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Me crecen los enanos Me crecen los enanos

Si matar a otro hombre es el peor crimen, lo mejor debe ser traer a la vida a un bebé.

¿Se nos están yendo de las manos los cumpleaños infantiles?

bolasJulia cumple años en marzo. Lo celebramos en un parque de bolas, uno de esos negocios modernos que han proliferado como setas en Soria en las últimas dos décadas. Lo de los parques de bolas da para reflexionar aparte. Los hay pequeños de barrio, los hay de centro comercial que permiten que los padres hagan doble gasto, los hay gigantescos en naves polígonos a los que sólo les falta una cápsula antigravedad dentro de su oferta infantil (tienen discoteca, consolas, luchas con láser…), los hay (siempre más modestos) en pizzerías y hamburgueserías y los hay que te alquilan el local con los chismes para brincar y tú te organizas.

Tal vez tanto incremento de parques bolas en los que por entre seis y diez euros dejan que los niños desfoguen un par de horas, les dan una merienda pírrica (la elección habitual es sándwich mixto, sándwich de nocilla, una porción de pizza congelada o un perrito) y una bolsa de chuches a la salida, sea la razón de que (me consta que muchos) creamos que esto de los cumpleaños infantiles se está yendo de madre.

Volviendo a Julia, desde siempre a ese cumpleaños van tantos sus primos y amigos de fuera del colegio como un grupo de diez compañeros. “Tienes que seleccionar a diez amigos de clase, todos no pueden ser” le digo. Cualquier año me dirá: “¿por qué no se puede invitar a todos? Algunos niños lo hacen”. Y tendrá razón. Cada vez más veo cumpleaños de niños pequeños en los que están los 25 compañeros, a veces juntándose con otro cumpleañero de la misma clase, a veces en solitario.

Si llega el caso tendré que explicarle que me parece excesivo, que aprender a seleccionar es bueno y que le contaré que yo sólo podía invitar a dos o tres amiguitas del colegio que se sumaban a mis primos en los cumpleaños que mi madre organizaba en casa, apartando muebles, inflando globos, jugando todos con lo que me habían regalado y elaborando una merienda mucho más apetecible que la de cualquier parque de bolas.

Pero eso supone hacer y recoger. Los parques de bolas nos ahorran todo eso. Y tienen su sentido y vienen muy bien. Claro que los cumpleaños en casa limitaba el número de invitados. Los parques de bolas no, y eso conduce a celebraciones que son una locura con decenas de niños brincando y a que sus agendas tengan más actividad social que la de los padres. Y eso también conduce a regalos comprados a pachas por unos pocos euros por barba, a casos en los que los invitados financian parte del cumpleaños, a padres que pringan siempre comprando los regalos comunitarios, a padres que van por libre y son criticados por ello…

De los regalos en tal cantidad y velocidad que el niño no puede ni procesarlos ya escribió Pilar en su blog Mamás Full Time en un post en el que también se planteaba que se nos está yendo la pinza con los cumples:

Lo de las decenas de regalos no se estilaba, no se trataba de castigar las economías de los padres de los amigos o compañeros, se trataba de juntar a una recua de niños para que lo pasaran bien juntos, jugando, riendo y eso, disfrutando. Era celebrar un día especial por la cantidad de niños, por la merienda, porque los horarios eran más relajados aunque al día siguiente hubiera colegio… pero ya está, eso era todo. Los regalos de cumple eran cosa de la familia y los amigos más íntimos.

Esto de organizar entrega de regalos en medio de la fiesta como una oda al consumismo más estúpido me toca vivirlo con mis hijos porque sí, porque parece que es lo que toca pero no me puede parecer más perjudicial para ellos y para sus amigos.En algo nos estamos equivocando y yo me apunto a la ola esta que me empuja a organizar una macrofiesta con otros compañeros de clase para poder invitar a todos los alumnos de los dos grupos A y B. Que por una parte bien porque ningún niño se va a sentir desplazado al no estar invitado pero por otra parte, es un despropósito de regalitos al que aún no tengo claro como me voy a enfrentar… la verdad sea dicha…

De verdad, qué ganas tenemos de complicarnos la vida. Por que los culpables de tanto lío aquí somos los mayores, no los pequeños.

Sigue habiendo cumpleaños en casa, cumpleaños al aire libre si tienen lugar en una época del año que lo permite, cumpleaños de julio y agosto que transcurren en familia y, tal vez, en la playa. Pero me da la impresión de que las locuras excesivas de los parques de bolas va en aumento. Y creo que vamos a rumiar cómo cambiar las cosas para el próximo año.

El post de hoy tiene una pregunta clara: ¿Hay que poner límite a los cumpleaños infantiles?

Al menos un libro al mes #unoalmes

El post de hoy forma parte de eso que se llama a veces carnaval de blogs, que es algo tan sencillo como que un grupo de blogueros se pongan de acuerdo en un tema y una fecha más o menos concreta para escribir de ello. Algo tan viejo como la blogosfera que ahora ha incorporado hashtags y redes sociales.

No soy yo muy de sumarme a estas cosas, pero no me pude resistir a la propuesta de MamásFullTime de iniciar una suerte de club de lectura en el que un grupo de blogueras maternales dedicáramos un post al final del mes para hablar de los libros que hemos leído y recomendar uno. El hashtag y título de la propuesta es #Unoalmes, porque también esconde el reto de leer al menos un libro completo en ese plazo.

Como la cosa va de libros, no me he podido resistir y esta es mi primera aportación.

Que sepáis que estáis todos invitados a entrar en esta salita de lectura digital.

No ha sido uno, han sido algunos los libros leídos a lo largo de abril. Menos de los que me gustaría, menos de los que solía leer. Si escribo, leo menos; es algo inevitable que me costó asumir.

