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En busca de una segunda oportunidad En busca de una segunda oportunidad

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado- 'El Principito'. Antoine de Saint-Exupéry.

Archivo de agosto, 2017

La defensa de los animales está presente en el libro ‘Vástagos’, con el relato ‘Lala’

La publicación de hoy se sale bastante de la norma del blog, aunque cierto es que hay un animal abandonado. Lo que hoy os traigo es un relato en el que quise afrontar el reto de aunar protección animal, maternidad, autismo y un elemento fantástico o de ciencia ficción, los temas sobre los que suele orbitar todo lo que escribo, sea o no ficción.

El relato se llama Lala y nació gracias a una propuesta de Next Door Publisher, de hecho es el que abre su libro recopilatorio de diez relatos Vástagos, un libro creado con mimo y cuya lectura os recomiendo. Resulta sorprendente comprobar como las diez autoras tenemos tanto en común y a la vez hemos traído al mundo una colección de relatos tan diversa.

Las otras escritoras de Vástagos, y estar en su compañía es todo un honor, son Carmen Agustín, Lía Álvarez, Deborah García, Catalina González, Clara Grima, María José Mas, Helena Matute, Angélica Pérez y Ana Ribera.

El libro, con diez ilustraciones de Mónica Lalanda (podéis ver en este post la que creó para Lala), cuesta 15 euros. El prólogo es de Paloma Bravo y también lo tenéis disponible para su lectura.

Os animo a darle una oportunidad, porque es una delicia.

Y ya sin más, os dejo con mi relato. Ojalá disfrutéis con su lectura tanto como yo lo hice escribiéndolo:

LALA

Eligió el asiento situado junto a la puerta y se sentó con el bolso sobre el regazo. La mujer sentada a su lado derecho estaba atenta a su móvil y no se molestó en retirar su abrigo, así que Paula se colocó encima. La única ventaja que era capaz de encontrar al hecho de tener que levantarse a las cinco de la mañana para entrar a las seis a trabajar era poder elegir dónde sentarse en el metro. Cuando entraba a las nueve era un milagro el simple hecho de encontrar una superficie vertical en la que apoyar el culo para no encontrarse con respiraciones sospechosas en el cuello.

Paula se estremeció con disgusto al recordar aquella vez, camino de la universidad, en la que un chaval de su edad había permanecido todo el trayecto, unas cuatro paradas, pegado a su espalda. Sus manos nunca llegaron a tocarla, el roce de su cuerpo no fue mayor que el de otras aglomeraciones a hora punta, pero su aliento cada vez más agitado en su cuello, era algo que jamás olvidaría. La toma de conciencia de la excitación ajena y no consentida la paralizó. Fue incapaz de hacer nada más que quedarse quieta, viendo cómo la gente iba abandonando el vagón y aquel chico no se separaba de ella pese a que había más espacio. Al llegar a su parada volvió a recuperar el control de su cuerpo y salió de allí, arrepentida de no haberse apartado antes, de no haber dicho nada, de no haberle puesto en evidencia, de no haber interpretado mejor la situación y reaccionado en consecuencia a tiempo, de haberse dejado hacer sin más.

El vagón vacío era la única ventaja de aquel horario que se veía obligada a cumplir hasta que Marta regresara de sus vacaciones. Sí, llegaba antes a casa. A priori podía parecer también ventajoso, pero la realidad era otra. Llegaba antes pero para realizar el resto de sus obligaciones: hacer compra, preparar comidas, bregar con Carmen, con Lucas, y ahora, con Lala. Llegaba antes y más cansada. Se hacía de noche, los niños se acostaban a la misma hora y ella también. Exhausta, de peor humor, temiendo el momento en que sonase el despertador a la mañana siguiente.

La mujer se levantó y sacó a Paula de sus reflexiones y al extremo de su abrigo color camel de debajo de Paula. Su parada era la próxima, así que ella también se puso en pie, bien sujeta a la barra, en cuanto el tren volvió a ponerse en marcha.

Ocho horas pasaban volando. A las tres de la tarde estaría de nuevo inmersa en la locura. Una locura que la rebasaba desde la llegada de Lala.

Incorporar a Lala a la familia había parecido una buena idea. Todos la habían recibido con entusiasmo. Durante un breve período de tiempo había llenado su hogar de alegría. La obsesión de Carmen con Abraham Mateo y el móvil parecía haber remitido, volvía a jugar y a reír como la niña pequeña que era hace no tanto y se sumaba con gusto a los paseos familiares. Antonio volvía antes del trabajo, sonreía más y planificaba excursiones por la sierra que podrían hacer todos juntos cuando Lala creciera un poco, recordando el tiempo en el que era un joven vigoroso que escalaba y recorría la montaña todos los fines de semana, antes de que una capa de grasa y otra de rutina le transformaran. Lucas no hacía demasiado caso a Lala, se limitaba a mirarla de soslayo, con interés y, a veces, la sombra de una sonrisa que a Paula le daba a entender que habían hecho bien, que Lalita le vendría bien a Lucas, que le ayudaría. A fin de cuentas, Lala había entrado en casa por Lucas. Incluso debía su nombre a una de las pocas sílabas que su hijo sabía pronunciar.

En apenas tres meses la situación había cambiado bastante. Carmen seguía dedicando ratitos puntuales a Lala, pero había vuelto a su móvil y su música, a pegar portazos, estar de morros y dar malas contestaciones. Antonio ya no hablaba de parajes escondidos y torcía el gesto cada noche que le tocaba hacerse cargo de ella o ante cualquier estropicio que hubiera protagonizado, por pequeño que fuese.

Con Lucas la cosa era aún peor. Había pasado de no hacerle prácticamente caso a volverla loca con sus reacciones. Se acercaba corriendo y le chillaba en la oreja, o la sacudía para despertarla cuando la veía dormir. La tocaba en los lugares menos indicados y con demasiada fuerza.

