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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

Patria, del papel a la pantalla

Hace unos días se hizo público que HBO y Mediaset van a iniciar la producción de una nueva serie que adaptará la novela Patria, de Fernando Aramburu, galardonada, entre otros, con el Premio Francisco Umbral al libro del año, ese tipo de proyectos de los que se habla mucho durante mucho tiempo hasta que por fin se hacen realidad. Pasa con frecuencia cuando un libro se vende como rosquillas -más de cien mil ejemplares- y da lugar a una carrera por hacerse con los derechos mientras se debaten los pros y los contras. En principio, se trata de una buena noticia porque en esa novela se dan en cantidad y calidad los elementos argumentales e ideológicos para alimentar un buen producto audiovisual, a pesar de que el estilo literario con el que Aramburu narra su historia es tan singular y acabado que le añade un gran interés suplementario, aunque resulta imposible de trasladar a la pantalla.

Una escritura en la que la voz del narrador omnisciente se funde con las de los personajes que hablan en primera persona, a veces en el mismo párrafo, en la misma línea, sin solución de continuidad, con un resultado estético brillantísimo, resulta difícil de discernir si podría conservar la misma fuerza y veracidad desprovista de ese recurso literario. Es por tanto un desafío para el guionista, Aitor Gabilondo, también productor de la serie, tratar de aprehender el espíritu de la trama basándose exclusivamente en la sucesión de hechos narrados, muchos de los cuales se presentan envueltos en recuerdos, reflexiones o pensamientos de los torturados protagonistas. Las fracturas temporales, saltos atrás y adelante que quiebran la linealidad, se resuelven fácilmente con el consabido y fácilmente aceptado recurso de flashbacks y flashforwards, aunque complica la labor del departamento de maquillaje y la selección del reparto tener que cubrir un arco de tres décadas, de los ochenta al cese de la lucha armada en 2011.

En la lectura del fallo del Francisco Umbral fue calificada como “gran epopeya del terrorismo”  y también “un sólido testimonio literario que perdurará como crónica de gran valor histórico para entender el siglo XX de España y Euskadi”. Patria es una novela necesaria y valiosísima que le regala a los ciudadanos de Euskadi, y por ende al resto de españoles, un cristalino espejo en el que se reflejan perfectamente delineadas las sombras siniestras del período de nuestro país asolado por el fenómeno terrorista. Por sus más de 600 páginas circula un río de odio que atraviesa una ciudad simbólica vasca (no se nombra pero podría parecerse a Hernani) y arrastra en sus aguas, como amasijos de un naufragio, pedazos de la amistad de dos familias enfrentadas, a cuya cabeza se sitúan dos amas de casa, Miren y Bittori, y como ecos redundantes de esa hostilidad abierta, declarada y sorda, el dolor de la pérdida de un marido asesinado, el Txato, la vergüenza de quien fue su mejor amigo, Joxian, un hijo etarra, su hermano escritor homosexual, dos hijas llamadas a luchar contra la herencia de rencor de sus madres y un médico que trata de vivir lejos del trauma de la orfandad.

Todo el País Vasco pasa por la novela, el clima opresivo que la violencia etarra y las respuestas del Estado generaron hasta configurar un aire irrespirable, la división de la sociedad en dos mundos irreconciliables, los que luchaban por la patria y los que por activa o por pasiva se colocaban enfrente. Los intrincados mecanismos psicológicos, la amalgama de conservadurismo religioso y costumbrismo, sedimentado en diversas capas de ideología compactadas con sufrimiento y verdades prefabricadas, están descritos con precisión de cirujano y amor de paisano conocedor.

Fernando Aramburu, autor de Patria. EFE

La lectura de Patria es adictiva y uno asiste fascinado y horrorizado al duelo sin cuartel en el matriarcado, estremecido al comprobar que ni la condición de víctimas que ambas mujeres exhiben, la una por viuda, la otra por madre de un hijo preso, ni el recuerdo de antiguos afectos, mitigan su resentimiento mutuo. Y a cada lado, los maridos y los hijos de ambas, desiguales acompañantes, agentes o sufrientes, en las dos trincheras de una guerra no declarada, mortífera y sanguinaria. Ojalá, los capítulos de este proyecto tengan la misma capacidad de enganche que las páginas de la novela.

Siente uno gran curiosidad por cómo se articula el reparto, los nombres de actores y actrices que deben dar cuerpo y alma a estos seres: Miren, Bittori, el Txato, Joxian, Joxe Mari, Gorka, Nerea, Arantxa y Xabier. La fidelidad al texto o libertad de interpretación con que se trasplanta a las imágenes reales y cuánta verdad son éstas capaces de capturar de cuanto está escrito. Si la novela debe ayudar a restañar las heridas, amplias y profundas entre las víctimas y ofrecer caminos de rehabilitación para los verdugos (para todos, no sólo para los que empuñaron las armas y apretaron el gatillo o hicieron estallar las bombas, también para los cómplices y colaboradores) la serie, si es que llega finalmente a buen puerto y lo hace cumpliendo con las debidas exigencias de calidad, será un instrumento también muy útil, más útil aún que su base literaria, para conseguir ese noble e imprescindible objetivo.

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