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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

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¡Coño, vaya procesiones!

Yo creía que la Fiscalía de Sevilla era una campeona del humor. Pensaba que, aunque sus miembros fueran muy religiosos, imbuidos de la misión que sólo la fe puede inocular en un espíritu puro, estaba vacunada contra el asombro que pudieran producirle las alteraciones de la liturgia católica en el apartado procesiones desde que John Woo rodó en aquella ciudad Misión Imposible II, allá por el año 2000.

 

Nuestro #CoñoInsumiso por bandera. Hoy #YoParo8M_malaga #NosotrasParamos #ParoInternacional

Una publicación compartida de Ester (@estercillapi) el 8 de Mar de 2017 a la(s) 11:51 PST

Recordemos la situación: Tom Cruise en plena faena como el agente secretísimo Ethan Hunt, viene de frotarse las caderas con Thandie Newton, la ladrona profesional Nyah Nordoff-Hal, que no sé a santo de qué se encuentra en la capital andaluza, y va a reunirse con Anthony Hopkins en una movida para recuperar un arma biológica, el virus Quimera y su antídoto. La secuencia es como para haber tomado medidas cautelares y pedir el secuestro de la película y los negativos: vemos a Cruise tropezarse con un cortejo religioso, una supuesta procesión que más bien parece un aquelarre en sincrética fusión con las Fallas valencianas, con sus imágenes ardiendo, con sus jóvenes uniformadas como falleras derramando pétalos de flor, mezclando penitentes con velas y alegres danzantes, con su cristo a hombros y unos cánticos inidentificables. ¡Hombre por dios, la Fiscalía no tuvo nada que decir ante esto! ¿Era o no era un atentado contra nuestra cultura y nuestras tradiciones?

Pues no, tragaderas enormes con la Paramount y Cruise/Wagner Productions. A saber si Tom Cruise no regalaría algún carnet de Cienciología para comprar silencios y miradas a otro lado. Yo pensé: claro, se lo han tomado con sentido del humor, como no puede ser de otra manera. Y resulta que eso es lo que buena falta les hacía ahora, más sentido del humor y menos mala leche. Porque hay que tener mucha mala leche para querer empapelar a tres mujeres, meterles una multa de 3.000 euros a cada una y acusarles de un delito contra los sentimientos religiosos cometido en 2014.

¿Qué hicieron de malo estas jóvenes con la “Procesión de la Anarcofradía del santísimo coño insumiso y el santo entierro de los derechos socio-laborales”? Según la Fiscalía pretendían “hacer mofa de los símbolos y dogmas para quienes profesan la religión católica”. ¡Qué hipersensibilidad sobrevenida! Si nos vamos a poner así. A mí, ateo y materialista como soy, me ofenderían los atentados contra la razón y el sentido común que suponen todos los ritos supersticiosos. Y de hecho así es, me ofenden, pero me aguanto, tolerante que soy.

A ver, vamos a ver: con humor se llevan mejor los sinsabores de la vida. Total, las mujeres portaron una gran vulva de látex (que no, vagina, como ha difundido la Agencia EFE, no hay que confundir el todo con la parte) en procesión por el centro de la ciudad, entonando sus cánticos, que al fin y al cabo es una parte de la anatomía de todas las vírgenes. Venerar esa parte me parece muy razonable, aunque yo soy de poco venerar. Y de poco procesionar.

Cada uno pasea en andas lo que quiere. Por ejemplo, en Japón les da por celebrar el primer domingo de abril el Kanamara Matsuri, que viene a ser el ‘festival del falo de metal’, con la ingenua pretensión de pedir fertilidad y bienestar para los matrimonios. ¡A quién se le ocurre! ¡Tendrían ustedes que ver el enorme falo rosa que pasean! Igual, si un día se le ocurriera a unos turistas japoneses de visita en Sevilla declararse fieles sintoístas y ponerse a practicar el rito, les enchironan por escándalo público.

 

¿Y qué me dicen del Reino de Bután, líder mundial en felicidad? Allí los budistas veneran hasta el paroxismo el miembro masculino erecto y eyaculante, que pintan en las paredes de sus casas o en cualquier sitio que Siddharta les dé a entender, coches incluidos. Vamos, que tampoco son únicos, ya que este símbolo de la fertilidad está presente en viejas culturas, desde Babilonia a Egipto, pasando por Grecia y Roma, sin ir más lejos.

