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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

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Condones en serie

En Francia las autoridades educativas, tentadas de promover una campaña para que los villanos en la ficción se adecúen a unas normas de conducta que puedan servir de ejemplo para los escolares, se preguntaban por qué los personajes tienen que fumar tanto en la pantalla. Siguiendo ese patrón, en España quizás deberíamos ver desaparecer de la escena las copas nocturnas  -y no digamos las rayitas blancas-. O sea que los chorizos pidieran en la barra del bar un vaso de colacao mientras deliberan sobre sus fechorías. O los banqueros y políticos corruptos tomaran una horchata, acosados por su conciencia.

¿Y en Estados Unidos? Allí, ya saben ustedes lo que les preocupa más que ninguna otra cosa. Antes de que se desatara la madres de todas las tormentas con las revelaciones que han puesto en la picota a Harvey Weinstein y a un número creciente de sospechosos y acusados de abusos sexuales, este verano algunos medios se hacían eco de otra polémica, otro pequeño terremoto con epicentro en el bajo vientre, aunque la intensidad de éste sólo fuera un tímido presagio del que llegó después. La cosa iba de látex, de condones, o sea.

Siempre que hay una polémica hay un acusado de faltar a las buenas maneras. Esta vez le tocó la china a la cadena HBO, cuya serie Insecure ha hecho gala al parecer –espero la confirmación por parte de Cecilia García Díaz-  en sus dos temporadas emitidas de frecuentes situaciones eróticas en las que ni dios hacía ademán de echar mano al bolso o al bolsillo para extraer un profiláctico… O sea, lo normal, porque que yo sepa, es tan difícil ver una goma de esas en cine y televisión como ver en chirona a quienes ustedes y yo sabemos. Y algunos espectadores, de esos que enarbolan la lupa para examinar y denunciar cualquier mínimo detalle que pueda ser censurable según su muy estricto sentido de la moral, protestaron por tan escasamente saludable costumbre. Vamos, se quejaban de que los personajes se mostraban en sintonía con el título de la serie (Insecure) y no practicaban safe sex (sexo seguro), lo que a su entender es muy malo para la educación de los jóvenes.

Ya lo ven, el adoctrinamiento juvenil de nuevo como pretexto para convertir el reino de la ficción en el patio de recreo de un seminario. Uno de los responsables de la serie, Prentice Penny, aducía en Twitter que sus personajes estaban “protegidos” el 99% del tiempo y que 28 minutos para contar una historia en cada capítulo tampoco daba para mucho. No es que fuera la mejor estrategia defensiva, pero una semana más tarde, tras la emisión del episodio 4, la creadora y estrella de Insecure, Issa Rae, lo empeoró: “Tendemos a colocar condones en el fondo de la escena o que estén implícitos en ellas. Pero prestamos atención a sus comentarios (los de los espectadores quejicas) y lo haremos mejor la próxima temporada “. Parece estar pensando a aplicar una variante del llamado “product placement”, pero en plan campaña educativa, cambiando la Coca Cola o el portátil de Apple por unos preservativos descuidadamente olvidados en un rincón del sofá.

Como ven, todo un despropósito. A este paso se le pedirá a los guionistas de Juego de Tronos que si puede ser no se carguen a tantos personajes porque va a parecer que están haciendo apología de la pena de muerte y en Estados Unidos ya tienen ellos suficiente con la que pregona Donald Trump.  ¿Y qué me dicen de The Deuce? ¿No se estarán pasando con tanta prostitución y tanta palabrota? Estamos llegando a un nivel de puritanismo y tontería que como no lo impidamos entre todos vamos a terminar por echar de menos los tiempos en que se nos advertía en Televisión Española con unos rombos de la clasificación moral de lo que íbamos a ver. Aquello era el reino de la libertad comparado con lo que nos amenaza.

