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"La historia es una forma más de ficción"
Jorge Luis Borges

Los Goku y Christian Grey de la Antigüedad: las sagas celtas

Cruz Celta del siglo XII en la iglesia de Kilmalkedar (Irlanda).

Cruz Celta del siglo XII en la iglesia de Kilmalkedar (Irlanda).

Los caminos de la Historia y la ficción histórica son extraños y sorprendentes. Así que explicar qué comparación posible tienen Goku o Christian Grey con las sagas celtas irlandesas se lo dejo a nuestra firma invitada de hoy, la escritora Ana B. Nieto (Madrid, 1978), que está inmersa en una trilogía ambientada en la Irlanda del siglo V. Ya están publicadas La huella blanca y Los hijos del caballo (ambas publicadas en Ediciones B) y la autora espera publicar la tercera a finales de 2016.

¿Esto, pero en versión gaélica y del siglo V?

¿Esto, pero en versión celta y del siglo V?

Charlando con Ana sobre su obra, sacó a colación las sagas celtas que estaban muy entroncadas con sus novelas. El tema y la forma tan especial de explicarlas (tan llena de referencias pop actuales) me resultaron tan interesantes que la invité a participar en las firmas invitadas de este blog y aceptó. Así que hoy, nos marchamos a la Irlanda del siglo V, a un territorio entre lo histórico y lo mítico, marcado por el combate entre el mundo celta y el cristiano…

 


 

Las sagas celtas: por encima de lo humano y lo divino

Por Ana B. Nieto

Sus cabellos tienen tres colores: marrón cerca de la cabeza, rojo en el medio y amarillo dorado en los extremos, y completamente de punta. Un ojo se retrae en su calavera “tan profundamente que ni siquiera una grulla lo podría sacar con el pico”, mientras que el otro, donde brillan siete pupilas, ocupa toda su mejilla. Sus entrañas asoman por la boca, de donde salen chispas y ráfagas de fuego. Y desde el mero centro de su cráneo se lanza, todo humeante, un enorme chorro de sangre negra.

No se trata de Son Goku, el de Bola de Dragón, ni de un superhéroe metamórfico sacado de un cómic de X-men, sino del escasamente conocido Cú Chulainn, el Aquiles celta, en su furor de batalla. Conservado en la literatura irlandesa medieval, algunos estudiosos dicen que fue descrito después de observar un cometa.

Publicidad de Guinness y el campeonato de Curling que hace referencia a las sagas celtas.

Nadie duda de que nuestros superhéroes actuales son herederos de la épica y los mitos clásicos, pero, mientras que Ulises, Perseo o Hércules son conocidos por todos, no se puede decir lo mismo de los héroes celtas. Y es que las sagas de esta cultura son un auténtico tesoro por redescubrir, todo sal y pimienta para un lector de novela histórica.

Como en cualquier obra épica, todo gira en torno a las pasiones humanas. Un cóctel de aventura, ambiciones, celos, romance y un tema muy recurrente, el de las lealtades enfrentadas. La costumbre de enviar a los hijos en acogida, entre los 7 y los 14 años, como si fuera a un internado en Londres, acaba en conflictos inevitables entre las familias de origen y las de adopción (también presentes en la tradición germánica), que ponen a prueba la pasta del héroe. Y es en este contexto que se desata mucha de la violencia. El duelo entre Cú Chulainn y Ferdia, hermanos adoptivos, es el equivalente al de Aquiles y Héctor, y desprende un dramatismo y un lirismo excepcionales.

Pero no es solo violencia lo que encontramos en esta literatura. A través de ella tenemos acceso a costumbres, rituales, expresiones, humor, picaresca… un retrato completo de la sociedad irlandesa medieval, además de una ventana a un mundo muy antiguo, en ocasiones pre-céltico o incluso más allá, proto-indoeuropeo. Llaman la atención los paralelismos que se han encontrado entre los mitos, los dioses y las sociedades de la Irlanda antigua y de la India, extremos remotos, aislados y conservadores del mundo indoeuropeo. En este sentido, los textos de estas culturas nos dan pistas de lo que éramos en Europa antes de separarnos y convertirnos en lo que somos ahora. Son una ventana privilegiada a unos tiempos muy remotos.

