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En la guerra y en la paz

Por Laura Martínez Valero Laura Martínez Valero

Creo que en todo conflicto armado hay un tercer bando, que no combate, formado en su mayoría por mujeres y niños. Mujeres que son violadas y asesinadas sistemáticamente por, a mi juicio, dos razones principales: porque es un acto generalizado, invisible y silenciado que tradicionalmente ha quedado impune. Y porque es una efectiva forma de control que buscar destruir la dignidad de las mujeres y anularlas como lideresas u opositoras. No se trata sólo de un botín de guerra o un daño colateral. Son actos premeditados y calculados.

Ayer tuve la oportunidad de escuchar los interesantes avances del papel de la mujer en los conflictos armados en el acto ‘Mujeres, Paz y Seguridad’ organizado por la AECID. Por ejemplo, la ONU está realizando cursos y formaciones con los cascos azules para que sepan actuar específicamente ante situaciones de violencia sexual; o la existencia de asesores de género en el ejército español para saber identificar los roles culturales de la mujer en otros países y actuar conforme a ellos; o la contratación por parte de la ONU de investigadores internacionales que realizan informes y recaban datos para luchar contra la impunidad de la violencia sexual.

(C) Oxfam Intermón

Foto realizada en Madrid en el marco de la campaña “Saquen Mi Cuerpo de la Guerra” para denunciar la impunidad en la que viven los autores de delitos de violencia sexual contra mujeres cometidos de modo masivo por parte de todos los actores armados en el conflicto colombiano (C) Oxfam Intermón

Sin embargo para mí el mayor avance es que las mujeres están abandonando su papel de víctimas, asumiendo un papel activo en las mesas de negociaciones de paz, algo que tradicionalmente se les ha negado.

Un buen ejemplo de ello es Colombia, paradigma de violencia sexual contra las mujeres en el marco de un conflicto que dura más de 50 años, como hemos hablado en ocasiones anteriores. En las actuales negociaciones de paz con las FARC-EP en La Habana se ha producido un hecho sin precedentes. Por primera vez dos mujeres, Nigeria Rentería y María Paulina Riveros, son negociadoras en la mesa de La Habana, llevando la voz de todo un movimiento a los diálogos de paz. Y no negociadoras cualquiera, sino integrantes plenipotenciarias del equipo del Gobierno Nacional, es decir, con peso real en las decisiones que se tomen. Además, entre los grupos de víctimas que han viajado en comisión a La Habana, para sentarse cara a cara con las FARC-EP ha habido una representación de mujeres, aunque escasa.

Todo ello es un gran logro en un mundo en el que, según la ONU, las mujeres representan el 8% de quienes participan en las negociaciones de paz y menos del 3% de quienes firman los acuerdos de paz. Y eso que actualmente el 90% de las víctimas de las guerras son mayoritariamente mujeres y niños.

Pero queda mucho por hacer. Como explicaba ayer en el acto Alejandro Matos, director de Oxfam Intermón en Colombia, las mujeres no denuncian las agresiones porque les piden pruebas, en ocasiones incluso años después de la agresión. “No tiene sentido seguir exigiendo el análisis de fluidos”, afirmaba. En su lugar, Matos afirmaba que hay que presionar y exigir a los inculpados que expliquen por qué en las fosas comunes aparecen cuerpos de hombres vestidos y de mujeres desnudas, ya que esto es un signo claro de que fueron violadas antes de que las asesinaran. Este es el tipo de indicios que hay que buscar, en lugar de dificultar a las mujeres el proceso de denuncia.

Laura Martínez Valero trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón y participa en el proyecto Avanzadoras. Cree firmemente en el Periodismo Comprometido.

Olga transita hacia la libertad

Por Andrea DiezAndrea Díez 70px

Yo las veía pasar‘ cuenta Olga, 47 años, mamá de un hijo y alguna vez residente en El Carmen de Bolívar, uno de los tantos territorios castigados por el conflicto armado colombiano. “Traían consigo a sus hijos pequeños, yo las miraba pasar y veía su agonía”. Pero Olga intuía, por aquellos años, que un hilo invisible la unía con esas mujeres que bajaban de la montaña: “ellas, víctimas del conflicto colombiano, y yo, de la violencia de pareja…”, recuerda, y también que en aquellos años no podía reconocerse como víctima “pese a que guardo cicatrices de tantos golpes en mi cabeza”.

