Argentina se ha despertado con un nuevo crimen que, según fuentes policiales, fue cometido por menores de edad. Tres adolescentes que tras robar un Ford Escort habrían intentado apoderarse de un Chevrolet Meriva, a cuyo conductor mataron por oponerles resistencia. Las fuerzas de seguridad detuvieron a uno de los presuntos asaltantes en la barriada marginal conocida como Villa Pineral.
Se apoda El Peine y tiene 13 años. Hace apenas unas semanas se escapó de un centro penitenciario en el que estaba recluido por otro atraco violento que realizó en octubre. En aquel incidente, el comerciante Edgardo Zelicovici recibió un balazo en el pómulo izquierdo.
El nombre de la nueva víctima de El Peine y sus compañeros es Carlos Bonano, un humilde transportista de 40 años. La zona, el partido bonaerense de Tres de Febrero, es la misma en la que el futbolista Fernando Cáceres resultó baleado por otro grupo de jóvenes en noviembre cuando también intentaban robarle el vehículo en el que viajaba con su novia (recientemente entrevistamos allí a sus familiares).
La ola de robos con asesinatos por parte de menores que tanta conmoción social está causando en la Argentina comenzó a principios de 2009, con la muerte del camionero Daniel Capristo. Al oír la alarma del coche, salió de su vivienda ubicada en Lanús para encontrarse con un adolescente de 14 años que le pegó seis disparos con una pistola 9 mm. Otros casos similares fueron los de la arquitecta Renata Toscano, Sandra Almirón, Ana María Castro y el bancario Gonzalo Etcharrán.
El caso de Héctor
El robo de vehículos para ser descuartizados y vendidos por piezas parece ser uno de los ejes fundamentales de la violencia que está padeciendo una parte importante de la Argentina. A partir del próximo post analizaremos algunos de los datos fundamentales de este fenómeno y conoceremos los testimonios de primera mano de algunos de sus protagonistas.
Por ahora, rescatar el reciente encuentro que tuvimos recientemente con Héctor (en la fotografía), que trabaja de lo que aquí se conoce como “remís” (del francés remise, que significa "enviado", es el que transporta a pasajeros en un coche privado a cambio de una tarifa fija). Lo encontramos en la barriada de Fuerte Apache, también ubicada en el partido de Tres de Febrero, junto a los restos de su coche.
“Me contrató una pareja con un bebé en Tigre, que es donde está la remisería. Me dijeron que venían para Caseros. Como iban con el bebé, no sospeché, pero cuando estábamos por la zona el tipo sacó un fierro y me lo puso en el cuello. Me obligó a bajarme en una esquina y siguió para Fuerte Apache”.
Así cuenta lo sucedido mientras observa con resignación el vehículo. La rápida intervención de la Gendarmería permitió a los ladrones sólo sacarle los neumáticos. De no haber tenido lugar, en menos de una hora el vetusto Renault con el que Héctor trabaja se habría convertido en apenas un esqueleto.
“Nada, a volver a Tigre y a comenzar a laburar para pagar las gomas”, afirma con resignación mientras da los datos del asaltante al gendarme que le toma la denuncia. Aunque ambos saben, como veremos en la próxima entrada del blog, que pocos efectos tendrá.
En estos dos meses de inmersión en el mundo de la violencia en Argentina me ha sorprendido enormemente descubrir la jerga que usan algunos jóvenes en las zonas marginales del conurbano bonaerense.
Al entrevistar a los llamados “pibes chorros” en la Isla Maciel y Fuerte Apache me vi obligado varias veces a interrumpirlos para pedirles que me aclararan qué quieren decir expresiones como “cobani”, “gato” o “rescatate”. Algo similar me sucedió en los distintos penales que visité en la provincia de Buenos Aires. Las notas se fueron sumando, ocupando página tras página del cuaderno que siempre llevo conmigo, hasta comenzar a parecerse a una suerte de diccionario.
En la Argentina abundan las jergas, el “lunfardo" como se lo llama habitualmente, que en ciertos vocablos como "laburar" hablan del origen mestizo, inmigrante, de este país en el que los italianos tuvieron tanta preponderancia. El uso extendido de estas jergas, y su constante evolución, quizás tengan algo que ver con la pasión que hay por la palabra, por el juego verbal, por el llamado "doble sentido", en esta parte del mundo.
Tal vez la evolución del lunfardo de las villas miseria y de las barriadas de periféricas, así como expresiones musicales como la "cumbia villera", sean también un reflejo de la fractura social que se ha sufrido en este país desde que en los años noventa el gobierno de Carlos Menem pusiera en marcha un brutal plan de ajuste estructural. Programa que devastó el Estado de bienestar a través de las privatizaciones, y la industria local gracias a la baja de los aranceles para la importación y la paridad entre el peso y el dólar. Proceso que alcanzó su punto culminante en el año 2001 con el "corralito financiero".
