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"La historia es una forma más de ficción"
Jorge Luis Borges

La batalla por las ideas en la época de Felipe II: Inquisición, libros e imprentas

Biblioteca de El Escorial (ARCHIVO)

Olalla García, traductora, historiadora y escritora, acaba de publicar El taller de libros prohibidos (Ediciones B), un absorbente thriller histórico que nos adentra en el apasionante mundo de las imprentas del siglo XVI. En el siguiente artículo, la autora nos adentra en las cuestiones históricas de aquel tiempo y contexto que articula esta nueva novela que ha arrancado con éxito, pues a los pocos días de su llegada a librerías ha tenido que sacar una segunda edición.

Inquisición, libros e imprentas en la época de Felipe II

Por Olalla García

LA IMPRENTA Y LA DIFUSIÓN DE LAS IDEAS

La invención de la imprenta constituyó una de las mayores revoluciones tecnológicas de la Historia. Gutenberg describía su invento como «un ejército de soldados de plomo con que se puede conquistar el mundo». Gracias a ella, la capacidad de propagación del pensamiento se multiplicó de forma pasmosa. Los textos de la época nos revelan que se consideraba un gran prodigio, pero también un gran peligro.

La imprenta fue el arma más utilizada por los príncipes y monarcas del siglo XVI para defender sus ideas. Jugó un papel esencial en el enfrentamiento intelectual y político que se inició con la Reforma luterana y culminó en la Contrarreforma. Paradójicamente, los poderes civiles y eclesiásticos encontraron en la propia imprenta el medio ideal para difundir los edictos y mandatos con los que intentaban controlar todo lo que se estampaba en los talleres de impresión, y que después se difundía y se vendía en las librerías.

EL CONTROL DE LA PALABRA

Desde la introducción de la imprenta en España, los gobernantes hicieron lo posible por controlar el contenido de las obras que se estampaban y circulaban por los territorios peninsulares. La Pragmática de los Reyes Católicos (Toledo, 8 de julio de 1502) ya establecía que, antes de llevarlo a la imprenta, todo libro tenía que obtener una licencia oficial que solo podían otorgar ciertos obispos o Audiencias. Y, una vez impreso, debía cotejarse con el texto que había obtenido la licencia original, antes de ponerse a la venta.

Las exigencias oficiales fueron endureciéndose más y más a lo largo del siglo XVI. El reinado de Felipe II fue el punto culminante de aquel proceso. En esta época se produjo una intensa labor legislativa y censora sobre los textos impresos. Muestra de ello es el Índice de Libros Prohibidos de 1558, aprobado por el inquisidor general Fernando de Valdés, el más extenso y restrictivo de todos los tiempos. Condenaba como heréticos unos setecientos títulos, incluyendo algunos que habían sido declarados ortodoxos por el papado. La inquisición española se preciaba de ser más vigilante y estricta que su homónima vaticana.

INQUISICIÓN Y CONTRARREFORMA

En esta época nos encontramos en una Europa escindida por las guerras de religión. La Reforma luterana había acarreado profundas consecuencias ideológicas y políticas. La mitad del continente esgrimía como arma los postulados reformistas y la otra mitad se atrincheraba en las filas de la Iglesia Católica, siguiendo los dogmas del Concilio de Trento. Se había creado un muro ideológico insalvable entre unos y otros, y ambas partes combatían con ferocidad por extirpar de sus territorios cualquier brote de pensamiento “herético”.

En España los episodios más encarnizados se produjeron bajo el reinado de Felipe II. Son bien conocidos los autos de fe celebrados en 1559 en Valladolid y en Sevilla contra los círculos reformistas surgidos en esas ciudades. Mediante aquellas condenas la Corona y la Inquisición proclamaban su firme intención de erradicar de los territorios hispánicos, con métodos implacables y definitivos, cualquier manifestación del pensamiento “protestante”.