Este mes han pasado cinco libros por mis manos, sin contar los cuentos infantiles de antes de dormir claro.

El primero fue All the light we cannot see de Anthony Doerr, una historia ambientada en Francia y Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, que sigue a una niña francesa que pierde la vista y a un niño alemán especialmente dotado para entender la tecnología. Lo comencé a leer en marzo en el kindle, un soporte maravilloso para acceder a novelas en inglés a buen precio.

Malemort el impotente, de Guillermo Roz, en el que aparece de nuevo Francia y también Argentina, fue el segundo. Da igual lo que escriba Guillermo, da igual la historia, simplemente cómo narra es una maravilla, tiene una riqueza poética y una capacidad de evocación que dudo que yo llegue jamás a alcanzar.

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El siguiente fue el de la jovencísima Claudia Morales, que cont EFE años ha escrito su primer libro y sus padres se lo han editado. El reciente post con consejos para escribir, iba por ella.

El cuarto ha sido Música para feos de Lorenzo Silva. Una delicia de uno de mis escritores españoles favoritos a la que sólo puedo reprochar que sea tan breve. Novelita más que novela, sólo dos días me duró el disfrute. Y podría haber sido uno.

El quinto no está terminado y lo he leído a saltos, escogiendo fragmentos e intercalándolo entre todos los demás: es el ensayo de Espido Freire sobre Santa Teresa Para vos nací.

Ahora ando embarcada en Anoche soñé contigo, de Gemma Lienas, pero ese ya pertenece a mayo.

De todos esos tendría que destacar alguno para este reto de #unoalmes. Es una elección difícil. Claudia ya ha tenido un post en este blog, Espido también con otro libro y además éste, por recomendable que sea (que lo es),  no lo he terminado y no es una novela y el primero no está en castellano, así que quedaban dos entre los que deshojar la margarita.

imageHe decidido finalmente que voy a hablar del de Lorenzo Silva, más que nada porque me permite traer un sexto libro del mismo autor de temática juvenil.

Tener en cuenta que no es una reseña lo que voy a hacer, simplemente una recomendación. El tipo de recomendación que un par de amigos se harían rápidamente ante un café. Que, por cierto, deberíamos ser más dados a hacer ese tipo de recomendaciones en este país, a hablar de los libros que hemos disfrutado de la misma manera que charlamos de series de televisión, películas o partidos. Pero esa es otra historia.

Me gusta que Lorenzo Silva sea un escritor sin prejuicios, que prueba géneros que muchos consideran estúltamente menores como el juvenil que antes os mencionaba o el romántico. Me gusta mucho que, cuando leo cualquiera de sus libros, me da la impresión de que se ha divertido escribiéndolo y que nos regala las historias que necesita sacar y no necesariamente las que le conviene escribir. Me gusta que su estilo hace fácil lo difícil, que es a lo que yo aspiro. También que sus personajes son reales, complejos y grises sin necesidad de dedicar demasiadas páginas a mostrárnoslo.

Mónica es casi una treintañera, es periodista, y va a vivir una historia de amor tan breve e intensa como es el libro. Una historia de amor que avanza al paso de muy distintas canciones. Es imposible no escuchar al menos algunas al terminar de leerlo, aunque creo que lo ideal es interrumpir unos minutos la lectura e ir poniéndolas al tiempo que las escuchan los personajes.

Creo que es un libro para los que creemos que el amor de verdad existe y se puede dar en gente como nosotros.

trilogia-getafe-i-algun-dia-cuando-pueda-llev-L-4OOd9pEste libro me ha recordado mucho al primer volumen, el más redondo, de su Trilogía de Getafe. Se llama Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia y es una novela juvenil que cualquier adulto disfrutará y que yo ya he regalado con éxito a varios lectores adolescentes.

Mónica me recordó mucho a Laura, la protagonista adolescente de Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia . Ambos están preñados de canciones, ubicados a la vuelta de la esquina y dejan la misma sensación dulce y melancólica al terminarlos. Ambos son una delicia, cada uno a su manera.

Aunque os confieso que si me hacéis elegir entre Música para feos y Varsovia, prefiero la segunda, y tal vez sea porque me gusta mucho que los buenos escritores se acerquen a este formato para regalarnos buenas historias, más deberían sacudirse los prejuicios y darse cuenta de que hay que cuidar a los que se están formando como lectores. Soy defensora a ultranza de que niños y adolescentes lean cualquier cosa que les guste, lo importante es leer y no obligarles con clásicos que, por maravillosos que sean, se les van a indigestar.

Voy a terminar con un pequeño fragmento de la entrevista que hice el mes pasado a Gemma Lienas a cuenta de El rastro brillante del caracol:

– Ahora que comenta eso: ¿no cree que la literatura juvenil está infravalorada injustamente?

La literatura juvenil como algo de segunda fila es propio de nuestro país, en otros no pasa. En Estados Unidos, Inglaterra o Alemania no es así. Pero en España es cierto que es la Cenicienta. Tal vez porque es un fenómeno relativamente joven. Me parece tonto que los haya que tengan ese desprecio por la literatura juvenil. La literatura es buena o mala, independientemente del género. Los escritores que solo escriben para adultos olvidan que hay que crear lectores.

Aquí os dejo los posts que participaron el mes pasado:
1.- Eva, “Recuerdos Abandonados” de Alberto Ferreras
2.- Marta, “La Fórmula Preferida del Profesor” de Yoko Ogawa
3.- Patricia, “El Guardián Invisible” de Dolores Redondo
4.- Marisa, “La tesis de Nancy” de Ramón J. Sénder
5.- Bárbara, “La Vida Cuando era Nuestra” de Marián Izaguirre
6.- Teresa, “El Atelier de los Deseos” de Agnés Martin-Lugand
7.- Sonia, “Sólo un Muerto Más” de Ramiro Pinilla
8.- Noelia, Trilogía “Mi Elección” de Elisabet Benavent
9.- Ana, “Confesiones de una Heredera con Demasiado Tiempo Libre” de Belén Barroso
10.- Blanca, “Trilogía del Baztan” de Dolores Redondo
11.- Pilar: Frida. Una historia de amor a la vida.

