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Tigriteando (y por tanto la crianza respetuosa) consigue dos galardones en los #Premios20Blogs

Eso que muchos llaman la blogosfera maternal, un universo de blogs variopintos hasta el extremo pero con la crianza o la maternidad como eje, goza de excelente salud. Ayer pude disfrutar de la fiesta de la novena edición de los Premios 20Blogs y quedó claro, viendo a los ganadores, que goza de una excelente salud.

En esta última edición hay tres blogs que han tenido dos premios. Uno es La huertina de Toni (Medio ambiente y Blogs más votado), otro es Una de cada mil (Salud y vida sana y también premio principal). Ambos muy recomendables y con unos fantásticos autores detrás.

El tercero ha sido Tigriteando (categoría Blogosfera y premio especial Madresfera), un sitio fantástico comandado por Bei, madre de Abril y Emma, que rebosa respeto por los niños, amor por los libros y que ahonda en el método montessori.


¿Qué no sabéis lo que es el método Montessori?
¿Habéis oído el término pero no tenéis claro lo que implica? ¿Ni siquiera lo habéis escuchado nunca?

Esa delicia de blog que es Tigriteando, a la que quiero felicitar especialmente por las dos estatuillas que se ha llevado merecidamente a casa, lo explica divinamente en este post: 10 dudas frecuentes sobre el método Montessori, un sistema con el que yo no comulgo por completo, os confieso, pero que me parece imprescindible conocer, que tiene mucho bueno sobre lo que reflexionar y aplicar y que me encanta lo respetuoso que es con los niños.

Ya podéis ir a leer el blog de Bei, que ya otro día hablaremos más despacio de Montessori.

Y, ya puestos, podéis echar un vistazo a los blogs finalistas y ganadores, veréis más blogs de temática maternal y seguro que descubriréis muchas lecturas interesantes. No dejéis pasar la oportunidad de descubrir joyas de la blogosfera, ese para mí es el verdadero sentido de estos premios.

Felicidades a todos los premiados.

¡Nos leemos!

Teresa Olivares, Cofundadora y Directora de Marketing y Ventas de TUTETE, y Mónica de la Fuente, fundadora de Madresfera, entregan uno de los premios al blog Tigriteando.  (JORGE PARÍS)

Teresa Olivares, Cofundadora y Directora de Marketing y Ventas de TUTETE, y Mónica de la Fuente, fundadora de Madresfera, entregan uno de los premios al blog Tigriteando.
(JORGE PARÍS)


Dos infancias a bordo de un barco de vapor

Descubro estos días que los libros de Barco de Vapor nacieron un par de años después que yo. Lo que tengo claro es que crecimos juntos. La colección de libros nacía y se ampliaba, sumaba títulos, al mismo tiempo que yo descubría que pocas cosas me gustaban más que leer, que el ser humano realmente había sido capaz de hacer auténtica magia al escribir libros.

Muy pronto se convirtieron en el único juguete que quería en Navidad, en Reyes o para mi cumpleaños. Cuando mi madre me llevaba a El Corte Inglés me dejaba en la zona de libros sabiendo que no me movería para elegir otro que llevarme a casa y me hice amiga de la dueña de la pequeña librería el barrio (gracias Concha).

Crecí rodeada de cuentos y libros infantiles, de muchas editoriales y colecciones diferentes, pero con una gran mayoría de Barco de Vapor. Tenía tantos barcos que mi casa parecía un astillero. Os dejo una foto en la que podéis ver unos cuantos (seguro que os suenan unos cuantos):

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Volúmenes leídos y releídos muchas veces que me han acompañado en mi mudanza y llevan décadas callados, aguardando pacientemente a ser abiertos de nuevo para mostrar sus historias.

Nunca me planteé deshacerme de ellos. Aún recuerdo la ilusión con la que leía los pocos libros que me llegaron de cuando mi padre era niño y siempre quise regalar esa sensación a los hijos que tendría. Y aunque no hubiera tenido hijos me hubiera costado desprenderme de aquello que me procuró tan buenos ratos.

Julia ha traído ese redescubrimiento. A su lado, en su cama, estoy abriendo de nuevo esos libros que con frecuencia esconden dentro dibujos y cartas. Mensajes que me envié a mí misma y a la hija que tendría sin saberlo cuando era una niña.

Magia de nuevo.

De algunos ya os he hablado, como de Gran Lobo Salvaje, que fue uno de mis preferidos y ha sido el primer libro que ha hecho emocionado a mi hija hasta el llanto.

Hubo más libros favoritos que sólo con mirarlos me transportan a mi niñez. Y entre ellos se encuentran los de William Camus. Hasta que no me tope con Uti-Tanka, pequeño bisonte no había prestado la menor atención a los nombres de los autores que me habían hecho soñar. Camus fue el primero en el que me fijé, el primer escritor al que busqué para leer todo lo suyo.

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Ahora que tanto la colección infantil de SM como yo nos acercamos a toda velocidad a los cuarenta años, llegan tiempos de cambio. Para mí porque he pasado a escribir mis propios libros, para la colección por una renovación que podéis ver en esta imagen:

Deseando abrir con Julia los nuevos #libros de @elbarcodevapor ¡mirad qué belleza!

