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"La historia es una forma más de ficción"
Jorge Luis Borges

Carlos Aurensanz: “El rigor histórico es necesario, pero llevado al extremo puede matar la novela”

Carlos Aurensanz (© BLANCA ALDANONDO)

Carlos Aurensanz (Tudela, 1964), veterinario en activo (y no es el único profesional de este campo que cultiva la ficción con éxito, ahí está también Gonzalo Giner) y autor conocido en España desde que publicara en 2009 su primera novela, Banu Qasi, arranque de su carrera literaria y de la célebre trilogía del mismo título. Nueve años después, regresa con su sexta novela El rey tahúr (Ediciones B, 2018), donde nos traslada su ciudad natal, Tudela, en tiempos del rey Sancho el Fuerte…

Esta úlitma novela gira en torno a la figura un rey, Sancho el Fuerte… ¿Cuándo se cruzó este rey en la vida de Carlos Aurensanz y pensó, ‘da para una novela’?

Sancho el Fuerte forma parte de mi vida desde que tengo conciencia, no en vano es un rey tudelano, estableció la corte del Reino de Navarra en mi ciudad natal, y me tropiezo con su imponente escultura cada vez que salgo de casa. Tras cuatro novelas históricas ambientadas en Al Ándalus, y ante la decisión de acometer un cambio de época, el siglo XIII durante el reinado de Sancho era sin duda una elección cantada. Lo cierto es que aquel momento de la historia y el entorno del rey da para una novela y para diez más. Su propia hermana, Berenguela de Navarra, casó con Ricardo Corazón de León durante la III Cruzada y se convirtió en reina de Inglaterra, una peripecia que bien merecería ser novelada.

Y en ese mismo esfuerzo, trata de desmitificarlo… En su retrato, ¿cuánto de historia y cuánto de trabajo literario hay?

Sancho ni siquiera es el protagonista principal de la novela, sino un secundario ‘de lujo’. Y no he querido retratar al monarca del que todos hemos oído hablar, al caudillo triunfante en Las Navas de Tolosa, sino al rey más humano sometido a las incertidumbres, cargas y servidumbres de su responsabilidad, y preso de las mismas pasiones y yerros que el resto de los mortales. Todo ello está basado en los datos históricos de los que disponemos acerca de aspectos como su proverbial avaricia (que le sirvió para enriquecer al reino), su afición a los placeres carnales (murió sin descendencia legítima, pero fueron numerosos sus hijos bastardos), o su falta de compromiso con Roma a la hora de poner por delante la fe frente al odio que siente hacia otros reyes cristianos que amenazan al pequeño reino.

El rey es secundario de lujo, pero el marco indudable de la novela es Tudela…

La Tudela de principios del siglo XIII es un marco ideal para una novela medieval. Hace 80 años que ha sido arrebatada a los moros y todo está por hacer. El Batallador le había concedido un fuero especial que atraía a nuevos pobladores francos a un lugar donde todo está por hacer: las mezquitas han de transformarse en iglesias, la alcazaba en el castillo que albergue la Corte del rey, la orden del Císter se está implantando en nuevos monasterios muy próximos, y tanto Templarios como Hospitalarios miman sus feraces encomiendas del Ebro para financiar la cruzada que está en marcha en Tierra Santa. Y la magnífica colegiata, que se alza sobre los cimientos de la mezquita mayor de la ciudad, cuya construcción se convierte en el centro de la trama.

Y hablando de tahúres y de juego, ¿era esa ciudad un Las Vegas medieval?

No es difícil imaginar una ciudad bulliciosa, repleta de pobladores que se emplean en la construcción casi simultánea de 20 templos, el puente de piedra sobre el Ebro, la fortaleza del rey Sancho, las cercanas encomiendas y monasterios: canteros, albañiles, escultores, herreros, leñadores, carpinteros, artesanos, comerciantes que llegan a la floreciente ciudad remontando el río desde Zaragoza… Con la bolsa de todos ellos repleta de monedas en el fondillo, las noches en las cantinas, los burdeles, las tafurerías no debían resultar aburridas. La idea de que el juego debió de florecer enormemente en la ciudad es confirmada por el interés que el propio rey demuestra en él como forma de recaudar tributos para las arcas del reino… y en la representación en el infierno de la Puerta del Juicio de dos escenas en las que los tahúres, provistos de dos tableros de Tabla Real (un juego similar al backgammon actual) sufren el castigo por su pecado.