Lucas tenía ocho años, el pelo muy negro y autismo. No hablaba apenas. «Agua», «pan», «hola», «adiós» y poco más. Iba a un colegio especial desde las nueve hasta las cinco y media de la tarde y era muy inquieto. En casa era raro verle sentado tranquilo en el sofá, no paraba de moverse. Se subía a la estantería del salón, saltaba frente a la puerta de cristal de la terraza, ponía las manos sobre la tele, corría por el pasillo ululando, se lanzaba sobre el sofá, abría el grifo de la cocina riendo y vuelta a empezar. Lala formaba ahora parte de esa yincana.

Y la pobre Lala se ponía histérica. Lo mismo le huía que corría tras él. Se enfadaba, lloraba, se sobreexcitaba… y todo esto se traducía en que no había forma de educarla.

Lala era el equivalente a una adolescente, con el pelo muy negro y demasiada energía. Era alegría pura y todo lo que había a su alcance era un juguete. Ya había destrozado tres cojines, cinco zapatos de diferente tipo, dos peluches y una columna decorativa que había en el salón. Había hecho desaparecer el yeso hasta llegar al encofrado. Aún se le escapaba el pis en casa y por mucho que habían intentado enseñarle a hacerlo en la cocina, ella había elegido para depositar sus charcos de orina un rincón del salón en el que el parqué ya estaba negro y levantándose.

La presencia de una no beneficiaba al otro. Justo al contrario, se estaban perjudicando. Y no solo entre ellos. En casa se había incrementado el número y volumen de los gritos, de las lágrimas, de los silencios hoscos. Antonio llamaba a Lala la talibana. Carmen pasaba de adorarla a no querer saber nada de ella, pero la defendía a muerte cada vez que liaba alguna. Y a Paula se le partía el alma. Una situación familiar compleja se había complicado aún más con la llegada, unos meses atrás, de aquel cachorro precioso, adorable y juguetón.

Tenía que haberlo pensado antes, tenía que haber escuchado a aquella mujer, la que hacía terapia con perros en el colegio de Lucas, cuando le contó que habían reservado un cachorro de labrador, de la misma raza que los animales que ella empleaba pero negro, en lugar de dorado como los suyos.

«Mis perros vienen de una línea de trabajo muy bien controlada. Y aun así, no todos valen. Y detrás de todos y cada uno de ellos hay muchas horas de trabajo y muchas más mías de formación. Puede que convivir con un perro le venga genial a tu hijo, pero no por tener un labrador va a tener un perro de terapia o asistencia. Y pensad bien que cualquier perro requiere mucho trabajo, hay que educarles y dedicarles tiempo. Necesitamos conocimientos y recursos para darles lo que necesitan y responder a los retos que nos planteen. Los cachorros son, además, especialmente exigentes. Y no se sabe nunca del todo cómo saldrán. ¿No sería mejor que adoptarais uno adulto y tranquilo en alguna protectora? ¿Uno que ya se sepa que tiene buen carácter para que pueda ser un buen perro de familia? Yo puedo acompañaros».

No le había hecho demasiado caso. El cachorro ya estaba encargado en la tienda de mascotas y a todos les hacía mucha ilusión la llegada de aquel peluche. Además, estaba claro que los labradores eran perros muy buenos. Eran los que siempre aparecían trabajando con personas con discapacidad, los que conseguían cosas maravillosas en esos vídeos de internet tan bonitos que la emocionaban casi hasta las lágrimas.

Ahora se arrepentía, y se sentía como en aquel vagón de metro veinticinco años atrás. Petrificada, incapaz de moverse en ninguna dirección.

La cabeza del tren entró en la estación y Paula se acercó a la puerta dispuesta a apretar el pulsador que abría las puertas.

Ya bastantes problemas tenía ella. No podía más. No podía con más. Se habían planteado ir a un adiestrador, pero se informaron un poco y vieron que costaba un dineral y que se requería más tiempo del que tenía. Había sido un error y había que asumirlo. Lala no encajaba con Lucas ni con las necesidades de su familia.

Paula salió al andén. Ella sola. Debería subir las escaleras normales para hacer un poco de ejercicio, pero estaba demasiado cansada, así que se encaramó en las mecánicas y se dejó elevar mientras se colocaba bien la bufanda y se cerraba el abrigo.

Al menos Antonio había asumido las consecuencias de su equivocación. Él se encargaría de solucionarlo. «Yo me encargaré del puto perro», habían sido sus palabras exactas un par de días atrás. Lo haría esa misma mañana, después de dejar a los niños en sus respectivos colegios. La repentina ausencia de Lala no iba a causar problemas con Lucas. Con Carmen iba a ser otro cantar, pero ya lo capearían como pudieran.

Cuando Paula era pequeña también hubo un perro en casa, un mestizo pequeñajo que no paraba de ladrar. Vivió con ellos cuatro años y un día, justo antes de que sus padres iniciaran una reforma en el piso, el animal desapareció. Le dijeron que se lo habían regalado a unos parientes que tenían un chalé con terreno, que estaría mejor con ellos, y jamás volvió a verlo. Nunca supo realmente cómo se encargaron sus padres de Golfo para evitar líos con los vecinos y desperfectos en la vivienda recién arreglada. Tampoco sabía cómo se encargaría Antonio exactamente del «puto perro». Ni lo sabía ni se había atrevido a preguntarlo. Exactamente igual que cuando tenía doce años.

Salió al exterior. Aún era de noche y las calles estaban desiertas. El aire olía a frío, al humo de las calefacciones en funcionamiento y al del tubo de escape de un autobús casi vacío que se alejaba, y a la tierra húmeda de un parque cercano.

Avanzó extrañada. Algo no era como tenía que ser. Algo no iba bien. Nada de lo que la rodeaba le resultaba familiar. ¿Se habría equivocado de parada? Caminó un poco más mirando a derecha e izquierda y luego volvió sobre sus pasos. Estaba empezando a asustarse. Aceleró el paso para llegar cuanto antes a la boca del metro y subsanar su error. Casi corría cuando se detuvo de nuevo. No podía estar tan lejos. Tenía que habérsela pasado. O tal vez se había desorientado y se había lanzado por una calle distinta.

Vio a una mujer caminando por la acera contraria. Ella sabría indicarle dónde estaba la parada de metro. Cruzó la carretera hacia ella.

—Disculpe. Creo que me he perdido. ¿Podría indicarme…?

