‘Salem’s Lot’, raíces malditas

¿Qué es Salem’s Lot? ¿Un terruño maldito surgido de la mente enferma de Stephen King? ¿Un lugar del inconsciente colectivo donde confluyen los Dioses cósmicos abisales con forma de gusano, las series de televisión de los setenta, sectas escindidas del puritanismo y los discos de Sr. Chinarro? ¿vampiros o sectas escindidas del puritanismo? Hoy en Motel Margot rebuscamos entre legajos, cintas de vídeo y grabaciones perdidas para intentar desentrañar una historia y una cronología de un pueblo que expande sus raíces podridas bajo la cultura pop desde el siglo pasado.

¿El comienzo? Una situación geográfica aproximada para Salem’s Lot: localidad del estado norteamericano de Maine, cerca de la frontera con Nuevo Hampshire, al norte los Montes Apalaches y al sur el Océano Atlántico.

¿La continuación? Cronología, subjetiva y no canónica de Salem’s Lot:

  • 1619. Un grupo de colonos franceses desembarca en el territorio que terminará siendo conocido como Salem’s Lot. Toda la población desaparece durante el primer invierno.
  • 1710. El predicador James Boon guía a los miembros de una secta escindida del puritanismo a la fundación del enclave que llevará por nombre Jerusalem’s Lot.
  • 1765. El pueblo se incorpora a la vecina Castle Rock constituyéndose en una única población.
  • 1789. Un descendiente de Boon, Philip Boone lleva a la aldea el libro De Vermis Mysteriis. Unos meses más tarde el lugar vuelve a ser abandonado.
  • 1850. Tras viajar a la zona para tomar posesión de la herencia de su antecesor Philip, el aristócrata Charles Boone descubre los restos de la ciudad, ahora aparentemente desierta. Según las cartas que se conservan de Charles Boon bajo el suelo de la Iglesia del pueblo habita la deidad Shudde M’ell que tiene forma de gusano gigante.
  • 1899. El aventurero Allan Quatermain y la agente de una primitiva versión del MI5 británico, Mina Harker, visitan la zona.
  • 1935. El grimorio De Vermis Mysteriis vuelve a aparecer en manos de Robert Blake en Providence (estado de Rhode Island), a menos de 400 kilómetros de Salem’s Lot.
  • 1939. Hubert Marsten asesina a su mujer Birdie Marsten en la casa familiar, la conocida Casa de los Marsten que, desde ese momento, adquiere fama de embrujada.
  • 1951. Un gran incendio está a punto de arrasar con todas las edificaciones del pueblo.
  • 1955. El niño Ben Mears se adentra en la Casa de los Marsten por una apuesta infantil.
  • 1971. James Robert Boon, descendiente bastardo del linaje Boone, recolecta las cartas de Charles y se traslada a vivir a la mansión familiar.
  • 1975. Ben Mears vuelve a Salem’s Lot y unas semanas más tarde vuelve a marcharse del lugar.
  • 1976. Otro incendio, que comienza prácticamente en el mismo lugar que el de 1951, asola de nuevo el pueblo.
  • 1977. Desaparece una familia en mitad de una ventisca al quedarse sin combustible en su coche. Nunca encuentran sus cuerpos. Los lugareños de los pueblos de alrededor se muestran reticentes a acercarse al lugar que se supone abandonado. Existe un cartel en un desvío como único recordatorio de la existencia del pueblo.
  • 1998. Un antiguo pastor reconvertido en feriante, Charles Jacobs, parece poseer uno de los pocos ejemplares que quedan en circulación de De Vermis Mysteriis y su uso parece estar relacionado con misteriosas curaciones de las personas que acuden a su espectáculo de feria.
  • 1992. el compositor Kurt Cobain nombra Salem’s Lot en uno de los temas que está componiendo para In utero, el siguiente disco de su banda Nirvana.
  • 2019. Salem’s Lot está completamente reconstruida y durante los factos del cuatrocientos aniversario de su ciudad hermana Castle Rock se producen de nuevo extraños incidentes relacionados con la Casa de los Marsten, que termina hundiéndose después de unas explosiones en los túneles que hay bajo el terreno.

Nota: aunque no coincide en el espacio ficticio marcado por Stephen King, la casa familiar de los Boone y la denominada Casa de los Marsten muestran una extraña tendencia a permitir que los cadáveres de las personas que acaban en su sótano o en el subsuelo de los terrenos vuelvan a la vida. Puesto que la Iglesia del lugar parece poseer propiedades parecidas podríamos inferir que la causa tenga más que ver con el terreno que con las edificaciones.

El canon de Salem’s Lot (el comienzo)

El canon de Salem’s Lot comienza con el relato Los misterios del gusano aparecido en la recopilación de cuentos de King El umbral de la noche. El texto, editado en inglés en 1976, se puede leer en España por primera vez en 1979, y está narrado con un estilo literario que homenajea de manera clara al Drácula de Bram Stroker, con una estructura en forma de entradas de diario y codas finales por parte de un narrador que contempla la historia como el desvarío de un loco. El cuento actúa a modo de precuela posterior a la edición de la novela El misterio de Salem’s y nos ofrece unas breves pinceladas de los antecedentes fundacionales de la ciudad maldita.

Los misterios del gusano es un inquietante juego de metaliteratura en el que King quiere rendir pleitesía al famoso Círculo Lovecraft, el grupo de escritores que, alrededor de Howar Philips Lovecraft, moldearon el ciclo de terror cósmico denominado Los Mitos de Cthulhu. Robert Bloch, el más joven de los miembros del círculo – y que años después alcanzaría la fama como autor de Psycho, la novela en la que se inspiró Alfred Hitchcock para su película Psicosis-, es creador intelectual de Los misterios del gusano o De Vermis Mysteriis. El grimorio aparece por primera vez en el relato de Bloch El vampiro estelar (The Shambler from the Stars, 1935). En su cuento King utiliza el libro como desencadenante de la locura en un pueblo dominado el cabecilla de un culto desviado, James Boom. Del conocido como De Vermis Mysteriis solamente existen cinco ejemplares catalogados y está escrito por un nigromante Ludwig Prinn, que tras participar en la Novena Cruzada y ser capturado por los árabes, es iniciado en cultos perversos durante su encierro. Será en Bruselas donde el abominable texto es redactado, conteniendo un compendio de prácticas heréticas como la de permitir el paso a través de dimensiones de una criatura invisible que se alimenta de sangre humana. Conectado con lo anterior está el relato de H.P. Lovecraft, El que acecha en la oscuridad (The Haunter of the Dark, 1935), último escrito por el autor de Providence en vida y que cuenta cómo el libro acaba convertido en libro sagrado para la denominada Secta de la sabiduría de las estrellas. Dos apuntes más antes de continuar: en su novela de 2014, Revival, Stephen King recupera el De Vermis Mysteriis y existe una tercera parte del ciclo del vampiro cósmico, de nuevo surgida de la pluma de Bloch, The Shadow from the Steeple (La sombra que huyó del chapitel). Como todas las historias relacionados con Lovecraft y su mitología, ha tenido en España varias traducciones, pero me quedaré con la incluida en Los Mitos De Cthulhu de la edición de Alianza Editorial de 1969 a cargo de Rafael Llopis.

Nota: durante la investigación para la redacción de esta entrada tuve que realizar un concienzuda búsqueda de algunos de los relatos en librerías de lance, sótanos mohoso y cajas llenas de humedad. La memoria es una biblioteca con los estantes muy frágiles y cuando estaba a punto de pagar una considerable suma en una web de libros antiguos por la traducción que me interesaba de The Shambler from the Stars descubrí que desde el año 1996 poseía un libro que la contenía, oculto en el fondo de una caja con restos de humedad, bajo ediciones mucho más cuidadas de obras de William Hope Hodgson y un ejemplar de El relato de Arthur Gordon Pym que no recordaba haber comprado nunca. No hay casualidades en esta historia.

El misterio de Salem´s Lot (la novela)

Un libro como El misterio de Salem’s Lot hay que leerlo en formato bolsillo, con las tapas tocadas y las hojas muy juntas, casi exhalando podredumbre. Mi edición es de segunda o tercera mano, costaba originalmente 875 pesetas y es la quinta edición de Plaza y Janés del año 1990. Stephen King publica esta, su segunda novela, en 1975 y en España ese mismo año la editorial barcelonesa Pomaire la lleva a los estantes de las librerías de todo el país. Es una novela larga, más de 500 páginas, y tiene el estilo característico de King: descripciones arrítmicas, terror cotidiano y esa manera de recordarnos que cualquier día ordinario es bueno para desatar al monstruo que se esconde en la esquina oscura de nuestro armario. El protagonista, un escritor con un pasado complejo -en esto se notan las costuras remendadas como narrador de King, comienza a darle un trasfondo, pero parece olvidarse a mitad de historia-, que vuelve a Salem’s Lot huyendo no se sabe muy bien de qué y con una relación traumática desde la infancia con la Casa de los Marsten. Esta casa, que será referente en la mitología particular del escritor, es una luz inversa, tenebrosa, que llama a todo lo malo que existe en el mundo. Uno puede pensar que Salem’s Lot son solamente vampiros, pero estará equivocado. Salem’s Lot es el mal puro, que infecta la tierra como los metales pesados, haciéndola estéril o solamente provechosa para las hierbas enfermas. Lo mejor de la novela es la aparente normalidad con la que el autor describe el progresivo deterioro social del pueblo, que parece no darse cuenta de cómo van desapareciendo sus habitantes, poniendo bajo el foco el endeble tejido que nos une como tribu. Mientras una comunidad va desangrándose -permítanme la broma- todos miran hacia otro lado o agarran lo que pueden y salen disparados con su coche con las primeras luces del día. Esa parte es la mejor construida, la más realista de la situación. Por un momento te hace pensar qué sucedería en un lugar de paso, un pueblo de dos mil habitantes, por el que pase una carretera nacional y que solamente se detenga algún turista despistado para reponer la gasolina del depósito. En la novela, la llegada del lacayo humano y el vampiro -que en el libro tiene porte humano y se acerca a los modos elegantes que alimentarán algunas narrativas de la siguiente década en el terror-, solamente provoca el interés de algunos cotillas del pueblo. Sorprenden, por otro lado, que en unas pocas páginas media docena de destacados miembros de la comunidad -profesor, médico, sacerdote y escritor famoso, entre otros-, asuman sin miedo a la locura, la infestación de los chupasangres. Es como tomar la Navaja de Occam y partirla por la mitad para fabricar estacas. El final es un comienzo, la huida del lugar el inicio del retorno. El imán de Salem’s Lot es poderoso. Deben leerla. Disfrutarán.

La historia de Salem’s Lot no hubiera pasado de ser una más entre las grandes novelas de Stephen King si no fuera por la icónica adaptación televisiva que se realizó en 1979. Dirigida por Tobe Hooper y protagonizada por un mito de la televisión de la época, David Soul, Ken ‘Hutch’ Hutchinson en la conocida serie Starsky & Hutch. Tobe Hooper había debutado con La matanza de Texas uno de los referentes del cine slasher que encontraría su máxima expresión (y degradación por sucesivas explotaciones y secuelas) en los ochenta. 14 000 dólares y una sierra eléctrica fueron suficientes para ponerlo al frente de la mucho más ambiciosa adaptación de la novela de King. El serial tiene una duración de más de tres horas, aunque en algunos pases y cortes para su venta/alquiler queda reducido a menos de 120 minutos. La estructura de exhibición suele ser en dos partes y algunos de los personajes que Stephen King desarrolla o le da mayor preponderancia en el texto, en la pantalla se amalgaman o tienen un peso mucho menor. ¿Ha envejecido mal la adaptación? Sigue siendo muy inquietante, las apariciones de los humanos convertidos en vampiros, envueltos en una niebla artificial heredera de las producciones de la Hammer, son todavía caldo de pesadillas para muchos de nosotros, sobre todo las protagonizadas por niños. James Mason en el papel de ayudante del vampiro original cumple a la perfección con su porte británico, ausente de cualquier sentimiento aparente y Reggie Nalder, actor de origen austriaco, es, en su caracterización del vampiro, el otro elemento de terror puro que ha quedado clavado en el inconsciente colectivo: al contrario del texto de King, donde el vampiro tiene apariencia humana y una inteligencia fruto de su experiencia vital de décadas, en la producción cinematográfica Nalder se asemeja mucho más en su personaje al interpretado por Max Schreck en el largo fundacional Nosferatu de 1922 de F.W. Murnau. Por cierto, antes de seguir, recomiendo el visionado de la película La sombra del vampiro de 2000 donde William Dafoe borda su papel como Max Schreck en otro ejercicio de metacine, sembrando la duda de si el actor que interpreta al vampiro es un actor del método o un monstruo sediento de sangre. En Salem’s Lot el mal flota, flotar es una referencia que se repite en otras obras de Stephen King como símbolo del mal y de las almas perdidas. El mordisco del vampiro se describe como una mezcla de dulzura pecaminosa y sensibilidad embriagada por adicciones desconocidas que debilitan hasta a los hombres de Dios, las traiciones dejan en un segundo lugar a la extensión de la enfermedad y el sur, donde el sol luce con más intensidad, es donde encuentran expiación los supervivientes. A menos que seas John Carpenter o veas Abierto hasta el amanecer, pero esas son otras historias.

No puedo saber si se pudo ver antes en España, pero el pase que dejó marcada a toda una generación y que me ha llevado a escribir esta entrada fue el que realizó en 1990 Antena 3. Eran sus primeros años de emisión y el serial se emitió dos domingos consecutivos en horario nocturno. A mí me mandaron a la cama. Años después, considero que la decisión que tomaron mis padres fue acertada aunque insuficiente para evitar inocular la obsesión en mí.

Una de las grandes curiosidades de la serie de Salem’s Lot en España es que, después de su éxito televisivo, se trató de seguir explotando el producto a través del alquiler en vídeo doméstico, pero por alguna razón que escapa al conocimiento de expertos consultados en la era analógica, en vez de presentarse en los estantes de los videoclubes de barrio por su nombre -o por la variante latinoamericana La noche del vampiro-, se etiquetó como Phantasma II. Y se quedaron tan anchos. Aquello era un equívoco hecho carátula de VHS: no tenía nada que ver con Phantasma, la película de Don Coscarelli estrenada en 1979 y que narraba la aparición de un inquietante hombre alto que controlaba bolas metálicas voladoras con afición por incrustarse en las cabezas de las personas y, por supuesto, no era la segunda parte de nada. Adjunto pruebas periciales de toda aquel desmadre delicioso que sirve para acrecentar la leyenda de Salem’s Lot.

En 1987 y aprovechando el tirón ochentero que tienen los vampiros gracias a películas como Noche de miedo o The Lost Boys llega la secuela de la película, Regreso a Salem’s Lot. El destrozo, que lleva la firma de Larry Cohen (que había dirigido una película sobre una serpiente voladora gigante en la que el protagonista es David Carradine, por ponerles en antecedentes), es absoluto. Cohen había sido el encargado de la adaptación original en los setenta pero el estudio al ver el despropósito en el que estaba convirtiendo la cinta lo apartaron del proyecto. La secuela es delirante: comienza como un remedo de Holocausto caníbal y terminar desembocando en una justificación antropológica del cazador vampiro que aburre y decepciona, tanto narrativa como técnicamente. ¿Lo mejor? El tráiler.

Tampoco se salva el remake de 2004 con Rob Lowe en el papel protagonista de escritor mortificado. Teníamos a Rutger Hauer, el replicante de Blade Runner con el monólogo más famoso de la historia de la ciencia ficción, tomando la capa del vampiro y con una apariencia mucho más cercana a la descrita por Stephen King en su texto original. También al cínico Donald Sutherland como fiel servidor humano en uno de esos papeles que parecen escritos para él. Pero no tiene el encanto de la serie de los setenta. Ni se le acerca. De todos modos, como noto en sus pupilas la devoción total por el terror sé que en cuanto termine de leer estas líneas buceará en las charqueras de la red hasta encontrar la segunda parte y el remake. No se preocupe, nos ha pasado a todos.

Salem´s Lot en otros medios

Existe un Kingverso, personajes, entidades malignas primordiales o benignas o lugares que se repiten, apareciendo en distintas novelas y relatos, siendo secundarios o simplemente nombrados, como guiños al lector fiel. Salem’s Lot es una presencia constante en este Kingverso: en Cementerio de Animales podemos encontrar:

Atrás quedaban la Salida 8 y el rótulo invitador del Holiday Inn. Apareció un nuevo indicador. Las letras fosforescentes parpadeaban en la oscuridad. PRÓXIMA SALIDA CARRETERA 12 CUMBERLAND CUMBERLAND CENTRO JERUSALEM’S LOT FALMOUTH FALMOUTH EXTRARRADIO. Jerusalem’s Lot —pensó Rachel distraídamente—, qué nombre tan raro. No sé por qué, no resulta agradable… Ven a dormir a Jerusalem.

 En IT Ben, uno de los protagonistas, superado por su pavor hacia los monstruos clásicos, encuentra al ente Pennywise transformado en el vampiro Barlow cuando visita la biblioteca de Derry. En Dolores Clairbone se habla de Salem’s Lot sin atreverse a nombrarla:

“The streets were so empty ti was spooky. It made me think of that little town down in the southern part of the state where they say no one lives”.

 En La Zona Muerta, el recorte en la mano:

Un personaje, el Padre Callahan, derrotado y maldito huyendo de Salem’s Lot, verá su historia prolongada a lo largo de casi tres décadas: no puede volver a pisar terreno santo tras ingerir la sangre del vampiro Barlow pero recupera la fe a lo largo de la mastodóntica saga de La Torre Nueva, en especial en la quinta entrega, Lobos del Calla que está narrada casi en su totalidad por él.

Fuera de las obras de Stephen King podemos encontrar guiños en distintos lugares: en la película de 1985, The Day of the Dead, tercera parte de la trilogía original sobre muertos vivientes -zombies- de George A. Romero, uno de los científicos encerrados en la base militar tiene atrapado a uno de los convertidos y trata de encontrar dentro de él el raciocinio de su vida anterior. Para ello le intenta animar a volver a la lectura usando un manoseado ejemplar de Salem´s Lot en edición de bolsillo que el zombie, de nombre Bud, manosea con expresión bovina. Un guiño genial de una de las mejores secuelas de la historia del terror. A George R. Romero le tenemos reservado una habitación del Motel, una grande, para que quepan todas sus hordas. Y también en los Simpsons, claro. ¿Quién no ha sido homenajeado en la serie de Homer y Cía? Cada temporada existe un capítulo monográfico cercanos a la noche de Halloween llamado La casa del terror donde se revisan en clave amarilla clásicos del miedo y la ciencia ficción. En el capítulo 86 de la quinta temporada, emitido en Estados Unidos el 28 de octubre de 1993, en su tercer segmento Bart Simpson’s Dracula, Bart se transforma en vampiro y recorre, flotando en la niebla, el vecindario de Springfield convirtiendo a todos sus amigos en un homenaje claro a la misma escena de la película de Salem’s lot

Y esa imagen, la del niño convertido tras una ventana, volverá a aparecer en otro momento de narrativa vampírica en los siguientes años: The strain, la trilogía -con su posterior adaptación televisiva posterior-, de novelas escritas por Guillermo del Toro junto a Chuck Hogan. Del Toro ya había jugado con colmillos en Blade II, la mejor de las secuelas, pero esos vampiros eran una mezcla del cuero negro de los Vengadores del UCM con los abrigos largos y gafas oscuras con las que dimos la bienvenida a la modernidad en Matrix. Pero Del Todo quería dar su visión del mito del vampiro como una plaga, quería enfermedad y parásitos, una peste que se extendía a través de Nueva York como una mancha incontrolable de platelmintos bajo la piel. Las tres novelas son majestuosas: Nocturna, Oscura y Eterna. La primera narra lo que se conoce como “la noche de la ruptura”, cuando todo empieza a ocurrir pero el mundo no es todavía plenamente consciente. Oscura, la mejor de las tres, es la pelea entre la mente fría y la locura social mientras los vampiros toman el control del mundo, llegando a un clímax fallido -aunque mucho menor que en la última temporada de la serie-, en Nocturna. Las dos primeras temporadas de The Strain son historia de la televisión en lo referente al género terrorífico. El segundo episodio de la segunda temporada titulado El Ángel de plata es un homenaje al cine de luchadores mexicanos e incluye un breve corto a modo de metaficción dirigido por el propio Guillermo del Toro con Santiago Segura haciendo de científico loco contra el El Ángel de Plata -sosías de El Santo-. Pero el homenaje mayor es en el final del primer capítulo de la producción y es a la película de Salem’s Lot: una niña golpea la puerta trasera de cristal de un unifamiliar típicamente norteamericano y su padre, que la creía muerta, le abre y la abraza, con el rostro cubierto de lágrimas, dejando su cuello expuesto.