Los libros para primeros lectores se hacen más grandes para hacerlos más manejables, con ilustraciones a color en todas las páginas, cambian portadas, diseños e ilustraciones e incluyen iconos para ver las temáticas y se actualiza el código de colores para consultar la edad de lectura recomendada para facilitar la vida a los niños y a los adultos que los compren.

Pero el espíritu sigue siendo el mismo, los barcos no han cambiado en esencia. Autores españoles y extranjeros, clásicos y novedades.

La magia sigue siendo la misma.

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Tal vez deberíamos enseñar a nuestros niños a no temer al segador

muerteEstos días, tras la muerte de mi abuela y tras algunas lecturas, me han servido para reflexionar. Reflexionar me ha servido para ser aún más prudente en mis juicios, para dudar más de todo.

Le he estado dando vueltas a cómo apartamos a los niños de la muerte, lo que nos cuesta hablarle de la muerte, a lo mucho que cuidamos lo que decimos, a lo que les exponemos. Incluso a los que no nos cuesta hablar con naturalidad de muchos otros temas a priori delicados, con los niños y la muerte andamos de puntillas.

Afán de protección, querer mantenerles felices y a salvo, un lícito deseo de que crezcan sin miedo. Todo muy lógico.

Pero tal vez no lo estamos haciendo bien. Tal vez deberíamos hablar sin tanto cuidado, sin tantos misterios. Tal vez deberíamos enseñar a nuestros niños a no temer al segador, a no temer a lo que es natural e inevitable, a algo que se van a encontrar varias veces a lo largo de su vida. Tal vez sea un buen regalo que podríamos darles y que es independiente de cualquier creencia o de no creer que después haya nada, que es mi caso.

Difícil no temer nuestro fin y el fin de los que amamos, pero la postura más inteligente me parece al menos intentarlo. No tiene sentido vivir temiéndola, no tiene sentido vivir temiendo. La muerte no es cruel. La que es cruel con frecuencia es la vida a la que la gran mayoría nos aferramos.

La muerte está ahí y deberíamos prepararnos para mirarla de frente cuando nos la encontremos, que nos la encontraremos en carne propia y ajena con toda seguridad. Es imposible estar preparados para el dolor que nos cause, pero sí que está en nuestra mano intentar evitar vivir con miedo y acabar creyendo solo buscando consuelo ante el segador.

Eso creo hoy al menos.

Os dejo un fragmento de la recomendable guía Explícame qué ha pasado, de la Fundación Mario Losantos del Campo. Las imágenes que ilustran este post también proceden de esa guía.

Hoy en día al niño se le aleja lo más posible de la presencia real de la muerte. Por un lado, procuramos que “sepa” lo menos posible, así que, si pregunta, es posible que cambiemos de conversación, zanjemos el tema o respondamos con evasivas:

– «Papá, Carlitos me ha dicho que su abuelo ya no le va a ver más porque se ha muerto. ¿El abuelito también se va a morir?»

– «Bueno hijo, el abuelito está bien y te quiere mucho, no pienses en esas cosas»

Asimismo, si en el entorno familiar tiene lugar una muerte, normalmente tratamos de alejarlo de esta experiencia cuanto sea posible: se le aparta, se le lleva a casa de algún amigo o vecino para que esté distraído, se procura no hablar, ni llorar, ni “sentir” delante de él con la firme convicción de que lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es evitarles el dolor y el sufrimiento que la muerte de nuestros seres queridos provoca.

Pero, ¿por qué este empeño en alejar a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a los niños, de la realidad de la muerte? Esta pregunta tiene varias respuestas:

. Alejamos la muerte porque a todos los seres humanos nos inquieta y nos angustia enfrentarnos a ella

La muerte es una realidad cuanto menos inquietante, que pasamos toda la vida tratando de mantener a raya. Cuando nos angustia, cuando nos visita, es entonces cuando no nos queda más remedio que sufrir lo “inevitable”. Se hace muy difícil poder ayudar a los niños, acompañarles en sus inquietudes, curiosidades y en su dolor (cuando la muerte les toca de cerca) si nosotros mismos como adultos también sufrimos, nos inquietamos y nos angustiamos por ello.

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Así pues, procuramos alejar a nuestros hijos, alumnos y niños de la muerte, movidos fundamentalmente por nuestras propias ansiedades. Pensamos que, si les ocultamos su existencia, podremos ayudarles a que crezcan sin esa inquietud tan molesta. En general, pensamos que es un hecho demasiado traumático para ellos.

. Todos los adultos sentimos la necesidad imperiosa de proteger a los niños del dolor y del sufrimiento que supone perder a un ser querido

Somos los adultos quienes, no pudiendo soportar el dolor y la pena del niño, tratamos de evitarle por todos los medios la posibilidad de sufrir “en exceso” por la muerte de un ser querido. Es como si, por resultarnos insoportable su dolor, quisiéramos fingir que no ha pasado nada, negamos, alejamos, racionalizamos lo que sucede con el fin de evitar lo que tanto tememos: al niño y su dolor. Así que nos convencemos con argumentos como estos:

“Cuanto menos sepa, menos sufrirá”; “Se le pasará pronto”; “Que no nos vea tristes y así no lo pasará mal”; “Hay que distraerle”; “No le puede afectar tanto, es muy pequeño”; “Si te pregunta, dile que no pasa nada, que todo está bien”; “No le hables de lo que ha pasado, se puede asustar y no queremos que lo pase peor”; “No puede afectarle, todavía no se entera”.