Un día la violencia política también golpeó su puerta. Al igual que esas otras mujeres, huyó de su casa a la medianoche, cargando a su hijo, y se convirtió en una desplazada más. O no. Porque mientras corría en la oscuridad Olga se repetía: “soy libre, soy libre, hasta hoy me hiciste daño”.

Las escuelas de formación política ayudan a miles de mujeres como Olga a ser lideresas capaces de luchar por sus derechos (c) Funsarep

Las escuelas de formación feministas acompañan a miles de mujeres como Olga para que exijan sus  derechos (c) Funsarep

Fue Arjona el pueblo que la recibió, a ella y a otras mujeres, y FUNSAREP la organización que le abrió sus puertas para que su cuerpo y su corazón pudieran, por fin, iniciar un camino nuevo. Olga fue una de las participantes de la Escuela de formación que acompaña a las mujeres en la exigibilidad de sus derechos a Verdad, Justicia y Reparación, aprende de ellas y les da herramientas para que sean sujetas de derechos, ya no más víctimas.

Hoy Olga es lideresa de una organización vecinal de mujeres. Da conferencias. Creó una casa de acogida para mujeres víctimas de violencia. Por eso, cuando los organismos internacionales se preguntan: ¿vale la pena seguir invirtiendo en las escuelas de formación para mujeres? me sale responderles: pregúntenle a Olga. Ella es una de las 16.000 mujeres que en los últimos cuatro años ha participado de procesos de formación de organizaciones feministas y del movimiento de mujeres en el marco del convenio “Formación y Empoderamiento de mujeres populares y diversas para la construcción de Nuevas Ciudadanías en Colombia, Perú, Ecuador y Brasil”. Ella es una de las miles que se convirtió en líder, dirigente, activista política, militante, mujer política para transformar las injusticias. Una de las miles que hoy, gracias a la oportunidad de romper el aislamiento que les ofrecen las Escuelas de Formación feministas, puede decir: “me duelen las mujeres abusadas. Porque yo soy mujer. Por eso trabajo con las mujeres en mi barrio. Por eso ellas se sienten libres”.

 

Andrea Diez es Responsable Regional de Programas de Derechos de las Mujeres para América del Sur en Oxfam Intermon, feminista y licenciada en Comunicación Social.

Mary Sol Avendaño: activismo contra la violencia que sufren las mujeres en Colombia

Por Beatriz PozoBea Pozo

‘Cuando el Ejército Rojo llegó a Berlín, los soldados ya consideraban a las mujeres una especie de botín carnal’ decía el historiador Antony Beevor en su libro ‘Berlín, 1945’. Como en la Segunda Guerra Mundial, cada vez que estalla una guerra o un conflicto armado, toda la población civil sufre, pero las mujeres son víctimas de un tipo especial de violencia. Pasaba hace 70 años y sigue ocurriendo ahora y Colombia es uno de los países que más lo ha sufrido.

Allí, según la activista Mary Sol Avendaño se ha producido una ‘naturalización de la violencia contra los cuerpos de las mujeres’. Es una estrategia de guerra practicada por los dos bandos del conflicto que lleva asolando el país desde hace 60 años.  De esta forma, ‘cada hora son violadas en Colombia seis mujeres producto del conflicto armado’

Mary Sol Avendaño el pasado mes de mayo. (C) Pablo Tosco/ Oxfam Intermón

Mary Sol lleva más de 25 años atendiendo a las mujeres víctimas de la violencia en su país. No solo trabaja con desplazadas por el enfrentamiento entre FARC y Fuerzas Armadas.  ‘Además de eso, las mujeres en sus casas y en sus ámbitos cotidianos también vivimos una serie de violencias que históricamente hemos permitido sobre nuestros cuerpos’.

Su asociación, el Centro de Promoción y Cultura (CPC) ayuda a mujeres, jóvenes, niños y niñas de sectores populares de la localidad de Kennedy, al suroeste de Bogotá. ‘Fundamentalmente nuestra apuesta está en mejorar el papel que tienen las mujeres en la sociedad colombiana […] Tratamos degenerar un proceso de empoderamiento de las mujeres populares”

El primer asunto es que las mujeres empiecen a denunciarlo’. Se trata de un paso fundamental en un país en el que el 98% de este tipo de delitos queda impune y solo un 18% se denuncia, según el informe ‘Colombia: Mujeres, violencia sexual en el conflicto y el proceso de paz’ del proyecto ABColombia, formado por varias ONGs. Para ello Mary Sol cree que es muy importante ‘el encuentro con otras mujeres, el conocer otras experiencias, que hace que las mujeres vayan contando esa situación que consideran que es del mundo de lo privado y empiecen a ponerlo en el escenario de lo público’.