En Motel Margot siempre tenemos tiempo para bandas sonoras: una mixtape de tres canciones, un clásico: Vampire blues de Neil Young extraída de su LP On the beach, por la curiosa combinación de playa y Neil Young como un vampiro que bebe sangre de la misma tierra. Otro que es parte de un disco para la historia, el tema Serve de servants con el que se abre In utero de Nirvana, donde Kurt Cobain canta: “If she floats then she is not /A witch like we had thought /A down payment on another/ One at Salem’s lot” unos versos que son referencias a las escenas de ventanas nublosas donde los familiares vuelven y piden que abras la puerta, porque al final el amor mata y te convierte en uno más en Salem’s Lot. Y, la mejor de todas, Salem’s Lot de Sr Chinarro. Antonio Luque graba “la primera ópera envasada al vacío” en 2001 para el sello Acuarela. Siete temas donde hay golosinas baratas, metáforas sobre pelucas y planchas, algas en el albufera y sandías para calmar la sed. Nunca sabremos si “Salem´s Lot”, con la que se abre el disco es una broma privada y psicótica, como otras muchas de aquella época, pero si uno se esfuerza en escuchar la letra la atmósfera de la serie vuelve a nuestras vidas: Si como una hermana muerta,/Vienes a ajustar las cuentas/Trucaré el telefonillo,/No te conviene si te pillo. Si vuelves a mí como vampiro y quieres que me una a ti, no te escucharé, no abriré la puerta. Un juego de seducción, de maldición familiar, con esa rúbrica de tenebrismo que ofrece la portada del disco desde el principio. Sr..Chinarro venía de editar en 1997 El porqué de mis peinados y al año siguiente publicar Noséqué-nosécuántos y el EP de cuatro temas La pena máxima. Tenía tres artefactos sonoros que convertían su pasado en historia. Salem’s lot es una anécdota para la época más genial de uno de los tipos más fascinantes de nuestra música.

Salem’s Lot no vive de los recuerdos. Está siempre presente: la segunda serie de The League of Extraordinary Gentlemen escrita por el británico Alan Moore y dibujada por Kevin O’Neill incluía en sus contraportadas El nuevo almanaque del viajero, una especie de guía por los cincos continentes a través de ciudades y pueblos, de islas, penínsulas y localizaciones surgidas de las mentes de algunos de los más importantes creadores de folklore popular. Este almanaque tenía una parada en los Estados Unidos y la referencia a un lugar de pesadilla como Salem’s Lot era inevitable:

Nos habló de una temida propiedad cerca de Maine cuyo dueño era una terrible traficante de munición llamado (creo) Belasco, de la maligna reputación que ha adquirido una zona que rodea la ciudad de Jerusalem’s Lot, e incluso consiguió que un pueblecito de nombre tan cuco como Eastwick nos pareciera alarmante.

Eastwick, por cierto, es un guiño a la película de 1987, con un elenco encabezado por Jack Nicholson, Cher, Michelle Pfeiffer y Susan Sarandon, Las brujas de Eastwick y la ciudad, como no podía ser de otra manera, está situada en Nueva Inglaterra, en las proximidades de Maine, lugar donde se ambienta toda la obra de Stephen King, incluyendo Salem’s Lot.

Salem’s Lot reaparece en la primera temporada de Castle Rock, una serie producida por JJ. Abrams que quiere ser un homenaje a los personajes y las situaciones escritas por Stephen King a lo largo de su carrera. Una idea llena de buenas intenciones pero que termina siendo un batiburrillo de difícil digestión: en el octavo capítulo de la primera temporada uno de los protagonistas hace una parada en Salem’s Lot en su viaje en autobús camino de Castle Rock y la segunda temporada ya transcurre por completo allí. No podemos concretar si existe una continuidad cronológica con el canon propuesto por Stephen King en sus tres narraciones relacionadas directamente con el lugar, pero sí que vuelve a aparecer la La casa de los Marsten como centro neurálgico del mal y se retoma el origen de la oscuridad a través del subsuelo como propuso Stephen King en Los misterios del gusano, además de ofrecer unas pinceladas no del todo contundentes sobre el nombre original del lugar -Jerusalem Lot o Nueva Jerusalem- y el asentamiento de población orinal en las primeras décadas del S. XVII, por unos colonos franceses que pueden emparentarse con la desaparecida población que fundaría la definitiva Salem’s Lot en 1710 a través de la escisión de una secta de la fe puritana dirigida por James Boom. Uno puede calcular cien años de diferencia pero esto es narrativa de terror y Stephen King deja hacer con su obra lo que sea por dinero.

Y estamos llegando al final. El final por ahora, porque antes de la aparición del COVID en el mundo había noticias de una nueva versión para cine de Salem’s Lot siguiendo la exitosa estela del remake de IT. Producida por James Wan y adaptando la novela para el guión Gary Dauberman. En la red la primera noticia aparecía en abril de 2019 antes del comienzo de la distopía y la siguiente, justo un año después, daba a entender que Dauberman, que había dirigido una de las películas derivadas del Universo Warren iba a ponerse tras las cámaras. Será difícil mejorar la versión setentera pero igual que sabemos que el ajo y el agua bendita funcionan también estamos seguro que peregrinaremos a las salas de cine a por esta nueva dosis de la historia de Salem’s Lot. Si sigue habiendo cines para entonces, claro.

Podría haber terminado con la frase final del último párrafo. Podría haber hecho un cierre cronológico en este recorrido por la historia maldita de Salem’s Lot, emparentada con la maldad, el pecado, la culpa y todas aquellas variaciones sobre lo más inmundo y atractivo que nos rodea. Pero hubiera sido demasiado científico y en el Motel Margot nos gusta, seguimos al genial Arthur C. Clarke y su vieja máxima de que cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Stephen King escribió tres historias sobre Salem’s Lot. Tres historias que componen, como he comentado antes, el canon del lugar. Lo curioso es que la tercera, una secuela titulada Una para el camino, aparece incluida en la antología En el umbral de la noche que se abría con precuela Los misterios del gusano. Parece claro que Stephen King quiso expandir la mitología del lugar y dejar un final muy abierto a la historia de su novela. El relato es puro King, cómo en lo cotidiano puede surgir el terror más puro, pero la parte literaria está más lograda de lo habitual: los habitantes de los pueblos vecinos saben de la maldad que existe desde hace años en Salem’s Lot, pero viven de espaldas a ella porque, en realidad, no puede huir tan fácilmente de sus vidas, no pueden coger a su familia y llevársela lejos, empezar una vida a miles de kilómetros del lugar donde nacieron o, incluso, donde nacieron sus propios padres y abuelos. Esa dualidad, esa manera de convivir con lo sobrenatural como si fuera simplemente algo a lo que si no te acercas acaba convirtiéndose en invisible en tu vida diaria, es lo que más impresiona del relato. La anécdota, inevitable, que hace que algunos parroquianos vuelvan a adentrarse en el pueblo maldito es la excusa para poner en situación el antes y el después de una comunidad que mantiene sus asuntos alejados de allí y evitan cruzar su mirada con el mal puro. Sobre todo si es de noche.

Y aquí sí terminamos. Por ahora o para siempre. El tiempo es relativo cuando uno flota o tiene que dedicar un rato cada atardecer a afilar las estacas o sus dientes. Espero haberles asustado.

PD. Gracias Juan G.

Letristas de la Orquesta Mondragón (Parte II): la broma asesina

El 26 de enero de 1988 comienza a emitirse en la primera cadena de TVE el programa Viaje con nosotros que aparecerá en pantalla hasta el 31 de diciembre. El día de fin de año de 1988 los espectadores de televisión española contemplaron uno de los programas más delirantes de nuestra historia. Javier Gurruchaga y su corte de freaks -que incluía, por supuesto, a Popotxo, pero también a Hervé Villechaize, que había sido uno de los villanos de James Bond en El hombre de la pistola de oro y que poseía un intrigante parecido por el, por entonces, perenne presidente del Gobierno de España, Felipe González- con él mismo travestido en un diálogo que deja las matrimoniadas como un recopilatorio de cintas de casete de carretera, había viajado con sus letristas de cabecera, con su admirada Sara Montiel, con un Camilo José Cela que dejaba a James Belushi como un monaguillo o el mismísimo Elton John. El título de aquel monográfico fue La última cena y mientras España se preparaba para las uvas, ventosidades y provocación de cabaret subterráneo desfilaba por la pantalla. Entonces fue un escándalo, hoy podría haber llevado a Gurruchaga a la cárcel.

Después de aquella aventura televisiva Gurruchaba, para bien o para mal, estaba bajo todos los focos de los medios de comunicación españoles. Y tocaba grabar un disco. Y lo grabó. En 1989 aparece Una sonrisa por favor. Su portada era un homenaje a La broma asesina , la novela gráfica escrita por el mítico guionista Alan Moore con los personajes del universo de superhéroes de la editorial DC, en concreto Batman. La portada sustituía la imagen del Jóker, el archienemigo del hombre murciélago, por Gurruchaga.

La broma asesina es considerada una de las obras cumbres del tebeo de los años ochenta y, en realidad, de toda la historia del cómic pero lo más impactante es que la primera edición de la misma había sido en marzo de 1988 y en España la editorial Zinco había puesto en los kioskos españoles su versión traducida solo unos pocos meses después. Una sonrisa por favor repite alguno de los defectos clásicos de los discos de la Orquesta Mondragón, como es la elección de un insulso y verbenero single de adelanto, I wanna dance que eclipsa la profundidad del resto de los temas: Raymond Carver, Dashiell Hammett o Martin Scorsese conviven entre los surcos del LP. Entre los letristas vuelve el trío Fernando Gonzalez De Canales-Javier Gurruchaga-Luis Alberto De Cuenca que entregan una miniatura de amor de verano en A pleno sol muy en la onda de los poemas incluidos en libros como La caja de plata de De Cuenca, la ansiedad de la dama rica en decadencia de Dónde estás o la melancólica y nocturna Una sonrisa por favor, sentida interpretación de un Javier Gurruchaga al que uno puede imaginar caminando por Madrid tratando de reconciliarse con un presente disfuncional.

Joaquín Sabina está sobresaliente esta vez, su lucidez de final de los ochenta -semejante a la que mostrará diez años más tarde con el final de la década de los noventa-, le permite entregar temas que se ajustan como un guante a la impetuosa interpretación de Gurruchaga como en Tic/Tac o Igual que el sueño y la sed –donde volvemos al mito del vampiro, presente en toda la discografía de la Orquesta Mondragón-y, sobre todo, con Lolita, interpretación cargada de lascivia y dobles intenciones basada en el clásico de Nabokov, un tema que podría perfectamente haberse incluido en el repertorio del cantautor jienense pero que exige unas dotes de perversión interpretativa solamente al alcance de un camaleón como Gurruchaga.

El resto de los temas, los firmados por Moncho Alpuente, Sube al taxi que se introduce en el imaginario de las malas calles neoyorquinas o Solo, prima hermana de la desesperación del que no encuentra su lugar en su propia ciudad, encajan perfectamente con los escritos por Vicente Molina Foix Sácame esta noche o el periodista Ángel Sánchez Harguindey, Engáñame.

Aunque el disco es magnífico el éxito comercial decae ligeramente y Javier Gurruchaga decide parar la Orquesta Mondragón y publicar su primer y, hasta ahora, único disco en solitario. Música para camaleones con título tomado de Truman Capote y editado por CBS en 1990 es una rareza en su carrera pero una de las obras más complejas de su trayectoria. ‘ Música para camaleones es un disco donde el cine está más presente que nunca en la temática de las letras, donde Gurruchaga canta a los Beatles revisando Drive my car junto a Ana Belén y reivindica a los Doors y a Jim Morrison con una acertadísima adaptación al español del Roadhouse blues firmada por Moncho Alpuente como El Blues del Motel.

Mientras faltaban unos años para que Pearl Jam abriera con ese tema sus conciertos o Billy Idol ahogara sus penas en cuartuchos de motel soñando con escribir la oración americana definitiva, Gurruchaga ya abría latas de cerveza para desayunar o, al menos, eso cantaba. El disco se abre con Hoy soñé, un recorrido por la época dorada de Hollywood, el del lamé, las listas negras, los peluquines y los grandes estudios, firman Joaquín Sabina y Gloria Varona, la hermana del guitarrista Pancho Varona. Un rock potente de electricidad desaforada que deja claro el contenido del disco y su amplia paleta en lo referente al continente. El fraseo más intenso de Gurruchaga y su voz sobresaliente se eleva con Tiburones de la noche, con texto del Angel Sánchez Harguindey que introduce algunas metáforas que funcionan en el contexto del amor de pago, tema que se retoma en Lucy, una manera de jugar contra la noche que firma Gloria Varona en solitario. Si la letra no desentonaría en el más vulgar de los discos de Sabina, lo cierto es que la parte musical funciona en el ambiente de Cotton Club que sobrevuela como humo de camel sin filtro todo el disco. Lo mismo sucede con Dame tu fuego, apoyado en coros soul, metales y una cita al estándar Stormy weather y más mujeres fatales, amores pagados y revólveres sacados de malas novelas de Philip Marlowe, aquí se nota la presencia de Luis Alberto de Cuenca, que vuelve a la Mondragón por la puerta grande junto con Gonzáles Canales.

Maravillosa, otra de las grandes letras es Una cita a las diez con las obsesiones de Luis Alberto De Cuenca pasadas por el tamiz de Gurruchaga. Una de sus mejores colaboraciones que no se incluye en todas las versiones del disco. En aquella época tenías el vinilo, el cedé y el casete y cada una podía contener un número limito de temas. Ganaré con palabras de Vicente Molina Foix es un rock plano con letra esquelética y un buen estribillo que, a veces es, con lo que uno tiene que conformarse. Después de la versión del blues del motel el disco comienza a coger fuerza con un tema de Sabina con música de Javier Vargas, Noches de tormenta, donde el gusto por el blues de guitarra y letrista funciona de manera exquisita en la garganta de Gurruchaga. Es uno de los mejores textos de Sabina, que no se conforma con acomodar palabra y melodía y saca de la saca de los versos buenos algunos para la ocasión.

El dúo de compositores continúa con otra gran canción: Marylin es un guiño en forma de vodevil a la tortuosa Walking on the wild side de Lou Reed con trasfondo castizo. Arthur Miller y un Guardia Civil en una combinación que solo el jienense es capaz de introducir en un tema sin provocar sonrojo. La trilogía que sustenta el disco se cierra con No llores más, una típica exaltación de la soledad urbana que, si no hubiéramos escuchado ya miles de veces en las obras anteriores de la Mondragón podría acabar emocionando. Las palabras, en este caso, las aporta Moncho Alpuente.

En la versión casete, que es la que tenía yo originalmente, no se incluía Te puedo hacer feliz, también de Alpuente, muy floja. Una cita a las diez de Gloria Varona, que se incorpora a la nómina habitual de letristas de Gurruchaga no termina de estar acertada con Si tú eres el mejor, un texto plano que podría funcionar en directo pero que no es más que una anécdota dentro del alto nivel general del disco. Varona cierra el disco con El Halcón Maltés, un club con nombre de novela Dashiell Hammett pero que tiene algunas sonrojantes rimas en consonante.

Un disco, Música para camaleones, que busca distanciarse de la excesiva popularidad mediática de Gurruchaga y dotar a su obra de un poso más intelectual pero que se queda a medio camino a pesar de tener una producción impecable y un equipo de compositores de primer nivel. Pero, cuánto se extraña en el final de los ochenta una mayor presencia de la pluma de Luis Alberto de Cuenca. Eduardo Haro-Ibars, que había fallecido en agosto de 1988, manteniendo una relación con la música rock, sobre todo con los Gabinete Caligari, que utilizaron el título de un poema suyo, Pecados más dulces que un zapato de raso y el de su libro de poemas Pérdidas blancas como inspiración para sendos temas de la banda de liderada por Jaime Urrutia. Luis Antonio de Villena, que también ha dejado de escribir para la Mondragón, inmortaliza a Eduardo en varias de sus novelas: está presente en Madrid ha muerto y Malditos y se mantiene apartado del rock hasta que el músico argentino Andy Chango le pide ayuda en la adaptación de los textos del trompetista, ingeniero y patafísico Boris Vian para el disco del mismo título de 2008, en el que también colaboró Javier Krahe.


El último disco antes del primer gran parón musical de la Orquesta Mondragón se edita en 1992 y lleva por título El huevo de Colón. El Gurruchaga más bufón en el año olímpico, en el aniversario del descubrimiento de América, caracterizado como un Cristóbal Colón desubicado en un LP en el que las letras son todas de Joaquín Sabina, que como hemos comentado antes se encuentra en su primer pico de creatividad absoluta y es capaz de componer maravillas como y entregar una serie de textos muy notables. Es el mismo año de edición de uno de sus mejores discos, Física y química y todavía le da tiempo para firmar todos los textos del LP de la Mondragón, aunque la sensación de estar ante un compendio de metáforas de segunda e ideas repetidas nos deja una sensación de colección de descartes. Los dos temas con los que se abren sendas caras del vinilo son mediocres, A mil por hora y Money, money, rock eléctrico de garrafón, mejora con París Boulevard, con la obsesión con la Nouvelle Vague, Truffaut, Godard y el existencialismo de salón que es una constante en el cantautor medio español (busquen en la obra de Luis Eduardo Aute o Joan Manuel Serrat temas semejantes) y en la Hora del rock and roll tira de tópicos pero por alguna razón funciona a pesar esas guitarras eléctricas de música de ascensor que ejecuta Jaime Stinus -y que valdrían para los Rebeldes o Miguel Ríos por igual-, la temática la repetirá con mayor acierto poético Joaquín Sabina en varios temas de Yo, mí, me, contigo. Nos saltamos la habitual bufonada-single-excusa, El huevo de colón, que encima aparece dos veces, la segunda en un reprise que cierra el vinilo. Después del dueto de Música para camaleones con Ana Belén en la versión del Drive me car de los Beatles, repiten con Ángel, demostrando que la cantante madrileña cuando quiere puede sonar sensual -sobre todo si no comparte micrófono con su marido- en un tema que se acerca al morbo de Lolita pero con mucha más contención.

Seguimos con canciones primas hermanas con Rosita (házmelo), canciones sobre la prostitución como si fuera algo divertido y canallita, el divertido Sabina de la época políticamente incorrecto. Entonces, ¿qué se salva de este LP? Poca cosa, muy por debajo de Música para camaleones, suena repetitivo, forzado y edulcorado. Quizá recuperar otra de las grandes obsesiones de Gurruchaga, el asesino serial que se esconde tras el rostro del vecino perfecto, en este caso Johny, un descuartizador de 47 personas en la Inglaterra de la última época de la Thatcher -en Champú rojo de Bon Voyage ya se había recreado otra serie de asesinatos, también en Brighton, como los de Johny, esta vez en el verano de 1965 y a cargo de las hermanas Davidson, famosas peluqueras de la localidad- y sobre todo el mejor tema del LP, Dos amigos y una mujer, un bolero perfecto, trágico y efectivo, donde escuchamos por primera vez a Antonio Banderas -antes del tequila blanco y el mariachi- en la voz solista, con un gusto que empasta perfectamente con la de Gurruchaga. Un tema muy poco conocido pero que recomiendo su escucha.

Con el mismo título del disco y aprovechando el año olímpico, la Expo de Sevilla y el quinto centenario, Gurruchaga presentará en la Telecinco de las Mamma-Chico y de Jesús Gil en el Jacuzzi un programa de variedades, su último gran proyecto televisivo y en el que lo único destacable es una aparición de Christina Rosenvinge promocionando su primer disco con los Subterráneos, Que me parta un rayo.


Después de Música para camaleones, ambicioso proyecto solista con aroma a jazz e intelectualidad clásica, pero con poco éxito comercial y el poco recorrido del Huevo de Colón, a pesar de tener tras de sí a la enorme maquinaria comercial de Don Lucena Management, la oficina del entonces todopoderoso Joaquín Sabina, Gurruchaga echa el freno musical a la Orquesta Mondragón para dedicarse a otros proyectos más relacionados con la interpretación. En 1993 estrena la obra Golfos de Roma junto con Gabino Diego y con dirección de Mario Gas y Las obras completas de William Shakespeare (abreviadas) con Guillermo Montesinos y Josu Ormaetxe en el año 1997. Esta última tuve oportunidad de verla en el Teatro Principal de Zaragoza, en una de esas butacas baratas con “visibilidad reducida” en el gallinero, pero fue la única vez en la que he podido escuchar a Javier Gurruchaga en directo, interpretando entre medio de los textos distintos números musicales, como una versión maravillosa del Stand by me que ya había llevado de repertorio en el directo Rock and roll Circus. En 1991 había realizado una de sus mejores interpretaciones como el Conde-Duque de Olivares en En el rey pasmado y había sido parte del despropósito Supernova estrenado en el año 1992 con Marta Sánchez de protagonista. Mucho mejor parado sale en sus papeles en Tirano Banderas, inspirada en la obra de Ramón María del Valle-Inclán, de 1993 o en Siempre hay un camino a la derecha de 1997.


En 1995 vuelve con la Orquesta Mondragón grabando su segundo disco en directo, un básico de la época, Memorias de una vaca, un disco que nos presenta a un Javier Gurruchaga hinchado y ligeramente desorientado en su propuesta, quizá afectado por su implicación -de la que fue completamente absuelto en los tribunales tres años más tarde- en el “Caso Arny”. En Memorias de una vaca el repertorio sorprende a sus seguidores: seis temas de su primer LP, Muñeca hinchable, incluyendo el que da título, Ponte la peluca, El hotel azula y El hombre de los caramelos, tres temas de John Lennon&Beatles en versiones muy mejorables, You know my name, Give a peace a chance y un muy olvidable dueto, sí, otra vez, con Ana Belén de Imagine. Lo mejor una contundente versión del Blues del Motel de The Doors, recuperar la versión de Adiós, adiós junto a Joaquín Sabina de los tiempos del directo de 1986 junto a Viceversa y el amago de versión que hace con Andrés Calamaro de Corazón de Neón. Las canciones nuevas van firmadas en su mayoría por Moncho Alpuente, Control inspirada en 1984 de George Orwell, Condon club y Akelarre una especie de simpatía por el diablo que se queda en tierra de nadie con la colaboración de Kepa Junquera. Para mejorar la cosa Víctor Manuel escribe la edulcorada ‘Dime una mentira’. Si uno se quiere reír por lo menos puede echar mano de Memorias de una vaca que, a pesar de tomar un título de un libro de Bernardo Atxaga y ser el autor vasco el encargado de la letra, es una especie de biografía de Sara Montiel como si la diva fuera una vaca. Sí, una vaca. Hay otra letra de Atxaga, Ni hooligan, escrita en euskera, la primera vez que Gurruchaga canta en vascuence. Un disco flojo pero que recupera temas que tienen más de quince años y nos recuerda los buenos tiempos junto a Haro-Ibars.


