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Me crecen los enanos Me crecen los enanos

Si matar a otro hombre es el peor crimen, lo mejor debe ser traer a la vida a un bebé.

Siempre he creído que huiría de España con mis hijos si hubiera una guerra

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Eso escribió un buen amigo en su muro de Facebook. Eso mismo he pensado yo siempre. Tras leer libros y noticias, ver películas, visitar museos o lugares que nos recuerdan las barbaries de las guerras recientes, he desarrollado la íntima convicción de que huiría con mi familia si estuviera en mi mano; que mi patria y mi bandera, no digamos ya las pocas posesiones materiales que haya podido reunir, no significan absolutamente nada comparados con la seguridad y el futuro de mis hijos.

Niño inmigrante en un campo de refugiados en la frontera austrohúngara (EFE)

Niño inmigrante en un campo de refugiados en la frontera austrohúngara (EFE)

Este verano he pasado una semana en Normandía, respirando lo que fue uno de los episodios decisivos de la Segunda Guerra Mundial. También hemos recorrido pueblos y ciudades, todos, por pequeños que fueran, con un homenaje en piedra a los caídos en las dos grandes guerras, loables y estremecedores ejemplos de memoria histórica bien entendida. Y reflexionaba de nuevo que, si nos hubiéramos visto en aquellos lodos, hubiera preferido ver a mi marido acompañándonos en una huída en busca de la paz antes que dentro de un uniforme dispuesto a matar y con muchas posibilidade de que lo matasen.

Siempre he creído, como mi amigo, que huiría de España si hubiera una guerra. Siempre he creído que habría algún lugar que acogería a una familia con niños que huye de la catástrofe, dispuestos a trabajar  duro y sin la menor intención de perjudicar a nadie. ¿Cómo no hacerlo? ¿Cómo negar la vida a otros? Y hablamos de otros que son como nosotros, me da igual que se trate de familias de los años cuarenta del pasado siglo o de familias que hoy día huyen de Siria.

Está claro: por dinero. Somos monstruos capaces de justificar la muerte ajena por criterios económicos al tiempo que dilapidamos dinerales. Y lo salpimentamos recalcando las pocas diferencias que podamos tener con esos padres, esas madres, esos niños.

No puedo evitar recordar que también la Alemania Nazi justificaba apelando al bolsillo la solución final para la gente con discapacidad física y psíquica. Os dejo un cartel propagandístico destinado al pueblo alemán en el que se justificaba ese exterminio con el mismo modo aunque de modo nada sutil y que vimos en el memorial de Caen: “este paciente hereditario cuesta a la comunidad 60.000 RM. Ciudadanos, es vuestro dinero también”. image

Sí, siempre había creído que huiría, pero estoy empezando a darme cuenta de que no podría hacerlo.

No me dejarían hacerlo.

Refugiados tratan de de pasar a Macedonia por la frontera en tren con Grecia. (EFE)

Refugiados tratan de de pasar a Macedonia por la frontera en tren con Grecia. (EFE)

La Policía alemana trata de dispersar la manifestación neonazi en contra de los centros para refugiados. (EFE)

La Policía alemana trata de dispersar la manifestación neonazi en contra de los centros para refugiados. (EFE)

Efectivos de las Fuerzas especiales de Macedonia vigilan en la región fronteriza con Grecia. (EFE)

Efectivos de las Fuerzas especiales de Macedonia vigilan en la región fronteriza con Grecia. (EFE)

Merkel, abucheada al visitar el centro de refugiados atacado en Heidenau: "¡Preocúpate de tu gente!". (EFE)

Merkel, abucheada al visitar el centro de refugiados atacado en Heidenau: “¡Preocúpate de tu gente!”. (EFE)

Flores en el lugar en el que fueron hallados los cadáveres de 71 personas en un camión en Austria.  (EFE)

Flores en el lugar en el que fueron hallados los cadáveres de 71 personas en un camión en Austria. (EFE)

Por Normandía con niños

Este verano hemos pasado una semana de nuestras vacaciones en Normandía. Quería traer aquí los lugares que mas gustaron a Julia y Jaime, por si en alguna ocasión os planteáis ir por aquella región con niños y nuestra opinión, sin ser en absoluto expertos en la zona, puede seros útil.

Advierto que va a ser un post largo, en parte porque voy a subir un buen puñado de fotos. De hecho pensé en partirlo en varios como hice el año pasado, pero como en éste he empezado tarde y no me parecía seguir hablando de las vacaciones en septiembre, aquí os he condensado todo.

Sobre el alojamiento. Nosotros buscamos una casa a buen precio en un pueblo bien situado para explorar la zona y acertamos por completo. Estuvimos muy a gusto en las afueras de Percy, en una finca cerrada por la que los niños podían correr y jugar y saludar a las vacas vecinas. Jaime, con su autismo, necesita sitios así, seguros y tranquilos. De todas maneras, paramos poco en la casa. Apenas un par de tardes. Todos los días hubo excursiones.

Por lo que vimos al buscarla, abundan las casas semejantes por aquella región: bien equipadas y por entre 350 y 500 euros la semana para una familia entera. Probablemente en torno al 6 de junio, aniversario del desembarco, será todo más caro.

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Elegimos Percy porque desde allí está todo mas o menos al alcance en coche, que no solo nos interesaba visitar las playas del desembarco, y también acertamos: resultó que había una pastelería (hay un montón fantásticas por toda Francia) con unos macarons buenísimos; también tenían una cabina británica, no es la única que vimos en Normandía.

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Lo primero que hay que tener en cuenta es que el clima es variable y poco predecible. “Estás en Normandía, dónde el sol no brilla”, ponía en un folleto turístico. Al menos en agosto yo diría que es algo así como “estás en Normandía, dónde el sol brilla cómo y cuándo le da la gana”. En un mismo día puede hacer de todo, hubo uno en concreto que empezamos con sudadera y tormentas y acabamos bañándonos en la playa, así que no es mala idea llevar en el coche apaño para reaccionar sobre la marcha. Y las previsiones más vale mirarlas justo la noche antes para planificar la jornada, hacerlo con más antelación no es nada seguro.

