Desiertos de Gabriel Sopeña (Musickly,2024)

Gabriel Sopeña recupera una voz que nunca se perdió, entre el barrio de Casablanca y las mil vertientes del Moncayo, solo está el cielo, azul o nublo, según los dioses decidan. Sopeña con sus dedos cubiertos del barro del nylon, de los restos de óxido que atrapan las aleaciones que dieron origen a nuestra civilización, a occidente. Allí donde había guerra, él solamente quería escuchar disparos de besos. Gabriel Sopeña, cuando cada generación descubre el violín de Scarlet Rivera o el tumbao de Rubén Blades en una esquina del Harlem Latino, del Harlem español, siempre terminan en Sopeña. Lo sé porque yo fui uno de esos jóvenes. Atiborrado de Luis Alberto de Cuenca, soñando con la vida que prometía Gil de Biedma, Gabriel Sopeña me enseñó que se podía poner música al “Cantar de los Cantares” y sonara como los arreglos apócrifos de un disco perdido de Rick Rubin.

Cada día, en este disco, se nota más la influencia de la electricidad crepuscular, de los versos sapienciales, de las gafas oscuras que ocultan bellas arrugas. Sopeña no necesita que nadie le actualice permisos o dé sellos de calidad a una profesión que él mismo ha inventado. Es un vagabundo del Dharma, un habitante de motel como los que viajaban con Sam Shepard. Una máquina de cilindros cerámicos cuajada de estribillos y confesiones. Escuchar su disco es volver a las mandolinas y los aceites esenciales con los que los ángeles seducían a las ninfas del Mediterráneo, ánforas en las bandurrias, cuerdas tan apretadas que no hay falcata que pueda cortarlas en todo el desierto de Mojave. Y esas armónicas, afiladas en todos los tonos posibles, desde los que abren las puertas del Cielo hasta los que derrumban las murallas de Jericó. No hay un resumen posible, porque las guitarras acústicas son una muralla que amaga con detener cualquier lágrima que pretenda alterar los Desiertos del título, los colores son un discurso en sí mismo: violín, dulcimer, un ukelele travieso… Pero abre el disco “Nublo” y me recuerda a ese disco que grabó Jacques Brel cuando volvió a París para grabar “Les Marquises”, con la electricidad contenida y la sencillez instrumental. Así que nada de American Recordings para empezar. Más bien cantautor europeo eléctrico -que es una de tus facetas que a mí más me gusta, por cierto-. En Coartadas hay unas guitarras acústicas marca de la casa, como esas que Jackson Browne y David Lynch le susurraban a Roy Orbison en sueños. Tiene esa ida de las mil guitarras que en la música de raíces ha puesto al servicio de los cantores para hacer de sus poemas tres minutos de magia. Una crónica del día que Sopeña presentó Coartadas. Era el 29 de enero de 2010. Tú eres mi camino de Santiago tiene una apertura de dulcimer que sirve de conjuro perfecto para los coros y armonías vocales que invaden como un misterio la canción, como si la luna en su totalidad llamara a los chicos que han hecho del Cantábrico su hogar. Sopeña es parte de los que sobrevivieron a los ochenta y solo probó el Edén en cantidades justas, recuerda su sabor pero no lo extraña. Tuvo que ser difícil superar los ochenta y noventa, hasta que llegaron los Jayhawks a base de algunos discos de Tom Petty y las historias de Nebraska. El siguiente capítulo “Morir de piel” tiene todos los colores, las pinceladas, los arreglos, las especias que uno podría esperar en una canción con el objeto siempre de sumar, desde Boltaña a Valderrobles, pasando por el monstruo postmoderno que es el Actur, Sopeña recoge su condición de aragonés errante y cálido, que bebe lo que queda en los baldíos, que renuncia al Paraíso porque es más feliz con los pies en la tierra, aunque sea yerma y secana, pero que es todo fe, como el resto del disco...Zimmerman (OLDMANBOB) estaría orgulloso aunque no entendería más que el polvo de tus botas y amagaría con darle un toque gospel al estribillo. “Dame Fe”, aunque acelera el disco dentro del tono general, tiene un toque narrativo que funciona mucho mejor.

Esta temática confesional engarza con el siguiente tema del disco, el mejor en mi opinión, que es Desiertos: chatarra en el fondo del mar vacío, eso es un desierto. No hay peor arenal. Es un disco que recorre el todos los miedos a la ausencia. Un título perfecto, el de la canción y el disco. No existe la soledad, solamente para el que la canta. El que escucha siempre está acompañado. En las ruinas hay restos de tiempo y entre las arrugas, siempre belleza. Una cita: “Estás temblando frente a los años, como una serpiente de cascabel”. Gabriel Sopeña es legión, con sus coros mesiánicos -los créditos del disco devuelves a muchos de los habituales “fuera de la ley”, que aprendieron del maestro y ahora son parte de la banda-, que encumbran la idea de un Sopeña solista pero con los flancos cubiertos por unos buenos caballos, a veces salvajes, otras perfectamente listos para la pirueta de flema aristocrática. Un colchón de acústicas y una electricidad que salpica el tema como si fuera una tormenta de verano, refrescante, breve, siempre con esa media sonrisa amenazante. San Juan Mudéjar funciona en todos los niveles, las hogueras de San Juan y Teruel, como patrimonio y ajedrezado, de una sensualidad que confunde, como un profesional, el arte con el sexo, el arpegio con la arcilla, amanuense desde tiempos inmemoriales, las canciones notables siguen con una de las cumbres del disco, Si alguna vez me faltas: amor y abrazo, las dos ramas de la cruz. Como buen beatnik, no puede olvidar la Rosa de los Vientos, brújula del Mediterráneo, con esos coros infinitos, con ese aroma ligeramente mexicano, que envuelven con sentimentalidad perfectamente medida la idea de que no cuando alguien falta no hay lugar que pueda llamarse hogar. Por eso solo encuentra uno alivio en la carretera. Ceniza y brasas, ángeles que bajan en busca de alimento, las guitarras animistas y perezosas al modo T-Bone Burnett o el Daniel Lanois más orgánico. Tenía curiosidad de escuchar la versión final en estudio de la “Canción del matrero”, pero es la mejor interpretación vocal de todo el disco, esos silencios que deja la instrumentación, la idea de agotamiento vital, el violín y el bombo legüero, que deja huecos…lo dicho, lo que podría haber sido una canción excesiva, tiene los ladrillos necesarios, ni uno más ni uno menos. Y otra vez las armonías vocales. La idea del disco, “Desiertos” en los que se escucha la voz de la legión (por no llamar de los acólitos fantasmales que están muy vivos) en cada una de las armonías vocales de los coros… todavía recuerdo el día que lo estrenó en el patio de la Infanta, un concierto que no hubiera sido posible sin la complicidad de Magdalena Lasala, poesía pura, siempre. Fue un 14 de marzo de 2010. Como en una novela de Barry Gifford, construida a base de capítulos aparentemente deslavazados que acaban teniendo sentido, el disco se construye sobre la coherencia temática y “Luces blancas” es una buena muestra de ello. La idea de conducir hasta el final, autopista y esas voces que ahora son angelicales –qué gran trabajo con las armonías vocales, que permiten a la voz de Sopeña pasar del susurro al aullido con una red debajo que soporta cualquier deseo-, volvemos a hablar de fe y de religión, pagana y animista. Porque Sopeña de la luz divina solo toma la parte de la belleza, los elementos que nos hacen libres, la religión del hombre, como un Teilhard de Chardin atiborrado de mescalina en el CBGB cuando Joe Strummer pincha la canción del cierre.