Después del básico, que es el primer disco con BMG Ariola y el último con una multinacional -La Orquesta Mondragón estuvo con EMI desde el principio para grabar El huevo de Colón con DRO-, tendrán que pasar cinco años y en el 2000 se cierra la historia original de la Orquesta Mondragón con un último LP, Tómatelo Con Calma. Durante esos cinco años la Orquesta Mondragón prácticamente no ha girado por España y Gurruchaga ha permanecido fuera de los focos, dedicándose sobre todo al teatro. El disco cuenta con la incorporación a la nómina de letristas de un aragonés, Gonzalo de la Figuera, que, a través del productor Gonzalo Lasheras, aporta su experiencia como autor de textos de bandas como Especialistas, Fernando Illán o los Rosillos.

Gonzalo de la Figuera, con sus modos tropicales y cargados de sensualidad, aporta un tema de corte clásico, como es la historia de Jekyll Y Hyde (El Hombre De Las Mil Caras) y la cálida Los sueños viven, una delicada ensoñación que mezcla la inocencia de la infancia, el recuerdo maternal, un momento bellísimo con un gusto exquisito acompañados de coros y metales. A medias con Gonzalo debuta en Se acabó la gasolina Manolo Tena, líder de Alarma y solista consagrado en los noventa. El tema es puro Mondragón, tanto por el planteamiento del saxo y ese regusto a rock clásico cincuentero mezclado con Nelson Riddle y los coros de la imprescindible Michelle McCain. El compositor pacense se encarga, en su debut como letrista, del grueso de los textos originales: Chocolate Y Ron y No me acuerdo con su ritmo de maracas y su sabor a La Habana de Batista, las melancólicas Notre dame y Los domingos siempre llueve. Aparte de Gonzalo y Manolo Tena, debutan como letristas Andrés Calamaro y con letra y música, Pancho Varona en Palabras‘ habitual compinche, junto a Antonio García de Diego, de Joaquín Sabina.

Moncho Alpuente está bastante inspirado en la adaptación de Get Ready de Smokey Robinson y hay otras dos versiones, una tropical revisión del Light my fire de The Doors, llevando a José Feliciano todavía más al territorio de Xavier Cugat y un clásico hecho por cientos de artistas, Alabama Song de Weill-Brecht, que también habían hecho The Doors o David Bowies. Podríamos considerar como versión el tema Es mentira que había grabado Joaquín Sabina en su disco Yo, mí, me, contigo pero aquí hay un guiño claro al cantante original con el que iba a ser registrado: en el disco de Sabina es Charly García, el mito argentino, quien hace el dueto, pero en el videoclip de la canción Javier Gurruchaga aparece como actor, vestido de pirata. Quizá el planteamiento inicial era que fuera el donostiarra el que hiciera las voces en el disco de Sabina -aquel disco, lo recordarán los fans del cantautor de Úbeda, está repleto de duetos y colaboraciones-, pero al ponerse toda una estrella como Charly y tener la perspectiva de las giras por América tan presentes, les resultó más interesante la voz del líder de Seru Girán. Aquel disco nos pilló por sorpresa a todos los seguidores de la Orquesta Mondragón, recuerdo alquilarlo en una tienda de discos de la Plaza de San Francisco de Zaragoza y grabarlo en una primitiva grabadora de audio, que era algo carísimo y escucharlo bastante, sobre todo por las versiones -la de Light my fire de los Doors me acompañó en mis sesiones como pinchadiscos durante años-y la presencia de un aragonés, de un personaje de nuestra escena al que admiraba y respetaba como letrista y crítico musical como era Gonzalo de la Figuera.

¿El final de la Orquesta Mondragón? Ni mucho menos. Gurruchaga ha seguido sacando discos que mezclan versiones de Elvis Presley y The Beatles con regrabaciones de sus éxitos junto a cantantes de la escena española y latinoamericana e incluso ha dedicado un tema a Donald Trump, pero su época clásica, sus dos décadas de gloria terminan con este último disco. Mientras tanto siguen los directos, Gurruchaga es muy activo en redes como Facebook y a un servidor siempre le queda el deseo último de poder verlo en directo, con la electricidad, los metales y el repertorio más salvaje y enfermo posible. Pasión y poesía, Mondragón siempre.

Letristas de la Orquesta Mondragón (Parte I): de novísimos y marginales

Aparece Mondragón, aunque solamente sea por el internado en su frenopático, en la vida de Leopoldo María Panero. La Orquesta Mondragón cuenta con la que sin duda es la mejor selección de letristas de la historia del pop español. Novísimos y marginales, rockeros y fumadores, antólogos y especialistas, periodistas y cinematógrafos. Todos juntos para que la potente voz de Javier Gurruchaga y su histriónica banda soltaran sencillos de fiestas de pueblo y joyas escondidas que reflejan la oscuridad de nuestra historia.

El primer LP de la Orquesta Mondragón es Muñeca Hinchable. Editado en 1979, es un LP lleno de arrebatos y alacranes, de dulzura que impregna los algodones, de amores detallados y prohibidos. Javier Gurruchaga confía a Eduardo Haro-Ibars todos los textos. Haro-Ibars era conocido por su libro Gay Rock editado en 1974 por la editorial Júcar, un ensayo primerizo que recorría la obra de David Bowie, Lou Reed y demás bandas del glam rock de comienzo de los setenta. Eduardo Haro tenía ya publicado el poemario Pérdidas blancas -que inspiraría una canción de Gabinete Caligari, en cuya primera formación, así como en la de Parálisis Permanente, colaboraría su hermano Alberto Haro-Ibars-. Muñeca hinchable tiene una portada absolutamente pop y las canciones tienen una primera lectura circense con el tema de apertura Pasen y vean para desembocar rápidamente en el submundo del hachís y otras drogas más duras: Porros de fresa y limón o la adaptación de Satin Doll, El hombre de los caramelos. El Hotel azul es un tema swinger con la lascivia en el fraseo de Gurruchaga que había ensayado previamente en Muñeca hinchable -guiño evidente a Tamaño natural la película de Luis García-Berlanga que se había estrenado en 1973-, una letra que introduce descripciones que van mucho más allá del erotismo de serie S del postfranquismo. Muñeca Hinchable es la primera piedra de toque de la Orquesta Mondragón, con una estructura que se repetirá en sus siguientes trabajos: un tema que engancha, en este caso Ponte peluca, de una inocencia abrumadora y una serie de canciones escondidas en lo más profundo de los surcos plenas de perversión y tóxicos. Esta primera época de la Orquesta Mondragón está basada en una efectiva teatralidad, unas grandes dosis de surrealismo y sobre todo mucho exceso: en directo había enanos desfilando y haciendo piruetas, muñecas hinchables en busca de amables, tragasables, obesos… arte bastardo y bufo que sería censurado, prohibido, detenido…

Solamente un año más tarde EMI publica el segundo larga duración de la Orquesta Mondragón, Bon Voyage. En la portada Javier Gurruchaga aparece vestido como un piloto de una línea área imaginaria y en la contraportada un montaje fotográfico con varios aviones estrellados. En este segundo LP la aportación de Eduardo Haro-Ibars es menor, con La Bella y la bestia y Bon Voyage como únicos textos con su firma. La primera es un rock en la onda Jean Genie, que comienza con el mito vampírico para continuar con estética de ciencia-ficción, terreno este donde, a principios de los ochenta, se estaba desarrollando la obra de Haro-Ibars. El segundo tema es un olvidable texto sobre un accidente automovilístico que como Fórmula 1, firmado por el trío Luis Alberto de Cuenca/García de Canales y Javier Gurruchaba no aporta nada al sustento del disco.

Este triunvirato se va a convertir en uno de los más exitosos de la historia de nuestro pop y no deja de ser una combinación exótica: un joven poeta aficionado a los clásicos, Luis Alberto de Cuenca, que forma parta de lo que lo que se consideró la segunda promoción de los Novísimos -y que algunos años después sería Secretario de Estado y director de la Biblioteca nacional-; un artista plástico y cineasta como García de Canales y Javier Gurruchaba que aportaba las líneas melódicas en un spanglish chapurreado para que los poetas añadieran sus versos. Famosos y exitosos porque es en Bon Voyage donde se incluye por primera vez Caperucita Feroz y Viaje con nosotros. La primera tema de repertorio de verbena hasta el día de hoy y, según el mismo Luis Alberto de Cuenca ha contado en alguna ocasión, gracias a sus regalías pudo ir sobreviviendo hasta alcanzar su estatus de poeta del canon. La otra, Viaje con nosotros, con su ritmo verbenero, sirvió incluso como nombre para uno de los proyectos televisivos posteriores de Javier Gurruchaga.

Pero, de nuevo, lo mejor de los discos de la Orquesta Mondragón está escondido al final de los cortes del vinilo: Mis gafas es como un relato de Poe postmoderno, trepidante y misterioso, Champú rojo un alegato sórdido que nos acerca al imaginario de John Waters, donde el asesinato como lugar común aparece por primera -pero no última- vez en la temática de la Orquesta Mondragón. El tema Bubble, bubble es la primera obra maestra del trío. La música del guitarra Josemari Insausti y del mismo Gurruchaga con un inquietante arreglo de saxo, que domina todo el tema. Necrofilia, Sinatra de lejos cantando Blue Moon y un verso que algún buen lector de Luis Alberto de Cuenca puede localizar entre sus poemas: “La herida me latía en el hombro como un corazón”. Más prescindibles resultan Soy especial, No quiero verte con su ritmo tropical o incluso Tú eres la noche, la única que firma únicamente Luis Alberto de Cuenca y que abusa de un romanticismo de pastiche falto de maldad que le hace perder mucho peso a pesar de la inconmensurable interpretación de Gurruchaga, con sus capacidades vocales en lo que podemos denominar “estadio Dean Martin”. A partir de este segundo disco Haro-Ibars se distancia de la banda y la influencia del culturalismo, el amor por la mitología, la pintura y el arte clásico de Luis Alberto de Cuenca comienzan a estar mucho más presentes en las temáticas, sobre todo en la parte más relacionada con la cultura popular: el cine negro, el cómic, la cultura de masas en una fabulación perversa.

En el año 1982 aparece la banda sonora de Bésame tonta, compuesta e interpretada íntegramente por la Orquesta Mondragón. Aunque se puede considerar un disco menor dentro de la trayectoria de la banda, incluye uno de sus éxitos, Garras humanas; un tema inspirado en la película The Unknown de Tod Browning -estrenada en España como Garras Humanas -y que es una enrevesada historia de amor entre un lanzador de cuchillos sin brazos y la hija del dueño del circo donde actúa. Ella, interpretada por Joan Crawford sufre una extraña fobia a ser tocada y por eso se niega a entregarse al amor del clásico forzudo, mientras que Lon Chaney, que solamente es un impostor que oculta sus extremidades para crear una mayor expectación entre el público, se aprovecha en un antecedente del “pagafantas” contemporáneo para acercarse a la Crawford. La película que, en su ambientación parece ser un antecedente de la más conocida Freaks -o La parada de los monstruos-, acaba en una tragedia que queda perfectamente reflejada en el disco.

Además de ese gran éxito el resto de las canciones se adaptan a la idea de la banda sonora de una película de los ochenta -con todos sus defectos y virtudes-, Las palmeras, Tunisia, Hay un lugar, El pirata o El príncipe encantado juegan con referentes cinéfilos claros, de evasión hacia lo que te ofrece la pantalla. El jugueteo más sórdido con una historia infantil como es Los tres cerditos es parte del imaginario de Gurruchaga al que tan bien se ajustan las letras de Luis Alberto de Cuenca. Doctor Doc fue el otro single extraído del disco, un guiño a los científicos locos que tan bien funcionaban en la serie B y una versión, un estándar clásico del jazz vocal, como es Just a Gigolo, que es amolda, como no podía ser de otra manera, a la garganta dotada -y más en aquellos primeros años-, de Javier Gurruchaga. El disco contiene dos joyas maravillosas: Estoy harto de ti, muñeca, tanto en la parte musical como en la lírica, con un estribillo perfecto, sacado de la parte más macarra de Luis Alberto de Cuenca y con estrofas que anticipan la decadencia de la década de los ochenta: estadios llenos, televisiones saturadas, cintas de vídeo donde uno encuentra el amor, las mismas canciones una y otra vez. Una verdadera cumbre en la trayectoria de la Mondragón. El otro gran tema es Es Solo Cine, Pero Me Gusta, un homenaje a la historia del cine clásico con el que se cierra la película y se abre el LP con guiño a los Rolling Stones incluido. La película que sirve de excusa el disco -pues así termina siendo si lo analizamos con cierta distancia- está dirigida por el tercer letrista, Fernando González Canales e interpretada por Javier Gurruchaga junto a su inseparable Popotxo con guión de Rafael Azcona. Se puede localizar fácilmente por internet, aunque su banda sonora es mucho más interesante.


El ritmo en la producción de canciones de la Orquesta Mondragón en los primeros ochenta es extenuante pero la creatividad y la capacidad compositiva no decae. El espectáculo es continuo, la presencia de Javier Gurruchaga en la televisión es muy habitual y en 1984 Es la guerra editado por EMI se convierte en el cuarto disco de estudio (tercero si no consideramos como tal la banda sonora anterior) de la banda donostiarra. Los letristas del disco suponen una mezcolanza de los habituales en la banda, Eduardo Haro-Ibars aporta el texto de tres temas, incluyendo el da título y abre el LP. Firman también letras el trío Canales-Gurrucha-De Cuenca, destacando Feliz Navidad, una canción donde el apartado más sardónico de Gurruchaga se hace presente ante una melodía trepidante que recuerda al Tino Casal más glam, como uno de los enanos que, totalmente enfarlopados, utilizará para describir las bajezas morales de una sociedad en una próxima Nochevieja. Enterrado vivo en Navidad, es parte de las obsesiones habituales: vampirismo, claustrofobia y revisión subversiva de los esquemas sociales para uno de los pocos temas que se salvan de este disco muy irregular.

Hay que señalar el debut de la pluma de Luis Antonio de Villena, poeta y crítico, que por primera vez se asoma a las lindes del rock and roll. Villena, fan declarado del Lou Reed más teatral y aficionado a contemplar el lado más salvaje de la vida, es un intelectual de alcurnia, compañero de Luis Alberto de Cuenca en los Marianistas de Madrid por un lado y habitual de los drugstores madrileños en compañía de Leopoldo María Panero y, por supuesto, Haro-Ibars. Luis Antonio de Villena había recopilado su obra completa en Visor el año anterior con el título de Poesía 1970-1982, incluyendo su aclamado y reconocido Huir del invierno que había sido premio de la crítica en 1981 y editaría ese mismo año 84 un canto al deseo con el título de La muerte únicamente. Suyo es el texto de Mírame, es mi final, una balada edulcorada que la interpretación de Gurruchaba la emparenta con la decadente actriz que protagoniza Antartida starst here de John Cale. Lo malo, como en muchos casos de la época, los solos mal entendidos y los metales cargantes de Luis Cobos, todavía en la producción de los discos de la Mondragón. También aporta Qué más da, un tema que se acerca a la música disco pastiche con una poco habitual voz grave en la interpretación de Gurruchaga para una historia de travestismo con coros femeninos y el tema con el que se cierra el disco, El último adiós, con tonos napolitanos y aires a lo Renato Carosone. Destacar la versión de Rita, un tema de José Luis Lanzagorta, que acompañaría años después a Rafael Berrio en la aventura de Amor a traición y colaboraría con la Buena Vida.

Eduardo Haro Ibars y Lirio (Alberto García Alix)

En 1984 aparece Cumpleaños feliz, uno de los discos más flojos de los ochenta. Tan solo los temas que abren el disco El diablo dijo no, que es una actualización del mito de Fausto y el cierre con Cumpleaños feliz, como una celebración lúbrica y pagana están a la altura de los esperado para el mito de la Orquesta Mondragón. Las letras son del trío Canales-Gurruchaga-De Cuenca y se nota en la festiva Lola, Lola, habitual en sus directos y en algunos temas más maliciosos como Solo era una fiesta o Voyeur que sí que nos recuerdan la estética lírica de Luis Alberto de Cuenca.


Después de cuatro discos en poco más de un lustro y una serie de giras que, si bien todavía no son masivas, sí que tienen tras de sí a un buen número de seguidores atraídos por el teatral espectáculo de Javier Gurruchaga y la capacidad como instrumentistas de su banda soporte en la que ya destacan las guitarras de Ray Gómez y los teclados de Esteban Coll y un habitual de Serrat y el jazz barcelonés como es el mítico Josep Mas Portet, alias Kitflus. Toca pues, como es habitual en el libro básico de estilo del rock, un disco en directo. Un doble LP con título manido, Rock & Roll Circus -los Rolling Stones le habían puesto ese nombre a un película-concierto de 1968 que permaneció inédita hasta bien entrados los 90 por expreso deseo de Mick Jagger, pero eso es otra historia y otra habitación del Motel-, emparentado con la estética de Andy Warhol a través de la portada en colores ácidos donde Gurruchaga, como es habitual, es, junto a Popotxo, el centro de todo. El repertorio se nutre de temas de Cumpleaños Feliz (El diablo dijo noLola, Lola), Es la guerra (Feliz Navidad, Es la guerra), Bon Voyage (Caperucita feroz, Viaje con nosotros, Mis gafas , Bon Voyage y Bubble Bubble), Bésame tonta (Garras humanas, que acabaría convirtiéndose en un extraño hit a través del videoclip que aparecería en la Bola de Cristal, donde Gurruchaga tenía su propia sección, La cuarta parte en ese año 1985) y tres únicos temas de Muñeca hinchable prácticamente encadenados en el repertorio: El hotel azul y El hombre de los caramelos y una acelerada versión de Ponte la peluca.

En cuanto a temas ajenos, tres versiones, dos muy cercanas al universo beatleamaníco por el que Javier Gurruchaga comienza a mostrar una devoción que le va a llevar a abandonar el lado más tóxico del rock por las melodías de cortes sesentero: primero Stand by me, original de Ben E. King, conocido en España por la revisión de Celentano bajo el título de Pregueró y al que John Lennon le había insuflado una nueva fama a través de la versión aparecida en su LP de versiones de 1975, Rock and roll en el que recuperaba los clásicos de la época dorada de los cincuenta sobre los que había construido su imaginario musical. Un detalle interesante es que al año siguiente, en 1986, se estrenaría la película Stand by me inspirada en uno de los pocos relatos de no terror de Stephen King y que en España se conocería como Cuenta conmigo. El otro tema es más evidente, una visita a la época del álbum blanco con la interpretación del festivo Back In The U.S.S.R. El tercer tema es una delirante interpretación de un tema de la última época de la Velvet Underground, Rock and roll del álbum Loaded, el último en el que participó Lou Reed, compositor del texto y la música. La Mondragón llevaba haciéndolo en directo desde 1983, con Gurruchaga caracterizado como una especie de María Antonieta rodeada de enanos, una Vivian Leigh pasada de barbitúricos. El comienzo, con un frase ralentizado y delirante, te lleva a lo más profundo del pantano de la enfermedad mental, después entra el saxo y la protagonista del tema, Jenny se vuelve loca con la música que escucha en la radio, desde lo más profundo de las catacumbas donde Nueva York se une con San Sebastián, Gurruchaga se eleva como un lúcido mesías del exceso.

Lo más curioso de este doble directo, con su introducción instrumental y sus diecinueve temas, es que estrenan tres canciones que no han sido grabadas hasta ese momento en estudio, tres temas, alguno de ellos sobresalientes y, además, estrenando letristas. El primero es Vicente Molina Foix, el único que, en sentido estricto, había aparecido en la antología Nueve novísimos de José María Castellet, editada por primera vez en 1970, que escribe los textos de Rufián -una historia de doble personalidad, entre el trabajo aburrido y el crápula que espera la llegada de la noche para entregarse a la literatura y soñando con los dioses de la poesía- y Verano Peligroso. Esta última es una de las grandes maravillas del repertorio de la Mondragón, con Javier Vargas encargándose junto a Javier Gurruchaga de la música, casi con un ritmo jamaicano, Molina-Foix inventa en menos de tres minutos una historia contada mil veces, la rubia despampanante que no se casó contigo por amor, la mujer de Óscar Wilde, aburrida y abandonada que acaba aliada con un marinero fornido para quitarse del medio al gran lastre de su vida. Vicente Molina Foix forma parte del coqueluche de los Novísimos. Cuando apareció la antología de Castellet no había publicado nada y ese mismo año aparece Los espías del realista. El segundo letrista que aporta por primera vez un texto es Moncho Alpuente, hombre pop renacentista, líder de la seminal humorada Desde Santurce a Bilbao Blues Band y de uno de los más alternativos proyectos musicales de la Movida Madrileña, Alpuente y los Kwai que entregaron canciones como Adiós muñeca o Carolina querida que incluso traspasaría nuestras fronteras y sería grabada por la banda de nueva ola argentina Virus. Alpuente fue columnista, presentador de televisión, actor ocasional y, sobre todo, fuador. Alpuente escribe Es mi vida, una canción que no pasa de lo mediocre. A pesar de esa regular primera incursión, Alpuente acompañará durante los años siguientes a Gurruchaga como colaborador habitual. De este estupendo doble directo destacan las versiones de Garras humanas, Feliz Navidad, Mis gafas y Bubble, Bubble, que mejoran, en muchos casos, los arreglos ochenteros que lastraban sus versiones de estudio.