La mujer le echó un rápido vistazo y siguió su camino, ignorándola. Paula se quedó tan sorprendida por cómo la había mirado, como si fuera algo sucio e irrelevante, que ni siquiera terminó la frase.

Un hombre de unos sesenta años asomó por la esquina de la siguiente bocacalle y Paula se dirigió directamente a él intentando dibujar la mejor de sus sonrisas. Se frenó en seco cuando aquel tipo respondió con una mueca de asco y con un ademán del brazo espantándola, como quien aleja a una mosca molesta. Tras la sorpresa subió por su garganta un sollozo. Estaba sola, perdida en el frío y en la oscuridad en un sitio que le resultaba completamente extraño y nadie parecía dignarse a prestarle ayuda.

El olor a humedad se intensificó. Alzó la vista y sintió en la cara las primeras gotas. Miró a su alrededor y vio un portal que la resguardaría de la lluvia. Se apoyó contra las grandes puertas de madera, conteniendo el llanto.

El móvil. ¡Eso era! Bastaba con mirar Google Maps para saber dónde estaba y cómo llegar al trabajo. O para llamar directamente a Antonio y que fuera a buscarla. Él nunca la abandonaría. Pese a los problemas que pudieran tener, se querían y confiaba en él.

Quiso introducir la mano en el bolso para coger el teléfono y acabar con aquella situación incomprensible y tan dolorosa. Pero no había bolso. No había teléfono.
Miró su mano. Era más oscura de lo que recordaba. ¿O tal vez es que no recordaba bien? Elevó la vista. Los edificios también le resultaron distintos. Más altos tal vez. Estaba confundida. Fue incapaz de hacer nada más que quedarse quieta. Congelada por dentro y por fuera.

Algo sí sabía. Su familia vendría a ayudarla. Solo tenía que esperar y vendrían. Ellos nunca le fallarían.

Su mano… La miró de nuevo y lamió su pelaje húmedo, negro y brillante, sintiendo la rugosidad de los adoquines desiguales bajo sus almohadillas.

Y se tumbó a esperar, junto a la fe y al miedo.

El número de gatos censados en Madrid se triplica en los últimos tres años

Lo cuenta Natalia Lázaro en un tema de El Confidencial titulado ¿Moda o comodidad? Madrid duplica en tres años los gatos mascotas: ya son 73.400, que se apoya en el último censo de animales domésticos del Ayuntamiento de Madrid.

Un análisis que se para en cómo ha ido el censo felino por distritos y que encuentra que: “cerca de un 75% de las personas entre 16 y 64 años viven en el distrito Centro, el más gatuno este año con 6.752 felinos censados. Por distritos, le siguen Hortaleza –6.748 gatos– y Ciudad Lineal –6.273–. ¿En la cola? Villaverde –1.737–, Barajas –1.064– y Vicálvaro –1.009–”.

La autora del tema deduce que el motivo de ese incremento de gatos en esos distritos concretos podría responder a que los jóvenes prefieren a los gatos. Es posible, pero hay más explicaciones probables, como que hay distritos más inclinados a llevar a los gatos al veterinario para censarlos que otros, que se limitan a adoptar al animal y meterlo en casa sin pasar por el chipado (por mucho que sea obligatorio) y las vacunas.

De hecho, tal vez el incremento no sea tan espectacular como parece por el censo. Tal vez no se haya triplicado el número de gatos existentes como animales de compañía, como reza el título de la noticia de El confidencial, sino que lo que se haya triplicado es su identificación.

Natalia Lázaro también afirma que los gatos son “ariscos e independientes”. Algo en lo que no estoy de acuerdo en absoluto. Ya lo he contado aquí en el pasado, los gatos tienen su personalidad, su ‘gatonialidad’ si queréis, y los hay extremadamente cariñosos y dependientes de la atención de sus humanos.

Lo que sí arrastran los gatos es una fama inmerecida de ariscos, egoístas, interesados… Estoy harta de ver a gente que pensaba eso de ellos y que, una vez han podido compartir su vida con uno de estos animales, han cambiado de opinión completamente.

Es cierto que los gatos pueden resultar a priori más fáciles de mantener en las grandes ciudades para mucha gente dado que no necesitan bajar a la calle varias veces al día y a que pueden quedarse solos en el piso bastantes días, aunque siempre con supervisión regular de algún humano y mejor si están acompañados de otro felino con el que se lleven bien. En ese sentido sí que es cierto que son menos exigentes que los perros.

Se suele decir, cuando se habla de tener un gato frente a tener un perro, que son más baratos de mantener. También es cierto que su pequeño tamaño hace que su manutención sean potencialmente más económica que la de un perro de gran tamaño que ingiere muchos kilos de pienso, pero la diferencia no es tan sustancial respecto a un perro de tamaño pequeño o mediano si se le quiere tener bien atendido, con pienso y comida húmeda de calidad. Luego está el gasto en arena y areneros, que es poco pero los perros no tienen. Y en gasto veterinario están equiparados. De hecho cuando se suma al hogar un animal, sea perro o gato, hay que estar dispuesto a afrontar los cuidados veterinarios que necesite, que pueden ser imprevistos y elevados.

Y da igual lo cómodo que pueda resultar tener un gato, dado que en intendencia de paseos y viajes resulte más sencillo. Lo más relevante es que implica una enorme responsabilidad durante fácilmente un par de décadas.

Luara es una gatita preciosa que con tan sólo dos meses ya sabe lo que es el ser rechazada y el sufrimiento de malvivir en la calle y que está en la protectora Arca de Noé de Córdoba.

Luara sufre una infección en los ojitos de la que ya esté siendo tratada para tratar de salvar sus ojitos. Además, fue rescatada con una desnutrición y deshidratación severas, de las que también se esta recuperando.

Luara esta algo asustada, pues no es más que un bebé que ha sufrido muchísimo en su corta vida. Pero con todos los cuidados, mimos y palabras de amor que recibe de su casa de acogida Luara poco a poco va perdiendo sus miedos porque sabe que nadie más quiere hacerle daño. Es un peluchito blanquito que tiene muchas ganas de curiosear, y jugar. Es muy sociable y sumisa, y ya comienza a pedir caricias y mimitos.

