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Casi enteros: un blog sobre los medios de comunicación, la publicidad, su papel en la financiación de los medios, la investigación y otros temas relacionados con todo esto

2004-2011: los ocho años con más afiliados a la Seguridad Social

Esta semana se han publicado los datos de la EPA, la Encuesta de Población Activa. Son buenos. El Paro se reduce de forma considerable (más de 300.000 parados menos que en el trimestre anterior) y queda por debajo del 24,5% de la Población Activa. Aún así se trata de una cifra tremenda.

La reducción de la Población Activa, por las personas que emigran, los inmigrantes que retornan a su país y los que desisten de buscar trabajo contribuye a esa mejora de los datos porcentuales. Pero también, por primera vez en mucho tiempo, hay creación neta de empleo.

Hoy me tocaba analizar los datos de mi estudio Vigía de julio, que publicaré el lunes. Viendo los datos anteriores he encontrado una cosa curiosa, que creo que no han debido de percibir los políticos del PSOE (y si lo han visto, no entiendo por qué no lo han explotado): a lo largo de toda la historia el número de Afiliados a la Seguridad Social sólo ha estado por encima de los 17 millones ocho años, desde 2004 a 2011.

¡Oh, sorpresa! Justo son los años de las dos legislaturas del siempre denostado Zapatero. Sí, son también los años cumbre  de la burbuja y los del comienzo del declive pero…

Ahora, con la reciente recuperación, los afiliados a la Seguridad Social superan ligermante los dieciséis millones y medio de personas, algo por debajo de los que había en la última legislatura de Aznar, pero muy lejos de los 19.152.000 que hubo como promedio en 2007, antes del desplome producido por la crisis.

Muchas veces los números pueden engañar; les podemos hacer decir lo que queramos, pero a veces puede ser bueno mirar algún gráfico con la evolución de los datos reales para relativizar las verdades absolutas que nos dicen los políticos.

2 comentarios

  1. Dice ser Julian Martinez

    Todo esto es la gran mentirá para gobernar y a la vez, confundir y descerebrar.

    España esta sujeta a las ordenes del sistema Financiero Internacional catalogada como nación de servicios, no mandan los gobiernos que supuestamente pone el pueblo, el guión llega de fuera siendo la línea que tienen que seguir.
    Por esto y mucho mas da igual el político que se ponga guapo o feo, lo importante es que hagan política de desorden social, que nadie se entienda en la Nación ni en la propia familia tradicional.

    Por todo esto, esta pasando lo que pasa y lo que esta por llegar, la panda de la “Corona Borbónica, lo sabe y los del PP.SOE igual” que por todo este tinglado, todos caminan igual “corrupción y robar” con cuenta al pueblo trabajador hipotecando las arcas de la Nación, si es que de los impuestos y recortes sociales llega algo y si no, da igual porque aquí lo que importa es hipotecar hasta el perro y el gato de toda ciudadano con carácter retroactivo hasta los nietos y el mas haya.

    Mas o menos este es el camino que hoy sé prepara para la creación del esclavo moderno sin precedentes en la historia, porque se hace directamente con la fuerza de las armas tecnológicas con prepotencia en general.

    Mientras la lucha contra esta no se ataque en este sentido, los pueblos no podrán con las bestias de la actualidad ya que ni un garrote pueden tener ni portar. También puede que este esclavo moderno ocurra como en el pasado, que otros poderosos del mismo sector tecnológico no se entiendan entre colegas y montan el gran tinglado de guerra tecnológica y psicologíca, donde el cataclismo será mundial que esto se perfila hoy en la actualidad.

    La especie humana, es el animal mas salvaje y corrupta que habita el planeta tierra, ya que los avances científicos los emplea para el mal creando destrucción universal.

    28 julio 2014 | 01:08

  2. “Vivimos tiempos de paradojas: nunca ha habido tanta riqueza y dinero circulando, pero “hay que apretarse el cinturón” para salir de la crisis. Hay más de seis millones de personas sin empleo, el paro es percibido como el mayor problema del país y pareciera que, por ahora, la respuesta de los sindicatos de concertación pasa sobre todo por la renovación del pacto social. Y la de los alternativos por la movilización y llamados a la huelga general… ¿No queda otra, “con la que está cayendo”, que pedir empleo a los empresarios? Abrimos el debate.