Nuestros diez cuentos infantiles favoritos

jaimeleyendoEsta semana esto y escribiendo mucho de libros, de leer, de cuentos… Es lo que corresponde en torno al 23 de abril, el día del libro. Una jornada estupenda para acercarse con nuestros niños a una librería o a una biblioteca para recorrer los estantes en busca de un nuevo tesoro que llevarnos a casa.

Desde qué son bebés Jaime y Julia han estado rodeados de libros, nuestros y suyos. Espero que vernos leer y bañarles en letras sirva para que crezcan disfrutando de la lectura, encontrando en ella un refugio.

Os voy a contar algo curioso. Jaime por su autismo no tiene interés en los juguetes. Haciendo memoria lo cierto es que nunca lo tuvo, incluso cuando era bebé y parecía evolucionar bien, repitiendo palabras y gestos, antes de perder esas capacidades en torno al año y medio. Lo único que siempre le gustó fueron los cuentos. Pasaba las hijas concentrado en los dibujos, feliz. Siguen gustándole. Y no sólo los cuentos, también los álbumes de fotos. En la imagen podéis verle la pasada primavera sentado tranquilamente en una librería, viendo un cuento tras otro.

Sus cuentos favoritos cuando era pequeño eran Todos los besos y Todos los bebés, unos cuentos que su padre y yo nos aprendimos y aún recordamos. Sobre todo el segundo: “el bebé león, es un campeón. El bebé avestruz, del sol ama su luz”. Los destrozó de tanto verlos pese a ser bastante resistentes. No importa, no creo que haya mejor destino para un libro de bebé que caer en el campo de batalla de animar a la lectura, mucho mejor que permanecer intacto y olvidado en una estantería.

Para conmemorar el día de hoy he hecho una recopilación con los cuentos infantiles favoritos en casa, nuestros imprescindibles. Los cuentos que más han gustado a Julia y a Jaime, los que siempre quieren, los que se saben de memoria y los primeros en emocionarles hasta las lágrimas.

El primero va a ser ese Todos los bebés que os comentaba. Yo sé lo he regalado a unos cuantos bebés con éxito. Vayamos por el resto:

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Las ciudades de colores, un cuento delicioso, en texto, ilustraciones y proyecto editorial. Cuenta la historia de Iris, una niña de colores que vive en una ciudad terriblemente gris. Tan gris, tan gris, tan gris, que a la pobre Iris, que es de colores, la gente la señala por la calle y le hace sentir fatal.

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la foto-3‘El tesoro de Lilith’, el cuento es alegórico: un pequeño árbol que quiere bailar, correr y vivir aventuras, por lo que acaba convertido en una niña. Una niña que encierra en su interior una capullo que al convertirse en mujer pasará a ser una flor que, regularmente, desprenderá sus pétalos, equiparando las distintas fases por las que pasa el cuerpo de las mujeres con las estaciones del año. En el cuento también aparece el deseo. Son unas mariposas que rondan la flor, que la hacen cosquillear y latir. El cuento es metafórico y delicado, permite con sus árboles, sus flores y sus mariposas explicar de una manera razonablemente detallada cómo son las cosa. Con una visión positiva y fomentando el autoconocimiento, la aceptación y el escuchar a nuestro cuerpo.

Un par de cuentos para perder el miedo a los monstruos Que para mí es como si fueran uno solo:
¿Estás ahí, monstruo? permite perder el miedo a lo desconocido, a lo que apenas se ve, a comprender que la imaginación puede jugarnos malas pasadas si estamos predispuestos a ello. Tiene en cada página unas solapas que no se abren, metes la mano (si te atreves) para tocar las babas del monstruo, sus garras, su pelaje… que en realidad acaban siendo pintura de papá, un buho, conejitos…
Fuera de aquí horrible monstruo verde y con él vemos aparecer rasgo a rasgo a un monstruo que el niño hará desaparecer a grito pelado pasando páginas hasta llegar al final: “¡Y no vuelvas más hasta que lo diga yo!”. Es decir, lo que hace es animar a los pequeños a empoderarse, a aprender a decir no, a enfrentarse y a alejar aquello que no les gusta.

Sí, somos raros, el primer cuento que Julia se aprende de memoria sobre niños que son diferentes, ya sea porque están imantados y atraen todos los objetos metálicos, les crece el pelo a toda velocidad, una nube les persigue por todas partes o al gritar son capaces de derribar edificios. Eso tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, necesitan una pesada bicicleta de madera o usar cubiertos de plástico, tienen que llevar la melena en una mochila, están siempre mojados o no les dejan cantar o gritar gol en el cole. Pero siempre al final aprenden a aceptarse y a encontrar ventajas en sus rarezas.