Luara necesita una familia que la quiera muchísimo, para siempre.

Contacto: elarcadenoecordoba@gmail.com

‘Contigo me quedaría’ de Mercedes Alonso, una novela romántica marcada por la defensa de los animales

Contigo me quedaría no es el tipo de libro que yo suelo frecuentar, vaya la verdad por delante. No tengo nada en contra de las novelas eminentemente románticas, no soy de esas que las consideran una segunda división literaria ni mucho menos, pero no son los libros que leo. Me pasa lo mismo con la novela negra, a la que apenas le dedico tiempo.

Yo he escrito ciencia ficción, que para muchos también es equivocadamente un género menor, y soy consciente de que hay gente que no lee jamás novelas como la que yo he parido. Simplemente no todos los géneros ni todos los libros son para todo el mundo, sin más. Igual que con los géneros musicales, y a mí Manolo García (que también protagoniza en cierto modo el libro) me dice poco.

La novela de Mercedes Alonso es romántica y yo me atrevería a decir que casi erótica. Desde luego es una lectura adulta. Su protagonista, una veterinaria en la treintena entregada a su trabajo y a colaborar con protectoras de animales, entabla una relación pasional que deriva en sentimental con un ejecutivo rubio, musculoso y tremendamente atractivo. Y ella, teniendo en cuenta las reacciones  que suscita en los hombres que se cruzan con ella, debe ser el habitual caso de mujer arrebatadora que no sabe que lo es y que apenas dedica tiempo a acicalarse.

Y aquí es cuando encuentro los clichés que funcionan en la novela romántica y que encantarán a los seguidores del género, pero que a mí no me acaban de atrapar. Los protagonistas guaperas cuyos atributos físicos son descritos con frecuencia me hacen desconectar y la sucesión de polvos me aburre pronto. Los enredos y sufrimientos amorosos que se solucionarían fácilmente con un poco de sentido común y evitando dar demasiadas vueltas a las cosas me exasperan más que hacerme empatizar con los protagonistas.

Pero Contigo me quedaría es mucho más que una novela romántica (e insisto que probablemente atrapará a los aficionados al género), para mí tiene el especial mérito, y por eso asoma a este blog, de enmarcar toda la historia  en la defensa de los animales.

La protagonista, veterinaria y activista como os decía, es amiga de la presidenta de una pequeña protectora y colabora con varias entidades. Para ella salvar vidas está por encima de cualquier otra cosa (si hay una urgencia, no pasa nada por ir a una cena de gala tarde y cubierta de pelo y barro), aparecen varios rescates, casos reales y frecuentes de animales atropellados e ignorados, de cachorros en cajas, en bolsas de basura, de intervenciones en las que se requisan decenas de animales en mal estado, de galgos salvados de la muerte en febrero y de que los animales no son un regalo y sí una enorme responsabilidad.  Se recoge incluso el vegetarianismo, aunque sin profundidad y quedándose en lo anecdótico.

En el libro hay muchos nombres reales: de protectoras madrileñas, de trabajadores de esas protectoras, de perros y gatos rescatados… En el libro se respira amor por los animales y se nota que su autora es también una activista, conocedora de la terrible problemática existente en nuestro país.

Cada libro tiene una velocidad de lectura, independientemente de su número de páginas. A  Cormac McCarthy, Irene Nemirovski o E. L. Doctorow se les lee despacio, paladeándolos. A otros como Terry Pratchett o John Irving, por seguir mencionando autores que me gustan mucho, los disfruto a toda máquina.

El estilo de Mercedes Alonso permite una lectura rauda. He terminado sus casi trescientas páginas en unas cuatro horas. Clara y llana, coloquial en los diálogos, se avanza sin pausa por una historia que también va directa al grano en la que también hay relaciones familiares desajustadas y amigos que son familia.

Ojala su fácil lectura y la apasionada historia de amor que encierra atraiga a muchos lectores para mostrarles un poco del universo  de la protección animal, un universo demasiado desconocido salvo para los que han puesto los dos pies en más de una ocasión en alguna protectora.

 

¿Te plantearías ser casa de acogida temporal de un animal necesitado?

Es una experiencia que merece la pena, si es que puedes y amas a los animales. Un acto generoso con el que salvas una vida.

El texto que hoy traigo es de la protectora cordobesa Arca de Noé, pero en cualquier protectora cercana a vuestro lugar de residencia podrían contar algo similar y estarán encantados de contar con vosotros como casa de acogida temporal.

Siempre me ha llamado la atención que haya lista de espera para acoger a un cachorro de perro guía, pero siempre falten hogares para cachorros de protectora.

Y no solo los cachorros necesitan estos hogares temporales, también animales convalecientes, ancianos, deprimidos en el chenil…

Merece la pena. Aunque solo sea porque hay días en los que uno necesita ser capaz de sostenerse la mirada de frente ante el espejo.

¡Ayudando a los demás te ayudas a ti mismo!

Dedicar una parte de tu tiempo, compartir temporalmente tu vida con un ser inocente es el mayor regalo que te puedes hacer a ti mismo y le puedes hacer a él.

Cada día rescatamos animales, cachorros, adultos, animales que sin una ayuda no podrían sobrevivir un minuto más, ellos han llegado al límite de sus fuerzas y la personas que integran la protectora les dan esperanza, una nueva vida, una oportunidad de ser felices, de recuperarse y recuperar la integridad que todo ser vivo se merece.

Todo este proceso no es fácil porque nuestras manos son limitadas y nuestras casas no admiten más animales. Por esto necesitamos más manos, más casas, más corazones desinteresados, más ganas de ayudar con hechos y no con palabras, ¡¡TE NECESITAMOS A TI!!

La pena no los saca de la situación en la que están y nosotros no podemos seguir ayudando sin tu ayuda… Ser casa de acogida es uno de los mayores placeres de la vida, ayudarlos en su día a día, ver como recuperan la confianza, como sanan las heridas, como se recuperan corazones rotos de dolor y de maltrato, enseñarles a vivir… Todo esto es algo impagable, insustituible, una experiencia que te llena de felicidad, que te hará ser mejor persona, que te ayudará a ver el mundo de otra manera y con un gesto tan simple como ACOGER.

