‘La hija del tiempo’: la Historia como enigma y pasatiempo

Retrato de Ricardo III (aprox. 1520) WIKIPEDIA

Como os anunciaba, a partir de ahora los viernes serán, en XX Siglos, día de recomendaciones y reseñas librescas. Las habrá de dos tipos: la primera, como con la que arranco hoy, será la recomendación de una gran novela, ensayo o cómic histórico que os recomiende sin reservas, da igual que sea reciente o antiguo. También habrá otros días en que agruparé pequeñas baterías de reseñas de obras más o menos recientes.

Elegir la novela con la que comenzar estos viernes de recomendación fue más complicado de lo que puede parecer. Por un lado, quería que fuera una novela memorable. Por otro, quería que mostrara el concepto abierto y amplio de ficción histórica que siempre he manejado en este blog. Y así llegué a esta primera novela recomendada: La hija del tiempo, de Josephine Tey (la última edición es de Hoja de Lata, 2020, con traducción de Efrén del Valle).

Tey -su nombre real era Elizabeth Mackintosh- es una de las grandes damas de las novelas de misterio británicas (junto con Agatha Christie, Dorothy Sayers y Ngaio Marsh).  Esta dramaturga y escritora escocesa, que fue adaptada al cine por Hitchcock, es mayoritariamente recordada por esta novela de la que hoy os hablo. Fue, en 1990 y casi 40 años después de la muerte de su autora, elegida como la mejor novela de misterio de todos los tiempos por la asociación británica Crime Writers’ Association. Ahí es nada.

Pero, ¡un momento! ¿Una novela de misterio? Sí, y si la he elegido es, precisamente, porque es una novela de misterio con alma de novela histórica, aunque no sea en ningún modo una novela convencional de ambos géneros.

Había oído hablar de esta novela desde que salió con su anterior edición en España (en la Serie Negra de RBA), pero nunca me había llamado la atención. Fue hace poco cuando nuestro amigo, el divulgador Daniel Fernández de Lis, la mencionó en su estupendo artículo Doce autores de novela histórica para adentrarse en la historia de Inglaterra, que publicó aquí en XX Siglos, cuando despertó mi curiosidad e inicié el camino para, poco tiempo después, adentrarme en esta novela fascinante.

La hija del tiempo nos presenta al celebre detective de Tey, el inspector de Scotland Yard, Alan Grant ingresado en un hospital tras un accidente en acto de servicio. Aburrido, hastiado por su postración, una amiga le trae libros y postales para entretenerse. Una de ellas es un retrato de Ricardo III. Y mirando, mirando, acaba por querer resolver el mayor crimen nacional de la Historia de Inglaterra: la desaparición y asesinato de los llamados Príncipes de la Torre. Sobrinos de Ricardo III, retenidos en la Torre de Londres, herederos a la corona y que desaparecieron de la faz de la tierra. La Historia posterior condenó el crimen al monarca.

Tey y Grant convierten la Historia y un crimen del pasado en un entretenimiento intelectual para pasar el rato, pero más allá de sus elucubraciones y teorías, lo que logran es ahondar en nuestra forma de mirar al pasado y hacer más historia que muchísimas ficciones históricas. Porque, en el fondo, lo que logra esta novela es lo que pretenden las novelas de nuestro género favorito: dar vida y sentido, hacer carne un pasado que es imposible reconstruir.

Y en ese camino examinan de una manera crítica y aguda cómo se crea la historia, cómo la recordamos . Debería estudiarse en las facultades.

Quizá el ser escocesa haga que Tey tenga esa mirada despreocupada sobre Ricardo III y su tiempo, que rompa mitos shakespereanos y nacionales ingleses en pos de una verdad a la que es imposible llegar. Porque ya sabemos que, en muchas ocasiones, nuestra partida de nacimiento nos nubla para ciertas labores: pienso en el genial autor francés Éric Vuillard, un auténtico renovador de la ficción histórica europea, dotado de una mirada de cirujano, crítica y rabiosa, al mirar al nazismo o la Primera Guerra Mundial, pero que resulta mucho más dócil, más manso, cuando relata un mito nacional galo como la toma de la Bastilla.