. Enseñamos a vivir a nuestros hijos alejándolos de la muerte

Hoy en día vivimos muy preocupados por que nuestros hijos vivan una vida lo más cómoda y fácil posible, queremos que no sufran, que no lo pasen mal, que las cosas no les cuesten demasiado, que lo tengan todo, que se sientan los mejores, etc. Con estos paradigmas de “una vida sin limitaciones”, donde todo es posible y sufrir es evitable, la muerte -la mayor de nuestras limitaciones- no tiene lugar y nos angustia tanto que la alejamos todo lo que podemos.

Algunos pedagogos y filósofos afirman que la enseñanza está derivando hacia lo que ellos llaman “una pedagogía de la infinitud”. En los proyectos educativos no se contempla ni el sufrimiento, ni el fracaso, ni la muerte. Los niños no están preparados para todo lo que sea inevitable y doloroso, así que, cuando se encuentran con alguna limitación, su frustración es tan grande y sus recursos son tan escasos que la posibilidad de una elaboración adecuada se hace tremendamente difícil.

“¿Por qué te arreglas si vas a cavar, mamá?”

hablameEso me dijo Julia el domingo, tras asomar su cabecita por la puerta del baño.

Julia y Jaime no han visto a su bisabuela durante las últimas semanas en las que estaba ya encamada y muy malita, apenas consciente. Mi padre no quiso que se llevaran ese recuerdo de ella y yo estuve de acuerdo. Pasaron este fin de semana de despedida en casa, atendidos por familiares, jugando con sus primas, paseando, ajenos a lo que sucedía a pocos kilómetros.

No nos pareció oportuno llevarles al tanatorio y al entierro, así que no lo pisaron. No digo que haya que mantenerles siempre lejos de esas ceremonias y manifestaciones de duelo, pero creo que en la mayoría de los casos se les puede ahorrar una experiencia que no va a resultar beneficiosa. Recuerdo que la primera vez que yo estuve en uno fue cuando murió mi bisabuelo. Era un poco mayor que Julia y aunque estuve tranquila y entera, me impresionó; al poco de llegar a casa vomité y recuerdo aquella noche repleta de sueños raros. El mismo tipo de sueños raros que he tenido las últimas noches. Sueños que nos ayudan a encajarlo todo, estoy segura de ello.

Pero no llevarles a tanatorios y entierros no implica que no haya que hablar con ellos, explicarles lo que pasa con sinceridad y aclarar sus dudas sin mentir, sin dobleces.

Jaime no es capaz de entenderlo. Tiene ocho años, pero su autismo le hace ajenos a la muerte, sus pesadillas y consideraciones. “Pensadillas” dijo hace algunos años Julia, una palabra que podría resumirlo todo. A Julia, que tiene seis años y es consciente de que el abuelo Jose murió antes de que ella naciera, sí que le hemos contado que la abuela Maruja había muerto y que nosotros no estaríamos en casa con ella porque íbamos al tanatorio a despedirla y luego al entierro. Y lo aceptó con toda la naturalidad del mundo, sin apenas preguntas, pese a que estábamos preparados para responderlas. Llegarán, estoy segura.

Aunque cada caso es distinto en función del niño, el momento, su relación con la persona fallecida, su experiencia previa, cómo seamos los que vamos a ayudarles a entenderlo, si hay o no creencias religiosas por medio… hay algunas pautas obvias en las que todos coinciden y que pasan por un lenguaje claro, sinceridad, no esconder nuestros sentimientos ni pedirles a ellos, directa o indirectamente, que lo hagan.

En la página de orientación educativa de Mónica Diz Orienta hay una estupenda colección de enlaces para afrontar el tema de la muerte y el duelo con los niños. A mí me ha gustado especialmente la Guía cuya portada ilustra este post y de la que tal vez os hable más detenidamente en otro post.

Hoy quiero traer lo que allí comentan sobre que los niños acudan a velatorios y entierros:

Otra forma importante de explicar a nuestros hijos la muerte de un familiar es iniciarles en los ritos que se realizan cuando una persona fallece, es decir: el tanatorio, el entierro y el funeral. Esta es una decisión que debe tomar la familia, pero, por regla general, a partir de los seis años un niño puede compartir con sus parientes las ceremonias de despedida que se organicen.

El sentido de que los niños, preadolescentes y adolescentes acudan al velatorio, entierro o funeral radica en la necesidad que ellos mismos tienen de sentirse incluidos en el sistema familiar y de recibir consuelo, cobijo y compañía durante estos momentos difíciles. Los preadolescentes y adolescentes pueden vivir con mucho dolor el hecho de que se les aparte de la familia en estos momentos de unión. Necesitan formar parte de lo que sucede y despedirse de la misma forma que todos los demás.