¡Esto significa dejarles quedarse contigo un tiempo limitado! Este tiempo lo decides tú y es muy valioso, desde un día, un fin de semana, una semana, unas vacaciones, el tiempo que puedas, ese tiempo es vivir o morir.

Sin casas de acogida NO podremos seguir ayudando… En ti está la clave, en tu SOLIDARIDAD, en tus ganas de ayudar, en dedicarles un poco de tu tiempo a ellos, en ayudarlos para que sean felices para siempre.

¡Si quieres ayudarlos escríbenos y te lo explicamos TODO!

Ayudar es FÁCIL, solo tienes que QUERER.

elarcadenoecordoba@gmail.com

“Romy ha vivido una vida larga y feliz con nosotros hasta el final”

Yo conocí a Romy como en la imagen, con la carita blanca por los muchos años y muy frágil, poco más que piel y huesos, por su delicado estado de salud.

Era delicada en apariencia y en modos, no buscaba insistentemente las caricias como otros perros de su manada, pero se la veía tranquila y feliz. Una viejita digna y satisfecha.

Durante estas vacaciones he sabido que Romy ha muerto, que la próxima vez que franquee las puertas de su hogar echaré de menos su presencia de bailarina guardiana.

Su familia aún la llora. El peaje obligado de los que queremos compartir nuestra vida con animales.

Estos días estoy en Bretaña, una tierra verde y mágica en la que abundan los megalitos, piedras enormes de hace miles de años que, con diferentes disposiciones, suponen una memoria de los muertos.

A los hombres siempre nos han aliviado los rituales. Desde siempre nos ha consolado rendir un homenaje, más o menos duradero, a los seres queridos que nos han dejado. Cuando la muerte llega a día de hoy a un animal que era un miembro de nuestra familia, estamos huérfanos de rituales. De alivio por tanto.

Muchos nos creamos los nuestros. Conozco lugar apartado que suele ser lugar de paseos perrunos en el que he visto varias veces flores en árboles en honor de perros, hay joyas que nos los recuerdan, esparcimos o enterramos sus cenizas en sus lugares favoritos, surgen los cementerios de mascotas… pero creo que lo más frecuente en este siglo XXI es escribir recordándoles con alguna foto en nuestras redes sociales.

Sí, Facebook, Instagram… son en cierto modo el lugar en el que buscamos y hallamos algo de consuelo.

A mí me gusta recordarles escribiendo en este blog, rememorar cómo eran, la luz que aportaron a nuestras vida, dejar una pequeña constancia de su paso por este mundo.

María José Rodríguez, ente otras muchas cosas autora del precioso cuento Galgui, relacionado con la protección animal, es como yo y escribió en su muro esta hermosa despedida a su Romy.

Descansa siempre en paz, dulce pequeña.

La llamamos Romy por el personaje de ‘La Vuelta al Mundo en Ochenta Días’, un personaje valiente y dulce, como nuestra Romy. Aunque cuando llegó a casa ya tenía 6 años y algo de miedo.

Según llegó, a Porthos le faltó tiempo para ir a por ella y ladrarla en el mismo pasillo de la entrada. Ella ni se inmutó, le lanzó un ladrido que le dejó firme, asustado y gimiendo. Yo, por supuesto, me asusté y los separé, llamé a Rafa, le conté lo que había pasado, le expresé mi temor de que no se llevaran bien (circunstancia que no habíamos previsto) y de que ella le hiciera daño a él. Le dije que tuviera en cuenta la posibilidad de devolverla… Así llegó Romy a casa. Mientras hablaba con Rafa ella seguía en el pasillo, esperando pacientemente. Me tranquilicé e intenté un nuevo acercamiento entre ellos. Esta vez Porthos se dejó de tonterías y no la volvió a ladrar, se olisquearon y fue como si no hubiera pasado nada. Quedó claro en ese momento que Romy era la líder, pero una líder tranquila, dulce, que vivía y dejaba vivir pero que se impondría si era necesario, y solo si era necesario.

Romy decidió que su hogar serían los sofás. No se bajaba de ellos, y si se movía era para saltar de un sofá a otro sin pisar el suelo. Para comer había que llevarle la comida y salir del salón, entonces sabíamos que bajaba porque la comida desaparecía. Le costó alrededor de un mes empezar a bajar cuando nosotros andábamos por allí y decidirse a explorar otras habitaciones, tímidamente y mirándonos con sus grandes ojos marrones, tan expresivos siempre. Tengo una foto de ella de aquella época, sentada en el sofá de tal manera que parecía una estrella de Hollywood posando. Ella era así: dulce, elegante, expresiva. Brillaba con luz propia, aunque no era una luz estridente, sino discreta y cálida, que sabes que está ahí y te reconforta el corazón.

Romy vino de acogida, y yo empecé a difundirla diligentemente. Poco más de un mes después de su llegada, la quisieron adoptar desde Mallorca. Leí ese mail en el trabajo y quise alegrarme, pero tuve que irme al baño precipitadamente para echarme a llorar. Quedó entonces claro que ya tenía un hogar definitivo con nosotros. Ella estaba prendada de algún modo de Rafa, mientras que Porthos estaba (y está) siempre pendiente de mí (incluso ahora, que viene a lamerme sin razón aparente, sabiendo que algo pasa). Así que decidimos que sería como adoptar una perrita para Rafa, teniendo yo a un perrito fiel en Porthos.

Romy tardó varios meses en coger confianza del todo. Cuando hacíamos alguna fiesta en casa con los amigos, ella se iba a nuestra cama buscando tranquilidad y se hacía rosca entre los cojines. Entonces siempre iba algún amigo a acariciarla, nos juntábamos varios más y nos liábamos a charlar allí, con ella en medio, mirándonos como diciendo “Pero hombre, ¡que yo quería estar sola!”. Este tratamiento de choque parece que le vino bien, y fue perdiendo el miedo poco a poco, e incluso aparecía para saludar a todo el que venía a casa.