Tras el directo hay un parón de un par de años antes de que la banda vuelva a entrar en el estudio para grabar Ellos las prefieren gordas. Comienza la época de autoparodia de Javier Gurruchaga que durará hasta su desaparición de los medios más masivos por el “caso Arny”. La Orquesta Mondragón empieza a deslizarse hacia el lado de la broma sin gracia mientras mantiene un nivel notable en las canciones que no son bufonadas de sus discos. Este, ya digo, es el primer ejemplo: Una portada estúpida, con una mujer obesa parodiando a Marilyn Monroe y una contraportada en blanco y negro donde la banda se muestra como son, un combo desafiante de excelentes músicos donde el soul, la música negra y el rock de guitarras son el sustento básico para sus canciones. Del mismo modo se puede distinguir en el listado de los temas: el olvidable que da título al disco -que será carne de verbena durante años-, Rambo, el debut como letrista del periodista de El País, Ángel Sánchez Harguindey, un especialista en Rafael Azcona, referente claro de la Mondragón, que aporta Montaña rusa, con música del teclista Esteban Coll, Cantando bajo la nieve -con texto de Fuster-Mendo, los Suburbano y que aparecía en la banda sonora de La vida alegre de Fernando Colomo, donde Javier Gurruchaga tiene un pequeño papel- o las aportaciones de Haro-Ibars, ‘La viuda alegre’ y la adaptación al español de Mi Delilah popularizada en la voz del “tigre de Gales”, Tom Jones. Por otro lado, la sobresaliente aportación de Vicente Molina Foix en los inéditos del directo, en esta ocasión no pasa de mediocre con Despierta y ponte a soñar. Y es que todo lo eclipsa Corazón de Neón, con letra de Joaquín Sabina, en su primera aparición como autor para la Orquesta Mondragón, se descubre como una de las descripciones de la ciudad como ente más acertada de la postmodernidad.

Corazón de neón es EL TEMA que abre una faceta mucho más urbana en la obra de Javier Gurruchaga. Los otros dos temas que firma Sabina, el que hemos comentado anteriormente, Rambo o los más interesantes Olvídate de mí y Esta noche es tu oportunidad, no dejan de sonar a lo que son en realidad, descartes de un Sabina que en 1987 comenzaba su etapa de mayor éxito con la edición de Hotel, dulce hotel.

Con este disco hacemos una parada en el camino de la Mondragón. Dejamos las puertas del Motel Margot abiertas hasta la próxima semana donde repasaremos los excesos del final de los ochenta, el momento álgido de popularidad musical y televisiva de Gurruchaga y su desaparición mediática en los noventa.

Tangana & Calamaro: aguas peligrosas


¿Quién me hubiera dicho a mí que me iba a encontrar de madrugada analizando el nuevo disco de C. Tangana? ¿Quién me hubiera avisado de que la imagen superaría a la ficción sonora y que habría que visionar dos videoclips como si fueran capítulos de una serie virtual para entender un concepto en el que Tangana no aporta más que escenario y créditos y donde lo que más impresiona es ver fumar a San Jorge Drexler un pitillo con la gracia de un Zitarrosa postmoderno? No sé si el viaje merecerá la pena, pero a veces el Motel tiene que abrirse a la actualidad y uno que vive de huevos de pascua (‘easter eggs’ dicen los que no vieron una referencia al ‘Todopoderoso’ en el penúltimo capítulo de Wandavision), guiños y casualidades. ¿Quién es C. Tangana? ¿Importa? No se puede despreciar al que organiza la fiesta o te esconderá el whisky bueno.


Hasta hace 48 horas -sí, esto ya empieza a parecer una película noventera con aire a Tarantino-, era un tipo que había compuesto un hit subterráneo que se llamaba igual que una canción maravillosa de los Sencillos, Mala mujer. Luego no negaremos que ser novio de Rosalía (que, por cierto, se hizo famosa con un tema que tenía nombre de grupo aragonés de los noventa, Malamente, búsquenlo por internet, sonaban de maravilla) pudo dar empaque a popularidad. La fama ha vuelto solo unos días después de publicar un disco lleno de featuring (volviendo a lo anterior, colaboraciones y duetos, como se ha dicho siempre, pero en trap y en las músicas urbanas el spanglish funciona mejor -aprovecho esta entrada para volver a lanzar una petición al cada vez más escaso número de críticos musicales con conocimientos, gusto y sapiencia para que me expliquen qué es una mixtape-). La canción es un “ripio’s blues”, con rima en consonante, con rima sonrojante.

¿Es Andrés Calamaro un personaje o el personaje es Andrés Calamaro? Cuando en mitad del videoclip protagonizado por Jorge Drexler llega en coche recorriendo ese Madrid fantasmal de avenidas iluminadas por el recuerdo de los muertos hasta una especie de mercado de abasto uno duda si haría más genial al personaje que hubiera elegido él mismo ese abrigo de piel sintético que le coloca en el Olimpo de una especie de revival de Blackexplotation, una especie de Shaft de Avellaneda, parapetado tras las gafas de sol y más escaso de pelo de lo que uno esperaría. Recorren pescaderías y otros puestos cerrados hasta llegar a un bar que es todo un reservado. Aquí uno recuerda aquella frase de Andrés, cuando presentando la biografía de los Rodríguez, Sol y sombra, de Kike Turrón y Kike Babas, hablaba de una inspiración fundamental en los compactos de Anagrama y, en general, de toda aquella literatura norteamericana que alimentó a jóvenes y menos jóvenes cuando el siglo perdía su virtud. Es sencillo pensar en Charles Bukowsky, pero más que en el original sería Chuck Palahniuk o en la Broma infinita de David Foster Wallace. Todos apilados, succionando las primeras dosis de oxicodona con receta.


Andrés Calamaro besa a la mujer que hace de dueña del garito y ella le susurra al oído que hacía mucho que no le veía en horario de poeta. Pícaro en la sonrisa, Calamaro avanza y besa, pero sin sangre, a los otros dos protagonistas, Tangana y Drexler. Recuerden, queridos invitados al Motel, que seguimos en el videoclip de Drexler, aturdidos todavía por el ripio’s blues con el que nos han castigado unos minutos antes. Andrés lleva una camisa elegante, una barriga que ya no se puede considerar incipiente, pero la dignidad del faso se ha perdido y dice sí a un whisky en vaso bajo sin hielo. ¿Llevas unas letras? Llevo unas letras, llevo un poco de todo, como siempre. No es leyenda, repito, es pura picaresca. No parecer impostado, es Umbral y es Pipo Cipollati, es Moris y José Luis Garci. ¿De qué habla? De una faria por fumar o un gramo de coca. Las letras van manuscritas.


El final del primer vídeo termina con Calamaro amagando rapear un fragmento de Jugo de tomate frío de los Manal. La parte de “O elegiste ser un tipo capo/Siempre serio y que da temor” funciona perfectamente bajo lacerante movimiento manual de Calamaro imitando a un Ice Cube con sobrepeso -siendo esto último una evidencia en cualquiera de los sentidos que busques-. La canción la escribió Javier Martínez y se publicó en 1970, en los albores de lo que luego se llamaría ‘rock nacional’ argentino. En aquella época Charly García iba en dúo folk a lo Simon & Garfunkel de disquera en disquera con Nito Mestre al lado, pelo largo lacio y con una sobriedad manifiestamente mejorable. Aún vivía Tanguito, que escribiría la primera frase de La balsa con Lito Nebbia mientras buscaba Pervitin para inyectarse. Muy groso que le hicieran un biopic noventero a un tipo que se pinchaba la anfetamina de los nazis. Suben los dos, Calamaro y Tangana, en el ascensor y Calamaro canta Jugo de tomate frío y, evidentemente, Tangana no se la sabe.

Un corte breve, lo que cuesta cambiar el carrete de película y engancharlo al proyector y volvemos a la misma toma, el mismo encuadre. Pero todo está más calmado. Calamaro y Tangana suben. Aún pueden subir más. Ya es el momento de Andrés. Pero ambos envidian la elegancia de Drexler. Jorge, le llaman. Calamaro pide un Oscar para él y Tangana le dice que ya se lo han dado. ¿Ya se lo han dado? Replica Andrés. Se encoge de hombros. “Vamos a tomar un poco el aire, relajarnos”. Todo bien, hasta la guitarra eléctrica limpia de Drexler… ¿Y la canción? Paremos un segundo, o dos. En la época del Salmón, Calamaro grababa en cintas TDK de 60 minutos demos y maquetas en un estudio portátil de ocho pistas. Muchos de los que pasaron por allí a llevar sustancias y repuestos fungibles están muertos y sus espíritus se quedaron atrapados en aquellos temas. Eran aguas peligrosas. En aquella época Calamaro se creía que era Marlon Brando en Apocalipsis Now, improvisaba el papel de su vida con el gusto de los tocados por una varita. La del Mago Merlín. Uno de aquellos temas -que luego cantaría con Loquillo en un bonus track de Cuero español, un LP de retales de los Trogloditas-, hacía rimar al mago Merlín con el Muro de Berlín y a Sammy Davis con Angela Davis. Andrés Calamaro en aquella época de Deep Cambo ya era capaz de expulsar de su cuerpo una media de siete temas diarios. El tema que le hace cantar Tangana quedaría entre el quinto y el sexto de un día cualquiera. Calamaro mandaba a sus acólitos por todos los bazares chinos de la zona buscando cintas TDK de 60 minutos y con el celofán transparente veía elevarse un aroma de opio fresco, como recién salido de las levaduras que florecían en la oscuridad de los dedos de los pies del Diego.

En la parte de arriba del edificio se adivina Madrid. Pero Andrés quiere hablar de Hong-Kong y uno piensa en películas de artes marciales malas, en el Elvis pata negra de los setenta, intercambiando armas de fuego con el presidente Nixon como quien cambia a Ruggeri por José Luis Brown camino del cielo. Calamaro está en modo “señora mayor, suélteme del brazo” mientras le cuenta a Tangana que cuando publicaron Mil horas todo el mundo se volvió loco en la Argentina, su nombre en neón dorado en la avenida Corrientes, las minas succionando los restos de una noche como súcubos mientras él soñaba con el rizado pelo de Andy Cherniavsky. Mil horas cantada por Marcela Ferrari, Mil horas en cumbia, Mil hora’ en una cabina del Regimiento de Infantería Paracaidista 14, en Córdoba, en la Pascua de 1987. Madrid es una ciudad zombi, escribe el bisnieto de Dámaso Alonso, se ha quitado la mascarilla FPP2 y fuma mientras le sobran dedos de todas las manos en el conteo. Entre 1989 y 1990 Calamaro aterriza en Madrid y lo recoge Ariel Rot, con el que había grabado varios discos solistas en la Argentina. Ariel compondrá y grabará una década más tarde un tema para su disco Cenizas en el aire que se llamará Geishas en Madrid.


“Aquello fue peor que Puerto Hurraco”. El 26 de agosto de 1990 se produjo la matanza de Puerto Hurraco. Calamaro llevaba unos pocos meses en Madrid, yo cumpliría 12 años al día siguiente y habíamos pasado el verano recorriendo Castilla en el Peugeot 405 de mi padre. Habíamos estado en Nava de la Asunción, de donde era Jaime Gil de Biedma. Hacía calor aquel verano. La final del Mundial se había repetido y nadie entiende el porqué de que no tirara Lothar Matthaus el penalti para Alemania y se lo dejara a Andreas Brehme. Brehme vino a jugar después a Zaragoza porque su mujer era aragonesa. Decir que vino a jugar quizá es demasiado. Simplemente vino. Carlos Saura hizo una película sobre Puerto Hurraco con guion de Ray Loriga. Hacía mucho calor aquel verano. Alfonso Arús imitaba a las hermanas Ángela y Luciana Izquierdo en su programa Al ataque y nadie se escandalizaba. Utilizaban extractos de las declaraciones para mofarse del retraso o de la locura de aquella gente y encima nos reíamos y nos seguimos riendo porque no sabíamos que estaba mal, que era pecado. Reitero, en 2021 es más violento ver a San Jorge Drexler fumándose un pitillo – que le está sabiendo a gloria- que volver a escuchar a Andrés Calamaro hacer apología de la cocaína en un tema. Escuchen la letra: “Peinábamos perico con navaja/ en el salpicadero de tu coche”. En el año 1999 Calamaro cantaba en Clonazepan y circo: “Pastillas la última esperanza negra. Podés pedirle pastillas a tu suegra”. Diazepan para los dolores, tramadol para seguir sonriendo, lormetazepam para intentar dormir sin dolores. No pruebo una gota de alcohol desde antes del COVID. Películas de mafiosos de los noventa, Joe Pesci es igual al Joe Pesci de la peli anterior y con una cuchilla afilada obtenían finas láminas de ajo para la salsa de la pasta. “Que parezca un accidente”.


Calamaro juró la Constitución española y dijo que los que atacaban al Rey eran unos impresentables. Calamaro va a los toros con Jaime Urrutia y a veces solo, con un faria entre los dientes, Calamaro no es de VOX. Calamaro está más cerca de Fabio MacNamara que de la dentadura postiza nueva que le ha pagado Palito Ortega a Charly García. En el minuto 2 y segundo 11 Tangana pone los ojos en blanco y levanta los puños, no es Northern Soul es verbena de Nando Dixcontrol. Tres bellezas en vestido corto de una pieza y Andrés agarrándose los genitales como el Cid Campeador, Tangana no podría ser palmero de Peret, pero Calamaro podría lanzarse por Sevillanas en la Feria de Abril de una línea temporal alternativa en la que el traspaso de Finidi al Sevilla había terminado con la fusión nuclear entre Lopera y González Caldas y un único equipo llamado Atlético Nervión dominaba con mano dura los terrenos de juego de toda Europa. Calamaro bailando el robot e imitando a la gallina Caponata, con un ángel en la frente y unas alas bajo la americana.


El final del vídeo, con Andrés subido a la tarima tocando la batería, nos devuelve a Laura Ramos, aquella cronista del Buenos Aires canalla de la época posterior a la dictadura, cuando todo era sushi, champán y merca y la paridad del peso y el dólar hacía que fuera más barato comprar zapatos de piel -de cuero vacuno, piénselo un momento-, en Brasil que en Argentina. Era la época entre Fabiana y Cecilia, con Fito Páez escribiendo el Amor después del amor y el ojo avizor de Andrés grabando Nadie sale vivo de aquí antes de marchar a España. Laura cuenta que Andrés subía a zapar con el Fabián ‘El Zorrito’ Von Quintero -que había sido el cuarto Soda y tecladista de Charly García cuando Charly estuvo a punto de conquistar Nueva York- al bajo y muchos días subía Claudio Gabis y tocaban ‘Popotitos’.


Después de todo esto, ¿qué nos queda? Dientes que se caen, un poco de fernet con coca cola zero, buscar en IMDB a las protagonistas femeninas de los vídeos, comprar una caja de ritmos o un pad o lo que demonios amague con tocar Tangana sobre la mesa de billar y esperar que se nos ocurra una buena rima consonante. Aquel poema que acababa diciendo: “Tan bello como escuchar a Man Ray cantando Señal que te he perdido”, aquellos dos vídeoclips encadenados. La imagen es todo y Andrés Calamaro un personaje en la búsqueda de un autor a su nivel para que narre lo que todavía le queda por vivir.


En agradecimientos Javier de Sola, Enrique Cebrián, Pablo Ferrer, Juan Luis Saldaña y David Giménez (que lleva poemas en los bolsillos, así son las cosas, es el cambio de estaciones).

Warren Ellis y ‘Planetary’: canto a la cultura pulp

Imaginen a un chico de veintidós años frente al escaparate una tienda de tebeos. Lleva disfrutando de la noche y los excesos lo que le permiten los estudios y el dinero. Poco éxito con las mujeres, muchas mañanas de resaca y una carrera que avanza sin sobresaltos. Le quedan dos años para marcharse a Buenos Aires y enamorarse por primera vez. Pero también le sobra una década en la que ha abandonado una de sus pasiones más intensas, los tebeos. Es hora de volver a ella. Una adicción maravillosa, que siempre te lleva un paso más allá, que te abre mundos más complejos. Igual que las resinas te llevan a los granulados, las viñetas te marcan el camino a los libros, a las películas, la canción pop, el arte.

En el escaparate de SAGA -así se llamaba la librería-, destacaban varios títulos de una nueva línea que no pertenecía a las clásicas Marvel y DC que, a través de Fórum y Zinco, habían sido las principales suministradoras de sueños de los adolescentes españoles en los años ochenta. La década de los superhéroes musculados en mallas había hecho mucho daño y solamente los guionistas ingleses como Neil Gaiman o Alan Moore habían salvado el honor del tebeo como algo más allá que una explosión de escotes y diálogos absurdos.

La Gran Bretaña suministraba el mejor material: Jamie Delano, Grant Morrison, Mark Millar, Steve Dillon o Garth Ennis. Además del sello Vértigo de DC destacaba las series de WildStorm, Sleeper de Ed Brubaker y las que llevaban el sello de uno de los mayores genios de la historia del tebeo y, por ende, de la literatura, Warren Ellis. Suyos son los últimos números de Stormwatch que se convertirán en la obra magna The Autorithy o pequeñas miniaturas como Global Frecuency. Ellis había empezado guionizando algunos arcos del grupo británico por antonomasia de Marvel, Excalibur, ya en decadencia como serie regular; también había sido capaz de redefinir el cyberpunk desde la perspectiva del periodismo gonzo en la onda de Hunter S. Thompson -lean Miedo y asco en Las Vegas y se harán una idea – con su personaje Spider Jerusalem y su serie Transmetropolitan pero para mí su obra cumbre son los 27 números y los tres especiales de Planetary. Y de ellos vamos a hablar hoy. Del trío y del cuarto hombre, de los guiños al pulp, a los orígenes de los superhéroes, de los homenajes a Julio Verne, a los kaiju, los seriales de radio o la serie B de los cincuenta, de un planeta Tierra y de su verdadera historia, oculta para el ojo ordinario y almacenada en almanaques anuales. Prepárense para acompañar a los arqueólogos de lo imposible en su misión de proteger a la Tierra de sí misma y sus enemigos potenciales.

 

El número 1 se abre con una cafetería como las de las obras de Edward Hopper pero en mitad del desierto. Una misteriosa mujer recluta a un todavía más misterioso hombre para una organización llamada Planetary. El hombre se llama Elijah Snow, va siempre vestido de blanco y tiene la particularidad de haber nacido el 1 de enero de 1900, además del poder de bajar la temperatura en pequeños entornos a su alrededor. Es una serie donde hay gente con poderes, pero les aseguro que es lo de menos. Ya en este primer número hacen su aparición siete superhéroes extraídos de los seriales pulp de los años cuarenta erigiéndose como adelantados visionarios de la computerización fractal y generando suficientes mundos paralelos como para que de ellos surja una versión oscura de la Liga de la Justicia de DC Cómics. Siete personajes sin nombre entre los que podemos distinguir a remedos de Fu-Manchú, Tarzán con un traje a medida, Thomas Alva Edison, un millonario con el seudónimo de ‘La araña’ que es una mezcla del Avispón Verde y La sombra, el agente cinco, que es un James Bond pero que por su acento americano y su traje azul se acerca más a Spirit, el ‘Aviador’ podría ser The Phantom (El hombre enmascarado) o un Antoine de Saint-Exupéry con ganas de salvar el mundo, además de un Doc Brass que no es más que un sosías de Doc Savage -ahora mismo se están volviendo a editar aventuras de este personaje creado entre la década de los 30 y los 40 como el resto de los personajes. El segundo número nos lleva a la Isla Cero, el pedazo de Japón más cerca de Eurasia y es un homenaje al cine de kaiju, respondiendo a la pregunta de qué se hacía con Godzilla, Mothra o el dragón de tres cabezas, King Ghidorah, la gente de los estudios cuando dejaron de estar de moda las películas de monstruos. Fácil, los llevaron a una isla para que fallecieran de inanición. Warren Elllis va más allá e introduce un personaje que evoca la figura de Yukio Mishima, como un enloquecido gurú de una secta que quiere recuperar la supremacía del Japón tradicional con un grupo de acólitos puestos hasta arriba de cocaína. Lo mejor de todo el capítulo, además de su viñeta final, es dar una explicación alternativa a la aparición de los monstruos, producto de un rasgado interdimensional tras la explosión de la bomba atómica en Hiroshima.

El número 3 y el 4 echa un poco el freno, desarrollando los personajes a través del folklore asiático, con un espíritu de la venganza que uno puede encontrar en las leyendas coreanas o de Hong-Kong y que ha alimentado el terror oriental las últimas décadas y la aparición de un nave comercial interdimensional que en un accidente fortuito provocó la desaparición de los dinosaurios y de la que saldrá otro personaje, en el que uno puede encontrar pinceladas del Capitán Marvel o lo que ahora conocemos como Shazam. En el quinto número se nos revela algo más del Doc Brass y su historia antes de que lo encontrar Planetary: cómo convenció a Fu-Manchú para dejar de ser enemigos y luchar juntos por la Tierra, cómo junto a sus aliados pelean con los demonitas-que es una manera de introducir Planetary en el Universo Wildstorm, puesto que esos demonitas son una raza de extraterrestres que llevan en el planeta cientos de años según la continuidad establecida en otras colecciones del sello- y protegen el mundo de sus enemigos interiores y exteriores.