Quizás este dialecto sea un reflejo de la realidad de esos 500 mil jóvenes que sólo en la provincia de Buenos Aires no estudian ni trabajan. Enfatizo el "quizás" porque no soy un experto en la materia ni carezco de los elementos suficientes para comprender en profundidad este fenómeno.
Del gato al bondi y al rescate
Me sorprendió "tumbero", que proviene de llamar "tumba" a la cárcel. En algunos barrios marginales me han mostrado "armas tumberas", no menos precarias de las que el año pasado vimos que los jóvenes se fabricaban en Sudán. También la constante referencia a la existencia de una jerga "tumbera", aunque parte de ella se emplee en las calles.
Para referirse a la policía no faltan neologismos como "bigote", "cobani", "rati", "vigilante", "gorra" o "botón". Expresiones como "transa", que quiere decir camello, están vinculadas al desembarco de la pasta base de coca, conocida como "paco", en los barrios marginales.
En los años noventa la Argentina dejó de ser un país de paso de la droga para convertirse en un importante polo de consumo. En especial, de esta subespecie tan barata como adictiva. En este línea, "guacho" es un joven, y "mataguachos" hace referencia a los grupos que venden la droga.
Las armas de fuego son conocidas como "fierros" o "caños". El verbo apretar es sinónimo de "robar", así como "quemar" lo es de matar. "Pintaron los ratis y sacamos los fierros" o "el tipo se hizo el gato y lo tuvimos que quemar".
Como vimos anteriormente, los cuclillos en la cárcel se llaman "facas" y, cuando son más grandes "arpones" o "Highlander" (en relación a la espada de la película de Russell Mulcahy). En prisión a los violadores se los llama "violines" y a los jefes se los denomina "porongas". El "bondi" es un plan, algo que acerca al objetivo deseado. "Salir de bondi" implica partir a robar.
Aquí os dejo una lista de expresiones mucho mejor documentada y extensa que estos imprecisos y arbitrarios apuntes. Y, como estamos en las puertas del fin de semana, también el vídeo de un brillante cómico argentino llamado Peter Capussoto, que da unas gentiles lecciones sobre cómo hablar con corrección a todo nivel social. Deja más que claro el sentido de las palabras que nos quedaban pendientes: "gato" y "rescatate".
Seguimos adelante con la investigación sobre la violencia en Argentina que emprendimos hace ya dos meses y que nos ha llevado a entrevistar a víctimas, policías, jóvenes armados, médicos, sociólogos, en escenarios tan diversos como barriadas marginales, cárceles, hospitales, mercados, talleres clandestinos.
Llega el momento de abordar una cuestión que muchos han señalado como clave: las drogas. No han sido pocos los que han dicho que el aumento exponencial de la violencia responde al consumo de estupefacientes, en especial de la pasta base de coca, a la que aquí se conoce como "paco", y sobre la que ya realizamos varias entrevistas y reportajes hace dos años en este blog.
Me cito con dos jóvenes consumidores de paco con un largo historial de delitos a sus espaldas. Vienen del barrio de chabolas conocido como 1-11-14, por el nombre de las tres “villas miseria” que al juntarse le dieron forma.
Esta barriada, la más grande y populosa de la ciudad de Buenos Aires – residen en ella 6.020 familias, el 21,66 por ciento del total de personas que viven en asentamientos en la capital - se encuentra en la avenida Perito Moreno, frente a la ciudad deportiva del club de fútbol San Lorenzo de Almagro, en el Bajo Flores. Una y otra vez escucho decir que es también la “villa más peligrosa", como consecuencia de los grupos de narcos peruanos que actúan en su interior. Casi la mitad de sus habitantes son extranjeros.
Espera y encuentro
Espero a los jóvenes debajo de un puente. Sé que se llaman Nicolás y Héctor. Sé que Nicolás, el más joven de los dos, acaba de salir de prisión por asalto con arma de guerra. Tiene 19 años. Antonio ha pasado por cuanto penal hay en la provincia de Buenos Aires.
El periodismo de a pie, en la calle, es ante todo esperar. Esperar a que te den una entrevista, una acreditación, un visado; a que te permitan entrar a determinado sitio, a que pase algo digno de mención. Paciencia infinita. Pero hay esperas y esperas. En esta zona de la ciudad, de pie debajo del puente y con la mochila y la cámara al hombro, paso igual de desapercibido que si me hubiese venido vestido de vaquero o de astronauta.
Miro sin mirar demasiado en todas direcciones para ver si aparecen de una vez. Vislumbro a dos muchachos que caminan por la acera de enfrente. Uno lleva una camiseta del futbolista Lionel Messi de la selección argentina y otro del jugador de balocensto Emanuel "Manu" Ginóbili. No asocio el atuendo deportivo con el consumo de paco, así que no les presto atención.
Sigo buscando, sigo aguardando. Pasa un carro tirado por caballos perteneciente a unos cartoneros. Pasa un patrullero rayado en las puertas y con un gran choque en la parte trasera. Ginóbili y Messi se plantan frente a mí. "¿Sos el periodista?", me pregunta uno de ellos. Asiento. "Somos Nico y Héctor". Me dan la mano. Brazos escuálidos, cubiertos de cortes. Mejillas hundidas. Ojos pletóricos de humo.