Voy a decir una obviedad, si no hubiera tanta lluvia no estaría todo tan florido y tan verde ni disfrutaríamos de esos paisajes en los que vacas y caballos pacen a los lados de la carretera e incluso algún ciervo se atreve a asomar del bosque a esos pastizales. Tres vi yo en terrenos de pasto ganadero a última hora de la tarde desde el coche.

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¿Qué vimos? Empezaré por el Mont-Saint-Michel, aunque es el último sitio al que acudimos. Se trata de uno de los lugares más visitados de Francia del que poco puedo contar yo aquí que no esté explicado mejor en otros sitios. Es una maravilla, una parada obligada. Pero también os digo que está tan lleno de visitantes que es difícil disfrutarlo como a nosotros nos gusta. Jaime se portó estupendamente bien pese al bullicio y a que ese día hacía mucho calor. Moverse por la mayoría de sus calles empedradas supone, por lo menos en verano, ir abriéndose paso a duras penas entre turistas de todas las nacionalidades, dejando a ambos lados tiendas de recuerdos y establecimientos de restauración en los que los precios llegan a triplicar lo que cobran en otras ciudades. Un ejemplo: un crepe con azúcar por el que en otros sitios te cobran entre uno y dos euros (uno y medio nos costó por ejemplo en la hermosa y también turística Bayeaux) aquí estaba en tres y medio.

Para llegar a la abadía hay que dejar el coche en un parking enorme que cuesta 12,50 euros. Y luego se pueden coger unos autobuses gratuitos que van y vuelven continuamente o caminar entre dos y tres kilómetros (dependiendo de dónde se haya aparcado) por un camino que luego se convierte en pasarela. Nosotros fuimos caminando y volvimos en autobús. No llegamos a entrar en el interior de la abadía (solo entran un tercio de los visitantes del Mont-Sainte-Michel), hubiera sido demasiado para Jaime, así que lo paseamos y luego nos fuimos a disfrutar de Carolles, las playas que hay a 40 kilómetros en dirección a Granville, ciudad en la que salen los ferries y en la que acabamos dando un paseo y merendando. Fue una jornada que nos salió redonda. Y entre Granville, el Mont-Saint-Michel y la playa, los niños lo pasaron mejor en la arena, todo hay que decirlo.

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Lo que no me esperaba cuando planificamos el viaje en Madrid es que mis rubios disfrutarían como locos en las baterías alemanas que había defendiendo las playas en las que se produjo el desembarco aliado del Día D. Ya sabéis que Normandía, además del Mont-Saint-Michel, es destino turístico por excelencia para aquellos que quieren conocer un lugar clave en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Julia no dejaba de pedir todos los días que fuéramos a alguna batería más, feliz, igual que su hermano, de explorar, saltar y correr al aire libre entre los restos de hormigón que formaron parte del intento de crear el llamado muro del Atlántico.

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En la foto superior están corriendo por las defensas que están a pie de la playa de Utah. También las hay en Omaha. Pero la que más nos gustó a todos, por variada y bien explicada, fue la de Crisbecq, en la que hay que pagar 7 euros los adultos y 4 los niños. También estuvimos en la batería de Longues-Sur-Mer, que es gratuita y conserva los cañones originales, pero en la que no hay explicaciones, ni dioramas ni variedad en las construcciones.

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Por toda la costa hay muchísimas baterías, unas de pago y otras gratuitas. Lo ideal es elegir bien dos o tres que sean diferentes. Lo mismo que con los museos/memoriales. Por cierto, ya que estoy hablando de precios. En muchos museos y memoriales los niños pequeños no pagan. Y, aunque no lo especifiquen, con el carné de familia numerosa suelen hacer descuento en todas partes.

Julia y Jaime también lo pasaron muy bien en el Point de Hoc, el punto que une las playas de Utah y Omaha por el que escalaron los rangers estadounidenses, por imposible que parezca al ver la pendiente e imaginar que al mismo tiempo estaban recibiendo disparos.

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Mis peques estuvieron brincando y trepando, junto a otros niños que había por allí, en los numerosos y profundos cráteres que dejaron las bombas y que ahora están tapizados de verde y sirven de lugar de pasto a las ovejas.

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Hay algo hermoso y esperanzador en ver a los niños jugando en lo que fueron escenarios de violencia y muerte, en ver a tu hijo recogiendo alegremente conchas en una playa cuyas arenas fueron rojas.

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Vayamos con las ciudades. Una de las primeras que visitamos fue Saint-Lo, bautizada tras la guerra como la capital de las ruinas. Y es fácil constatar los estragos que padeció viendo lo que quedó en pie de la catedral y que abundan las nuevas construcciones. Si hay poco tiempo y hay que ajustar las excursiones, yo dejaría Saint-Lo fuera.

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En cambio no me perdería por nada del mundo Bayeaux. Fue el sitio con mas gente que encontramos, si obviamos el cementerio americano y, por supuesto, el Mont-Saint-Michel. Pero que haya gente no significa que vayamos a estar agobiados ni mucho menos. En Bayeaux, primera ciudad liberada tras el desembarco, se merece al menos que pasemos un día entero. Además de ver la catedral y recorrer sus calles, tienen un interesante museo, no muy grande y que no se hace nada pesado a los niños. Lo mismo que sucede con el museo Overlord, de iniciativa privada y llenito de dioramas muy conseguidos.