INQUISICIÓN E IMPRENTAS

El descubrimiento del círculo luterano de Sevilla había sido posible gracias a un texto impreso. Este libro herético, acompañado de una carta comprometedora, se había entregado en manos equivocadas, que hicieron llegar aquellas pruebas al tribunal de la Inquisición. Era una nueva constatación de que ciertos textos (como “herejes silenciosos”) podían contamina a las “buenas almas” con su peligrosísima influencia.

Así, se redoblaron los esfuerzos por acabar con la importación, la estampación y circulación de aquellos libros. Como muestra tenemos una serie de procesos del Santo Oficio realizados entre 1569 y 1572, que implicaron a decenas de acusados, todos ellos relacionados con el mundo de la imprenta.

Los trabajadores de imprenta se consideraban potencialmente peligrosos, y por un doble motivo. No sólo tenían en sus manos la capacidad de crear de forma masiva textos ideológicamente peligrosos, sino que además casi todos eran de origen extranjero. En comparación con otros países, la imprenta se había introducido en España tardíamente. Aquí no existían todavía gremios bien articulados, ni una capacidad de formación comparable a la de otros reinos europeos. Gran parte de los trabajadores de imprenta afincados en España eran oriundos de otros lugares, y se habían formado allí. Provenían, sobre todo, de Francia y los Países Bajos, que en aquella época resultaban ser los principales enemigos ideológicos y políticos de la corona española.

PROCESOS INQUISITORIALES CONTRA IMPRESORES

En otoño de 1559 el lionés Benito Doucet, que trabajaba en Barcelona como fundidor de tipos, fue descubierto llevando en el bolsillo un libro protestante. Sometido a interrogatorio por la Inquisición, comenzó a incriminar a otros compañeros de oficio partidarios de las ideas reformistas. Uno de ellos era el parisino Guillermo Herlin, un componedor que entonces trabajaba en Alcalá de Henares.

Las declaraciones de ambos sacaron a la luz una vasta red de simpatizantes con las doctrinas protestantes, todos ellos relacionados con la imprenta y los libros. Aunque Barcelona y Alcalá de Henares (ciudades de residencia de Doucet y Herlin) fueron las más castigadas, sus acusaciones afectaron también a otros talleres de impresión a lo largo y ancho de la geografía peninsular.

Cuando comenzaron los arrestos, no todos los trabajadores de imprenta se mostraron dispuestos a permanecer en su puesto y arriesgarse a ser señalados. Algunos optaron por regresar a su tierra de origen. Otros cambiaron de identidad y buscaron trabajo con un nuevo nombre en otra ciudad española, aunque esta treta no siempre les permitió escapar del santo Oficio.

Cuando los juicios finalizaron, la red heterodoxa había quedado desmantelada por completo. Aquellos de sus integrantes que no habían conseguido huir habían sido castigados con dureza, algunos incluso con sentencia de muerte. Y los que lograron escapar con penas más leves quedaban prácticamente condenados a no volver a trabajar en su campo. Pocos impresores contratarían a alguien penitenciado por la Inquisición.

En menos de dos años se celebraron cuatro autos de fe en la toledana plaza de Zocodover: en junio y agosto de 1570, junio de 1571 y mayo de 1572. Seis personas fueron condenadas a la hoguera. Tres, sentenciadas a galeras con penas de entre cuatro y seis años al remo. La mayoría de los imputados fueron reconciliados con la Iglesia a cambio de recibir cien latigazos y/o vestir el sambenito. Muy pocos de entre los acusados resultaron absueltos.

El Santo Oficio se había empleado con dureza: la imprenta era un poderosísimo medio de difusión de las ideas. Había que evitar a toda costa que aquellos que la manejaban albergaran doctrinas perniciosas, o siquiera sospechosas. De lo contrario, merecían un castigo ejemplar.

CONCLUSIÓN

A larga, todos estos intentos de control se revelarían insuficientes frente a las posibilidades de difusión que brindaba la imprenta. Pero, en aquel tiempo, el peligro era muy real. Hombres y mujeres de aquella época hubieron de correr grandes riesgos (y, a veces, llegar a pagar un coste fatal) para defender y divulgar ideas contrarias al pensamiento oficial. Es justo recordarlos por ello.

*Las negritas son del bloguero, no de la autora del texto.

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