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Nazis, literatura y cultura: terminar en las hogueras del odio

Mario Escobar, historiador y novelista, autor de decenas de novelas y obras de no ficción entre las que destacan Canción de cuna de Auschwitz o Los niños de la estrella amarilla, regresa a las librerías con Nos prometieron la gloria (Harper Collins Ibérica, 2018), una visión de la Alemania nazi desde el punto de vista, real, de jóvenes mexicanos que vivían en aquel país en los años 30. En el siguiente artículo, Escobar repasa la negra política de los nazis hacia la cultura.

El miércoles 23 presentaré, junto al historiador Sergio Remedios y al propio Mario Escobar, Nos prometieron la gloria en el Fnac de Callao Madrid, a las 19.30 horas.


Terminar en las hogueras del odio

Por Mario Escobar | Historiador y novelista

La llegada al poder de los nazis en enero de 1933 supuso el comienzo del fin en la cultura alemana, que hasta ese momento era considerada una de las más vanguardistas y trepidantes de Occidente. Dramaturgos, escritores, compositores, cineastas y pintores, quedaron excluidos de la vida pública del Tercer Reich. Muchos encontraron la muerte en los campos de exterminio o vivieron en el exilio hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, mientras los nazis construían una subcultura del odio u el mal gusto.

El acto más conocido contra la cultura, por su espectacular puesta en escena, fue sin duda la quema de libros en mayo de 1933. No era la primera vez que los alemanes prendían las hogueras para condenar a todo lo que no fuera suficientemente ario, en el año 1817, conmemorando los trescientos años de de la quema de la bula papal por parte de Martin Lutero, grupos de estudiantes quemaron 11 títulos escritos por judíos y numerosos artículos.

El 7 de abril de 1933, el régimen de Hitler inició su ataque sistemático a la vida cultural en Alemania con la famosa ley Gesetz zur Wiederherstellung des Berufsbeamtentums. Ya no era legal escribir, componer o dirigir, si no era baja la directriz del partido y las estrictas líneas artísticas nazis.

Aquella purga de 1933 comenzó con el desmantelamiento y quema de los libros del Institut für Sexualwissenschaft el 6 de abril, cuando la Deutsche Studentenschaft, la asociación de estudiantes nazis destruyó los 20.000 volúmenes del instituto, por considerar a la institución como una aberración que fomentaba las relaciones ilícitas.

Joseph Goebbels, Ministros de Propaganda del Reich, periodista y escritor fracasado, vio en la quema de libros la oportunidad de demostrar la fuerza de la ideología nazi. Goebbels reunió en la Plaza de la Ópera de Berlín a una muchedumbre fanatizada el 10 de mayo, para destruir 25.000 obras consideradas anti alemanas. Profesores, estudiantes, libreros, entre otros colectivos participaron en la orgía de fuego e intolerancia.

[Nazis y novelas: cuando la realidad supera la ficción]

El Ministro de Propaganda justificó aquel acto de barbarie como la purificación del país de cualquier idea judía, comunista o simplemente contraria a las ideas nazis.

Entre las obras devoradas por el fuego había clásicos escritos por autores judíos, libros pacifistas o que apoyaban ideas democráticas. Autores como Thomas Mann, su hijo Heinrich Mann, Walter Rathnau, Otto Diz, Franz Blei o HG Wells, vieron sus obras arder en la fiesta de la barbarie nazi.

Aquel infame acto fue el pistoletazo de salida para la represión que sufrió más tarde la cultura. Se cerraron los cabarés, se prohibió el Jazz, al considerarlo decadente, el swing y otras músicas compuestas o interpretadas por negros. Las obras clásicas escritas por judíos o consideradas degeneradas también se prohibieron. Compositores como Mendelshon, Malher, Hindemith o Stravinsky, fueron censurados. Paradójicamente lo mismo sucedió en La Orquesta Filarmónica de Berlín, donde se prohibió a músicos judíos que tocaran, pero se creó una una ópera y orquesta judías en Berlín, ya que los hebreos no podían asistir a los mismos espectáculos de los arios. La Kulturbund, la organización cultural judías más importante de Alemania, intentó mantener viva su cultura a pesar de miles de obstáculos y la persecución de las autoridades. El 11 de septiembre de 1940 se disolvió la orquesta y se prohibió a los músicos tocar en público.

El cine fue uno de los objetivos primordiales de los nazis. El cine alemán había sido pionero con obras como Metrópoli, El gabinete del doctor Caligari o Nosferatu, fue controlado por el Ministro de Propaganda. Directores como Ernst Lubitsche huyeron a Hollywood, se calcula que has 1500 productores, actores y directores escaparon de las manos de los nazis. A partir de 1933 se comenzó a rodar una cine para mayor exaltación de la raza ario, cuyo principal motivo era el adoctrinamiento de la población y su manipulación. Se rodaron numerosas películas históricas o sobre el partido nazi. Goebbels, con un poder absoluto sobre el Séptimo Arte, se dedicó acosar a las actrices y enviar a la cárcel o el exilió a lo mejor de la industria cinematográfica.

El escritor Amós Oz definió muy bien la actitud de los fanáticos de toda índole hacía la cultura cuando dijo que no conocía a ningún fanático con sentido del humor, yo añadiría que tampoco los ha habido nunca con sentido de la estética. Se rondaron numerosas películas antisemitas como El judío Süss o El judío eterno.

Los nazis quemaron el 10 de mayo mucho más que los libros de unos autores decadentes o judíos, en cierto sentido estaban lanzando a la hoguera lo mejor de su cultura, destruyendo todo aquello que había convertido al país en uno de los más avanzados y prósperos de Europa.

¿Por qué una cultura refinada como la Alemana fue seducida por los nazis? ¿Cómo una sociedad avanzada pudo sufrir un cambio tan radical en menos de una década?

La Europa de 1933 se encontraba envuelta en un grave conflicto social y una persistente crisis económica. Alemania no había levantado cabeza desde el final de la Gran Guerra y los partidos extremistas de izquierdas y derechas ocuparon el espacio político que habían dejado fuerzas más moderadas. El lento ascenso de los nazis al poder, que llevaban desde la década de los veinte intentando gobernar el país, la decadencia de una clase política sin carisma y totalmente corrupta y el temor a que se implantara un sistema comunista, produjeron un vuelco electoral que llevó a Adolf Hitler al poder. La cultura fue el primer objetivo los nacionalsocialistas, que odiaban a los intelectuales y los consideraban los únicos capaces de desmantelar su retahíla de promesas populistas y ultranacionalistas.

En los países soviéticos, en especial en la URRS, la represión a la cultura también fue feroz, incluso contra muchos intelectuales que al principio habían apoyado la Revolución de Octubre. China sufriría su propia purga cultural con el Libro Rojo de Mao Tse-Tung, que con su Revolución Cultural destruyó gran parte del legado cultural de la China milenaria.

El ultranacionalismo, el populismo, el fascismo y la extrema izquierda están logrando gobernar en países tan dispares como Rusia, Estados Unidos, Venezuela o posiblemente en Italia, donde la extrema derecha de la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas han firmado un acuerdo de gobierno. La era de las hogueras no ha terminado, aunque ahora la quema sea mediática y se utilicen para ellos las redes sociales o las noticias falsas. En la mundo de la Posverdad, el populismo campa a sus anchas, no olvidemos que a veces la mayoría también se equivoca. No escuchemos a los que nos prometen la gloria, pero termina llevándonos al infierno del odio y la intolerancia.

*Las negritas son del bloguero, no del autor del texto.

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