Igualmente hay que tener en cuenta que de cada 10 mujeres víctimas de la violencia sexual en Colombia, cuatro no reconocen haber sido agredidas. Así, el proceso que llevan a cabo desde el CPC también tiene como objetivo lograr que las mujeres empiecen a reconocer que ‘cada persona tiene un valor’ y a aumentar su autoestima.

Mary Sol cree que, sin embargo, para que el problema realmente se empiece a solucionar es necesario un mayor compromiso del gobierno y que se apueste por ‘dignificar a la mujer’ en todos los ámbitos. Ella personalmente ha empezado por la educación. Da clases en la Universidad pública Francisco José de Caldas de Bogotá y en ellas habla a sus alumnos de las desigualdades de género en Colombia. ‘Estoy completamente convencida de que la educación puede cambiar la realidad’

Beatriz Pozo es estudiante de periodismo y comunicación audiovisual. Colabora como voluntaria con el equipo de comunicación de Oxfam Intermón.

 

Un día para olvidar y para recordar

Por Laura Martínez Valero Laura Martínez Valero

En la vida hay momentos en los que te planteas qué es el compromiso. Hasta entonces siempre has pensado que eres una persona comprometida con tu trabajo, con la gente que quieres, con tus ideas y valores… Y entonces conoces a alguien, una persona que brilla con fuerza y que cuando cuenta su historia te deja sin aliento. Es en ese instante cuando comprendes que personas así hay pocas y que estás viviendo una oportunidad única. En mi caso ese momento llegó en marzo de 2014, cuando conocí a la periodista colombiana Jineth Bedoya en el marco de los proyectos Avanzadoras y Periodismo Comprometido de Oxfam Intermón.

En el centro la periodista Jineth Bedoya junto a un grupo de mujeres activistas durante el acto de presentación del informe sobre los crímenes sexuales cometidos en el marco del conflicto armado en Colombia

En el centro la periodista Jineth Bedoya junto a un grupo de mujeres activistas durante el acto de presentación del informe sobre los crímenes sexuales cometidos en el marco del conflicto armado en Colombia

Desde esa experiencia para mí el compromiso cobró un significado diferente y está relacionado con la historia de una mujer que acaba de conseguir que el 25 de mayo sea el ‘Día Nacional de las mujeres víctimas de la violencia sexual como consecuencia del conflicto armado’ en el calendario colombiano. Esta fecha no es fruto del azar. Para Jineth era una fecha maldita, el día en el que en el año 2000 ejerciendo su profesión fue secuestrada, torturada y violada por paramilitares con el fin de callarla para siempre. Ahora será la fecha de un logro: la visibilización y reconocimiento de la violencia sexual contra las mujeres en un país que lleva 60 años de conflicto y en el que los diferentes actores armados, militares y guerrilleros, hacen blanco de su violencia sobre el cuerpo de las mujeres, con una impunidad que se acerca al 100%. Una violencia calificada como pandemia por la ONU y que entre 2001-2009 sufrieron un promedio de 6 mujeres colombianas cada hora, de las que más del 80% no denunciaron por miedo.

Hace catorce años quisieron callarla. Nunca lo consiguieron. Es más, han obtenido lo contrario. A Jineth le costó nueve años exponer públicamente lo que le había pasado. Pero lo hizo, consciente de que ella, como subeditora del periódico El Tiempo y, por tanto, mujer periodista conocida, podía ser el altavoz para miles de mujeres que han sufrido y siguen sufriendo esta violencia.

Quienes la conocen saben que su compromiso es total. Desde entonces concede entrevistas, creó la campaña ‘No es hora de callar’, es portavoz de la campaña ‘Violaciones y otras violencias, saquen mi cuerpo de la guerra’, ha participado en Londres en la primera conferencia sobre la violación en las guerras y conflictos y un largo etcétera. Además sigue ejerciendo su profesión desde ese mismo compromiso, denunciando todo tipo de vulneraciones de los derechos de las mujeres, como en un informe de 2013 sobre la explotación sexual de niñas en los campamentos mineros de Medellín.