El sexto número es fundamental en el desarrollo de la serie, se presenta a ‘los cuatro’, los antagonistas de Planetary. Un grupo paralelo heredero de los científicos nazis reclutados por los norteamericanos al final de la Segunda Guerra Mundial y que con el proyecto Artemis fueron capaces de llegar a la Luna cinco años antes de la fecha oficial. La existencia de ese proyecto se suponía tan secreta que había que estar “en las esferas más altas del gobierno estadounidense, que se encuentran unos 35 escalones por encima del presidente”. No habría S. XXI si una buena conspiración detrás. ‘Los cuatro’ incluían a una de las hijas de los cerebros alemanes, a un ingeniero que había sido uno de los últimos en pilotar el Nautilus en 1954 -luego volverá Jules Verne, no se preocupen-, un tipo que se convirtió en un monstruo en el viaje a la luna y un oscuro físico con un coeficiente intelectual mayor que el de Einstein. ‘Los cuatro’ no son más que los ‘Cuatro fantásticos’ de la Marvel, la familia perfecta con la que empezó una era, la de los superhéroes, pero pasados por un prisma maquiavélico. El séptimo número es un homenaje a esa hornada de escritores ingleses que revolucionaron el tebeo en los ochenta de la que he hablado al comienzo. La muerte de un personaje con gabardina, poderes mágicos y tabaquismo y que recuerda al John Constantine de Hellblazer nos devuelve al reinado de Margaret Thatcher, cuando los que mandaban eran Echo & the Bunnymen y los Neo-Druidas. Hay cameos del Hombre Cosa de Alan Moore o de Sandman y su hermana Muerte, los eternos surgidos de la mente privilegiada de Neil Gaiman. Es un tebeo en el que hay anticristos eliminados de manera preventiva por divisiones del MI6 que nadie conoce, superhéroes creados a partir de ADN de atletas arios y prostitutas enanas de Hitler y un guiño desconcertante a Spider Jerusalem, un autohomenaje a su serie Transmetropolitan, con la que Ellis quiere dejar claro que para él todo ha terminado, los ochenta y los noventa.

Pero si el anterior número es una pequeña obra de arte, el siguiente no se queda atrás. Con el título de El día que la Tierra se ralentizó, el homenaje en este caso es a las películas de serie B, a las dobles sesiones y al terror nuclear de la Guerra Fría. Hormigas gigantes, hombres de más de 40 pies con cerebros de tamaño normal, mezclas de mujeres e insectos y todo narrado por una Marilyn Monroe que en vez de morir es trasladada junto a todo sospechoso de ser comunista en la paranoica América de los años cincuenta a un campo de concentración denominado “ciudad cero”. Allí entre experimentos atómicos y olor a ozono, se rodaban las películas y la mujer que se acostó con los hombres que no debía, se convirtió en una mujer con vida media radioactiva de 50 años, un isótopo rubio andante. Las sustancias radioactivas emiten energía y su capacidad de seguir activa se mide en periodos de semidesintegración, el tiempo que cuesta que la mitad de su radiactividad desaparezca. Suele utilizarse la letra griega lambda para referirse a ello.

Llegamos al número nueve y hace su aparición en una escena retrospectiva Ambrose Chace, el que había sido tercer miembro del equipo de campo de Planetary y sobre el que vemos que empieza a pivotar la historia. Chace muere cuando tratan de detener a unos científicos bajo el mando de ‘los cuatro’ que han creado un mundo de ficción como el que se ve en las películas, en los libros o en los videojuegos. La extracción de muestras y de personas de esa realidad inventada no acaba bien, en realidad es terrorífica, pero lo mejor del tebeo es que se construye sin que veamos en ningún momento ni un fotograma de ese planeta inventado. El diez vuelve a poner de manifiesto la influencia de ‘los cuatro’ en el devenir de la historia del planeta: ¿Qué hubiera sucedido si las defensas aéreas secretas del planeta, mucho más adelantadas que las oficiales hubieran detectado la entrada a la atmósfera de la pequeña cápsula donde viajaba Kal-El desde Krypton y un equipo especial se hubiera encargado de eliminar al bebé sin dejar rastro? ¿Y si hubieran descubierto que existe una sociedad secreta exclusivamente femenina con setecientos años de adelanto tecnológico capaz de perdurar a través de la clonación evitando el deterioro genético? ¿Podrían resistir el ataque y esterilización por parte de los cuatro’? ¿Cuánto valdría en el mercado negro la linterna negra que le extirpa a uno de los policías cósmicos que patrullan nuestro distrito espacial? ¿Estaría contento Henry Bendix si Randall Dowling? Una revisión a las bases de toda la mitología del Universo DC narrada con una fuerza visual escalofriante y que encima permite avanzar en el relato con mucha elegancia.

En el número 11 hay un fragmento que resulta escalofriante, el remedo de James Bond señala una foto en una taberna perdida en mitad de la nada: “ése es un grupo de antiguos técnicos nucleares soviéticos acampando cerca de aquí. La de al lado es un grupo de investigadores que demostró que el alma humana es un campo electromagnético. Dicen haber descubierto a dónde van las almas. Que el cielo y el infierno no son más que máquinas de asedio en guerra constante la una con la otra y que las almas son su combustible. Esta taberna es el sitio donde se engaña al más allá. Verás, los campos magnéticos se rompen con una explosión nuclear. Aquí los investigadores se toman la última copa y después se atan a una de las bombas nucleares que se prueban bajo tierra. Por los muertos triunfantes”. ¿Quién puede decir después de leer esto que los tebeos son cosas de niños? Por cierto aparece en otra escena retrospectiva una enemiga de James Bond que parece Emma Frost con modificaciones cibernéticas al modo de las que llevaría 007 después de pasar por las manos de Q. Vuelve a aparecer el Nautilus – y nos hacer recordar que por esa misma época Alan Moore está planteando algo parecido a Planetary en su obra magna, ‘La liga de los seres extraordinarios’, que espero tenga una habitación dedicada en este motel también pronto-, y Elijah Snow comienza a descubrir quién es y cómo ha llegado hasta ese momento recorriendo el siglo. El número 12 supone la primera eclosión de Planetary, una especie de final del primer acto, se descubren las Guías Planetarias, almanaques que recogen todas las actividades y sucesos anormales del mundo durante un año, Elijah Snow recuerda que conoció a Sherlock Holmes y que el cuarto hombre y el tercero se parecen mucho. Justo en ese instante, en España, freno brusco. Estamos en marzo de 2001 y tras doce entregas la serie deja de publicarse.

En diciembre de 2004 aparece el volumen dos, que comienza con un nuevo número uno. Nosotros seguiremos los capítulos americanos, porque ahora mismo la edición en grapa es inencontrable y uno tiene que conformarse con los tomos recopilatorios que ECC Comics va reeditando cada cierto tiempo. Bueno, en realidad, en los sótanos del Motel guardo la colección completa de los dos volúmenes, pero eso será una visita muy exclusiva y reservada. El capítulo 13 comienza con la visita de Elijah a un castillo en Alemania en 1919 donde descubre lo que cualquier lector de terror con capacidad para el pensamiento científico habría considerado, que para que el monstruo del Doctor Frankenstein volviera a la vida tuvo que haber primero unos cuantos ensayos fallidos. Después viaja hasta Londres, llega a Baker Street donde después de revelar a Sherlock Holmes que fue John Griffin -sí, el hombre invisible-, el que lo puso en su pista del mejor detective del mundo. Tras derrotar al guardaespaldas de Holmes, que no es el Doctor Watson, es el vampiro más famoso de la historia, Snow se convierte en su aprendiz, recogiendo el saber y la historia secreta del S.XIX durante el siguiente lustro. El número incluye guiños y homenajes a Edward Ellis y su inocente, pero muy avanzada para 1868, historia de El hombre de vapor de las praderas, al Robur de Robur-le-Conquérant de Jules Verne, a un científico de apellido Wells y al primer detective de lo oculto Thomas Carnacki, obra del británico William H. Hodgson, autor, entre otras, de las sobresalientes La casa en el confín de la tierra o La nave abandonada, resultando una guía de entretenimiento perdido para los iniciados en el universo de novelas por entregas y cultura pulp de Warren Ellis. Este número 13 es uno de los más bellos de la serie.

Si en números anteriores se hace referencias nada veladas a la mitología de los tebeos de DC, en el número 14 tenemos un momento Marvel con un bastón que se transforma en un martillo y que lleva a Snow a un mundo en otra dimensión. En este número aparece por primera vez la sosías de Susan Richards, la mujer invisible, pero solo para descubrirnos la derrota del equipo Planetary original a manos de ‘los cuatro’. El capítulo 15 es un delicado homenaje a las leyendas australianas, al tiempo del sueño, una dimensión denominada Altjeringa -que por cierto tratará uno de mis actuales guionistas de cabecera, Jonathan Hickman en su serie God is dead- creada por gigantescos seres totémicos. Inevitable pensar en aquel personaje, Pórtico, que aparecía en la Patrulla-X cuando trasladan su base precisamente a Australia tras la saga de La caída de los mutantes. Es un número este de transición pero que nos presenta a un explorador, Carlton Marvell que por su aspecto nos recuerda a Flash Gordon y por su apellido, lógicamente, al alienígena kree que traicionó a los suyos por proteger a los terrestres y acabó muriendo de cáncer en una de las novelas gráficas más bellas de la historia del Universo Marvel. En el número 16 se incorpora la hija del original Hark (Fu-Manchú) que había aparecido brevemente en el capítulo dedicado a Ciudad Cero y llegamos en el 17 a otro de las mejores entregas del Planetary de Warren Ellis, En la ciudad perdida de Opak-Re, una aventura en la que se mezcla uno de los posibles orígenes de la Atlántica situada en África, con estudio del pasado del aristócrata que aparece en el primer número como sosías de Tarzán e incluso parece que Ellis se adelanta a la presencia mediática que tiene ahora mismo un elemento de la geografía imaginaria de Marvel como es Wakanda presentándonos una civilización avanzada tecnológica y socialmente en mitad del continente negro. El número 18 es el homenaje a Julio Verne que uno espera desde el principio de la serie. Con el título de El club balístico se narra el día después -más bien las décadas después- del lanzamiento de una esfera con destino selenita. Lanzados a la Luna con la única tecnología disponible, hierro y explosivos, un viaje sin posibilidad de comunicarse con la Tierra y sin mecanismo de regreso. Las viñetas en blanco y negro que retrotraen al momento de la despedida y el lanzamiento resultan trágicas y a la vez entrañables.

Y de un episodio de ciencia ficción científica, casi steam-punk, a Misterio en el espacio, donde se mezcla la influencia de 2001, Odisea en el espacio con una estructura cósmica con reminiscencias marvelianas: la llegada de un sosías de Galactus y su enorme nave, angelicales heraldos que solamente se dedican a recoger información, la saga de John Byrne en la Zona Negativa en los 4EFE de los ochenta, además de un guiño a una invasión frustrada alienígena en 1951, el año del supuesto incidente de Roswell. Warren Ellis encaja todas las piezas del puzle y lo hace con una aparente despreocupación, como si todo marchara según unos parámetros determinados y realistas. También nos viene a la cabeza los Celestiales, la creación de Jack Kirby que bebía de las teorías de Erich von Däniken. La historia de la nave continúa en el siguiente número, cuando vemos en una viñeta a página completa el aspecto que tendría Ben Grimm si los rayos cósmicos lo hubieran hecho mutar en un mundo “de verdad”. El final demuestra que la guerra entre Planetary y ‘Los cuatro’ va en serio y se acerca a su acto final. En este número termina el volumen 2 de la edición española, dejando a los fanáticos del universo de Warren Ellis totalmente abandonados. Tuvimos que esperar a las ediciones posteriores en tomo de Norma Comics para conocer el final de la historia.

El capítulo 21 titulado Muerte, máquina, telemetría tiene algo de transición al tercer acto final. Esta vez Warren Ellis se vuelca en el chamanismo a través de la experimentación con ayahuasca -o un té especial con los mismos efectos-, pero no es todo magia, las microescalas siempre han sido un misterio para la ciencia, desde Richar Feymann -que tocaba los bongos mientras realizaba los estudios que le llevarían a ganar el premio Nobel- hasta K. Eric Drexler, teórico de la nanotecnología, sus beneficios y peligros. En las escalas más pequeñas de la materia, donde todo ese prácticamente vacío, existen algunas partículas y otros “deben de existir” para mantener la estructura lógica del Universo. Las fuerzas que intervienen son tan poderosas que son las responsables de mantener conexa la realidad, enterramos a los muertos y sus almas sirven de alimento a las plantas que exhalan etileno, el componente básico de la pneuma, fundamental en los procesos de adivinación de los oráculos en la cultura grecolatina. ATGC. Intercambien las iniciales y tendrán la secuencia de la vida y de los organismos que la destruyen.

El acto final comienza en el capítulo 22, cuando la historia se retrotrae al salvaje Oeste americano, donde vemos la relación entre la familia de líder de ‘los cuatro’, los Dowling -una especie de Dalton pero más serios-, con la de su compañero Willian Leather, que termina convirtiéndose en un remedo del origen del fantasmal Llanero solitario-y donde descubrimos la razón química de las peligrosas balas de plata y del porqué de no usar ya termómetros de mercurio-, y nos muestra cómo ‘La araña’, que tiene un poco de Batman y de los referentes que hablamos en los primeros números, no es más que un pobre hombre obsesionado con la justicia. El capítulo 23 nos descubre el origen de ‘El baterista’, uno de los agentes de campo de Planetary, que estuvo en el comienzo de Internet moldeando la realidad de la información a su antojo. En el capítulo 24 viajan a la sede de Planetary en Brasil, donde Elijah Snow les muestra a sus compañeros las guías planetarias de las que se ha hablado en capítulos anteriores y descubre a Jakita Wagner quién fueron sus verdaderos padres. Justo cuando les comunica que van a salvar a Ambrose Chase lo que queda de ‘los cuatro’ desencadenan un ataque final. La respuesta de Planetary es comenzar la caza. Quedan tres números. Primero irán a por ‘los cuatro’ y después se encargarán de Chase. En el capítulo 25 volvemos a la taberna perdida donde los científicos hacían explosionar sus almas y allí está esperando el sosía de James Bond, que, como todos suponíamos, era un agente doble. Un homenaje sorpresa a la serie británica Zarpa de acero que fue publicada por la editorial Vértice en España en los años 60 -y que se incorpora al universo Wildstorm de la mano de Alan Moore en la serie ‘Albion’ más o menos por esa época-, es uno de esos guiños pulp que estábamos esperando. En el capítulo se descubre qué hicieron ‘los cuatro’ en su accidentado viaje de 1961, su objetivo real y qué pasaría en al año 2001, cuando tuvieran que pagar una deuda contraída a cambio de poder y conocimiento.

Los dos últimos capítulos de la serie funcionan a modo de cierre de los dos temas fundamentales de la serie: en el 26 hay una vuelta al comienzo -el lugar perdido del desierto donde Jakita fue a buscar a Elijah en el primer capítulo- y una derrota de los malos que emparenta definitivamente a Planetary con el Universo Wildstorm utilizando el concepto de la ‘Sangría’, una especie de espacio interdimensional e interplanetario que sirve de autopista entre dimensiones. El último capítulo de Planetary, el 27, supone la búsqueda de Ambrose Chase. Para ello Warren Ellis hace un alarde de conocimiento de física cuántica y la teoría básica de los viajes en el tiempo para la cual cita de manera soterrada a Werner Heisenberg -los que estudiamos química y física en el COU de los ochenta no podremos olvidar la belleza de su “Principio de incertidumbre”: no puedes conocer a la vez la posición y la velocidad de un electrón porque al “iluminarlo” con un fotón para poder “verlo” ya estás alterando su movimiento al “empujarlo”-y a Erwin Schrödinger -del científico austriaco es más conocida su paradoja del gato encerrado, que existe en un estado de vivo/muerto a la vez- y nos recuerda una de las realidades que no siempre se tienen en cuenta en la ciencia-ficción no científica: cuando uno utiliza el viaje en el tiempo utilizando una máquina, lo más atrás hacia donde puede desplazarse es el mismo momento en el que se puso en marcha esa máquina.

Planetary fue un experimento tan clásico que era vanguardista, un tebeo que buscaba asimilar referencia de la cultura pop de un siglo completo. Fue el tebeo definitivo porque especuló en clave tecnológica y todo lo realista que era posible sobre la base de las historias de superhéroes en un ejercicio que es a la vez una compilación y un homenaje sentido. Planetary es la excusa para hacernos entender que todo está permitido, que Ed Wood utilizaba vampiros de verdad en sus películas y que la bella Mujer Invisible necesitaría unas gafas especiales para ver cuando usara sus poderes porque la luz también atravesaría sus retinas. Cuento los días para que mi hijo tenga edad de leer Planetary y, mientras tanto, voy contándole alguna de sus historias.

Félix Romeo (segunda parte). Mixtape y caras B

Después del oficialismo siempre llega la rareza, es parte del encanto, de la búsqueda, del no sentir tan cerca el desamparo. Impedir que los teléfonos móviles se queden sin batería. Trato de atrapar los momentos que me perdí o los que me ofreciste, los que tenían nombre de rincones, cuando todo era más joven. Hoy me faltan 218 días para cumplir 43 años. A ti te faltaban cinco días. En 1998 habías publicado un relato llamado Canfranc-Madrid en un libro colectivo llamado Cuentos de trenes. En la antología de tus cuentos que aparecía años más tarde no aparece. La historia tiene varios de los elementos que se repiten en tus historias aquellos años: tu padre, un arma, un asesinato y juegos de cartas. Juegos de cartas sencillos. Nada de largas partidas de póker con el humo de los cigarrillos y el bourbon. Los montones, yo he visto partidas de ese juego y ahí se puede perder mucho dinero, como al Copo. Eso a mí también me lo decía mi padre, que no jugara a las cartas. Una vez mi abuelo, en plena Guerra Civil, le invitaron a una partida y él les dijo que no tenía ganas de cartas. Mi padre cuenta que a los pocos minutos una bomba calló sobre la zona donde estaba la timba organizada y se llevó a todos por delante. A todos menos mi abuelo.

Ese mismo año aparece en la misma colección de Plaza y Janés, la colección Ave Fénix, otra antología, Relatos para un fin de milenio. Me cuesta 3,95 euros en una Feria de Libro. Tu relato se llama El verdadero noreste y junto a uno de Rosa Montero constituye el bloque dedicado al Trabajo. En el prólogo escriben sobre ti : “El joven Romeo teje la historia trepidante de un actor galán que en plena juventud acaba de drag queen encañonado por dos partes: un cilindro caliente dentro de su boca y otro, helado, apuntándole la sien”. El cuento está dedicado a Bizén (Ibarra), el tercer compañero de piso en Barcelona. Aparece Félix Lambán, aparecen los hermanos Lambán, que hacían lucha libre en el pabellón del Salduba -hoy Perico Fernández- y da veracidad a su condición de bajista en un grupo seminal de punk rock gótico, Los niños no reconocidos de Luis Buñuel que luego se convertirían en Las Novias. En Wikipedia pone que en realidad fueron dos bandas La Banda de Luis Buñuel y Los Niños del Santo Sepulcro y que fuiste su road manager en la época de primer álbum, Sueños en blanco y negro. Tuviste que ser el peor road manager de la historia sin carnet de conducir. Las Novias, cuando todavía eran un grupo maquetero, hicieron de teloneros de Niños del Brasil y Héroes del Silencio en un mítico concierto en la Romareda el 9 de octubre de 1991. Habla de San Shepard y habla de un piso de un tatuador que estaba en la calle Boggiero. También de la Guerra del Ifni. Una guerra que no era guerra. La guerra de Imán de Ramón J. Sénder. La guerra silenciosa.

1998 termina con Los hijos del cierzo con edición de PRAMES, pagado por la CAI (Caja de ahorros de la Inmaculada), patrocinadora del CAI Zaragoza hasta la temporada 91/92 y con relatos editados en el suplemento dominical del Heraldo de Aragón. El libro, lo confieso, lo robó mi madre de la biblioteca del Eliseo Godoy, donde estaba trabajando de maestra los últimos cursos antes de jubilarse. Los maestros que querían, en sus últimos años, reducían su jornada con horas de trabajo en la biblioteca del centro. En uno de los expurgos periódicos que se hacían para dejar espacio a las novedades mi madre encontró este libro y como vio que aparecía Félix Romeo me lo trajo a casa. No sé si cuenta como robo. En la primera página hay un sello que pone “Colegio nacional Eliseo Godoy, Zaragoza. Biblioteca. Referencia 4555”. El número está manuscrito con tinta azul. El relato de Félix es A mand with a gun, thanks!. El cuento habla de su padre, de un arma, de Nino Arrúa, de un viaje a Ginegra. Creo que el viaje a Ginebra también aparece en El verdadero noreste. En las Navidades de 2020 le regalé a mi padre un libro sobre la historia de los Zaragüayos. Nino Arrúa tenía un bar en Tenor Fleta. Con un sótano. Cuando empecé a ir se llamaba Psicodelic Underground y luego Morrison Hotel o al revés, no recuerdo. A mi padre le decía que iba al bar de Arrúa. Luego se convirtió en el Mar de Dios y allí estuve una vez con Félix Romeo. Creo que lo contaré más adelante. Mi padre me contó que una Nochevieja se encontró al Lobo Diarte, el otro zaragüayo, sentado en una acera, con un amigo, bastante borracho. Esa misma temporada lo traspasamos al Valencia. Mi padre me decía que cuando se enteró se dio cuenta que habíamos hecho un buen negocio. De vez en cuando hay que colársela al Valencia. El regalo de Reyes lo tuvo que abrir mi padre sin mí y sin mi hijo porque Zaragoza estaba cerrada perimetralmente por el Covid.

