Día contra el trabajo infantil: 11 millones de niñas invisibles

Por Blanca Carazo

Levántate antes que nadie, haz las camas, prepara el desayuno, friega los cacharros, ¿qué haces que todavía está la mesa sin recoger? ¿Y mi camisa? ¿Cómo que está sin planchar? ¡Pero cómo eres tan inútil! Horas y horas de trabajo no remunerado, no reconocido, no valorado. Horas de dedicación “pagadas”, en los peores casos, con vejaciones, aislamiento, maltrato. Violencias diarias, íntimas, invisibles. Probablemente puedes imaginar esa escena. ¿A quién ves? ¿A quién se dirigen los insultos, los reproches? ¿Un hombre? Es poco probable. ¿Una mujer? ¿De mediana edad, quizás? ¿Una niña? Sí, una niña. Millones de niñas. Unos 11 millones de ellas (y probablemente sean muchas más) que realizan trabajo doméstico en todo el mundo.

© Kiran Hania, de Pixabay

Hablamos de trabajo infantil en el caso de niños y niñas que son demasiado pequeños para trabajar, o que lo hacen en actividades o entornos potencialmente dañinos para su desarrollo físico, social, emocional o educativo.

Estimamos que 152 millones de niños trabajan, 88 millones de niños y 64 millones de niñas. A menudo en la economía informal, en ámbitos familiares, o en actividades ilegales, por lo contar con datos es un reto y las cifras “oficiales” están probablemente muy por debajo de la realidad. Los impactos y riesgos son diferentes para las niñas. Ellas son menos visibles, y más vulnerables. Sufren, en mayor medida que los niños, agresiones y abusos; reciben una remuneración menor (cuando la hay), y es menos probable que cuenten con una red social en la que apoyarse.

Y si hay un sector donde concurren (nada sorprendente por otra parte) niñas e invisibilidad, es en el trabajo doméstico. En lugares tan alejados como Indonesia, Costa de Marfil o Guatemala, millones de niñas pasan día tras día lavando, cocinando, acarreando agua, o cuidando de niños y niñas más pequeños que ellas.

A veces en sus propias casas, viendo con envidia cómo otras niñas de su edad van a la escuela, ya sea porque sus padres pasan la mayor parte del día fuera de casa para conseguir unos ingresos mínimos, porque no tienen medios para enviarlas a la escuela o porque consideran “prescindible” o incluso contraproducente la educación de las niñas. Otras veces es en casas de familiares, tías, tíos, abuelos, etc. o familias extensas que se han hecho cargo de ellas ante la ausencia de los padres (porque han fallecido, emigrado) o porque tienen recursos para mantenerlas, y que les dan comida y techo a cambio de realizar las tareas del hogar.

O “empleadas”, manejables y baratas, a través de redes de trata, en hogares ricos, a través de intermediarios que convencen a sus familias para llevarse a las niñas con la promesa de darles educación y futuro, o a cambio de un dinero que les permita dar de comer al resto de sus hijos durante unos días.

Estas niñas terminan aisladas de su entorno, ocultas al mundo entre las cuatro paredes de una casa, trabajando en una situación de explotación, sin descansos ni remuneración, sin educación ni posibilidades, y sufriendo a menudo abusos, vejaciones y maltrato, e incluso agresiones sexuales, en una situación de total indefensión.

Para abordar el problema del trabajo infantil en general, y del trabajo infantil de las niñas en el ámbito doméstico, no hay recetas mágicas, aunque sí algunas claves:

  • Necesitamos más y mejores datos.
  • Educación para las niñas. Sí o sí, y como prioridad familiar, comunitaria y de país.
  • Con familias y comunidades, hemos cambiar las normas que perpetúan la desigualdad de género y la discriminación de niñas y mujeres, y transformar las percepciones que consideran aceptable el trabajo de las niñas, y en concreto el trabajo doméstico.
  • Legislación clara y centrada en proteger a las niñas y prevenir su explotación.
  • Trabajos y salarios dignos para los adultos, evitando así que lo que puedan aportar niñas y niños sea crucial para el sustento familiar, y sistemas de protección social para las familias más vulnerables.

Cambiamos de escena. En el norte de Ghana, Amina ha ido por primera vez a la escuela con 14 años. Desde muy pequeña, en una práctica muy extendida en la región, su familia la “cedió” a otra familia, que la mantiene a cambio de que se haga cargo de las tareas domésticas o de ayudar en el campo o con los animales, en lugar de ir a la escuela. Aún sigue trabajando por las mañanas, pero ahora va a clase por la tarde y empieza a ganar confianza en sí misma.

Puede haber un futuro distinto para Amina, y para millones de niñas como ella. Seguimos trabajando para hacerlo posible.

Blanca Carazo responsable de programas de UNICEF Comité Español.

 

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