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Dos historias de Yemen

Por Júlia SerramitjanaJulia Serramitjana

Hace unos días en Yemen conocí a Fátima. Me rompió los esquemas de cómo es una mujer detrás de un burka. A pesar de no mostrar ni un centímetro de su piel, su carácter e iniciativa me asombraron. La conocí cerca del mar, en una región árida llamada Khor Omeira, un lugar casi desértico donde vivir es muy duro: no hay agua potable ni servicios básicos. Me contó lo complicado que se había hecho su día a día desde que hay guerra en su país en el lugar donde vive, ya antes castigado por la pobreza. Hablamos de la subida de los precios, de la tristeza, del precio del combustible, y otra vez de la tristeza. Conversamos a la orilla del mar, pero nunca supe cómo era su cara o de qué color eran sus ojos.

Fátima tirando las redes en su barca, en la región de Khor Omeira. © Pablo Tosco/Oxfam Intermón


Tiene nueve hijos y se dedica a la pesca. Sale todas las mañanas al mar con su barca. Se levanta sobre las tres de la madrugada para salir y normalmente lo hace sola porque prefiere que sus hijos se queden para ir a la escuela.

Fátima me habló de lo dura que es la vida cuando el viento no sopla a tu favor y nada es propicio, pero también de cómo su iniciativa la mantiene a flote a ella y a su familia. No le da miedo ir a lo más profundo y no duda en tirarse al agua para bucear cuando ve que puede conseguir conchas y otros moluscos que crecen allí. Su padre fue quien la enseñó a pescar.

En Yemen la violencia contra las mujeres se ha manifestado de manera histórica en todas sus formas. Por eso este país es considerado uno de los peores para ser mujer. La violencia armada que ahora está presente y que hace cinco años que dura supone una doble carga para ellas: a las atrocidades de las que es objeto toda la población civil hay que sumarle las discriminaciones y desigualdades preexistentes contra las mujeres. Pero, a la vez, los conflictos también las obligan a a salirse de su rol tradicional. Bien poniéndose a la cabeza de la familia o aprovechando otras fuentes de ingresos. Y este es el caso de Fátima.

Reena, Responsable de Género de Oxfam Yemen, en un barrio destruido por las bombas en las afueras de Aden © Pablo Tosco/Oxfam Intermon

En su barco es ella quien maneja el timón y arranca el motor. Mientras, su marido y uno de sus hijos escuchan lo que me cuenta asintiendo con la cabeza. Con mucho ímpetu, tira y recoge las redes una y otra vez: “Yo soy una mujer fuerte”, dice.

De la guerra que asola Yemen también me habló Reena, otra mujer yemení que trabaja en Oxfam para que mujeres como Fátima tengan una vida menos complicada. Ella vive en la ciudad de Adén, fue a la universidad y estudió Ciencias Sociales. Circulamos juntas en coche por las afueras de la ciudad, contemplando un horizonte de casas destruidas y algunas reconstruidas: “Podemos reconstruir las casas, pero no a las personas”, dice.


Ese día volvíamos de hablar con Amin, un hombre que hace 4 años está viviendo bajo unos plásticos en el campo de personas desplazadas de “Al Mashqafa”, a las afueras de Adén, intentando juntar de nuevo piezas para reconstruir su vida. Reena me ayuda traduciendo del árabe al inglés. Amin cuenta algo que no logro entender y ella le devuelve sonrisa tierna y se le humedecen los ojos: “Me dan ganas de llorar”, dice. “Amin dice que lo que más echa de menos es el olor, el olor de su casa y que sólo piensa en sentirla de nuevo”, me explica emocionada.

Reena lo ha pasado mal durante la guerra. Estuvo muchos meses separada de su familia, trabajando en Saná y mandando dinero y comida no sólo para ellos sino también para los vecinos que no tenían suficiente. Es un ejemplo de perseverancia y vocación. Empezó a trabajar en varias ONG y aprendió el inglés así. Lo habla perfecto. “Quiero ayudar a mi gente”, me dice.

Pienso que Reena tiene razón: reconstruir una casa es más factible que reconstruir una vida pero seguro que mujeres como ella o Fátima ponen las cosas más fáciles para que sea posible.

Júlia Serramitjana es periodista. Trabaja en Oxfam Intermón

 

 

El tiempo de las mujeres árabes es hoy ‘la diversidad’

Rosa M. Tristán Rosa Tristán

“Ramika es rapera en Afganistán, todo un desafío a la convenciones de una sociedad misógina tan ultraconservadora. Su última canción, Doghtar Afghan (chica afgana), denuncia la situación de las mujeres en ese país que intenta salir adelante después de tres décadas largas de conflictos”. La frase pertenece al libro El tiempo de las mujeres: crónicas asiáticas, que la periodista y escritora Ángeles Espinosa acaba de publicar en la editorial /La Línea del Horizonte y que nos acerca a ese mundo femenino que desde una orilla cubrimos tan a menudo con el velo de los tópicos.

Imagen de Harits Mustya Pratama (unsplash)

Ramika es rapera, la iraní Nidal Naser es juez en la ciudad de Nayaf y la yemení Tawakul Kerman logró Premio Nobel de la Paz. Son mujeres, explica Espinosa, que pueden o no llevar cubierta su cabeza, pero que van dando pasos hacia adelante, con el reto que supone no sólo luchar contra estructuras religiosas, políticas o legales, sino con lo más cercano, la familia.

La obra de Ángeles Espinosa nos lleva de viaje por una docena de países a lo largo de un centenar de las crónicas que ha publicado como corresponsal de El País en el mundo árabe a lo largo de los años. La selección nos revela las conquistas de las mujeres, algunos nombramientos en cargos públicos y también los muchos retos por cumplir, los miedos, el sufrimiento, los retrocesos cuando soñaban con una liberación que llega lenta. “Es sobre todo diversidad”, explica la autora. “Y hay que mirarlas así, rompiendo con la única idea de que el velo es un reflejo de atraso porque eso nos impide ver lo que hay debajo, que es diversidad”, asegura.

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