El gran ‘fake’ científico del siglo XX: el hombre de Piltdown

Por Ana Rodrigo Sanz (IGME-CSIC) y Mar Gulis*

Casi con toda seguridad, el engaño más famoso, espectacular y controvertido de la ciencia de la segunda mitad del pasado siglo es el fraude del ‘hombre’ de Piltdown. Durante cerca de 40 años, la mayoría de la comunidad científica dio por válida la existencia de este supuesto eslabón perdido de la evolución, con cerebro humano y cuerpo de simio, que habría vivido en las islas británicas hace dos millones de años. La mentira puso en evidencia las malas artes de quienes la urdieron, pero también que los prejuicios culturales y el nacionalismo pueden dar alas a los peores bulos científicos.

Reconstrucción de ‘Eoanthropus dawsoni’ de 1913.

Vayamos al comienzo de la historia. En 1908, unos trabajadores de una cantera de grava situada en Piltdown, un pueblo de Sussex (Inglaterra), informaron a Charles Dawson (1864-1916), abogado y arqueólogo aficionado, de que habían encontrado un cráneo aplastado. Dawson se desplazó a la zona y continuó excavando, según dijo, hasta encontrar algunas piezas más del cráneo y fragmentos de otros mamíferos fósiles. En 1912, llevó sus hallazgos a Arthur Smith Woodward (1864-1944), conservador de paleontología del Museo de Historia Natural de Londres, quien los presentó ante la Sociedad Geológica de Londres.

El aspecto del cráneo recordaba al de un humano actual mientras que las características de la mandíbula eran notablemente simiescas. Eso sí, los dos molares que conservaba estaban desgastados de forma similar a la observada en los seres humanos. Asociados a estos restos aparecieron también dientes de hipopótamo y de elefante, así como utensilios de piedra primitivos. Estas herramientas parecían una evidencia palpable de que el individuo de Piltdown habría tenido una inteligencia muy superior a la de los monos.

El eslabón perdido de Darwin

El descubrimiento encajaba perfectamente en el esquema de la evolución humana propuesto por Darwin en El origen de las especies, muy extendido entre quienes se dedicaban a la paleoantropología a comienzos del siglo pasado. Según esta hipótesis, en el transcurso de la evolución humana un cerebro de gran tamaño debía de haber precedido al desarrollo de otros caracteres considerados como humanos. Por eso, se esperaba encontrar fósiles con cráneos que delataran un gran volumen cerebral articulados con esqueletos de aspecto simiesco.

Cuando Woodward presentó los fósiles, la comunidad científica manifestó sus dudas arguyendo que quizás mandíbula y cráneo no correspondían al mismo individuo. Sin embargo, varias autoridades en anatomía, como Grafton Elliot Smith o Arthur Keith, defendieron la autenticidad del descubrimiento.

Retrato de 1915 del examen del cráneo de Piltdown. Desde la izquierda, arriba: F. O. Barlow, G. Elliot Smith, Charles Dawson, Arthur Smith Woodward. Abajo: A. S. Underwood, Arthur Keith, W. P. Pycraft y Ray Lankester. / John Cooke

El hallazgo de un diente aislado puso fin a la polémica: en 1913, el padre Teilhard de Chardin (1881-1955), jesuita, filósofo y paleontólogo francés, encontró un canino inferior que podía ser asimilado a un mono, pero que presentaba marcas de desgaste parecidas a las humanas. La cuadratura del círculo se completó cuando dos años después el propio Dawson encontró en un segundo yacimiento próximo al original otros dos fragmentos craneales típicamente humanos y otra pieza dental más bien simiesca pero desgastada que, en su opinión, debían de pertenecer a un segundo individuo. Muchos de los detractores iniciales de Piltdown, como el gran paleontólogo francés Marcellin Boule (1861-1942), se retiraron del debate asumiendo su equivocación y reconociendo que estaban ante el tan esperado eslabón perdido.

Un hallazgo a la altura de Gran Bretaña

Fue entonces cuando se asignó una edad de unos dos millones de años a los restos y el nuevo fósil recibió el nombre de Eoanthropus (“el hombre del alba”) dawsoni en honor a su descubridor. Inglaterra, que hasta entonces no había contado con ningún hallazgo fósil de relevancia a pesar de ser la cuna de la teoría de la evolución, se cubrió de gloria científica. El hombre de Piltdown era mucho más antiguo que los neandertales, cuyos restos se habían encontrado en otros lugares de Europa y Asia, pero de los que solo había registro desde hace 230.000 años. Por tanto, los neandertales ‘franceses’ y ‘prusianos’ quedaban relegados a una segunda posición como rama colateral en la evolución humana.