Los sigo a través un solar atiborrado de basura. Avanzan torpemente, dando tumbos. Los nombres de Messi y Ginóbili, estampados con grandes letras blancas, se arquean sobre sus encorvadas osamentas.
En ambientes de acusada violencia urbana, los reclamos más sonoros a las autoridades pidiendo que aumente de la seguridad suelen venir de las clases pudientes, que son las que cuentan con mayores medios para hacer oír su voz.
Esto no quiere decir que sean las más afectadas por la violencia. Como hemos comprobado a lo largo de los años en este blog al conocer diversos escenarios donde prima la inseguridad, son los pobres que viven en zonas marginales los que de forma sostenida sufren las consecuencias de la ausencia de paz social.
Nuestro desembarco hace tres años en las favelas de Brasil coincidió con el asesinato del pequeño João Hélio Fernandes. Un crimen horrendo, que con razón movilizó a la sociedad carioca. Sin embargo, nos llamó mucho la atención que los niños de las propias favelas que morían por balas perdidas en el fuego cruzado entre la BOPE, la policía y los narcos apenas encontraban eco en los medios de comunicación.
Los trabajadores pobres y sus familias, que muchas veces terminan en estas barriadas para poder acceder a puestos laborales en las ciudades, son los más afectados por la falta de seguridad debido a que conviven con los elementos violentos de estos espacios. Día a día se los cruzan en las calles, sufren sus atropellos, sus leyes arbitrarias, sus impuestos irregulares. Se encuentran en medio de las trifulcas que protagonizan los delincuentes entre ellos y con la policía.
Evitar que se vayan
Al menos esto es lo que viene a mi mente cuando un suboficial de la Gendarmería al que acompaño en el barrio bonaerense conocido como Fuerte Apache me dice: “Cada vez que intentamos sacar una de las garitas a los dos minutos tenemos a cincuenta personas protestando frente al cuartel. Los vecinos honestos no quieren que nos vayamos”.
Si bien al recorrer las calles de Fuerte Apache escucho quejas con respecto a los cacheos, detenciones y demás medidas de control que ejerce la Gendarmería, lo cierto es que una parte importante de quienes viven en este complejo de torres decrépitas y de tan mala fama son trabajadores de a pie, que se acercan cada amanecer a las industrias del conurbano bonaerense o que bajan a la ciudad de Buenos Aires para realizar toda clase de labores poco cualificadas y poco remuneradas.
Me vuelve a la memoria asimismo el testimonio de Fernando, un humilde maestro de escuela que vivía en la favela Sapucaí, situada en la Ilha do Governador de Río de Janeiro. La descripción que nos hizo sobre cómo los miembros del Comando Vermelho habían descuartizado a su mejor amigo sólo como una forma de imponer su poder en la zona.
Cada robo, cada asesinato fuera de este ámbito, causa una consternación social que de ningún modo intento minimizar. Pero es importante comprender que los que más sufren de la inseguridad son los propios habitantes honestos de estas regiones marginales, que no tienen solaz alguno ni protección tanto por la impunidad de los delincuentes como por la corrupción endémica de fuerzas de seguridad como la policía bonaerense.
No cuentan con guardias de seguridad, verjas, muros o barrios privados detrás de los que refugiarse.
Antes de comenzar la patrulla por el barrio Ejército de los Andes, bautizado en 1976 por el periodista José de Zer como Fuerte Apache, los gendarmes me llevan a la garita donde fue asesinado el cabo Roberto Omar Centeno. Me muestran el orificio dejado por la bala de 9mm que le dispararon a la una de la mañana del 29 de octubre de 2008 desde uno de los edificios vecinos.
Roberto Omar Centeno tenía 28 años y dos hijos. Era del interior del país, de la provincia de Salta, como la mayoría de los gendarmes, que originariamente cumplían funciones en las fronteras de la Argentina hasta que el aumento de la violencia llevó al gobierno a movilizarlos a barrios conflictivos como Fuerte Apache. Allí realizan redadas, cacheos y vigilan los accesos al barrio a través de una serie de puestos de control como el que aquella noche ocupaba Centeno.
Frente al altar que erigieron en el lugar en que murió, sus compañeros me dicen que tenía puesto el chaleco antibalas pero que se había quedado dormido, por lo que es probable que no fuera consciente de lo sucedido. La bala, que salió desde unos 40 metros de distancia, le dio en la cabeza.
Al día siguiente de aquel 29 de octubre se vivió una gran conmoción en la Argentina, especialmente como consecuencia de la transmisión en directo por las televisiones del testimonio de un chico de la barriada llamado Edgar:
Yo creo que el que lo hizo fue para tener fama para entrar a un determinado grupo que hay en el barrio. Hay más 80 bandas de pibes que se portan mal. Para entrar tenés que robar y hasta matar… Creo que por diversión pasó esto, un flash. Vino un pibito enfierrado (armado) de laburar, que capaz que se habrá ido a las 6 o 7 de la mañana a meterse a una casa, y vio a los gendarmes que estaban pestañando y lo pasaron a valores (lo mataron)… Los pibes que salen a robar son cada vez más chiquitos y van creciendo con la mentalidad de los padres que roban.