    El trabajo no es un problema, y es, además, necesario, porque la transformación de la naturaleza por la actividad humana es imprescindible para la supervivencia de la especie y de los individuos. A este respecto, lo único que ha cambiado es que la enorme productividad desatada por el capitalismo ha llegado a entrar en contradicción con los límites ecológicos y ha configurado un gigantesco mercado de bienes de consumo innecesarios. Quizá ya no hace falta tanto trabajo para reproducir la vida humana. Quizá hay un exceso de actividades antisociales alimentadas por el proceso de acumulación sin fin en que el capitalismo consiste. Pero esa no es la cuestión principal.

    El problema esencial –el que genera el mismo proceso de acumulación– de nuestro tiempo no es el trabajo, sino el trabajo asalariado. La relación asimétrica que impone que una persona, sin acceso a los medios de producción, deba vender su fuerza de trabajo a otra, propietaria de los mismos, a cambio de una retribución que ha de permitir –trabajo doméstico no pagado mediante– reproducir esa misma fuerza, para que la rueda pueda seguir girando al día siguiente. La diferencia entre el valor de lo que permite reproducir la fuerza de trabajo y el valor de lo producido se llama plusvalía. Y es un producto específicamente humano que se apropia en exclusividad una de las partes de la relación.

    Asalariado

    Sustentada esa dinámica esencial –el trabajo asalariado–, el problema se configura como una cuestión relativa a una relación de fuerzas en un momento concreto. Es el escenario de un conflicto: la lucha de clases. Las victorias parciales de una u otra parte le permiten aumentar o disminuir el grado de explotación, modificar los mecanismos por los que se expresa la misma confrontación, desestructurar al adversario. Eso es lo que ha pasado con el mundo laboral en las últimas décadas: la emergencia de un profundo proceso de desestructuración, segmentación y debilitamiento de la clase trabajadora por parte de un empresariado cada vez más triunfante y organizado.

    Subcontratas, ETT, contratos tem­­porales, deslocalizaciones, facilitación del despido, flexibilidad absoluta en torno a las condiciones esenciales de trabajo… constituyen mecanismos, conscientemente desarrollados, para enfrentar a los trabajadores entre sí.

    La llamada descentralización productiva –lo que otros llaman el postfordismo– no es más que una brutal mutación que transforma un mundo laboral de obreros, con contrato para toda la vida, con un cierto contrapoder sindical y con el salario suficiente para poder hacer frente a los gastos de una familia patriarcal –modelo fordista–, en un magma ultraflexible de posiciones diferenciadas, nadando desde los restos de lo anterior, cada vez más acosados –el llamado core business–, hasta las mil y una formas de la precariedad post­moderna: temporales, subcontratados, en misión, falsos autónomos, con jornada parcial, en formación, etc.

    Estructura esencial

    Lo que ha explosionado es la idea misma del derecho del trabajo como elemento de racionalización de la relación salarial, como normativa que legitimaba y, al tiempo, limitaba, la explotación inherente a la forma capitalista de trabajar. Ahora estamos ante una mixtura ultraflexible entre la dictadura del Capital en el centro de trabajo y mecanismos de domesticación de la fuerza laboral, como el desempleo de masas y la conformación de “zo­nas grises” entre el derecho social y otros ordenamientos legales –falsos autónomos, prácticas formativas, trabajo migrante, etc.–

    ¿Deberíamos trabajar tanto? Pro­bablemente no. ¿Deberíamos garantizar un ingreso básico a quienes no pueden acceder a un empleo? Sin duda, sí. Pero no olvidemos que ni la renta básica ni el reparto del empleo serán posibles sin operar seriamente sobre la relación salarial. Sin intentar, organizadamente, influir sobre ella y, si se puede, abolirla. Cómo hacerlo es una pregunta compleja que daría para otro artículo. Lo que está claro es que el de la relación salarial es un espacio decisivo para discutir la estructura esencial de la sociedad”.

    por Alejandro Nadal,
    La Jornada
    19 de febrero de 2014

    28 julio 2014 | 17:20

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