Con el respeto que siempre me merece, “Yo solo creo en los martes”, a pesar del juego de palabras mitológico, me resulta demasiado esquemático en los arreglos y como diversión de estudio puede ser… Pero dentro del esquema general del disco, tan conceptual…no lo veo. Por otro lado, Las metáforas y ese estribillo con el canto a la “Si alguna vez me faltas” es bellísimo, vuelvo a encontrar las sirenas de la inspiración, el ron que se bebe acompañado, esa muralla de guitarras acústicas, el solo perfecto. Un fraseo muy inspirado, tiene todo lo que uno espera en una canción de Sopeña, para mí maravillosa. No es un disco de digestión sencilla, grabado sin saturación, dejando espacio para la respiración, los huecos son importantes. Instrumentistas en su sitio, gente que sabe y que no tiene que demostrar que sabe. El violín, las guitarras de Josu, Foncho se mueve en ese terreno del folk de palo pero con un ojo puesto en las raíces americanas. Encarna, Sopeña, la idea de la vida llena de rock y poesía. Siempre el primero, siempre el referente. El jueves, 30 de mayo, estará presentando su nuevo material en Las Armas, en Zaragoza.

Presentación de Sangre Sierra en el Teatro Principal. Su disco en directo, La vida es para los que arriesgan. Una reseña. Palabras sobre Máquina Fósil, programa de Hotel Margot sobre toda su obra o la colaboración en la Torre de Babel sobre La noche del Becerro.

Algunas palabras sobre Naturaleza muerta de Emilio Bueso (Ediciones B, 2024)

Emilio Bueso lleva mucho tiempo apagando hasta la última de las luces del pasillo. Lo dicen Javier Calvo y lo dice Mariana Enríquez. Ante eso, solo queda agarrar la linterna con las pilas más gastadas y descender las escaleras roídas que llevan al sótano. ¿Lo notas? Es el agua que se filtra desde la albufera. Naturaleza muerta es la nueva novela de Emilio Bueso publicada por Ediciones B.

Antes de empezar, unos cuantos datos históricos: De Vermis Mysteriis, un libro, un grimorio, del que solamente existen cinco ejemplares catalogados, está escrito por un nigromante Ludwig Prinn, que tras participar en la Novena Cruzada y ser capturado por los árabes, es iniciado en cultos perversos durante su encierro. Será en Bruselas donde el abominable texto es redactado, conteniendo un compendio de prácticas heréticas como la de permitir el paso a través de dimensiones de una criatura invisible que se alimenta de sangre humana.

«Recordar que en 1789. Un descendiente del predicador James Boon(que había guiado en 1710 a los miembros de una secta escindida del puritanismo a la fundación del enclave que llevará por nombre Jerusalem’s Lot), Philip Boone lleva a la aldea el libro De Vermis Mysteriis. En 1935. El grimorio De Vermis Mysteriis (Los misterios del gusano), vuelve a aparecer en manos de Robert Blake en Providence (estado de Rhode Island). En 1989, un antiguo pastor reconvertido en feriante, Charles Jacobs, parece poseer uno de los pocos ejemplares que quedan en circulación de De Vermis Mysteriis y su uso parece estar relacionado con misteriosas curaciones de las personas que acuden a su espectáculo de feria».

Comienzo de la década de los 20, del SXXI, Valencia (España). Estamos en la Albufera de Valencia. Llevamos varias novelas en los últimos meses que acercan a los misterios del Levante y al resultado del fenómeno ocurrido en Tunguska. Pero solo es casualidad. Como siempre. Arroz y aguas oscuras, sin fondo, alimentadas por el compostaje más nutritivo: carne, sangre y vino. O vida. Una mujer, superando su gusto por las sustancias con receta, escapando de enfermedades, dolores y pasado, se instala en una casa alejada de la urbe, en los recovecos que se niegan a ser mar. Solo el hermano, Alexa, la radio, son voces en su cabeza que la mantienen cuerda o la acercan algo más a la locura. La seguridad del teléfono móvil, el 4G, desaparece. Otra voz, la de MAO, gato y protector, mezcla maldad y auspicio. Recuerdas que hablé de Valencia como lugar de locura, como foco irradiador… sí, claro, solo hace unas líneas. Perdón. El agua encharcada es la mayor de mis fobias. Fermín y los cuadros que deja, esas estampas de cacería y desgarro. Siempre pasa, son siniestras pinturas negras, como si el plomo del agua de boca fuera el bebedizo favorito de los artistas. Saturnismo. Dice Alexa: “Que no te voy a pasar con la vigilante de seguridad, lunática de mierda, púdrete”. Pienso en el fondo, en lo profundo, en tierra hueca, desecha de barro, de carbonato cálcico, recuerdo los habitantes del subsuelo de la última novela de Iván Ledesma.

Pienso, claro, en mis años de ingeniería química, en el metano, el propano, el etano, todos los enlaces covalentes del carbono que traen la vida, pero también el fuego y las explosiones. Gusanos y manta de agua. ¿Recuerdas el último cuento del último libro de Mariana Enríquez? YO Sí. La manta de agua, el sexo con la anguila, los híbridos que salen de noche, caminando, palmeando, con su naturaleza anfibia. Seres de Providence en las cálidas aguas del Mediterráneo. Aquel tebeo de Alan Moore en el que todo se explicaba, quítate las lentillas, las bacterias del agua te pueden producir una infección terrible. Emilio Bueso es el penúltimo integrante del Círculo Lovecraft. Escríbeme una carta, dime cómo puedo entrar, ya sé que no podré salir. Es lo que todos deseamos ser.

El siluro, en las aguas atrapadas del Ebro, un poco más al norte, Amposta, donde íbamos los representantes de la papelera en busca de la materia prima: pasta de papel, reciclada y mezclada con el agua densa, tibia y marrón del delta. El Siluro, de dientes afilados y carne que no es carne. Porque no es pescado, es pez, que dicen los que saben de esto. Un estanque de caza (porque no es pesca, es caza), en el Ebro.

«Busco la frase, espero transcribirla bien “Chawdde-M´ell” y pienso en «Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn». Le doy vueltas al gas natural que hay bajo los pies y vuelvo a la ecuación fundamental: PV=nRT. La constante universal de los gases perfectos. Pero todo es imperfecto en las páginas del libro. Tierra hueca, ya lo he comentado antes, como en la serie de Monarch y como en el final de la AIDP de Mike Mignola».

