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Por Susana ArroyoSusana Arroyo

A Betina Cruz la persiguen por defender los derechos humanos de los pueblos indígenas en México. A Teresa Muñoz se le busca por proteger los recursos naturales y enfrentarse a la Minera San Rafael, en Guatemala. A su compatriota Yolanda Olequí, lideresa del movimiento pacífico de San José del Golfo y San Pedro Ayampic, se le acusa de secuestro, coerción y amenaza en contra de los trabajadores de la minera EXMIGUA. Hace tres años intentaron matarla.

En América Latina hay cientos de Betinas, Teresas y Yolandas. Mujeres defensoras de derechos cuyas luchas son convertidas en delitos con un propósito claro: amedrentarlas. Su lucha por la libertad, la vida digna y el derecho al agua y la tierra, incomoda. Ellas contravienen los intereses de los sectores de poder y a ellos eso les arde.

Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en este lado del mundo, las amenazas, asesinatos y ejecuciones extrajudiciales de defensoras y defensores de derechos no sólo son frecuentes, sino que reportan un aumento en los últimos años. Sí, es tan increíble como intolerable.

Las mujeres que exigen el derecho a la igualdad y luchan para acceder a la propiedad de la tierra son con frecuencia víctimas de presiones y amenazas. Habitualmente se les restringe su libertad de asociación, se las detiene arbitrariamente y son expuestas a procesos penales infinitos y fuera de la legalidad. En síntesis: las convierten en criminales, como le pasó a Rocío, como le pasó a Máxima.

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Maxima Acuña, lideresa campesina amenazada por enfrentarse a un proyecto minero en Perú. (C) Mauro Rojas

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7 demandas de las mujeres latinoamericanas

Por Susana Arroyo Susana Arroyo

Patricia Arquette se robó el show en la reciente gala de los Oscar cuando llamó a luchar por la igualdad de género en Estados Unidos. “A todas las mujeres que han dado a luz y pagan sus impuestos, ha llegado el momento de tener el mismo salario y los mismos derechos (que los hombres)”, dijo emocionada tras recibir el premio como mejor actriz de reparto.

A propósito del “Arquettazo”, de la próxima cumbre “Mujeres y Poder” organizada por el Gobierno de Chile con el apoyo de ONU Mujer y del Debate sobre derechos económicos de las mujeres organizado en Nicaragua por la Campaña Iguales, nos preguntamos ¿qué pedimos las mujeres de Latinoamérica y el Caribe a los Estados para acabar con las desigualdades que nos afectan? Aquí van siete puntos (¡y contando!):

  1. Invertir más en nosotras que en la basura: En la región se invierte muy poco en reducir las brechas entre hombres y mujeres. En Bolivia, el presupuesto nacional en equidad de género no supera el 1% del total de los recursos públicos. Se invierte más, por ejemplo, en el manejo de desechos. Como dice Silvia Fernández del Colectivo Cabildeo: ¡No logramos ganarle a la basura! ¿Qué no hay dinero suficiente? Sí que lo hay: Gravando el 3,5% de las fortunas de los milmillonarios latinos, 32 millones de personas podrían salir de la pobreza, muchas de ellas mujeres.
  1. Reconocer que cuidar es una tarea que vale y mucho: Cuidamos a los hijos propios y a los ajenos, a las personas mayores, a las que tienen alguna discapacidad y a cualquiera que lo requiera. Cuando en el mundo se repartió el trabajo, a nosotras nos colgaron la etiqueta de “cuidadoras”, una de las actividades más importantes, pero menos valorada de la historia y aún invisible en las cuentas de los Estados. Según la economista Corina Rodríguez, se estima que, sólo en México, el valor del trabajo de cuidado equivale al 20% del Producto Interno Bruto, un monto que supera a la riqueza generada por las remesas o las exportaciones de petróleo.
Las mujeres de América Latina reclaman los mismos derechos que sus colegas varones. (c) Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Las mujeres de América Latina y el Caribe reclaman los mismos derechos que sus colegas varones. (c) Pablo Tosco / Oxfam Intermón

