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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

Victoria Abril, Islandia, Kormákur

En una entrevista con Victoria Abril realizada el 3 de julio de 2002 para el programa Cartelera de TVE, la actriz se mostraba encantada durante la promoción de la película 101 Reikiavik, de la que era protagonista, una coproducción Islandia-Dinamarca-Francia-Noruega-Alemania dirigida por Baltasar Kormákur que adaptaba la novela homónima de Hallgrímur Helgason. El agradecimiento de Victoria Abril por el trato recibido de parte del equipo islandés era infinito porque según decía enfáticamente “cada día me preguntaban ¿a qué hora quieres rodar mañana? ¡todos los días!”.

Era el debut de Kormákur y lo hacía con una comedia de tintes negros en la que el personaje de Victoria Abril se llamaba Lola –para qué vamos a ir más lejos a buscar un nombre- e impartía clases de flamenco en la ciudad del título.

Victoria Abril durante la entrevista de promoción de 101 Reikiavik para Cartelera, TVE

En primera instancia 101 Reikiavik era una especie de tratado sobre el aburrimiento juvenil, la falta de perspectivas profesionales o laborales y el escaso entusiasmo de los jóvenes por encontrar trabajo, pero después levantaba acta de la perplejidad que provocan los cambios de identidad sexual. Lola tenía un joven amante pero se enamoraba de la madre de éste, con quien concebía la idea de tener un hijo con la intermediación de otro hombre. El embrollo lo resumía el chaval delante de la incubadora con estas palabras: “Nuestro niño. Lola será su madre y mi madre será su padre, y yo su hermano y su padre, y el  hijo de su padre, y el ex amante de su madre. ¿Qué va a ser de él?”

Kormákur había rodado todo excepto las escenas de Lola, a la espera de convencer a Victoria Abril de que aceptara participar en su película. Ante semejante prueba “de amor”, que es como ella lo llamó, nuestra pizpireta y grandísima actriz –lamentablemente muy olvidada por nuestros pagos desde hace años- no pudo resistirse y aceptó embarcarse en aquel proyecto para el país nórdico. No es extraño que volviera cantando maravillas y diciendo: “Si algún día perdemos la Tierra os aconsejo ir allí para ver cómo era el Paraíso!”

Siguiendo el camino trazado por otras muchas obras literarias y cinematográficas, sin embargo, Kormákur contribuye a desarmar ese mito de la sociedad pluscuamperfecta, de ese Valhalla donde Odin no necesita de policías ni cárceles para mantener a raya a los vikingos que combaten los rigores del frío y la serenidad inducida por el exceso de calma (aquí decimos aburrimiento) con alcoholes u otras sustancias en su última película, que se estrena hoy, Medidas extremas.

Aparte de 101 Reikiavik, de Kormákur yo sólo conocía Everest, su penúltima película, y debo decir que contra pronóstico me pareció bastante notable y me atrevo a recomendarla, aunque si son ustedes muy conocedores del alpinismo quizás encuentren pegas que yo no aprecié. Pese a ser un drama previsible y convencional, pero no por ello aburrido, inspirado en hechos reales en el curso de un intento por conquistar el pico más alto del mundo, vista en 3D Everest es una gozada para los amantes de la montaña. Uno se pregunta todo el tiempo cómo es posible que estén tan perfectamente fusionadas las imágenes del Himalaya y los planos rodados por los actores profesionales, entre los cuales encontramos a Jason Clarke, Josh Brolin, JakeGyllenhaal, Keira Knightley, Sam Worthington, Robin Wright o Emily Watson.

La película tiene un estilo documental, como si lo hubiera realizado el equipo del programa de TVE Al filo de lo imposible, excluidas las tramas familiares paralelas, la mujer que está a punto de dar a luz o la que se moviliza para enviar un helicóptero a recoger a su marido. Más allá de esas cartas, correctamente jugadas por Kormákur sin pasarse de la raya en lo melodramático, el resto del metraje reproduce con precisión todo el proceso de conquista del Everest y cómo éste se cobra un importante peaje con las muertes de unos cuantos expedicionarios. Quienes nunca estuvimos a esas alturas nos preguntamos si lo que se ve desde la cumbre es realista o no, pero nos resulta impagable la sensación de haber llegado hasta allí.

Con Medidas extremas Kormákur vuelve a Islandia para orquestar un drama paternofilial envuelto en una factura de thriller. El planteamiento básico es muy evidente desde el primer momento: una familia de bastante nivel económico debe hacer frente al hecho incontestable de que la hija ha dejado de ser adolescente porque ha cumplido la mayoría de edad y ya no responde a las órdenes de su padre. Subrayo la autoridad masculina porque la madre no pinta nada por dos razones: la primera, que en realidad no es su madre biológica, sino la segunda mujer de su padre; la segunda, que el director la ignora durante toda la película, no le concede ningún papel que no sea decorativo y ni siquiera ofrece alguna escena en la que el matrimonio comente la oscura deriva que adquieren los acontecimientos a medida que avanza la película.

Así las cosas, rápidamente nos encontramos ante un lugar muy común: la hija tiene un novio cuyo aspecto y conductas levantan las sospechas de papá, lo cual le provoca un indisimulado desagrado. Cuando comienzan a surgir los problemas papá no tiene ninguna duda de quién es el verdadero culpable. Y acierta a medias, porque la niña –que reclama su independencia para vivir la vida como le venga en gana, acudiendo a casa para pedir ayuda si la necesita- tiene una dependencia emocional y de otro tipo de las que no quiere liberarse.

Kormákur envuelve este conflicto no demasiado original ni estimulante en un desarrollo de caso criminal en el que por un lado censura la ineficacia de un sistema judicial y policial garantista y por el otro plantea un dilema en el corazón del relato, la consabida cuestión del peligro de tomarse la justicia por la mano y su dudosa justificación moral. En este aspecto, que adquiere más relevancia porque los elementos de suspense son muy limitados, es donde Kormákur consigue mayor interés para su película.

La realización juega las cartas acostumbradas en la cinematografía nórdica para dar una textura sombría a la historia, la fotografía gris, los paisajes nevados y ambientes fríos, planos aéreos de grandes espacios solitarios, que contrastan con la sensación de control dentro de las paredes del hospital en el que el protagonista, por cierto, interpretado por el propio Kormákur, ejerce su oficio de reputado cirujano. Control de los mecanismos físicos, o materiales, frente a descontrol de los psicológicos y morales; lo que a su vez se traduce en un diagnóstico social de aquel país no tan luminoso como tendíamos a pensar antes de la crisis de 2008. El talón de Aquiles de la trama radica en que el chantaje que el cirujano pretende esquivar se apoya en una supuesta banda criminal cuya existencia es tan etérea e inconsistente como el cuelgue de su hija con el maleante del novio que ha elegido para enamorarse.

Baltasar Kormákur en un plano de Medidas extremas. A Contracorriente

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