Después de hacer las declaraciones, Edgar fue detenido por la Gendarmería para ser llevado ante el juez. Jóvenes del barrio mostrarían a la prensa un vídeo grabado en un teléfono móvil en el que se lo ve blandiendo un arma en el aire.
La teoría de que se trató de una suerte de juego más que de un asesinato premeditado la sostienen también los gendarmes con los que converso. El subteniente de la comisaría 6a. de la policía Bonaerense, Tamil Mamu, hizo declaraciones similares en aquellos días:
Es algo común que tiroteen puestos o móviles de la comisaría. Es un hobby de los delincuentes disparar contra las garitas de Gendarmería. Desde que estoy acá, hace un año y tres meses, es el segundo ataque que veo. Acá la vida no vale nada y en un 90 por ciento estamos rodeados por delincuentes.
Habla con elocuencia de los niveles de violencia que se viven en Fuerte Apache que los jóvenes armados a los que entrevisté y acompañé por la barriada días antes también se refiriesen a los muertos. En este caso, a los que consideran de su bando: los "pibes" a los que murales y pintadas recuerdan por todo el barrio, como lo hacen también los tatuajes con nombres y retratos que muchos de ellos se hacen.
Constantes recordatorios de la muerte que, al menos a quien escribe estas palabras, retrotraen a expresiones similares que cubren las paredes de favelas como el Complexo do Alemao en Río de Janeiro y las calles de la ciudad de Gaza con sus fotos de los llamados mártires.
Algunos estudios señalan que el 70 por ciento de los jóvenes censados en esta zona de entre 13 y 17 años cometieron por lo menos cuatro hechos delictivos en su vida. Otros, que de los 1.825 jóvenes de Fuerte Apache que hoy tienen entre 9 y 14 años, 340 no llegarán a cumplir los 19 años.
"Las noches del fin de semana usamos unos 300 cartuchos de goma", afirma el oficial a cargo de la misión de la Gendarmería en la marginal y violenta barriada conocida como Fuerte Apache, de cuyas calles plagadas de basura y coronadas por decrépitas torres de viviendas salió el futbolista Carlos "El Apache" Tévez. "Pero todo depende. Acá nunca sabés qué va a pasar. Puede estar muy tranquilo y, de repente, se va todo al diablo".
En mi primera visita a Fuerte Apache, cuyo nombre oficial es Ejército de los Andés, entrevisté a jóvenes armados que salen a robar. El inesperado encuentro que tuvimos frente a frente con la Gendarmería me generó no pocas preguntas e inquietudes sobre esta fuerza de seguridad del Estado argentino. Así que espero unos días y regreso. Me dirijo al cuartel que tiene esta fuerza bajo el tanque que provee agua a los vecinos de la barriada.
"Nosotros no estábamos acostumbrados a este tipo de escenario. Nosotros estábamos tranquilos en las fronteras. Pero en 2003 nos pidieron que vengamos acá y tuvimos que adaptarnos a trabajar en un ambiente urbano", continúa el oficial.
La Gendarmería es una organización híbrida que se creó en 1938 para proteger justamente las fronteras, las zonas rurales en colaboración con las policías provinciales, embajadas y sitios estratégicos como centrales nucleares.
A diferencia del Ejército, puede actuar en conflictos internos del país. En las fronteras centra su labor en el narcotráfico y la inmigración ilegal. Depende de los ministerios de Justicia y Defensa. Participó en la guerra de Malvinas y en numerosas misiones de la ONU.
"Vinimos acá porque la policía estaba superada. En la puerta de la comisaría había una montaña de autos que era para defenderse de los chorros que pasaban todos los días y los baleaban", me sigue explicando el oficial.
El encargado de dirigir el desembarco de la Gendarmería en Fuerte Apache, respondiendo al pedido de auxilio del gobernador de la provincia de Buenos Aires, fue el comandante general Gerardo Chaumont, que acaba de ser nombrado jefe del cuerpo policial de las Naciones Unidas en Haití. Así lo cuenta el periódico La Nación:
En la Argentina, el comandante Chaumont lideró la fuerza de gendarmes que tomaron el control de Fuerte Apache en 2003. Entonces, ese barrio del conurbano bonaerense era el bastión de bandas de delincuentes. La Gendarmería instaló allí las prácticas de check point de la ONU y por un tiempo la zona fue recuperada para los vecinos.
Mientras preparo la cámara y los micrófonos para acompañar a los gendarmes en sus misiones por las calles de Fuerte Apache, pienso en las palabras que me ha dicho el oficial. Son las mismas que me dijeron también algunos oficiales de EEUU en Afganistán sobre la adaptación que habían tenido que hacer a la lucha de contrainsurgencia, con la importancia que tiene preservar la seguridad de la población civil, en espacios urbanos.