En la ceremonia de homenaje en la que quedó estipulado el 25 de mayo como Día Nacional, Jineth agradeció al presidente colombiano Santos que estuviera empujando el país hacia ‘ese horizonte de una Colombia en paz, con equidad y bien educada’. Creo que el agradecimiento debe de ser para ella. Ha llevado su situación de víctima a otro plano, el de la activista. Su tenacidad nos obliga a no seguir volviendo la cara ante este tipo de violencia. Una violencia que no es exclusiva de Colombia y que sin duda merece no sólo de un día nacional, sino de un Día Mundial para contribuir a su erradicación.

Laura Martínez Valero trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón y participa en el proyecto Avanzadoras. Cree firmemente en el Periodismo Comprometido.

Colombia: sentencia histórica para las madres de Soacha

Por Sandra Cava Sandra Cava

Hace 8 años que Fair Leonardo Porras, un joven de Soacha de 26 años con una discapacidad que equiparaba su edad mental a la de un niño de 10, desapareció de casa, y desde entonces su madre Luz Marina ha luchado para buscarlo, para saber qué le ocurrió y para conseguir justicia. Finalmente, la ha conseguido.

Fair Leonardo era uno de los 16 jóvenes de Soacha que fueron enterrados en fosas comunes en Ocaña después de ser acribillados por una brigada del ejército colombiano y presentados como guerrilleros de las Farc muertos en combate. Los militares calificaron a Fair Leonardo como ‘jefe de un comando terrorista’.

Es el llamado caso de los ‘falsos positivos‘, del que ya nos habló Belén de la Banda en Más de la Mitad. Jóvenes de familias humildes, engañados con la promesa de un trabajo, fueron asesinados a manos de fuerzas de seguridad colombianas para recibir compensaciones económicas o ascensos a cambio de la muerte de guerrilleros.

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Luz Marina Bernal frente a la tumba de su hijo el día de los muertos. Imagen: Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Tuve la oportunidad de conocer a Luz Marina en Soacha el año pasado. Su voz es la de una firme defensora de derechos humanos, una persona que ha estudiado y se ha documentado desde cero para defender con fundamento el caso de su hijo y sus compañeros. Así es la realidad de las Madres de Soacha.

Estas mujeres sencillas que tienen en común el dolor y la resistencia ante la injusticia ya han logrado dos sentencias históricas. 

La primera ocurrió hace apenas un año mientras las madres escuchaban una sentencia para los responsables de la ejecución de Fair Leonardo: fueron acusados de homicidio, desaparición forzosa y, como hecho sin precedente, Crimen de Lesa Humanidad. Esta sentencia era importante para la memoria de Leonardo pero también para que se reconociese que no se trató de un hecho aislado sino que, tal y como se sentenció, forma parte de ‘un ataque generalizado o sistemático contra la población civil, y con conocimiento de dicho ataque’.

La segunda ocurrió hace apenas unos días. Inmediatamente después de la sentencia se impuso un recurso, que ahora ha sido rechazado por la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia de Colombia dejando en firme la condena de 53 años de cárcel para los cinco militares implicados en el crimen.

Esta sentencia era una meta para Luz Marina, pero también para todas las Madres de Soacha y para las cerca de 5.000 víctimas ejecutadas por las fuerzas públicas de manera extrajudicial en Colombia. Como la misma Luz Marina comparte: ‘La impunidad nos enferma, nos mata de tristeza, pero seguimos viviendo para que nuestros hijos no hayan muerto en vano. Al denunciar sus casos, conseguimos salvar muchas otras vidas’.

Sandra Cava forma parte del equipo de comunicación de Oxfam Intermón

‘Si me matan por decir la verdad, mis nietos seguirán’

Por Isabel Ortigosa isabel Ortigosa

Conocí a Ligia Chaverra en una visita a la Zona Humanitaria de Las Camelias. La mujer diminuta y descalza que encontré, de manos trabajadas y retorcidas por el tiempo, es una de las líderes más reconocidas de las comunidades afrodescendientes de la cuenca del río Curvaradó. Esta zona remota del Urabá chocoano, al norte de Colombia, fue muy castigada por la violencia a finales de los años 90. Con la excusa de ‘limpiar’ la región de guerrilleros, se produjo en esta época una incursión paramilitar que, con la complicidad del ejército, provocó un éxodo masivo de campesinos. Su huída fue aprovechada por actores legales e ilegales para ocupar estos terrenos, violando así la ley 70 de Colombia (1993), que reconoce y protege el derecho de los afrocolombianos a la propiedad colectiva de sus tierras y a ocupar su territorio ancestral.