La novela pierde algo de fuerza hacia el final, como si hubiera sido un cuento corto perfecto y los personajes se estiran, algo esquemáticos, cuando tenían espacio para poder ser desarrollados con más profundidad, pero esto es una Naturaleza Muerta, con angulosas locuras, pecando, quizá, de encajar todo con demasiada facilidad. Patas de gallina con un ojo de más, como una bruja rusa del folklore (Baba Yagá, claro), sopas de tubérculo picante, esas distancias medidas de manera no euclídea, geometría propia, sí, otra vez, del maestro H.P Lovecraft. Pero los sueños son un recurso, pero en el aislamiento uno encuentra paz y señales en ello: espantapájaros y marismas, el pánico frente al agua encharcada (ya he dicho lo que me produce). Despertar, qué imagen, cubierta de sanguijuelas. Pensar que hace unos cientos de año hubiera sido una manera de solucionar sus problemas mentales…

Y uno de los padres, el más importante, el mudo que no para de hablar: “Este pantano se te tragará, se te llevará contigo cuando llamemos al gusano”. Y recuerdo aquel proyecto con amigos, spoken word pánico y apocalíptico, Tunguska Experience. “La explosión podría haber sido…” Larvas, brujo, fragmentos apócrifos, rusos, muchos rusos, un apicultor que aparece y no ofrece su jalea. Una novela notable, nutricia para los amantes del terror español… para los que hemos leído a Bueso, nos deja con ganas de más. Porque el planteamiento, la idea, la localización es pura, magnífica… Pero, queremos saber más, queremos que las huevas crezcan, que la semilla que dejó la albufera eclosione en nuestro interior y nos devore con más fuerza.

Algunas palabras sobre Swimming underground (Mis años en la Fábrica Warhol) de Mary Woronov (Reservoir Books,2024)

Por Motel Margot han pasado Nico, Diane di Prima, Lester Bangs, la Velvet Underground, Lucy Sante y Paul Morrissey… ha pasado Andy, una y otra vez, pero recibimos con placer acelerado esta magnífica novela, ese anfetamínico diario, esta muestra de verdadera contracultura, editado por Reservoir Books, la historia de Mary Woronov, una de las Chelsea Girls, una visionaria que caminó por el verdadero lado salvaje de la historia.

Imaginad un instante, imaginad el final de los sesenta. Imaginad Europa, con los morros de Jagger, las pelis de Alain Delon, algo de la nueva ola, los Tours de Francia de Merckx. Imaginad, claro, los USA. Mucho más adelantados, embutidos en pastillas para adelgazar, leche, niños que van a Vietnam (sin saber si van a volver) y, sobre todo, la paz de los antibióticos. Mujeres en casa, hombres bebiendo destilados en el trabajo, felicidad y tarta de manzana. Nada, nadie, era imposible saber qué se cocía en lo más profundo del abismo, en Nueva York, donde sobrevivían los monstruos, donde la inocencia se cortaba con raticida y bencedrina, donde Andy, Andy caminaba y leía las revistas de moda, organizando todas las fiestas de mañana. Es que no me vale ni los desvaríos alcohólicos de Morrison, ni los últimos beatniks, por supuesto, nada del primer Dylan, asustado por el qué dirán de su metamorfosis eléctrica. Lo que pasaba en la Factory, en la fábrica de Warhol, lo que cuenta Mary, está fuera de cualquier designio, descripción o comportamiento conocido hasta entonces.

Será sencillo ser un punk en Londres, diez años más tarde, vestirse de mujer y cantar a la odisea espacial, un lustro después, quizá volver a los orígenes, a William Burroughs… pero no se puede comparar los Pegamoides, las cabezas parlantes, Jonathan Richman, Severin (y Siouxsie Sioux), las agujas australianas, las películas de Scorsese, ni siquiera los murales de Basquiat o el acid house. Me río de Irvine Welsh y sus chicos, de la soga de Ian Curtis, de Iggy Pop derribando el muro a cabezazos. Esto es puro, estas líneas, Mary, son material de primera: polaroids en blanco y negro, películas infinitas, chutas y vampirismo. Drella era la reina, Candy, Lisa, Caroline, todas querían decirle algo a Lou. Y Mary, ahí estaba, fustigada por el látigo de Gerard Malanga mientras suena Venus in furs.

 

Saco el deuvedé de “I shot Andy Warhol”, los que pensamos que el mundo era inocente hasta que llegó Bowie, con las vacunas, los peludos, los más tóxicos, superando a los Allen Ginsberg, estaban, como mucho, en un instante de Drugstore Cowboy. Gus Van Sant, perdonen el interludio, rueda la clase obrera de ese primer movimiento absolutamente farmacéutico, mientras suena Desmond Dekker. Drag Queens turbinas, epatantes hasta para el yonqui más pasado de New York, ¿Cómo llegaste hasta aquí, dulce, niña? Quizá, si pensamos en John Waters y Divine, solo en ellos, podamos encontrar las semillas (las malas) que germinaron después.

Una madre que recibe pastillas para animarse de su marido, el padrasto de Mary, y no puede dormir: teje, cocina, lee, no recuerda nada. Un tubo de esos, por cinco o seis pavos, menos si los compras en el Drugstore Adecuado… Gerard Malanga y los famosos Screen Tests, cuyos cortes originales ahora uno se encuentra en los museos más importantes de arte contemporáneo. Una vez más, los viajes a los Ángeles, en aquel castillo (ya hablamos de eso aquí, aquí… y quizá en algún sitio más), cuando el circo de freaks se dio cuenta de que el sol no les sentaba bien. Las risas con/sobre Zappa, “Venice daba lástima, llena de viejos en las últimas y yonquis acabados, juntos en los barcos y con la mirada perdida en aquel océano que les impedía seguir avanzando hacia el oeste”. ¿Cómo vas a comparar un poco de anfetamina, nasal o arterial, con el ácido? Pobre Tim Leary y pobres las chicas de Chelsea. El hotel, la película, el disco de Nico. Todas pasadas, todas aceleradas. Es sorprendente cómo se puede rodar unas películas tan soporíferas con todos los protagonistas a tal velocidad química.

 

 

Botiquines, el mítico Max´s Kansas City (con todas las grabaciones posibles de bootleg de The Velvet Underground). Dominic besando a un travesti, Ondine, que uno nunca descubre su sexo, tienes que leer las páginas varias veces, Mary, eres fabulosa, ¿por qué no te sientas a mi lado? No me llaman la reina de hielo porque sí. Todas las historias para niños tienen algo de Pervitin en la corriente sanguínea. Y es que el texto de Mary Woronov comienza como una especie d

e memorias para adentrarse, poco a poco, en un camino de desquiciamiento yonqui, de literatura de adicciones y visiones propias de una adelantada heredera de William Burroughs. Princesita de las tinieblas, se hace fuerte con sus compañeros de intoxicación en cualquier baño. Como si se fueran a terminar los días.

Ondine y la gente Topo, sacado de un remedo de Interzone, de la parte de la ciudad habitada por los insectos humanoides o los humanos que contienen insectos. Alejada de Drella, la mezcla entre Drácula y Cincerella (que dará título al disco Songs for Drella de John Cale&Lou Reed, minimalismo desacelerado para la época MTV), perdida, pero sabiendo lo que quiere, lo que necesita: química y acelerante de mamíferos. Jóvenes efebos que mueren electrocutados tras un atraco a la casa de un amigo, la casa de un amigo donde fallece una aspirante a modelo por una sobredosis de narcóticos y, unas horas más tarde, se produce una inesperada resurrección, de labios amoratados y visiones.

