territorio, sólo es una parodia. Y el público al que va dirigida, inocente, candoroso y desarmado ante la lluvia de mensajes belicistas subliminales con que es obsequiado.

A dar fe y testimonio de todas las variantes que la Parca emplea en su ecológica labor de liquidar a personas o personajes relacionados con la gran pantalla se dedica mi buen amigo Ginés García Agüera, a quien tienen ustedes dedicada arriba a la derecha de este blog mi memoria de cinéfilo. Ginés escribe un artículo, encabezado por un elocuente Muertos de cine, en la revista trimestral Adiós cultural, que está editada por Funespaña, un grupo empresarial dedicado a los servicios fúnebres.

Precisamente en el último número que está en la red a disposición en abierto de quien quiera leerlo (el correspondiente al mes de julio lo estará en agosto) Ginés realiza la disección en vivo de la obra de Lino Escalera que mencioné más arriba, No sé decir adiós. Con la delicadeza y la aguda mirada de un cirujano experto y sensible Ginés no sólo analiza los tejidos que componen el cuerpo fílmico, sino que los contempla y describe como se contempla y habla de los seres queridos. Verán, si siguen mi sugerencia y lo leen, que lo suyo no se limita a hacer crítica, sus palabras acarician a la película como acariciamos a nuestro gato que ronronea aposentado sobre nuestras piernas mientras la estamos viendo.

¿Una revista dedicada a la muerte? ¿Una columna de cine dedicada a los muertos? Que no cunda el pánico. Aquí lo gratuitamente siniestro no tiene lugar. Por la columna de mi amigo, que es lo que nos interesa en particular, desfilan películas, actores, directores, acontecimientos en general relacionados, sí, con el destino al que todos estamos convocados (a los dioses demos gracias porque en esto, al menos, ni los ricos y poderosos se libran) pero Ginés convierte la materia con la que trabaja no en motivo de pesar y tristeza, sino en lúdica cita con el conocimiento.

Una esquela mortuoria más falsa que un billete de mil euros, la de Francisco Paesa, fallecido en Tailandia de mentirijillas, ilustra su estupenda crónica con el título que revela su desenfadado estilo: Solo y Fernández, sociedad limitada, en alusión a los extraordinarios rendimientos actorales de Manolo Solo en Tarde para la ira y Eduard Fernández en El hombre de las mil caras. Un poste telefónico en las afueras de Santa Mónica y el suicidio más largo de la historia del cine, lamenta el encontronazo de Montgomery Clift conduciendo completamente borracho con un destino anticipado por adicciones sin cuento que diez años después acabaron con él. La criada “Ramona”, Margarita Lozano, levanta el vestido de novia que Silvia Pinal porta con dignidad ante la atenta mirada de Fernando Rey en Viridiana. Margarita Lozano, de la estirpe de actores y actrices que enriquecen sin ruido los planos que privilegian a las estrellas, es protagonista de la columna La cómica que durmió en el colchón de Unamuno. Y la semblanza de un cómico muy serio y genial, el más serio y casi más genial del mundo, Buster Keaton, inspira el poético encabezado de Los pasillos del cielo estarán sonando con risas divinas.

Les he citado cinco peldaños de una escalera refulgente que une la tumba de los protagonistas con el cielo de la inmortalidad pasando por la pantalla de cine, en ese cuaderno de notas mortuorias al que Ginés García Agüera añade páginas con diligencia y pasión por las películas y sus hacedores. Sólo cuatro, pero la escalera tiene un número infinito de escalones porque la muerte da mucho juego y beneficio. A los guionistas, novelistas, periodistas y también, por desgracia y sobre todo, a los mercaderes de armas y los gobiernos que les protegen.

Con este “entretenido temita” de hoy les dejo tranquilos durante un mes. Vuelvo con ustedes en septiembre. Que descansen en paz… pero vivos y coleando.

¡Más mujeres!

La directora francesa Blandine Lenoir reivindicaba en las entrevistas de promoción de su película 50 primaveras, que se estrena mañana viernes, la presencia de las mujeres en el primer plano de las películas. No sólo es necesario y muy conveniente que las historias reflejen los problemas reales de las mujeres, sino también que sean descritos y analizados según la óptica de las mujeres. Su película es un buen ejemplo, puesto que está escrita y dirigida por ella, interpretada por una gran actriz (y asimismo excelente directora) como es Agnés Jaoui, además de contar con un grupo numeroso de personajes femeninos. Y para que no quepa duda del signo del enfoque el personaje de Jaoui, de nombre Aurore (que es el título original en francés), se encuentra en plena batalla contra los sofocos causados por la menopausia, tabú que un director difícilmente se hubiera atrevido a tocar sin temor a ser juzgado con lupa. ¡Siiii!, gritaba Jaoui desde otro cuarto mientras esperaba su turno cuando le pregunté a Lenoir si era tan duro lo del climaterio.

Agnés Jaoui (arriba en el centro), Sarah Suco, Pascale Arbillot y Lou Roy-Lecollinet en 50 primaveras. Surtsey Films

No es el tema principal, sólo un indicio de por dónde van los tiros de una comedia que a veces aprieta las tuercas de lo risible hasta el borde mismo de la caricatura, aunque se mantiene en un tono general razonable para poner de relieve algunas cosas que a fuerza de silenciarse olvidamos que son evidentes: que hay vida más allá de los 50 para las mujeres, que no todo ha de ser preocuparse por los hijos, que no pueden hundirse en la miseria por la pérdida del trabajo y que incluso a esa edad, y mucho más tarde también, el sexo sigue siendo una fuente viable de placer. Last but not least, pasado el medio siglo de edad el amor puede llamar dos veces a la puerta y una mujer inteligente debe estar dispuesta a abrirla sin esperar a que insista. 50 primaveras es ese tipo de cine que no aspira a erigirse en referencia de nada pero sí a cumplir una misión encomendada por la realizadora, decirle a las mujeres -y los hombres, a los que trata con natural respeto- que se sientan vivas y disfruten, y de paso que echen unas risas en la sala. No es poca cosa.

Parece claro que este filme francés puede proponerse como el reverso de la situación española que denunciaba el mes pasado CIMA (Asociación de mujeres cineastas y medios audiovisuales) en un ciclo (que llevaba por título “Mujeres que no lloran”) organizado en la Academia de Cine, en Madrid en el cual las películas proyectadas tenían en común estar protagonizadas “por personajes femeninos que, siendo muy distintos entre sí, comparten la capacidad de tomar sus propias decisiones e incidir en el desarrollo de la acción”.  Su diagnóstico quedaba resumido en los siguientes datos:

⦁A las mujeres se las borra en la ficción y, cuando aparecen, lo hacen como personajes estereotipados

⦁Solo el 36% de las películas españolas tienen protagonistas femeninas

⦁Solo el 28 % de los personajes que hablan en las películas son mujeres

⦁En las películas, de los personajes que trabajan el 80% son hombres y el 20 %, mujeres

⦁Ellas son 4 veces más propensas que ellos a ser mostradas en ropa interior

Vaya por delante que comparto plenamente las inquietudes de estas cineastas y lo he señalado en repetidas ocasiones lamentando el papel subalterno de los personajes femeninos en la gran mayoría de historias escritas, dirigidas y protagonizadas por hombres. Se me permitirá por tanto que con el debido sentido del humor exprese una objeción sobre el último punto, el de la propensión masculina a mostrar a las mujeres en ropa interior. ¿Acaso no guarda lógica con todo lo señalado en los puntos precedentes? Si los hombres cuentan historias en las que las mujeres son con frecuencia simples acompañantes o meros objetos de deseo, es lógico que sean ellas las que se desvistan más; y si es lógico no habría que rasgarse las vestiduras.

Pongamos como ejemplo el filme de Buñuel en el que tanto Carole Bouquet como Ángela Molina interpretan al mismo personaje, Conchita, por quien pierde los papeles Fernando Rey. A nadie puede sorprender que sean las dos chicas las que se desnuden para el bueno de don Fernando y no al revés. Esta magnífica película, producida en Francia en 1977 (Cet Obscur Objet du Désir, se tituló), pero que a los efectos consideramos como nuestra, hubiera engrosado esas estadísticas negativas desvirtuando un poquito el sentido de la denuncia. A menos que se considere a don Luis Buñuel integrante de las hordas machistas.