Ligia María Chaverra, 72 años, es una de las líderes de la comunidad de Curvaradó, en Chocó, una de las regiones más pobres de Colombia.  Ha sufrido amenazas por reclamar sus tierras, pero ella y sus hijos siguen firmes. Imagen: Inspiraction

Ligia María Chaverra, 72 años, es una de las líderes de la comunidad de Curvaradó, en Chocó, una de las regiones más pobres de Colombia. Ha sufrido amenazas por reclamar sus tierras, pero ella y sus hijos siguen firmes. Imagen: Inspiraction

Ligia huyó a través de la selva, con sus hijos, dejando atrás todo lo que tenía. Durante meses, vivieron en constante itinerancia, sin un hogar, sin una escuela, sin medicinas para los niños que caían enfermos. Un tiempo después, venciendo el miedo, varias familias decidieron retornar a sus tierras, y Ligia se convirtió en una de las líderes más destacadas en la lucha por la restitución.

Con el apoyo de Justicia y Paz, contraparte de InspirAction en Colombia, se crearon las llamadas Zonas Humanitarias: espacios delimitados, habilitados únicamente para sociedad civil y libres de actores armados, donde se busca proteger a los retornados y defender su derecho a la vida, a la autodeterminación y a la restitución de sus tierras.

Desde el retorno, y a pesar de su avanzada edad, Ligia ha denunciado incansablemente a los responsables del desplazamiento forzado, de la violencia y de los daños ambientales que sufre la región. Esto le ha valido amenazas, señalamientos y un hostigamiento continuo que hace que muchos temamos por su vida. ‘Dicen que soy guerrillera, pero yo he criado a ocho hijos y a 44 nietos. ¿Creen que he tenido tiempo para hacer la guerra?’ me dice.

Ligia cuenta con voz pausada que supuestamente la Operación Génesis, que acabó desplazando a miles de campesinos, tenía como objetivo para acabar con la guerrilla. ‘Pero luego nos dimos cuenta de que el objetivo era sacarnos para desarrollar el cultivo de la palma y el plátano. La guerra era contra los campesinos’. En la zona no se conocía el cultivo de la palma africana. Ahora, desgraciadamente, la conocen demasiado bien. ‘Por la palma fue nuestro despojo. La sangre de nuestros amigos y de nuestros hermanos ha abonado esa palma’.
Ligia ha sido acusada de guerrillera, amenazada, calumniada. Sale de la Zona Humanitaria con acompañamiento, como única medida de protección, y sabe que es más que posible que su cabeza tenga precio. Pero a sus más de 70 años, sigue luchando. ‘Si me matan por decir la verdad, nada puedo hacer’.

Sus palabras son una fuente de inspiración, toda una declaración de intenciones de una mujer que ha sabido vencer al miedo. ‘A veces me aflijo por tantas preocupaciones, pero el apoyo de tanta gente me da fuerzas’, me dice. ‘En cualquier momento moriré o me matarán, pero quedarán mis hijos y mis nietos. Yo sólo he abierto camino para que otros sigan esta lucha. Si muero, el proceso seguirá adelante’.
Y yo la oigo, y la creo. Sé que algún día, estas tierras conocerán la paz, gracias a la lucha y a la entrega de tantos hombres y mujeres valientes. Gracias, Ligia.

 Isabel Ortigosa es responsable de Incidencia y Comunicación de Inspiraction

Huellas que no callan

Laura Martínez Valero

Por Laura Martínez Valero

Cuando hace unas semanas leí la entrada de Belén de la Banda sobre las madres de Soacha, me pregunté qué sería de esas mujeres y de tantas otras si nadie les brindara la oportunidad de dar a conocer su historia. Seguramente, como mujeres coraje que son, conseguirían que sus voces acabaran escuchándose. Pero también podría haber ocurrido que el silencio, el mejor aliado para que los crímenes queden impunes, hubiera ganado.

Luz Marina Bernal, ante las imágenes de su hijo. Imagen: Pablo Tosco / Oxfam Intermón.

Luz Marina Bernal, ante las imágenes de su hijo. Imagen: Pablo Tosco / Oxfam Intermón.