En esa dirección transformó Robert Gates el último presupuesto de Defensa, limitando proyectos faraónicos como el caza F22 y el Future Combat System. Un campo de acción y una lógica de la violencia en la que Israel tiene una larga experiencia, por eso su actual rol preponderante en el desarrollo de armamento, del que es el cuarto vendedor a nivel mundial, y el entrenamiento de fuerzas de seguridad.
De este modo parece que la confrontación armada en el siglo XXI no pasará por la pugna entre ejércitos regulares pertenecientes a estados sino por las luchas en zonas marginales, a veces altamente pobladas, contra grupos irregulares, movidos por la delincuencia o por reivindicaciones políticas. Un escenario en que la inclusión de estos espacios marginales a través de la inversión pública, el diálogo y la creación de oportunidades de progreso económico y justicia social resultan fundamentales para limitar la gestación de la violencia.
La cantidad de niños que se encuentra en determinados lugares parece directamente proporcional a los niveles de violencia y pobreza que en ellos se sufre.
Pienso en Gaza, donde después de cada bombardeo aparecían hordas de pequeños para ser testigos de la destrucción y la muerte provocada por los misiles israelíes.
Recuerdo Kibera, el barrio de chabolas más grande de África, donde resulta imposible caminar sin que aparezcan de entre las montañas de basura y las cloacas a cielo abierto los que niños que te siguen, que te saludan emocionados, repitiendo la misma frase: how-are-you?, how-are-you?
Seguramente se trata de una cuestión de crecimiento demográfico, tan acentuado en los países del sur - si bien, como señalaba hace unos meses The Economist, la tasa de fertilidad ha comenzado a descender en África -, lo que hace masiva y constante la presencia de niños en estos lugares.
Pero también hay una suerte de lógica que he notado a lo largo de los años, que espero que no suene demasiado cursi o arbitraria: mientras más se manifiestan la miseria y la muerte, mayor resulta la pasión de la vida por no claudicar.
Supongo que es la fuerza irrefrenable de nuestro instinto de supervivencia. El mismo que ha permitido a nuestra especie perpetuarse a lo largo del tiempo, más allá de guerras, hambrunas y terremotos.
Este contraste entre los niños y la violencia y la pobreza, me encuentra hoy nuevamente en el Fuerte Apache, unas de las localidades más conflictivas del gran Buenos Aires, que tuvo que ser intervenida por la gendarmería nacional ante la imposibilidad de la policía de mantenerla bajo control. La cuna también del famoso futbolista Carlos Tévez.
En una de las últimas plantas de las torres, que forman conjuntos llamados “nudos”, entrevistamos a varios jóvenes que se dedican a robar, que nos muestran sus armas.
Salimos a toda prisa y nos encontramos en el pasillo - cubierto por pintadas, apuntalado por columnas de metal - a un pequeño llamado Lucas, que mira fascinado nuestras cámaras (foto 1). Segundos después aparece su hermana, Estela, que nos a enseña su cachorro (foto 2).
Corremos hacia abajo por las escaleras. Los jóvenes armados nos meten prisas, nos piden que no paremos, "dale, dale, sigan loco". Nos cruzamos con más niños que juegan en las puertas de sus apartamentos, que nos miran sonrientes, sorprendidos, al pasar (foto 3). A lo lejos se escuchan disparos. En los patios que unen los edificios se acumulan los montículos de basura y los esqueletos de los coches robados.
Dejamos atrás un nudo de torres y cruzamos un parque en el que juegan más niños (foto 4). Los jóvenes armados nos siguen haciendo de guías. No lo sabemos aún pero doscientos metros más adelante nos encontraremos de frente con una redada de la gendarmería. Decenas de niños saldrán de sus casas para ver cómo los gendarmes cachean a los muchachos.
Una vez más, la que algunos insisten en calificar como la única democracia de Oriente Próximo, demuestra que es democracia sólo para una parte de quienes están bajo sus designios, mientras que para otros su comportamiento resulta igual de arbitrario y brutal que la más asfixiante de las dictaduras.
La detención durante años de miles de palestinos sin cargos, juicio o condena, el muro que priva de libertad a los habitantes de Cisjordania y la limpieza de étnica de Jerusalén oriental, son sólo algunos ejemplos de conductas que, además de violar el derecho internacional, impiden asociar a Israel con los principios de igualdad, fraternidad y libertad.
Si bien siempre existió presión sobre los corresponsales extranjeros, pues la batalla mediática es una de las prioridades del gobierno de Tel Aviv, son cada día más los compañeros en la zona que señalan que ésta ha crecido exponencialmente en los últimos tiempos. El pasado 29 de abril, la Asociación de la Prensa Extranjera en Israeldenunciaba el incremento de lo que califica como "hostilidad" hacia los reporteros foráneos.