Al otro lado podríamos colocar a La novia, vibrante y brillante, apasionada y poética adaptación de Bodas de sangre, de Federico García Lorca, texto de incuestionable sensibilidad femenina. La audaz directora Paula Ortiz echa el resto y decide que Leonardo (Álex García) esté desnudo retozando junto a un árbol con la novia, que porta todavía su traje blanco. Cuando aparece el novio (Asier Etxeandía) enfurecido como un toro, en una arriesgadísima y potente secuencia de lucha cuerpo a cuerpo entre los dos hombres, Leonardo viste sólo la camisa que apenas llega, con la ayuda de un fino trabajo de montaje, para semiocultar recatadamente sus partes pudendas. El combate se organiza al ritmo de la canción de Leonad Cohen Pequeño vals vienés (que como es sabido pone música a versos de Lorca) interpretado por Pachi García y constituye el momento cumbre de la obra, de gran altura estética y dramática.

Es evidente que Paula Ortiz, que quería representar toda la potencia y atracción de la belleza masculina opuesta a las convenciones sociales, hubiera podido concebir la secuencia con una puesta en escena muy distinta, como sin duda hubiera sucedido de haber sido un hombre quien la orquestara. Pero ¿a alguien se le ocurre reprocharle la desnudez de Leonardo? Por cierto, la camisa que viste fue imposición de los coproductores turcos. Propongo por tanto que eliminemos ese punto débil de la argumentación.

Asier Etxeandia y Álex García en la escena de la lucha en La novia

Por lo que atañe al meollo de la cuestión, tenemos que felicitarnos de que cada vez más se pueda escuchar la voz de las mujeres en el cine, aunque sin lanzar demasiados cohetes porque en España la cosa avanza con cuentagotas. Aun así tenemos un número en aumento de directoras que han estrenado en los últimos meses. A bote pronto: Elena Martín (Julia ist), Roser Aguilar (Brava), Carla Simón (Verano de 1993)… Por delante quedan nombres nuevos y consagrados y títulos rodados y por rodar que se irán abriendo paso: Andrea Jaurrieta (Ana de Día), Carmen Blanco (El último unicornio), Patricia Ferreira (Thi Mai), Elena Trapé (Las distancias), Mar Targarona (El fotógrafo de Mauthausen) Paula Ortiz (Barba azul), Ana Murugarren (La higuera de los bastardos), Celia Rico Clavellino (Viaje alrededor de una madre), Isabel Coixet (La librería). La lista no es ni pretende ser exahustiva.

Al escribir estas líneas recordé que existió un Festival Mujeres en dirección que se celebraba en Cuenca y dejó de celebrarse en 2012 por falta de financiación, retirada por  la Junta de Castilla La Mancha, la Diputación y el Consorcio Ciudad de Cuenca. Lamentable.

Icíar Bollaín, Marta Belaustegui, Gracia Querejeta y Chus Gutiérrez. Foto Emilio Naranjo EFE

De todos modos, me parece muy interesante recordar las palabras de Nely Reguera en el festival de San Sebastián rodeada de jóvenes directores como Jonás Trueba, Rodrigo Sorogoyen o Alberto Rodríguez: “Comparto la emoción de ver cada vez más mujeres directoras, si bien no suelo diferenciar entre cine hecho por mujeres y hombres. Lo que no me gusta es que se piense que hay un cine para hombres y otro para mujeres. Creo que mi película María (y los demás) es igualmente disfrutable independientemente del género de quien la vea”. Independientemente del sexo de quien la vea, precisaría yo.

P.S. Unas horas después de colgar este post, un tuit publicado por la SEMINCI indica que la 62 edición “incorpora a su programación un nuevo ciclo que, bajo la denominación “Supernovas”, ofrecerá los trabajos de destacadas jóvenes directoras, con los que han conseguido situarse en el primer plano de la cinematografía actual. Fundamentalmente se trata de directoras que han dirigido su primer largometraje el pasado año, con la excepción de algunos realizadoras que cuentan con una breve trayectoria. ¡Vaya! ¡Qué coincidencia temporal con mi lamento por la desaparición del Festival Mujeres en dirección! Pues me alegro mucho.

 

De premios Platinos y paradojas

Lástima que Pedro Almodóvar no diera con la tecla de la inspiración (si es que esa fue la razón y no otra) para poder convertir en guion y luego en imágenes las memorias de un hombre bueno, en el sentido machadiano del término, Decidme cómo es un árbol, cuyos derechos detentó durante unos años. Ese hombre fue el poeta comunista Marcos Ana, fallecido el 24 de noviembre del año pasado, y toda su vida fue un ejemplo de entrega a la causa de la justicia social, coherencia con sus ideas y capacidad de perdón. De todas esas virtudes Marcos Ana poseía toneladas y por ello sobrevivió a dos condenas de muerte por crímenes de los que siempre dijo ser inocente y a 23 años encerrado en las cárceles franquistas sin acumular un gramo de odio. Lástima que no pudo ver esa película que fue proyecto durante un tiempo y a buen seguro le hubiera encantado.

Me acordé de Marcos Ana cuando escuché las generosas y valientes palabras de Pedro Almodóvar en la ceremonia de los Premios Platino, celebrada el sábado pasado. Pedro se descuelga muchas veces con esos detalles de oro, dedicarle modestamente su premio de Mejor dirección por Julieta “a los cientos de miles de familias que siguen buscando a sus desaparecidos durante la Guerra”. Sin pretenderlo ni calcularlo, el director manchego había establecido un vínculo de nobleza entre el dolor de la madre en su ficción y el desconsuelo real de cuantos llevan muchas décadas padeciendo el olvido y el desprecio de los poderes públicos hacia los que estercolan las cunetas y sus familiares.

Cuando esos homenajes parecen sinceros a mí me emocionan. Y éste, estoy seguro, lo fue: “Cuando ustedes oigan eso de que abrir las fosas y encontrar a los muertos es abrir heridas, no les hagan caso: es cerrarlas y acabar por fin con nuestra maldita Guerra Civil”. Mi agradecimiento y aplauso a Almodóvar por su gesto.

Por momentos como ése, consigo olvidarme de lo aburridas y rutinarias que suelen ser las galas de premios, por muchas actuaciones y fanfarrias con que traten de disimularlo.

Los Premios Platino del Cine Iberoamericano están promovidos por EGEDA (Entidad de Gestión de Derechos de los Productores Audiovisuales), con FIPCA (Federación Iberoamericana de Productores Cinematográficos y Audiovisuales), y cuenta con el apoyo de las Academias e Institutos de cine iberoamericanos, Latin Artist y la Fundación AISGE. Van por su cuarta edición y vienen a sumarse a la ingente cantidad de fiestas, concursos, festivales y condecoraciones con que la gente del cine se premia a sí mismo. Me da la impresión de que no hay otro sector productivo en el mundo que reparta más galardones. Desde los Goya a los Premios del Cine Europeo, los Oscar, los Forqué, las Palmas de Oro, las Conchas, las Espigas… ¡Cuánta competencia por generar y repartir prestigio!

Pedro Almóvar y Sonia Braga en la Gala de los IV Premios Platino. EFE

Pero bueno, que no se entienda que estoy en contra; aparte el ejercicio de ombliguismo que inevitablemente supone, esta olimpiada interminable de las películas y sus hacedores tiene sus aspectos positivos. Lo malo es que la competición casa difícilmente con el arte. Lo malo es que la comparación de méritos entre las películas es tan arbitraria y subjetiva como clasificar las playas o las puestas de sol. Algunos de quienes nos prestamos a ello de una manera u otra lo hacemos porque sirve como mínimo de pretexto para ponderar y hablar de las buenas historias, intentando separar el grano de la paja, y darlas a conocer. Y porque no hay manera de permanecer completamente al margen de un ritual establecido que cuenta con millones de adeptos en todo el planeta. En fin…

Lo que no se le puede negar a los Platino es que pretendan hacerse con un hueco en el panorama ocupado por sus homólogos europeos y norteamericanos y así lo defendió con entusiasmo y ardor guerrero Edward James Olmos, que para eso recibió el Platino de Honor. Le tengo simpatía a este actor. Llevo su nombre en mi memoria más asociado a su personaje Gaff, en Blade Runner, con su bastón y sus unicornios de papel, que a su teniente Castillo de la antigua serie televisiva Miami Vice, por la que ganó dos de esos premios a los que me refería, un Globo de Oro y un Emmy. También aparece en la secuela que espero con auténtica impaciencia, Blade Runner 2049. Olmos se mostraba muy optimista sobre el futuro de la comunidad que le agasajaba: “He visto la historia de los Oscar; en los años 20 eran 35 personas congregadas en un restaurante. Los Platino tan sólo en su primera edición en Panamá reunieron a miles de personas. En 10-20 años esto va a ser totalmente mundial”. Veremos.