Participar en estos ritos también ayuda a que la despedida se concrete en un tiempo y en un espacio determinado. En ocasiones, los niños y adolescentes pueden quedarse con una profunda sensación de vacío por no saber qué ha pasado o dónde está ahora su pariente fallecido.

Si vamos a introducir a los niños en estos ritos, es importante que les preparemos con antelación para todo lo que va a suceder. Si les contamos previamente en qué consiste el entierro o el funeral, lo que sucede allí –que la gente puede llorar, abrazarse, etc.-, y el sentido del pésame y cada rito de despedida, les ayudaremos a situarse en la realidad de los hechos y no en la fantasía.

También es fundamental que permanezcan acompañados en todo momento por un adulto que se responsabilice de ellos y que responda a todas las preguntas que necesiten resolver.

Si el niño o adolescente no desea acudir a estos rituales es vital que respetemos su decisión, sin obligarles ni hacerles sentir culpables. Siempre podemos dejar la puerta abierta para el momento en que ellos quieran acudir al lugar donde su pariente está enterrado, acompañarles y explicarles lo que necesiten preguntar.

No temas al segador abuela

la foto(2)Y la vida dijo hasta aquí hemos llegado. Mi abuela Maruja, con 88 años, murió ayer noche. No fue una mala muerte, aunque la muerte nunca es buena del todo. Murió en su cama, en su casa, junto al hombre que la acompañó y la quiso toda su vida y junto a su único hijo, ya abuelo.

Definitivamente tuvo una buena vida. Pocas personas tienen la suerte de vivir hasta el final en compañía de su pareja, independientes los dos, con la cabeza en su sitio. En su caso con la risa rápida y el andar torpe hasta este otoño. Los últimos tres meses han sido malos sí, pero ya descansa.

Reía mucho. Fue lo primero que le llamó la atención a mi marido cuando la conoció hace veinte años. Reía mucho y nada era nunca un gran problema, no hacía de la vida un drama ni algo demasiado serio.

Tal vez eso suyo sea también mío. Si es así, no pudo legarme nada mejor.
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Pasé mucho tiempo con mis abuelos asturianos, muchos fines de semana completos desde muy pequeña, todos los veranos desde junio a septiembre. No la recuerdo enfadada o riñéndome, se tomaba fácil la vida y nos la hacía fácil a lo demás. Por eso también algunos decían que era un poco dejada, descuidada… Por eso me importa poco cuando ahora ese mismo tipo de personas me dicen a mí que soy un poco desastre.

Ella y mi abuelo me regalaron la mejor infancia que pude soñar en aquella Asturias rural, dejándome entrar y salir sin miedo. La persona que soy se debe en gran medida a ellos y a esa niñez libre y verde que vino de su mano. Nunca podré agradecérselo lo suficiente.

Ya no está y se suceden ráfagas de momentos pasados con ella.

Recuerdo que intentaba sin éxito y con poca insistencia que me peinara, que me lavaba las manos antes de comer en la pila de la cocina con el Mistol y las secaba en su delantal. Entendió mejor que mi madre que la forma más inteligente para que su nieta del “no me gusta” y “no tengo hambre” acabara comiendo de todo, era no obligarla nunca. Le gustaban los gatos y ningún animal la daba miedo, lógico viniendo de una aldea asturiana. Nunca supo ser elegante o coqueta, ni falta que hacía. Hay cosas más importantes. Nunca le dio miedo que me acercara a los fogones, ella fue la primera que me enseñó a hacer frixuelos cogiendo la sartén siendo muy pequeña. Era una buena cocinera al estilo asturiano de poner mucho y rico en una pota en medio de la mesa. La recuerdo también cociendo la leche recién ordeñada y haciendo conmigo galletas con la nata que subía.

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También era algo perezosa y un poco cotilla, aunque quería saber pero no juzgaba luego. Tenía un puntito egoísta y otro protagonista. En nadie todo es bueno, aunque la muerte nos invite a recordar sólo los claros. “No pasa nada”, habría dicho ella. Por eso tal vez también lo digo yo tanto y también lo dice mi hija.

Queda mi abuelo, ahora nonagenario y que siempre ha sido la bondad hecha hombre, encajando que la mujer con la que lleva setenta años se haya ido. “Haber vivido tranquilo sabiendo que no has hecho daño a nadie, que has tratado con respeto y educación a los demás, cumpliendo tus obligaciones y sabiendo que la gente te apreciaba. ¿Qué más puedes pedir antes de irte?”, está diciendo ahora a mi lado, en el tanatorio. Estas últimas noches juntaba las camas para poder darle la mano.

No te preocupes abuela, que le cuidaremos. También me encargaré de que Julia no te olvide, que recuerde cómo jugabas con ella a las cocinitas, con su hámster Sven y a las cartas.

“Esto se acaba”, le dijiste hace pocos días a la doctora que vino a casa. Sé bien que no tuviste miedo al segador. Procuraré no temerle yo tampoco.

Noli timere messorum

Paciencia, empatía, y no juzgar a los demás tan deprisa #StopNiñofobia

stop_ninofobia-rEn el blog de maternidad La orquídea dichosa , que aprovecho para recomendar desde el mío, se inició hace un par de semanas una reivindicación resumida en un hashtag #StopNiñofobia y que han secundado otros blogs y usuarios de redes sociales y que Madresfera ha convertido en lo que se llama “un carnaval de blogs”.