Pero por lo que es mas famoso Bayeaux es por un tapiz del siglo XI que explica con una audioguía caminando a paso de procesión a lo largo de sus 70 metros la conquista de Inglaterra por parte de Guillermo el Conquistador. Es impresionante, hay algo de cola para acceder a él y me temo que no es apto para los niños más pequeños. Jaime no lo vio y Julia ya estaba cansada en sus últimos metros. Lo siento, no hay fotos. No estaban permitidas.

En Bayeaux vimos el primer cementerio militar: el británico. Fue el que mas nos impresionó, tal vez porque es menos majestuoso que el americano de Omaha, tal vez porque fue el primero, puede que porque tenía menos gente, también porque en muchas de las cruces la familia había podido dejar unas palabras pensando en su ser querido: “nuestro hijo único”, “fiel y amante esposo”, “padre de tres hijos”… vas leyendo mientras recorres sus cruces.

Además del británico y del estadounidense, vimos un sobrio cementerio alemán cercano. Creo que estos lugares son otra visita obligada, también con niños.  Estremece verlos tanto por el número de caídos como cuando te detienes en tumbas concretas. Te hace preguntarte cuándo dejaremos de seguir a los locos y a los monstruos. Y a los niños también les despierta preguntas interesantes que son un reto contestar.

También en Bayeaux está el memorial que Reporteros Sin Fronteras tiene dedicado a los periodistas caídos cubriendo conflictos. Aunque solo fuera por deformación profesional, yo tenía que ir, aunque entiendo que no a todos interesará. Está justo frente al cementerio inglés y, con citas de Simone de Beauvoir y Voltaire, se trata de un jardín con un sendero a cuyos lados hay monolitos con distintos años y los nombres de los reporteros muertos. Si ampliáis las imágenes, alguno os sonará.

Caen, liberada tras intensos combates. Otra ciudad que merece mucho la pena. La que más ambiente tenía, con mucha gente joven, comercios y recorridos interesantes en los que aún se ven muchas casas agujereadas por las balas.

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En Caen también estuvimos un día entero, con gran parte de la mañana dedicada a su enorme memorial, con una escultura aún más enorme en la puerta, que solo es recomendable para los niños más mayores. De hecho, los menores de diez años no pagan.

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El mas caro y grande de los memoriales, va mucho más allá del desembarco y sus consecuencias. Lo que muestra es variado y muy duro, la ascensión al poder de Hitler, su solución final que abarcaba judíos, comunistas, gitanos, personas con discapacidad… También la resistencia y el colaboracionismo francés, la evolución del conflicto y sus antecedente. Es imposible que no conmueva recorrerlo.

En todos los museos y memoriales vamos intentando adaptar a Julia todo lo que vemos, y le explico siempre la historia sin mentir, pero simplificándola y suavizándola.

Cuando llegamos a la zona en la que explicaban la solución de la Alemania Nazi para la gente con discapacidad la pobre no daba crédito. “¿Mataron a 10.000 personas como mi hermano?”, me dijo desconcertada, abriendo aun mas sus enormes ojos. Decidió que ese museo no le gustaba y, pasado cierto punto, quiso ir rápido y salir pronto. Os dejo un cartel propagandístico destinado al pueblo alemán en el que se justificaba ese exterminio del que no recuerdo que haya ninguna película en términos de costes puros y duros: “este paciente hereditario cuesta a la comunidad 60.000 RM. Ciudadanos, es vuestro dinero también”.

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Justo en ese museo Jaime también decidió a su manera que no quería seguir ni un minuto mas y hubo que salir entre gritos. En el mismo lugar del Memorial de Caen está el búnker en el que el general alemán Richter tenía su cuartel general en 1944. Puede que algún experto me lapide por lo que voy a decir, pero me pareció que tenía el interés justo comparado con todo lo que ya habíamos visto.

El museo que mas gustó a Julia (y a todos nosotros, todo hay que decirlo) es el que hay en Sainte-Mère-Eglise, el pueblo más protagonizado por la Segunda Guerra Mundial de todos los que vimos. Igual que el maniquí del paracaidista permanece en lo alto de la iglesia, todo está lleno de tiendas con todo tipo de recuerdos y archiperres de aquel entonces, pero es que incluso peluquerías, farmacias y pastelerías están decoradas con soldados americanos de uniforme y parafernalia militar de la época. Está solo a dos pasos del parque temático militar, y eso a mí no me gusta tanto.

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El museo tiene mucho material y varias zonas, al aire libre y en interior. Impresiona ver el frágil planeador en los que aterrizaban (o lo intentaban), pero lo que mas gustó a todos es una parte en la que se simula lo que fue el salto en paracaídas, primero recorriendo un avión en el que hay soldados sentados esperando a saltar; de ahí se ‘salta’ sobre un cristal que simula el paisaje que tenían los estadounidenses y luego se recorren mas dioramas muy conseguidos. A Julia le gustó tanto que lo recorrió cuatro veces, dos con su padre y dos conmigo. Para Jaime estaba demasiado oscuro y había mucho ruido extraño.

Para comprar camisetas, sudaderas, llaveros y demás recuerdos relacionados con el desembarco, este museo y el memorial de Caen creo que eran los mejores sitios, además de alguna tienda suelta que pueda ver por ahí (nosotros dimos con una tiendita estupenda en Bayeaux). Pero la mejor recomendación es comprar cuando veas algo que te guste, que no es uno de esos sitios en los que veas los mismos recuerdos repetidos continuamente durante todo el viaje.

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Pero la abadía del Mont-Saint-Michel, patrimonio de la UNESCO y la Segunda Guerra Mundial no deberían eclipsar los paisajes y pueblos de Normandía. Ir a preciosos lugares como Villedieu les Poeles, que es especialmente recomendable en día de mercado para comprar fruta, verdura o mariscos llenos de sabor, acercarse a la abadía de Hambye, en un entorno natural espectacular, hacer lo que nosotros llamamos “turismo de coche”, eligiendo en el GPS rutas pintorescas que nos descubran paisajes y pueblitos en lugar de autovías.