Edward James Olmos, Premio Platino de Honor. EFE

La película triunfadora fue la argentina El ciudadano ilustre. La oxigenante comedia, un cruce bastardo entre las negruras de los hermanos Coen y nuestro Rafael Azcona con acento porteño, había ido recogiendo una cosecha de premios allá por donde pasaba: Venecia, Valladolid, México, La Habana, el Goya en Madrid, y se había quedado a las puertas del Oscar. Según reconocían en Pucela, los directores Gastón Duprat y Mariano Cohn se reían en las barbas de los ilustres académicos suecos que otorgan el premio más gordo, el Nobel, para ironizar sobre la cara absurda de los honores, las santificaciones y las subidas al altar de los escritores y artistas en general. Pero eso no les impedía regocijarse con la perspectiva de tener que ponerse la chaqueta y salir a saludar al respetable para agradecer que hubieran sido ellos los elegidos cuantas veces hiciera falta.  Además de Mejor Película y Mejor Guion, también se señaló la virtuosa exhibición actoral de Óscar Martínez, como el laureado novelista que vuelve a su pueblo natal para disfrutar las mieles del éxito y se desliza por una pendiente de pesadilla tan desternillante como patética. Como dije antes respecto a la imposibilidad de confrontar obras de arte, tanto la película como el intérprete son muy dignas merecedoras de cualquier reconocimiento, lo fastidioso es que siempre hay otras en la misma situación. Sin ir más lejos en este caso, el peculiar thriller-retrato de Neruda, de Pablo Larraín y el brillante poeta comunista chileno creado por Luis Gnecco. Vende más el sarcasmo ácrata que el compromiso político.

El equipo de El ciudadano ilustre. EFE

No me olvido de Sonia Braga, la formidable y veterana intérprete brasileña que recibió su Platino a Mejor Actriz por una película muy aclamada por la crítica que no goza de toda mi simpatía, Aquarius, aunque su protagonista es toda una bendición para la historia.

Por otro lado, los títulos acaparados por Juan Antonio Bayona, gracias a la estupenda Un monstruo viene a verme, ese cuento infantil-para-adultos- doloroso pero gratificante, no dejan de revelar una paradoja: se recompensa la excelencia de fotografía, arte, montaje y sonido en una coproducción hispano-norteamericana rodada en inglés con un elenco “escasamente” hispano. Lo positivo: hacemos las cosas tan bien como ellos; lo negativo: hacemos un cine muy parecido al que ellos hacen. Ellos son los vecinos del norte, los que amenazan con comerse todo el pastel si les dejamos. Para intentar evitarlo se crearon los Premios Platino. Qué se le va a hacer.

Dunkerque: impresionante espectáculo

Debo admitir que me hubiera gustado ser uno de los privilegiados espectadores que verán en una sala IMAX la última genialidad de Christopher Nolan, Dunkerque. En realidad, de todas sus películas anteriores ninguna me pareció, por unas cosas u otras, tan espléndida; sin duda ésta es la mejor, más espectacular y más redonda. En España no van a ser demasiados los que disfruten  teniendo en cuenta que, si no me equivoco, sólo quedan tres salas con este sistema de proyección de pantalla gigante, una en Madrid (Cinesa Parquesur), otra en Palma de Mallorca (Cinesa Festival Park) y la tercera en Valencia (en L’Hemisferic, Ciudad de las Artes y las Ciencias). Dunkerque podrá verse en las dos primeras.

No es que sea muy recomendable, para hablar de la excelencia de un filme, comenzar por resaltar las cuestiones técnicas, pero en este caso resulta inevitable por el empeño que le puso el director y por la magnitud de los resultados conseguidos. Rodar en 70 milímetros, en el viejo soporte de celuloide, exige una cámara de grandes dimensiones y reducida manejabilidad, lo que complica todo para que, al final, el 95 % de los espectadores de todo el mundo tenga que conformarse con ver la película en salas “normales”, salvo en ciento y pico lugares escogidos del globo.

En un pase de prensa organizado en la sede de Warner en Madrid la experiencia, pese a no proyectarse en el sistema IMAX, fue impresionante. No sólo porque la puesta en escena es de un realismo abrumador sino porque la poderosa banda sonora resuena en la caja torácica, la música se instala en el cerebro hasta parecer que regula el ritmo cardíaco y las detonaciones de las armas te hacen pensar que los casquillos van a atravesar el espacio invisible de la pantalla y salpicar a la sala. Una experiencia sensorial que Nolan quería a toda costa hacer vivir a los espectadores.

Christopher Nolan dando instrucciones durante el rodaje de Dunkerque. Warner

Imagino que la pantalla curva que sobrepasa el ángulo de visión debe de provocar algo bastante parecido al vértigo, particularmente en las escenas rodadas en el aire con aviones reales, Junkers, Messerschmitts, Supermarines Spitfires, etc. Del mismo modo, el desamparo de los personajes en el mar, de los ataques del enemigo (por cierto, no se hace hincapié en que es alemán), y a merced de las olas, en el interior de los buques, desencadena una desasosegante claustrofobia, con algunas secuencias realmente agobiantes y memorables. El miedo a la muerte y el impulso irrefrenable por sobrevivir, o por ayudar a otros a que se salven, son el motor que mueve a todos los personajes.

Pero todo este cúmulo de sensaciones nos resulta conocido. El cine siempre ha tenido la capacidad para suspender el ánimo de los espectadores, incluso el de los más aviesos descreídos. Hace falta más que esa habilidad técnica para que la película sea reconocida como superior. Y Dunkerque lo tiene. Un guion espléndido, una dirección de actores y un reparto extraordinarios, que mezcla jóvenes inexpertos con grandes comediantes aquilatados (entre éstos, Kenneth Branagh, Mark Rylance, Cylian Murphy o Tom Hardy), incluso Harry Stiles, cantante de la banda One Direction, que debía sacudirse de encima a las jovencitas durante la fase de promoción, demuestra saber llevar el uniforme y el personaje puestos en un papel de pocos diálogos.

El nombre que regala el título tiene amplias resonancias bélicas. Responde a un episodio histórico acontecido durante la 2ª Guerra Mundial conocido como “el milagro de Dunkerque”. Por supuesto, no tiene nada de milagroso y tampoco sirve para glosar grandes y heroicas gestas. Paradójicamente, es la historia de una evacuación tras la derrota que se celebra como una victoria por el número de soldados que salvaron la vida (aquí las cifras oscilan según las fuentes: entre trescientos y cuatrocientos mil soldados de los ejércitos aliados, principalmente británicos). No se sabe muy bien por qué Hitler no atacó con tanques a todo ese enorme contingente paralizado y rodeado en las playas de Dunkerque y dejó que únicamente lo hicieran sus aviones. Gracias a esa decisión táctica fueron tantos los que pudieron contarlo.

Christopher Nolan lo cuenta con maestría mediante un complejo mecanismo narrativo que aprovecha al máximo la potencialidad emocional del suspense. Junto a la eficacia de los medios técnicos arriba mencionados sirve para hacer vivir intensamente al espectador lo que se despliega en la pantalla. Perfectamente ensambladas las piezas, Nolan dibujo un fresco grandioso en el que las individualidades no sofocan ni ocultan el drama colectivo, aquí y allá convertido en tragedia.La acción se desarrolla en tres espacios físicos, tierra, mar y aire y en tres dimensiones temporales, una semana, un día y una hora. El montaje paralelo de los tres hilos argumentales a veces   provoca mínimos desajustes de continuidad y confusión.

Fionn Whitehead en un fotograma de Dunkerque. Warner

Pero el engranaje de lo visto y oído, en conjunto, resulta de un apabullante virtuosismo y espectacularidad que no deja un momento de respiro, una magnífica pieza de orfebrería narrativa, una obra maestra del género bélico a la que sólo puedo oponerle una objeción: ¿es acaso un peaje obligatorio en estos casos tener que añadir el colofón patriótico? ¿No se darán cuenta los autores de que los mensajes de cariz propagandístico desmerecen una obra imponente? No hace mucho comenté lo mismo a propósito de otra película extraordinaria (reportaje de Día de patriotas), que incurría con mayor gravedad en este defecto. Lo cual es un verdadero fastidio, pero en fin, habrá que aplicar el refrán: el mejor escribano echa un borrón.

Pueden encontrar un reportaje sobre Dunkerque en Días de cine, aquí.