La vaca gordita narra como una vaca, que solo era un pelín más gordita que las demás, comienza a verse las patas gordas, la barriga gorda y deja de comer hasta convertirse en algo que ya no parece una vaca. Por suerte se da cuenta y vuelve a comer para volver a convertirse en una vaca feliz y saludable. En este mundo en el que es ametrallante la obsesión por la imagen que tenemos, asociada constantemente a la delgadez, es muy importante transmitir a nuestros hijos que se quieran bien, que se gusten, que cuando se miren al espejo aprendan a amar lo que ven. Lograrlo sería un gran triunfo como padres. Y La vaca gordita puede poner un granito de arena. Y granito a granito…

El cazo de Lorenzo, un hermoso cuento de Isabelle Carrier, mujer de Jérôme Ruillier, el autor del también muy recomendable Por Cuatro Esquinitas De Nada sobre la aceptación y la integración. Una metáfora adaptada a los niños, que a mí me sigue conmoviendo cada vez que lo leo.

imageGran Lobo Salvaje ha sido el primer cuento con el que Julia ha llorado. En el arranque del libro el pequeño Tritus es abandonado cruelmente, arrancado de los brazos del niño que lo llevó a su casa y depositado al pie de la carretera. Para Julia primero fueron pucheros, luego un breve llanto sofocado con la almohada. Es el primer libro que le emociona de verdad. Durante cuatro días más seguimos las andanzas del cachorro, que en cada capítulo va encontrando diferentes perros con diferentes historias: el viejo perro que le adopta, el cocker mimado que quiere ver mundo, un perrazo que fue la mano derecha de un pastor y sobrevive asilvestrado, otra perrilla mestiza que viaja con él, la bóxer perdida enamorada de sus dueños y loca por volver con ellos y el perro guardián encadenado. Está escrito con delicadeza, con tino, por alguien que se nota que sabe mucho de los perros y sabe transmitirlo, y transmite muchísimos valores, no solo de respeto a la vida animal, sino de compañerismo, resolución de conflictos personales, compromiso…

¡Qué fastidio ser princesa!. Ser princesa en el reino del quinto pimiento es un fastidio, llevando tacones, faldas, joyas que impiden moverse, sin poder hacer apenas nada salvo esperar al príncipe. Cuando se harta, la princesa protagonista huye para ser pirata, caballera y juglaresa. Probando hasta encontrar la ocupación que la haga feliz.

Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl. Hace pocos meses que Julia y yo nos sumergimos en ese mundo de cascadas de chocolate, pequeños oompa loompas (que en nuestra versión eran pigmeos negros de África, pero lo políticamente correcto obligó en otra más reciente a convertirlos en blancos de Oompalandia) al servicio del genio extravagante de Willy Wonka, de niños que ven demasiada televisión, consiguen todos los caprichos, mascan chicles sin parar, comen sin control o simplemente son tan pobres que sólo pueden permitirse una chocolatina al año.

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Si eres un niño al que le gusta escribir, tal vez te interese leer esto

a00586204 280Empieza escribiendo de lo que conoces. Si no te apetece, invéntate tus propios mundos, futuros o imaginarios. Situarte en un pasado real es más difícil, necesitarás documentarte. Pero da igual si afrontas el reto de estudiar a conciencia una época determinada o si decides crear tu propio escenario, sigue siendo buena idea utilizar lo que mejor conoces, tus sensaciones, experiencias y reflexiones.

No pasa nada por no terminar un libro que has empezado a leer. Algunos hemos tenido que llegar a adultos para decidir que nuestro tiempo valía más que nuestro amor propio. Por lo mismo tampoco pasa nada por dejar de escribir una historia ya empezada. No le debes nada a nadie más que a ti mismo. No todas las semillas plantadas logran germinar y plantándolas se aprende. Pero no te rindas demasiado pronto.

Si no sabes de qué escribir, si te sientes atascado con tu historia, ponte ante el teclado. Algo vendrá. Si no es hoy, tal vez mañana.

No te desfondes. Vale más la constancia en esta vida que lanzarse a algo lleno de entusiasmo y no perseverar. Y esto también es aplicable a muchos otros aspectos de la vida. Suele ser buena idea encontrar el sitio y el momento en el que te sientes más cómodo escribiendo.

No permitas que te digan que lo que has escrito es malo. Los que lo dicen tal vez lo hayan leído con criterios de adulto, no te dejes desanimar.

Déjate aconsejar y acepta las críticas bienintencionadas. Nadie hace nada perfecto en este mundo, lo único inteligente ante alguien que desea ayudarte con un comentario constructivo, con algunos consejos, es escuchar y reflexionar sobre lo que te ha dicho. Tal vez tenga razón. Y esto también vale en muchas situaciones que no tienen que ver con la literatura.

Quita el acceso a Internet cuando te pongas a escribir. Internet es fantástico, pero puede que entres en una red social y cuando quieras darte cuenta ya no te quede tiempo.

Encuentra a alguna persona de confianza que lea lo que escribes mientras lo estás escribiendo, alguien sensible, sincero y con criterio cuya opinión valores. No valen aquellos que únicamente se dedican a dorarte la píldora. Estoy hablando de lectores que te ayuden a crecer como escritor sin miedo a hacerte ver tus errores.

Revisa tus textos. Déjalos reposar un tiempo y vuelve a repasarlos. Es bueno coger distancia temporal con lo que has escrito para pulirlo.

Cuidado con los finales. Hay que procurar cerrar bien las historias. No hay nada peor como lector que encontrarte con un final pricipitado, mal resuelto, poco congruente. A veces, como cuando se compite en una carrera, cuando vez cerca el final tienes tantas ganas de llegar que aceleras en exceso. Esfuérzate por dejar un buen sabor de boca al final.

imageNunca dejes de escribir, teniendo en cuenta que escribir toda la vida a veces supone pasar largos periodos de tiempo sin hacerlo. No pasa nada. Sigue leyendo y espera el momento de volver a sacar las historias que llevas dentro.

Escribe para divertirte, para desahogarte, por lo que te reporta a nivel personal, por pura satisfacción. No escribas buscando supuestas glorias.

Este post lo ha inspirado Claudia Morales. Comenzó como un correo dirigido únicamente a ella tras leer el libro que ha escrito con trece años y que sus padres publicaron, pero he pensado que podría ser de interés para todos esos niños a los que les gusta escribir.