 

 

Ella es una más entre la colección de polillas que va desde las luces de los baños donde se chutan hasta los vidrios de las ventanas cuando se aparece la luz del día, confundidos, en un círculo infinito, como empalme entre frames de luz y oscuridad. Llegará el Quaalude para aliviar los episodios de pánico de las pobres amas de casa, llegará el momento en el que las líneas blancas serán la causa científica de la conversión de los topos en vampiros, María Callas y Ondine, siempre Ondie, capaz de encontrar los vasos arteriales en su propio ojo, mientras un poeta recita versos recortados de las babas de aquella chica que dejamos en la bañera, no hace mucho. ¿Un chute de leche? Equilibra lo tóxico con lo sano. Le daremos un funeral vikingo y seguiremos, iremos a por más, nos mandaremos en cajas de cartón repletos de sustancias y un millón de sellos en el exterior. Es más barato y rápido que volver a casa en autobús. Y es que el oscuro túnel siempre está cubierto de la tormenta de la familia. Es una historia de desarraigo, de encontrar un lugar donde sentirse parte de algo. Una muchacha con formación universitaria, unos padres de clase media alta y, ella, acaba como un proyecto de estrella adicta y sin ilusión. Hoy se habría hecho influencer, pero entonces, bastante hacía con llevarle la cajita con las pastillas amarillas, las especiales de Andy.

Había cruces para esa gente topo, pelos que se introducían bajo la piel y cruces sobre la espalda que hay que transportar día tras día, noche tras noche. No era fácil entrar, era casi imposible salir. La prosa de Mary Woronov tiene algo de terror, mucho de pánico, una pizca de amor no correspondido… el terciopelo está cubierto de fluidos. Cualquier persona con labios, con dientes negros, posee un aviso social más poderoso que una sirena, una alarma de peligro nuclear. No coma galletitas, fúmese mejor un cigarrillo. Por esa misma cultura las alucinaciones de Mary son refinadas, pero eso no le sirve de nada cuando comienza a compartir las zarpas de la vida con Twiggy (la de la portada de Pin Ups de Bowie, por cierto) o acaba almorzando en una cosa donde vive un cocodrilo (y digo almorzar cuando me refiero a chutarse, claro), encontrando, en su penúltima visita a casa, una plaga de insectos en la cocina familiar. Fumigar a los invasores invisibles un domingo, antes y después del asado, es una buena manera de obtener entradas en el panteón de los almuerzos sin ropa. Duquesas, Ondine, camellos, Mary, son las dos del mediodía y el cielo te parece negro, quizá no estés viviendo una vida, quizás estés experimentando un naufragio. Deja que uno de tus vecinos, sí, ese mismo, te lleve hasta casa de tus padres.

Así podrás contarlo unos cuantos años más tarde. Andy walking, Andy tired, Andy pinchándose cemento para construir la historia del mundo.

Cotidiana de Cigüeña (Repetidor, 2024)

Vivimos en un mundo aparentemente contemplativo, pero que asume la necesidad de una música contundente. Los discos de guitarras agresivas son la fuente primordial de un ritmo ajeno, de una sociedad desbordada, como una presa peligrosamente sobrepasada. De eso trata el LP de Cigüeña, con solo escuchar “La inclinación del sol”, el tema que abre el disco, uno se da cuenta de lo que tiene entre manos. Una batería que aplasta, unas guitarras que parecen promotoras de azotes eléctricos, la voz al borde de la explosión arterial, llega “El marqués” y llega la disrupción rítmica en “A la caza del octubre rojo”, casi de un virtuosismo heredado de los canónicos Picore, pero con un punto melódicamente clásico que los aleja de la experimentación purista para alcanzar espacios de punk rock, incluso de los dientes que raspan el metal. Pero, en un alarde de quiebro, una pieza instrumental, “Extraño lugar para la nieve”, parte por la mitad, antes de volver al trabajo, astilleros de la canción, altos hornos en “Movimiento (des)conocido”, con un fraseo mesiánico que no acaba de engancharme. Se escapan las letras bajo la capa de bajo enfadado en “Cosas que pasan”, casi en mitad de proclama que se ha quedado olvidada en una esquina, siendo, de todas maneras, mi preferida de esta grabación. Me gusta: “Las calles es casi nuestra/improvisé”. Me acerca a sus lugares, me hace compartir sus instantes y, en “Tras el velo” parece que existe unos segundos de calma, de saber llegar hasta el final de la jornada, turno de ocho horas y acabar en “Pantano corrupto”, casi un camino de Sonido Washington, de retumbar, de dar y de no recibir. Nadie te está pidiendo nada, Octavio. Cansado de esperar, cansados de las mentiras cotidianas. Reseñas de lugares y de tiempo en los que empiezo a sentirme ajeno. Sea “Fresquito y Mango” o sea Cigüeña.

Horizontes de Crisálida (Autoeditado, 2024)

Las historias van más allá de la distancia. En 2011 Crisálida sobre un escenario junto a Lana Lee. Canciones que son nebulosas, distancias, astronomía, festividades extrañas, el giro de que nos devuelve el día y la noche, pero druidas y sacerdotes, del tercer planeta. Qué habrá, agua, hombres, gravedad aumentada o disminuida. Crisálida, que recorrieron los caminos polvorientos (Náufragos en la ciudad en 2007 o La revolución de terciopelo en 2013 , ahora, van, con baterías y con vapor, con electricidad y acústicas, más allá de la Vía Láctea en su nuevo disco Horizontes.

Foto de Jaime Oriz

Crisálida nos habla de nómadas, vida microscópica, autómatas, nos presenta las historias de otros planetas, como si volviéramos a los años setenta, a la ciencia ficción de libros baratos. Como una especie de SOAP OPERA, una voz replicante, una voz que no sabemos si superaría el Test de Turing nos ofrece un texto, una introducción. Cierra los ojos y sumérgete. El primero lugar, la primera parada, Cortocircuito (número cinco), en los ochenta, el robot que tiene corazón, que quiere hacer neurología en sus resistencias codificadas, unas guitarras acústicas, un slide, un piano, todo se abre camino hacia la atmósfera cero de Lori Meyers, el recuerdo de los noventa, cuando David Bowie tenía miedo de los americanos, con una inflexión de intensidad sobresaliente en la voz de Alejandro, que es un salto cualitativo. La señora azul, las pastillas para el Mayor Tom, unas guitarras rítmicas entomológicas, nos adentramos en el terruño, donde los insectos tienen apetito, mezcla los delirios de Alicia. Sobrevive, para cualquier araña, mosca, gusano, la ciudad es un laberinto ineludible. Es curioso cómo trabajan, con los coros y los arreglos, para citar a Lorca y hacer rock en “Insectos en el aire”.