Kedi (gatos de Estambul)

En estos casos conviene advertirlo cuanto antes: si a usted no le gustan los gatos, les tiene alguna inquina especial o prefiere no perder el tiempo con algo que considera completamente ajeno a sus intereses, no siga leyendo. Y por supuesto, ni se le ocurra ver la película de la que voy a hablar: Kedi (gatos de Estambul), que se estrena mañana viernes, 21 de julio. Sin llegar a esos extremos, si usted cambia de canal cuando en La 2 emiten documentales de animales es más que probable que tampoco le interesen ni este post ni la película correspondiente. A menos, claro, que esté dispuesto a descubrir algo desconocido, de que sospeche o tenga la sensación de que se está perdiendo algo especial relacionado con estos peludos.

Fotograma de Kedi

Uno puede ver una película en mil condiciones distintas, a cuál peor. Desde la micropantalla asesina de un móvil hasta la gigantesca superficie del IMAX, pasando por tabletas, ordenadores, pequeños monitores de tv, sentado en un coche mientras te meten mano, en los incómodos asientos de una terraza de verano… También hay otras opciones deseables, como una buena sala de cine con su sonido cojocuadraplus. Y luego están las situaciones insólitas como las que se dieron ayer en Madrid (La Gatoteca de Madrid) y Barcelona (Espai de Gats de Barcelona): rodeados de gatos reales viendo en la pantalla cómo se las arreglan los mininos de Estambul para dedicarse a su actividad preferida, que no es otra que los humanos les den de comer y un poco de cariño y a su vez les dejen en paz. No es una manera convencional de ver un documental de animales, pero es que éste no es un documental de animales convencional. Por desgracia, ustedes tendrán que conformarse con verlos rodeados de espectadores con barba o sin ella, al menos hasta que dispongan de su copia en soporte casero y puedan compartir la experiencia con sus propias mascotas.

Para empezar, nada de voces en off y explicaciones al estilo de National Geographic. En una megalópolis como Estambul, de casi 15 millones de habitantes, debe de haber unos cuantos gatos, a juzgar por las bellas imágenes, magnífica fotografía, del filme de Ceyda Torun. Viven a medio camino de la condición salvaje y del gato doméstico, con dos patas en el medio humano y las otras dos a su santísima bola. El paraíso terrenal, según parece, porque si nos fiamos de Torun, las gentes de Estambul les adoran y respetan. Ni Dios, ni dueño, y tan felices. La cantidad no nos importa; en este momento, desde luego, lo que cuenta es lo que reciben y lo que aportan al bienestar de los ciudadanos que se ocupan de ellos y les alimentan. La directora nos brinda una mirada respetuosa, encandilada, deliciosa y al ritmo plácido y sereno de sus protagonistas, que sólo en alguna ocasión muestran las garras para defender el territorio.

Se dice en el filme: “En Estambul un gato es algo más que sólo un gato. El gato encarna el indescriptible caos, la cultura y la personalidad única que es la esencia de Estambul. Sin el gato Estambul perdería una parte de su alma. Y no hay nada como esto en ningún otro sitio del mundo.”Para creerlo hay que detenerse a contemplar con detalle y deleite la escena en la que este pequeño felino está  como si no estuviera. De repente una mancha oscura que se mueve con filosófica discreción por la calzada o bien se instala, vigilante, en un lugar elevado de los destartalados edificios desde el que el gato ve y observa a todo lo que se mueve a sus pies. A veces la cámara sobrevuela la ciudad. Otras veces sigue los pasos de un animal que se diría familiarizado con ella desde siempre; como un actor que se precie, sabe que no debe mirar nunca hacia el objetivo y camina en busca de su sustento diario, el que los humanos anónimos le procuran con simpatía. Y si no le basta lo que recibe de manos de las personas, explora el territorio y encuentra su botín en bolsas de basura, lo necesario para alimentar a su prole, y corre presto a alcanzárselo.

¿De dónde extraen los gatos de Estambul, como el resto de los gatos del mundo, el coraje para aventurarse y sobrevivir, incluso disfrutar, en una jungla tan inamistosa como la urbana? De la suprema habilidad de escaladores, del nulo sentido de la agorafobia, ni la claustrofobia, del equilibrio inverosímil que les permite pasear sobre el filo del alambre. De siglos de observación y aprendizaje para detectar malos humores en algún energúmeno de la especie de bípedos con los que se mezcla. De siglos de observación para saber a qué buena sombra arrimarse para encontrar buen cobijo.

La cámara de Torun proclama la armonía de los encuentros entre humanos y felinos sin aspavientos ni pomposos discursos. Al contrario, juega sin complejos ni prejuicios las cartas de la sencillez y la humildad. Siempre habrá alguien que no se enganche con este aparente no contar nada. Pero sí cuenta cosas, pequeñas pero de una importancia capital para saber amar la vida, con su mirada plena de empatía hacia los gatos y las personas, muy atenta a la fascinación y el cariño que despierta en las gentes de Estambul.

Riña de gatos en Kedi

Cuenta la película las cosas que cuentan las personas que hablan allí porque son capaces de sentir amor, porque un día se libraron de la depresión cuando descubrieron la amistad de estos seres, porque son capaces de apreciar las virtudes que les adornan y pueden servirnos de ejemplo. Resulta curioso que los animales sean identificados por sus nombres y las personas no. El anonimato de esa buena gente que cuida a los animales sin esperar nada a cambio, salvo la beatífica sensación de paz que reciben de ellos, es todo un símbolo de la generosidad humana recompensada. Verles cuidar a los gatos que no poseen, de los que no son dueños, echarlos en falta si nos los ven, porque van y vienen con total libertad, es absolutamente enternecedor. De repente vemos a la gata Bengu defender su territorio y expulsar de sus proximidades a algún congénere, extremando las precauciones por sus crías. O dormitar despreocupadamente en la calle junto a algún can, contradiciendo la enemistad irreconciliable que se les supone.

Los minaretes de las conocidas e imponentes mezquitas agujererean los cielos de la ciudad. Un gato asoma entre las hojas de un jardín, otro sube sigiloso las escaleras de un barrio popular, más allá un tercero les contempla. Los ojos de los gatos son insondables y al contemplarlos uno se asoma a un pozo de misterio. Y luego, uno se topa con una gata y sus cachorros y queda desarmado porque la escena le pone en contacto con lo más primigenio, el amor de una madre, la inocencia de las crías, el milagro de la vida. Vean a este rudo marinero alimentar a los pequeños. Vean el cariño y el cuidado con que se aplica a la tarea. Acérquense y quizás descubran que con su actitud este buen hombre, amigo de los gatos de Estambul, desmantela la hipocresía y pone al descubierto la inhumanidad de las políticas de acogida a los refugiados. Si a ustedes les fascinan estos animales muy probablemente disfrutarán. Si no es así, permítanse el lujo de intentarlo. Tal vez lo consigan.

Fotograma de Kedi

Simios no tan monos

Siento mucho discrepar de la opinión crítica expresada en este medio por Daniel G.Aparicio. Lo bueno es que gracias a ello ustedes pueden tener dos puntos de vista diferentes.

Es lamentable que lo que más aprecie uno de una película sea el cartel. Aprovecho esa circunstancia para poder decir algo positivo de La guerra del planeta de los simios, por si luego no se me ocurre mucho más, que no quisiera yo ir de “destroyer” por la vida. Es un cartel fantástico en el doble sentido del término: en cuanto al género en el que se inscribe la cinta y como adjetivación de sus virtudes.

El careto de Andy Serkis trasmutado en César tiene la extraordinaria fuerza que en la acción se diluye como azúcar en agua, debido a un guion muy deficiente. Y la carita de la niña detrás del mono sugiere mucho mayor dramatismo, por contraste con él, del que luego encontramos en una historia cuya infantilización es la clave de una operación comercial que ha renunciado definitivamente a recuperar la línea de seriedad en la que se movía El origen del planeta de los simios (Rupert Wyatt, 2011) y no tanto su secuela, El amanecer del planeta de los simios (Matt Reeves, 2014). La elegante composición de la imagen en el póster remite por su lado izquierdo a un icono del relato original de El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968) y por el derecho sugiere unas connotaciones ogro-doncella que no guardan relación con la película pero resultan muy atractivas.

No es seria y sí muy decepcionante la tercera parte de esta última trilogía de El planeta de los simios que ha vuelto a dirigir Matt Reeves, un director que adquirió súbitamente prestigio gracias a Monstruoso (2008), una demostración de sabiduría narrativa y optimización de los escasos medios disponibles para una producción del género de fantasía, y Déjame entrar (2010) remake a su vez del homónimo sueco de 2008. No es seria porque no se puede saquear una obra maestra como Apocalypse Now, de la que se extrae gran parte del planteamiento argumental, reducido a un esquema mínimo, para contarnos una batallita de consumo infantil.