Ni el porno se libra de estas pretensiones. La última marea de los preservativos llegó a las costas del porno californiano hace ahora poco más de un año pero los electores rechazaron una propuesta, la Proposición 60, que pretendía obligar a los actores de tan próspera y al tiempo controvertida industria a usarlos en el desempeño de su profesión. Allí el fantasma agitado era el SIDA, que es ciertamente un peligro serio cuando se trata de intercambiar fluidos a diestro y siniestro, y la propuesta partía del presidente de la Fundación de Salud AIDS. La paradoja del caso es que este señor se llama ¡Michael Weinstein! Aunque no parece que sea el hermano oculto de Harvey y Bob.

GTRES

Los consumidores reales y parte de los potenciales dijeron, por un 54% de los votos contra el 46%, que hasta ahí podíamos llegar, que una cosa es que no hubiera más remedio que tomar precauciones en la vida privada y otra que hubiera que hacerlo hasta en las más íntimas fantasías, que así no había quien calentara motores como dios manda. Pero además, el señor Weinstein no se conformaba con echar agua al fuego de la pasión pornográfica, pretendía también convertir en delatores a los consumidores y les animaba a denunciar a los actores que se saltaran a la torera estas barreras contra la promiscuidad sin protección.

Ya lo sabemos, en lo tocante a desandar caminos de libertad de expresión todo es dejar a los gobernantes ponerse. Y si no que se lo pregunten a los que están pagando con cárcel la aplicación a modo de la Ley mordaza. La censura silenciosa es la Quinta columna del totalitarismo infiltrada en la democracia. Yo no gano para llamar la atención sobre las fechorías de Facebook e Instagram, o viceversa. Mi reciente post, una inocente defensa de quienes reivindican dar la leche materna en su envase natural, también ha sido censurado por el Libro de Caras, o como se diga, de Zuckerberg con este inverosímil argumento:

¡Habráse visto semejante sandez! ¿Ven ustedes algún parecido entre esas normas y el objeto prohibido al que las aplican? ¡No tienen ninguna vergüenza!

¡Provocación! Sí, pero…

El presidente del PP de Gipuzkoa, Borja Sémper, dando muestras de una mano izquierda que habrá causado asombro en las filas de su partido, no quiso sumarse a la ola de críticas cosechadas por una película ¡antes de verla!, Fe de etarras, de  Borja Cobeaga, porque “se trata de un filme que se ríe de ETA”, lo que según él es todo lo contrario de un apoyo o aval a la sangrienta organización terrorista. A más de uno ha debido de dejar alucinado con tal exhibición de lucidez. A mí el primero. Una vez recompuesto, me apresuro a felicitarle, sin que sirva de precedente.

Publicidad de Fe de etarras en San Sebastián. EFE

Como la película aún no se ha exhibido en el Festival de San Sebastián, pues comienza hoy (el día 28 habrá un pase para la prensa y el 29 otro abierto al público en el Velódromo, antes de que se estrene el 12 de octubre) y los detractores no pueden agarrarse a lo que en ella se diga o deje de decirse, la polémica ha saltado por la campaña de publicidad que Netflix España, la plataforma de video online, que la coproduce con Mediapro, ha tenido la gracia de soltar en modo bomba de neutrones, algo en lo que se ha venido especializando en ardua competencia con Oliviero Toscani, el director creativo de la marca United Colors of Benetton que provocó terremotos con sus conceptos fotográficos en los años 80 y 90.

Toscani era audaz e imaginativo y tenía un gusto estético que derrochaba en sus campañas, en las que lo único que resultaba tan ajeno como un inodoro en la jaula de un tigre era la marca de las prendas de ropa que ensuciaba discretamente una esquinita de las fabulosas imágenes. Se justificaba argumentando que él era un testigo de su tiempo, lo que no es poca cosa y además bien cierta. Pero el choque brutal entre el fin, vender un objeto de consumo, y el medio utilizado, atraer la atención del consumidor a costa de golpear sus ojos –y su conciencia, ojo, que es la coartada perfecta- con imágenes de un impacto (palabra que aborrecía) con frecuencia avasallador, levantaba ampollas en unos y suscitaba dudas metódicas en otros; a nadie, en fin, dejaba indiferente.