Que las chicas decidan cantarle a su sexo, lo más fundamental, único e imprescindible que existe en la Tierra para perpetuar la especie, para dar vida a los seres humanos, para dar placer y también, ay, tanto dolor innecesario, me parece algo que un ciudadano avanzado, moderno y evolucionado debería comprender. Y nunca, jamás, penalizarlo.

 

El Santísimo Coño Insumiso ha salido a la calle a velar por nuestras almas. Amén pecadores

Una publicación compartida de Manu Nathaniel Fisher (@manu_nathaniel) el 28 de Jun de 2017 a la(s) 1:49 PDT

En el cine español, por no extenderme a todo el orbe católico, lo de las procesiones tiene guasa. Durante el franquismo hubo un buen número de películas en las que no faltó su secuencia de procesión porque era un ecosistema muy propicio. Digamos que el guion ganaba muchos puntos ante la autoridad competente.

En Nobleza baturra, de Florián Rey (1935) la comitiva acababa en pelea por una discusión, cosa que obviamente no hubiera podido suceder de haberse rodado cinco años más tarde, consumada la victoria, cautivo y desarmado el ejército rojo. Después los títulos se suceden: Malvaloca, de Luis Marquina (1942), El frente de los suspiros, de Juan de Orduña (1942), Currito de la Cruz, de Luis Lucia (1948), Cerca del cielo, de Domingo Viladomat (1951). Y unas cuantas más. Si hasta Juan Antonio Bardem en su obra maestra, Calle Mayor (1956) pone en escena, cómo no, en su afilada radiografía costumbrista de la sociedad, una procesión para propiciar un acercamiento entre sus protagonistas, el bandido seductor, José Suárez, y su pobre víctima, Betsy Blair.

Cartel y fotograma de Calle Mayor, de Juan Antonio Bardem

Su colega el inimitable maestro Luis García Berlanga, con quien escribió el guion de Bienvenido, Mister Marshall dirigido por el valenciano, también tiene su procesión en Calabuch el mismo año; se conoce que aún se llevaba mucho el rito en aquella época oscura.

Unos añitos más tarde, en 1971, época de tímida apertura con urgencias irrefrenables, José María Forqué ahondaba la grieta por la que comenzaba a colarse una brisa de aire fresco en el enrarecido ambiente de nuestro cine. La escasamente virginal Carmen Sevilla era paseada en una procesión pagana surrealista y desvergonzada, llevada en hombros por unos costaleros vestidos de romanos garrulos y acompañada de una cohorte de señoritas ataviadas con corpiños y ligueros y otras látigo en mano, insinuantes de ceremonias de comunión sadomaso. Un espectáculo, el de La cera virgen, que hoy nos parece asombrosamente transgresor. Parece que los obispos no daban abasto para sujetar las riendas de la feligresía que, acostumbrada al desfile marcial, en cuanto que ellos se daban la vuelta convertía en virgen a todo lo que se les pusiera por delante.

También Berlanga recurre al desfile en clave pagana, en la película más triste y pesimista de su filmografía, Tamaño natural (1974), singularísimo dibujo de la soledad y la misoginia rodado en París, con un Michel Piccoli, odioso y entrañable a la vez, enamorado de una muñeca hinchable, que unos desalmados emigrantes españoles le arrebatan para hacerla objeto de una violación colectiva.

Pero eso no era nada, puestos a desarticular el rito de pasear en andas a la Virgen lo que Mateo Gil puso en escena es según se mire más fuerte en Nadie conoce a nadie (1999), o al menos más violento. Les propongo que lo comprueben. No sé si la Fiscalía de Sevilla andaba dormida, era poco cinéfila o estaba ocupada con sus abonos en la Maestranza. Bien pensado y visto lo visto, no sé yo si de haberla rodado hoy no llevarían a Mateo Gil ante un tribunal, acusado de terrorismo iconoclasta. Por cosas notablemente más simples se tragaron unos días de trena unos comediantes que luego resultaron absueltos.

Que no son tiempos éstos de tolerancia sino de inquisición. La lucha por la libertad de expresión sigue siendo tan necesaria como en los tiempos del dictador, gracias a sus sucesores en el Gobierno y sus acólitos en las instancias judiciales, tan piadosos ellos.

Por favor, un poquito de cordura: ¡dejen en paz a las mujeres, que bastante les han jodido ya durante siglos!

