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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

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Sexo, mentiras y Hollywood

Peter Biskind tituló su libro Sexo, mentiras y Hollywood (Editorial Anagrama, 2006), haciendo un guiño al filme que descubrió al mundo en 1989 el talento de un jovencísimo Steven Soderbergh, Sexo, mentiras y cintas de vídeo. Era un título con apellido oculto en el subtítulo: Miramax, Sundance y el cine independiente, porque podría haberse llamado: “Ojo con los Weinstein”. Porque mira que lo avisó: una década después, uno de los dos brothers, de los que el libro daba cuenta en un retrato a la vez feroz y también, por qué no, matizado por un punto de admiración, Harvey, se encuentra inmerso en el ojo de un huracán, que ríete tú del Irma.

Era el segundo tomo que Biskind convertía en lectura obligada para conocer los entresijos de Babilonia, después de aquella joya titulada Moteros tranquilos, toros salvajes, también publicada en España por Anagrama, crónica apasionada y apasionante de los años 70 por la que se paseaban jubilosos, jóvenes y desconocidos una pandilla de genios que no tenían ni idea de lo que darían de hablar, Coppola, Scorsese, De Palma, Spielberg… Casi nadie. Directores que alcanzaron la cima en una edad de oro en la que se encontraron acompañados de actores como Jack Nicholson, Robert de Niro, Al Pacino y una bonita colección de nombres más que atiborraban nuestra colección de dvds cuando eso se llevaba, que ahora dicen que ya no se estila.

La documentadísima pluma de Biskind en estos dos volúmenes afilada a base de cientos de entrevistas nos conduce a través de los pasillos oscuros, de despachos infectos donde se cuecen los guisos, apaños y tejemanejes de las producciones, los premios y los castigos, abre en canal sin anestesia el organismo de Hollywood y expone al aire libre sus glorias, pero sobre todo y en paralelo sus miserias. En el segundo volumen Biskind se centra en el llamado cine indie y más particularmente en el nacimiento auge y decadencia de la fabulosa Miramax, el glorioso emporio creado por los hermanos Weinstein.

También es amplia la nómina de los que pueblan las páginas de este repaso a los 90 y todos reciben su paga. Por allí pasan Robert Redford, acariciado con guante de estraza por sus luces y sombras en el Festival de Sundance, e individuos de tanto brillo como Quentin Tarantino, el citado Soderbergh o Richard Linklater. Pero, como digo, Bob –la codicia- y Harvey –el ego- Weinstein se llevan la palma con sus grandes éxitos (Sexo, mentiras… fue el primer bombazo de ganancias), sus sobornos, sus oscuras inversiones publicitarias y también el ojo clínico para descubrir los nuevos tesoros ocultos, el cine europeo, Mi pie izquierdo, Cinema Paradiso, La vida es bella, Almodóvar, Pulp Fiction… Claro que sus métodos no eran muy aseados. Vender el más bien adormecedor drama Pelle el conquistador como una película de acción o el debut de Soderbergh como si fuera cine porno fueron las tretas más sutiles que se gastaban. Seguramente esto último se les ocurrió cuando confundieron Los 400 golpes de Truffaut con el último grito “hardcore”. Pero les dieron muy buen resultado. Fue bonito mientras duró hasta que vendieron la empresa a Disney y el tren comenzó a descarrilar.

Biskind lo había advertido: algo pasaba con estos hermanos. Y de ellos el que hoy ha caído en desgracia no era el precisamente el poli bueno de refinadas maneras. Arrancar los teléfonos y arrojárselos al que se le pusiera por delante era la manera que este hombre tenía para hacerse respetar, combinada con palabrotas proferidas con desmedida energía. Pero, hombre, Harvey, por dios, que eso no se hace… “Sí, lo sé, pero no puedo evitarlo”, decía compungido. De tarde en tarde, en instantes de arrepentimiento, le salía la vena dulce que le había llevado, a él y a su hermano, a sumar los nombres de sus padres, Max y Miriam, para denominar a su propia creación, Miramax.

Con los empleados, con los productores, con los adversarios, hombres casi todos ellos, Harvey utilizaba el método del palo y la zanahoria: unos días maltrataba verbalmente; otros días acariciaba con su verbo lisonjero y regalaba chucherías, para compensar y aliviar el disgusto. Con las mujeres la cosa iba de sexo, nada original. Proposiciones de mal gusto, chantajes obvios, tocamientos, intentos culminados o no de violación… The New York Times ha revelado una retahíla de casos que se habrían producido a lo largo de tres décadas, en los que bailan el mismo son actrices, modelos y secretarias, que este caballero no discriminaba por posición social, sino por cuestiones más perentorias. Todo el mundo lo sabía, pero todo el mundo lo callaba.