Algunas campañas de Olivieron Toscani para United Colors of Benetton

Ésta era la consigna, darle la razón a Oscar Wilde en una de esas frases lapidarias con que se adornan los pedantes: “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti”. El enemigo número uno de la publicidad es la indiferencia, el primero al que hay que derrotar. La cuestión es si todas las armas están permitidas. La respuesta, por supuesto es que no. Pero tampoco se puede vivir tratando de evitar el roce en la hipersensible piel de todos los públicos o colectivos. Porque de lo contrario, la publicidad no existiría; es imposible no molestar a alguien. De esto ya hablé tangencialmente en un post que titulé: ¡Cielos, un culo!

Como decía, Netflix viene provocando las risas de unos y el llanto de otros con sus provocativas campañas publicitarias. Personalmente a mí pueden encuadrarme entre los primeros. Su gigantesca pancarta colocada en la Puerta del Sol de Madrid para familiarizarnos con Narcos (su serie televisiva, no el partido del Gobierno) con el eslogan “Oh, blanca Navidad” y el posterior en agosto “Sé fuerte. Vuelve Narcos”, me parecieron muy ocurrentes, pero más blandos de lo que el ruido provocado hacía suponer. Además, el segundo jugaba con ventaja: a Mariano no le gana nadie en marianismo y deberían pagarle derechos de autor, pero seguro que no los pide porque está muy atareado con el follón que le han montado por su irresistible dontancredismo en Cataluña.

Campaña de Netflix para la serie Narcos en la Puerta del Sol de Madrid. (SKYLINE WEBCAMS)

A los que no ha hecho ninguna gracia la campaña de Fe de etarras es a las asociaciones de víctimas del terrorismo, uno de cuyos portavoces, Francisco José Alcaraz, siempre en guardia con cualquier cosa que se aproxime a tan resbaladizo terreno, declaró haberse sentido ofendido. Más extemporánea ha sido la Asociación Profesional Unión de Guardias Civiles, que ha presentado una querella ante la Audiencia Nacional en la que acusa a Netflix de “humillar a las víctimas del terrorismo” con el cartelón promocional colgado estos días en San Sebastián.

Obviamente, pedirle a las personas afectadas por el felizmente superado fenómeno terrorista que le pongan un poco de humor a la vida no resulta fácil. Es comprensible que pueda escocerles y tienen todo el derecho a manifestar su enfado. Hombre, hasta el punto de pretender que nadie pueda hablar de ello bajo otra perspectiva que no sea la suya, y pedir a la justicia que tome cartas en el asunto… ahí sí que se han pasado de la raya. Además, de lo único que se puede acusar a esa campaña publicitaria es de venir en el peor momento a pisar el callo de los patriotas, que tienen los ánimos un poquito alterados por el mencionado carajal del “procés”, no se sabe si por ese poquito de mala leche de la que presumen o por un mal calculado sentido de la oportunidad. A los demás, a los que estamos hasta el gorro de tanta chorrada nacionalista de un lado y de otro, nos aporta una brisa de entrepierna, o como dijo aquél, nos la refanfinfla.

Yo no he podido ver la película todavía, por supuesto, y por tanto sobre la cuestión de fondo no puedo hablar. Pero me fio mucho de Borja Cobeaga, el director, un tío que supo encontrar la cuadratura del círculo en el mismo foso de reptiles con su película Negociador (2014) de la que yo decía en Días de cine de TVE: “Cobeaga cocina un plato frío en tono de thriller político salpimentado de chispeantes situaciones burlescas. Se aproxima al abismo del desmadre y se contiene dos pasos antes”. Y añadía: “… merece el aplauso por atreverse a franquear un terreno indefinido, un espacio imposible por el que transita su película, que no deja de sorprender por la delicadeza con que juega con humor y tragedia como si fueran las dos caras de la misma moneda de la vida. No hay etiqueta genérica que describa con exactitud la propuesta de Negociador… a caballo entre la comedia bufa y la dolorosa tragedia que para la sociedad  vasca representa el terrorismo”. Si Fe de etarras se acerca a los logros de Negociador todas las protestas habrán sido completamente injustificadas. Tan sólo hay que poner un poquito de paciencia y esperar a ver la película. Y mientras tanto, reflexionen sobre lo que dice Borja Sémper, que en esto no es sospechoso.