La hija del tiempo, como decía, no es una novela de misterio convencional -el crimen es, en realidad, irresoluble porque testigos y sospechosos llevan 500 años muertos- y tampoco una ficción histórica -está ambientada en el tiempo de la autora-. Pero el alma de los dos géneros está grabada en cada página de este maravilloso juego intelectual donde no hay nada, realmente, en juego salvo la verdad. Ni más ni menos.

Tey es cristalina y un analista de primera, cuyas reflexiones viven y el lector de hoy las lee como si estuvieran escritas para este siglo XXI.

Es raro, pero cuando le cuentas a alguien la verdad sobre una leyenda no se indigna con el narrador, sino contigo. No quieren que les desbarates sus ideas. Creo que les produce inquietud y se ofenden, así que lo rechazan y se niegan a pensar en ello.

Apliquen esa frase escrita a principios de los años 50 a nuestro siglo XXI de las redes sociales y las fake news. Pero la gran mayoría de brillantes sentencias tienen como objetivo la Historia…

La verdad no está en los libros de historia, sino en los libros de cuentas

Historiadores y divulgadores seguro que asentirán con la cabeza al leer reflexiones como esta:

Me refiero a que toda la gente que no ha leído un libro de historia desde que terminó el colegio se creerá con derecho a pontificar sobre lo que usted ha escrito. Le acusarán de lavar la imagen de Ricardo. “Lavar la imagen” tiene unas connotaciones despectivas que no tiene la palabra “rehabilitar”, así que hablarán de lavar su imagen. Algunos consultarán la Enciclopedia Británica y se sentirán preparados para indagar más en el asunto. Más que despellejarlo, acabarán con usted. Y los historiadores ni siquiera sabrán que usted existe.

También la ironía y mala leche de su autora (en palabras de su personaje Grant) tiene dardos para la novela histórica tradicional…

Además, era la forma casi respetable de ficción histórica, que se reduce a un relato con diálogos, por así decirlo. Se trataba más de una biografía imaginativa que una historia imaginada. Evelyn Payne-Ellis, quienquiera que fuese, había añadido a la obra relatos y un árbol y, por lo visto, no había intentado lo que Grant y su prima Laura denominaban de niños “escribir a la manera isabelina”. No había “por nuestras señoras”, ni “natalicios”, ni “bribones”. Era un relato honesto que denotaba buen criterio.

Porque en el fondo, toda esta novela va sobre la falsedad, sobre la impostura con la que tantas veces se construye la historia. Grant se convierte en un pepito grillo de nuestra mirada sobre el pasado y nos hace reflexionar sobre cosas tan aparentemente obvias como desconfiar de las fuentes o buscar las intencionalidades de las mismas.

Por eso me sorprenden los historiadores. Parecen no tener talento para discernir la verosimilitud de una situación. Para ellos la historia es como un espectáculo con figuras bidimensionales sobre un fondo lejano.

Incluso el protagonista Grant y su particular Watson -un joven historiador estadounidense enamorado de una actriz que le trae documentación a la habitación del hospital- construyen una categoría histórica llamada los Tonypandy (llamada así por los disturbios ocurridos en la localidad galesa de ese nombre). Grant lo describe así: “Una historia absolutamente falsa que ha adquirido tintes de leyenda porque los hombres que lo sabían miraron hacia otra parte y no dijeron nada”.

¿Cuáles son las hipótesis de Grant? ¿A qué conclusión llega? ¿Condena o exonera a Ricardo III? Eso, os lo dejo a vuestra lectura. En realidad, las conclusiones sobre el crimen a las que llega Grant -y que son indemostrables- no es lo importante. Lo realmente importante, como ocurre siempre en la literatura es el viaje. Y este viaje intelectual al pasado es una divertida y deliciosa genialidad.

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1 comentario

  1. Dice ser Caradoc

    No pinta mal, parece un enfoque muy distinto a la típica novela medieval… Por otro lado, suelo desconfiar un poco de las novelas de corte “Ricardian” porque a veces Ricardo es presentado como excesivamente bueno, un santo rodeado de lobos, y otros (Enrique VII, Elizabeth Woodville, Margaret Beaufort) cargan con sus culpas… La verdad que las novelas de la Guerra de las Rosas son en ocasiones un campo de batalla ideológico, es un tema con cierta polémica allá en UK… Pero el hecho de que sea una investigación desde el siglo XX no se, lo hace más atractivo, ¿no? Incluso para las personas que no sean muy “fans” de la novela histórica. Me lo apunto.

    15 febrero 2021 | 20:10

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