  1. Garantizarnos más y mejores empleos: Sí, tenemos mayor presencia en el mercado laboral, pero en condiciones precarias, sobre todo en el ámbito doméstico y de los cuidados, caracterizado por la informalidad, los bajos salarios y la carencia de servicios sociales básicos. Esta sigue siendo la ocupación de mayor peso para las mujeres activas de Latinoamérica y la puerta de entrada al mercado laboral de las más pobres. ¡Gobiernos, queremos trabajos, pero así no!
  1. Pagarnos igual que a los hombres: Ganamos menos que ellos por iguales labores y eso tiene que cambiar. En 2010 las mujeres de la región ganábamos el 78% de lo ingresado por nuestros colegas varones. De seguir así, requeriríamos 75 años más para cerrar por completo la brecha de género en los ingresos laborales. ¿Qué estamos esperando?
  1. Hacernos traje a la medida: Las políticas de los gobiernos no siempre toman en cuenta nuestras realidades. Los seguros sociales, por ejemplo, se han diseñado en función de la posición de las personas en el mercado laboral, por lo que excluyen a quienes no se insertan laboralmente o a quienes lo hacen de modo precario, como las mujeres. Los Estados deben escuchar nuestras voces (¡plurales, populares y diversas!). Tenemos mucho que decir sobre muchos asuntos. Y sobre la política comercial, fiscal y económica, también.
  1. Garantizar nuestra autonomía: Esto es obvio, pero insistimos. Necesitamos acceso a ingresos suficientes, obtenidos en condiciones que no reproduzcan ni profundicen la desigualdad y que sí garanticen nuestra autonomía sobre el control y uso de los recursos económicos propios. Así de simple.
  1. Este punto es urgente y doloroso: Necesitamos –exigimos- que no nos maten. La tasa de feminicidios en Latinoamérica y el Caribe creció 50% más que la de los homicidios en general. En la lista de países con más asesinatos de mujeres en el mundo, 14 países de la región están entre los 25 primeros. El Salvador ocupa el deshonroso primer lugar, Guatemala el tercero y Honduras el sétimo. Es así: la desigualdad desata la violencia.

Vamos, señores, actúen. No es mucho pedir.

Susana Arroyo es responsable de comunicación de Oxfam en América Latina. Tica de nacimiento, vive en Lima. Pide que cambiar el mundo nos valga la alegría, no la pena.

Nazaret Castro y las puertas giratorias

Por María Luisa Toribio  María Luisa Toribio

Nazaret Castro es una joven periodista española afincada en Argentina que después de lograr el apoyo de muchas personas a través de un proyecto de crowdfunding ha publicado recientemente el libro Cara y cruz de las multinacionales españolas en América Latina. Una investigación sobre el terreno que presta especial atención a las poblaciones afectadas por la privatización de servicios (agua, luz, telefonía…) o por megaproyectos (represas, minería, extracción de petróleo…). En muchos de los casos hay multinacionales españolas implicadas.

Portada del libro de Nazaret Castro. Imagen: Frontera D.

Portada del libro de Nazaret Castro. Imagen: FronteraD.

La investigación de esta periodista aterriza en la otra realidad de la ‘Marca España’, muy diferente de la que con tanto entusiasmo promueve el actual Gobierno identificando los intereses de las grandes empresas con los de toda la ciudadanía: si a Repsol, Sacyr o Endesa les va bien, a España le irá bien… lo que ‘justifica’ que Gobierno e instituciones del Estado se desvivan en su apoyo.

No es nuevo. Estrategias de apoyo a las grandes empresas se repiten en otros países, con Estados Unidos a la cabeza, pero la falta de novedad no le quita un ápice de indecencia. Máxime cuando se observan esas puertas giratorias de paso fácil entre la política y los consejos de administración de las empresas. Hoy aquí, mañana allí y los intereses se confunden.

El libro de Nazaret Castro está plagado de ejemplos que configuran la otra cara de la Marca España. Instalaciones eléctricas en mal estado ¡espeluznantes las cifras de personas que mueren electrocutadas!, servicio deficiente, cortes de luz y facturas elevadas que se llevan buena parte del presupuesto familiar, son algunas de las quejas por el servicio que prestan las filiales de Gas Natural Fenosa en barrios populares de Colombia. No están más contentos con la gestión del agua y el alcantarillado que realiza la filial del Canal de Isabel II o con Telefónica y los servicios de telefonía.

Privatizar los servicios públicos es un asalto en toda regla: dejan de ser derechos de la ciudadanía y se convierten en negocio para las grandes empresas.