Dos Trueba y un infame boicot

Escuchaba a David Trueba en La Sexta Noche hablar de su último libro Tierra de campos a unas horas intempestivas, como es preceptivo cuando se trata de introducir la cultura en un medio que parece haber inventado el género del “debate político en un gallinero”. Provocó mi decisión de leerlo no tanto por la novela en sí como por la sensación de cordura, inteligencia, tolerancia y compromiso social que transmite este hombre, polifacético, sí, pero en mi escala de intereses sobre todo cineasta.

Seguramente miento un poco sin pretenderlo, seguramente el argumento de la obra, que él esbozó sin afectación, con gracia y sencillez, jugó un papel importante en el cúmulo de estímulos que se entrelazan para que uno sienta que esa lectura encierra promesas de satisfacción intelectual.

“Últimamente pienso mucho en la muerte. Pero de ahí a despertar con un coche fúnebre a la puerta de casa va una notable distancia”… Daniel, el protagonista de Tierra de campos se ve en la tesitura nada deseable de tener que realizar un viaje en el interior de un coche fúnebre y en compañía de un cadáver y un conductor ecuatoriano. Que el cadáver fuera no hace mucho su propio padre en vida no contribuye a desdramatizar la situación ni a hacerla más llevadera, es cierto. Que Daniel haya crecido de niño en un barrio humilde y que más tarde se embarcara en la vorágine de rock, drogas y sexo, aproxima la historia a los contornos de mis vivencias indirectas durante mi propia juventud. Sí, esta novela tendré que leerla.

Mientras tanto, reparo en la dedicatoria que David Trueba regala a su hermano: “Para mi hermano Fernando, que nunca sigue los caminos que llevan a Roma”. Estoy seguro de que el alcance del brindis será mucho mayor, pero no puedo evitar relacionar ese pequeño homenaje con el descomunal varapalo sufrido por el director de La niña de tus ojos (1998) con su mucho más que digna secuela La reina de España. Si la primera fue la gran triunfadora en la XIII edición de los premios Goya, 18 nominaciones que se tradujeron en siete cabezones, entre ellos el de Mejor película y el de Mejor Actriz protagonista (una excelsa Penélope Cruz), la segunda colocó al director en la diana de la reacción, le convirtió en el pim pam pum de los fanáticos y a la postre ocasionó un roto en las finanzas de la producción de magnitudes bíblicas.

Fernando Trueba. EFE

Hagamos memoria: todo el mundo conviene en que el desastre se incubó el 19 de septiembre de 2015, en el marco insospechado del Festival de cine de San Sebastián. Fernando Trueba recibía el Premio Nacional de Cinematografía de manos de un Ministro de Cultura, Iñigo Méndez de Vigo, que escuchaba atónito, con ojos de no dar crédito, la prédica del cineasta agasajado, que estaba dispuesto a no caer en el tedio y la rutina habituales en estos casos aunque en ello le fuera la vida. Quiso hacer un discurso divertido y rompedor, al estilo de aquella confesión de fe en Billy Wilder, cuando lo del Oscar por Belle Epoque, y a fe mía que sí rompió moldes, ¡parecía haberse propuesto propinar una patada de defensa central a un nido de avispas! “Nunca me he sentido español, ni cinco minutos en toda mi vida”, dijo con todo el cuajo de quien suelta una “boutade” mientras se toma un whisky.