Harvey Weinstein. EFE / Peter Foley

Harvey, Harvey, quién te ha visto y quién te ve. Todo Hollywood clama con una sola voz, la tronante voz de todas las instituciones y todas las personas que han permanecido en silencio durante años ante tus abusos y tropelías. Hasta Obama, ya ves tú, tan amigo, al que financiaste con tus buenos dólares, te abandona, y arroja también su piedra, que aquí, tonto el último, no vaya a ser que nos acusen de ser cómplices. Y ahora, en la plaza pública, sometido a un merecido escarnio, te encuentras tan solo cuando todas las bellezas que tanto te deben, Angelina Jolie, Gwyneth Paltrow, Ashley Judd, Rose McGowan, Cara Delevigne, vuelven hacia abajo sus pulgares.

La Academia de Hollywood se escandaliza, el Festival de Cannes, con las buenas migas que tú hiciste en Francia, exclama “quelle horreur!”, todo dios se rasga las vestiduras. Y tu esposa, la diseñadora de MarchesaGeorgina Chapman, que se casó contigo por tus atractivos intelectuales y físicos y que nunca intuyó siquiera tus incontrolables impulsos ha solicitado de inmediato el divorcio, ahora, tras diez años de próspero matrimonio y dos hijos, uno de siete años y otro de cuatro, cuando más la necesitas para poder curarte en una clínica de rehabilitación (temblando están los empleados que tengan que ocuparse de tí), te deja tirado como una colilla . Ni tu mujer ni nadie sabían nada. Todos callaron. El monstruo ha sido descubierto. Oye, Harvey ¿y si lo cuentas en una película? Dadas tus habilidades para conseguir los Oscar, igual te rehabilitan.

Harvey Weinstein y su esposa Georgina Chapman. EFE / Ian Langsdon

P.S. Dado que la avalancha de denuncias, de mujeres que han engrosado el pretendido harén de Harvey Weinstein, no cesa de crecer y pronto no cabrán en un estadio si se reúnen, y hasta parecerá que no eres nadie si no has sido acosada por “el Gordo”, dado que son escasas las personalidades que no se apuntan al juicio sumarísimo, me parece pertinente añadir las sensatas palabras de Oliver Stone, que leo hoy mismo:

“Soy un firme defensor de que hay que esperar hasta que esto llegue a juicio… Creo que un hombre no debería ser condenado por un sistema de justicieros. Y no es fácil por lo que [Harvey Weinstein] está pasando tampoco… Para mí ha sido un rival y nunca he hecho negocios con él y tampoco lo he conocido de verdad. He oído historias de terror sobre casi todo el mundo en este negocio, así que no voy a comentar sobre chismorreos… Simplemente esperaré (para pronunciarme), que es lo correcto”.

El Che no ha muerto

Cuando Ernesto Guevara fue vilmente ejecutado por el Ejército boliviano, obediente a las órdenes de la CIA, el 9 de octubre de 1967, estaba lejos de imaginar cuál sería una de sus pesadillas. No el hecho de que la revolución en Latinoamérica, a la que él había entregado la vida, había fracasado; tampoco el que el régimen cubano hubiera tenido que enrocarse para sobrevivir al acoso del enemigo imperialista de tal manera que, en muchos aspectos, resultaran irreconocibles en él los ideales que le alientan. No. Podemos apostar que, si hubiera cedido a la tentación de contemplarse a sí mismo, dejando por un instante de lado la causa, lo más insufrible para él hubiera sido ver su rostro convertido en una efigie -él que tanto despreciaba el culto a la personalidad- y para más inri transformado en uno de los más difundidos y vigorosos iconos del consumismo capitalista. Tal es el poder de la imagen que, a fuerza de reproducirse sin control, muta y se confunde con los valores del canal que la utiliza. El capitalismo todo lo traga. Lo que no le mata le engorda.