En la primavera de 1999 la editorial Reservoir Books edita Almanaque, la primera entrega. Son cuentos de jóvenes autores -entonces-, que ahora son parte de un canon o han muerto o han dejado de escribir. Se llamaba After hours, una muestra de cult fiction. Aportas un relato. Es con el que se abre el libro, Préstamos e intereses. Está dedicado a Pepe y Jorge. Con el tiempo me enteré que eran Pepe y Jorge Melero, padre e hijo, zaragocistas. Había una partida de cartas, una pistola, pero la cosa no sucedía en Miami o los Ángeles o Nueva York. Criminales que habían atracado una Ibercaja en Barbastro. Esta vez jugaban al 9. Explicas cómo se juega al nueve. Aparece un lugar llamado Fonda Texas. El libro lo coordina Javier Calvo y en la biografía que aparece al final del libro pone que ese mismo año tienes intención de publicar una novela llamada Boxeo y un libro de cuentos, Enero y febrero. Eras director de la Mandrágora en TVE. Tengo un libro que se llama Boxeo. Me lo regaló el escritor y guionista Juan Luis Saldaña. Está escrito por Raymond Meyer y Claude Girard. Es una especie de manual deportivo mezclado con narraciones de alguno de los combates históricos hasta mediados de los sesenta. El anexo final habla de los mejores boxeadores españoles. No conozco a ninguno. En el anexo XI hay un listado de campeones en las distintas categorías desde 1936 hasta 1966. En Peso Pluma aparece como campeón en 1962 y 1963 Cayetano Ojeda, conocido como Kid Tano, al que Perico Fernández le arrebataría su título de campeón de España. En categoría aficionada busco y en el Peso intermedio de 1964 dan como ganador a un tal Fernández. Siempre que estoy en librerías de lance o en rastros busco libros con el título de Boxeo y libros con el título de Enero y Febrero. Como si el rastro de libros imposibles no solamente existiera en los sueños de Borges.

Repasando, me doy cuenta de que el único de los cuatro relatos que aparecieron en Todos los besos del mundo, la antología que coordinó Eva Puyó junto con Chusé Raúl Usón para Xordica en 2012 es A mand with a gun, thanks!. En el libro de Xordica detalla que fue impreso por primera vez el 13 de julio de 1997 en la sección del Heraldo Domingo hoy. Los otros tres relatos se quedaron fuera. Cualquier lector avispado se da cuenta de que en esos cuatro libros está el germen de Discothèque. Félix hace demos, como los músicos antes de grabar un disco. Prueba arreglos, da vueltas a temas: armas, padre, Ifni, carretera, Aragón, juegos de cartas. Hay todavía algún retazo de la infancia de Dibujos animados, como si se hubiera quedado algo en el tintero, pero se impone la fabulación. Quizá algún día alguien escriba una tesis doctoral y lance a reconstruir el proceso de creación del libro a través de esas probatinas previas en forma de relatos. Lo más seguro es que yo sea la única persona en el mundo a la que esto le interese.

El 29 de diciembre de 2007 presentamos Claro interior de Ángel Guinda, editado por Olifante, en el Mar de Dios. Mucha gente leyó aquella noche, pero nadie con tanta fuerza como Félix. Era muy extraño ver a Félix Romeo recitando. Guinda y él eran como dos bombillas ardiendo en mitad de aquella caverna. Félix gritó el poema. No recuerdo cuál fue. ¿Quizá El mar? Félix vino aquella noche con Lina. Fue la noche en la que la conocí. El local tenía dos plantas y aparecieron Miriam Reyes y Ángel Petisme de presentar libro de Miriam. Recuerdo a Ángel Guinda y a Miriam hablando de la traducción de la obra poética de Ana Cristina César, la poetisa brasileña. Petisme se enfadó por no haber sido invitado a recitar en la presentación y tenía toda la razón del mundo. Petisme y Félix Romeo habían sido parte de los verdaderos ochenta en Zaragoza. Eran como David Byrne y Brett Easton Ellis con cachirulo. Los dos enamorados de Nastassja Kinski. Al final Petisme bajó y recitó con gusto, incluso tocó la armónica. Petisme había grabado en 1997 Cierzo, un disco libro editado por PRAMES y en el que incluyó una versión de Azurro de Paolo Conte que había montado para una Sesión salvaje de Radio 3 al modo, claro, de Adriano Celentano. Cuando presentamos en la terraza del Museo Pablo Serrano de Zaragoza Todos los besos del mundo, la tocó. Era una de las favoritas de Félix. Era 5 de octubre de 2012 y también tocó Juanjo Javierre, Gonzalo Alonso y nosotros, Experimentos in da notte.

(Foto de Eva Puyó)

El 13 de enero de 2008, hace 13 años menos cuatro días -en el momento de escribir esto-, Félix presentaba en la Librería Antígona de Zaragoza el poemario Americana de Nacho Escuín. Sé que era sábado. Recuerdo que era sábado y además el horario es inequívoco, las 13 horas. Hace 13 años a las 13 horas. No era muy habitual verle presentar libros. Los leía antes de que los editaras y muchas veces te recomendaba que los tiraras a la basura. Te lo decía en la cara y luego te escribía un correo electrónico nada más llegar a casa disculpándose y diciéndote que lo que habías escrito era estupendo. Las dos vertientes eran maravillosas, la sincera y la cariñosa. No sé qué le diría a Nacho de Americana pero si se lo presentó es que le gustaba mucho aquel libro. El libro está dividido en tres partes, Yakarta, Cubalibre y Quétaro. Uno de los sueños incumplidos de Félix fue viajar a México. En Quétaro, en el Estado de la Corrigedora, el 18 de junio de 1986 España se clasificaba a cuartos de final después de eliminar a la Dinamarca de Michael Laudrup con cuatro goles de Emilio Butragueño. En aquel equipo el único aragonés era Víctor Muñoz y el único jugador del Zaragoza, Juan Señor. Así que la onomástica no le interesaría demasiado ni a Félix ni a Nacho.

En 2008 se celebró la Expo Zaragoza, una exposición como la de Sevilla de 1992 pero con menos categoría. Parecía que Zaragoza iba a cambiar y se quedó más o menos igual. Lo único que nos llegó la gran crisis económica un poco más tarde. Félix y sus amigos celebraron el día que concedieron la organización a Zaragoza con copas hasta altas horas de la madrugada. Tuve en la bandeja de Iberlibro durante todo el confinamiento El libro del agua y hasta diciembre no lo compré. Me llegó a los pocos días de comenzar 2021. Fue antes de la nevada porque no me dio tiempo a bajarlo a los sótanos del Motel Margot que hacen de biblioteca. No pagué mucho por él. Solo lo compré pensando que había un relato de Félix y resulta que se había encargado del prólogo. Casi nunca leo los prólogos. Solo los de mis propios libros. En este Félix parece un científico escribiendo sobre agua. Me gusta más lo que escribe para un libro coordinado por su amigo Miguel Mena y editado por el Patronato Municipal de la Diputación de Zaragoza al año siguiente. Z3D, Zaragoza tres dimensiones, la provincia, un libro de tapa dura, con buen papel, de cuando las instituciones tenían dinero público, dinero “de nadie”, para gastar en ediciones faraónicas. El prólogo lo firma Javier Lambán. Es junio de 2009 y Javier Lambán no sabe que va a tener que cerrar perimetralmente las mayores poblaciones de Aragón, incluyendo la suya propia, para evitar la propagación del coronavirus. Entonces era el presidente de la Diputación Provincial de Zaragoza. Félix habla de tres sabores, la cebolla, la borraja y el dulce. El más importante es el dulce, el chocolate. Escribe en el último párrafo del artículo: ”

Se dice que la primera vez que el chocolate americano se mezcló con azúcar fue en Ateca, y muy cerca de allí, en el Monasterio de Piedra, un día de verano mi padre metió una tableta de chocolate derretido en agua de un riachuelo y la sacó de nuevo dura”. Yo ya conocía a Félix pero no a mi mujer, que había nacido en Ateca. En el invierno de 2008 Félix había realizado un taller literario en la Biblioteca de Ateca y se había llevado de regalo una bolsa llena de Huesitos, que se fabrican allí desde hace décadas. Les dijo: “Escribir es una tarea física que nadie puede hacer por ti”.

Félix Romeo en Ateca (Foto de María Blasco)

El 26 de noviembre se había presentado un libro-homenaje a José Antonio Labordeta. Félix escribió un texto sobre el coche de su maestro y amigo. José Antonio Labordeta moriría el 19 de septiembre de 2010. En 2008, el 9 de julio, en plena Expo de Zaragoza, había fallecido Sergio Algora. Hoy, 17 de enero de 2021 hubiera cumplido 52 años. Cuando digo hoy es el día que estoy escribiendo esto, no el día en el que lo estás leyendo tú. Sergio y Félix se admiraban mutuamente. Yo los quería mucho a los dos. En 2009 fui a ver la exposición Afinidades. Guardo el catálogo. De 2 a 17 de junio de 2009. Organizaba Chus Tudelilla y Aragonesa de Arte. A de Arte era una galería en la calle Fita, en Zaragoza. Muy cerca de casa de mis abuelos. Al lado de donde asesinaron a Manuel Giménez Abad. Ya conocía a Ana pero no nos habíamos enamorado todavía. Tú estabas muy enamorado de Lina. Lina presentó una instalación en aquella exposición. Era un árbol y por sus ramas y raíces se extendían fotografías. Estaba dedicado a su padre. Al padre de Lina, Pedro. Yo escribí: “la complicidad entre Lina Vila y Félix Romeo cristaliza en un collage de sentimientos cuyas ramas segmentan las obsesiones de Pedro Vila en una simbiosis perfecta de registros, imágenes y referencias”. El texto de Félix es lo más parecido a un poema que uno puede encontrar en su obra escrita. Se titula Oculto en el bosque y los primeros ¿versos? hablan del árbol de la sabina. De un sabinar en Villamayor. Pienso ahora, en sus amigos Ismael y Eva y en el nombre de su hija, que es un poco como el nombre de todos los hijos de tus amigos que nunca conociste. Avanzas en el texto y hablas de películas del oeste y de olores de árboles y flores. Ahora respiro con tranquilidad porque sé que no me hubieras abroncado por esperar con voracidad la segunda temporada de El mandaloriano, porque hubieras leído el post y te hubiera gustado la historia sobre Orgullo, el primer western español de la historia, dirigido por Manuel Mur Otín.

En el verano de la pandemia, después de la primera oleada, cuando parecía que lo habíamos superado, fuimos a una casa rural a Soria a pasar unos días. Vino mi hermana y su novio desde Madrid, mis padres vinieron hasta Ateca desde Zaragoza y yo los llevé en coche hasta Garray. En Garray había una piscina de esas desmontables y mucho sitio. Íbamos todos los días a Soria. Yo buscaba las huellas de Félix -y de Ismael Grasa-, que había viajado siguiendo, a su vez, las de Peter Handke. El 31 de agosto de 2006 había aparecido en la revista Letras libres un artículo llamado Buscando desesperadamente a Peter Handke. Le acaban de dar el Premio Nobel al autor alemán que ha pasado por Soria unos años y esa estancia ha quedado reflejada en su libro Ensayo sobre el Jukebox. Convence a Ismael Grasa para que lo acompañe y buscan el restaurante chino de Soria donde Handke va a comer. Es el único o el primero de toda Soria. Se lo ha confirmado un amigo librero, de nombre Félix, que por entonces regenta junto a su mujer, Eva, una librería en Zaragoza, Portadores de Sueños, en la calle Blancas. Félix es soriano. Yo sigo a Handke y a Félix. Compro libros de Handke en una librería, Las heras, que está en la calle Collado. Hago fotos del restaurante chino y encuentro una pared de la misma calle Collado llena de carteles a medio arrancar de una actuación pasada o futura de Fofito en la ciudad. Escribo a Daniel Gascón, director de Letras libres, le pregunto por la edición en papel de aquel artículo. Al final me compro Handke en España en la Librería Antígona de Zaragoza. Donde se presentó Americana de Nacho Escuín, donde yo presenté Despierto sabiéndome mortal, un monólogo teatral sobre la vida de Sergio Algora con una ilustración de portada de Lina Vila unas semanas antes de que nos confinaran a todos en nuestros domicilios. La librería a la que Félix entraba cada semana para llevarse bolsas rebosantes de libros para leer y regalar a sus amigos. Pienso que todavía queda una historia que contar. Y que si le preguntara a Félix solo me diría: “¿La quieres escribir? Pues no sé qué haces que no estás en ello ya”.

Félix Romeo: “Mi futuro es el pasado”

“Me temo que soy un escritor del 98. Me duele Aragón y eso. Estoy con Joaquín Costa
en vez de con Ray Loriga. Mi futuro es el pasado”.
Félix Romeo

¿Qué pasaba por tu cabeza cuando escribías Dibujos animados? Lo he leído muchas veces, pero si abro al azar cualquiera de las ediciones por una página cualquiera el capítulo parece nuevo. Es como el libro de las arenas de Borges. Me hubiera gustado hablar de los números reales, de las habitaciones de hoteles y de cómo fragmentar un libro es hacer de él una vida nueva cada vez. ¿En qué año aparece Dibujos animados? Las fuentes oficiales hablan de 1994. Pero la primera edición de Plaza y Janés, la que tiene al Coyote armado con una pistola, viendo el funeral de su amigo en la televisión es de 1996.

Yo no tenía dinero y lo leía en la sección de librería de El Corte Inglés. Por entonces estaba en la planta baja y antes de entrar a nadar en la piscina cubierta que había en Residencial Paraíso leía unos trozos. Iba todos los días a la piscina. Era un adolescente con sobrepeso. Dibujos animados es una aventura temporal y espacial. El mismo año 1994, Ismael Grasa había editado De Madrid al cielo e iba a aparecer el segundo LP de Las Novias, Todo/Nada sigue igual, producido por Enrique Bunbury. Las Novias le habían dedicado a Chusé Juntos en el paraíso. Félix había tocado el bajo en una de las primeras encarnaciones de la banda.

También es el año del estreno de Tan Lejos/Tan Cerca de Wim Wenders, la continuación de El cielo sobre Berlín, con guión de Peter Handke. Tú soñaste con derribar el Muro y los niños de la democracia pudieron viajar hasta Berlín y sentir el aliento de los ángeles en el cogote. Los hijos de esos niños aprendieron a ponerse mascarillas desechables y calcular a ojo distancias de seguridad. Cuando Dibujos animados termina yo sigo escribiendo. Sigo escribiendo ese libro como si fuera un poco mío. Escribo: “Todo podría haberse solucionado con el agua de Lola. Lola y Paco eran como la ir a Lourdes, pero más cerca. Andalucía o por allí abajo. Donde la gente se queda ciega y vuelve a ver como si los ojos tuvieran cremallera. Nos trajimos un montón de agua bendecida por Lola y por Paco en recipientes que eran como figuras de la Virgen. No sé de qué Virgen. Había una cesta en el suelo, como las que pasaban los curas en misa. Paco la tenía controlada y aunque aquellos donativos eran voluntarios, de allí no se iba nadie sin echar al menos un billete de quinientas pelas”.

Como si fuera interino en una plaza que nunca saldrá a concurso. Cuando la historia termina siempre hay un hijo y un padre. El hijo le hace volver al principio. Escribo: “En algún momento de tu vida tienes que volver a Uri Geller. Todo el mundo recuerda dónde estaba la primera vez que salió por la televisión, la original, la de José María Íñigo. Íñigo y su pelucón. Calvo como solo pueden estar las estrellas de la televisión. Íñigo con traductor y Geller, judío y zahorí enmarcando en la memoria un simple momento de magia. España detenida frente al televisor con una cucharilla de plata, un reloj estropeado. Años después volvió Uri Geller al a televisión. Mi padre acababa de comprar uno de los primeros vídeos VHS, de cinta grande. No había manera de poner el reloj en hora. En aquella época poner la hora del reloj era una misión casi tan complicada como programar la grabación de una película. Mi padre creía, yo creía en mi padre, en la segunda venida de Uri Geller. El vídeo sin hora, las cucharas en ristre, no habían terminado los ochenta”.

Lo mejor de Dibujos Animados es que es auténtico. Moderno en su estructura, arriesgado en lo fragmentario, toma las corrientes que se imponen, pero las lleva al terreno natural y emocional de su autor, lo que hace todavía más bello al libro: Zaragoza, su familia, sus miedos, Perico Fernández, los juguetes, los sanadores, el franquismo que se diluye como un personaje animado, la gordura, el fútbol, los coches sin aire acondicionado. Un arma que dispara y dispara hasta provocar emociones y hacer saltar chispas en los recuerdos del lector, en su educación emocional. Dibujos animados obtuvo el Premio Ícaro por “la fuerza narrativa del libro, su inteligente sentido del humor y la novedad de sus aportaciones”.

Dos años antes habías traducido para Olifante una selección de poemas del poeta José Viale Moutinho, Un caballo en la niebla. Lo compré de segunda mano en Iberlibro. El primer poema empieza así: “El colegio, nos acordamos del colegio y sonreímos/porque todo estaba pintado de amarillo”. También está la traducción de Trabajos forzados que hiciste para Impedimenta o la maravilla que es Sagitario de Natalia Ginzburg. Traduces para Xordica dos libros Biblioteca de Gonçalo Tavares y Y si mañana el miedo de Ondjaki.

Cuando se me acabaron los relatos inéditos empecé con las traducciones. Era una manera de no perder tu voz del todo. En 1994 habías coordinado la edición de los relatos de tu amigo Chusé Izuel, el libro se llamó Todo sigue tranquilo. Lo sacaron Ediciones Libertarias con esas portadas en papel satinado que eran tan de los noventa. Mi primer libro de poemas de Leopoldo María Panero fue una antología de Ediciones Libertarias. Hubo un concierto el viernes 26 de febrero en el Centro Cívico Delicias, en la Avenida Navarra. Antes de que existiera la GRAN ESTACIÓN DE TREN Y AUTOBÚS si tú decías que ibas a Delicias todo el mundo entendía que esa noche había concierto. Tocaron Las Novias y tocó Club Eléctrico. También tocaron Sick Brains y Avenida Glub. De Avenida Glub no sé absolutamente nada. He buscado información en la red y solamente he encontrado el nombre de su cantante. La anticipada costaba 800 pesetas y en taquilla 1000 pesetas. Aquel 26 de febrero de 1993 tocarían canciones de su primer disco y seguramente algunas de las que ya estaban maquetando para el segundo.

En el año 2001 aparece Discothèque. El libro tiene algo de realismo mágico baturro, es sórdido pero creíble, amoroso y apestoso, como si en la rima consonante uno encontrara la salvación. En el verano de 2021 la gente seguirá tosiendo y los hombres que son padres abrazarán a sus hijos y llorarán porque no sabrán qué mundo les van a dejar en herencia. La historia va a durar más que este y aquel verano, cambiaremos de escenario, iremos de pueblo en pueblo y nunca nos detendremos en un motel de carretera porque en España no hay moteles, eso son cosas de películas de David Lynch con guiones de Barry Gifford. En España hay sitios para que coman los camioneros y se echen una cabezada. Todos los padres españoles les dicen a su mujer que aguante un poco, que total es mejor llegar y dormir en casa. Por eso no hay moteles de carretera en España. En España no hay moteles, son hostales. En el pueblo donde vivo antes pasaban muchos camiones, porque la carretera nacional era la mejor manera de ir de Madrid a Zaragoza, quizá el único posible antes de las autovías. La Nacional cruzaba los pueblos por el medio y han dejado los carteles de hostales como recuerdo. Carteles en los que pone ‘Habitaciones’ y debajo ‘Rooms’, para darle un aspecto más internacional.

En tu generación todos escribían esperando que sus libros parecieran escritos por Sam Shepard y que Win Wenders se interesar por dirigirlo. Pero no se dan cuentas de que las mejores están cogidas. Las historias y las habitaciones, digo. Aquellos chicos escribían historias sobre desgraciados que vivían a un millón de kilómetros pero que les parecían muy interesantes a tus vecinos. En el libro aparece un tatuador y un locutor evangélico que se llama Joäo Henrique, el nombre del boxeador brasileño que perdió con Perico Fernández en la defensa del título mundial en 1975. En la letra de Hermosos y vencidos del disco Flamingos de Enrique Bunbury se escucha a un locutor de radio narrando el final de la velada. En el libro aparece todavía los timos piramidales por carta de los que una vez me habló mi abuelo Matías, antes de las cadenas de correos electrónico. En 2001 existía internet, pero era una forma de investigación muy novedosa. En los autores que hay en la casa de Lisandro hay libros de esoterismo y ciencia ficción, hay revistas sobre historia alternativa. Félix sigue conectado con su infancia, con la de Uri Geller y Erich von Däniken. Mi padre leía a JJ Benítez y mirábamos el cielo en busca de luces sin explicación. Estoy escribiendo y volviendo a leer a Félix. En el libro nombra al matemático Pedro Ciruelo, cita su libro Reprobación de las supersticiones y hechicerías y yo, que me dejo atrapar por las casualidades, me doy cuenta de que hace una semana me nombraron vocal de la Asociación Aragonesa de Profesores de Matemáticas que lleva el nombre Pedro Ciruelo.

