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"La historia es una forma más de ficción"
Jorge Luis Borges

Gran Guerra versus Segunda Guerra Mundial

Soldados serbios toman posiciones en el frente de batalla, durante la Batalla de Cer, también conocida como Batalla de Jadar (Serbia), que libraron el Ejército austrohúngaro y el Ejército serbio. Esta fue una de las primeras batallas de la Primera Guerra Mundial y supuso la primera victoria aliada. (GTRES)

Francisco Melero (Barcelona, 1974) es un escritor embarcado en el proyecto literario Amapola Negra, una tetralogía -de la que ya están publicadas las tres primeras novelas editadas por Gregal– que narra la Primera Guerra Mundial desde una diversidad de puntos de vista de los dos bandos contendientes.


Primera Guerra Mundial vs Segunda Guerra Mundial

Por Francisco Melero | Escritor

Después de más de una década sumergido en el desconocido y casi olvidado universo que envuelve a la Primera Guerra Mundial, me asalta cada día con mayor intensidad una pregunta concreta. ¿Por qué el principal conflicto bélico de la humanidad ha pasado tan desapercibido en el conjunto de la historia?

De la infinidad de luchas, divergencias y batallas que el hombre ha mantenido desde el origen de la especie, algunas han tenido cierta trascendencia que les ha valido ser recordadas siglos después de producirse. Nuestro viejo continente es prolijo en ese aspecto. Pero nada puede compararse con las magnas confrontaciones que parió el pasado siglo XX, en el que se concentraron las dos guerras más catastróficas jamás conocidas, las denominadas con el nombre ampuloso, aunque real, de Guerras Mundiales.

Y de las dos, la fama épica que rodea a la segunda es muy superior a la de la primera, en lugar de repartir el conocimiento entre ambas o incluso de explicarlas como un conjunto único dividido en dos periodos temporales interrumpidos.

Por supuesto se dirá que la Segunda Guerra Mundial es más reciente y por tanto es natural que despierte más interés. Asimismo, se insistirá en señalar que la figura capital de Hitler es tan potente como para que, por sí solo, el conflicto creado para acabar con él merezca la preeminencia. Incluso alguien argumentará que las armas y tácticas bélicas exhibidas en esa guerra son despampanantes, con la guinda final del uso de bombas atómicas. Pero no comparto ninguno de esos argumentos, porque la relevancia de un conflicto bélico se mide por las consecuencias acarreadas y su repercusión en el futuro inmediato y a medio plazo de la sociedad que la vive, y no por lo mediático que con el devenir del tiempo este se haya convertido.

En ese sentido, la todavía denominada Gran Guerra (por algo será) representó, entre otras cosas, la caída de cuatro imperios, la reestructuración geográfica de todo el continente, el cambio de poderes en el orden internacional, la puesta en marcha del embrión que derivaría en la ONU y, en definitiva, el paso de la sociedad desde una vida arcaica prolongada durante siglos a una vida de rabiosa modernidad donde la máquina no solo acompañaba, sino que ya era insustituible e incluso comenzaba a sustituir.

Además, es obvio que la intrahistoria de la Gran Guerra es mucho más rica y variada que la de la Segunda Guerra Mundial. Para empezar, sus causas son difíciles de dilucidar si no se tienen en cuenta toda una serie de variables: políticas, como las alianzas entre naciones que a la postre las arrastraron a cumplir las obligaciones adquiridas; geográficas, como las derivadas del ansia expansionista de los países europeos que se agravaron en el comienzo del nuevo siglo; armamentísticas, para dar salida a un descomunal arsenal almacenado por los países con el paso de los años; estratégicas, como la voluntad de Gran Bretaña de no permitir que Alemania construyera una flota marítima que rivalizara con la suya en los mares, o la animadversión de Alemania hacia Francia.

Mirado con perspectiva, la Gran Guerra comportó la ruptura abrupta y traumática de un proceso que había conducido a Europa al zénit de su esplendor, cultural, científico, médico, social, es decir, al máximo de bienestar y esperanza de felicidad que cualquier ciudadano aspiraría a lograr. Y ello gracias a los avances tecnológicos y progresos de todo tipo de finales del siglo XIX y principios del XX. Sin embargo, en lugar de usar ese magnífico bagaje en positivo, para afianzar la mejora y sostenerla, se acabó empleando de la peor de las maneras, contra la propia civilización que se había esforzado por trabajar en el avance.

El halo de romanticismo que envuelve por completo a la Gran Guerra, y que sorprende en materia bélica porque no se ha dado en ningún otro conflicto armado anterior ni posterior, llega hasta el punto de que la misma, una vez desatada, fue concebida como una guerra necesaria que pondría fin a todas las demás guerras futuras, es decir, sería la última guerra. Un ejemplo de esto es que los soldados de ambos bandos se alistaban voluntarios entusiasmados de participar en ese hecho histórico singular.

Fotografía de la Batalla del Somme, durante la Primera Guerra Mundial (GTRES)

Fotografía de la Batalla del Somme, durante la Primera Guerra Mundial (GTRES)

Entonces, ¿por qué la Segunda Guerra Mundial sigue teniendo una presencia omnipotente y la Gran Guerra una tan secundaria? La respuesta la encontramos en un concepto que responde a la lógica de nuestros tiempos actuales: visibilidad.

De la Segunda Guerra Mundial existe abundante material visual, literario y sobre todo cinematográfico que la ha situado entre las grandes referencias de nuestra cultura general. Está presente. Todos, como mínimo, hemos visto alguna película relacionada directa o indirectamente con ella. En cambio, respecto a la Gran Guerra, a pesar de que si se busca con ahínco se encuentra más producción de la imaginada, en realidad los títulos de cabecera de cada una de las especialidades son escasos y de una importancia global relativa.

No obstante, conviene recordar que la segunda Guerra Mundial es una derivación directa de la Grande, su continuación veinte años después, al no haber cosido adecuadamente la herida abierta con la primera parte en los países perdedores. Y asimismo, la práctica totalidad de las armas y elementos utilizados en ella existían o se inventaron en la Gran Guerra, de modo que únicamente se incrementó su tamaño, potencia o poder mortífero.

Por lo tanto, creo que es misión de quienes hemos tenido la fortuna de adentrarnos en el peculiar ambiente de una guerra tan única, tan decisiva, tan brutal, tan poco deseada, como es la Primera Guerra Mundial, dar a conocer a nuestra generación actual y también a las futuras un legado exclusivo de lo que fuimos hace solo cien años, aunque sirva siquiera para que evitemos la tentación de repetir la pérdida de cuantas bondades se han conseguido en las últimas décadas. Invito a todo el mundo a acercarse a una época y a unos hechos apasionantes que le harán plantearse si en realidad la segunda parte del conflicto merece la preponderancia que se le ha concedido.

*Las negritas en el texto son del bloguero y no del autor del mismo.

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1 comentario

  1. Dice ser Godofredo

    Bien dicho

    06 agosto 2018 | 01:18

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