Hay cierto pergamino en su novela, del que no hablaremos por aquello de no desvelar, pero que es todo un mcguffin

Así es, pero algo sabemos de él antes de llegar al desenlace: que es un viejo pergamino escrito en árabe que aparece oculto bajo el mihrab de la vieja mezquita en el momento de su demolición para alzar la colegiata en su lugar. Y que el conocimiento de su existencia, sea cual sea su contenido, desata la ambición por su posesión por parte de reyes, eclesiásticos, órdenes militares, soberanos almohades y el mismo Papado.

Lleva la historia, en su conclusión, hasta el presente… ¿Porque la historia se lo pedía?

Porque me pareció la manera más adecuada de revelar al lector el motivo por el que ese pergamino, eje central de la trama, había despertado la ambición de todos los protagonistas de la novela. Y porque con esa excusa, puedo explicar al lector el proceso de génesis de la novela, algo que me parecía de interés, al margen de la nota del autor que aparece al final.

Le leo que esta es su novela con más ficción… ¿Es, entonces, su obra histórica más arriesgada?

El rigor histórico, un término que siempre aparece cuando hablamos de narrativa histórica, es imprescindible en una obra como esta. Pero no podemos olvidar que estamos leyendo ficción. Llevado al extremo, puede terminar matando a la novela y convertirse en ‘rigor mortis’. La documentación es profusa, los acontecimientos históricos se relatan tal como acontecieron, pero nadie sabe como transcurrieron las cosas en realidad en el acontecer diario. Es lo que debe recrear el novelista, y el lector sabe en todo momento que está asistiendo a una recreación. Creíble, coherente, posible… pero ficción. No obstante trato de protegerme contra los equívocos diferenciando en el ‘dramatis personae’ a los personajes históricos de los ficticios, y dando una cumplida explicación en la nota final de autor.

Le siguen diciendo “el autor de la trilogía Banu Qasi… ¿Motivo de orgullo o ya cansa?

Sin duda es un orgullo. Fue la obra que me abrió las puertas del mundo editorial por el éxito de crítica que obtuvo, y eso me ha dado la oportunidad de seguir contando historias que me apasionan. Muchos lectores me han conocido por estas últimas, ‘Hasday, el médico del Califa’ y ‘La Puerta Pintada’, y a través de la frase que citas han llegado a la trilogía.

En el último año, algunos escritores de novela histórica están asumiendo su papel en la construcción del relato histórico de la sociedad y haciéndose más visibles en estos debates… ¿Es un buen síntoma o hay cosas que se deberían dejar a los historiadores?

En este asunto soy muy prudente. Los novelistas que no somos historiadores tenemos un conocimiento parcial de la realidad, y carecemos de las herramientas y recursos que sí han adquirido quienes han dedicado toda su vida a la Historia. No renuncio a trasladar en mis novelas mi propia visión, pero nunca con el ánimo de sentar cátedra, y sí en cambio con la absoluta humildad de quien profundiza en un personaje o en una época histórica tras un aprendizaje intensivo, manejando toda la documentación a tu alcance, pero en un proceso que como mucho puede durar un par de años. De ahí mi prudencia. Y eso presuponiendo honradez intelectual a todos los novelistas, pues esa construcción (o reconstrucción) del relato histórico puede bien obedecer a motivos espurios.

No solo es escritor de novela histórica, sino también lector. ¿Qué cree que debe caracterizar a la gran novela histórica?

Es la pregunta del millón, la más difícil de responder por el riesgo de caer en los tópicos, las reiteraciones o, por el contrario, de dejarte en el tintero aspectos fundamentales. Pero lo intento recurriendo a un término que acabo de utilizar hace un momento, que es la honradez intelectual del autor. Eso conduce a la fidelidad a los hechos históricos, a una esmerada y profusa documentación y a una búsqueda de la originalidad en los contenidos. El lector de una buena novela histórica debe verse trasladado de época, ser extirpado de la realidad que le rodea y convivir con los personajes que pueblan la trama, de forma que al pasar la última página sea costoso volver al presente y aparezca el deseo de regresar allí de la mano del autor.

¡Buenas lecturas!

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