Todo comienza con un guion

Terence Winter en la sede de la Academia de Cine. Foto Miriam Herrera

El pasado 20 de mayo, el sindicato de guionistas ALMA trajo a un genio de la escritura a Madrid a impartir una Master Class de guion. Su nombre no es muy popular, como no lo son los de quienes tienen una gran responsabilidad, yo diría que al menos el 50% de ella, en la grandeza o miseria de las películas y series televisivas.

Ni Dios conoce –permítaseme la hipérbole- a ningún guionista salvo a Rafael Azcona. ¿A quién puede extrañar, si durante los Premios Goya de 2016 hasta la Academia de Cine visualizó el desprecio que en general padecen impidiendo el acceso por la puerta principal a los guionistas nominados -a no ser que lo fueran también como directores de sus películas? A Azcona en vida, por otro lado, cada español deberíamos haber pagado un euro para agradecerle páginas como las de El verdugo (su gran obra maestra, aunque Berlanga se quejaba de ser coautor en la sombra sin que nadie se lo reconociera, como en otras muchas de sus películas). Sólo por esa tragicomedia merece nuestra gratitud eterna.

Rafael Azcona. EFE

Pero no sólo escribió para Berlanga; también dejó en manos de otros muchos directores el camino señalado para que lo transitaran dejando huella: Marco Ferreri, Bigas Luna, José Luis García Sánchez, José Luis Cuerda… El pisito, El cochecito, Plácido, La gran comilona, La escopeta nacional, Son de mar, Los girasoles ciegos… o sea la crème de la crème de nuestro celuloide. Si uno creyera en el santoral pediría un día para la fiesta de San Rafael Azcona. Y él, junto a Berlanga y otros de la misma cofradía, se volvería a morir de risa.

Sin guion no hay historia, ni diálogos, ni nada que interpretar ni dirigir. Sin guion no hay investigación histórica, ni recreación de ambientes, ni introspección psicológica, ni flashbacks, ni leches. Muy pocos cineastas se adentran en la jungla de un rodaje sin pertrecharse con la brújula de un montón de páginas que primero han servido para someter el proyecto a todos los filtros de producción y después para recordarle al director dónde se encuentran los puntos cardinales. El guion sirve para que los actores y sus consejeros o representantes acepten o rechacen la encerrona con alguna idea –a veces, remota- de lo que se proponen hacer. Y quienes detentan semejante responsabilidad al escribirlo son perfectos desconocidos fuera del mundillo.

Pongamos nombre a uno que, a decir de Alberto Macías, presidente de ALMA, “es un referente de la escritura audiovisual en el mundo, un todo terreno con un sello original y arriesgado”: Terence Winter. Este caballero ha logrado distintos galardones: premios EMMY, nominaciones a los Oscar, BAFTA, Sindicato de Guionistas Americano etc… y del teclado de su ordenador han salido los textos de series de culto como Los Soprano (a partir de la segunda temporada), Boardwalk Empire o Vinyl, y de películas como El lobo de Wall Street. Vaya, no son cualquier cosa; son series que pasan al microscopio la sangre que discurre por las venas de gángsteres de medio pelo y de pelo y medio, desmenuza sus metabolismos y los convierte tan pronto en inaccesibles dioses como en vulgares humanos, desvela sus manías y fantasías y los inserta en ambientes, época y circunstancias particulares para que el espectador se solace odiándolos, admirándolos y deseando saber más y más.

Terence Winter en la sede de la Academia de Cine. Foto Miriam Herrera

¿Qué es más importante para escribir un guion, talento e inspiración o técnica? Para Terence Winter lo primero se tiene o no se tiene y lo segundo se puede aprender. Cómo ser gracioso, dominar el arte de la ironía y ser capaz de mantener en vilo al espectador no son cosas que dependan mucho del tiempo que les dediques o del maestro que te guíe. Pero despertar el interés y enredar al que no tiene demasiadas ganas a priori no está al alcance de cualquiera. Los bendecidos por los dioses del relato tienen el don de saber contar historias y conocen intuitivamente lo que éstas necesitan y lo que les sobra.

¿Las series de televisión y las películas se rigen por reglas distintas a la hora de ponerse a escribirlas? Terence Winter dice que en el aspecto técnico los guiones son muy semejantes, las escenas vienen a discurrir del mismo modo. La gran diferencia radica en el tiempo disponible para desarrollar los personajes y sus motivaciones. Boardwalk Empire, la serie de HBO ambientada en Atlantic City durante el período de la ley seca en los años 20 cifra sus cinco temporadas en 56 horas, lo que supondrían 25 largometrajes. Un personaje como Al Capone, por ejemplo, aparece con 18 años y llega a convertirse en el gran mafioso de todo el mundo conocido. En una película el guionista se ve en la necesidad de ir directamente a los puros y la metralleta, una vez que se encuentra ya en la cima del poder, obviando cosas que la serie puede contemplar, como la relación del gángster con su difunto hijo. Winter no tiene dudas al elegir y prefiere disponer de mucho tiempo y espacio para desarrollar todos los hilos narrativos que enriquecen a los personajes.