Y no es de recibo que Woody Harrelson parodie a Marlon Brando con su Coronel Kurtz de opereta al mando de un campo de concentración para simios, so pena de recibir un razzie como la copa de un pino, aunque no sé bien por qué concepto. Al lado de este campamento militar, la verja de Melilla es el no va más de la sofisticación y eficiencia en la vigilancia; ¡Es un coladero de doble dirección, entrada y salida! ¡Vaya mierda de campo es ése! Y se hace eterno todo el episodio, desde que llegan allí los simios que César conduce hasta el final. Por dios, ¿no había nadie que arreglara eso en montaje?

Hay quien ha creído ver en la construcción del muro que este coronel peripatético se empeña en levantar una alusión crítica a las pamplinas del auténtico Kurtz  que rige los mandos actualmente en la presidencia de Estados Unidos. Ya es echarle buena voluntad, puestos a buscar algo que elogiar. No digo yo que no tenga nada que ver, pero finalmente la metáfora, de haberla, no queda clara cuando vemos quienes asaltan el muro. Lo que sí es evidente es que la rebeldía de César, estandarte de lo más sano y progresista del relato, se convierte en simple deseo de venganza y lo conduce de nuevo, pues ya apareció en la entrega precedente, a un terreno de enfrentamiento entre el bueno y el malo, primando lo individual sobre lo colectivo, simplificando el conflicto de clases representado por la dualidad hombre-simio. De añadidura proyecta una sombra de duda sobre cómo los buenos cuando tienen el poder terminan pareciéndose a los malos.

Hay también algún mensaje peligroso sobre la inutilidad del sentido de la clemencia. Y si digo peligroso es porque estoy convencido de que el público que busca la película, su “target de audiencia”, ha bajado estrepitosamente de edad y con ello de interés para el público adulto, a quien la excelencia de los efectos visuales ya no sorprende ni justifica la paciencia que se le pide ante una narración morosa, no por escasez de acción, sino que, en ausencia de ideas nuevas que enriquezcan el planteamiento intelectual, nos regala un discurso profamilia tan simple como el mecanismo de un sonajero (¿existen todavía los sonajeros?).

El origen del planeta de los simios se ofrecía como una interesante hipótesis argumental capaz de enlazar con el clásico sin forzar sus estructuras; era original e independiente de él, y a la vez una brillante actualización, tanto en el plano de las ideas como de la puesta en escena, merced al uso inteligente de los CGI, los efectos visuales creados con la técnica de la captura de movimiento, o motion capture. En este comienzo de la trilogía se superponían reflexiones, tanto sociales como políticas, con digresiones morales sobre los límites de la ciencia.

En El amanecer del planeta de los simios se simplificaba el discurso de la rebelión de los oprimidos y se introducía la semilla que ha germinado en su continuación. Cesar tenía su compañera y un hijo en edad preadulta; Malcolm, por su parte, mujer e hijo adolescente. Los polos positivos representaban a la institución familiar, mientras que los polos negativos eran individuos sin pareja con ínfulas belicosas. Lo cual nos daba la clave de a qué público se dirigía la película: jóvenes y padres de familia a quienes no molesta que los efectos visuales, con su apabullante perfección, terminen por ser el auténtico protagonista. Si ya resultaba irritante que la mujer siguiera siendo, como de costumbre, un acompañante secundario del héroe masculino, ahora tan sólo aparece en edad infantil.

En La guerra del planeta de los simios están las faenas de Andy Serkis y su peña de monos, algunas localizaciones espectaculares y la primera batalla, al comienzo del filme, como elementos a destacar. Sobre la bondad de los efectos visuales ya está todo dicho y no creo necesario reiterarlo. A cambio, un guion que promueve la risa, pero por no llorar. Porque díganme cuando la vean si no es para echarse a llorar con el mono que parece un trasunto del robot C-3PO de La guerra de las Galaxias, sobre cuyas gracietas reposa el lado humorística. Las resonancias bíblicas acerca de la “tierra prometida”, y no quiero dar precisiones para no destripar nada, tampoco son un prodigio de sutileza e imaginación ni presagian nada bueno para sucesivas entregas. Lo dicho, decepcionante. Pero en el fondo no tan sorprendente.

Arte, fiesta y tortura

Se acabaron los sanfermines. Se acabó la bacanal, la orgía de alcohool, sangre de toro, deseos de sexo a veces mal reprimidos, a veces estúpidamente mal reprimidos, algarabía, fiesta, jarana y despendole. Muchos vecinos de Pamplona agradecerán por fin poder descansar. A mí las fiestas desparramadas con grandes multitudes me traen al fresco. Lo que me duele profundamente es lo que rodea a esos bellos animales que tenemos por símbolo de nuestra España: los toros, sometidos a un estrés infinito durante la carrera hasta la plaza y no digamos durante su sacrificio ritual en la corrida. Del resto, allá se las componga cada cual y apenque con las consecuencias de sus actos.

Este  estridente escenario de los sanfermines servía de telón de fondo a la trama de La trastienda, dirigida en 1975 por Jorge Grau, con guion de José Frade y Alfonso Jiménez. Imagino que no debió de ser fácil rodar en un contexto tan ruidoso y caótico porque yo he vivido cuatro años en Pamplona y lo conozco a pie y detrás de las cámaras de TVE transmitiendo los encierros, las idas y vueltas de las charangas y el mareante sinfín de actividades paganas y religiosas.

Los Sanfermines de 1975 en La Trastienda from patxi mendiburu belzunegui on Vimeo.

La trastienda tiene un papel muy singular en la historia de nuestro cine porque en uno de sus planos aparece por primera vez, fugazmente, visto y no visto, ya pueden estar atentos quienes quieran comprobarlo, un desnudo frontal completo, después de 35 años de miserable represión franquista. El honor de esta función pionera le cayó a María José Cantudo, la actriz que encendió el chupinazo de la fiesta del destape, época de sacudirse la caspa, sarampión necesario y obligado que tuvo sus momentos febriles y sus consecuencias positivas y negativas, que de todo hubo, como en botica.

María José Cantudo en un fotograma de La trastienda

Pero, por supuesto, Jorge Grau no había sido el primero en poner sus cámaras de ficción en tan incomparable marco. La adaptación de la novela homónima de Ernest Hemingway, Fiesta (Henry King, 1956) llevó a una Pamplona de mentirijilla reconstruida en decorados mejicanos a sus estrellas Tyrone Power, Erroll Flynn y sobre todo a Ava Gardner, que pisaría con mucho garbo las calles de Madrid para bebérselo todo entre 1952 y 1967. Hasta el Don Quijote que nunca pudo acabar Orson Welles visitó las embarulladas calles pamplonesas- Y Francesco Rosi se fue a la fiesta con el taurino título de El momento de la verdad (1965). Encierros imposibles los hemos visto en Cowboys de ciudad (Ron Underwood, 1991) y en Knight & Day, conocida en España como Noche y día, donde Tom Cruise le regala a Cameron Díaz una inmersión inolvidable en moto en los encierros pamploneses que se desarrollan ¡en Cádiz! Al menos a Cruise y a la doble de Díaz no se les puede negar el valor porque la secuencia se las trae y ellos estaban allí, motorizados y rodando entre los animales sin trampa ni cartón.

Del inenarrable encierro de Cowboys de ciudad, ¡qué se puede añadir a las imágenes! Juzguen ustedes.

Volviendo al toro, acudo a un enamorado del animal, el malogrado Bigas Luna. “El toro es para mí el gran símbolo de España. Representa la belleza de lo ibérico y es el protagonista de una de las grandes contradicciones de nuestro país: la corrida. Fiesta con grandes cualidades estéticas y emocionales, pero que para mí no puede entrar en el siglo XXI”.

Uno de esos iconos que Bigas introdujo concediéndole un espacio estelar en su filmografía fue el Toro de Osborne, estampa inigualable que se enseñorea por esas carreteras de dios, ajena a su origen publicitario y también, protegido por la coartada de su inmovilidad, al desgraciado sino que le aguarda a sus congéneres de carne y hueso. Fue en Jamón, Jamón, todo un momento feliz de descubrimientos: dos jovencísimos actores que hoy pisan juntos o por separado las alfombras del Olimpo, Javier Bardem y Penélope Cruz, y summa artis del director catalán cuyo imaginario al completo se deslizaba gozosamente por sus imágenes. El erotismo pegado a la piel de los actores, los pechos de Penélope con su insospechado sabor a tortilla de patatas, el aroma del Mediterráneo entero condensado en la pasión por vivir, comer y follar. Bajo la imponente figura de uno de esos toros de cartón se concentraba toda la fuerza vital que posteriormente estallaba en sexo y violencia. Jamón, Jamón, un hito grandioso en nuestro moderno cine.