Estos son los posts sobre el tema:
1. Harta de la niñofobia {La Orquídea Dichosa-UMCT}
2. #StopNiñofobia
3. 50. MAMI
4. Adultocentrismo y Niñofobia
5. Niñofobia social
6. ¿Niñofobia o bordes al cuadrado?
7. ese maravilloso viaje en tren…
8. No defendamos a los perros y gatos atacando a los niños #StopNiñofobia

Todo comenzó con un tuit, este tuit:

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Creo, como la autora del primer post, que no es preciso personalizar y hacer sangre de la persona que subió la imagen y el comentario. Y que como muchos ya han recalcado, debería recordar que alguna vez fue un bebé que lloraba, quería jugar y manchaba y debería haber tenido en cuenta cómo se podría  sentir la madre que iba tranquilamente con su bebé frente a ella si se hubiera encontrado ese exabrupto con aspiraciones humorísticas y foto de ella y su hija decapitadas. También que muchas personas nos pondríamos en su lugar. Poca vista Laura.

Creo, como ella, que eso de molesten los niños no es nuevo, pero ha ido en aumento. En determinados sitios, situaciones o para determinadas personas es incluso una reacción que responde a eso que llaman #postureo. Lo que mola es que no te molen los niños, o que no te molen en ese lugar.

Y es cierto que hay situaciones y lugares que no son idóneos para ir con niños, pero no me refiero a eso. Tampoco a cuando hay padres con poco sentido común que no pastorean a sus hijos como es debido, que también los hay. De lo que hablo es de que cada vez hay más gente a la que le molestan en lugares en los que tienen derecho a estar, antes incluso de que el pobre infante haya dicho mú ni chú. Sencillamente algunos creen que ser antiniños, al menos en determinados ambientes y con niños ajenos, es cool.

Y luego están a los que genuinamente les molesta todo, no sólo los niños. Como dice la orquídea dichosa:

Porque, vamos a ver. ¿En serio pensáis que a estos personajes – por decirles algo- sólo les molestan los niños? No hombre, también les molesta la abuela que se pasa todo el viaje repitiendo la misma historia. O el que se queda frito y se echa hacia tu asiento ocupando más parte del tuyo que del suyo. O de la que se ha vaciado el bote de Nº5 encima y te ahoga con su olor. O el tío pesado que aprovecha las 4 horas para intentar ligar.

Ahhhh, la sociedad, qué incomoda puede ser a veces, ¿verdad? Pero de esos no te quejas, a esos no les dices nada, claro… porque esos pueden defenderse. Y te llamarían gilipollas. Y si, ya sé que hay padres incompetentes y dejados, pero son una minoría, y no olvidemos que sus hijos no tienen la culpa, y además son los primeros damnificados, y eso no es motivo para poner mala cara tan pronto aparece un niño.

Volvemos a la concepción de muchos, que yo no comparto, de que los niños son seres humanos de segunda a los que se les puede levantar la mano, ridiculizar o tratar sin ningún respeto.

Pues no. Y además vivimos en sociedad, y eso implica ciertas esclavitudes que más vale llevar de buen grado.

Os voy a contar una anécdota: yo no fui una persona niñera antes de tener mis propios hijos. Me recuerdo perfectamente en un viaje largo en avión, antes de ser madre, junto a un bebé con ganas de jugar. Yo de lo que tenía ganas era de leer tranquilamente mi libro y dormir si era capaz, que siempre ha costado horrores en un avión. Obviamente no pudo ser, dediqué unos veinte minutos del viaje a hacer caras al niño, sonreírle y devolverle un juguete que dejaba caer continuamente. Si la madre no se disculpó seis veces, no lo hizo ninguna. No pasa nada decía yo. Y era verdad. Que sí, que hubiera preferido mi libro en tranquilidad, pero fueron sólo veinte minutos antes de que se durmiera. Y aunque hubieran sido más, tampoco hubiera pasado nada. No es ningún drama, ningún problema importante. Es, simplemente, un pequeño pinchazo en tu burbuja, a tus expectativas.

Una década más tarde, hace dos años, volvimos de París con Jaime y Julia. A Jaime siempre le ha gustado volar, disfrutando del despegue y del aterrizaje como si fuera en una montaña rusa, pero en esa ocasión no dejó de llorar todo el viaje. Todo. Entero. No sé si le molestaban los oídos, si simplemente estaba cansado y torcido. No lo sé porque tiene autismo y no me lo puede decir. Las distracciones que intentamos, música, juguetes, chuches…, no funcionaron. Sólo pudimos aguantar mecha. Nosotros y las personas que teníamos al lado en el avión. Menos mal que París no está lejos, aún así se nos hizo como ir y volver a Boston.

No es algo que pudiéramos evitar. Volar es algo a lo que teníamos derecho. Y lamento mucho que mi hijo les diera el viaje al resto de pasajeros, pero la única respuesta posible era la paciencia y la comprensión.

