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"La historia es una forma más de ficción"
Jorge Luis Borges

Erotismo en la novela histórica

Fotograma de la serie Outlander.

Yolanda León, es escritora. Ha escrito la novela la romántica-histórica con alta carga erótica Los límites de su consentimiento (Phoebe, 2016), ambientada en la Xàtiva de la Guerra de Sucesión española.


Erotismo en la novela histórica

Por Yolanda León, escritora | Twitter: @Yolanda_Leon_

Todos podemos recordar el todavía reciente apogeo de la literatura erótica, con el “boom” comercial de la trilogía de Las Sombras de Grey y un sin número de títulos que han ido surgiendo tras su estela. Esta es una literatura que podría encuadrarse dentro del subgénero de la romántica adulta, visiblemente enfocada a un público femenino, cargada de tópicos y a la que muchos han criticado por su baja calidad. Sin embargo esto no deja de ser otro tópico en sí mismo, o la imagen distorsionada que nos han pretendido vender: la del sexo por el sexo, que nos lleva a confundir el erotismo con la pornografía, ya que muchas veces la delgada línea entre ambos géneros demasiado sutil en algunos casos, casi imperceptible.

La pornografía es la descripción pura y simple de los placeres carnales, mientras el erotismo es la misma descripción revalorizada, en función de una idea del amor o de la vida social, por lo que todo aquello que es erótico puede resultar pornográfico. Aquí se hace  mucho más importante distinguir entre lo erótico y lo obsceno. En este caso se considera que erotismo es todo aquello que vuelve la carne deseable, la muestra en su esplendor o florecimiento, inspira belleza, la imagen de un juego placentero; mientras que la obscenidad devalúa la carne, que así se asocia con la suciedad, las imperfecciones, los chistes escatológicos, las palabras sucias…

Es sin duda, el abuso de este último factor, ese “todo vale”, lo que ha llevado a la devaluación del género, dando una imagen falseada, sesgada frente a una literatura erótica de calidad, que despierta los sentidos del lector, transportándolo a un mundo de sensaciones para su propio disfrute, en el que no se requiere de la exhibición de ninguna parte del cuerpo para ser conscientes de los placeres que de él se derivan y de los que puede gozar cualquiera que disfrute de la buena literatura, sin distinción entre hombre o mujer.

Y es que la sexualidad es algo que ha estado siempre presente en la literatura desde su más remoto pasado, ya sea como un género en sí mismo o, a través de pasajes en obras de todo tipo; como puede ser en la novela histórica o incluso en grandes clásicos como el Quijote de Cervantes o el Ulises de James Joyce.

El erotismo en sí no deja de ser una expresión más de la naturaleza sensorial del ser humano, y ha ido evolucionando a la par que lo hacía la moral a través de los siglos. Desde las expresiones más explicitas, como puede ser el papiro de Turín en el antiguo Egipto en el que se describen de manera gráfica todo tipo de prácticas sexuales, el Cantar de los cantares de Salomón donde ese juego de fabulaciones, la atracción y el deseo se disfraza de una forma tan sugerente y sutil que ha podido llegar hasta nuestros días como un libro sagrado de la Biblia, pasando por los versos de Safo, o los escritos de Cátulo, el Ars Amandi de Ovidio, por poner algunos ejemplos. Incluso en épocas como la Edad Media, en las que el oscurantismo impuesto por la moral cristiana hizo que el sexo se tratara como algo oculto y prohibido, surgieron obras en las que la sensualidad está marcadamente presente como es el caso de El Decamerón de Boccaccio, El libro del buen amor del Arcipreste de Hita, el Tirant lo Blanch de Joan Martorell o La Celestina de Fernando de Rojas. Con la llegada del siglo XVIII y su espíritu libertino, el género vivió un auténtico auge. Es aquí donde surgen publicaciones en forma de cartas entre nobles, una serie de lecciones en las artes de la seducción, insinuantes y de cuidada redacción como Las amistades peligrosas de Cholercos de Laclos en la que la mujer se convierte en la presa que hay que conseguir y que al final siempre cede ante su captor, Fanny Hill; Memorias de una mujer galante, del inglés John Cleland que narra con todo detalle las vivencias de una prostituta y, el más conocido, Marqués de Sade, quien a través de sus relatos explora la sexualidad en sus formas más extremas e incluso violentas. Sin embargo, bajo esta apariencia pornográfica y el elogio del vicio se esconde, en realidad, una virulenta crítica a la sociedad del antiguo régimen, que le valieron algunos años en La Bastilla. El siglo XX estuvo marcado por la lucha continua entre la censura y la imparable liberación sexual. ¿Quién no ha oído hablar de Lolita de Nabokov, los Diarios de Anïs Nin o Historia de O de Pauline Réage? Estos autores tuvieron que enfrentarse a la polémica y la crítica social pero abrieron el camino a los que vinieron después.

En la actualidad la narrativa erótica vive un auge sin precedentes, llegando incluso a copar las listas de libros más vendidos, pero por desgracia, las ventas no siempre van parejas con la calidad y si con una narrativa burda, soez y explicita que constituyen burda pornografía para lectores que no quieren nada más que una mera distracción.

Un buen relato erótico, con calidad y bien escrito, puede entrelazarse y complementar la narrativa aportándole valor, da al lector un apoyo para promover sus propias fantasías que aflorarán en la medida en que esas sugerencias y movimientos del relato lo vayan seduciendo. Mucho más en novela histórica, donde la forma de vivir la sexualidad ha venido condicionada por la moral y las creencias de la época en la que se desarrolla la trama, haciéndonos más creíble la misma y haciendo que el lector conecte con los personajes a un nivel mucho más personal, más sensorial para empatizar con los mismos a un nivel mucho más profundo y sin necesidad de caer en prensentismos que adulteran el contexto histórico.

Como no viajar a la corte de  la reina Cleopatra sin imaginar esos encuentros fogosos con Marco Antonio que decidieron el destino de un imperio. La vida en la antigua Roma sin sus banquetes y bacanales en los que tanto hombres como mujeres se entregaban a un total desenfreno. O visitar Al-Andalus y el palacio del Rey Lobo sin asomarse a su harén y a los mil y un placeres que le brindaban sus concubinas y la más deseable de sus favoritas.

Sin duda la narrativa erótica ofrece al autor de novela histórica que se atreva a explorarlo un sinfín de posibilidades para que su escritura pueda perdurar en la memoria y en los sentidos de sus lectores que, sin duda, dará sus frutos.

*Las negritas son del bloguero, no de la autora del texto.

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1 comentario

  1. Dice ser ya se ve al lulululuz

    Oh, qué malo es el mundo de los placeres y los sentidos.
    El ser humano perfecto ha de renunciar a todos ellos para ser la criatura cima de la evolulululución.

    26 enero 2018 | 11:50

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