Permisos de trabajo que no se renuevan, solicitudes de credenciales de prensa que son rechazadas sin argumentación alguna, demoras injustificadas e interrogatorios de horas en los aeropuertos conforman un proceso de supresión de la libertad de información que tuvo su punto culminante hace poco más de un año, cuando las autoridades de Tel Aviv impidieron el ingreso de los periodistas a la franja de Gaza durante la operación militar Plomo fundido, que duró 22 días y que se llevó por delante la vida de más de mil inocentes.
En la anterior operación militar masiva sobre Gaza, Lluvia de verano, que durante casi dos meses cubrimos en este blog desde la franja, el acceso resultaba complicado pero posible. Hace un año, si pudimos saber qué pasaba allí fue gracias a las crónicas de Ayman Mohyeldin para Al Yazira, y los llamados telefónicos y escritos del activista español Alberto Arce, cuyo documental To Shoot an Elephant se está difundiendo estos días en toda España.
Detención y expulsión
La reciente detención y expulsión de Israel del periodista estadounidense Jared Malsin, editor en inglés de la agencia de noticias Ma'an, parece incrementar aún más la presión sobre los reporteros foráneos tanto en la forma en que fue ejecutada como en el fondo.
Así lo cuentaReporteros Sin Fronteras, organización que no se suele caracterizar por sus críticas a Israel:
Fue arrestado al llegar al aeropuerto el 12 de enero y fue interrogado durante ocho horas acerca de su trabajo en Ma’an, una agencia palestina independiente de noticias con base en Belén. Se suponía que debía ser llevado ante el juez el domingo 17, pero esta audiencia no tuvo lugar. Su novia, Faith Rowold, fue arrestada el mismo día y expulsada del país el 14 de enero.
Con respecto a las formas: una semana detenido, privado de poder usar su teléfono móvil y sufriendo constantes interrogatorios. Con respecto al fondo: no son pocas las voces que señalan a que la detención de Malsin es una represalia por la línea editorial de la agencia para la que trabaja, cuyas noticias no pasan por el filtro de Jerusalén como sí lo hacen las de AP, EFE o AFP, lo que le da una visión muy próxima y descarnada de la lógica de la ocupación, como la que muestra la foto que hoy lleva en portada su página web.
Así lo expresa la Federación Internacional de Periodistas:
"Condenamos esta intolerable violación de la libertad de prensa", afirma Aidan White. "Prohibir la entrada en este caso parece una medida de revancha por la libertad con la que trabaja este periodista y esto es inaceptable".
Según el Comité para la Protección de Periodistas:
Israel no se puede esconder detrás del pretexto de la seguridad para dejar fuera a periodistas que no han hecho nada más que mantener una línea editorial que no le gusta a las autoridades.
La lista de organizaciones que se han sumado a la condena del hecho es extensa, como también lo es la sombra del precedente que se acaba de sentar sobre los periodistas extranjeros que continúan o desean trabajar en Israel y en los Territorios Ocupados.
Otros tres presos con los que converso en la sección de máxima seguridad de la unidad penitenciaria número 24 de Florencio Varela, sostienen que son ciertos los episodios de violencia cotidiana descritos por Carlitos. Se llaman Diego, Dionisio y Carlos. Tienen, respectivamente, 24, 25 y 30 años.
Charlamos en el comedor del pabellón número seis, que está dedicado a los presos evangelistas, por lo que es un poco más tranquilo que otras estancias (desde el vecino pabellón número cinco llegan gritos, insultos, golpes. Se trata de un recinto “de población”. El pabellón que está en el otro flanco está dedicado al confinamiento solitario: "los buzones", es el nombre que usan los reos para referirse a él. También existen pabellones para homosexuales).
Los tres hombres están en prisión por una modalidad de delito que ha perdido vigencia en la Argentina y que tuvo su momento culminante hace cuatro o cinco años, con casos como el del joven Alex Blumberg: el secuestro exprés.
“A mí me agarraron en San Isidro siete meses después del hecho, cuando pensé que ya todo estaba tranquilo”, explica Diego, que tiene un enorme tatuaje de letras góticas en el abdomen. “Estoy en la cárcel desde el 2006”.
Tal vez se deba a la presencia en prisión de tantos antiguos miembros de bandas dedicadas al secuestro que en los últimos años haya surgido una modalidad llamada "secuestro virtual". Consiste en llamar al domicilio de alguien para decirle que una persona a la que conoce ha sido privada de su libertad y pedirle un rescate, con la esperanza de que quien recibe el mensaje no pueda comunicarse con la supuesta víctima y actúe movida por el miedo y la angustia, sin avisar a las autoridades. Los montos solicitados suelen ser bajos. Al tratarse de una pantomima, la legislación argentina la juzga como una estafa y no como un secuestro.
Esta práctica, que se articula no pocas veces desde las cárceles, ha llevado a que las tarjetas telefónicas tengan una alto costo entre los presos - las cambien por drogas o las vendan por dinero - y que las autoridades realicen controles exhaustivos en busca de teléfonos móviles.