Choca la naturalidad con que están descritas las aventuras sexuales de los protagonistas. En una sociedad donde las chozas eran comunes, no había intimidad tal y como la conocemos ahora. La obsesión por la fertilidad, auténtica clave de la supervivencia, está presente todo el tiempo. Las referencias a la hospitalidad sexual son frecuentes (las mujeres que reciben desnudas a los guerreros, los ofrecimientos de esclavas a los huéspedes o incluso hijas o esposas si se trata de nobles), el sexo en grupo, etc. Y, volviendo a Cú Chulainn, su lista de amantes y correrías le convierten en el auténtico Christian Grey de la antigüedad. No se escapa el héroe de los enredos cuando ellas se enteran de que el muchacho ha intentado estar en misa y repicando (y perdonen que utilice aquí esta expresión tan anacrónica al caso). Esclavas, señoras casadas, mujeres de los síde (pueblo de las hadas) e incluso diosas, sí. Aquí no se escapa nadie.

Y ahora es donde viene la mayor paradoja, la más sorprendente: todas estas sagas fueron puestas por escrito en tiempos cristianos, por los monjes, de su puño y letra. Muchas veces encontramos alguna pequeña moraleja en los versos finales. Comparando distintas versiones, más antiguas y más modernas, podemos ver pequeños detalles de censura (una de las amantes, en vez de ser una noble casada, pasa a ser una mera esclava, que parece menos pecaminoso), pero al fin y al cabo son eso, detalles. Las sagas, en esencia, apenas han sido alteradas. El respeto por la tradición oral y los cuentos es inmenso. Aquí, el saber queda por encima de lo humano y lo divino.

Lo único que puede distanciar al lector contemporáneo son las formas, que pueden ser algo ásperas, dependiendo del traductor. En este sentido, La huella blanca y Los hijos del caballo (dos primeras partes de una trilogía) las escribí intentando salvar este salto, continuando la tradición de la literatura irlandesa medieval, pero en un lenguaje ameno y asequible. Sin dejar el territorio de la novela histórica, para no entrar en lo fantástico, La huella blanca aborda el conflicto de lealtades del que antes hablaba, las luchas fratricidas, y es heredera de los grandes dramas románticos de esa tradición: Deirdre de los pesares (Ciclo del Ulster), Diarmait y Gráinne (Ciclo feniano) y más tarde Tristán e Isolda o Arturo y Ginebra. La primera parte es autoconclusiva y la segunda salta una generación, con una gran batalla como eje central, al estilo de Las dos torres de J.R.R. Tolkien. La tercera parte está en fase de correcciones.

Puedes seguir a la autora a través de su página web y su página de Facebook.

(*Las negritas en el texto son del bloguero, no de la autora del mismo)

Otras firmas invitadas en XX Siglos…

 

2 comentarios

  1. Dice ser zurulleros de mierda

    La forma de censura del 20 zurullos consiste en censurar al usuario directamente, sin que lo note, sus comentarios aprecen solo en su ordenador cuando tiene iniciada la sesión, pero los demás no pueden verlo.
    Que rastrero es el Fanegas de Torresandino

    29 Noviembre 2015 | 11:12

  2. Dice ser Gonzalo Calvo

    La raíz más antigua de los pueblos británicos, y europeos, no es indoeuropea, sino ibérica, tal y como demostraron análisis genéticos.
    Los indoeuropeos llegaron mucho más tarde, y se encontraron aquí a los aborígenes, Rh O+/-, afroasiáticos, mediterráneos, pobladores sapiens originales, hibridados con neandertales.
    No hagamos batiburrillos.

    29 Noviembre 2015 | 11:52

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