Foto: GTRES

‘El principito’ sobre el escenario en un espectáculo familiar

princinptoEste fin de semana hemos podido disfrutar de una obra recomendada para niños a partir de seis años, una adaptación de El principito,el mítico libro de exupery del que ya os he hablado aquí en algunas ocasiones, la última el verano pasado al hilo del 70 aniversario de la muerte de su autor, Antoine Marie Jean-Baptiste Roger de Saint-Exupéry que apenas tenía 44 años cuando se convirtió en una muerte mas en esa debacle que fue la Segunda Guerra Mundial.

Abril es un buen mes para volver a recordar ese libro mágico, que nunca envejece y que cada cierto tiempo conviene releer. Hay realmente muy pocos equiparables. Y abril es un buen mes porque el pasado 6 de abril fue el 72 aniversario de su publicación y porque abril es, en general, el mes de los libros.

Pero volvamos a la obra que vimos en el teatro Cofidis Alcázar de Madrid, un espectáculo creado por el bailarín y coreógrafo internacional José Tirado y cuyo elenco se completa con Hayzam Fathy, Antonio Jiménez, Astrid Julen y Antonio Villa.

Villa es el conductor, el narrador, el aviador que fue Saint-Exúpery y el único en tener voz sobre el escenario. José Tirado es Principito, el otro hilo conductor que se sirve de música y la danza para que la historia avance. Sus conversaciones con la rosa, el zorro, el bebedor, la serpiente, el farolero… se convierten en piezas independientes con diferentes estilos en los que sobran las palabras para dejarse llevar por lo que está pasando.

Tal vez el bebedor sea el que más me gustó, mientras que la serpiente y la rosa fueron las que más impresionaron a las dos niñas que me acompañaron: Julia y mi sobrina.

Se trata de una función infantil de calidad, que no cae en la trampa de dar a los niños menos por más por eso de que “son solo niños”. Dura unos ochenta minutos y se pueden encontrar entradas en Internet a partir de ocho euros.

Eso sí, esta adaptación para toda la familia de El principito me da la impresión de que requiere de niños (y de adultos) que conozcan bien la historia para que la disfruten del todo. Espectadores además que sean sensibles a la música y la danza. Dándose esas premisas es altamente recomendable.

Por cierto, que en otoño de este año es estrenará también una película de animación inspirada en el niño enamorado de la rosa que viajaba de planeta en planeta para ayudarnos a reflexionar sobre lo que verdadermente es importante en esta vida. La película contará con las voces de James Franco, Rachel McAdams, Marion Cotillard y Jeff Bridges.

Tigriteando (y por tanto la crianza respetuosa) consigue dos galardones en los #Premios20Blogs

Eso que muchos llaman la blogosfera maternal, un universo de blogs variopintos hasta el extremo pero con la crianza o la maternidad como eje, goza de excelente salud. Ayer pude disfrutar de la fiesta de la novena edición de los Premios 20Blogs y quedó claro, viendo a los ganadores, que goza de una excelente salud.

En esta última edición hay tres blogs que han tenido dos premios. Uno es La huertina de Toni (Medio ambiente y Blogs más votado), otro es Una de cada mil (Salud y vida sana y también premio principal). Ambos muy recomendables y con unos fantásticos autores detrás.

El tercero ha sido Tigriteando (categoría Blogosfera y premio especial Madresfera), un sitio fantástico comandado por Bei, madre de Abril y Emma, que rebosa respeto por los niños, amor por los libros y que ahonda en el método montessori.


¿Qué no sabéis lo que es el método Montessori?
¿Habéis oído el término pero no tenéis claro lo que implica? ¿Ni siquiera lo habéis escuchado nunca?

Esa delicia de blog que es Tigriteando, a la que quiero felicitar especialmente por las dos estatuillas que se ha llevado merecidamente a casa, lo explica divinamente en este post: 10 dudas frecuentes sobre el método Montessori, un sistema con el que yo no comulgo por completo, os confieso, pero que me parece imprescindible conocer, que tiene mucho bueno sobre lo que reflexionar y aplicar y que me encanta lo respetuoso que es con los niños.

Ya podéis ir a leer el blog de Bei, que ya otro día hablaremos más despacio de Montessori.

Y, ya puestos, podéis echar un vistazo a los blogs finalistas y ganadores, veréis más blogs de temática maternal y seguro que descubriréis muchas lecturas interesantes. No dejéis pasar la oportunidad de descubrir joyas de la blogosfera, ese para mí es el verdadero sentido de estos premios.

Felicidades a todos los premiados.

¡Nos leemos!

Teresa Olivares, Cofundadora y Directora de Marketing y Ventas de TUTETE, y Mónica de la Fuente, fundadora de Madresfera, entregan uno de los premios al blog Tigriteando.  (JORGE PARÍS)

Teresa Olivares, Cofundadora y Directora de Marketing y Ventas de TUTETE, y Mónica de la Fuente, fundadora de Madresfera, entregan uno de los premios al blog Tigriteando.
(JORGE PARÍS)


Dos infancias a bordo de un barco de vapor

Descubro estos días que los libros de Barco de Vapor nacieron un par de años después que yo. Lo que tengo claro es que crecimos juntos. La colección de libros nacía y se ampliaba, sumaba títulos, al mismo tiempo que yo descubría que pocas cosas me gustaban más que leer, que el ser humano realmente había sido capaz de hacer auténtica magia al escribir libros.

Muy pronto se convirtieron en el único juguete que quería en Navidad, en Reyes o para mi cumpleaños. Cuando mi madre me llevaba a El Corte Inglés me dejaba en la zona de libros sabiendo que no me movería para elegir otro que llevarme a casa y me hice amiga de la dueña de la pequeña librería el barrio (gracias Concha).