JAMÓN, JAMÓN from Ovideo on Vimeo.

Javier Bardem, con la fuerza desbocada de su juventud e inexperiencia, se convierte en Raúl, aspirante a torero, y como tal protagoniza una de las secuencias memorables –son unas cuantas en este filme- que nos dejó Bigas Luna, impregnada de humor, sensualidad y noble fiereza: el cuerpo a cuerpo desnudo con una vaquilla a la luz de la luna, como pidiendo a gritos el acompañamiento musical de la célebre tonadilla… En otra secuencia Raúl tiene la desgraciada idea de emprenderla con los testículos del animal petrificado, derrochando energía destructiva, canalizada como suelen hacer quienes parece que se cayeron al nacer en un pozo de testosterona, batiéndose contra cualquiera o cualquier cosa que pudiera hacerle sombra a sus cojones.

Sobre la figura de ese icono, hoy consagrado, se discutió mucho en su día, allá por 1988. Algunas voces clamaban por su retirada de las carreteras y a punto estuvieron de conseguirlo, hasta que en 1997 el Tribunal Supremo, que como se ve a veces también acierta, dictó sentencia para su mantenimiento debido “al interés estético o cultural”. El cuadrúpedo ha sufrido las embestidas de otros animales bípedos en Cataluña, en Galicia y otros territorios, pero también ha visto cómo la imaginación artística lo tomaba como bandera de ideas más estimulantes.

El toro de Osborne. EFE

Por ejemplo, el toro de Osborne situado en Santa Pola (Alicante) fue transformado el 18 de mayo por un artista de Murcia, de nombre Sam3, en un gigantesco lienzo de 14 metros de altura sobre el que reproduce parte del Guernica de Picasso, para dejar sentado su pensamiento acerca de la tauromaquia a través de lo que simboliza la ciudad vizcaína: “El monstruo de la guerra fue retratado en 1937 y Guernica es sólo uno de sus nombres, le gusta pastar donde hay inocentes y desarmados. Tauromaquia de cobardes. Reverencia a #picasso”, dijo en su perfil de Facebook.  Al igual que Raúl-Javier Bardem en Jamón, Jamón, alguien decidió tiempo atrás arrancarle los testículos a este toro de mentira, tanto trastornado por las gónadas como anda por ahí suelto. En la plaza los toreros son más finos y sutiles cuando le cortan el rabo a su enemigo muerto, el símbolo al fin sigue siendo el mismo y no hace falta preguntarle a ningún psicoanalista para darse cuenta. Dice Sam3 que el de Osborne es como “un monstruo gigante como los molinos de Don Quijote, que nos vigila atentamente o nos da la espalda, que representa algo muy irracional y que nos caracteriza como gente del Mediterráneo”.

El toro de Osborne de Sam3 en Santa Pola (Alicante). Rafa Molina_EFE

La irracionalidad de un espectáculo en el que los asistentes se deleitan con el sublime arte de torturar y matar de un modo sangriento a estos bellos animales (hay desde luego muchas otras maneras más zafias de martirizarlos a lo largo de la geografía española) no puede tener justificación ni coartada alguna, hay que decirlo alto y claro cuantas veces se pueda para no incurrir en un silencio cómplice.

Lo decía Bigas Luna con sabias palabras que suscribo al 100% en un programa emitido en noviembre de 2009 , por Televisión Española, 50 años de… Iconos ibéricos, que pueden ver aquí:

“La muerte de un animal no es posible en los códigos de las nuevas culturas de esta época. El toro debe seguir siendo nuestro gran símbolo”. Un símbolo vivo, añado yo, respetado y protegido como cualquier otro animal, que es lo único que realmente puede diferenciarnos de ellos.

¡Coño, vaya procesiones!

Yo creía que la Fiscalía de Sevilla era una campeona del humor. Pensaba que, aunque sus miembros fueran muy religiosos, imbuidos de la misión que sólo la fe puede inocular en un espíritu puro, estaba vacunada contra el asombro que pudieran producirle las alteraciones de la liturgia católica en el apartado procesiones desde que John Woo rodó en aquella ciudad Misión Imposible II, allá por el año 2000.

 

Nuestro #CoñoInsumiso por bandera. Hoy #YoParo8M_malaga #NosotrasParamos #ParoInternacional

Una publicación compartida de Ester (@estercillapi) el 8 de Mar de 2017 a la(s) 11:51 PST

Recordemos la situación: Tom Cruise en plena faena como el agente secretísimo Ethan Hunt, viene de frotarse las caderas con Thandie Newton, la ladrona profesional Nyah Nordoff-Hal, que no sé a santo de qué se encuentra en la capital andaluza, y va a reunirse con Anthony Hopkins en una movida para recuperar un arma biológica, el virus Quimera y su antídoto. La secuencia es como para haber tomado medidas cautelares y pedir el secuestro de la película y los negativos: vemos a Cruise tropezarse con un cortejo religioso, una supuesta procesión que más bien parece un aquelarre en sincrética fusión con las Fallas valencianas, con sus imágenes ardiendo, con sus jóvenes uniformadas como falleras derramando pétalos de flor, mezclando penitentes con velas y alegres danzantes, con su cristo a hombros y unos cánticos inidentificables. ¡Hombre por dios, la Fiscalía no tuvo nada que decir ante esto! ¿Era o no era un atentado contra nuestra cultura y nuestras tradiciones?

Pues no, tragaderas enormes con la Paramount y Cruise/Wagner Productions. A saber si Tom Cruise no regalaría algún carnet de Cienciología para comprar silencios y miradas a otro lado. Yo pensé: claro, se lo han tomado con sentido del humor, como no puede ser de otra manera. Y resulta que eso es lo que buena falta les hacía ahora, más sentido del humor y menos mala leche. Porque hay que tener mucha mala leche para querer empapelar a tres mujeres, meterles una multa de 3.000 euros a cada una y acusarles de un delito contra los sentimientos religiosos cometido en 2014.

¿Qué hicieron de malo estas jóvenes con la “Procesión de la Anarcofradía del santísimo coño insumiso y el santo entierro de los derechos socio-laborales”? Según la Fiscalía pretendían “hacer mofa de los símbolos y dogmas para quienes profesan la religión católica”. ¡Qué hipersensibilidad sobrevenida! Si nos vamos a poner así. A mí, ateo y materialista como soy, me ofenderían los atentados contra la razón y el sentido común que suponen todos los ritos supersticiosos. Y de hecho así es, me ofenden, pero me aguanto, tolerante que soy.

A ver, vamos a ver: con humor se llevan mejor los sinsabores de la vida. Total, las mujeres portaron una gran vulva de látex (que no, vagina, como ha difundido la Agencia EFE, no hay que confundir el todo con la parte) en procesión por el centro de la ciudad, entonando sus cánticos, que al fin y al cabo es una parte de la anatomía de todas las vírgenes. Venerar esa parte me parece muy razonable, aunque yo soy de poco venerar. Y de poco procesionar.

Cada uno pasea en andas lo que quiere. Por ejemplo, en Japón les da por celebrar el primer domingo de abril el Kanamara Matsuri, que viene a ser el ‘festival del falo de metal’, con la ingenua pretensión de pedir fertilidad y bienestar para los matrimonios. ¡A quién se le ocurre! ¡Tendrían ustedes que ver el enorme falo rosa que pasean! Igual, si un día se le ocurriera a unos turistas japoneses de visita en Sevilla declararse fieles sintoístas y ponerse a practicar el rito, les enchironan por escándalo público.

 

¿Y qué me dicen del Reino de Bután, líder mundial en felicidad? Allí los budistas veneran hasta el paroxismo el miembro masculino erecto y eyaculante, que pintan en las paredes de sus casas o en cualquier sitio que Siddharta les dé a entender, coches incluidos. Vamos, que tampoco son únicos, ya que este símbolo de la fertilidad está presente en viejas culturas, desde Babilonia a Egipto, pasando por Grecia y Roma, sin ir más lejos.

Que las chicas decidan cantarle a su sexo, lo más fundamental, único e imprescindible que existe en la Tierra para perpetuar la especie, para dar vida a los seres humanos, para dar placer y también, ay, tanto dolor innecesario, me parece algo que un ciudadano avanzado, moderno y evolucionado debería comprender. Y nunca, jamás, penalizarlo.