Romy tenía carácter con cualquier perro que no fuera de su manada, es decir, con cualquier perro que no paseara con ella (por lo tanto, que no fueran Porthos, Bilbo, Indy, Fran, Tot, Coral, Ágatha, Mimosín, Berto… cualquiera que no fuera de los que estuvieron en casa de acogida). Eso implicaba que cada vez que nos cruzábamos con otro perro, ella se tiraba hacia él y le ladraba como si se lo fuera a comer. Sí, Romy, la misma que en casa se hacía rosca y no se movía de posición en horas. Aunque curiosamente respetaba a todos los perros (y gatos) que llegaban a casa de acogida. Sólo se enfrentaba a los perros de la calle.

La actitud de Romy era curiosa, porque sin ser especialmente cariñosa ( prefería dormir en su camita en el salón en vez de en nuestra habitación como los otros, y no la gustaba que la cogieran en brazos), ella tenía claro a quién quería proteger; sospecho que dormía en el salón, en la cama que tenía frente al pasillo de entrada a nuestro piso, para vigilar la puerta. Como si sintiera el deseo de protegernos. Cuando los niños eran pequeños e iban en el carrito, nos sorprendía poniéndose junto al carrito si nos alejábamos de él un poco. Nadie se lo había pedido, nadie le había enseñado nada de esto. Pero Romy parecía tener las cosas muy claras. Y estaba claro que estaba pendiente de nosotros aunque nunca se hiciera notar por su especial timidez.

Hace más de tres años y medio la detectaron una leucemia. De ahí la delgadez que había empezado a mostrar. La empezamos a tratar y nos dió un susto enorme: parece que sin querer uno de los ciclos de quimio coincidió con una infección intestinal, que le provocó una diarrea a ella y a Porthos. A Porthos se le pasó sin complicaciones, pero seguramente debido a la quimio ella estaba baja de defensas y la diarrea pasó a mayores, mientras nosotros estábamos liados en una de las maratones benéficas de juegos de mesa. No nos percatamos de la gravedad hasta que casi fue demasiado tarde: la diarrea le había provocado una deshidratación grave y ésta un fallo renal agudo. Se había escondido debajo de la mesa de la cocina. Jamás había mostrado interés por ese rincón. Jamás. Cuando la ví supe que se había escondido para morir. Salimos corriendo al veterinario y pudieron salvarla, aunque estuvo muchos días ingresada y salió con una insuficiencia renal. Después de aquello ella se recuperó bien e incluso cambiamos de quimio a una que le funcionó perfectamente y que nos ha evitado sustos posteriores. Y nosotros nos esforzamos por hacerla feliz. Y hemos vivido muchos momentos dulces con ella, quizás de forma más consciente, no tan rutinaria, precisamente por el miedo a perderla pronto.

Nos hicimos fotos con ella, los niños y nuestros otros perros en un estudio fotográfico. Fue complicado (de todos, niños y perros, el único que sabe posar y lo hace fenomenal, es Porthos), pero conseguimos nuestras fotos. Fotos que yo sabía que serían útiles más adelante. Fotos que yo sabía que las iba a necesitar en estos momentos.

Creo que lo que con más intensidad recordaré siempre de ella será su ronroneo y su rabito alocado y tamborilero, que aparecieron pocos meses tras adoptarla, una vez ella perdió el miedo. A Romy le gustaba ser acariciada en el cuello, y entonces comenzaba a ronronear. Estaba claro que con ese sonido más propio de gatos que de perros Romy expresaba un gran placer. Había que verla, apretando su carita contra la mano y ronroneando sin parar. Ella era feliz y a nosotros nos hacía feliz verla así.

¡Y su rabito!. Te levantabas por la mañana y te dirigías hacia el salón, y enseguida escuchabas un “tap, tap, tap, tap, tap…”. Era Romy, que desde su camita nos saludaba moviendo entusiasmada su rabito, y éste chocaba contra la tela de la cama. Se convirtió en un sonido familiar, lleno de connotaciones dulces. El sonido de una vida alegre y apacible, el “buenos días” de nuestra bonita.

Hace pocos días escribí un tweet: “Romy, 16 años. #VacacionesConAnimales se puede”. En parte para mostrar que no es necesario abandonar a tus animales en vacaciones, diciéndolo de otra manera. En parte para presumir de mi pequeña, estaba orgullosa de ella, de su fortaleza, de su vida larga y aún muy placentera: la leucemia estaba controlada, las insuficiencias renales y hepáticas también, ella seguía tirando en el paseo y siendo la que abría la marcha, seguía pidiendo chuches con ojos grandes e incansable, seguía comiendo bien y haciendo su vida normal… algo despistada últimamente, pero sería la edad, claro. Y era la edad. La edad que le había provocado un tumor cerebral no detectado y que hizo que, tras una mañana alegre, en el chalet de los padres de Rafa, disfrutando del verde, de abrazos y caricias también de los tíos Marina e Íñigo, se derrumbara de repente en un ataque epiléptico del que ya no despertó.

Llevaba ya tiempo incluyendo una frase en mis oraciones: “Que cuando se tengan que ir lo hagan sin miedo, sin dolor, sin sufrir”. Bueno, según nos decían los veterinarios, ella no se enteró de nada: su cerebro desconectó en el momento del ataque, y siguió desconectado después de empezarle la medicación contra el dolor y las convulsiones. Siguió desconectado hasta que se fue, con nosotros alrededor tratando de transmitirla todo lo que la queríamos. Fue feliz hasta el final, y después se fue sin darse cuenta, mis oraciones habían sido escuchadas y se lo agradezco a Dios, aunque nosotros estábamos devastados.

En todo caso, no quiero terminar este texto con la noticia “Romy se ha ido de repente y nos ha roto el corazón”. Si no con la noticia “Romy ha vivido una vida larga y feliz con nosotros hasta el final”.

Sin embargo, soy sincera conmigo misma: aún nos llevará unos días asumir la segunda frase. Es normal, no todas las lágrimas son malas. Las nuestras demuestran nuestro amor por ella. Aún nos llevará un tiempo dejar de llorarla y quedarnos sólo con todos los momentos felices que ella nos dió. Aún nos llevará un tiempo.

Espéranos Romy, en esos verdes prados bajo un cielo azul eterno, moviendo incansable tu rabito, sentada como una estrella de Hollywood hasta que podamos volver a reencontrarnos y compartir, otra vez, una vida feliz. Te queremos bonita, y siempre lo haremos.