foto de Jaime Oriz

¿Qué es “Veterno”, son percusiones casi tribales, son, otra vez -qué bellas-, una pared de guitarras acústicas, un órgano que sostiene el acorde perfecto? Este planeta me recuerda a una ínsula, a las canciones con las que La Búsqueda se convirtieron en perfectos desconocidos, aunque plenos de plata y de serpientes. Belleza, así, sin más en “El verano”, canción para la lista de lo mejor del año. Una armónica dylaniana, oxímoron, centeno y cobijo, la luz que se abre como un cuchillo afilado en mitad de la pantalla que separa el día de la noche, así suena “El guardián de la noche-Centinela nocturno”. Nos recuerda que, más allá, puede haber un asteroide donde la noche dure para siempre y el alcohol se reparta entre los vasos y las lámparas. Hablaba la voz de “El jardín-hortus”, de esos destellos rítmicos, del crujido de la quitina, de las guitarras que entrecruzan eléctricas con acústicas. Suavidad, no ñoñería. Hay algo de casas del sol naciente, de imágenes que no había conocido en la obra de Crisálida. No pierden la esencia, pero ofrecen un salto cualitativo, atrevido y bello, cargado de inflexiones inesperadas. No es soft-rock espacial, no es la marca blanda de Vetusta Morla o Love of Lesbian, casi pienso más en los discos más oscuros de Gram Parsons o algunos de los momentos del final de los noventa, cuando se creía en la carretera con saturación y con limpieza, Uncle Tupelo o los Beachwood Sparks. Estribillos y puentes. Jazmín que deja un aroma magnífico, hasta llegar al final, al planetario último, la simulación perfecta, la que uno fabrica para no escapar, una canción que tiene algo de incendio, “Ojos siderales”, ¿te enamoraste de ella? ¿Y, ahora, qué? La Vía Láctea es tan grande como un garito al encender las luces, más cuestión de suerte que de matemática.

Algunas palabras sobre Habla terreña de Frank Stanford (Pre-Textos, 2024)

Mira cómo apunta alto mi propio nacimiento. Allen Ginsberg y James Joyce y Frank Stanford en su “Habla Terreña” editada por Pre-Textos, la muerte apuntando una cita en 1978, el mismo año de mi nacimiento, sin respetar puntuación ni ausencia, así que: ¿Qué lugar reclamas en este asterismo de emociones que se despliega a través de las páginas de la edición de Pre-Textos? En edición bilingüe y con la estupenda traducción de Patricio Ferrari y Graciela S. Gublielmone.


Lo encuentras, lo lees, lo saboreas, el óxido y el pantano: “Encontré a la muerte y al amor/colgados como perros en mi huerto/no tenía ni escoba ni agua fría”. La serpiente de leche, se enfrenta al fuego en mitad de la noche: “El esplendor de la luna sin lazos/ coagulando en el asiento del cupé”, se desliza la piel de la Humanidad cambiante y “Un cementerio muy cerca de la habitación del sordomudo” es como la equis del veneno destilado en un mapa de la mente del poeta.

Suena a culto de la Virgen del Pantano. Inhalando fuegos fatuos, metano y poco más, pero el borracho piensa que respira almas, así la lista crece, de pecados y frugales perdones, a duras penas, asmática la virgen y, de repente, un Diablo amable, acude a su encuentro, con un ventolín recién comprado. Todo parece cerrado, así que tuvo que buscar un lugar de guardia, le mordió el pezón y sus dientes tenían algo de papel de lija y todo aquel humo que emanaba del balde de plumas recogía los restos inservibles de la piel de la Humanidad. “Sunflowers abundant”.

Frank Stanford, con sus poemas que cortan como una hierba afilada, como el barro del motel, como los ojos que se rebanan al ver pasar el río, intoxicados por los viales de veneno que cruzó la leche materna de contrabando, desde el pezón hasta el beso, frío plata, párpados cerrados y monedas: escucha el eco de Caronte en pleno corazón de América. Apunté quemaduras en el libro, una mosca verde que se ahoga, voluntaria, en el licor, para darle el sabor especial que la muerte le pide a los que comparten trago con ella: dulzón, mareante, la piedra del jinete es metálica. Jesucristo, en el porche, desdentado, pide besos y ofrece perdón, lleva haciéndolo año tras año, desde antes de que llegaron los franceses, incluso antes que los españoles: “Lidia me lo escribió en una carta que encontraron después de que tomara el veneno”. Lo importante es saber si lo leyó antes o después, si lo escribió antes o después. Jesucristo, la cerilla, el veneno. ¿Quién avisa a la muerte de que las casas están vacías? ¿Quién le avisa que rebosan de enfermedad y juventud? Como los ladrones, los que aprovechan vacaciones y celebraciones, dejando marcas en la madera de los portales: “Tú temblabas/como quien cincela la fecha de un cementerio/las sombras se filtran densas como humo/cuando las tocaste/hasta respirar les quitaba sangre a los árboles”

«Voy a hacerte varias preguntas, Frank, espero que acudas raudo, atrevido, muerto en vida, vivo en sueños y las contestes: ¿Qué historias cuentan los perros bajo la luna? ¿Quién era el que silbaba las canciones? ¿Quién calmó su sed bebiendo durante un verano entero pipas del Paraíso? Espero, sobre todo, recordarlas al despertar».

Un libro sobre la muerte. Adolescente que se encuentra perdida y desorientada. Poemas de calor húmedo, de piscina municipal, de cincuenta habitantes y los chicos, sin camiseta, recogiendo colchones en el vertedero, es hora de construir el templo de la última infancia, que se inaugure con la sangre de la forastera, la que prometía lenguas extrañas, lenguas de los que caminan hacia el instituto, esos. Nada de vidas abotargadas, de tiempos que se mueven en miles de direcciones. En la noche: “Hasta que jadeaba como esposa de pescador/cepillándose el cabello”. En el anochecer solo hay luz artificial, el reflejo de la luna es peligroso, como los sueños, como las sombras. Cazadora de un bestiario incómodo: “Rompo botellas de gaseosa en la carretera/cerca de la curva/atrapo a los muertos/riéndose de las picaduras del yanqui”.

En los sueños, en los sueños vuelvo a ellos: hay humo negro: “Raíces lentas ardientes y adormecidas”. En el pantano, en el río, en el mar, de cualquier lugar, de los tipos de Barry Gifford, de los de Jack Kerouac, de los de Walt Whitman y Sam Shepard, demasiado alejados de la ciudad como para utilizar sus neones, mejor las lunas, las llenas, las jorobadas, da igual, no es lo que importa: “Uno lleva una hermosa chalina afirma que la luna engaña/debajo del parche que le cubre el ojo izquierdo/rosas salvajes les cubren las bota/que sin andar hicieron camino”. La casa arde antes de que el río crezca, porque no hay nada dentro que salve la vida: “Antes que yo caminara sobre estos diques/largas tumbas de mi padre que él mismo levantó como faraón”.

Algunas palabras sobre Cúbit de Vicente Luis Mora (Galaxia Gutenberg, 2024)

Historias 16, Vicente Luis Mora (revisión 0a) presenta Cúbit, editado por Galaxia Gutenberg. Un libro, Cúbit, exigente, como una radio sin sintonizar, que mezcla la belleza de las voces, perfecto, con el encuentro del ajeno, la estructura social (sentimientos vs lenguaje). Para adelantados en el tiempo, lustros y décadas, que queremos ser partícipes de muchos restos, símbolos que no son más que lo que queda al despejar una incógnita. Encontramos permanencia en los libros, en los periódicos, en los alimentos… huimos del pavor de lo intangible. Antes de empezar voy a volver a la distopía más profunda de Chile. La encontré por casualidad. No es Zona Cero de Gilberto Villarrol ni es la película de Netflix con Pinochet vampiro, “El conde” de Pablo Larraín. Hay que ir más hasta el fondo, hacia Santiago, casi más allá que la versión de The Office con acento de chileno, más allá de Gustavo Cerati escribiendo y grabando las demos de Amor amarillo, enamorado de Cecilia Amenábar, esperando el nacimiento de su primer hijo. Es una novela dramática, una radio digital que pelea con una analógica. Un problema sencillo de oposición para profesor de secundaria. En qué base quieres vivir, ¿volver al 10? Qué aburrido, estamos tan cerca del final que, en realidad parece un comienzo. Diez dedos de las manos, diez de los pies, ¿base 20?.