 

El Santísimo Coño Insumiso ha salido a la calle a velar por nuestras almas. Amén pecadores

Una publicación compartida de Manu Nathaniel Fisher (@manu_nathaniel) el 28 de Jun de 2017 a la(s) 1:49 PDT

En el cine español, por no extenderme a todo el orbe católico, lo de las procesiones tiene guasa. Durante el franquismo hubo un buen número de películas en las que no faltó su secuencia de procesión porque era un ecosistema muy propicio. Digamos que el guion ganaba muchos puntos ante la autoridad competente.

En Nobleza baturra, de Florián Rey (1935) la comitiva acababa en pelea por una discusión, cosa que obviamente no hubiera podido suceder de haberse rodado cinco años más tarde, consumada la victoria, cautivo y desarmado el ejército rojo. Después los títulos se suceden: Malvaloca, de Luis Marquina (1942), El frente de los suspiros, de Juan de Orduña (1942), Currito de la Cruz, de Luis Lucia (1948), Cerca del cielo, de Domingo Viladomat (1951). Y unas cuantas más. Si hasta Juan Antonio Bardem en su obra maestra, Calle Mayor (1956) pone en escena, cómo no, en su afilada radiografía costumbrista de la sociedad, una procesión para propiciar un acercamiento entre sus protagonistas, el bandido seductor, José Suárez, y su pobre víctima, Betsy Blair.

Cartel y fotograma de Calle Mayor, de Juan Antonio Bardem

Su colega el inimitable maestro Luis García Berlanga, con quien escribió el guion de Bienvenido, Mister Marshall dirigido por el valenciano, también tiene su procesión en Calabuch el mismo año; se conoce que aún se llevaba mucho el rito en aquella época oscura.

Unos añitos más tarde, en 1971, época de tímida apertura con urgencias irrefrenables, José María Forqué ahondaba la grieta por la que comenzaba a colarse una brisa de aire fresco en el enrarecido ambiente de nuestro cine. La escasamente virginal Carmen Sevilla era paseada en una procesión pagana surrealista y desvergonzada, llevada en hombros por unos costaleros vestidos de romanos garrulos y acompañada de una cohorte de señoritas ataviadas con corpiños y ligueros y otras látigo en mano, insinuantes de ceremonias de comunión sadomaso. Un espectáculo, el de La cera virgen, que hoy nos parece asombrosamente transgresor. Parece que los obispos no daban abasto para sujetar las riendas de la feligresía que, acostumbrada al desfile marcial, en cuanto que ellos se daban la vuelta convertía en virgen a todo lo que se les pusiera por delante.

También Berlanga recurre al desfile en clave pagana, en la película más triste y pesimista de su filmografía, Tamaño natural (1974), singularísimo dibujo de la soledad y la misoginia rodado en París, con un Michel Piccoli, odioso y entrañable a la vez, enamorado de una muñeca hinchable, que unos desalmados emigrantes españoles le arrebatan para hacerla objeto de una violación colectiva.

Pero eso no era nada, puestos a desarticular el rito de pasear en andas a la Virgen lo que Mateo Gil puso en escena es según se mire más fuerte en Nadie conoce a nadie (1999), o al menos más violento. Les propongo que lo comprueben. No sé si la Fiscalía de Sevilla andaba dormida, era poco cinéfila o estaba ocupada con sus abonos en la Maestranza. Bien pensado y visto lo visto, no sé yo si de haberla rodado hoy no llevarían a Mateo Gil ante un tribunal, acusado de terrorismo iconoclasta. Por cosas notablemente más simples se tragaron unos días de trena unos comediantes que luego resultaron absueltos.

Que no son tiempos éstos de tolerancia sino de inquisición. La lucha por la libertad de expresión sigue siendo tan necesaria como en los tiempos del dictador, gracias a sus sucesores en el Gobierno y sus acólitos en las instancias judiciales, tan piadosos ellos.

Por favor, un poquito de cordura: ¡dejen en paz a las mujeres, que bastante les han jodido ya durante siglos!

Con tetas no hay paraíso

 

Modelos fotográficos llegadas al cine hay muchas y no son la mayoría las que llegaron para quedarse. De entre ellas a mí me deslumbraba Laetitia Casta, mucho antes de que la revista Lui le dedicara esta espléndida portada que he puesto aquí encima, un ángel caído de las pasarelas, revistas de moda y ese relumbrante submundo para emprender una saludable carrera de actriz, en la que ha demostrado en Francia tener mucho más que belleza. En España rodó Gitano a las órdenes de Manuel Palacios (2000), una película digna pero no muy cuajada con guion de Arturo Pérez Reverte, novelista y académico, ex reportero de TVE, y ciudadano polemista por vocación. Lamentablemente, en nuestro país se han estrenado pocas películas protagonizadas por ella; en una de las más interesantes, que data de 2010, encarnaba nada menos que a Brigitte Bardot para ser objeto de deseo de un artista de armas tomar: Gainsbourg: (Vida de un héroe), de Joann Sfar.

Laetitia Casta ha lucido entre sus atributos físicos una “poitrine”, que es como le dicen los franceses en fino a las tetas, de medidas rotundas y aspecto inmejorable. En belleza y medidas de pecho se parece a otra modelo mucho más joven y actualmente en boga, Emily Ratajkowski, que, pobre desgraciada, se queja de que su belleza le cierra las puertas del cine.  “Hay una cosa que me pasa y es que dicen ‘Oh, eres demasiado sexy’. Se vuelve en mi contra porque la gente no quiere trabajar conmigo por tener los pechos demasiado grandes”. Lo decía en una entrevista de la edición australiana de Harper´s Bazaar, con lo que venía a coincidir con muchas actrices que consideran que el físico es un hándicap que afecta sólo a las mujeres para labrarse una carrera digna en la industria.

Emily Ratajkowski. Foto Instagram

Vamos por partes. Lo de ser demasiado sexi y lamentarse por los inconvenientes es como quejarse de estar podrido de dinero. Parece que esta mujer lo quiere todo. Va a resultar que una chica de su edad y condiciones tiene menos posibilidades de abrirse paso en la jungla que otra menos agraciada. Charlize Theron contaba en la revista GQ algo parecido: “Cuando llegan los roles jugosos, y yo he estado ahí, la gente guapa son los primeros en ser eliminados del casting”. ¡Hombreeee! Igual estamos exagerando un poco. Digo yo que dependerá de lo que los papeles pidan. Además lo dice una actriz que demostró que una guapísima puede afear su aspecto de manera ilimitada (se veía francamente perjudicada en Monster, y eso le ayudó a ganar un Oscar) mientras que lo contrario, convertir en bellezón a quien no lo es, se me antoja mucho más difícil.

Seamos serios. Todos los actores y actrices están limitados por su físico y a todos les condiciona en mayor o menor medida. Los guapos para unos tipos de papel y los feos para otros; cada uno tiene lo suyo y contra esas limitaciones tienen que luchar o saber aprovecharlas. El encasillamiento funciona para todo el mundo, salvo para algunos elegidos y Anthony Quinn, que nació en Chihuahua, México, pero parecía el representante de todas las naciones en la ONU. Podía ser griego, indio, esquimal o lo que hiciera falta, revolucionario junto a Emiliano Zapata, pintor impresionista como Paul Gauguin, o llevar con garbo las sandalias del pescador en el Vaticano; y para colmo, hasta tío de Mahoma.

Sobre el volumen pectoral me sorprende lo que dice Emily cuando en Estados Unidos hay que buscar con el polígrafo de la verdad para encontrar actrices que no se hayan regalado implantes en busca de las proporciones soñadas –o exigidas-. Digámoslo rápido, Emily sedujo Ben Affleck cuando éste la descubrió en el videoclip que puso a la modelo en órbita, y sin duda no fue por el color de sus ojos. Haber participado en el enrevesado y algo tramposo thriller del siempre brillante David Fincher, Perdida (2014), es una baza incuestionable en su carrera que le debe a su explosivo y espectacular físico, porque eso es lo que requería el breve papelito que interpreta. Y a Ben Affleck se le pusieron ojos golosones cuando pujó por Emily. Nada de lo que avergonzarse. Algo con un poderoso valor de cambio que abre muchas más puertas que las que cierra.

El videoclip en cuestión, era tan de caerse de culo que hubo que hacer dos versiones porque en la primera las chicas que bailaban junto a Robin Thickle y su artista invitado, Pharrell Williams, se mostraban demasiado desinhibidas, sin prendas que ocultaran más que la estricta franja triangular entre las piernas. Blurred Lines pasó a la posteridad y descubrió al mundo a esta divina criatura que se pregunta con toda ingenuidad: “Creo que hay madres que dicen a sus hijas que, aunque no sea su culpa, deben taparse más la próxima vez. Me niego a vivir en este mundo de vergüenza y disculpas silenciosas. La vida no puede ser dictada por las percepciones de los demás, y me gustaría dejar claro que las reacciones de la gente a mi sexualidad no son mi problema, son el suyo”. Claro que sí, Emily, con un par… Pero no confundamos las cosas. Había colgado aquí el videoclip original pero tendrán que verlo en este enlace. Tendremos que conformarnos con la versión adaptada a censores de vía estrecha, que sigue siendo muy estimulante para los sentidos.