Y ahí quería llegar yo. Muchos niños con los que nos cruzamos tienen autismo, son más de los que creéis: aproximadamente uno de cada 150. Son niños en los que, al contrario que un niño con síndrome de Down o una parálisis cerebral evidente, su discapacidad no es evidente. Esa discapacidad invisible a veces se manifiesta en lloros, rabietas, conductas disruptivas… y hay muchos otros trastornos, no tan frecuentes como el autismo, que tampoco dan físicamente la cara.

Por favor, no seáis tan rápidos en juzgar la conducta de un niño o de sus padres. Tal vez haya algo que no sepáis, algo que no véis. La miradas reprobatorias, las quejas, las charlas… no ayudan a nadie ni solucionarán nada.

La empatía sí.


Qué hacer cuando nuestros hijos nos piden un perro o un gato

prote1Con mucha frecuencia nuestros niños nos piden un perro o un gato. Raro es el pequeño que no se empeña en tener un amigo de los de cuatro patas en algún momento de su vida. Lo más inteligente, la única decisión razonable, es negarse a menos que todos los miembros de la familia estén de acuerdo en hacerse cargo de la responsabilidad que supone, una responsabilidad que un niño no va a poder asumir por mucho que jure y perjure que él se encargará de todo. Tengamos meridianamente claro que ese cargo es de los adultos y puede durar más de quince años.

En España se calcula que se abandonan 150.000 perros y gatos al año. En las perreras y protectoras hay animales perfectos para nosotros. Siempre recomiendo a los que quieren tener un perro o un gato y tienen niños en cada, acudir a una buena protectora en la que conozcan bien a sus animales, dejar peticiones de aspecto a un lado y explicar al voluntario que nos atienda nuestro estilo de vida y buscar un carácter dócil y dulce, paciente con niños y con un tamaño al menos mediano para resistir sus embistes cariñosos. Así es prácticamente imposible equivocarse.

Cuando deseen un perro o un gato y, tras reflexionar, decidáis sumar otro miembro a la familia. Por favor, no compréis un cachorro de cristalera. Adoptar es la mejor opción en muchos sentidos: por la enseñanza de responsabilidad y conciencia, de no primar aspectos superficiales que damos a nuestros hijos, por el bien que hacemos.

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¿Qué pasa cuando nos piden un perro y un gato y, con buen criterio, decidimos que no podemos tenerlo? Estoy harta de ver regalos que son sucedáneos de tener a ese animal en forma de peluches de distinto tipo, incluso capaces de andar con correa, ladrar y reaccionar mecánicamente a caricias. Los catálogos de las jugueterías están llenos de ellos. La mayoría acaban olvidados al poco tiempo.

Muchos de nuestros niños tienen demasiadas cosas. Muchos juguetes, muchos peluches, mucho de todo que les aporta muy poco.

Otra opción frecuente es optar por una mascota más pequeña y menos exigente: hámsters, pajaritos, peces… Algunas veces sale bien y el animalillo suplente es bien cuidado y querido. Demasiadas acaba en desastre para los pobres bichos.

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Cuando deseen un perro o un gato y, tras reflexionar, decidáis NO sumar otro miembro a la familia, os voy a proponer algo muy distinto al juguete destinado al olvido o al hámster.

¿Qué tal regalar una experiencia solidaria, con la que se aprenda, con la que eduquemos? ¿Qué tal regalar el apadrinar a un perro o un gato? Se paga una pequeña cantidad, en algunos casos el niño podrá elegir su nombre, tendrá una foto del animal en casa, podrá acudir a pasearlo o jugar con él si va a visitarlo a la protectora. Incluso podemos intentar con nuestro hijo buscar un buen hogar para él, que siempre habrá más perros y gatos a los que apadrinar.

Se puede apadrinar sin pisar la protectora, pero también podemos ir a elegir a nuestro apadrinado.

De hecho creo que la visita a una protectora de animales debería ser una excursión obligatoria en todos los colegios. Sólo con medidas así se crea conciencia y hay una oportunidad de frenar la terrible situación de maltrato y abandono animal que hay en España.

Hace poco más de un mes estuve con mis hijos y su prima visitando las instalaciones de una protectora, fuimos en concreto a Amigos del Perro en Langreo. Recorrimos todos los cheniles acompañados por su presidenta y conocimos a todos sus ocupantes, uno a uno. Regalamos las caricias que pudimos, que siempre saben a poco tanto a los perros que allí había como a los que las prodigamos.

Las niñas estuvieron jugando con un par de preciosas y sociables panteritas, con algunos de los perros, pusieron nombre a los siguientes cuatro perros que entrarán y salieron de allí sabiendo que a un amigo como un perro o un gato no se le compra, se le adopta.

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Para terminar os dejo con Lara, una de las perritas con las que Julia y su prima estuvieron jugando y que doy fe de que es cariñosa, juguetona y está deseando una familia. Es poco más grande que un cocker, tiene casi dos añitos “de puras ganas de jugar y comerse el mundo, muy activa y nerviosa, necesita largos paseos, y es muy lista, aprende muy rápido lo que le enseñan los voluntarios”.