Es lo malo que tiene la socarronería, que los militantes de la intolerancia no le pillan la gracia, porque ellos desconocen el significado del concepto. Se la tuvieron guardada y le esperaron pacientemente. En Valladolid la plataforma Hazte oir, la que no hace mucho paseaba autobuses humillando a niños transexuales, reunió 22.000 firmas para que la SEMINCI le negara a Trueba su Espiga de Honor. Fue el primer aviso. Y cuando llegó el estreno de La reina de España le devolvieron el chiste envuelto en una gran vomitona de odio llamando al boicot en las redes sociales.

Hacía ya tiempo, tal vez desde el caso La pelota vasca, la piel contra la piedra, de Julio Medem, que los patriotas de su propio cortijo no se movilizaban contra una película con tanta saña. El estruendo de furia creó un caldo de cultivo en el que solo faltaban los comentarios de los gacetilleros y el rechazo de los críticos. Los opinadores se unieron en un coro dispuestos a convertir al filme de Trueba en uno de los más infravalorados de la historia de nuestro celuloide. ¡Qué ojo tuvieron! No conseguí leer nada favorable. El domingo pasado decidí vacunarme contra el virus de la confusión y me propuse romper una lanza por esta comedia agridulce y pese a todo vitalista, como lo son el resto de películas firmadas por su autor, que probablemente acuse la ausencia de Azcona en su libreto.

La reina de España no alcanza el nivel de comicidad que desplegaba La niña de tus ojos y se torna sensiblemente más melancólica, que es la manera suave que se me ocurre de cifrar la amargura de un marco referencial como la construcción de la desdichada cruz de El valle de los caídos, sin contar con que Blas Fontiveros, el personaje que interpreta Antonio Resines, ha sido dado por muerto por sus compañeros tras pasar una temporada en el campo de concentración de Mauthausen y termina dando con sus huesos en aquella infame fosa común erigida como mausoleo del dictador.

Storyboard de La reina de España

Un diseño de producción que ya se anticipa delicioso en los créditos iniciales, con las imágenes históricas coloreadas entre las que se cuelan algunos personajes del filme, y una excelente ambientación en la que se integran el magnífico reparto (mención especial para penélope Cruz y Santiago Segura) y un nutrido número de extras alfombran el discurso, éste sí sincero y muy sentido, de homenajes varios que Trueba despliega en su película: homenaje al cine de la época, cuando en pleno franquismo desembarcó Samuel Bronston con su Hollywood a cuestas; homenaje a los operarios y trabajadores casi anónimos de aquella casi industria, a los ciudadanos en general, víctimas y resistentes al régimen de aquel general genocida. Y homenaje también al maestro de efectos especiales, Emilio Ruiz, con la magia de sus bellas transparencias, imprescindible en las producciones extranjeras rodadas en España, como Espartaco (Stanley Kubrick, 1960) o Lawrence de Arabia (David Lean, 1962).

El guión es sin duda la pata más corta, porque la trama flojea en la solución al enredo, en una película repleta de momentos felices, de humor que nunca busca la carcajada y tan solo patina en el grosor de la línea en alguna secuencia (la de la violación de Jorge Sanz, por ejemplo), pero que se reserva el momento más emocionante, acertadísimo en el duelo Penélope Cruz-Carlos Areces, para dejarnos esa potente foto polaroid del tirano cuando se encara con la dignidad de la actriz. Guiños cinéfilos como el guionista “blacklisted”, que encarna Mandy Patinkin, el sosias con parche en el ojo de John Ford (Clive Revill), o la inspiración en el proyecto no realizado de Bronston (a quien vemos con el rostro de Arturo Ripstein) de una Isabella of Spain escrito por el historiador comunista John Prebble, yo los tomo como nutrientes, tal vez no del todo afinados, de una ficción cuyos elementos ideológicos son inevitablemente “progresistas”, y de puro evidentes algunos han considerado como autocomplacientes.

Fernando Trueba y Penélope Cruz. Universal

Aun con sus flaquezas, La reina de España es una imagen especular dignísima, más triste y amarga de La niña de tus ojos, esa maravilla de la que toma prestados las líneas generales de la trama y los personajes  trasladados desde Berlín a Madrid. La comparación entre ambas no puede, no debe ser una carga pesada sobre los hombros de la primera, que por sí misma, estoy seguro, será mucho mejor valorada en el futuro.