Las familias
Diego, Dionisio y Carlos han conformado por propia iniciativa lo que en la jerga carcelaria se denomina un “rancho” o “familia”.
“Tu rancho es todo en la cárcel”, explica Carlos, que tiene tatuados hasta los dedos. “Si te tenés que pelear, que defender, para eso tenés a tu gente. Cuando te viene a visitar tu familia de afuera le presentás también a tu rancho”.
Fue en una de estos encuentros que Diego concibió a su segundo hijo, que ahora tiene dos años. “Se llaman visitas higiénicas. Te dan tres horas para que pases en una habitación con tu concubina”, afirma.
Una de las razones por las que pueden surgir peleas entre rejas es porque un preso observe a la pareja o a alguna de pariente mujer de otro interno durante las visitas, que tienen lugar los fines de semana. “Es un código de la cárcel. No se puede mirar a la mina del otro. El que lo rompe tiene que pagar”, sostiene Dionisio.
Otra razón de las peleas suele ser el robo. "La gente roba un DVD, unas zapatillas, para comprar droga. La droga se consigue en cualquier parte. La droga que quieras", explica Carlos. "También tenemos alcohol, que le decimos pajarito. Lo hacemos con fruta, agua y azúcar".
Los tatuajes
De los tres, el que primero saldrá es Carlos. El secuestro exprés por el que cayó preso tuvo lugar en Lanús. Lo atraparon en el acto, cuando intentaba detener a un empresario local.
Los irregulares tatuajes que tiene en los dedos se los han hecho en la cárcel con un pequeño motor y una aguja. Se ofrece a mostrarme una de las máquinas, pero el funcionario de prisiones que me acompaña lo impide (ya bastante ha tenido con la exhibición que Carlitos me hizo de sus armas).
Entonces se levanta la camiseta y me muestra el más impactante de sus tatuajes tumberos: el símbolo conocido como “El comisario muerto”. “Espero que cuando salga a la calle este país me dé una oportunidad”, dice Carlos tocándose los dedos marcados de tinta.
Las estadísticas disponibles parecen respaldar como ciertos los episodios de violencia cotidiana que nos narraba Carlitos: las luchas con facas y arpones, los robos, el acoso a los recién llegado, las violaciones. Según un informe de 2008 elaborado por el Comité de la Tortura de la Comisión de la Memoria de la provincia de Buenos Aires: un preso murió cada tres días en cárceles bonaerenses.
De los 112 presos fallecidos, el 41% resultó ser muertes traumáticas como consecuencia de peleas o heridas de arma blanca, suicidios por ahorcamiento, electrocución, asesinatos y otros. El 57% fueron casos no traumáticos, evitables y que tuvieron origen en enfermedades que podrían haberse curado.
Los hechos violentos, sólo en las cárceles de esta provincia – que a día de hoy cuenta con 24 mil internos -, sumaron 585 al mes. Los más comunes fueron las riñas entre internos, autolesión, agresión al personal e intento de suicidio.
“Si hay violencia en la sociedad, estando en la cárcel los presos se vuelven más violentos y duros”, me explica Eduardo García, Prefecto de la Unidad Penal número 24 de Florencio Varela, que aclara que en otras secciones de menor seguridad de la prisión los internos llevan una vida más tranquila (algo que también pude ver durante la estadía en el penal).
Una investigación de la Procuración General de la Nación publicada por la Agencia de Noticias de la CTA, reveló que en 2007 el 37 % de los varones detenidos habían sido agredidos físicamente. Un 58 por ciento sufrió golpes con palos, puños, patadas, empujones. El sistema penitenciario argentino tiene 63 mil internos.
“Lo primero que tenés que hacer cuando llegás a un pabellón de población es conseguirte un arma, porque sabés que te van a venir a buscar y te vas a tener que defender”, explica "Carlitos" al tiempo en que se arremanga la camiseta para mostrar la sucesión de cortes que le cruzan los brazos. “Te fabricás el arma con lo que sea: la esquina de una mesa de plástico, una percha. Todo en la cárcel sirve para pelear”.
Carlitos es originario de la localidad bonaerense de Quilmes. Tiene 25 años, está casado y lleva cuatro años tras las rejas. Espera salir en el 2011. Fue detenido por la policía bonaerense después de robar una fábrica metalúrgica. “El dato nos lo tiró el sereno. Nos dijo que en la caja había 200 mil dólares. Nos la jugamos, porque a dos cuadras había una comisaría. Tuve en las manos mucha guita, pero nos paró un patrullero cuando huíamos y se pudrió todo”, explica.
Narra las peleas que ha protagonizado en prisión con evidente orgullo, poniéndose de pie, moviendo los brazos en el aire (al igual que Maradona, tiene tatuados en ellos los nombres de sus dos hijas). “Cuando llegué a Olmos saltó uno con una faca y nos agarramos. Al final el tipo me dijo que tenía aguante, que podía quedarme”. Del arribo a otros centros penitenciarios no salió tan bien parado. “En Junín, que es el más jodido de todos, me hicieron este agujero en la cabeza. Cuando mi mujer me vino a ver yo casi no podía caminar”.