Crecí rodeada de cuentos y libros infantiles, de muchas editoriales y colecciones diferentes, pero con una gran mayoría de Barco de Vapor. Tenía tantos barcos que mi casa parecía un astillero. Os dejo una foto en la que podéis ver unos cuantos (seguro que os suenan unos cuantos):

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Volúmenes leídos y releídos muchas veces que me han acompañado en mi mudanza y llevan décadas callados, aguardando pacientemente a ser abiertos de nuevo para mostrar sus historias.

Nunca me planteé deshacerme de ellos. Aún recuerdo la ilusión con la que leía los pocos libros que me llegaron de cuando mi padre era niño y siempre quise regalar esa sensación a los hijos que tendría. Y aunque no hubiera tenido hijos me hubiera costado desprenderme de aquello que me procuró tan buenos ratos.

Julia ha traído ese redescubrimiento. A su lado, en su cama, estoy abriendo de nuevo esos libros que con frecuencia esconden dentro dibujos y cartas. Mensajes que me envié a mí misma y a la hija que tendría sin saberlo cuando era una niña.

Magia de nuevo.

De algunos ya os he hablado, como de Gran Lobo Salvaje, que fue uno de mis preferidos y ha sido el primer libro que ha hecho emocionado a mi hija hasta el llanto.

Hubo más libros favoritos que sólo con mirarlos me transportan a mi niñez. Y entre ellos se encuentran los de William Camus. Hasta que no me tope con Uti-Tanka, pequeño bisonte no había prestado la menor atención a los nombres de los autores que me habían hecho soñar. Camus fue el primero en el que me fijé, el primer escritor al que busqué para leer todo lo suyo.

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Ahora que tanto la colección infantil de SM como yo nos acercamos a toda velocidad a los cuarenta años, llegan tiempos de cambio. Para mí porque he pasado a escribir mis propios libros, para la colección por una renovación que podéis ver en esta imagen:

Deseando abrir con Julia los nuevos #libros de @elbarcodevapor ¡mirad qué belleza!

Los libros para primeros lectores se hacen más grandes para hacerlos más manejables, con ilustraciones a color en todas las páginas, cambian portadas, diseños e ilustraciones e incluyen iconos para ver las temáticas y se actualiza el código de colores para consultar la edad de lectura recomendada para facilitar la vida a los niños y a los adultos que los compren.

Pero el espíritu sigue siendo el mismo, los barcos no han cambiado en esencia. Autores españoles y extranjeros, clásicos y novedades.

La magia sigue siendo la misma.

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Tal vez deberíamos enseñar a nuestros niños a no temer al segador

muerteEstos días, tras la muerte de mi abuela y tras algunas lecturas, me han servido para reflexionar. Reflexionar me ha servido para ser aún más prudente en mis juicios, para dudar más de todo.

Le he estado dando vueltas a cómo apartamos a los niños de la muerte, lo que nos cuesta hablarle de la muerte, a lo mucho que cuidamos lo que decimos, a lo que les exponemos. Incluso a los que no nos cuesta hablar con naturalidad de muchos otros temas a priori delicados, con los niños y la muerte andamos de puntillas.

Afán de protección, querer mantenerles felices y a salvo, un lícito deseo de que crezcan sin miedo. Todo muy lógico.

Pero tal vez no lo estamos haciendo bien. Tal vez deberíamos hablar sin tanto cuidado, sin tantos misterios. Tal vez deberíamos enseñar a nuestros niños a no temer al segador, a no temer a lo que es natural e inevitable, a algo que se van a encontrar varias veces a lo largo de su vida. Tal vez sea un buen regalo que podríamos darles y que es independiente de cualquier creencia o de no creer que después haya nada, que es mi caso.

Difícil no temer nuestro fin y el fin de los que amamos, pero la postura más inteligente me parece al menos intentarlo. No tiene sentido vivir temiéndola, no tiene sentido vivir temiendo. La muerte no es cruel. La que es cruel con frecuencia es la vida a la que la gran mayoría nos aferramos.

La muerte está ahí y deberíamos prepararnos para mirarla de frente cuando nos la encontremos, que nos la encontraremos en carne propia y ajena con toda seguridad. Es imposible estar preparados para el dolor que nos cause, pero sí que está en nuestra mano intentar evitar vivir con miedo y acabar creyendo solo buscando consuelo ante el segador.

Eso creo hoy al menos.

Os dejo un fragmento de la recomendable guía Explícame qué ha pasado, de la Fundación Mario Losantos del Campo. Las imágenes que ilustran este post también proceden de esa guía.

Hoy en día al niño se le aleja lo más posible de la presencia real de la muerte. Por un lado, procuramos que “sepa” lo menos posible, así que, si pregunta, es posible que cambiemos de conversación, zanjemos el tema o respondamos con evasivas:

– «Papá, Carlitos me ha dicho que su abuelo ya no le va a ver más porque se ha muerto. ¿El abuelito también se va a morir?»

– «Bueno hijo, el abuelito está bien y te quiere mucho, no pienses en esas cosas»

Asimismo, si en el entorno familiar tiene lugar una muerte, normalmente tratamos de alejarlo de esta experiencia cuanto sea posible: se le aparta, se le lleva a casa de algún amigo o vecino para que esté distraído, se procura no hablar, ni llorar, ni “sentir” delante de él con la firme convicción de que lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es evitarles el dolor y el sufrimiento que la muerte de nuestros seres queridos provoca.