Otro motivo de fuerte descontento social son los megaproyectos. En el sur de Chile, la comunidad mapuche se opone a la construcción de una gran represa sobre el lago Neltume, un proyecto de Endesa Chile. Hay antecedentes para saber cuáles serían las consecuencias, basta mirar a las represas en el Alto Bio Bio, donde también aparece el nombre de Endesa.

Los proyectos de represas crecen como setas en América Latina. ¿El objetivo? Principalmente producir energía para sostener la actividad extractivista. Un modelo productivo depredador de recursos naturales, que ni siquiera los gobiernos aupados por movimientos sociales y con sensibilidad hacia las necesidades de la población y la lucha contra la pobreza han sido capaces de romper. Destruir la Naturaleza que sostiene la vida sigue siendo la tremenda contradicción en la que se basa el modelo económico.

Las comunidades indígenas, campesinas y rurales son víctimas habituales de este furor extractivista. De hecho, la minería es una de las principales causas de conflicto social en América Latina. Otra fuente de conflictos, el petróleo, hace que Repsol ocupe un lugar destacado en el libro. Las denuncias de violaciones de derechos humanos y de contaminación se repiten en Colombia, en Argentina, en Perú… llegando a ser objeto de campañas como Afectados/as por Repsol y Repsol Mata.

Un historial nada envidiable para la empresa a la que el Gobierno del Partido Popular ha permitido realizar sondeos en aguas de Canarias pese a la fuerte oposición de la ciudadanía, las instituciones insulares y el movimiento ecologista. Otro genuino proyecto #MarcaEspaña.

María Luisa ToribioBióloga y activista, con una mirada global al mundo que me lleva a implicarme en causas  como el medio ambiente, la pobreza, los derechos humanos, las poblaciones indígenas… Convencida de que las múltiples crisis que vivimos tienen raíces comunes y de que toca impulsar cambios profundos. 

El hombre valiente no es violento

Por Júlia Serramitjana  Julia Serramitjana

Hombres que lloran mientras mecen bebés. ¿Por qué no? ¿Qué hace a un hombre valiente? Para mí, el hombre es valiente cuando rompe estereotipos y asume que las emociones  también forman parte de su comportamiento. Reprimirlas está muchas veces en la base de las expresiones violentas.

Esta es una de las reflexiones que me planteé durante el pasado año mientras vivía en Centroamérica, en Panamá, cuando conocí  la iniciativa ‘El Valiente no es violento‘ y el trabajo que están llevando a cabo varias agencias de Naciones Unidas en el marco de la Campaña ÚNETE para poner fin a la violencia contra las mujeres en América Latina y El Caribe.

Y es que, según datos de ONU Mujeres, en las Américas, el 29,8% de las mujeres han sido víctimas de violencia física y/o sexual ejercida por parte de su pareja, y el 10,7% ha sufrido violencia sexual por alguien fuera de la pareja.

Los  jóvenes que participan en la iniciativa pueden hacer sus propias propuestas. (c) ONU Mujeres

Los jóvenes que participan en la iniciativa hacen sus propias propuestas. (c) ONU Mujeres

Es impresionante ver cómo los mismos jóvenes son quiénes están actuando como agentes de cambio para dar la vuelta a esta situación en sus casas, escuelas y comunidades, impulsando proyectos que contribuyan a poner fin a esta lacra en diferentes países de la región. Por ejemplo, me llamó la atención la colaboración que se está llevando a cabo con MTV, una excelente forma de conectar con los jóvenes, y en la que propuesta más creativa será protagonista de un video en MTVLA. También se han llevado a cabo acciones en países como Ecuador o Cuba, donde ya ha empezado a dar sus frutos.

A través de esta iniciativa, se quiere hacer ver que los auténticos “héroes” no son los que pegan, maltratan o discuten, sino los que escuchan, respetan y dialogan. ¡Estupendo enfoque! Desde que lo descubrí, no he dejado de seguir y apoyar esta iniciativa en Facebook  y Twitter 

Lo que más me gustó es que se toma como referencia una atribución de la masculinidad, “la valentía”, para vincularla a valores que implican no ser violento y generar acciones positivas. Incorpora a los hombres jóvenes como parte de la solución, no sólo del problema.  Y es que ser valiente no es ser violento. Ser valiente es lograr cambiar ese estereotipo y son ellos quiénes pueden lograr sembrar la semilla para un futuro sin violencia contra las mujeres y las niñas.

 

 

 

Júlia Serramitjana es periodista y trabaja en Intermón Oxfam