‘La polilla tramposa’, el juego de cartas que permite a los niños (y a los mayores) divertirse haciendo trampas

Como familia aficionada a los juegos de mesa que somos, era lógico esperar que el pasado sábado, por el décimo cumpleaños de mi hija, le regalasen algún juego. Este año han sido dos, ambos del tipo pequeño, de esos que puedes llevar en el bolso y que te permite pasarlo bien en casa pero también en vacaciones o durante cualquier tiempo de espera.

Uno ha sido Torre de gatos, de Tranjis Games (los mismos de ese exitazo que es Virus). Un juego de lo más cuco del que ya os hablaré en un futuro.

 

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Atención a la cucada que es #torredegatos, uno de los regalos de cumpleaños que recibió Julia. Ya os hablare de este #juegodecartas de @tranjisgames en el blog.

Una publicación compartida de Melisa (@madrereciente) el 13 Mar, 2019 a las 11:56 PDT

Hoy os quiero recomendar el otro, La polilla tramposa, de Emely y Lukas Brand y editado por Devir. no es ninguna novedad (apareció en 2012), pero ya sabéis que eso no me guía en mis recomendaciones, sólo que el juego nos haya gustado en casa de verdad.

Es, en realidad, un juego de cartas. No hay dados, no hay nada más que una baraja repleta de hormigas, arañas, mosquitos, cucarachas, polillas y una chinche guardiana (ya, bichos, ecks). Y las ilustraciones están bien, son correctas, pero no tiene ni de lejos el componente cuqui de Torre de gatos. Por eso el primero que probamos fue el de los gatitos de grandes ojos que nos gustó. Pero al que acabamos jugando partida tras partida media tarde y entre risas fue a la feúcha polilla.

Se reparten ocho cartas por jugador numeradas del uno al cinco y pinta una carta. Hay que colocar una que sea un número superior o inferior a la que hay descubierta. Si es un cinco puede ser un cuatro o un uno. Si es un uno puede ser un dos o un cinco. El objetivo es quedarse sin cartas y una manera prácticamente obligada de lograrlo es tirándolas o escondiéndolas. Eso sí, de una en una.

La gracia que tiene el juego es que invita a hacer trampas. Y decía que el juego obliga a ello porque la carta de la polilla tramposa no se puede jugar, no puedes colocarla sobre la mesa para deshacerte de ella. La única opción que tienes es hacerla desaparecer sin que te pille el jugador que tiene la chinche guardiana. Si nos cazan con las manos en la masa, recuperaremos la carta tirada, el jugador que nos ha pillado nos entregará una carta de su mano y nos tocará ser la chinche a partir de ese momento. La gran ventaja de ser chinche es que, en ese caso, sí que podemos jugar las polillas con normalidad.



La mecánica es extremadamente fácil.
Tanto que niños de a partir de unos seis años pueden jugar sin problemas. Tanto que es el típico juego que los niños pueden disfrutar sin un adulto delante, como sucede con el Virus o el Uno, al que también recuerda.

Vayamos a los bichos que os mencioné antes. Hay una mayoría de cartas neutras (20 de 72) que simplemente se juegan con normalidad (o de las que nos deshacemos haciendo trampas). También bastantes que implican jugadas especiales. La hormiga obliga al resto de jugadores a coger una carta del mazo, la cucaracha permite colocar inmediatamente otra carta con el mismo número encima a cualquier jugador, la araña permite al jugador que la ha depositado señalar a un jugador que tendrá que coger una carta y si alguien deja un mosquito hay que correr a poner la mano encima, el último en hacerlo recibirá una carta de la mano del resto de jugadores.

Las tres palabras que lo definirían serían sencillo, portátil y divertido.

Se nota bastante el salto de tres a cuatro personas jugando. Y me refiero a que se nota para bien. Con cuatro jugadores la atención de la polilla está dividida y las risas arrecian. Con tres funciona muy bien pero es un poquito menos divertido. Con dos no funciona. Con más de cuatro no lo he probado pero creo que funcionará bien, aunque la chinche va a sentirse tal vez algo sola ante el peligro.

Se puede encontrar por unos doce euros.

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