Terroríficas polémicas religiosas

Hoy es jueves santo. Ateo irreverente como soy, no sé muy bien lo que puede significar que un día sea santo. Tengo que echar mano de la memoria de mi educación cristiana, o por mejor decir, católicoapostólicoromana para ubicar y deglutir una idea tan abstracta e irreal como la de que un día pueda ser santo o santificado. Pero en fin, ya nos entendemos.

El caso es que el jueves santo se inserta en la semana santa, para algunos tiempo de vacaciones y ocio, santa liberación; para otros, intuyo que cada vez menos, tiempo de arrepentimiento de sus pecados, de devociones, de misas y procesiones; para los más, tiempo de viajes y turismo. La semana santa durante los algo alejados años de mi infancia era tiempo de muchas imposiciones y tiempo también de películas obligadas en televisión. Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951) y Ben-Hur (William Wyler, 1959) caían de todas todas en la programación de Televisión Española. En épocas más recientes se suavizaron las ataduras, se añadieron títulos como Gladiator (Ridley Scott, 2000) o algunos más heterodoxos en las cadenas privadas, como La pasión de Cristo (2004), que provocó en su día tanto caudal de polémicas como litros de falsa hemoglobina consumidos durante el rodaje.

La controversia ya se vio venir desde el primer momento porque Mel Gibson, tan dado como director a los excesos como en su vida privada, apostó a fondo por buscarla desde el origen mismo del proyecto. No sabemos si por un afán de armar ruido o por el prurito de atenerse a un rigor muy inusual, La pasión de Cristo no se hablaba en inglés, como mandan los cánones de toda superproducción, sino en hebreo, latín y arameo. Esto le daba un superlativo carácter realista a la acción desarrollada veinte siglos atrás.

Pero lo que resultaba aún más hiperrealista y por tanto escocía como un demonio era la representación de la violencia desatada de una banda de clérigos secundados por el “populacho” contra un individuo que se hacía llamar “hijo de Diós”. Los latigazos resonaban contra la piel de James Caviezel de tal manera que dolían como si uno mismo recibiera alguno de vez en cuando; la sangre  esculpía a chorros el rostro del actor como si la corona de espinas la hubieran comprado en una tienda de todo a un euro, o fuera obra de un enemigo suyo que hubiera aprovechado la ocasión para vengar viejas ofensas.

Jim Caviezel hecho literalmente un cristo

A mí, que no me interesaba nada la supuesta dimensión sacra de la historia, la película me pareció un poderoso y eficaz alegato contra la manipulación salvaje de las masas por parte de los dirigentes religiosos, la capacidad infinita del ser humano para provocar daño y dolor a un semejante, la cara más atroz escondida tras las creencias y doctrinas más bondadosas. Previsible, pues, que a las altas instancias de las Iglesias no les hiciera ninguna gracia. Unos porque veían antisemitismo, a otros porque no les gustaban algunas licencias perversas que se había tomado Gibson. Opiniones para todos los gustos y polémicas que alimentaron el fuego de la campaña publicitaria y convirtieron a la película en un éxito mundial.

Recordando polémicas provocadas por el contacto de lo cinematográfico y cualquier elemento religioso me vienen a la memoria dos muy particulares. Una de ellas, ya remota, es el estreno de un Godard que resultó provocador pero por motivos sorprendentes: Yo te saludo, María (1984). Provocación y Godard son términos casi redundantes, pero en este caso las ofensas que mortificaban a los ultracatólicos que se manifestaban ante las taquillas de los cines Alphaville de Madrid (así se llamaban los hoy conocidos cines Golem) se debían a la muy beatífica visión del mito de la virginidad de María que el director francés ubicaba en esa época moderna.