Pero, ¿por qué este empeño en alejar a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a los niños, de la realidad de la muerte? Esta pregunta tiene varias respuestas:

. Alejamos la muerte porque a todos los seres humanos nos inquieta y nos angustia enfrentarnos a ella

La muerte es una realidad cuanto menos inquietante, que pasamos toda la vida tratando de mantener a raya. Cuando nos angustia, cuando nos visita, es entonces cuando no nos queda más remedio que sufrir lo “inevitable”. Se hace muy difícil poder ayudar a los niños, acompañarles en sus inquietudes, curiosidades y en su dolor (cuando la muerte les toca de cerca) si nosotros mismos como adultos también sufrimos, nos inquietamos y nos angustiamos por ello.

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Así pues, procuramos alejar a nuestros hijos, alumnos y niños de la muerte, movidos fundamentalmente por nuestras propias ansiedades. Pensamos que, si les ocultamos su existencia, podremos ayudarles a que crezcan sin esa inquietud tan molesta. En general, pensamos que es un hecho demasiado traumático para ellos.

. Todos los adultos sentimos la necesidad imperiosa de proteger a los niños del dolor y del sufrimiento que supone perder a un ser querido

Somos los adultos quienes, no pudiendo soportar el dolor y la pena del niño, tratamos de evitarle por todos los medios la posibilidad de sufrir “en exceso” por la muerte de un ser querido. Es como si, por resultarnos insoportable su dolor, quisiéramos fingir que no ha pasado nada, negamos, alejamos, racionalizamos lo que sucede con el fin de evitar lo que tanto tememos: al niño y su dolor. Así que nos convencemos con argumentos como estos:

“Cuanto menos sepa, menos sufrirá”; “Se le pasará pronto”; “Que no nos vea tristes y así no lo pasará mal”; “Hay que distraerle”; “No le puede afectar tanto, es muy pequeño”; “Si te pregunta, dile que no pasa nada, que todo está bien”; “No le hables de lo que ha pasado, se puede asustar y no queremos que lo pase peor”; “No puede afectarle, todavía no se entera”.

. Enseñamos a vivir a nuestros hijos alejándolos de la muerte

Hoy en día vivimos muy preocupados por que nuestros hijos vivan una vida lo más cómoda y fácil posible, queremos que no sufran, que no lo pasen mal, que las cosas no les cuesten demasiado, que lo tengan todo, que se sientan los mejores, etc. Con estos paradigmas de “una vida sin limitaciones”, donde todo es posible y sufrir es evitable, la muerte -la mayor de nuestras limitaciones- no tiene lugar y nos angustia tanto que la alejamos todo lo que podemos.

Algunos pedagogos y filósofos afirman que la enseñanza está derivando hacia lo que ellos llaman “una pedagogía de la infinitud”. En los proyectos educativos no se contempla ni el sufrimiento, ni el fracaso, ni la muerte. Los niños no están preparados para todo lo que sea inevitable y doloroso, así que, cuando se encuentran con alguna limitación, su frustración es tan grande y sus recursos son tan escasos que la posibilidad de una elaboración adecuada se hace tremendamente difícil.

“¿Por qué te arreglas si vas a cavar, mamá?”

hablameEso me dijo Julia el domingo, tras asomar su cabecita por la puerta del baño.

Julia y Jaime no han visto a su bisabuela durante las últimas semanas en las que estaba ya encamada y muy malita, apenas consciente. Mi padre no quiso que se llevaran ese recuerdo de ella y yo estuve de acuerdo. Pasaron este fin de semana de despedida en casa, atendidos por familiares, jugando con sus primas, paseando, ajenos a lo que sucedía a pocos kilómetros.

No nos pareció oportuno llevarles al tanatorio y al entierro, así que no lo pisaron. No digo que haya que mantenerles siempre lejos de esas ceremonias y manifestaciones de duelo, pero creo que en la mayoría de los casos se les puede ahorrar una experiencia que no va a resultar beneficiosa. Recuerdo que la primera vez que yo estuve en uno fue cuando murió mi bisabuelo. Era un poco mayor que Julia y aunque estuve tranquila y entera, me impresionó; al poco de llegar a casa vomité y recuerdo aquella noche repleta de sueños raros. El mismo tipo de sueños raros que he tenido las últimas noches. Sueños que nos ayudan a encajarlo todo, estoy segura de ello.

Pero no llevarles a tanatorios y entierros no implica que no haya que hablar con ellos, explicarles lo que pasa con sinceridad y aclarar sus dudas sin mentir, sin dobleces.

Jaime no es capaz de entenderlo. Tiene ocho años, pero su autismo le hace ajenos a la muerte, sus pesadillas y consideraciones. “Pensadillas” dijo hace algunos años Julia, una palabra que podría resumirlo todo. A Julia, que tiene seis años y es consciente de que el abuelo Jose murió antes de que ella naciera, sí que le hemos contado que la abuela Maruja había muerto y que nosotros no estaríamos en casa con ella porque íbamos al tanatorio a despedirla y luego al entierro. Y lo aceptó con toda la naturalidad del mundo, sin apenas preguntas, pese a que estábamos preparados para responderlas. Llegarán, estoy segura.

Aunque cada caso es distinto en función del niño, el momento, su relación con la persona fallecida, su experiencia previa, cómo seamos los que vamos a ayudarles a entenderlo, si hay o no creencias religiosas por medio… hay algunas pautas obvias en las que todos coinciden y que pasan por un lenguaje claro, sinceridad, no esconder nuestros sentimientos ni pedirles a ellos, directa o indirectamente, que lo hagan.

En la página de orientación educativa de Mónica Diz Orienta hay una estupenda colección de enlaces para afrontar el tema de la muerte y el duelo con los niños. A mí me ha gustado especialmente la Guía cuya portada ilustra este post y de la que tal vez os hable más detenidamente en otro post.

