‘Resurrecta’: cómo novelar el terremoto de Lisboa de 1755, crónica de una catástrofe anunciada y futura

Por Vic Echegoyen, novelista nacida en Madrid (1969), proviene de una familia hispano-húngara de escritores (entre ellos Sándor Márai e Imre Madách), cineastas, músicos y pintores. Actualmente es traductora e intérprete en organizaciones internacionales. Ha publicado tres novelas históricas, El lirio de fuego, La voz y la espada y su última obra, Resurrecta, que relata el Gran Terremoto que sufrió Lisboa el 1 de noviembre de 1755. Para conmemorar aquella fecha, Echegoyen desgrana en el siguiente artículo, con fotografías y una acuarela de su autoría, cómo ha sido su proceso creativo en el aniversario de aquella catástrofe.

«¿Qué es esto? Nunca he visto algo así». Pasé la mano por el armazón en forma de estrella, hecho de vigas de madera moteadas por el tiempo, incrustado en la pared de la pensión. «Es una jaula pombalina», explicó el empleado, «para que la casa no nos aplaste la próxima vez». Ante mi expresión de extrañeza, sonrió: «Cuando todo vuelva a temblar. ¡Oh, no se asuste! Solo pasa cada 200 años, más o menos. Esta casa se reconstruyó tras El Gran Terremoto, con esa “jaula” que la refuerza del sótano al techo, y aguanta desde entonces. Pero los edificios alrededor, del siglo pasado o de este… por esos no apostaría. Aquí está usted bien. Tenga la llave, y bienvenida a Lisboa.»

Ese fue mi primera impresión de la ciudad: una alusión, y una sonrisa que rebosaba ironía e invitaba a preguntar. «¿Que dónde ocurrió? Pues aquí en el centro y más allá, en todas partes; también hizo mucho daño en España. Si quiere hacerse una idea, suba por la cuesta detrás de la pensión y mire hacia arriba: lo verá enseguida. Vaya hasta allí, entre por la puerta y lo entenderá. Lo entenderá todo…»

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No hizo falta más para dar con el Carmelo, O Carmo: la sombra de sus pináculos y arbotantes, o lo que quedaba de ellos, oscurecía el empedrado de la cuesta, y sus contornos se recortaban contra las nubes como un esqueleto descomunal en lo alto de la colina.

«El Gran Terremoto: entre, y lo entenderá todo.» Así fue. Desde el escalofrío al contemplar el perfil descarnado del Carmelo y la grieta que surca su pórtico y la cubierta de Resurrecta hasta la visión del castillo en ruinas –y todos los vestigios que fui explorando a lo largo de una semana–, la destrucción humana, cultural e histórica causada por ese cataclismo sin igual (antes o después) no podía reducirse a otra novela histórica de tortolitos, el típico héroe o la tópica vendetta en primer plano, relegando la catástrofe a un telón de fondo insulso: un enfoque así no haría justicia a las víctimas, ni a la sensibilidad del lector.

Lisboa es la protagonista, y la cadena de fatalidades del Día de Todos los Santos de 1755 es la antagonista: la veintena de personajes son el coro que comenta la tragedia y le da un sentido. Fueron muchos, y tan variopintos como su lugar de origen, de Ámsterdam a São Paulo, de Viena a Maputo u Orán, o de Nápoles a Boston: un anciano que encarna el sacrificio, una muchacha llena de tozudez, un rapaz que saca fuerzas de flaqueza; una monjita que descubre la valentía, y médicos, divos, esclavos, estudiantes, ingenieros y lunáticos que revelan lo mejor y lo peor del bestiario humano. Que cada lector escoja la figura más afín para comprender la magnitud de lo que sucedió ese día, al igual que puede entender la novela como un simple relato de aventuras, o bien como el fresco de un imperio y de una teocracia, el Antiguo Régimen, cuyos fundamentos carcomidos empiezan a resquebrajarse aquel día.

Entretanto, fui descubriendo casualidades que, como miguitas que guían por el bosque al viajero extraviado, me empujaban inexorablemente a redactar Resurrecta: desde el cumpleaños que comparto con Carvalho el día de Fátima hasta el parentesco de su esposa con mi familia, que me dio acceso a cartas íntimas nunca antes consultadas.

Y digo redactar, no escribir, porque el riquísimo legado de informes, decretos y gacetas sobre la catástrofe me enseñó que la única forma plausible de reflejar esa jornada tan irreal y transmitir con realismo seísmos, tsunamis e incendios era seguir fielmente a sus protagonistas, todos auténticos (hasta el grillo y el mono), minuto a minuto, desde cada palacio, plaza, teatro, cárcel y escenario donde a cada uno le tocó luchar para sobrevivir. Ni más, ni menos.

En medio de la vorágine, quise devolver orden y perspectiva a aquel caos. De ahí el formato de crónica, la cronología lineal, la ausencia de adjetivos, el intervalo de seis horas y el área circunscrita a Lisboa y Belén, la narración en tiempo presente, el enfoque poliédrico y la perspectiva que se abre desde la mota de ceniza hasta la ciudad hundiéndose en el vacío. Era preciso incluirlo todo –y todo a la vez– y a todos, o a ninguno. Y cada uno, rey o esclavo, condesa o puta, merecía igual atención cuando testificaran. Al escucharlos, fue cristalizando y prevaleciendo, por encima del horror, la esperanza en la bondad y la capacidad de superación. De ahí el título, la dedicatoria y la frase del ministro Carvalho que cierra la novela, tal como le corresponde como artífice de la Lisboa resucitada que hoy conocemos.

Él y su esposa, el rey, el general Da Maia, los médicos, cantantes, monjes, putas, diplomáticos y los quinceañeros que defendieron el Tesoro son la razón de ser de Resurrecta. Ellos la escribieron a lo largo de ese día; yo tardé cien, de principio a fin, en convertir sus testimonios en una novela. Como dijo Garcilaso, “Vos solos la escribisteis; yo la leo… aun de vos me guardo en esto”.

Cuando escribí “FIN” sabía que no es cierto, y me engañaba; todos nos engañamos. Porque 260 años después, sus voces no han perdido actualidad, ni la jaula que refuerza las casas reconstruidas tras la tragedia, ni el aviso bajo su mensaje de esperanza: «No lo olvidéis: como ha sucedido antes, la tierra, el mar y el fuego volverán a arrasar Lisboa, y la destrucción golpeará España, África y las Américas.»

Al igual que las ruinas del Carmelo, las grietas de la catedral o los escombros del castillo, los muertos que yacen en el fondo del Tajo y los esqueletos en fosas descubiertas cada tanto son puntos suspensivos, no finales, en la crónica de una catástrofe anunciada que siempre nos sorprende, pese a los avances en tecnología, prevención de catástrofes y salvamento.

Agosto de 1356. Enero de 1531. Noviembre de 1755. Febrero de 1969… Los lisboetas lo saben:

«Cuando todo vuelva a temblar… No se asuste, pasa cada 200 años, más o menos. Los edificios del siglo pasado y de éste… por esos no apostaría. ¡Bienvenidos a Lisboa!»

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