Los gatos triunfan en Internet, pero no tanto cuando buscan un hogar (adopta a Olegario)

Los gatos adultos tienen muy difícil encontrar un hogar, una segunda oportunidad. Esa es la triste realidad.

Que aparezcan adoptantes para perros adultos es también difícil, sobre todo si hablamos de determinadas zonas calientes de la geografía española o de perros de razas potencialmente peligrosas, pero en general suelen tener más suerte que los gatos, por mucho que sean los reyes de Internet.

Cualquiera que gestione un centro de protección animal podrá confirmar lo que estoy diciendo.

La gente prefiere cachorros, y es demasiado fácil encontrarlos, sobre todo en primavera que abundan las camadas. Da igual que un cachorro de gato sea un pequeño (y adorable, eso sí) demonio de Tasmania y el adulto un caballero educado, cariñoso y dormilón. Cuesta horrores que alguien se fije en el mayor y le abra las puertas de su hogar habiendo tantos pequeños.

Ojo, no digo que encontrar casa para todos los cachorros de gato sea coser y cantar. En absoluto. En nuestro país hay miles de animales que nacen destinados a no tener jamás una familia que vele por ellos, y por eso es necesaria la esterilización y limitar la cría, pero ese es otro tema.

Si para un gato adulto es difícil, si ese gato arrastra algún inconveniente de cualquier tipo la cosa es aún más complicada.

Los inconvenientes más frecuentes suelen estar vinculados a las enfermedades que abundan entre los gatos de la calle, la inmunodeficiencia felina o la leucemia. A veces ambas simultáneamente. Cuando oigáis que un gato sabe buscarse la vida en la calle, una leyenda urbana peligrosamente extendida, pensad que lo que encontrará con más probabilidad es una muerte pronta por una de estas enfermedades o muchos otros posibles motivos. Pocos tienen la suerte de acabar en una colonia bien controlará y, aún así, si es un gato casero abandonado sufrirá en la mejor de esas colonias.

Así que Olegario lo tiene difícil. Es adulto, aunque por los pelos. Tiene en torno a un año, es poco más que un cachorro. Y es un gato cariñoso que gusta de la compañía humana, pero tiene inmunodeficiencia felina y eso hace que mucha gente se eche atrás, pese a que la inmuno no impide una vida larga y estupenda sin problemas si tiene un hogar en el que vivir cómodo. Conozco unos cuantos casos de primera mano.

Olegario está ya castrado y sano por todo lo demás. Necesita con urgencia adopción o acogida temporal hasta que se le encuentre un hogar definitivo.

Con otros gatos es algo desconfiado, pero es muy joven y se adaptaría. Con perros o se le ha testado. Se da en adopción a priori en toda España, en acogida por Madrid y provincias limítrofes.

Contacto: correo@juancarlosrivas.com

Ojalá el #DíaInternacionaldelGato traiga suerte a Duquesa y Alfonso, que necesitan un hogar

Hoy es el Día Internacional del Gato. Sí, otro más. Reconozco que me pasa lo mismo que a Carlos G. Miranda. Parece que cualquier excusa es buena para asomar gatos a internet:

La cuestión es que este nuevo día de los gatos (tomo nota mental para indagar y luego escribir sobre el barullo de efemérides felinas algún día), los tiene como trending topic y eso también es una buena excusa para asomar a este blog a un par de mininos que necesitan con urgencia un hogar. A ver si nos subimos a la ola y logramos alguna adopción.

Dos bellezones. Jóvenes, sanos, sociables con perros e inseparables. Y eso último es una ventaja. Los gatos mejor de dos en dos y que ya vengan de serie bien avenidos. Ya os he hablado de eso en el pasado.

Duquesa y Alfonso son madre e hijo. Duquesa tiene 6 años y Alfonso 4. Están en Madrid, su adopción la gestiona ACURN, y esto es lo que cuentan de ellos:

Fueron rescatados hace tiempo y han vivido en el albergue hasta que hace poco alguien les dio la oportunidad y estaban en una casa de acogida, ya que los inviernos son fríos y les estaba afectando.

Son preciosos por fuera pero lo que de verdad conquista es su interior, su carácter. Son mimosos, buenos, caseros y sociables.

Todos nuestros gatos se entregan desparasitados, vacunados, chipados, con las pruebas de enfermedades hechas, esterilizados y con contrato de adopción.

Contacto: acunrmadrid@gmail.com y acunrmadrid1@hotmail.com



Por un protocolo para atender a los animales implicados en accidentes de tráfico

En mayo os contaba en este mismo blog que nadie rescata a los animales implicados en un accidente, no existen protocolos para ayudarles.

Si tenemos la terrible suerte de tener un accidente de tráfico y vamos con nuestros animales, lo que pase con ellos va a depender de demasiadas variables: nuestro estado, el de los animales, la buena voluntad de los servicios de emergencias implicados, si el accidentes ha sido cerca o lejos de nuestra red de amigos y familiares…

Desde que lo escribí, en el marco de la campaña de Fundación Affinity y el Observatorio Justicia y Defensa Animal que pide que los animales no tengan consideración de objetos (la foto es suya), me han llegado algunos testimonios de personas que han pasado por esa situación. Personas que fueron ingresadas con la angustia de no saber que había pasado con su perro o su gato, que son miembros de su familia, que aún conmocionados tuvieron que disponer cómo hacerse cargo de residencias caninas cercanas, ingresos en hospitales veterinarios o contactar con amigos que echaran un cable, que nunca agradecerán lo suficiente al profesional que les atendió y además les ayudó por su cuenta y riesgo a ubicar a su animal.

Juan Luis Castellví trabaja para la UE y está especializado en seguridad y emergencias. También es un amante de los animales y tiene el blog Emergencias112 y otro sobre etología canina.

Tras mi post ha escrito recientemente otro titulado ¿quién atiende a tu perro si tienes un accidente?.

Yo os dejo aquí algunos fragmentos de ese contenido de Castellví, pero os recomiendo que leáis a fondo, visitando los enlaces que menciona, si el tema os interesa.