Todos los museos, cementerios, memoriales y lugares reseñables relacionados con el desembarco están diseminados por diferentes pueblos. El coche (o la moto) es imprescindible. Y hacer una selección también. A menos que se pase allí un mes entero es imposible ver todas las playas y los lugares de interés.

Y como os decía al principio, hay playas para disfrutar más allá de su componente histórico. Playas tranquilas, limpísimas y no tan frías como pudiera parecer. Claro que lo dice una que pasó su infancia en Gijón, no en Murcia. Mis dos rubios se bañaron varias veces.

Hay que tener en cuenta que se come pronto, que los comercios tienen los horarios muy ajustados y es fácil encontrar todo cerrado a horas que a los españoles nos parecen inconcebibles. Los domingos no abre casi nadie. Y, ojo, que para nada estoy diciendo que sea malo. Simplemente hay que tenerlo en cuenta.

Se come bien: mejillones y pescados, quesos, fruta y verdura que saben de verdad, sidra (yo la prefiero dulce) y zumo de manzana, embutidos, dulces y chocolates… Es cuestión de explorar. Nosotros somos más de mercados y cocinar que de restaurantes, y en ese sentido hay mucha variedad.

No es nuestro caso, pero para familias que disfruten dando pedales juntas, hay pocos sitios mejores. También hay muchas facilidades para ir con caravanas. Es además un sitio fantástico para montar a caballo. Hay muchísimos y con un aspecto fantástico. Una forma especial de recorrer las playas del desembarco que en otra época de mi vida no hubiera perdonado es a caballo.

Es recomendable también acercarse a los diferentes puntos de información turística. Te van dando leyeras guías, que en muchos son pequeños libritos muy completos. Me dio la impresión de que hay mucha mas gente que hable inglés allí que en otras zonas de Francia. Lógico supongo, dada la proximidad con las islas.

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Fue solo una semana que nos dejó con ganas de más, aún no sabemos si repetiremos el próximo año. Así que, como ya os dije que no pretendemos ser expertos, estaremos encantados de escuchar vuestras impresiones y otras recomendaciones. Hay mucha más Normandía que la que he contado, seguro.

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Casi un mes por Francia

imageSe acabó. Acabaron los días disfrutando de la piscina en el minúsculo y precioso pueblo de La Chapelle Mouliere, un lugar en el que parece haberse detenido el tiempo. Acabaron también los días en Percy, en una hermosa casita de piedra normanda, rodeados de verde en el que correr y con unas vacas jóvenes como vecinas a las que amenizábamos por las tardes cantando ‘tengo una vaca lechera’. Jamás tuvimos Julia y yo público más entregado.

Se acabó el recorrer villas, baterías, ciudades, chateaus, museos, playas y abadías escuchando Tendance, Virgin y los hits franceses. Se acabó el descubrir olores y sabores de distritos quesos, frutas, panes y moules et frits. Se acabaron los bon jour, merci, au revoir y bon journé; se acabó vivir rodeados por la música que tiene otro idioma.

Se acabaron unas vacaciones en las que hemos disfrutado y desconectado, preparándonos todos para afrontar un nuevo curso con cambios: Jaime cambia de colegio, Julia pasa a Primaria y nosotros tendremos nuevos retos. Pero pronto estaremos planeando qué rincón de Europa conocer el próximo verano, buscando alojamientos tranquilos en pueblos pequeños a precios ajustados y situados de tal manera que nos permitan explorar la zona en viajes a una o dos horas de coche.

Hay tanta Europa por explorar, lugares poco bulliciosos, en los que descubrir y disfrutar. Tenemos suerte, ambos son buenos viajeros. Jaime, con su autismo, necesita vacaciones así. Tranquilas, huyendo del sol abrasador que le roba el sueño y de los lugares atestados.

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Quedan en la memoria los buenos ratos, hermosos destellos de mis niños riendo en el agua, corriendo en el verde, abriendo los ojos a paisajes diferentes, a detalles asombrosos, aprendiendo a aprender, a ser flexibles. Comprendiendo que somos perfectamente capaces de ser felices.

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Queda también algún post de viaje en el que os contaré lo que hemos hecho en el país vecino, por si nuestra experiencia os pudiera servir de algo.

Nos seguimos leyendo.

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‘Dune’, de Frank Herbert, ha cumplido cincuenta años en buena forma #Unoalmes

Hace cosa de un mes, puede que algo más, una de mis mejores amigas, a la que tengo la enorme suerte de conservar desde el colegio, encontró una serie dibujos que ambas hacíamos con catorce o quince años de los libros que leíamos por entonces. Hay escenas de El clan del oso cavernario, de Flores en el ático y de Dune.

Como no tengo vergüenza, os dejo un par de ellos. Está claro que mi camino no era el de ilustradora.

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Los había olvidado completamente hasta que ella me los mostró, pero fue verlos y retroceder veinticinco años. Y fue verlos y apetecerme leer de nuevo la novela de ciencia ficción de Frank Herbert para traerla al blog en la recomendación literaria que hago siempre a final de mes junto con otros blogs y con el hashtag #Unoalmes. Los otros libros no me ha dado por revisitarlos; puede que de adolescente los disfrutara, pero los recuerdo lo suficientemente bien como para tener claro que con una vez basta.

Uno de los motivos por los que quería volver a Arrakis, es que de Dune tenía muchas lagunas. Recordaba las líneas generales, pero la estructura y detalles de la historia se escurrían como arena entre los dedos. No deja de ser curioso, teniendo en cuenta que ese mundo de arena fue una de las influencias de Galatea.

Primera casualidad que me encontré: justo este año se cumplen cinco décadas de su publicación. Medio siglo de un libro que siendo uno de los títulos imprescindibles del género.