Vuelve a aparecer la ciudad de Ginebra. En el próximo Motel Margot hablo de las maquetas, de las demos que escribió Félix para ir montando Discothèque. Una canción italina: Basta chiudere gli occhi de Gino de Paoli. Gino Paoli salía en las cintas de casete que escuchábamos con mis padres camino de Salou en el Renault 12 verde. Era una cinta doble, se llamaba Sapore di te, la editaron solamente en España en el año 1990. Pienso que si apareció en ese año, justo cuando mi padre se compró un coche nuevo, un Peugeot 405. El verano de 2020 leí Imán de Ramón J. Sénder. Quería saber más sobre la guerra del Ifni. Sabía que leer a Sénder era como leer a Félix, como leer a Félix leyendo a Sénder e imaginando al padre de Torosantos. Félix hablaba de la sangre y de las moscas pegadas a las tripas de los caídos en el Ifni. Carlitos Seral se queda a dormir en la Pensión El Paso de la calle Rusiñol.

Una vez fui con el escritor Rodolfo Notivol a que me enseñar a la calle Rusiñol. Había una guardería cerrada, con dibujos falsos de famosos personajes de cine y televisión decorando la pared exterior. Imitación de personajes, como si tuvieras que pagar derechos de autor en una calle en mitad de ningún sitio, en Montemolín o en las Fuentes, dos barrios de Zaragoza. La calle Rusiñol es peatonal y el suelo está bastante sucio, no hay casi sombra, las hojas son como restos famélicos de vidas que pisamos y volvemos a pisar. Los sitios que Rodolfo recordaba están en lugares diferentes, como si alguien se entretuviera dando vueltas a su memoria. No había Pensión, era un bar, el Bar El Paso. Servían raciones de bravas, vino con gaseosa, cervezas y fantas de naranja, llenas de azúcar. No como ahora. Azúcar y azúcar, de la lengua al corazón. Vuelvo a leer el libro y en la dedicatoria descubro que me lo firmaste en marzo de 2011. Seguías dibujando tu rostro cubierto con un gorro de lana. El mayo de 2001 aparece una entrevista en el periódico Ciclo, es el número 19. La entrevista te la hace David Mayor. Por una errata en el índice de la primera página pone Féliz Romeo. Hablas de mundo franquicia y de márgenes. Nombras a Bolaño, Cortázar, Bohumil Hrabal, Raymond Carver, Robert Coover y Marguerite Dumars. Viajo del desierto de los Monegros al Casino Montesblancos de Alfajarín.

Mi ejemplar de Amarillo está dedicado el 12 de enero de 2008. Estábamos en la Estación del Silencio y habías cumplido cuarenta años. Nos regalaste un libro a todos los invitados de tu cumpleaños. La primera edición está fechada en enero de 2008 pero tiene copyright de 2007. En mi blog escribo una entrada el 15 de enero con el texto de una reseña que aparecería en el número 10 de la revista Eclipse en junio de ese mismo año. Lo titulaba En los sótanos del cielo como una canción de Club Eléctrico. Jesús López escribía las canciones de Lágrimas de Mermelada, Club Eléctrico y El Galgo Rebelde: “Un libro que habla de una generación ahogada”. No la de esos ochenta tan míticos; en Zeta las cosas se empezaron a mover cuando apenas despuntaba la última década del siglo, unos iban y otros volvían, pero aquí somos siempre un poco más tardanos, el Cierzo aleja las cosas y las enclaustra entre cuatro paredes de las que no salimos más que para buscar una garrafa de vino cuando éste escasea. Félix Romeo habla de un amigo, pero también lo hace de las personas que lo rodearon, unas personas que, como en todas las generaciones, sobreviven a sus fracasos sin manual de instrucciones y deseando con todas sus fuerzas que sus esperanzas no se derrumben presa de las risas de ese monstruo amalgamado que son los padres, la familia, las fábricas y los horarios metódicos de los transportes públicos.

Chusé Izuel escuchaba a Club Eléctrico y -como a mí- le gustaba. Cantaba Jesús López “dónde guardan los versos, tampoco todos es el cielo”, mientras Chusé Izuel, distinto como las líneas de los años, como uno de los niños perdidos- en su acepción sajona Lost Boys-, se descubría como un escritor que bebía las palabras y las escupía haciéndolas suyas, como si subrayándolas quedara constancia de lo que pensaba. Félix Romeo no quiere completar ni cantar, ni hacer arabescos de malditismo entre las columnas estrechas del libro. No es un vano ejercicio de alguienteníaquecontar, es el deseo de mantener cerca de los que se han ido mediante el simple hecho de la memoria. Las personas siguen vivas mientras haya quien las recuerde. Es allí donde el autor deja claro que lo más doloroso no es el instante justo de la muerte, lo más terrible es lo rápido con lo uno se vuelve a la normalidad, a la hipoteca, a la novia, al trabajo, a preocuparse de cualquier otra cosa o más bien por todas las otras cosas; las Novias, los Héroes, Zaragoza antes de ser Zeta, Zuma, los tebeos de la Marvel, las bolsas de plástico, Ángel Guinda antes de ser uno más entre los que buscan el destierro, la escritora reproductiva y automática. Es Amarillo un libro violentamente evocador no una biografía al uso. Y allí está su belleza. Mientras, Jesús López sigue cantando aquello de “los ángeles vuelvan bajo mientras juegan las ratas en las estrellas”.

Noche de los enamorados es una novela póstuma. Pediste ayuda a algunos amigos periodistas de Zaragoza para que te echaran una mano con la documentación. El libro cabe en una mano. María Isabel nació en Larache, protectorado español en Marruecos. Mi madre nació en Melilla. No sé cómo se lo explicaré a mi hijo cuando tenga esa edad en la que lo preguntan todo. Por alguna razón todo vuelve a estar conectado. La historia de tu compañero de celda, Santiago Dulong, ya había aparecido en DISCOTHEQUE. Como con los relatos anteriores a la historia de Torosantos habías probado Noche de los enamorados en Discoteque. También hay un momento para una peluca rubia, pero para eso hay que leer mucho a Félix Romeo. Vuelvo a leer la novela y vuelvo a leer Noche de los enamorados. En la primera todo parece más dulce, Dulong parece dejarse llevar por las circunstancias. En tu última novela los culpables se señalan con el dedo. Por eso hay notas de periódico, hay documentos oficiales, hay definiciones sacadas de diccionarios -insolvente, erosión, interfecta, hacer el ganso-. Zaragoza devora lo que queda, cambia, sus siniestros edificios se convierten en ludotecas. Un abuelo republicano, la falange, el dolor de próstata, la cárcel de Torrero, el cementerio.

Las cárceles más terribles del mundo son la que salen en las canciones o en las películas. Las de las islas. Fernando Poo aparece en Joselito de Kiko Veneno y también la Guayana Francesa, los departamentos de ultramar, Papillon. La prisión de Salto del Negro, en Gran Canaria. Allí estuvo Troitiño, que era palentino y estuvo 22 años en la cárcel por 24 asesinatos. Antonio Troitiño salió de la cárcel el 19 de abril de 2011. Seis meses antes de que se te parara el corazón. Miguel Mena habla de él en su libro Piedad. A Miguel le mandabas cartas desde la cárcel como si fueras un preso de dibujos animados, con una bola de acero atada a la pierna con una cadena. Tus amigos sabían que estabas muy asustado por entrar en la cárcel, aunque bromearas con ello. Troitiño no intentó fingir ser buena persona, no intentó arrepentirse. Hablas de fingir la muerte como de fingir estar dormido. No sé si cuando escribías Noche de los enamorados pensabas en el arrepentimiento de Dulong. Falangista y de una cofradía, como Eric, el de los Planetas, que se metió para aprender a tocar la batería. “Sabemos que no había perdido la capacidad de sentir culpa y además se atrevía a pedir perdón”. Ella sí que mostraba arrepentimiento, se disculpaba con sus vecinos. “El fuego sin fuego”, a Chusé Izuel y a María Isabel fueron los bomberos los que certificaron su muerte. ¿Qué hizo Santiago Dulong cuando salió de la cárcel? ¿Volvió al mismo piso donde había asesinado a su mujer? ¿Cómo se lo encontró? ¿Había restos del crimen o alguien lo había limpiado? ¿Quién lo podría haber limpiado? En las películas americanas, en sus series, cualquier nimiedad relacionada con la violencia se convierte en historia, tienen detalles para todos los procesos desde el primer momento hasta el final. En España no hay moteles, hay hostales y en España la sangre y el pelo de una víctima de asesinato lo puede llegar a recoger su propio asesino una vez que ha cumplido condena o los de la inmobiliaria si quieren volver a alquilar el lugar o algún familiar muy lejano de la muerta, alguien que casi no la conoce y a la que la ley le obliga a trasladarse a Zaragoza y recoger los restos de una vida. ¿Qué es mejor? ¿Hay algo de dignidad en cualquiera de las opciones?

Cuando apareció Noche de los enamorados ya estabas muerto. Imaginé tu muerte. Tumbado en el sofá de la casa de Aloma. Dando la vuelta en mitad de la noche. Escuchando el camión de la basura. Te habías quedado dormido muy tarde. Te quedaban tres o cuatro horas de sueño más como mucho. Piensas en San Sebastián y en Lisboa. Piensas en aprender a tocar la guitarra eléctrica y en tatuar sobre tu piel algún recuerdo. Buscas el lado fresco del sofá y te viene a la mente Yocasta, como en una canción de Rafael Berrio. Los pechos de metal y la vagina plateada. Recuerdas a todos esos boxeadores que contemplaban las marea esperando mejorar sus pasos de baile al acercarse la luna. Si subías la manta para cubrirte la tripa, las pantorrillas se quedaban solas frente a la noche. Libia, Paolo Conte, Morrissey. Piensas en México. Tus ojos se han acostumbrado a la oscuridad del cuarto de estar y la luz de la calle, las farolas de Madrid entran por las ventanas. Buscas un vaso a medio beber sobre la mesa y tragas con avidez el agua tibia que queda. Sé que te enterrarán tan profundo tu corazón que no podré escuchar cómo se despide.

‘No me Judas, Satanás!!!’ y otras vidas al límite: biografías y excesos

La recopilación de artículos de César Martín ha ido apareciendo desde el comienzo de los años 90 hasta bien entrado el siglo XXI en la señera revista de rock y cultura Popular 1 y ha tenido que ser el encierro y el aislamiento provocado por esta distópica pandemia lo que ha hecho que su autor se decidiera a seleccionar, ordenar y editar una recopilación de las vidas de alguno de los santos apócrifos más interesantes del panteón del arte y los excesos.

La lectura de No me Judas, Satanás!!! -así, con tres exclamaciones- es un viaje a través del tiempo, el espacio, los vicios y las distintas edades de oro, plata y bronce de la música, el cine o las variedades que te deja exhausto, pero con ganas de mucho, mucho más. El libro, por cierto, solamente se puede obtener a través de la propia editorial P1 Books (hacedme caso, escribid a popular1book@gmail.com y acabaréis saciados, todos sus protagonistas tienen desde hace tiempo reserva en las habitaciones del Motel Margot) y después de que me lo recomendaran dos auténticos gourmets de las vidas extremas -gracias Juan y Arturo-, tuve que sumergirme en su lectura: No me judas, Satanás es uno de esos libros de los que es difícil hablar porque César Martín ya lo cuenta todo, así que es mejor dejarse llevar por las emociones y, de paso, me vais a permitir recomendar algunos otros libros que pueden hacer las delicias de los amantes de la contracultura. Pero eso, eso será al final del viaje. Empecemos pues, sumerjámonos y descubramos que, a través del tiempo y el espacio se extiende una red de vicio, incomprensión y talento que se repite, infectando, pero también curando, algunas de las personalidades más estrambóticas de los últimos ciento cincuenta años.

Errol Flynn, conocido por su capacidad de tocar piano con su miembro viril representa uno de esos ejemplos de personalidad y personaje, de héroe en tecnicolor y sociópata fuera de las pantallas. No sabe que, mientras devora naranjas inyectadas en vodka, varias generaciones de niños imitan sus hazañas como héroe de acción utilizando piedras, tirachinas y palos afilados como espadas, unos niños que acabarán creciendo con cicatrices y convirtiéndose en adultos asustados de sus propios hijos subidos a un columpio. Infantes del mercurocromo mutados en padres de lo políticamente correcto mientras Brad Pitt esconde una botella de bourbon tras una réplica del Óscar por Erase una vez en Hollywood.

Seguimos con los payasos tristes, Lenny Bruce, con el alacrán jugando sobre su piel, escupiendo sus chistes; Andrés Pajares armado con una pistola hecha de jabón; Andy Kaufman fingiendo su propia muerte; Robin Williams asfixiado por el fantasma de un zarpado John Belushi; Alberto Olmedo saltando de una terraza en un hotel en Mar del Plata minutos después de saber que iba a ser padre; Richard Pryor prendiéndose fuego… el humor es un incendio que hace de los payasos seres tristes, eso lo sabe el mejor que he conocido, Luis Cebrián. Bob Dylan en su disco Shot of love canta: “Quizá tuvo algunos problemas/quizá había algunas cosas con las que no supo tratar/pero lo que está claro es que era divertido, siempre decía la verdad y sabía de lo que estaba hablando”.

El siguiente es Lon Chaney. Si tenéis mi edad igual coleccionasteis unos cromos que se llamaban Historias de terror. Pues en todos salía Chaney. Bueno, no es cierto, pero haceros la idea. Chaney es como un personaje de Emilio Carrere, pero no necesita llevar una calavera en el bolsillo porque es capaz de convertirse en una con su maletín de maquillaje. Un acólito del Doctor Caligari, la musa sombría de Tod Browning, un salvaje clown, un aragoto desencadenado que prendió fuego a la Notre Dame antes de esconderse entre los personajes de Sombras y niebla de Woody Allen. Sus caracterizaciones han trascendido por su autenticidad al tiempo y César Martín consigue animarte a revisar todas sus películas. Eso dice mucho de la calidad del libro.

Cuando viajaba a Salou en el viejo Renault 12 de mi padre nunca faltaba una cinta de casete de Roy Orbison. La noche en blanco y negro, como todos los que les robaron el rock a los negros, electrificando el blues al son que marcaba Sun Records, fueron condenados por Robert Johnson en un cruce de caminos a cambio de una guitarra de diez dólares a ser perseguidos por todos los demonios de los pantanos. Pastillas y armas, menores de edad, racismo, tristeza y tragedia, el circuito europeo de las viejas glorias del rock clásico donde la cerveza estaba tan caliente como helados los colchones, las versiones de los Cramps, Bono sentado junto a David Lynch intentando quitar el mal de ojo que había caído sobre el pobre Roy. La película más hipócrita de la historia con el título de una de tus canciones. Bono dormido mientras Dennis Hopper y Jerry Lee Lewis le susurran maldades al oído. Bono que se despierta entre terciopelo. Una máscara de oxígeno. Fuego. Si os digo que os leáis el número 2 de Planetary, de Warren Ellis -que pronto tendrá su habitación en el Motel Margot– lo hago por darle un toque apócrifo a la biografía de Yukio Mishima, capaz de resucitar a Godzilla para hacerse con el control del Japón. Dos de los elegidos por el autor son músicos John Cougar, uno de esos remedos de Elvis que son perseguidos por Bubba Ho-Tep hasta el final de los tiempos y los Grand Funk Railroad, banda de rock con todos los compromisos adquiridos y cumplidos en la psicótica década de los setenta. Cougar está unido por la raíz del Coronel Parker con Phil Ochs y también podría acompañar a Bruce Campbell en la película de Don Coscarelli, bien alimentado de mantequilla de maní, plátano frito y panceta o esperar que su yo pasado viaje en el tiempo dispare a su yo futuro mientras conversa con el Bob Dylan de los ochenta, con sus chalecos sin camisetas y sus pantalones metidos dentro de las botas.

Y llegamos a un clásico Aleister Crowley, el mal hecho carne, o el hombre puro atrapado en la materia. Mr. 666 en su dualidad de hechicero real con un proceso de aprendizaje largo y el embaucador que vende limonada pasada como si fuera ayahuasca. Estudioso del mal, como un personaje de videojuego en el siglo XIX, sube de nivel pasando de Rasputín a Charles Manson para acabar siendo una reliquia que compran los rockeros pesados de los setenta cuando se han cansado de quemar billetes o de beber láudano en el ombligo de las grouppies.

Hablando de estrellas de la música, el más rockero entre los crooners, los ojos azules más mafiosos de la historia…el libro no puede por menos que dedicarle dos capítulos al tío Frank, Sinatra para los amigos. Obviando tabiques de platino y dejando claro que los tortellini le gustaban aderezados con sangre, Sinatra es una pala excavadora arrasando la historia de América. JFK, camel sin filtro, discos y más discos, dos o tres al año, uno por Navidad, no había suficiente Jack Daniels ni suficientes villancicos para Sinatra. El hombre que se casó con Mia Farrow y amó a Ava Gardner, el hombre que pagó a Elvis Presley por salir en su programa de televisión. El hombre que tenía una mujer a sueldo para que le llevara en una maleta sus pelucas. Porque Sinatra podía conseguir lo que quisiera de la Mafia menos un buen implante de pelo. Quizá podría haberle pedido un truco de magia al Gran Houdini si el escapista no hubiera sido un descreído de la magia y el espiritismo, enfrentándose incluso a Arthur Conan Doyle, que era un adepto de las hermanas Fox. Houdini era un mutante antes que existiera Charles Xavier, pero también un estudioso de la mecánica, un relojero de las cerraduras y las esposas, un híbrido lovecraftiano que podría haberse incorporado sin problemas al Medicine Show Revue sustituyendo a Allen Ginsberg.

El siguiente capítulo del libro nos adentramos en el reverso luminoso de Candle Cove, las series de marionetas realizadas por Gerry y Sylvia Anderson, carne de la ciencia-ficción más pulp, un Doctor Who pasado por Monchito con un punto de sensualidad y nombres rimbombantes como la maravillosa Thunderbirds. ¿Para qué necesitaban a Chucky en los 60 si tenían a Lady Penelope Creighton-Ward?

El siguiente es uno de los espíritus más atormentados del Hollywood dorado, el gran Montgomery Clift, Monty Clift. Siempre que Cliff entra en mi vida no puedo evitar acordarme de la canción de un grupo aragonés, los Proscritos, liderados por el carismático Jose Lapuente, que decía “Monty Cliff me está mirando/colgado de la pared/ahí fuera los perros ladran/aquí dentro todo empieza a arder”. Clift, uno de los exclusivos eslabones que unen a Marlon Brando con James Dean en el panteón de los grandes, sufrió un accidente cuando estaba en lo más álgido de su carrera. Su rostro ensangrentado, sostenido por su enamorada Elizabeth Taylor -el amor de su vida, nunca correspondido por Clift-, es la metáfora perfecta del abismo de la fuerza infinita de lo inalcanzable. Píldoras y vodka, alejado de la voracidad de las claquetas y únicamente buscando el reflejo de la gloria en papeles extremos cuando James Dean era un ángel que ya nunca envejecería, Monty era un hombre que disfrutaba de Chejov y los barbitúricos a partes iguales. Recordarle, tembloroso, en sus siete minutos de ¿Vencedores o vencidos? puede ser un resumen de una existencia plena de angustia e intensidad artística.

A continuación, un bloque de actrices que se relacionan de manera compleja, tanto en sus formas como en sus fondos. Por supuesto están los maravillosos capítulos dedicados a la relación entre Joan Crawford y Bette Davis, la primera una bomba sexual y la otra actriz carismática, ambas enfrentadas como niñas en una época en la que las estrellas vivían de verdad entre los humanos. La Crawford y la Davis, que acaban confluyendo en la explosión de arte e histerismo durante el rodaje de ¿Qué fue de Baby Jane? pero que previamente han dejado un reguero de amantes, vodka -sí, de nuevo el licor del demonio, que no produce mal aliento-, un póster de Bogart tatuado en el alma, los espejos y quién se acostaba con quién jugado a la carta más alta. Todavía conservo un póster de Johnny Guitar en un armario del sótano con uno de los más grandes diálogos de la historia, uno que resume el amor, espíritu básico de la existencia humana.

Saltar de dos actrices del Hollywood clásico a una estrella del cine para adultos puede parecer un ejercicio muy atrevido, pero nada lo es en demasía en No me judas, Satanás!!! Tracy, que rodó sus primeros largometrajes siendo menor de edad, engañando a toda la escena del valle de California, fue la única capaz de traspasar los límites de la pornografía y ser conocida como actriz en películas de serie B de calidad media-baja e incluso segregar una sexualidad salvaje como secundaria en Cry baby de John Waters, junto a un joven Johnny Depp y un sacadísimo Iggy Pop. Tracy es parte de los ochenta y sus discos tienen un sitio privilegiado junto a los de Sabrina, Estefanía de Mónaco o Bruce Willis. Además, si Leonard Cohen pudo aparecer en un episodio de Corrupción en Miami, Johnny Cash en uno de la Doctora Quinn y Boy ‘Cowboy’ George en otro de El equipo A, nuestra querida Tracy tenía su sitio en la sexta temporada de MacGyver, en el episodio Las mujeres de MacGyver o, incluso, en uno de Las chicas GilmoreTracy Lords en una adaptación televisiva de Stephen King o haciendo de vampiresa en la primera entrega de Blade, un papel con el que entró con fuerza en los noventa para desaparecer de nuestras vidas. Desde aquí, Tracy, siempre tendrás una habitación reservada solo para ti en el Motel Margot.