Contacto para adoptarla: adopciones@amigosdelperro.org 619 370 991

En los casi ocho años que llevo actualizando el blog he escrito varias veces de niños y animales. Aquí tenéis más lectura:

No pasa nada por tener un único hijo, no son más mimados ni más egoístas

El mes pasado escribí sobre la (incomprensible y absurda) presión que reciben las parejas que no tienen hijos, a las que muchos tildan incluso de egoístas y les auguran que se arrepentirán cuando se les haya pasado definitivamente el arroz. Tras aquella entrada, una amiga que tiene una niña de casi seis años y que es treintañera reciente me comentaba que no es la única presión social que se recibe en torno a tener hijos.
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Ella lleva varios años aguantando impertinencias por su decisión de tener una única hija. Las aguanta ella y también su hija. Y entiendo su exasperación porque yo soy hija única de un hijo único.

Las cosas deberían haber cambiado en tres décadas, pero por lo visto parece que no.

Si una pareja sólo tiene un hijo y por edad, haber perdido a la pareja o problemas de salud se quedan ahí, la gente no suele insistir. En cambio, en unos padres aún jóvenes y sanos, mucha gente se pone muy pesadita. Cómo si en la decisión de ser padres de nuevo esos fueran los únicos factores a tener presentes.

Y con frecuencia los metomentodo acaban dirigiéndose a los niños. ¡Qué manía tienen muchos de andar interrogando a los niños pequeños cuando lo que en realidad están haciendo es cotillear por poderes! Querrían preguntar a los padres, pero no se atreven y hacen la finta infantil: “¿no querrías un hermanito?” “Pídele a mamá y a papá un hermanito para jugar!“.

Yo, que no tenía el menor interés por tener hermanos teniendo ya un buen puñado de primos de mi edad y estando en el colegio todo el día rodeada de niños, llegué a contestar a uno de esos plastas siendo muy pequeña y estando ya muy harta: “no puedo tener hermanos porque a mi mamá se le han acabado los fetos”.

Y recuerdo a mi madre defendiéndose contando que yo no estaba nada mimada, que no era nada egoísta (sí, esgrimen el egoísmo ante las parejas que no quieren tener hijos y también ante la situación del hijo único) elaborando la teoría de que yo lo compartía todo porque no tenía un hermano en casa que me disputara los juguetes. Por cierto, que es algo que no creo que sea cierto, el apego a los objetos y el grado de “mío mío” no obedece a un factor tan simple. Y es la opinión mayoritaria de los profesionales:

Según la psicóloga Gabriela Ensinck, el hecho de ser hijo único no es un elemento que define por sí solo el futuro de un niño. Su evolución, como la de cualquier otro, depende de la educación que le den sus padres. El hijo único puede tener un desarrollo tan sano como el de un hijo con hermanos. Algunos problemas que experimentan los niños, como la dependencia de los padres, el consentimiento, la sobreprotección, introversión, etc, no son sólo características de los hijos únicos. Se deben, en la mayoría de las veces, a la manera como los padres los educan.

También se escudaba en problemas de salud: mi parto que acabó en cesárea fue muy malo, estaba el problema del RH, también que ella estaba delicada del corazón a partir de mis cuatro años…

Eso ya frenaba más.

Las charlas sobre mi condición de hija única llegaron a mi edad adulta, con largas e incluso encendidas discusiones en las que gente cercana me insistía en lo que me había perdido por no tener un hermano, que una relación como la que tienes con un hermano no la tienes con nadie. Absurdo, estoy harta de ver hermanos que se han convertido en los peores enemigos y hermanos que se ignoran con muy distinto grado de cordialidad. También estoy cansada de ver relaciones intensas, especiales y perennes con familiares de segundo o tercer grado y con buenos amigos que son más que muchos hermanos, personas que la vida ha puesto en tu camino y has elegido que sigan permaneciendo a tu lado.

No pasa nada por no tener hijos. No pasa nada por tener un hijo único. Esos niños no tienen por que ser más mimados o egoístas, la personalidad de cualquier niño se forma por un conjunto amplio de factores innatos y adquiridos. No crecen tristes por no tener un hermano con el que jugar, yo es algo que nunca eché de menos. Tampoco ahora.

Y tampoco pasa nada por tener mas de tres hijos, que la gente se está haciendo cruces y tachando de locos (aquí no parece haber egoísmo, sino pérdida de cordura) a todos los que se atreven con la familia numerosa.

Parece que lo único que evita presión es tener dos hijos, sobre todo si tienes la famosa parejita, el niño y la niña. Ahí te dejan en paz. Menos mal.

De verdad, qué puñetera manía con intentar dirigir la vida de los demás, con proyectar en ellos lo que nosotros haríamos en sus zapatos. Mucho mejor sería ponernos en los zapatos ajenos para comprender, empatizar, no juzgar y dejar a cada cual tranquilo con sus decisiones y circunstancias.

* Foto: GTRES

Senderismo con niños: no hay necesidad de arrancar flores por el camino

juliaJulia tiene ya seis años y bastante resistencia y Jaime, que ya sabéis que tiene autismo, comienza a disfrutar también de los paseos al aire libre en los que poder descargar energía. Se abre por tanto para nosotros la posibilidad de tener una nueva actividad en familia: el senderismo.