Tampoco le tiemblan los labios al pronunciarse sobre la importancia del guionista en la secuencia de creación: todo comienza con la escritura y termina en otro lugar muy distinto al que te conducen el director, los actores, el responsable de la fotografía, el músico, etc. En una serie –y supongo que también en las grandes superproducciones cinematográficas- sin embargo, concurre un equipo de guionistas y nos encontramos con un escritor principal y un productor ejecutivo que son los encargados de asegurar la unidad y coherencia del tono, quienes tienen la visión del conjunto.

Las series de éxito son una plataforma de extraordinaria repercusión para relanzar la carrera de actores que no llegan a ellas con estatus de gran estrella pero lo adquieren a partir de esos personajes. Es el caso de las mencionadas más arriba, Los Soprano y Boardwalk Empire, que han elevado a unos niveles de popularidad y reconocimiento crítico que nunca antes habían tenido a James Gandolfini y Steve Buscemi. Me preguntaba si esta circunstancia suponía una presión especial y Terence Winter reconoce que sí, que en cierto modo resulta intimidante y obliga a un sobreesfuerzo para estar a la altura.

En el proceso creativo realizado a partir de un grupo de trabajo, de cinco o seis guionistas, se habla de la historia, se elabora un esquema y uno de los escritores se encarga de transformarlo en un guion. Winter después antepone su propio filtro para darlo el último toque e intentar que parezca que ha sido todo escrito por la misma persona. A veces se trabaja sin saber cuántas temporadas durará la serie, lo que supone una dificultad añadida, y tienen que estar prevenidos para poder rematar la historia en poco tiempo. Esto no sucedió en Boardwalk Empire, puesto que mediada la segunda temporada los creadores ya sabían que dispondrían de tres años más para desarrollar la trama.

Ambientada en 1920, Boardwalk Empire es un fresco grandioso para el que Winter debió tuvo que documentarse sobre múltiples aspectos de la época, la cultura popular, la condición femenina, que por entonces no tenía derecho al voto, y los ecos, aún recientes de la Primera Guerra Mundial. Una serie fuera de lo común tiene que estar encabezada por un personaje “bigger than life”, un personaje colosal de perfiles shakespearianos envuelto en luchas de poder, crimen, corrupción, y con una impronta psicológica marcada por una infancia tormentosa. Así es el Nucky Thompson interpretado por Steve Buscemi.

El caso paradigmático en sentido contrario fue el de Vinyl, que pese a contar como creadores, además de Terence Winter, con Martin Scorsese y Mick Jagger, entre otros, sólo pudieron entregar los diez capítulos de la primera temporada, antes de la cancelación. Sexo, drogas, rock and roll, punk, hip hop… en el Nueva York de los setenta y el sello de Scorsese no bastaron para conseguir continuidad.

Poder, sexo, muerte, violencia son los ingredientes favoritos de Terence Winter. Le pregunto si existen límites marcados a la cocina de esos ingredientes y la respuesta es simple: nada debe ser gratuito ni estar motivado por el deseo de atraer a la audiencia a cualquier precio. A la vez, cuando se trata de ocultar lo que sucede en la vida real –esas escenas en las que las mujeres se tapan con las sábanas hasta el cuello- eso opera como recordatorio de que sólo es una película y no se parece en nada a la vida real; en consecuencia te saca de la trama. Como creador, si uno considera que esas escenas tienen razón de ser, hay que ir a por ellas, si es gratuito, entonces resulta grotesco.

Llegados a este punto, le pregunto a uno de los más reputados guionistas del planeta cuál es la clave de un buen guion. Palabra de dios: entretener al público y que éste se pregunte en cada momento lo que va a suceder después. La historia más interesante del mundo no funcionará si no se presenta de un modo que no atrape y entretenga. Ése era el lema que los escritores de Los Soprano tenían enmarcado en la pared: “Sé entretenido”. “Y en eso consiste nuestro trabajo”, dice Terence Winter. Te alabamos, señor.