El talento de Emily para la interpretación está bajo sospecha. O eso cree ella. No debería suceder lo mismo respecto a su inteligencia. Un dato que habla en su favor es que apoyó a Bernie Sanders en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos en 2016, y dijo que si ella hipotéticamente se postulara a la presidencia (¡angelita!), sería partidaria de redistribuir la riqueza en Estados Unidos. Eso está muy, pero que muy bien. Aunque la inteligencia no es un valor necesario para la interpretación. Pero bien podríamos entender todo este embrollo como una manera inteligente de llamar la atención sobre sus deseos de seguir haciendo cine.  Sobre sus capacidades al respecto, en We Are Your Friends, de Max Joseph (2015) hay quien considera que acredita ciertas aptitudes dramáticas y quien entiende que no va más lejos de lo que le permite sugerir a Zack Effron con el movimiento de sus caderas.

Yo no puedo opinar, bien que lo siento, pero el papel exige de ella lo que sobradamente tiene, por lo que parece perfectamente idónea para encarnarlo. Así pues, ¡de qué se quejará esta chica! Igual es que ha descubierto que con estar buenísima no basta para ser actriz y que le tomen en serio. Pero, tranquila, Emily, eso le pasa a todo el mundo. A David Beckham le pasó en el Real Madrid: muchos creían que siendo tan guapo no podía tener el guante que tenía en el pie izquierdo y luego descubrieron que estaban muy equivocados. Yo creo que con trabajo y talento te entornan la puerta del paraíso y si el que mira desde dentro ve por la rendija a alguien como Emily Ratajkowsi, forma y tamaño de tetas jugando a favor, la abre del todo sin perder un segundo de tiempo.

Emily Ratajkowski. Foto Instagram

El lujo veraniego de Cibeles de Cine

El viernes pasado se inauguró Cibeles de Cine, cuarto año consecutivo de una iniciativa de Madrid que ojalá pudiera ser exportada a muchas otras ciudades. Si tenemos en cuenta que incluso en algunas capitales de provincia ya no hay salas de cine y en muchas de ellas el cine en versión original subtitulada es un lujo inaccesible esto no deja de ser en un desiderátum; pero qué haríamos si perdiéramos el aliento idealista. Lo de aquí se desarrolla en un escenario suntuoso y a un precio razonable, entre cinco y seis euros: la espléndida Galería de Cristal de CentroCentro (Palacio de Cibeles).

El beso, de Jacques Feyder (1929), uno de los fundadores del realismo poético en el cine francés, autor de la conocida La kermesse heroica (de 1935, se reestrenó en España en los 80 con gran éxito), abrió la programación a las 22:00 horas. Protagonizado por ese monstruo de belleza andrógina, tanto da en el cine silente que en el hablado, que fue Greta Garbo, la proyección se enriqueció con un acompañamiento musical al piano de la mano del especialista en proyecciones-concierto de films de cine mudo Ricardo Casas. Y la entrada fue libre, con lo que el éxito de asistencia estaba cantado, ¿quién dijo que el cine mudo no interesa?

Además de la amplísima y variada oferta cinematográfica en Cibeles de Cine, que se extiende hasta el 7 de septiembre, tienen lugar numerosas actividades paralelas vinculadas con la música, la literatura y la ciencia y se completa con una oferta gastronómica basada en el asunto temático de las películas. Hay también charlas, debates y actuaciones musicales para desbordar el concepto de sesión de cine al uso, algo que destierra el fantasma del disfrute masturbatorio y solitario en la pantalla de casa. Ayuda mucho a ese fin la zona de bar-terraza, para comentar al fresco los previos o los post al visionado.

Todo esto está muy bien, pero sería música celestial que se desvanece en el éter si no se acompaña de buenas películas. Veamos.

En los ciclos se proyectarán películas de cineastas consagrados como Aki Kaurismaki, Bruno Dumont, James Gray, Jim Jarmusch, Naomi Kawase, Paolo Virzi y Robert Zemeckis, entre otros. Súmenles títulos como la entrañable Yo, Daniel Blake, de Ken Loach (2016),  la perturbadora Elle, de Paul Verhoeven (2016) o la sorprendente Toni Erdmann, de Maren Ade (2016), que son de lo mejorcito reconocido por la Academia del cine europeo. Por otro lado, la emocionante El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra (2015) y la excelente Paulina, de Santiago Mitre (2015) representarán el palmarés de los Premios Platino del Cine Iberoamericano. No se me ocurre poner ningún pero a los nombres y títulos reseñados.

La sección ‘Panorama’ dará cabida al cine internacional reciente con la firma de cineastas consolidados y se verán títulos tan premiados como La La Land, Tarde para la ira o Un monstruo viene a verme. De este sugerente trío yo recomendaría todas; aunque la primera de ellas, el oscarizado musical que a mí me gustó pero sin tantas alharacas, lo haría con la boca un poquito más pequeña. En el mismo ciclo de ‘Panorama’, podrán encontrar La alta sociedad, una hilarante comedia de Bruno Dumont (2016), con un repartazo en clave estrambótica: Fabrice Luchini, Juliette Binoche y Valeria Bruni Tedeschi; o Goodbye Berlín, road movie adolescente -que a mí no me hizo ninguna gracia- del alemán de origen turco Fatih Akin (2016).

Otra de las secciones que ofrece un atractivo para la gente de buen comer es ‘Los martes gastronómicos’ en que las proyecciones irán acompañadas de degustaciones de bebidas y tapas del estilo de la temática de films procedentes de diversas cinematografías como Chef (Jon Favreau, 2014); Soul kitchen (Faith Akin, 2009); El festín de Babette (Gabriel Axel, 1987); Una pastelería en Tokio (Naomi Kawase, 2015); Julie and Julia (Nora Ephron, 2009); El somni (Franc Aleu, 2013); 18 comidas (Jorge Coira, 2010); La cocinera del presidente (Christian Vicent, 2012) o Deliciosa Martha (Sandra Nettelbeck, 2001). Yo hubiera añadido El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, de Peter Greenaway (1989), que no debería faltar nunca en un ciclo de estas características para poner la nota de color sarcástica y especialmente, la mejor de todas, La gran comilona, de Marco Ferreri (1973), eso sí que es una obra maestra de la confluencia cocina y celuloide, un manifiesto ácrata-suicida-burgués sobre el arte de comer y follar hasta reventar, literalmente.

Espectacular Galería de cristal de CentroCentro (Palacio de Cibeles)

Más madera: el jueves será el día dedicado a la música, los viernes se proyectarán cortometrajes después de las películas y los sábados habrá actuación de pinchadiscos cuando finalicen las sesiones. Y si se tienen ganas de oír interesantes –o no- reflexiones se puede asistir a conferencias a cargo de escritores como Lucía Etxebarría, periodistas como Fernando Méndez-Leite y Carlos F. Heredero, o cineastas como Marina Seresesky y Guillermo García, que presentarán sus últimos trabajos.

Suecia será el país invitado para inaugurar una nueva sección que en esta ocasión se llamará: ‘Espacio Suecia’, con la colaboración de la Embajada escandinava, que permitirá ver largometrajes inéditos en España, como Holy mess, de ‘Helena Berström’ (2016); Eternal Summer, de ‘Andreas Óhman’ (2015) o A serious game, de Pernilla August (2016).

En ‘Ecos literarios’, no se pierdan la mordaz comedia de los argentinos Mariano Cohn y Gastón Duprat  El ciudadano ilustre, (2016), Goya del año pasado a la Mejor película Iberoamericana. En la línea documental, entre otros trabajos, Miguel Hernández, de Francisco Rodríguez y David Lara (2010).

Por último, que ya me va pareciendo un exceso de propuestas tal que Cibeles de Cine terminará pareciéndose al Festival de Sitges, paradigma del gigantismo, también se podrá asistir a la exposición “Mi querido cine español”, de la Colección Lucio Romero, compuesta por 25 carteles originales que recogen todas las tendencias y movimientos del cine nacional clásico. No me dirán que no es un auténtico lujazo poder hacer frente a los rigores veraniegos con todo este arsenal. Y aún dicen que el cine es caro.

Cierro con un vídeo homenaje a David Bowie del año pasado.