La celebérrima fotografía del Che de Alberto Korda

Todo el mundo ha visto esa fotografía en un póster alguna vez. El 5 de marzo de 1960 en la capital cubana, hermoso, triste y  desafiante a sus 31 años, la mirada perdida, el Che posaba frente al objetivo durante apenas unos segundos antes de desvanecerse en la escena tras un nutrido grupo de hombres en el acto de despedida a las víctimas de la explosión del buque La Coubre, que arribaba desde Bélgica a La Habana para proveer de armas y municiones a la recién nacida Revolución. Alberto Díaz Gutiérrez, más conocido por Alberto Korda, tampoco pudo jamás imaginar que una de sus imágenes, encargadas por el diario Revolución, le convertiría en el fotógrafo anónimo más reproducido del mundo y a su “Guerrillero heroico” en lo que es hoy: el retrato más simbólico de la Historia.

Che Guevara, pintura de Gerard Marlange atribuida a Andy Warhol

Pero, ay, a su primigenio significado, el compromiso incondicional con los parias del mundo y la lucha hasta el último suspiro con la justicia social, se le ha añadido una miríada de connotaciones, tantas como variaciones sobre el sujeto, algunas artísticas, las más de ellas bastardas, se han hecho. Que el Che fuera un líder comunista no fue obstáculo para vender con su bella imagen como reclamo la esencia del capitalismo. Desde Andy Warhol (o mejor dicho, Gerard Marlange, un asistente suyo, el verdadero autor de una famosa obra que se le atribuye erróneamente al célebre artista) hasta Mercedes Benz pasando por la Plaza de la Revolución habanera, donde Obama no perdió la ocasión de dejarse retratar para la posteridad en marzo de 2016; y antes, portadas de libros y revistas, camisetas, mochilas, carteles, banderas, gorras, tazas… en cualquier soporte y objeto imaginable; desde un Che gay a otro coronado de espinas que la Iglesia británica utilizó para hacer proselitismo juvenil… El único que no sacó réditos de su trabajo, más allá de su satisfacción o frustración, fue el propio Korda, quien nunca exigió derechos de autor, con una excepción: a la marca de vodka Smirnoff, de la que obtuvo la cantidad de 50.000 dólares de indemnización, que donó a un hospital oncológico infantil de Cuba.

Una campaña publicitaria que Mercedes Benz tuvo que retirar

Obama en La Habana. Alejandro Ernesto (EFE)

El cine ha recibido la visita del revolucionario y le ha dejado colarse hasta el salón en numerosas ocasiones desde el instante mismo en que se convirtió en leyenda. Unas veces para homenajear su figura y otras para denostarla, aunque por lo general poniendo de relieve el inmenso caudal de carisma que sigue atesorando tantos años después de muerto. Apenas unos días después de su captura y linchamiento Santiago Álvarez realizó en 1967 en formato documental, un emotivo mediometraje: Hasta la victoria siempre.

Con el mismo título, treinta años más tarde, el argentino Juan Carlos Desanzo abordaba una biografía, protagonizada por Alfredo Vasco, que cubría el arco que iba desde la infancia del Che hasta la entrada victoriosa en La Habana. Aníbal Di Salvo recogía el guante y llevaba al guerrillero a la selva de Bolivia en donde encontró la muerte. Era la continuación complementaria de ese Hasta la victoria siempre de ficción. Lo llamó, como tantas otras producciones confiadas al influjo del apodo, simplemente El Che (1997). Los dos filmes configuran un díptico en el que pesan más las buenas intenciones que el interés cinematográfico.

Dos años desde la caída del revolucionario tardó Hollywood en mover su maquinaria de chapapote ideológico con la intención de neutralizar lo que consideraban con acierto el emblema más universal y limpio del comunismo dejando la responsabilidad de poner cara al Che en el rostro de Omar Sharif y el de Fidel Castro en Jack Palance. El director de 20.000 leguas de viaje submarino (1954), Viaje alucinante (1966) y El estrangulador de Boston (1968) tuvo el desacierto de aceptar el encargo de este producto típico de la guerra fría: Che! (1969). Háganse una idea, el cartel dice: “La verdadera historia del Che Guevara, que persiguió un sueño de justicia y libertad y creó una pesadilla de terror y violencia”. Made in CIA.

Más cerca en el tiempo y más a favor de obra, el brasileño Walter Salles, multipremiado en 1998 con Central do Brasil, nos ofreció en 2004 un Che bisoño, al que el mejicano Gael García Bernal se esforzaba por transmitir calor y proximidad sin evitar que perdiera fuerza y garra en el camino viajando sobre dos ruedas a través del continente sudamericano.  Diarios de motocicleta era ideológicamente mullida y desprovista de aristas y su modelo de coproducción internacional, Brasil-Argentina-Chile-Perú se traducía en un Che homologado y apto para todos los públicos que consiguió una buena aceptación en taquilla.