Por ello, no puedo por menos que quitarme el sombrero ante los profesionales de la comunicación que dan voz a la injusticia y que están comprometidos con el verdadero periodismo. Es el caso de Pablo Tosco y Ander Izaguirre y su documental ‘Huellas que no callan’, que hace un par de meses tuve la oportunidad de ver en el Congreso de Periodismo Digital de Huesca. Quedé impresionada ante la delicadeza y el respeto con el que daban voz a cuatro mujeres, cuatro lideresas que en realidad son una sola: la mujer colombiana, que durante más de cinco décadas ha sido la principal víctima del conflicto armado y a la vez la más silenciada y menos conocida.

Durante los treinta minutos de duración del documental, estas mujeres cuentan en primera persona su historia. Nada de voces en off o rótulos, que sean ellas quienes hablen. Luz Marina Bernal, una madre de Soacha cuyo hijo fue secuestrado y asesinado extrajudicialmente por el ejército colombiano; Ana Secue, lideresa indígena que lucha contra los actores armados por el derecho a su tierra; María Lucely Durango, que perdió a su hijo a manos de narcotraficantes en Medellín, y Olga Neicy Gómez, una de las miles de mujeres que han sido víctimas de violaciones tanto por parte del ejército como de la guerrilla. Y es que lo que necesitan es hablar, cuanto más alto mejor, y sobre todo escucharse. “Cuando uno habla de violencia contra las mujeres todas se quedan calladas. Aquí no pasa nada. No a mí no me pegan, no a mí no me tratan mal. Pero cuando uno empieza a ahondar y a generar confianza las mujeres empiezan a soltarse y empiezan a hablar” explica Olga Neicy a cámara.

Hoy, día que se presenta ‘Huellas que no callan’ en el Fórum de Cine Documental de Salamanca, me gustaría que no nos olvidáramos de quienes han estado allí para recoger lo que las huellas que marcan a estas mujeres tenían que decir.  A ellos y ellas, gracias.

Laura Martínez Valero trabaja en el equipo de comunicación de Oxfam Intermón.

Soacha: siempre madres

Por Belén de la Banda @bdelabanda

No soy capaz de atisbar siquiera el océano de dolor de estas mujeres. Son un pequeño grupo de madres colombianas a quienes la violencia organizada arrebató a sus hijos, adolescentes o muy jóvenes. Los asesinos formaban parte de una red organizada. Algunos de sus miembros montaban equipos de basket en los barrios, entrenaban a los equipos, conocían a los muchachos y se ganaban su confianza. Así ocurrió en Soacha, muy cerca de Bogotá.

María Sanabria, una de las Madres de Soacha, con una imagen de su hijo. Imagen: Pablo Tosco / Oxfam Intermón.

María Sanabria, una de las Madres de Soacha, con una imagen de su hijo. Imagen: Pablo Tosco / Oxfam Intermón.

Así fue lo que les ocurrió a los hijos de Luz Marina, de María: con la promesa de darles trabajo por unos días en el campo se los llevaron de su barrio. Los pasaron de unas manos a otras. Los secuestraron, torturaron, y asesinaron. Sus madres, sus familias, estuvieron meses sin saber nada de ellos. Después, los mismos que los habían asesinado deshonraron su memoria: dijeron que eran guerrilleros y habían caído en combate. Los autores de estos terribles crímenes, de esta difamación, como si fueran héroes de la lucha contra la guerrilla, son premiados con dinero y ascensos militares. No se trata de excesos aislados: han matado por una política de incentivos económicos del Gobierno colombiano en la lucha por la guerrilla. Al final, no se sabe cuántos son los ‘falsos positivos’: seres humanos indefensos asesinados porque se les ‘confundió’ con guerrilleros, según el Ejército. Escenas del crimen fraguadas para simular que hubo combates, que los torturados y asesinados tenían armas, que estaban organizados para matar, cuando sólo eran muchachos engañados y asustados. Mentiras, asesinatos, y más mentiras.

Las madres de Soacha tratan cada día, cada minuto, de sobrevivir al dolor. De rescatar la memoria real de sus hijos y hablar de ellos a quienes nunca pudieron conocerlos. De seguir firmes y reclamar una y otra vez su derecho de que los crímenes sean juzgados y castigados. Han soportado una y otra vez agresiones y amenazas. Una de ellas perdió a un segundo hijo cuando éste intentaba saber más acerca del paradero de su hermano. Cada vez saben más y cada vez reciben otro mazazo que revive su dolor.