Recuerdo bien, porque yo vivo al lado, ver a un grupo pequeño de fascistas, acompañado de algunas monjitas belicosas, atosigar a los inocentes espectadores que guardaban cola para ver a la delicada Myriem Roussel convertida en madre sin haber conocido varón. Eso después de que el día del estreno casi un millar de energúmenos consiguiera que se suspendiera una de las sesiones. El cartel, un portento de sensibilidad y sensualidad, presentaba una imagen irresistible para unos y para otros por motivos completamente contrarios y aventuraba sueños o pesadillas según el lado de la calle en que se encontraran.

La otra polémica que tengo a mano es la suscitada en la muy beata ciudad castellana de Palencia, concretamente en el marco de su festival de cortometrajes “Terroríficamente cortos”. Esto data del mes de octubre del año pasado. Resulta que la carencia total del sentido del humor combinada con la tendencia irrefrenable a considerar como patrimonio privado e intocable todo lo que tenga que ver con la iconografía cristiana provocaron un incendio cuya cerilla fue el trofeo que la organización había ideado para el certamen.

El Cristo del Otero es una escultura enorme de Victorio Macho que preside un cerro a las afueras de la capital palentina y la estatuilla, que pretendía homenajearle con ocasión del 50 aniversario de su fallecimiento, convenientemente adaptada por Óscar Aragón a la temática del certamen transforma el corazón del pecho en una cámara de cine. Hasta ahí no parece que hubiera motivos para que nadie pudiera molestarse; lo malo es que el rostro acentúa los rasgos ya de por sí cadavéricos del original y le dan un aire a muerto desenterrado después de pasar varios siglos llamando a las puertas del infierno. O sea, esquelético y dotado de una calavera con melena.

Se armó la Dios es Cristo, en afortunada expresión que me viene como anillo al dedo. Recogida de firmas para que se retirara el trofeo; recogida de firmas para que no se retirara el trofeo; el obispado que clama al cielo por la irreverencia… Luis Miguel Esteban, uno de los organizadores del Festival, recordó que el propio Victorio Macho tiene dibujos de un Cristo Crucificado en los huesos. Y  que Abbé Nozal, otro artista palentino, tiene más de 20 versiones del Cristo del Otero en sus cuadros: con paraguas, descolgando el teléfono, con capirote, o convertido en Super Cristo, y no tenía por qué haber ningún escándalo.

El SuperCristo, obra de Abbé Nozal, 1994

Total, que una idea que pretendía dar a conocer internacionalmente a uno de los monumentos más significativos de la ciudad se convirtió en un arma arrojadiza. Supongo que Ángel Gómez, autor del cortometraje Behind, que logró el Premio del Jurado de la 5ª edición del Festival Terroríficamente Cortos lo guardará con la secreta satisfacción de quien tiene un objeto con una historia muy sabrosa detrás. Pero las polémicas provocadas por el espíritu censor de los guardianes de la fe (de cualquier fe) que aquí he relatado son peccata minuta. En los tiempos que corren, en otros lugares cuestan la vida.

Festín caníbal; veganos abstenerse

Comentaba con sorna mi buen amigo Santiago Tabernero tras entrevistar a Julia Ducournau por su estomagante película titulada en España Crudo (en Francia, mira por donde, Grave) lo sorprendente que le resultaba el aspecto de “parisina pija” de esta directora, en contraste con el realismo de algunos momentos de su vomipurgante incursión en el género gore que, lo confieso, no me tiene por miembro de su cofradía. En Sitges, naturalmente, encontró legiones de fans.

Resulta inútil preguntarse a estas alturas por la legitimidad de la provocación y si ésta justifica lo que muchos pueden considerar excesos; en realidad no hay nada que sea excesivo desde la óptica de la libertad creativa. Sin embargo, el buen sentido de Ducournau para la narrativa cinematográfica debería apuntar más hacia el terreno de lo sugerido que el de lo mostrado. Y de esta forma, creo yo, su argumentario ganaría mucho en consistencia y credibilidad.