Ya estuvimos coqueteando con ello el pasado verano, recorriendo parte de la muy recomendable senda del oso, esta Semana Santa hemos confirmado que se trata de un buen plan del que también disfruta nuestra perra. No hay tantos planes o actividades en los que poder conjuntar perros y niños, por desgracia.

El pasado viernes nos escapamos a probar dos de las rutas para hacer senderismo con niños en Madrid que vimos recomendadas en Senderismoconniños.es. Primero recorrimos la cascada del Hornillo, junto al pueblo de Santa María de la Alameda. A la vuelta paramos para subir a la silla de Felipe II, en El Escorial.

11061272_1631148987096536_2780580476383406676_nNo voy a entrar en detalles de cómo llegar o recorrerlas, que para eso están los enlaces que os he dejado. Sí que os daré nuestras impresiones: la primera nos gustó mucho: siguiendo el curso del arroyo hasta desembocar en el salto de agua, el camino es fácil y agradable, con algunos claros estupendos en los que paramos a jugar escondiendo huevos de Pascua de chocolate. Se nos hizo corta, eso sí. Nos supo a poco, es un pequeño paseito que te deja con ganas de más.

La subida a la silla de Felipe II fue decepcionante. Llena de gente, consiste en subir una pequeña ladera nada reseñable teniendo que cruzar la carretera que permite que los coches lleguen hasta arriba en varias ocasiones. Y arriba hay unas bonitas vistas, pero también mucha gente, mucho coche y un bar menos reseñable incluso que el cerrillo que habíamos subido.

Imagino que muchos de los que me estaréis leyendo estaréis hartos de hacer rutas con niños por diferentes partes de España, incluso llevando bebés a cuestas en la mochila. Cuando era niña sí que hice bastante senderismo con mis padres por Asturias, rutas más largas y más vírgenes, por el Cares, el Sueve, buscando entre montes las playas de La Ñora o Estaño. Asturias es un entorno privilegiado para andar por verde regalándote los sentidos y los pulmones, pero la verdad es que nosotros nunca hemos sido de hacer rutas. Vivimos en la zona sur de la Comunidad de Madrid y no es que haya mucha oferta cercana, pero vamos a intentar que la cosa cambie. Así que se admite cualquier sugerencia de rutas aptas para ir con niños.
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Ya he recibido algunos consejos, todos de sentido común, respecto a cómo afrontar el senderismo con niños: conviene ir con tiempo de sobra, ser prudentes en el planteamiento de distancias y dificultad, plantear juegos por el camino, no cargar en exceso con cosas que probablemente no necesitaremos, pero sí llevar suficiente agua.

Y hay algo que tengo clarísimo desde el principio: por supuesto, hay que respetar el entorno. No hay necesidad de arrancar flores, cortar ramas, molestar nidos ni levantar picnics que parecen querer imitar al salón de una casa.

Estoy a la espera de que mi compañero de blog César Javier Palacios escriba algún post con recomendaciones y material para que podamos aprovechar más estos paseos con los niños aprendiendo a distinguir especies de árboles, pájaros y plantas y dejando la menor huella posible en el camino.

Manualidades con niños: una bandada de papel y un tres en raya de cerámica

Cuatro días festivos, si no te ha ido a ninguna parte, dan para mucho y al mismo tiempo pasan muy rápido. Nosotros hemos ido de visita a otras casas con niño, hemos recibido visitas de amigos y familiares con niños, el viernes lo pasamos entero de senderismo con los peques (ya os hablaré de eso) y también nos ha dado tiempo de hacer algunas manualidades.

El jueves 2 de abril, Día Internacional por la Concienciación sobre el autismo, Julia estuvo haciendo una paloma azul (el color que simboliza el apoyo a las personas con autismo y sus derechos) para su hermano. Más sencillo imposible: pintura de dedos (algo que me parece imprescindible tener en una casa con niños), unos rotuladores, un folio de colores, una pajita, celo y unas tijeras.

Aquí la está sosteniendo para que parezca que está volando.

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Y después de la paloma, Julia se animó e hicimos una bandada entera con loros y gorriones para hacer un par de teatrillos con ellos.

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Pero la manualidad que más ha triunfado ha sido otra: hacer un tres en raya de cerámica. El sábado por la mañana compró con su dinero ahorrado una arcilla que se seca al aire, sin necesidad de horno. Estuvimos mirando en Internet, en la búsqueda de imágenes de Google para inspirarnos y le encantaron las mariquitas y las tarántulas, así que se nos ocurrió hacer tres de cada una para poder tener el juego sobre un folio o cartulina pintada.

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Julia y su prima pasaron un par de horas muy entretenidas modelando los seis bichos y pintándolos con pintura de dedos (de nuevo el imprescindible) y purpurina. A Julia le ha gustado tanto que hoy quiere volver a comprar arcilla de nuevo.

Y hoy, que ya están del todo secas las piezas, nos echaremos alguna partidita con ellas.
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Por cierto, que me resulta imposible no pensar en la película Juegos de guerra cuando veo un tres en raya. No os voy a decir el motivo por si no habéis visto la película, pero os dejo un fragmento por si os pica la curiosidad y queréis saciarla. Es uno de esos clásicos de los ochenta que pienso ponerle a mis hijos cuando sean mayores.