Por aquello de sacar más provecho a una relectura, decidí atacar Dune en inglés esta vez, así que mi velocidad leyendo se ha reducido considerablemente.

Más casualidades, lo acabé justo un día antes de visitar la duna de Pilat, la más alta de Europa con más de cien metros.

Sé que no viene a cuento, pero es una excursión estupenda con niños si se anda por aquella zona de Francia. Está cerca del pueblo de playa de Arcachon, a poca distancia de Burdeos. Subirla cuesta un poco, pero bajarla es dicertidísimo. Se nos pasaron dos horas volando. El paisaje y el entorno natural son muy hermosos.

Os dejo tres fotos en las que se ve la duna, en una de ellas está Jaime bajando al asalto como un auténtico fremen.

Os tengo que confesar que mi reencuentro con Dune ha sido agridulce. No me ha deslumbrado como en mi adolescencia, algo que entraba dentro de lo que era razonable esperar. La historia no me ha atrapado del todo y todo aquel universo de guerreros de arena, política feudal planetaria, drogas iluminadoras, profecías mesiánicas y expertos en el control de la mente sobre el cuerpo me ha dejado algo fría. El estilo de Frank Herbert me ha parecido demasiado ampuloso, aunque eso lo digo con la boca pequeña porque también puede deberse a mi nivel de inglés.

Pero también quiero que me entendáis, pese a todo sigo creyendo que Dune es un libro maravilloso y recomendable, un hito de la ciencia ficción que no por nada se llevó el premio Hugo y el Nebula.

Pese al tema mesiánico, que cuando se publicó en 1965 no tanto, pero ahora está trilladísimo, y al paso de la niñez a la edad adulta del héroe predestinado, que no lo está menos, el libro sigue siendo original, plagado de personajes interesantes, con un mundo complejo y diferente que bebe de muchas fuentes y capaz de formar en nuestro interior imágenes poderosas. Un mundo en el que, como el sistema feudal que le inspira y la época en la que fue escrito, está dominado por los hombres.

El presciente Paul Atreides es un protagonista que no se olvida, igual que las Bene Gesserit con su selección genética y su cuidado adiestramiento y autocontrol y el extremo mundo de Arrakis, un desierto terrible en el que el agua es un tesoro y en el que es preciso llevar unos trajes especiales que reciclan los fluidos de su portador. Y el libro está salpicado de reflexiones aprovechables, sobre el amor, la ecología, la lealtad, el poder o la responsabilidad.

Se nota el interés del autor, que pasó sus ultimos veinte años con su familia en una granja autoabasteciéndose, por la psicología y la ecología.

Soy de las que cree que hay libros que tienen una época personal para ser disfrutados, y tal vez el de Herbert sea uno de ellos. Otra forma de decirlo es que el problema de que no me haya entusiasmado como hace años no ha sido de la novela, sino mío, que soy veinticinco años mas vieja y mas escéptica, con muchas más lecturas a cuestas.

¿A quiénes gustaría más? Imagino que sobre todo a lectores jóvenes y/o interesados por la ciencia ficción, aunque puede sorprender y hacer soñar a cualquiera.
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De Dune hay cuatro novelas más ambientadas en este universo escritas por Herbert, y algunas más por otros. Yo me limité a leer los tres primeros libros de la saga, pero se puede leer el primero, que es sin duda el mejor, sin necesidad de otros. También hay una película de David Lynch con un reparto espectacular que yo vi años después de leer el libro y que me decepcionó bastante y una miniserie de hace 15 años a la que no he echado el ojo.
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Mantengo la nueva costumbre que inicié de sumarme a otros blogs para recomendar uno de los libros que he leído este mes. Estáis todos invitados a participar con vuestros blogs y redes sociales. El hashtag es #Unoalmes.

 

Las ventajas de los juegos de mesa para los niños, también en vacaciones

imageCuando nos vamos de vacaciones, aunque sea por todo un mes y llevemos el coche hasta los topes, siempre hay espacio para meter unos cuantos juegos de mesa.

Este año no ha sido una excepción y mi santo ha estado condensando en tres cajas ocho juegos (sí, hay tanto aire en las cajas como en las bolsas de patatas fritas) cinco de ellos para jugar con Julia, todos muy recomendables. Son:

    • Virus, del que os hablé hace un tiempo y que sigue siendo uno de los favoritos de Julia. De hecho está entusiasmando a todos los niños de más de cinco años con los que lo probamos. Además, al ser un mazo de cartas ocupa muy poquito.
    • Camel Up. Una de las últimas adquisiciones. Realmente divertido, es una carrera de camellos con tendencia a encaramarse unos encima de los otros en el que hay que apostar tanto al perdedor como al ganador. Los dados se tiran accionando una pirámide, que es algo que chifla a todos los niños.
    • O zoo le mío. En el que tenemos que pujar por losetas que incluyen distintos tipos de animales para que nuestro zoo sea más espectacular que el de nuestros contrincantes y así atraer más visitantes.
    • Carcassone en su vertiente prehistórica. Vamos poniendo losetas y colocando nuestros cazadores, cabañas de pesca, pescadores y leñadores entre mamuts, tigres dientes de sable y construcciones neolíticas para sumar puntos. Una variante muy divertida de un juego clásico.
    • Dungeon Raiders. Otro juego de cartas en el que convertirnos en magos, caballeros, ladrones o exploradores que tienen que recorrer unas mazmorras en las que se encontraran tesoros, trampas y monstruos de todo tipo.

Sé que a veces da pereza esto de los juegos de mesa, que es a los adultos a los que toca aprenderse las reglas (y a veces adaptarlas) montarlos y, con frecuencia, animar a que se jueguen en familia. Pero es un mínimo esfuerzo que merece la pena. Es un tiempo disfrutado en familia, en el que todos nos divertimos y, con frecuencia, estamos igualados. Sin contar con que es una estupenda gimnasia para nuestro cerebro.