Es cierto que ya nada devolverá a sus hijos a estas madres. Pero todo lo que pueda hacerse por el reconocimiento de la verdad y la justicia debe intentarse, es la única forma de dar una mínima reparación a sus vidas. Ellas, mientras tanto, continuarán diciendo, o cantando como hace María en este video que recoge su visita a Madrid en marzo de 2013, realizado por mi compañera Charo, la verdad de sus vidas y el valor de las de sus hijos:

Un abrazo, madres de Soacha, madres de Colombia, que merecéis todo nuestro apoyo, cariño y respeto. Y, sobre todo, justicia.

Belén de la Banda es periodista y trabaja en Oxfam Intermón

Donde no llega el Estado, la ayuda llega

Por Valentina González Villegas Valentina

Soy Valentina, de Casa Amazonía, una organización local de mujeres de Colombia en la que trabajamos a favor de los derechos de niñas, niños, adolescentes, jóvenes y mujeres en regiones donde el conflicto armado impacta de manera radical la vida.

Nuestro trabajo es sobre todo con población indígena, campesina y afro, habitantes de zonas rurales dispersas, del departamento del Putumayo, que hace frontera con Ecuador. Es un lugar bellísimo, rico en recursos naturales y diversidad en todos los sentidos  y por eso mismo también codiciado por fuertes intereses económicos que apuestan por un modelo de desarrollo único, devastador e impositivo.

Retratos de mujeres de Colombia. Imagen de Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Retratos de mujeres de Colombia. Imagen de Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Como Casa Amazonía nos hemos propuesto trabajar en esta región promoviendo los derechos de las niñas, niños, adolescentes, jóvenes y mujeres y previniendo las violencias en su contra. Consideramos que un paso fundamental para la prevención es visibilizar lo que sucede, nombrarlo, desnormalizarlo, para esto es necesario generar espacios de confianza, redes de apoyo, procesos organizativos que desde la solidaridad y el afecto propicien transformaciones individuales y colectivas.

En este camino son fundamentales las alianzas, amigas y amigos. En lo nacional hacemos parte de la Mesa de Mujer y Conflicto Armado y la Coalición contra la vinculación de niños, niñas y jóvenes al conflicto armado en Colombia y con esta Coalición hacemos parte de la Campaña ‘Violaciones y otras violencias: Saquen mi cuerpo de la guerra. La Campaña se ha propuesto visibilizar los crímenes de violencia sexual en el marco del conflicto armado en Colombia y en su último informe, se centra en niñas, niños y adolescentes.

Es gracias al apoyo solidario de la cooperación internacional que podemos llegar a estos lugares, donde el Estado no llega, pues en las zonas rurales alejadas y en municipios de no más de 100.000 habitantes, la presencia del Estado se reduce a lo militar, la propuesta social no existe.

Gracias al apoyo solidario de la cooperación internacional logramos que situaciones a las que poco se les da importancia adquieran relevancia, y que ese marco legal y normativo en el que se ha avanzado a favor de los derechos de las mujeres, de las niñas y niños aterrice en estos contextos en los que las violencias, tanto las familiares como las el conflicto persisten y las mujeres de base viven en medio de circunstancias de extrema pobreza que son en sí mismas violencia estructural.

Es articulándonos en campañas, como ‘Violaciones y otras violencias: saquen mi cuerpo de la guerra‘, y procesos más amplios que hacemos incidencia y exigibilidad de derechos. Ese respaldo político y apoyo financiero que la cooperación aporta incrementa la protección para el trabajo en estos contextos, además de permitir el intercambio de experiencias, conocimientos y propuestas y generar redes de apoyo para abordar de manera integral realidades tan dolorosas como la violencia sexual contra mujeres, niñas y niños dentro y fuera de los conflictos armados.

Como dicen nuestras compañeras en este video que hemos realizado en la frontera de Colombia y Ecuador, con las compañeras de LolaMora Producciones y la Federación de Mujeres de Sucumbíos

‘ Resistir, permanecer’

‘Me siento más libre, puedo hacer muchas cosas más, puedo animar a otras mujeres a que sean fuertes, que no se dejen.’

‘En los años de vida que me quedan, yo sí quiero ver algún cambio, por eso trabajo con las niñas y adolescentes. A pesar de todas las violencias que hemos vivido en el Putumayo, es como apostarle a que la vida puede cambiar, creer que hay esperanza.’

Valentina González Villegas trabaja en Corporación Casa Amazonía, organización defensora de los derechos de las mujeres, niñas, niños y adolescentes, en Colombia.