Una secuencia que reúne las dos caras, positiva y negativa, de lo señalado es aquella en la que vemos en un video grabado con el móvil a los estudiantes excitadísimos mientras observan la acción previamente registrada con otro móvil: Justine, la protagonista, entregada a un macabro ejercicio de canibalismo con un cadáver que su hermana ha extraído del frigorífico de la morgue y se lo ofrece como señuelo sin permitir que llegue a morderlo en la mano, como ella pretende.

Dejando al margen el pequeño detalle de que no veo claro qué hace un cadáver humano en un colegio de veterinaria, en dicha secuencia la tensión por lo que sucede fuera de campo es mayúscula, cuando aún no sabemos de qué tratan las imágenes que los estudiantes están jaleando. La directora maneja el suspense de manera magistral jugando con tres planos temporales: el rostro de Justine asustada y horrorizada al verse en la grabación, de la cual probablemente ni siquiera se acuerde, los estudiantes arracimados en torno al teléfono sin que sepamos aún lo que ven, y por último la acción registrada en la morgue.

Esta secuencia termina por malograr la fuerza que desplegaba antes de mostrar lo que está fuera del campo de visión, precisamente cuando por fin lo vemos. Julia Ducournau se eleva cuando trabaja en el espacio off y cae cuando pisa el espacio on. Y lo mismo le sucede en términos generales a toda la película. Una secuencia magistral por el excelente juego de elipsis espacial, como es la primera, en la que vemos el accidente de carretera provocado por la hermana de Justine para proveerse de carne fresca, termina por resultar poco creíble, o al menos pierde la contundencia que tenía, cuando se repite la misma acción.

Ducournau, no le hace ascos a provocar arcadas en el espectador pero intenta, y esto es algo que valorar, no lanzarse a la piscina de hectólitros de hemoglobina que suelen desparramarse cuando se adentra uno en los incontinentes terrenos de la víscera. Lo intenta, pero no siempre lo consigue.

Algunos guiños a una película seminal, Carrie, de Brian de Palma, muestran a las claras la voluntad de la directora de Crudo de obtener el salvoconducto en el género de iniciación adolescente –el nombre de Justine, virgen al principio, también propone referencias al Marqués de Sade – pero esta fábula grotesca deja de ser de terror en el momento mismo en que se acaba, con un chiste final que desinfla el globo.

Dice Ducournau en sus entrevistas que quiere poner en contacto al espectador con su lado oscuro y que no cree que el canibalismo esté demasiado alejado de la naturaleza humana, se sorprende porque el asunto levante ampollas… en fin. Si ya me costaba un poco aceptar la virtud del sentido metafórico que la pulsión carnívora de Justine propone, obviamente el del despertar sexual, a la luz de esas declaraciones más gracia me hacía el comentario de mi amigo Santiago reseñado al principio.

Como no quiero pasar por un cinéfilo de estrechas tragaderas después de repudiar las procesiones del santo gore, me viene a la cabeza una película que milita sin empacho en esas hermandades. Se trata de Re-Animator, de Stuart Gordon (1985). Aparte el gusto desacomplejado por lo sanguinolento, no tienen nada en común desde el punto de vista argumental.

Barbara Crampton y la cabeza lujuriosa de David Gale en Re-Animator

Se diferencian sobre todo en el descacharrante sentido del humor del que Crudo adolece y es el condimento esencial en la fórmula para hacer más comestibles las imágenes indigestas. En una escena, el cunilingus del que es objeto una chica desnuda al que se aplica con deleite una cabeza decapitada figura entre lo más delirante y disparatado que recuerdo haber visto en la pantalla. ¡Puritito gore!

¡Alto ahí!, me dirá alguno, ¿a santo de qué viene hablar aquí de esta película que no tiene nada que ver con la otra? Tiene razón, pero la respuesta es que simplemente me apetecía; y el gancho, que las dos agitan el frasco de sangre hasta que salpica. Lo que pasa es que una esgrime coartada cultural y la otra no la necesita porque ya la tiene: nada menos que H.P.Lovecraft.