Hay todo un universo de entretenimiento a nuestro alcance, hasta que no te adentras en este mundo no te das cuenta de lo amplio que es, de la enorme oferta existente, que va muchísimo más allá de los típicos Stratego, Trivial o Pictionary que todo el mundo conoce o de juguetes camuflados de juegos de mesa que se anuncian sin parar de cara a Navidad y que son poco mas que un timo.

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Os dejo para terminar con parte de un texto del Observatorio del Juego Infantil, que promueve la Asociación Española de Fabricantes de Juguetes (AEFJ) en el que se habla precisamente de las ventajas de los juegos de mesa.

Los juegos de mesa estimulan la participación, priman el disfrute del proceso frente a los resultados, contribuyen al desarrollo físico, cognitivo y social, y favorecen la comprensión de las reglas y normas deportivas. Éstas son algunas de las ventajas de los juegos de mesa que destacan expertos del juego infantil a nivel mundial como el español José Luis Linaza, catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad Autónoma de Madrid.

En los juegos de mesa se reproduce el juego predeportivo para que el niño solucione mentalmente lo que realiza físicamente cuando juega. Por ello, los juegos de mesa, al igual que los deportivos, fomentan la salud psicológica. El tablero reproduce la cancha de juego de manera que se vinculan diferentes componentes del universo intelectual como la inteligencia motriz, las nociones espaciales, las capacidades táctico-estratégicas o los procesos de las jugadas.

Los juegos de mesa también fomentan: la concentración, el desarrollo cognitivo, la capacidad de asociación y agilidad mental, la aceptación de las reglas, la resolución de problemas, las habilidades sociales, la participación, la constancia, el juego en equipo y la autonomía.

Otro de los beneficios de los juegos de mesa que señala Linaza es que evitan la didcriminación infantil: “si bien con los juegos deportivos adquirimos habilidades físicas que a la larga podemos utilizar, los juegos de mesa ofrecen las mismas oportunidades a todos los jugadores independientemente de su nivel de habilidad lo que evita la discriminación infantil. Son útiles porque son un modelo en miniatura de competir y de aplicar habilidades”. Además, los juegos de mesa aportan una mayor comprensión y una mayor eficiencia táctica, lo que permite encauzar al niño a una mayor participación en los juegos motores.

En España algunas escuelas como los C.P. “Cavite”, “Blasco Ibáñez” y “Ballester Fandos” de Valencia, o el IES “Ausiás March” de Manises, ya utilizan los juegos de mesa como material curricular de la asignatura de Educación Física, en el último ciclo de Primaria y Secundaria.

Según José Luis Linaza los juegos de tablero promueven la comprensión de las reglas mentales a una edad muy temprana “pero no es hasta las edades de entre 5 y 6 años, cuando los niños están capacitados para comprender las reglas del juego. Antes, los niños juegan de modo simbólico y por imitación”.

Por cierto, hay algo que también dicen estos expertos con lo que no estoy de acuerdo. Ellos hablan de que los niños deben jugar con sus iguales, no con adultos que tendemos a dejarles ganar. Hay suficientes juegos como para elegir aquellos en los que las tornas queden igualadas.

Otras entradas que pueden interesarte:

Oro hilado y carne de niño

Oro hilado y carne de niño. Nueve agostos tejidos a unos ojos de carbón pulido, a un millón de sonrisas radiantes, al amor descubierto, al olor de la leche dulce y el pan crujiente.

Piel como pan crujiente. Oro hilado y carne de niño. Nueve veranos cosidos con sueños reconstruidos, cantares y cosquillas.

Cosquillas que suben por una piel como pan crujiente. Oro hilado y carne de niño. Nueve años tramados para unir otoños y primaveras, océanos y bosques, incógnitas y risas.

Risas nacidas de cosquillas que suben por una piel como pan crujiente. Oro hilado y carne de niño. Nueve vidas si es preciso, atadas por ojos de carbón pulido, sonrisas radiantes, sueños, aromas, canciones y deseos.

Un niño escondido en un niño feliz de oro hilado y carne.

Y luego yo.

Entretejidos. Entrecosidos. Entramados. Atados.

Siempre.

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* Hoy celebramos que Jaime, mi niño de oro bruñido, cumple nueve años a nuestro lado.

Premios, castigos y amenazas

Hace poco leí una extensa entrevista que Belén Juan hizo a Carlos González en Ser Padres por la publicación de su nuevo libro. Por si no os suena, es un pediatra conocido por sus conocimientos y defensa de la lactancia materna que tiene también libros en los que habla de otros aspectos de la crianza siempre desde el respeto a los ritmos y necesidades del niño.

La entrevista es larga y os la recomiendo, pero he traído aquí únicamente dos preguntas y respuestas:

Desmontas la utilidad de los premios y los castigos en la educación de los niños. ¿Cuál es el plan B?

No hace falta plan B. No necesitamos un plan de incentivos o un código penal doméstico para controlar a nuestros hijos, lo mismo que no necesitamos premiar o castigar a nuestro marido o nuestra esposa. Las cosas, simplemente, se dicen.

Muchos educadores sustituyen la palabra “castigo” por la de “consecuencia”: no se trata tanto de castigar al niño como de que vea que sus actos tienen consecuencias. ¿Cómo lo ves?
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En muchas ocasiones, esas “consecuencias” no son más que un castigo con el nombre cambiado. “Como has sacado malas notas, castigado sin salir” o “como has sacado malas notas, tendrás que quedarte a estudiar y no podrás salir”.

Las verdaderas consecuencias serían dejar que juegue con el cuchillo y ya verá cómo se corta, o dejar que no estudie en todo el año y ya verá como repite curso. Pero eso es demasiado peligroso, no vamos a permitir que nuestro hijo sufra esas consecuencias, ¿verdad? Lo que queremos es prevenirlas, intervenir antes para que no se produzcan.