Todo ello llevó a que Woodward y Keith fueran nombrados barones y a que a Dawson, fallecido en 1916, se lo recordara con una placa honorífica en Piltdown. Por si esto fuera poco, el lugar de los afortunados hallazgos fue declarado monumento nacional en 1950.

Sin embargo, en ese periodo las dudas sobre la autenticidad de los fósiles no se disiparon del todo y los nuevos descubrimientos en yacimientos de África y Asia comenzaron a contradecir el paradigma evolutivo que sugería el individuo de Piltdown. Es el caso, por ejemplo, del niño Taung, descubierto por el antropólogo australiano Taymond Dart (1893-1988) en Sudáfrica en 1924. El cráneo presentaba un excelente estado de conservación y su morfología recordaba a la de un simio: era muy pequeño, pero sus piezas dentales eran más semejantes a las humanas que a las de gorilas y chimpancés. Y aún había más: Dart afirmaba que el niño había caminado erguido, lo que le hacía aún más próximo a la especie humana. En 1925, se publicaron los resultados de su investigación en la revista Nature: el niño Taung recibió el nombre de Australopithecus africanus y su antigüedad fue datada en dos millones y medio de años. Pero la ciencia oficial no hizo mucho caso: el hombre de Piltdown era un peso pesado.

Reconstrucción de ‘Australopithecus africanus’ en el Museo de la Evolución Humana

El fin de la mascarada

Hubo que esperar a 1953 para que se descubriera la gran mentira. El geólogo del Museo de Historia Natural de Londres Keneth P. Oakley (1911-1981) dudaba de que los restos de Piltdown tuvieran la misma edad que los restos del estrato que supuestamente los contenía. Decidido a demostrar su corazonada, puso a punto un método de datación para calcular la edad relativa de los huesos fósiles a partir de su contenido en flúor. El fundamento del método es sencillo: la composición química del hueso puede verse alterada por la presencia de determinados elementos en las aguas filtradas a través de los sedimentos, como el flúor. De este modo, el incremento paulatino en flúor puede ayudar a distinguir huesos de edades diferentes aparentemente asociados en el mismo nivel estratigráfico.

El museo permitió a Oakley acceder a las piezas y, en 1950, descubrió que los restos de uno de los animales de Piltdown contenían un 2% de flúor, mientras que los fragmentos humanos tenían entre 0,1 y 0,4%. ¿Qué significaba esto? Que el hombre de Piltdown no superaba los 50.000 años. Pero había más dudas: ¿cómo era posible que Eoanthropus dawsoni tuviese mandíbulas similares a las de los monos cuando las de otros ancestros más antiguos eran iguales a las nuestras?

Izquierda: El cráneo del hombre de Piltdown, en una reconstrucción realizada por el Museo de Historia Natural de Londres. Derecha: cráneo de ‘Australopithecus africanus’ en el Augsburg Naturmuseum.

Oakley volvió a analizar las muestras utilizando nuevos métodos químicos, esta vez en colaboración con el paleoantropólogo británico W. E. le Gros Clark (1895-1971). Sus resultados demostraron que los restos fósiles de Piltdown habían sido teñidos con dicromático potásico para aparentar antigüedad y los dientes limados cuidadosamente para semejar un desgaste similar al de las piezas humanas. Los huesos del cráneo correspondían a los de un humano moderno mientras que la mandíbula y la pieza dental aislada a un orangután. En cuanto a los restos fósiles de mamíferos supuestamente presentes en la cantera de grava, se determinó que procedían de Malta o Túnez. Dataciones posteriores realizadas con radiocarbono fecharon la antigüedad del cráneo humano en unos 620 años.

En 1953, el periódico Times publicó que el supuesto ‘hombre’ de Piltdown era, en realidad, un fraude. El sentimiento de vergüenza nacional y la indignación fueron tales que la Cámara de los Comunes se planteó reducir los fondos del Museo de Historia Natural como castigo a la institución por no haber descubierto antes el engaño. Afortunadamente la flema británica se impuso y el museo quedó exonerado de culpabilidad.

Quienes no llegaron a sufrir las consecuencias de sus actos fueron los que la investigación histórica ha señalado como los artífices del engaño: Dawson, que murió en 1916, y su amigo desde 1909 Teilhard de Chardin, que falleció dos años después de que la mentira se desvelara, todavía como miembro de la Academia de las Ciencias de Francia. El papel controvertido de Woodward y Keith tampoco pudo esclarecerse con ellos en vida: el primero falleció en 1944 y los estudios que implican al segundo en el fraude no se difundieron hasta después de su muerte en 1955.

 

* Ana Rodrigo Sanz es directora del Museo Geominero del Instituto Geológico y Minero de España, recientemente adscrito al CSIC. Es también autora del libro de divulgación La edad de la Tierra (IGME-Catarata), del que ha sido adaptado este texto.

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