Mucho más comprometido fue el Che que Steven Soderbergh creó con la inestimable ayuda de Benicio del Toro, también implicado como productor. Del Toro es uno de esos actores multiterreno capaces de despintarse de hombre lobo para calzarse unas botas y una boina e irse a hacer la revolución con un fusil y un puro y que nosotros nos olvidemos del verdadero rostro de Ernesto Guevara. Presentada por razones comerciales en dos partes de 140 minutos cada una, Che: el Argentino y Che: Guerrilla (2008) esta soberbia producción –no olvidemos, norteamericana- contiene las suficientes dosis de veracidad y energía para ser considerada como la aproximación definitiva a la legendaria figura.

La primera entrega, Che: el argentino, oscila entre una discreta hagiografía en la mirada y la obligada objetividad o fidelidad histórica en los hechos. El guión de Peter Buchman se basa en los cuadernos del Che y mezcla tres momentos históricos: el encuentro en 1956 de los hermanos Fidel y Raúl Castro con Guevara en México, la lucha guerrillera desde el desembarco del Granma hasta la entrada de los barbudos en La Habana en 1959 -la mayor parte del metraje de la película- y la visita del Che como ministro cubano a la ONU en diciembre de 1964. El retrato que presenta no está lejos del modelo canónico de revolucionario, idealista y de moral intachable, compasivo con el enemigo, pero igualmente sin piedad con los traidores.

La segunda mitad, Che: Guerrilla, está rodada con la misma espartana austeridad con que se desenvuelven en la selva boliviana los guerrilleros; recrea minuciosamente las penurias que soportan pespunteadas con ratos de tensa espera y pequeñas escaramuzas, racionamiento de agua y comida y frustración porque los campesinos no se suman a la lucha, pese a lo cual, El Che se niega a que se les incauten las provisiones. Mucho menos optimista y devoto del personaje que la primera, una suerte de melancolía se combina con la admiración contenida en un relato que quiere ser fiel a los principios que inspiraban al guerrillero.

Sin duda el díptico de Steven Soderbergh es la indagación más completa y compleja en esta figura gigante y Benicio del Toro su representación más creíble en la pantalla, no tanto por su mimetización con el personaje real como por el riguroso planteamiento del filme. Otros actores tuvieron que lidiar en plazas menos lucidas. Entre los españoles tenemos nada menos que a Paco Rabal, estrella de una temprana (de 1968) producción italiana, El Che Guevara, que se centra en los últimos meses de vida y combate y está dirigida por Paolo Heusch. El curriculum del director presenta hombres lobo y espaguetti westerns,  y su título internacional es como para echarse a temblar: Bloody Che Contra. Antonio Banderas se ponía la boina y le cantaba a Madonna, a modo de narrador, en el musical Evita de Alan Parker en 1996.  Por último, Eduardo Noriega, por sorprendente que parezca, también encarnó al Che. Fue en 2005, la película se tituló Che Chevara, la dirigió Josh Evans y en este caso la acción se trasladó a Sierra Maestra, antes de la derrota del dictador cubano Batista y la proclamación de la victoria revolucionaria. Junto a Noriega andaban Sonia Braga, en el papel de madre del Che y Enrico Lo Verso, como Fidel Castro… rodada en inglés ¡Uff! Cuesta digerirlo.

Pero si pensaban que lo que acaban de leer en relación con el personaje era el colmo del exotismo esperen a conocer la figura de Freddy Maymura, un guerrillero boliviano de origen japonés que murió junto al propio Che en Bolivia. Una película cubano-japonesa rodada en Cuba y en español, dirigida por Junji Sakamoto, Ernesto, se estrenará en la isla caribeña y el país andino en noviembre. El punto de anclaje de Japón es la visita de Guevara en 1957 a Hiroshima.  ¿Y quién da vida al Che? El actor japonés Joe Odagiri que tuvo que hacer régimen para rebajar un poquito la cintura al tiempo que aprendía español. Así, de repente… pero no seamos prejuiciosos y esperemos a verla. Si es que llega a nosotros.

El lunes pasado se cumplieron cincuenta años de la ejecución sumaria de Ernesto Guevara. Su desaparición dejó a la Humanidad un ejemplo mayúsculo de honestidad, coherencia e idealismo. Fue uno de esos hombres en los que pensaba Bertold Brecht cuando escribía sus versos:

Hay hombres que luchan un día y son buenos.

Hay otros que luchan un año y son mejores.

Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos.

Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles.