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A Barbine no le gusta la lluvia

Por María José Agejas

A Barbine no le gusta la lluvia. Después de la última está acatarrada. O quizá sea el paludismo. Casi que le da igual, porque ni puede ir al médico ni tiene dinero para comprar pastillas. Enfermó el otro día, cuando la lluvia y el viento volcaron su tienda de campaña. Barbine no es excursionista, sino desplazada.

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Barbine junto a parte de su familia en el sitio de desplazados de Capucien, Bangui. Imagen de María José Agejas

Menos mal que estaban los árboles para detenerla. A la tienda, digo. Si no, a estas horas habría volado hasta Congo, al otro lado del río Ubangui. Y no es una tienda de esas que se despliegan en dos segundos, sino de las grandes, de las que pesan un montón y que están bien ancladas al suelo. O lo estaban cuando las instalaron en su día en este campo de desplazados de Capucien, a las afueras de Bangui.

Así que ahí está. Barbine, digo. Sentada en el suelo, rodeada por algunos de sus hijos y nietos, tosiendo y limpiando unas hojas de melonera para cocinarlas. Le pido que me explique: “estábamos dentro, comenzó a llover muy fuerte. La tienda se levantó, y salimos para escondernos ahí. Por suerte nadie resultó herido”. ¿Y ahora?, le pregunto, casi avergonzada de la suerte que tengo en la vida. “Ahora no se qué podemos hacer. Dormimos en el suelo. Nosotros no podemos reparar la tienda “.

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Caddy Adzuba: el verdadero precio del coltán

Por Júlia SerramitjanaJulia Serramitjana

Caddy Adzuba empieza lanzando el siguiente dato: cada día 40 mujeres son violadas en su país, la República Democrática del Congo. La cifra me entra por los oídos, la proceso y me va directamente al estómago.  ¿Lo he oído bien? Sí, 40 mujeres al día. ¿Por qué?

Caddy tiene un año más que yo. También es periodista. Trabaja para Radio Okapi, una emisora de la Misión de Naciones Unidas. Está amenazada de muerte desde que denunció la violencia sexual que sufren las mujeres de su país, en guerra desde 1996. Ha estado a punto de morir asesinada en dos ocasiones. A pesar de ello, sigue trabajando para dar a conocer esa realidad. Conozco a pocos periodistas de mi edad con una trayectoria y valentía como la suya.

Sigo repasando su biografía mientras la escucho durante el III Foro Internacional DevReporter en el que se debatió si el periodismo es un estímulo o un obstáculo para la comprensión global del mundo. Los datos sobre su país van cayendo en mi estómago: más de 25 años de guerra, el conflicto que más víctimas mortales ha provocado desde  la Segunda Guerra Mundial.  Miles de mujeres violadas. Y, aún así, el silencio mediático sigue imperando. ¿Por qué?

Caddy Adzuba (dcha) junto a la periodista Montse Santolino en el Foro DevReporter celebrado en Barcelona. (c) Bibian Escudero

Caddy Adzuba (derecha) junto a la periodista Montse Santolino en el Foro DevReporter celebrado en Barcelona. (c) Bibian Escudero

Ella sabe mucho de esto. Como fundadora de la red ‘Un altavoz para el silencio’, es perfectamente consciente de que lo que no se visibiliza no existe a los ojos del mundo, anestesiado por unas coberturas mediáticas  superficiales y centradas sólo en la catástrofe y el desastre.

Desde su perspectiva como periodista, Caddy cree que nos falta profundización en temas tan complejos. “De la República Democrática del Congo sólo os llega que nos hemos matado los unos a los otros”, afirma.

Allí, a las poblaciones se las ha infra-informado con intenciones perversas. Es difícil acceder a la información, cuenta Caddy. Pero aquí no tenemos excusa: “Estamos muy decepcionados de cómo os llega la información desde allí”, sentencia.  Estoy de acuerdo, tenemos que superar la cultura del desastre.

El conflicto que vive el país está causado en gran parte por controlar los yacimientos de coltán, un mineral clave en las nuevas tecnologías como los teléfonos móviles. Las violaciones y abusos a mujeres llevadas a cabo por los combatientes han sido utilizadas como arma de guerra por todos los grupos implicados. Una realidad compleja y difícil, que los periodistas tendemos a simplificar como un mecanismo para afrontar la complejidad.

Caddy termina su charla. Salgo del auditorio. “¿Qué hacer ahora con toda esta información en el estómago?”, pienso.  Del 22 al 25 de febrero se celebra el Mobile World Congress en mi ciudad, en Barcelona. Cada año las portadas de los diarios, las radios y las teles abren los informativos explicando el lleno descomunal de hoteles y el gremio de taxistas aparece en los medios explicando que no dan abasto. Poco más.

¿Qué tal si abrimos el foco y hablamos en los medios de cómo la guerra provocada por el coltán, el mineral esencial para fabricar los móviles que usamos acaba causando que 40 mujeres al día sean violadas en otra parte del mundoEl famoso efecto mariposa.

Caddy vino a recordárnoslo un día de febrero, pero ahora nos toca a nosotros desde aquí seguir repitiéndolo e insistiendo para que se visibilice esa realidad.

Júlia Serramitjana es periodista y trabaja en Oxfam Intermón

Nos tragamos nuestros problemas como fufu

Por Marijke DeleMarijke Deleu pq

Cuando nos planteamos investigar la protección a civiles en la República Democrática del Congo este año, vimos la necesidad de poner el foco en las mujeres. Esto ha significado priorizar su participación en nuestra investigación y planificar su inclusión en cada paso del proceso que llevaría a la publicación.  Nos planteamos cómo reclutar y entrenar a las asistentes de investigación, cómo recoger los datos (las preguntas que se formulan, la selección de participantes y el contexto en el que se recogen), cómo analizar los datos y cómo escribir.

Las mujeres del Este de la República Democrática del Congo se exponen al peligro durante sus desplazamientos al campo. Imagen de Oxfam.

Las mujeres del Este de la República Democrática del Congo se exponen al peligro durante sus desplazamientos al campo. Imagen de Oxfam.

El proceso comenzó con la búsqueda de investigadoras. Queríamos que fueran al menos el 50%: animamos a las mujeres a presentarse a los puestos de investigación, y aplicando criterios de discriminación positiva aceptamos para la entrevista a todas las mujeres que cumplían los criterios básicos. Muchas mujeres se presentaron, pero cuando se dieron cuenta de que el trabajo de campo sería prolongado (entre 14 y 21 días) muchas nos dijeron que no podrían dejar sus casas tanto tiempo. Al final, el equipo de investigación se compuso de 7 mujeres y 15 hombres. Las mujeres fueron el 32% del equipo, una representación aceptable pero que no llegaba a los estándares que nos habíamos propuesto.

Durante la formación inicial de los investigadores nos aseguramos de que el género se incluía como prioridad. Pero enseguida nos dimos cuenta de que teníamos mucho por hacer: durante la cena, después de un largo día de formación, tuvimos una conversación sobre los roles de hombres y mujeres en el hogar. Uno de nuestros asistentes de investigación declaró: ‘Yo nunca podría lavar la ropa interior de mi mujer’. Mi colega Florentin, el supervisor de investigación de Kivu Norte, lo retó en términos expeditivos: ‘Yo lavo la ropa interior de mi mujer’. A medida que la conversación avanzaba, me sentía orgullosa de ver cómo un compañero discutía apasionadamente en favor de la igualdad en casa, una discusión que había comenzado por la ropa interior de su esposa.

Un grupo de mujeres comparte sus preocupaciones sobre la seguridad en un grupo focal. Imagen de Oxfam.

Un grupo de mujeres comparte sus preocupaciones sobre la seguridad en un grupo focal. Imagen de Oxfam.

Ya en el terreno, comenzamos a organizar grupos focales sólo de mujeres. Ellas compartían: compartían mucho, y lo que decían nos abría los ojos. Nos decían que son ellas quienes trabajan en el campo y se ponen en riesgo tanto en las largas caminatas y durante las horas que pasan en los campos, además de cargar el peso del trabajo doméstico también. Nos dijeron cómo,  a pesar del hecho de que sufren más amenazas  para su seguriad, no se les invita a las reuniones sobre justicia o protección. Nos contaron que no pueden hablar con las autoridades cuando tienen un problema y que es frustrante ver que sus preocupaciones no se toman en serio. Hablaron de la escala y variedad de retos a los que se enfrentan las mujeres: grupos armados, violaciones, abuso doméstico, la necesidad de huir de sus casas, y la incapacidad para ahorrar o gestionar su propio dinero.

Una de las mujeres con las que hablamos resumía su experiencia diciendo: ‘nos tragamos nuestros problemas como fufu‘, (un alimento básico local que se come como pasta). La expresión comunicaba un fuerte sentido de que las mujeres se tienen que guardar los problemas para ellas mismas, que no pueden compartirlos con nadie. Es una metáfora que ha permanecido en nuestro equipo de investigación mucho después de que terminara el trabajo de campo.

Las historias compartidas en los grupos focales rompían el corazón, pero aún había mucho más. Sólo cuando nuestra responsable de medios, Passy, habló con las mujeres de una en una nos dimos cuenta de que, a pesar de que se estaba compartiendo mucho sufrimiento, estas mujeres no estaban contando lo peor. Una mujer le contó que una niña de 12 años de su pueblo se había suicidado después de que le dijeran que tendría que casarse con su violador. Otra mujer dijo que las violaciones son tan comunes que ella siempre lleva condones: si un hombre intenta violarla, ella le dice que es seropositiva y le pide que use un condón.

Una mujer asiste a una reunión con su bebé. Imagen de Oxfam.

Una mujer asiste a una reunión con su bebé. Imagen de Oxfam.

Nuestro informe no iba a ser sobre mujeres, aunque teníamos intenciñon de integrar una perspectiva de género. Pero las experiencias de las mujeres terminaron ocupando un espacio mucho más importante una vez que nos dimos cuenta de lo que están sufriendo las mujeres en la zona Este de la República Democrática del Congo, tanto dentro como fuera de sus casas.

Las voces de las mujeres surgen con fuerza para denunciar la situación de seguridad. Sus voces influyen en nuestra forma de enmarcar nuestras recomendaciones: pedimos que las mujeres tengan más acceso a los recursos, que asuman roles de toma de decisión en las estructuras estatales y tradicionales, para que puedan renacer y para que la desigualdad que lastra a la sociedad de esta región pueda traducirse en derechos.

Marijke Deleu es asesora de políticas de protección en el programa de Oxfam en la República Democrática del Congo.  

Dos premios para pensar… en tu móvil

Por Belén de la Banda @bdelabanda

Recientemente, dos premios de gran prestigio, uno otorgado en España y otro en Europa, nos llevan a pensar en situaciones que podrían parecer muy lejanas si no fuera porque vivimos en un solo mundo. El premio Príncipe de Asturias de la Concordia de este año reconoció la labor de la periodista congoleña Caddy Adzuba, defensora de la libertad de prensa y de los derechos de las mujeres en su país, a quien ya conocimos en este mismo blog hace unos meses, de la mano de Alicia Cebada. El Premio Sajarov, del Parlamento Europeo, ha reivindicado la tarea del ginecólogo Denis Mukwege, que trabaja en la rehabilitación de las mujeres víctimas de violaciones y agresiones sexuales en el Este de la República Democrática del Congo.

Caddy Adzouba, activista congoleña contra la violencia. Imagen de Ouka Lele.

Caddy Adzouba, activista congoleña contra la violencia. Imagen de Ouka Lele.

Se utiliza a la mujer como arma de guerra: se dieron cuenta de que cuando se ataca a las mujeres se aniquila a toda la población‘, denuncia Adzuba, que ha podido ver cómo a través de las violaciones a las mujeres y el secuestro de niños para convertirlos en soldados esclavos se destruye a la familia en su país, y se destierra cualquier base de desarrollo. Amenazada de muerte, esta abogada y periodista en Radio Okapi pide que se desvelen los intereses económicos que están detrás de esta perversa situación.

Denis Mukwege, Premio Sajarov del Parlamento Europeo 2014. Imagen: europarl.org

Denis Mukwege, Premio Sajarov del Parlamento Europeo 2014. Imagen: europarl.org

Denis Mukwege, como ginecólogo, dedica su vida a reconstruir los cuerpos de miles de mujeres y niñas congoleñas víctimas de violaciones en grupo y violencia sexual brutal en la guerra de su país. Le han destrozado dos hospitales, pero desde que reconstruyó su centro sanitario en la localidad de Panzi ha atendido a más de cuarenta mil mujeres. Las dimensiones de esta violencia lo llevaron a reflexionar sobre el origen y el propósito de tanto sufrimiento. ‘No se trataba tan solo de actos violentos de guerra, sino que era parte de una estrategia… se violaba a varias personas al mismo tiempo, públicamente, en una noche podía violarse a toda la aldea. Con ello no solo hacían daño a las víctimas, sino a toda la comunidad, a la que obligaban a observar la escena. El resultado de esta estrategia es que las personas se veían obligadas a huir de sus pueblos, abandonar sus campos, sus recursos… todo’.

Ambos están comprometidos en la recuperación de las mujeres y las niñas, en todos los ámbitos, para que puedan tener una vida digna y quieran volver a vivir, volver a la escuela. Y denunciar a los responsables de las agresiones. Ambos defienden que las mujeres tienen que ser, en su país y en el mundo, ciudadanas de pleno derecho y no víctimas. Situarse en pie de igualdad y pasar a tomar decisiones sobre su futuro y el de su sociedad: ‘La mujer que fue hasta ahora víctima tiene que estar en la mesa de negociaciones porque sabe lo que sufrió y lo que se debe reivindicar’, declaró Adzuba antes de recoger su galardón.

Ambos saben también que la inacción de otros países tiene causas injustificables, como el coltan que se produce masivamente en las minas de esta región africana y que permite que funcionen los teléfonos móviles, tabletas y ordenadores de todo el mundo. No se trata de violencia gratuita, sino de grupos violentos que tratan de establecer el control sobre zonas de una enorme riqueza. Y si nadie pone freno, seguirán comportándose de esta manera.

No es una guerra lejana y desconocida a la que tengamos que resignarnos. Todos podemos colaborar con la lucha de estos dos congoleños defensores de las mujeres, de muchas formas. Desde el consumo cotidiano, como nos sugiere la Fundación Jane Goodall, hasta el apoyo a campañas informativas y de incidencia dirigidas a los distintos actores que protagonizan este mercado de dolor.

Belén de la Banda es periodista y trabaja en el equipo de comunicación de  Oxfam IntermónAhora empeñada en promover la campaña ‘cambia su agua, cambia su vida‘.

Jane Goodall: directa al corazón

Por María Luisa Toribio María Luisa Toribio

Necesitamos sentirnos parte de la vida en el Planeta. Es la respuesta que apuntaba en mi anterior entrada en este blog a una pregunta cada vez más acuciante: ¿cómo lograr que la sociedad perciba el medio ambiente como algo propio? Estoy convencida de que esa percepción no vendrá solo de los datos y los argumentos. Lo vi claro una tarde mientras escuchaba, en el Jardín Botánico de Madrid, a Jane Goodall, mujer pionera que con poco más de 20 años se adentró en la selva, a orillas del lago Tanganica, para estudiar los chimpancés.

Jane Goodall con un chimpancé (Archivo)

Jane Goodall con un chimpancé (Archivo)

Aquella tarde, mientras ella contaba su trayectoria vital, que la llevó con el paso de los años a dejar su vida en plena Naturaleza para emprender un incansable periplo por todo el mundo para defenderla, las lágrimas comenzaron a resbalar lentamente por mi rostro. Sus palabras me habían tocado en lo más profundo porque Jane Goodall habla desde el corazón. Tiene claro que ése es el camino y desde el Instituto que lleva su nombre ha puesto en marcha campañas y programas destinados a que los jóvenes crezcan sintiéndose parte de la vida y artífices de lo que ocurre en este Planeta que compartimos porque “cada uno de nosotros marca una diferencia, cada día”.

Movilízate por la selva es una campaña emblemática del Instituto Jane Goodall. Muestra a la perfección ese estrecho vínculo que nos une con todo lo vivo. El coltán es un mineral imprescindible para nuestra vida moderna, está en los móviles, en los ordenadores, en las consolas… Y está también en el centro de los conflictos armados que producen millones de víctimas y refugiados en la República Democrática del Congo. La minería del coltán, además de mover colosales intereses económicos que avivan la violencia en el país, explota mano de obra infantil o semiesclavizada y destruye la selva.

Movilízate por la selva nos enseña a percibir la relación entre ese teléfono móvil que se ha convertido en compañero inseparable y un país que parecía lejano y de pronto deja de serlo. Pero sobre todo busca que nos impliquemos. Ofrece la posibilidad de recoger los teléfonos usados para su reciclaje, evitando así convertir en basura valiosos recursos naturales que pueden volver a utilizarse reduciendo las necesidades de extracción. Además, se obtienen recursos económicos con los que se financian proyectos ambientales y sociales en la República Democrática del Congo.

Roots&Shoots (Raíces y Brotes) es otro programa educativo del Instituto Jane Goodall que cuenta con más de 17.000 grupos en 130 países. Jóvenes de todas las edades llevan a cabo proyectos que fomentan el respeto y la empatía por todos los seres vivos, promueven el entendimiento entre las culturas y les enseñan a implicarse en lo que ocurre en el mundo.

Un aprendizaje imprescindible porque, como dice Jane Goodall: “si somos la especie más inteligente del Planeta, ¿cómo es que lo estamos destruyendo?”. Pues eso, que además de inteligencia necesitamos sentirnos parte de la vida y ser conscientes de que todo cuanto pasa por nuestras manos procede de la Naturaleza.

 

 

María Luisa ToribioBióloga y activista, con una mirada global al mundo que me lleva a implicarme en causas  como el medio ambiente, la pobreza, los derechos humanos, las poblaciones indígenas… Convencida de que las múltiples crisis que vivimos tienen raíces comunes y de que toca impulsar cambios profundos.