Vamos al siguiente paso, Vicente, porque ya todo el mundo ha cantado las excelencias de tu libro. Yo, ya lo digo aquí, me ha encantado. Pero, lo sabes, me gusta ir más allá, me gusta estar cerca, continuar, buscar, sentirme parte. Así que escribo sobre Cybersyn, «sinergia cibernética» (del inglés Cybernetic Synergy), o Synco. Synco, la primera internet desarrollada en el Chile de los setenta, con palancas y teclados duros, tarjetas perforadas. Sé que sabes de qué estoy hablando. Sé que es parte de Cúbit aunque no se nombre en ningún momento en tu novela. Y todavía hay más, lo sabes, es 2010 y el director Nicolás López presenta el teaser de una película basada en la novela de Jorge Baradit. El 11 de septiembre de 1973 Pinochet defiende La Casa de la Moneda del ataque de los militares para mantener en el poder a Allende. Aquí la portada del día después.

«Es como esos vídeos de Youtube, en los que la I.A realiza tráileres de los cincuenta, sesenta, setenta, de las grandes películas de éxito. Podría ser lo anterior una manera de elaborar Cúbit por una I.A ambientado en los setenta. ¿Cuándo empiezas a hablar de mi libro, Octavio? Ahora, ahora mismo, lo prometo».

Alcio es gordo e inteligente. Cúbit y Nadia. Tania y los Itrios. Y si nos han engañador y Cúbit es una novela sobre padres e hijos, sobre la relación paterno-filial. Y si los Itrios son hijos de los Sapiens y las I.A hijas de los hombres. Estuve en Atapuerca cuando mi hijo estaba en el vientre de su madre, estuve en Altamira con mi padre recién salido de una operación, mi hijo, agotado, lo sostuve para que viera la imitación de la cueva. Cúbit, con su español práctico, anglosajón, robótico, un español en sistema binario, de base 12. Siempre está la duda, el diez o el doce. Con el diez están las manos y los pies de nuestra parte, pero tiene pocos divisores, el doce nos ofrece el dos, el tres, el cuatro, el seis… sero, sere, todoe es presente, sin irregularidades. Pero, creo que Vicente lo sabe, de esas pequeñas máculas se consigue la humanidad, no hay que ver más que los personajes sintéticos de las películas de los ochenta. Hasta un androide puede llorar, como la Visión (y la Bruja Escarlata). Todo es presente, el pasado se olvida y el futuro lo estamos definiendo. Me doy cuenta de que la narrativa temporal de Vicente Luis Mora en Cúbit sigue la estructura de construcción del cuerpo de los números reales, a partir de la convergencia de sucesiones, a través de las Cortaduras de Dedekind.

Un momento, el del “Cero absoluto” (Cero en conducta, cero en gimnasia, como cantaba Antonio Luque), cuando se produce la detención molecular y atómica, cuando no hay muerte, pero tampoco vida porque cualquier función está parada. Una recta que te dice dónde la puedes encontrar exactamente, allí donde los superconductores reducen la gran falla de la transmisión eléctrica, la energía libre y eficiente la puedes encontrar cuando ya no queda nada, cuando, directamente, no puedes realizar ninguna actividad. Universalidad y criogenia atrapada por principios básicos de entropía, la señal de STOP que puso DIOS o los Ingenieros como aviso.

Ibris vs. Cúbit, la posibilidad de un millón de neuronas, de las potencias de diez elevadas a cifras que capaces imponerse a los campos eléctricos que definen el ser humano. Cuestión de números, de estructurar en serie o en paralelo, como las resistencias de los problemas de física que hacíamos en BUP. Itrios sin consciencia propia, son todos emisarios, frente al control de la Reina Madre, los aliens contra los que peleaba Ripley, los droides de la Federación de Comercio, panal, entomología Deux Ex Machina para salvar la narrativa de la mala ciencia ficción setentera. ¿Aquí dudas, Octavio? Un poco. Es una estructura social fallida, lastrada, se ha demostrado en los libros de sociología ucrónica, distópica, anticipativa, que la colmena no mola. ¿Has escrito que “no mola”? Sí, lo individual es la mejor garantía de la supervivencia.

Me fascina, como siempre, momentos de Vicente Luis Mora, me deja KO, la escritura y la reescritura en tiempo real, por estilo y por presión mediática, esa sería la última, la penúltima frontera. Entonces, Ibris funciona bien en red, pero Itrios tiene que separarla y aislarla. En la página 43 vuelve la entropía (nunca se marcha, es una cuestión de definición) para general canales de afección, entrelazamientos cuánticos, pero temo que también se aburrió.

Vicente Luis Mora 0b. Los líderes falsos son los mejores. Se pueden permitir errores y deserciones. El Mago de Oz cibernético, el enemigo perfecto, contra él vivíamos mejor. Al final todo resulta ser una cuestión de tiempo, espacio y energía. Ibris como una escalada de la propia Internet. Una nube, una red, un theremin emocional, un campo magnético girando que genera corriente eléctrica. Pero al final, al final, tenemos que tener una gran casa/edificio/local donde depositar los servidores. Una caja negra, una entrada y una salida, un soporte físico. ¿Dónde está la música? ¿En los cables?

Homínidos de la cueva del Ciervo Rojo (Altamira) y Klarion (habitante de una comunidad subterránea conocida como Limbo Town, habitada por las brujas puritanas descendientes de la población perdida de Roanoke. Limbo Town se encuentra en realidad debajo del sistema de metro de la ciudad de Nueva York) de los Siete Soldados de la Victoria de Grant Morrison. El Yeti, el Sasquatch, los peludos y bellos, los atlantes, lemurianos, descendientes de Hyperbórea, rocas erosionadas que son, en realidad Land Art (espera que se lo cuente a mi mujer), estructuras jerárquicas verticales y horizontales.

 

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Algunas palabras sobre Vidas perras. Cuentos musicales del Sofá Sonoro de Alfonso Cardenal (Sílex, Ediciones. 2023)

Una magnífica recopilación de anécdotas, vivencias, discos raros, arte subterráneo, sociología, racismo, intoxicación y talento. Todo mezclado a través de la coctelera de un erudito como Alfonso Cardenal que demuestra ser capaz de pasar de la voz a la pluma con agilidad y buen gusto. Indagar en las historias, aprovechar la enorme biblioteca digital a nuestro servicio, es el complemento perfecto. Pero, claro, la primera pista la da el que sabe. Por eso unos cuentan y otros escuchamos.

En el libro hay mucho blues perdido, espirituales que se pierden dos siglos atrás, los supervivientes de los pactos en las encrucijadas, los que estaban todavía más escondidos que los que fueron copiados por los Stones o Elvis. Abuelas y nietos. Nietos y abuelas. Pero también delirantes proyectos familiares llevados con mano de hierro por padres déspotas, como si fuera una versión primeriza del progenitor que quiere ser rico a través de un hijo influencer. Como no había directos en internet, les obligaban a usar guitarras eléctricas.