Hoy quiero traer lo que allí comentan sobre que los niños acudan a velatorios y entierros:

Otra forma importante de explicar a nuestros hijos la muerte de un familiar es iniciarles en los ritos que se realizan cuando una persona fallece, es decir: el tanatorio, el entierro y el funeral. Esta es una decisión que debe tomar la familia, pero, por regla general, a partir de los seis años un niño puede compartir con sus parientes las ceremonias de despedida que se organicen.

El sentido de que los niños, preadolescentes y adolescentes acudan al velatorio, entierro o funeral radica en la necesidad que ellos mismos tienen de sentirse incluidos en el sistema familiar y de recibir consuelo, cobijo y compañía durante estos momentos difíciles. Los preadolescentes y adolescentes pueden vivir con mucho dolor el hecho de que se les aparte de la familia en estos momentos de unión. Necesitan formar parte de lo que sucede y despedirse de la misma forma que todos los demás.

Participar en estos ritos también ayuda a que la despedida se concrete en un tiempo y en un espacio determinado. En ocasiones, los niños y adolescentes pueden quedarse con una profunda sensación de vacío por no saber qué ha pasado o dónde está ahora su pariente fallecido.

Si vamos a introducir a los niños en estos ritos, es importante que les preparemos con antelación para todo lo que va a suceder. Si les contamos previamente en qué consiste el entierro o el funeral, lo que sucede allí –que la gente puede llorar, abrazarse, etc.-, y el sentido del pésame y cada rito de despedida, les ayudaremos a situarse en la realidad de los hechos y no en la fantasía.

También es fundamental que permanezcan acompañados en todo momento por un adulto que se responsabilice de ellos y que responda a todas las preguntas que necesiten resolver.

Si el niño o adolescente no desea acudir a estos rituales es vital que respetemos su decisión, sin obligarles ni hacerles sentir culpables. Siempre podemos dejar la puerta abierta para el momento en que ellos quieran acudir al lugar donde su pariente está enterrado, acompañarles y explicarles lo que necesiten preguntar.

No temas al segador abuela

la foto(2)Y la vida dijo hasta aquí hemos llegado. Mi abuela Maruja, con 88 años, murió ayer noche. No fue una mala muerte, aunque la muerte nunca es buena del todo. Murió en su cama, en su casa, junto al hombre que la acompañó y la quiso toda su vida y junto a su único hijo, ya abuelo.

Definitivamente tuvo una buena vida. Pocas personas tienen la suerte de vivir hasta el final en compañía de su pareja, independientes los dos, con la cabeza en su sitio. En su caso con la risa rápida y el andar torpe hasta este otoño. Los últimos tres meses han sido malos sí, pero ya descansa.

Reía mucho. Fue lo primero que le llamó la atención a mi marido cuando la conoció hace veinte años. Reía mucho y nada era nunca un gran problema, no hacía de la vida un drama ni algo demasiado serio.

Tal vez eso suyo sea también mío. Si es así, no pudo legarme nada mejor.
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Pasé mucho tiempo con mis abuelos asturianos, muchos fines de semana completos desde muy pequeña, todos los veranos desde junio a septiembre. No la recuerdo enfadada o riñéndome, se tomaba fácil la vida y nos la hacía fácil a lo demás. Por eso también algunos decían que era un poco dejada, descuidada… Por eso me importa poco cuando ahora ese mismo tipo de personas me dicen a mí que soy un poco desastre.

Ella y mi abuelo me regalaron la mejor infancia que pude soñar en aquella Asturias rural, dejándome entrar y salir sin miedo. La persona que soy se debe en gran medida a ellos y a esa niñez libre y verde que vino de su mano. Nunca podré agradecérselo lo suficiente.

Ya no está y se suceden ráfagas de momentos pasados con ella.

Recuerdo que intentaba sin éxito y con poca insistencia que me peinara, que me lavaba las manos antes de comer en la pila de la cocina con el Mistol y las secaba en su delantal. Entendió mejor que mi madre que la forma más inteligente para que su nieta del “no me gusta” y “no tengo hambre” acabara comiendo de todo, era no obligarla nunca. Le gustaban los gatos y ningún animal la daba miedo, lógico viniendo de una aldea asturiana. Nunca supo ser elegante o coqueta, ni falta que hacía. Hay cosas más importantes. Nunca le dio miedo que me acercara a los fogones, ella fue la primera que me enseñó a hacer frixuelos cogiendo la sartén siendo muy pequeña. Era una buena cocinera al estilo asturiano de poner mucho y rico en una pota en medio de la mesa. La recuerdo también cociendo la leche recién ordeñada y haciendo conmigo galletas con la nata que subía.

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También era algo perezosa y un poco cotilla, aunque quería saber pero no juzgaba luego. Tenía un puntito egoísta y otro protagonista. En nadie todo es bueno, aunque la muerte nos invite a recordar sólo los claros. “No pasa nada”, habría dicho ella. Por eso tal vez también lo digo yo tanto y también lo dice mi hija.

Queda mi abuelo, ahora nonagenario y que siempre ha sido la bondad hecha hombre, encajando que la mujer con la que lleva setenta años se haya ido. “Haber vivido tranquilo sabiendo que no has hecho daño a nadie, que has tratado con respeto y educación a los demás, cumpliendo tus obligaciones y sabiendo que la gente te apreciaba. ¿Qué más puedes pedir antes de irte?”, está diciendo ahora a mi lado, en el tanatorio. Estas últimas noches juntaba las camas para poder darle la mano.

No te preocupes abuela, que le cuidaremos. También me encargaré de que Julia no te olvide, que recuerde cómo jugabas con ella a las cocinitas, con su hámster Sven y a las cartas.

“Esto se acaba”, le dijiste hace pocos días a la doctora que vino a casa. Sé bien que no tuviste miedo al segador. Procuraré no temerle yo tampoco.

Noli timere messorum