De los presos que pueblan las angostas habitaciones y el pasillo del pabellón seis de la sección de máxima seguridad del la unidad penitenciaria número 24 de Florencio Varela, Carlitos es sin dudas uno de los más elocuentes. A tal punto llega su verborrea y la violencia de los incidentes que narra, que si no fuera porque le han dejado tantas cicatrices en el cuerpo, resultarían difíciles de creer.
“Alguna vez me pasó que me robaran todo al llegar a un pabellón de población, así que cuando conseguí una faca tuve que salir yo a robar para tener algo de ropa y unas zapatillas”, asegura para matizar a continuación que le han "sacado todo" excepto el poncho rojo con el que pelea y que ahora cubre las dos angostas ventanas de su habitación. "El poncho es el orgullo del preso", sostiene.
La locuacidad de Carlitos no alegra demasiado al funcionario de prisiones que me acompaña en la visita. En especial cuando el preso de Quilmes saca una de las armas y nos la enseña para que la retratemos. Un arma a la que llama “tumbera”, como todo lo que tiene que ver con la cárcel: “la tumba”. Si es larga, tiene una cuchilla en la punta y un palo a modo de mando, se trata de un “arpón”. Si es corta, entonces se trata de una “faca”.
Rupert Hamer, corresponsal de defensa del dominical británico Sunday Mirror, se convirtió ayer en el segundo periodista extranjero en perder la vida en Afganistán en menos de 10 días. El pasado 30 de diciembre, Michelle Lang, reportera del periódico canadiense Calgary Herald, fallecía en circunstancias parecidas a las de Hamer: como consecuencia de una bomba colocada por los talibanes en la carretera.
Se trataba del quinto viaje de Rupert Hamer a Afganistán, donde se acababa de empotrar con los marines de EEUU en la provincia de Ghazni. Lo acompañaba el fotógrafo Philip Coburn, que resultó herido por la explosión. En el mismo incidente, un soldado afgano y un estadounidense murieron también. Según el Foreign Office se trata del primer periodista británico en fallecer en Afganistán.
Rupert Hamer tenía 39 años de edad. Era padre de tres hijos. Llevaba 12 años trabajando en el Sunday Mirror.
Tenía planeado estar un mes en Afganistán para seguir de cerca la gran apuesta de Barack Obama: el envío de 30 mil nuevos soldados, su surge particular, similar a la que George Bush aplicó en 2007 en Irak. La otra percha mediática era la conferencia que el 28 de enero se realizará en Londres sobre el futuro del país del Hindu Kush.
Reporteras, islamistas y locales
Con respecto a la canadiense Michelle Lang, era la primera vez que viajaba a Afganistán. Tenía 34 años. Su misión no implicaba tanto riesgo como la de Rupert Hamer, pues iba a seguir a un PRT (Provincial Reconstruction Team), aunque Kandahar es ya de por sí un destino nada fácil. Se desplazaba junto a cuatro soldados canadienses cuando los alcanzó la bomba.
Recordemos que de esta forma resultó herido el fotógrafo andaluz Emilio Morenatti, también en Kandahar, del que recientemente apareció un alentador vídeo en Internet de su recuperación, y que fuera secuestrado en Gaza hace poco más de tres años.
Según RSF, suman 19 los periodistas que perdieron la vida en Afganistán desde septiembre de 2001. De estos, 11 eran extranjeros. Y cinco eran mujeres, entre las que se encuentran la afgana Zakia Zaki y la francesa Johanne Sutton. En 2009 fueron 3 los reporteros que murieron en ese país.
La proporción que muestra Afganistán no suele ser la habitual: quienes se llevan la peor parte de la violencia son los reporteros locales, cuyas muertes apenas encuentran resonancia en los grandes medios de comunicación.
En el año 2009, el número de periodistas asesinados mientras hacían su trabajo fue de 77. De estos, siete eran mujeres. Los islamistas radicales, a nivel mundial, son considerados responsables de al menos 16 muertos de profesionales de la información en el mismo período.
Desde hace 15 años me dedico a recorrer compulsivamente el mundo. He rodado documentales, he escrito libros y reportajes desde unos cuarenta países de África, Asia y América Latina. He colaborado con El País, Rolling Stone, El Mundo, El Correo, La Voz de Galicia, La Nación, El Cronista, Cadena Ser, RNE, BBC... Ahora me he puesto el casco y las botas para sumergirme en la guerra. Un viaje que comencé en junio de 2006 y que me ha llevado ya a Afganistán, Sudán, Uganda, Israel, Palestina, Líbano, Argelia, Ruanda, Congo, Sudáfrica, India, Etiopía, Nicaragua, Kenia, las favelas de Río de Janeiro... De este blog sale mi cuarto libro: "Llueve sobre Gaza" (Ediciones B).