También esa aura de fuera de la ley que queda en el que deambula entre los honky tonk de los Estados Unidos: personajes anónimos de Sam Shepard o Barry Gifford que tiran de bourbon barato y alguna centramina. Gente que se hace famosa durante un segundo (no les dan ni un cuarto de hora) en lugares que parecen elegidos al azar, como Suecia. O los momentos anteriores a que David Byrne fundara Luaka Bop y decidiera recuperar el tropicalismo… cuando lo más cerca que estábamos de África era por Paul Simon. Oneyabor, entre Nigeria y Cristo. Funk puro, más puro que la vida. El funk de los Grandes Lagos, el Afrobeat… todavía más atrás que los recogedores de algodón, más allá de Island Records y Lester Bangs emborrachándose por la verdad de la música.

Si eres un melómano de notable, como espero que pueda ser mi caso, conocerás a Tom Wilson por los créditos del disco de Velvet Underground. Descubrir que era un productor de color es un directo en la mandíbula de los prejuicios. Te imaginas a un lacayo de Warhol al borde de un desorden alimenticio, basando su dieta en anfetas y ocasionales incursiones en la heroína. Pero ahí estaba Tom acercándole el enchufe a Bob, Oldmanbob, animando a Al Kooper a tocar ligeramente retrasado del tono general de “Like a rolling stone” para que sonara a HISTORIA. Sí que sabíamos de Betty Davis. Más de Ángela. Pero, al final, la pantera de mi generación fue Grace Jones. Que el Davis fuera de Miles no es baladí. Pero que fuera una mujer que escribiera sus propios temas, anima a buscar las canciones. Porno y Disney en la misma frase. Como la fiebre. La del que escribió la canción. Little Willie John. Un coche, un amigo, una cinta con temas de psicobilly. Pero esta mierda de versión de Elvis, quién la canta… pues los putos Cramps, Sergio, le dije. Soy una de esas personas que escuchó Fever antes en la voz de Lux Interior que en la de Elvis. Y los Beatles grabaron “Leave my kitten” y él decía que su versión era mejor.

«Hablamos de lo más puro, lo que sale del alambique, el licor de patata, el fermento más indigesto. Arthur Alexander, conductor de autobús. También grabaron sus temas los Beatles. Iban cortos de canciones al principio. En Inglaterra, crisol de culturas, está el mejor curry. Eso te lo dirán John Constantine. Un psiquiátrico y un renacer. Por lo menos internet sirve como cueva profunda para que los puristas y los adoradores se reencuentren».

Pasamos de Norteamérica y de África. Y llegamos a Magín Díaz. Colombia. El ritmo, el recuerdo, el anciano, todo va tranquilo. Realismo mágico. El hacedor de canciones. El que las toma del aire, de los antiguos, el que las hace suyas, pero sin registros legales. De Colombia a El emperador de Tremé. Si Sun-Ra ha tenido homenajes, un tipo que escribió Mother en law tiene que dominar el mundo. Esa canción la he pinchado mil veces en el Bacharach, cuando Moreno Campeón se calentaba, cuando los dos nos calentábamos e íbamos a lo básico, a las cintas de casete con buenos temas, mierda de los cincuenta, recopilaciones… de Nueva Orleans al cielo, allí donde las licorerías están abiertas 24/7. El dolor de Sweet Georgia. La alimentación demencial y el hambre, el pollo frito, el hambre, las cocinas, embarazos de adolescencia, casi niñas, la Iglesia, mucha Iglesia pero poca prevención. El diablo entra por la ventana con su piel de gospel, pero, en realidad, es todo blues. Como la historia de Vera Hall: con un sample de Moby en aquel disco de final de siglo.

Un fuera de la ley homosexual. Los machotes del sombrero. Patrick Haggerty. Busco sus canciones. Esa no te la esperabas, chaval. Hace tiempo que no juzgo. Estoy en el lado correcto de la calle. Porque todos son correctos, Como Andre Williams, entre la Motown y ser chulo de calle. Al final el sombrero es el mismo y los horarios parecidos. Tienes el ritmo en el cuerpo. Los Sadies los recuperaron en los noventa. Una vez los vi, a The Sadies, en la sala Oasis de Zaragoza. Tocaron de teloneros de Jayhawks. Y antes Dos Lunas, tengo la entrada por algún sitio. El siglo comenzaba, la cirrosis nunca descansa. Volver a Nashville, como un sitio perdido con Leo Welch y recordar aquella voz del ángel, Tammi Terrell. Y esas canciones que también sonaban en mis sesiones. No sabía que la habían violado con catorce años. No sabía que James Brown le había golpeado absolutamente sacado cuando era su esposa, no sabía que había sido parte de la caravana de sueños con The Supremes o Marthan and the Vandellas. Tammi sobre el escenario, para siempre, inmortal, hada del recuerdo.

Llegando al final, como un vendedor de crecepelos, como un tipo que no hubiera desentonado junto a Ginsberg, Mick Ronson y los coyotes de Dylan en la gira de los ojos pintados de blanco, Abner Jay. Tónicos para ser feliz y discos que ahora cotizan como si los hubiera sellado el demonio. El capítulo final, lo leí mientras vigilaba el ensayo de mis alumnos para el festival de Navidad. Era el 21 de diciembre. No sabía que mi padre había tenido un infarto unas horas antes. Esta es mi historia. Una manera como cualquier otra, de no olvidar este libro.

Algunas palabras sobre Ocho entrevistas inventadas de Enrique Vila-Matas (H&O Editores)

Vila-Matas bebiendo mucha ginebra en un pub de Barcelona a finales de los setenta. Ramón de España le observa y lo introduce en sus historias. Hacen una novela gráfica, un tebeo, vamos, con alguna ínfula. Comen albóndigas y buscan la verdad del mito de Ciudad Sumergida en la Avenida de la Luz. Vila-Matas entra en “El maño”, busca chocolate, el hachís que ha estado respirando en un antro al lado de Boccacio lo ha dejado con hambre. Es joven y guapo. Sabe que no lo va a ser siempre. Así que inventa.

Ocho entrevistas inventadas está editado por H&O Editores. Buscas una excusa para leer a Vila-Matas y él te da ocho. Entrevistas falsas. O falsas entrevistas. Es demasiado como para mentir. Tiene que haber algo de verdad. La primera, con Brando, tiene algo entre Kurz recitando las letras de The Doors y el momento en el que manda a Sacheen Littlefeather a recoger su Óscar en 1973. Lucha política después de ocho huevos fritos, helado y mujeres, muchas mujeres. Era 1968 y uno pensaría que Jean-Pierre Léaud tendría menos recorrido como personaje que como persona. La revista Fotogramas le pide una traducción, somos más de francés que de inglés, ya sabe usted. Es como las que hacía Umbral. Más mío que suyo. La de Juan Antonio Bardem se hace en Viella, donde acabó una de las jornadas más duras de la Vuelta a España de 1983 (¿era necesario ese dato, Octavio? Sí, todos lo son). Da la sensación de que Bardem, el Bardem ventrílocuo de sí mismo, es capaz de rodar en España, censura arriba, censura abajo, que lo cotidiano está más prohibido que lo histórico. Vila-Matas tiene vestidos para todos. Nos hace sospechar del comunismo, como si el comunismo existiera en España en 1968. Eso es imposible, Enrique. Ningún comunista hubiera dirigido tantas películas. Todos quieren lo mismo: fama y dinero, crítica y público. El punto medio. Qué dulce. “Mirando atrás con ira”, como los Angry Young Men.