 

 

Colombia: 150.000 denuncias, 2 condenas

Por Laura Hurtado laura

En Colombia, la violencia hacia las mujeres es comparable a la de República Democrática de Congo, por sistemática y barbárica. Mujeres descuartizadas, empaladas, niñas de 9 años obligadas a prostituirse‘. Me lo cuenta la periodista Jineth Bedoya que desde los 22 años cubre el conflicto que desangra su país, en el cual las mujeres son usadas como arma de guerra. ‘Según un estudio de Oxfam Intermón más de medio millón de mujeres han sido violadas en la última década, pero puede que el total llegue a los dos millones porque muy pocas se atreven a denunciarlo’. A ella misma le costó 10 años. Con 24 años, mientras estaba investigando un caso de tráfico de armas, fue secuestrada, torturada y violada por 3 paramilitares. Prefirió esconderlo y refugiarse en su trabajo hasta que en 2009 se armó de valor y lo contó públicamente. ‘Lo hice por todas las otras mujeres que han pasado por lo mismo pero que viven en zonas alejadas y que no tienen los recursos para ser escuchadas‘.

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La periodista colombiana Jineth Bedoya en el Congreso Nacional de Mujeres y Paz de Bogotá a finales de 2013. (c) Pablo Tosco / Oxfam Intermón

‘De repente, sin darme cuenta, me volví activista’, asegura Jineth que ha creado la campaña ‘No es hora de callar’ donde reivindica la importancia de que las mujeres afectadas por cualquier tipo de violencia hablen. Cuenta con el apoyo de ONU Mujeres y el de futbolistas colombianos famosos (Falcao, David Ospina, Abel Aguilar…), con quienes consigue que el mensaje llegue a los hombres, que son, dice, el 98% del problema. ‘Las mujeres que hemos sido marcadas nos quedamos silenciadas. Por miedo a represalias, por vergüenza o porque nadie nos va a hacer caso‘. Y es que la impunidad bordea el 90% de estos casos en Colombia. ‘Con la Ley Justicia y Paz para el desmonte de los paramilitares hubo 150.000 denuncias de violencia sexual y solo 2 condenas‘. Su caso tampoco ha sido resuelto. ‘Francamente, no tengo esperanza que mis violadores acaben en la cárcel‘, suspira esta mujer que ve atónita cómo la intensidad de la guerra en Colombia ha bajado pero no así las violaciones a mujeres. ‘Los grupos armados que antes hacían la guerra ahora son bandas criminales que se dedican a la trata de mujeres, un negocio fácil, que da mucha plata, y que está menos perseguido que el narcotráfico, sentencia Jineth que en mayo de 2013 sacó a la luz un caso de explotación sexual de niñas de entre 13 y 16 años en las zonas mineras de Colombia, ante el que nadie ha hecho nada. ‘El machismo es muy fuerte. Por ejemplo, en las negociaciones actuales entre el Gobierno y las FARC hemos tenido que pelear mucho para que hubiera negociadoras. Al final conseguimos que entraran dos‘, explica.

Por decir todas estas cosas, Jineth está amenazada de muerte. En algunas regiones de su país no puede ni entrar. ‘Cuando tocas temas gordos, te salen enemigos por todas las esquinas. Siento que la bala puede venir de cualquier lado’. Se mueve siempre con un coche blindado y acompañada de 5 escoltas. Lleva 14 años así. ‘Echo de menos algo tan sencillo como pasear por la calle, me confiesa esta mujer, que desde que ‘la marcaron‘ no consigue dormir bien ni recuperar peso. ‘Bailo zumba cada mañana y también escribo. Esas son mis vías de escape‘, asegura con 6 libros publicados. ¿De qué sirve tanto sacrificio? ‘Me siento responsable por todas las mujeres que han pasado por lo mismo. A veces el peso es muy grande, es cierto, pero no voy a dejar el brazo a torcer. No puedo rendirme. Hemos conseguido algunos logros: se ha creado una política de género, una Consejería de Género, el Ministerio de Defensa tiene un protocolo de violencia sexual. No hay recursos pero son primeros pasos. Yo ya sabía que este proceso sería largo‘, concluye.

Jineth Bedoya es portavoz de la campaña “Violaciones y otras violencias: saquen mi cuerpo de la guerra” que lideran 10 organizaciones colombianas con el apoyo de Oxfam Intermón.

Laura Hurtado es periodista y trabaja en Oxfam Intermón.