En otras ocasiones, son los padres los que deberían comprobar las consecuencias de sus actos. En vez de ponerle el abrigo a la fuerza aunque llore, en vez de reñirle mil veces para que se siente derecho, para que no se toque la nariz, para que no pise los charcos, para que no toque las paredes… deja que lo haga y que experimente las consecuencias de sus actos. ¡Oh, sorpresa, no hay ninguna consecuencia! ¿Pues a qué venía tanto escándalo?

Bueno, pues en un plano teórico estoy completamente de acuerdo con Carlos González. No me gustan los castigos ni los premios como estrategia educativa, creo que lo ideal es alabar los buenos comportamientos cuando se producen y reprender aquellos que no son apropiados, procurando explicar y dialogar siempre en función de la edad y capacidad de comprensión del niño. Siempre teniendo en cuenta que mi hijo no es mío para hacer con él lo que me dé la gana, que tiene su voz, sus gustos y su derecho a ser escuchado.

En un plano teórico decía, porque tengo que confesar que aunque no me gusten los premios, castigos y amenazas, a veces premio, castigo y amenazo a Julia.

Es una niña fácil de llevar, no es retadora, escucha y se suele poder dialogar con ella, pero aún así es una niña de seis años y a veces no atiende a razones, nos hace perder la paciencia porque no se comporta como creemos que es correcto o debería y acabamos tirando de amenazas, premios y castigos.

Poca cosa, también es verdad, pero lo hacemos.

Premios uso muy ocasionalmente, castigos tampoco hay muchos, amenazas sí que hay más y suelen funcionar porque Julia sabe que siempre cumplo lo que prometo, para bien y para mal.

Otra confesión: no me gusta la madre que soy cuando amenazo, castigo o premio. Puede ser que resulte efectivo, sí, pero no debería llegarse a eso.

Muchas veces aquello que tanto nos molesta tiene mas que ver con nuestra poca flexibilidad, con usos sociales que tampoco son vitales o con que los planes de los adultos no se cumplan como queríamos.

No deberían ser necesarios, y tengo la prueba en casa.

Con Jaime, que tiene ocho años y autismo, no hay premios, castigos y amenazas. No los hay porque no sirven de nada. No los entiende, son inútiles, no aprende con ellos. Y os aseguro que Julia es mucho más fácil de llevar que su hermano, que aún tiene a veces rabietas y puede ser impredecible. Con Jaime solo sirve que seamos flexibles, comprensivos, que le tratemos con cariños y nos anticipemos a sus necesidades, procurando no forzarle a hacer aquello que le disturba.

Si con un niño con discapacidad lo tenemos tan claro, vemos que somos nosotros los que debemos trabajar nuestra paciencia, nuestra capacidad de sobreponernos a la frustraciones, dar la importancia justa a según qué cosas y tener más cintura, con una niña inteligente, capaz de entender nuestros razonamientos y explicarse, no debería ser diferente. ¿No es cierto?

Obedecer por afán de agradar, por que confías en la persona que te está hablando, sobre todo porque comprendes el motivo que hay detrás. Así sí. Obedecer por miedo al castigo o por el deseo de una recompensa tiene mucho menos sentido.

Hacerlo por el miedo al castigo físico debería ser algo superado.

 

* foto: GTRES

No debe incentivarse la mendicidad con niños

Un famoso youtuber fue noticia hace poco por un experimento de baratillo con aspiraciones a generar un vídeo viral.

Mis compañeros de Gonzoo lo recogieron con el título: Un padre con su hija sin hogar y un drogadicto, ¿a quién ayuda con dinero la gente?. Y así lo explicaban:

Persin se camufló bajo dos identidades. Por un lado, una persona sin hogar que pedía dinero para su familia acompañado de su hija pequeña. Por el otro, una persona que pedía para adquirir drogas y alcohol.

Así, sentado en una concurrida calle de Nueva York, el joven veía como la gente pasaba de largo y solo unos pocos dejaban algo de dinero. Lo sorprendente del ‘experimento’ es el resultado: recaudó más como ‘drogadicto’ que como padre de familia sin hogar.

Cuando vi el vídeo no podía evitar pensar que entendía perfectamente a todos aquellos que no daban dinero a un hombre que tenía a su hija pequeña mendigando en la vía pública. De hecho, entendería que avisaran a las autoridades para que tomarán medidas y protegieran a esa pequeña.

Yo tampoco daría dinero a alguien que pide en Nueva York, París o Madrid con un niño en la calle. De hecho en muchas ciudades está prohibido, así es en España, y hay campañas que piden expresamente que no se dé dinero a niños que lo mendigan.

Hace ya muchos años, estando en Egipto en la etapa previa a ser madre reciente, el guía que teníamos nos pedía expresamente que no lo hiciéramos. “Un niño debe estar en la escuela o jugando”, nos decía con más razón que un santo. “Si al padre le sale rentable tenerlo en la calle pidiendo no le hará estudiar ni le dejará jugar”, explicaba. En México nos contaron algo semejante, añadiendo que estaban exponiendo a los niños a los peligros de la calle: abusos sexuales, accidentes, desapariciones…

Si se desea ayudar económicamente a los niños que lo necesitan, hay mejores maneras. No debe incentivarse la mendicidad con menores.

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La imagen es de una campaña reciente en Perú.

Por supuesto que no se es mejor madre por haber calentado o fabricado la leche

Estamos en la Semana Internacional de la Lactancia Materna, así que estuve buscando viejos posts en los que hablaba del tema para mostrarlos en mis cuentas de Facebook y Twitter estos días. Mi blog de maternidad ha ido evolucionando según crecían mis hijos, y hace mucho que ya no hablo de asuntos relativos al embarazo o la lactancia.
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Cuando esos posts, algunos previos a la explosión de esas Twitter y Facebook, se han publicado en redes sociales ha aparecido la vieja polémica que ojalá estuviera ya superada. Nunca ha habido comentarios tan encendidos en este blog como cuando he escrito sobre lactancia o temas limítrofes (chupetes, biberones, porteo, colecho…).