Yo había intentado generar un debate al respecto allá por el año 2013, cuando publiqué ¿Podemos atender a las mascotas de nuestros pacientes? en mi blog Emergencias112. Pero desde entonces nada, o poco, ha cambiado.
(…)
La competencias de tráfico son de la policía local en los cascos urbanos, y de la guardia civil en las vías interurbanas. Pues podrían localizar en sus respectivas áreas de influencia los medios disponibles para poder hacerse cargo de los animales en cada zona, horario y situación. Esto implica algo de trabajo de campo para saber qué refugios (públicos y privados), hay en su jurisdicción. Así mismo para saber qué vehículos hay disponibles para trasladar animales (los propios cuerpos policiales suelen tener unidades caninas, pero también se puede contar con otros recursos municipales, incluyendo la protección civil), o de centros veterinarios.

Hay dos casos que podemos encontrar, que alguien tenga un accidente y el animal esté ileso pero el vehículo haya quedado inutilizado, o el conductor vaya a ser trasladado a un centro sanitario. En este caso sólo habría que trasladar al perro a un sitio designado por el dueño, o a la dirección que figure en la documentación de la persona. O en el peor de los casos al albergue municipal o de la zona que corresponda, hasta que su dueño pueda hacerse cargo del mismo de nuevo.

El otro caso es que sea el animal el que está herido. Es entonces cuando sería necesario tener algún tipo de “ambulancia” para animales, ya que el traslado requerirá algo más de atención. De nuevo se pueden buscar conciertos con clínicas veterinarias de la zona, hablar con las aseguradoras para que empiecen a incluir esta posibilidad, o que el dueño acuerde hacerse cargo de los gastos derivados de la atención del animal, que quedará ingresado en un centro veterinario de la zona, para evitar problemas, puede haber una lista de clínicas de la zona, y cada caso se lleva a una diferente en un orden predeterminado.
(…)

Son cosas bastante fáciles de lograr, que sólo necesitan algo de buena voluntad, porque una vez aprobado un procedimiento, ya no dependemos de la opinión del profesional que esté de servicio ese día, de su sensibilidad hacia los animales, o de su empatía hacia los dueños accidentados. Simplemente hay que cumplir con lo regulado.

‘Conducta animal’, una película animalista en cocina, con Lluvia Rojo y Adrián Lastra

No sé mucho de este proyecto cinematográfico, lo confieso. En parte porque aún anda en cocina (vegana). No obstante, con la promesa de contar más en un futuro, no quería dejar de destacar que Conducta animal existe, que está en proceso, para ese seamos más los que le sigamos la pista.

¿Por qué? Hay varios motivos:

Su protagonista es Lluvia Rojo, a los que la mayoría conocerán por su papel en Cuéntame y que es una reconocida activista de los derechos de los animales. Hace de cocinera vegana en busca de venganza, nada menos.

Porque tras la película está Miguel Romero (periodista y director de cine, nominado al goya y nominado como mejor realizador de tv por el programa BuscaMundos) que asegura que el mensaje que intenta difundir la obra es la lucha por los derechos de los animales.

Porque hay protectoras de animales detrás y delante de las cámaras. “Las protectoras que intervienen y que han supervisado el rodaje, dando fe y comprobando que ningún animal sufriera ni el más mínimo malestar, son A.L.B.A y Doghorsecity, que llevan trabajando en España más de dos décadas y que, entre ambas asociaciones, rescatan y encuentran un nuevo hogar para más de 4.000 animales”.

Porque la película es un trabajo colaborativo en el que también participan Adrián Lastra (Velvet, Fuga de cerebros, etc), Jordi Sánchez (El “recio” de Laqueseavecina), Álex O´Doguerty, Enrique Villén y muchos otros.

Y porque la promocionan bromeando con que inaugura el género del gore vegano.

¿No os ha picado la curiosidad?

Mika, del miedo a los humanos a la felicidad bajo sus caricias

Mika llegó muy asustada a la protectora El arca de Noé de Córdoba. Imposible saber por lo que habrá pasado pero los voluntarios cuentan que tenía mucho miedo a las personas desconocidas, sobre todo a los hombres.

“No sabemos todas las miserias por las que habría pasado en su anterior vida”, algo común a muchos perros que vienen del abandono. Intentamos leer en su cuerpo, en las marcas visibles que la vida le ha dejado, en su actitud, sus miedos… la historia que dejaron atrás. Pero es imposible saberlo a ciencia cierta.

Lo importante es que una gran mayoría son perfectamente capaces de dejar sus desgracias y sus malos recuerdos atrás. La gran mayoría, a poco que se les demuestre que en la vida hay mucho más y bueno, olvidan sus miedos o al menos aprenden a controlarlos.

Pasó con mi propia perra, con Troya. Y he visto como sucedía muchas otras veces.

Mika es un ejemplo. A día de hoy está llena de felicidad, cariño y amor.

“Disfruta con muchísimo gusto cualquier caricia que reciba, le encanta que la achuches, se deshace contigo. Es una delicia ver como pronuncias su nombre y en vez de mover el rabito contonea todo su cuerpo corriendo a buscarte y darte un buen lamentón. Es muy buena, sociable y juguetona, además de obediente. Le gusta tumbarse junto a ti, relajarse y disfrutar de los rayos de sol y de tus caricias”.

Pese a lo maravillosa que pueda ser Mika, pese a que merece un buen hogar en el que terminar de olvidar sus primeros malos pasos por este mundo, su tamaño y su aspecto pueden ponérselo difícil.

Ojalá la gente cuando quiere adoptar un perro fuera busca no uno bueno, fijándose en el carácter por cima de todo. Demasiados descartan animales maravillosos solo por su aspecto físico, cuando el perro más guapo puede acabar pareciéndonos aborrecible si su carácter y necesidades chocan con nosotros. También lo contrario. Igual que las personas.

“Sabemos que hay alguien muy especial esperando encontrar a Mika por su camino, y ella está como loca por conocerlo”, desean ahora desde Córdoba. Esperemos que así sea, que salir en este blog y vuestra ayuda difundiendo su caso le den ese empujoncito que necesita para lograr una familia.

Contacto: elarcadenoecordoba@gmail.com