Con Nuréyev va más lejos. Dicen que hay verdad hasta la sangre y, después, miradas de drugstore y mucho alcohol. No son posibles tantas copas, los bailarines de ballet estaban en constante déficit calórico incluso antes de que este concepto existiera, pero allá tú. Y Rovira Veleta que quiere hacer de Serrat un actor. Serrat enamorado de Marisol, Serrat que se niega a tocar la guitarra eléctrica en directo y nos deja sin un Dylan, sin un Celentano, nos deja un pescador, un charnego enamorado junto al campo del Barcelona. Insisten en la presencia de Sharon Tate, como si no hubiera nadie que le recordara que, en 2024, es violencia implícita nombrarla en una entrevista. El segundo encuentro con Brando es en un hotel de Providence. Así que podría ser considerado como un texto más del Círculo Lovecraft, con un actor que quiere llevar a escena el Necronomicón con hippies, Emiliano Zapata y Kafka revisando el guion. Aún no sabe que acabará haciendo de Doctor Moreau en una película que los expertos califican de infame, pero en la que hace la mejor imitación de Michael Jackson posible, mejorando la de Joaquín Reyes. Y llegamos a un autor de one-hit-wonder: Anthony Burgess, “el de la Naranja mécanica”. Eres un iletrado, Octavio. Lo siento, lo siento. Tuve un póster de la película en mi habitación de adolescente. Todas las mañanas, antes de ir a la escuela, veía el rostro de Alex DeLarge, drugo supremo. Y por eso mezclaba el colacao con el katovit. Era un homenaje (a mis c*j*ones que se van de viaje), a Burgess. En su boca coloca la siguiente frase (sobre que ser prolífico no está reñido con la calidad): “No hay por qué asombrarse de eso. Ser prolífico es pecado solo desde la época de Bloomsbury, de Forster en particular, que consideraban de buena educación producir como si estuvieran estreñidos”. Música y literatura. No tienes ni idea y hablas, Octavio. Borges y él. Del mismo árbol. Lo supo viviendo en Gibraltar. Con los monos.

La de Cornelius Castoriadis ya llega en los ochenta. Comunismo y nazismo si mezclan. Alguien lo tenía que decir. La victoria de Stalin. La fatigada palabra Proletarios. Era 1983. Hacía un año que los socialistas le habían sacado la lengua a Carrillo. Y Carrillo nunca volvería. La voz de nicotina y alcohol de Patricia Highsmith, a la que Vila-Matas evita por miedo. ¿Quién no se asustaría ante una entrevista con ella? Es bello el incesto, diría Panero, así que todos los que han interpretado a Tom Ripley deberían juntarse en una gran fiesta, con una piscina, y chicas y chicos, muchos de cada. Y ver qué sucede, quizá obtener el Ripley definitivo, el canon. Pienso en la época, en el deuvedé de “El amigo americano”, cómo se puede liar uno con Win Wenders y con Dennis Hopper y montar aquel largometraje. Sin Berlín y sin los ángeles, sin excesos, con bigote, sin “La matanza de Texas” o “Land of the dead” o el oxígeno y Roy Orbison. Es normal que no te acerques a Patricia, Patricia se acercará a ti.

Termina con unos breves recuerdos, un poco de Perec, otra vez Perec, Lisboa y demás obsesiones. Trozos, pedazos, menudeo, Vila-Matas. Tan bello, tan ebrio, prometiendo al Universo los mejores cuentos a cambio de otro gintónic.

Bolsa Amarilla y Piedra Potente de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba (Primavera Labels-Universal Music, 2024)

Es el momento de la vuelta, de seguir construyendo la leyenda, de permanecer o simplemente ser. Así que la banda afina percusiones y guitarras, se abre con el sonido de sangre hirviendo, de las tumbas de la sal con las que las heridas de “Seis pistones” cicatrizan. Efectos y un toque mesiánico en lo más profundo del Desierto de Tabernas. La banda, con “El chinche”, mezcla moto, callejeros, Los Chichos pasados por el filtro de Salvador, el fraseo macarra de Hermética, aceras, intoxicación y arroz con tomate. Todos piensan en GONG y los García-Pelayo, guitarras sureñas, da igual el del continente que elijas. Hombres de las Praderas, acostumbrados a las esquinas turbinas: “Prodigio” suena a los Babasónicos pasados por el Sonido Tartesos o Los Módulos en tramadol. Plazuela y Califato, “Ef Laló”, con sintetizadores abstractos. Cuervos negros que se negaban a volver, hermanos de almanaque de los personajes de Fernando Navarro. Pasamos y seguimos en “Ef Laló”, cánticos sencillos, primarios, más allá de todo está la guitarra de Tomatito el día que le pasó el pedal Antonio Arias para que bebiera del más antiguo de los manantiales. ¿Cuánta sed traías aquellas mañana que no había nadie que te calmara? “Daddy Papi” con una recortada, tienes la sangre del wahwah, en los momentos de calor, el séptimo día, con Carlos Saura, llegó Puerto Hurraco.

Un sencillo como “La fuente” que empieza con pedrá, que ya es un guiño suficiente, pero la inversión rítmica y las guitarras son como respirar el helio de un dirigible (aunque, en la época clásica, la venerable, lo que había dentro era hidrógeno, mucho más explosivo). Con la introducción hipnótica de “Manguara”, como un resto de civilizaciones perdidas, oxígeno de banda sonora de Erich Von Daniken, las llamas azuladas, como una viñeta de Jodorowsky, “Gun gun” devuelve la trepidación, aunque sea medio tiempo, despierta la mañana, hermana pequeña de la madrugada, el aguardiente que encharcaba los pulmones de Ray Heredia, el desierto de guitarra donde conviven Emilio Dueso y Kid Congo Powers. Veníamos de un coliseo y hemos llegado, pesados por toda la historia que carga el burro en sus alforjas, hasta “Pétalos”. Ya avisábamos que Derby Motoreta’s Burrito Kachimba traían canciones intoxicadas de la semilla de la buganvilla y esta es una muestra de ello. Crujidos de radio imposible, en “Manteca” ángeles rubios que te llevan al límite, donde cielo y tierra copulan y un paso más te hace caer en los versos de Pedro Salinas que tan bien regurgitan Les Conches Velasques. Todo arde, en sus ojos, la banda, tiene algo de incendio.

El último corte, “Tierra”, como un sitar enterrado bajo el olivo, momentos de nylon y huerto, mira el almendro y la pimienta, mira cómo la postal tiene todavía algo de carmín. Es una noche de doce canciones, una noche agotada que espera que llegue la primavera, que traiga apetito este abril que se nos ha echado encima, con muerte y calor, con este compendio de rock ibérico, esta muesca de tenebrismo y luciérnaga que es Bolsa Amarilla y Piedra Potente de Derby Motoreta’s Burrito Kachimba