Y la mayoría de la gente que saltaba, se enzarzaba, se picaba o discrepaba con mayor o menor intensidad, con mejores o peores modos, lo único que estaba haciendo era pedir respecto, defender su modo de crianza a su manera, a veces perdiendo las formas.

Lógico. ¿No os parece? A fin de cuentas estamos hablando de nuestras decisiones, aunque sea circunstanciales, respecto a lo que mas queremos en el mundo: nuestros hijos.

No es tanto pedir que haya respeto por parte de los demás, tanto si damos de mamar o biberones, da igual que sea por elección o porque las circunstancias hayan conducido a eso.

No es tanto pedir que respetemos a las madres que dedicen criar a sus hijos de una manera diferente, que no haya miraditas reprobatorias si vemos asomar chupetes o biberones, que no intentemos aconsejar o convencer de las virtudes de la lactancia materna y como tener éxito con ella a aquellos que claramente no están pidiendo esa charla, que no juzguemos a los demás por lo que hacen.

Y tampoco lo es que no nos juzguen a las que sacamos el pecho en público, o damos de mamar a niños que andan o estamos fascinadas por haber descubierto nuestra capacidad de lactar y cantemos sus virtudes igual que no podemos evitar hablar sin parar de la persona de la que nos acabamos de enamorar.

No es de recibo que por defender la lactancia materna se nos llame “talibanas de la teta”. Defender algo no es atacar la alternativa.

Porque sí, la lactancia materna es mejor que la artificial tanto para la madre como para el bebé. Eso no se puede discutir, lo siento. Y si queréis hacerlo puedo ponerme a invocar fuentes de autoridad irrefutables, aunque agradecería no entrar en eso. Y es una práctica a fomentar, tanto en nuestro primer mundo como en entornos más desfavorecidos en los que salvaría muchas vidas.

Pero eso no significa que no haya leches de fórmula de alta calidad con las que los niños pueden crecer sanos como peras. Y es de perogrullo que la maternidad es mucho más que un colecho o una cuna, que una teta o un biberón. Por supuesto que no se es mejor madre por haber calentado o fabricado la leche.

¿Llegará el día en no nos enzarcemos entre nosotras cuando salga el tema de la lactancia? Ojalá.

Vivir sin atacar, sin sentirse atacado, sin estar a la defensiva, sin entrar al contraataque. Pero sobre todo vivir sin juzgar al otro, vivir respetando al de al lado.

¿Es tanto pedir?

Niños y maletas: paciencia, entretenimientos, intendencia y, sobre todo, seguridad

Viajes largos en coche con niños, para muchos la pesadilla. Mareos, enfados, aburrimiento mal llevado… Hoy día tenemos muchas ventajas respecto al pasado para sobrellevar las horas de coche: películas durante el viaje, tabletas y smartphones y música interminable gracias a Spotify y similares.

Y tenemos los entretenimientos que también había antes: cantar, ver cuentos y leer libros si somos de los afortunados que no los mareamos (es mi caso, ahora voy escribiendo en el iPad, en asiento del copiloto) y juegos, muchos juegos: encontrar matrículas  con determinadas letras o números, coches de algún color, el veo veo, las palabras encadenadas…

Antes ayudaba  a que estuviéramos entretenidos el hecho de que no fuésemos atados. Me recuerdo de niña tumbada en el asiento trasero, jugando con mi perro, durmiendo o leyendo. También incrustada entre los dos asientos delanteros para hablar con mis padres.

Sí, antes íbamos así. Ahora sabemos que era un error y sobra recordar que los niños tienen que ir en sus sillitas reglamentarias, bien atados y a contramarcha todo el tiempo que sea posible. No es discutible.

Tenemos suerte con Jaime y Julia. Son buenos viajeros, tal vez porque están acostumbrados desde pequeños al coche. No se marean, les gusta la aventura de ir a descubrir nuevos sitios y llevan bien las horas obligatoriamente sentados. Algunos niños con autismo como Jaime no aguantan tanto en un coche, el otro día lo hablaba con una amiga que tiene un sobrino con autismo, pero nuestro rubio disfruta mirando por la ventanilla cómo cambia el paisaje y viendo películas en las que abunden las canciones.

Pero hablamos de niños pequeños, no de bebés que es otra historia muy diferente. Con los bebés un viaje largo en coche puede ser una pesadilla. Es cierto que algunos duermen en cuanto se encuentran en la silla, pero otros luchan contra el sueño o simplemente duermen muy poco porcentaje del viaje.
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Y ahí no hay películas, ni iPads, ni palabras encadenadas… Ahí solo hay un bebé que no entiende porqué tiene que estar ahí atado tanto rato cuando normalmente a sus lloros papá o mamá responden cogiéndole en brazos. Es decir, ahí solo hay paciencia y parar con frecuencia.

Jamás olvidaremos el viaje que hicimos a Cádiz con Jaime cuando tenía unos diez meses. Nos llevó el mismo tiempo que haber ido solos a París, solo que yendo solos a París en coche no se nos hubiera ocurrido ir escuchando las canciones de Cantajuego.

Viajar con niños y bebés también implica una cuidada intendencia: comida para el viaje, ropa de cambio, pañales, carritos, juguetes… Y siempre se olvida algo, por lo menos a mí.

Juegos, paciencia, intendencia y sobre todo seguridad.

Somos muchos los que hemos cambiado nuestros usos al volante tras ser padres. Y si no hemos cambiado, al menos somos más conscientes de la preciosa carga que llevamos en los asientos traseros.

Y así debe ser.

¡Buen viaje!