Las raíces que unen a los referentes de la cultura pop son complejas e inescrutables, hay que estar muy atento para detectar las distintas ramificaciones, pero, otras veces, te lo pone la vida en bandeja. De Tracy a la dupla John Waters&Divine no hay demasiados grados de separación. Divine en Zaragoza, actuando con un radiocasete a modo de primitivo karaoke en la sala En Bruto, carteles que lo demuestran en bares que habrán cerrado mañana, John Waters en Los Simpsons comiendo bombones con sabor a cactus. En esta red, Divine y Charles Manson aparecen unidos. Manson, en un tebeo apócrifo inspirado en La noche de los muertos vivientes con guión de John A. Russo se convierte en el presidente de los Estados Unidos y la serie, con muy pocas ventas, se cancela con el arco argumental inacabado en un cliffhanger épico en el que se ve la frente de Manson y la estática que luce en primer plano. Sid Vicious en la retina de John Waters llorando en su juicio con el pavo frío metido en el cuerpo, sonando en su cabeza. Leyendo a César Martín te parece que John Waters y todo lo que le rodeaba era como una parodia de la Factory de Andy Warhol, donde permanecen los travestidos, pero desaparece el sadomasoquismo y las modelos alemanas tocando la pandereta, cambiando las anfetaminas por mantequilla de cacahuete caducada. Aunque el postureo de Lou Reed casi da más autenticidad a la gente que acompañaba a Waters. Lo mejor de la Factory es John Cale y lo que quedaba de Nico en 1987 -y para eso faltaban muchos años-.

Peor que el postureo de Lou Reed es el de uno famoso escritor -famoso ahora, menos famoso entonces-, que por ahorrarse la entrada de un concierto de John Cale prometió hacer una crónica para un periódico de provincias y se pasó todo el recital pidiéndole al galés canciones de Velvet Underground. Cuentan las crónicas profesionales que Cale, harto, hizo una versión de I´m waiting for the man que mejoraba los treinta últimos años en directo de Lou Reed. Pero deberíamos volver a Waters y sus actrices fetiches, una de las cuales tenía solamente cinco dientes y era a su vez una versión en miniatura de Divine -como antes lo fue Hervé Villechaize lo fue de Felipe González, ya ven que las habitaciones en este motel se comunican-, otra era Deborah Harry, que lo cuenta en su estupenda biografía -de la que hablaré hoy o quizá la próxima semana-, Waters y Divine en Pink Flamingos haciendo de la escatología arte transgresor. Sin más. Porque Waters -y volvemos a las raíces que unen el panteón pop-, acabó haciendo Cry baby y allí ya saben quién salía.

Los dos últimos personajes son, como el resto, hipnóticos. Hank Williams, el gran ídolo del country en los años cuarenta, dipsómano, adicto al sexo, con un complejo de Edipo de manual, pero capaz de ser la versión fuera de la ley de Frank Sinatra antes de la aparición de Elvis Presley. Hank Williams, además de escribir un puñado de estándares de la música honk tonk es el protagonista, y eso nunca debemos olvidarlo, de una de las canciones más evocadoras de la historia, Tower of song de Leonard Cohen: “Le pregunté a Hank Williams si se siente solo/Hank Williams aún no me ha respondido/pero le escucho toser todas las noches/unos cien pisos más arriba/en la torre de la canción”. El libro se cierra con Burt Lancaster, que además de servir como portada y estribillo de un tema de Hombres G -perdonen la boutade-, hizo Veracruz con Sara Montiel, como se encargará Javier Gurruchaga de recordarnos en una canción; fue trapecista; tuvo miedo a que se dieran cuenta de que no era un actor de verdad, un actor del método; besó a Deborah Kerr al borde del mar, con las olas cubriéndoles, en una escena que si no conoces no has vivido en este planeta o tienes un problema grave de cultura básica; fue amigo y rival de Kirk Douglas y le sirvió a César Martín para terminar su libro de recopilaciones con un texto inédito escrito en pleno año distópico.

El libro está documentando de manera extenuante, generando un placer exacerbado en completistas y obsesivos como yo, además de utilizar una prosa sagaz y cáustica, una forma de escribir detallista que demuestra un periodismo donde la historia es la vida y la vida la historia. Una deconstrucción de la mitología de una elegancia sobresaliente. Háganse con él y después, si quieren algo más, permítamente recomendarles algunas otras biografías al límite. Pero eso será en una próxima entrega.

  • Collages: @Rosina Abós

La ciudad dentro de la ciudad: el mito de la Avenida de la Luz

“Hay una casa sola sin luz
Donde yo logré ocultarme
Y ente mis sueños yo me vi
De pie
En la nueva calle
Buscando la puerta del amor”
Nino Bravo

En su relato Paseo repentino, Enrique Vila-Matas describe un diálogo de padre e hijo bajo un paraguas caminando por Cáceres una noche cualquiera: “Papá, hay casas en este paseo que hablan solas, ¿o es que el viento que las hace hablar? Paremos a escuchar un momento”. A lo que el padre contesta: “En tiempos lejanos esto era un lugar selvático. Mas tarde un lugar de ventanas ciegas, pasadizos ocultos y sucios patios”.

El Paseo de Cánovas es el acceso extremeño a la ciudad dentro de la ciudad. Este es hoy la razón para abrir el Motel Margot, el mito de la ciudad sumergida, la ciudad que existe de espaldas a la ciudad, la ciudad que puede ser o que pudo haber sido, la que es y la que será.

Dos series de televisión recientes abordan el tema de las ciudades en paralelo, las construidas una sobre la otra: Counterpart, en HBO, juega con la idea de las dimensiones paralelas en una ciudad que recuerda al Berlín anterior a la caída del Muro y donde el juego de los espejos y esa manera de entender borgiana de los senderos que se bifurcan construyen una trama de la que solamente hemos podido disfrutar dos temporadas. La otra, una miniserie en realidad, se puede ver en FILMIN y de su título original The City & the City se ha traducido a La ciudad y la ciudad. Basada en la obra de China Miéville, premio Hugo a la mejor novela (igualada con La chica mecánica de Paolo Bacigalupi, novela que aparecerá por el motel en algún momento, no se preocupen, tiene habitación reservada desde que abrimos), juega con la idea una ciudad dentro de otra, Besźel y a su “ciudad gemela”, Ul Qoma. Situadas en el mismo espacio físico los habitantes de una y otra han crecido educados para obviar la existencia de la otra. Un planteamiento que remite realidades más prosaicas, desde Jerusalén a, de nuevo, al Muro de Berlín.

Los pasajes, esos estrafalarios conductos urbanísticos, arabescos comerciales de una época pasada, preludios artesanales de los centros comerciales. Los pasajes, en el corazón de la ciudad, negándose a una vida de aburrimiento y horario cerrado, son parte del alimento de José María Spinola que en los setenta retrataba la luz mortecina que daba voz a la afónica ciudad de Barcelona. Lo descubro tarde, muy tarde, como la entrada a la ciudad sumergida. Spinola era como un Edward Hopper patrio. Volveremos a Hopper pero ya hemos comenzado a intuir que tras los bares 24/7 había entradas desconocidas a las otras ciudades, las de las profundidades.

La Avenida de la Luz, inmortalizada por Loquillo y Trogloditas en la canción que se cerraba su EP ¿Dónde estabas tú en el 77?, fue una galería comercial subterránea en la Barcelona preolímpica, cerca de la Plaza Cataluña, al lado de los ferrocarriles de la Generalidad. Estuvo abierta desde los años 40, cuando se convierte en la primera galería subterránea dedicada al comercio de toda Europa. Es el verdadero mito de ciudad sumergida, la que utilizan los que no pueden vivir en ella mientras los demás duermen. En aquella Avenida de la Luz había locales de apuestas para carreras de galgos, una churrería, un cine para adultos, una tienda de máquinas de hacer punto y una expenduría de vinos que en su puerta tenía un muñeco vestido de baturro que escanciaba de forma continua un chorro de tinto. El final del sueño, la avenida de la luz, la que ata el subsuelo de una ciudad sin lazos hasta los años 90, cuando la decadencia del lugar es absoluta, convertida en vertedero emocional de una ciudad que se prepara las olimpiadas. La escritora María Zaragoza publicó en el año 2015 un más que olvidable libro con ese título, donde trataba de otorgar un cariz sobrenatural, de agujero temporal a aquel sueño arquitectónico y futurista, el Heartbreak Hotel de la aquella Barcelona.

Está claro que para este recorrido por la ciudad dentro de la ciudad el tema popularizado por Elvis Presley es una elección perfecta, pero si hubiera que elegir, me quedaría con la versión de de John Cale en su directo de 1974 en el Rainbow Theatre de Londres, sobre todo la parte que dice: “Ellos han estado mucho antes en estas calles solitarias/ellos que nunca miran atrás/habitan esta hotel hecho para los corazones rotos/y el empleado de la entrada va vestido de negro”.

De la Barcelona de Spinola y Sabino Méndez al Madrid de Emilio Carrere y su Torre de los siete jorobados. La capital del reino en plena bohemia de final del siglo XIX mezcla ludópatas, rentistas, cabareteras y funcionarios. Todos ellos simples fantasmas en búsqueda de una excusa para continuar en el plano terrenal. La novela revela la existencia de una ciudad bajo la ciudad, un Madrid de jorobados, de lumpen y científicos alucinados, de exiliados del racionalismo, de menoscabados quijotescos. Pero es que además la novela es una reescritura por encargo y motivos puramente lucrativos de otro libro de Carrere La calavera de Atahualpa y que, además, se sospecha que no está escrito en su totalidad por el autor, sino que contrató los servicios de un doble, más rápido y dotado para la literatura que él para entregar en tiempo y forma el manuscrito. Así que el juego de engaños y espejos se multiplica. La película de Edgard Neville, que toma elementos del texto y lo reinterpreta de una manera muy libre, es una de las joyas ocultas -cada vez menos, y espero que este foco sirva para avivar el interés por ella- de nuestro cine.

Los fantasmas de Carrere, que atraviesan espejos y quedan atrapados entre nosotros, son habituales en las ciudades y sobre todo en sus estaciones. En Zaragoza, con la llegada de la Expo, el suelo horadado hace que sus habitantes paralelos colonicen los apeaderos de autobuses y las paradas de tren intermedias, todos aquellos zaragozanos se convirtieron en fantasmas y recuerdos arrastrados por la centralización y el racionalismo de los medios de transporte. ¿Quién soy yo para preguntar nada? Sucede que mi ciudad está inundada por un mar ausente, un mar del que hablaba el poeta Julio Antonio Gómez en su libro Al Oeste del lago Kivú los gorilas se suicidaban en manadas numerosísimas, un mar imposible. Pero sucede que las ciudades que carecen de un mar donde caer de bruces no existen. Uno de los últimos en explorar con valentía el subsuelo zaragozano fue el periodista y escritor Juan Luis Saldaña. Uno podía empezar a detectar pistas entre sus primeros poemas, tras el humor había una playa en plena capital aragonesa, un mar visible solo bajo el ángulo correcto. La arena en los zapatos nos llevaba hasta uno de esos comercios regentados por chinos, un bazar que tiene algo de laberíntico, alimento de leyenda urbana. La adaptación al cine de la novela de Saldaña, Hilo musical para una piscifactoría se estrenó con el título de Miau, dirigida por Ignacio Estaregui. Allí el laberinto bajo los pies de Zaragoza, Cesaragusta o Salduba, está controlado por los mismos chinos que han colonizado con sus almacenes baratos y sus tortillas de patata deliciosas, la superficie de la capital aragonesa. No es Zaragoza una ciudad que se quede quieta mucho tiempo. Ahora que uno tiene la responsabilidad de este motel y otras muchas que no vienen al caso, descubre que su ciudad se convierte en otra ciudad, porque la distancia es también semilla de otra ciudad cuando uno vuelve y el recuerdo no se amolda a la realidad. En 1967 se rueda en Zaragoza Culpable para un delito, dirigida por José Antonio Duce. En ella la ciudad tiene un metro falso y un mar, también falso. La niebla, por otro lado, es muy real y sirve desde hace años para ocultar el pasado y dejar siempre la duda, puesto que, acompañando la caída del sol con las emanaciones propias de un río inmenso, uno puede sentirse mezcla y parte de la confusión.

Juan Luis Saldaña. (@Marcos Cebrián)

Más allá del mar, o al otro lado del océano, cualquiera puede encontrar señales de esa misma alteración: los fines de semana, cuando la noche se prolonga lo suficiente, la mezcla es casi completa, visillos cerrados, portales que llevan a entresuelos tapiados o pintadas obscenas que son hilo de seda para huir del minotauro. En Londres, Clive Barker, el escritor de terror inglés, da un paso más, en su libro Books of Blood se incluye un relato corto, The Forbidden, en el que los grafitis en un barrio de casas prefabricadas actúan como tótems de una religión pagana que busca mantener su aislamiento a través de la confusión y la leyenda urbana. Ese relato, donde la desesperación es una enorme boca pintada en un piso-colmena abandonado se convierte en el año 1992 en la película Candyman. El mito se traslada a los Estados Unidos y cuenta con dos secuelas de muy poco valor artístico pero que han alcanzado su lugar en imaginario colectivo. ¿Puede haber algo más mutante que una misma historia en dos continentes distintos? Una historia de sociedades que conviven en el mismo espacio, pero sin llegar a cruzarse. El tema, por otro lado, lo retoma Clive Barker en dos relatos más, ambos también llevados con desigual fortuna a la pantalla grande, The Midnight Meat Train -aquí las líneas de metro que no existen son uno de esos elementos imprescindibles que sobreviven en todos los mitos de ciudad sumergida- y la novela corta Cabal que se convertirá en Razas de noche en su estreno en las carteleras españolas en el año 1990. De esta última se podría escribir mucho más, puesto que su conversión en largometraje de culto en tres décadas habla muy a las claras de la capacidad que tiene el reverso desconocido para inocularse en nuestra propia existencia. ¿Saben ustedes que Baker Street aparece con la caída de la tarde, todos los días, y que su incorporación al callejero londinense es anunciada por el sonido de un violín y unas volutas de opio que salen de las ventanas del 221b?

En su libro La ciudad el uruguayo Mario Levrero es capaz de encontrar el reflejo en el reverso del espejo de Montevideo. Una novela construida sobre la palabra “pero”, donde avanzar y retroceder es un ejercicio híbrido entre lo circular y lo euclídeo, tanto para el lector como para el habitante del relato. Otra manera de entender la ciudad sumergida es no poder entrar ni salir de ella, así lo hacen los que siguen a Alejandro Dolina en sus aventuras por el barrio de Flores, en una ciudad de Buenos Aires que es una mezcla entre la Santa María del Buen Ayre (con y griega, por supuesto) y el ‘Zero hour’ o movimiento final de Astor Piazolla y su idea de la hora cera como el momento después de la medianoche, “una hora de absoluto final y absoluto comienzo”, en palabras del maestro. Cuando salen los habitantes de la otra ciudad, los que han permanecido en letargo durante el día. Mezclándose con los oficinistas, los funcionarios, las amas de casa y los obreros del turno de tarde.

¿Quién fuma en el cambio de clase de un instituto que tiene horario nocturno? ¿Son ellos o nosotros? ¿Quiénes somos nosotros en realidad? ¿Tenemos más derechos que los que esperan nuestra ausencia para hacerse presentes, los que viven sumergidos en una ciudad que también les pertenece?

 

Tres espíritus para una ciudad: órganos Hammond retumbando en Casa Botines Vicente Muñoz y el Elosúa León

León es una ciudad gótica, salvaje, tiene río y pólvora, sabe a órgano Hammond y bongos de recitales beat. León tiene la energía de lo analógico, el misterio de los locales cerrados, el vino pesado en las encías. En su último poemario Vicente Muñoz escribe:

Como si hubiera
envejecido mil años
en solo unos días
perdido
en mi laberinto

En esta ocasión en Motel Margot abrimos tres habitaciones para una misma ciudad. Tres espíritus que la definen, el escritor Vicente Muñoz Álvarez, el grupo Los Flechazos y el equipo de baloncesto Elosúa León. Déjense llevar en esta guía de viaje sin salir del motel. Vicente Muñoz acaba de editar Haga lo que haga en la tierra con Canalla Ediciones. Son poemas tras la tormenta, un poemario distópico que atrapa lo que le rodea, ahora todo humo y lágrimas y lo convierte en el misterio de la vida. El tiempo, el cambio, la vida como una mutación salvaje que acabará en muerte, la fortuna como un contrincante que juega con los dados cargados: “La solicitud como una condena que asfixia tu corazón”. Jean Grey enamorada del cuervo de Poe, la entropía como brújula para los que quieren perderse con conocimiento de causa, la tripulación que canta, muy borracha, la lista de los capitanes que se perdieron en el camino a Ítaca.

Guardo fotografías junto a Vicente en un encuentro en Teruel organizado por Nacho Escuín, “la piedra en el charco”, era primera hora de la tarde y los dos estábamos exultantes. Nos habíamos escrito en aquellos correos electrónicos primerizos que eran como cartas: largos y sesudos. Nada de la inmediatez de las aplicaciones para conversar que hay ahora. Casi imaginaba su voz sin conocerla. Una voz cálida, amarrada a la vida, de corsario siempre al borde de la jubilación, de vagabundo a punto de poner una colada. Vicente Muñoz fue parte de aquella rebeldía con la que se alimentó el comienzo del siglo. Coordinó unos cuantos libros colectivos que reflejaban la situación de la literatura española contemporánea, unos volúmenes en los que si estabas eras “alguien” en el panorama nacional: Golpes, ficciones de la crueldad social, con Eloy Fernández Porta, fue la primera, editada por DVD en 2004, que fue la primera, después llegó Hank Over: Resaca. Un homenaje a Charles Bukowski junto con Patxi Irurzun, que apareció en 2008 con el sello de Caballo de Troya y una portada excepcional de Miguel Ángel Martín -que volverá a aparecer en este motel en algún momento próximo- y que fue un éxito absoluto. Es imposible obviar el fenómeno que supuso 23 Pandoras: Poesía alternativa española que apareció bajo el auspicio de Baile del Sol en 2009, donde Vicente se atrevía -porque les aseguro que nunca estuvo más sobre el alambre- a seleccionar a sus poetisas favoritas de la década. La mayor parte de aquel listado se ha convertido en un canon de nuestra poesía y su trayectoria posterior demuestra el buen gusto y el profundo conocimiento que Vicente tenía de aquel presente lírico. No se puede olvidar el homenaje al movimiento beat que apareció en el año 2011, Beatitud: Visiones de la Beat Generatión, allí contaba con Ignacio Escuín como aliado y la edición de Baladí mezcló rockeros, poetas y gente que seguía con exquisita devoción los preceptos de Sam Shepard cuando se convirtió a la Iglesia del Bob Dylan del Dharma.

A la vez fueron apareciendo algunas obras propias que reflejaban un universo particular: el del corredor de fondo que escapa para volver cuanto antes a sus orígenes. Vicente es un autor contradictorio, capaz de pasar una buena parte de su vida conduciendo por carreteras secundarias: de sus primeros libros de narrativa, me siguen fascinando El merodeador y Mi vida en la penumbra editados en años consecutivos, 2007 y 2008, por dos de las más avanzadas editoriales de la época, Baile del Sol y Eclipsados.

Vicente ha escrito mucha poesía y ha seguido con sus relatos y sus antologías, pero ha alcanzado un sello propio en la trilogía de ensayos sobre películas de espanto y culto: Cult Movies 1: Películas para llevarse al infierno (Eutelequia, 2011, LcLibros, 2018), Cult Movies 2: Películas para la penumbra (Excodra, 2015, LcLibros, 2018) y Películas que erizan la piel (Canalla Ediciones, 2019). Imaginen el vídeado de la Naranja mecánica o el gancho de La matanza de Texas, todo da como resultado una lógica transitiva que nos permite tirar de un hilo imaginario que genera una cosmogonía fragmentada de la contracultura. Desde los destellos pulp de la Nouvelle Vague hasta los excesos visuales del hippismo más tóxicos, las adaptaciones académicas de Edgard Allan Poe, el Giallo italiano o el fantaterror patrio, la mezcla con alto contenido en absenta y celuloide, permite un festín para el que busca historias en los márgenes del celuloide, en las sesiones dobles o en las machacadas cintas de VHS de alguna tienda de segunda mano. La trilogía nos devuelve, la pasión por el cine diferente, aquel que busca impactar, emocionar, que ha escapado a la monstruosidad obsesiva y extenuante de las plataformas digitales.

Muchas de esas obsesiones se reflejan en el proyecto más ambicioso de Vicente, la segunda época del fanzine Vinalia Trippers. Un fanzine hecho libro, una revista que daba sentido a un momento y un lugar. A partir de una temática concreta una serie de fuera de la ley, drugos, aspirantes a funcionarios e, incluso, futuros políticos, escribían e ilustraban a caballo entre la grapa en blanco y negro y la antología pura. Fueron buenos tiempos, hubo ciencia-ficción, oeste, rollo quinqui, terror… siempre con Miguel Ángel Martín en la portada. Yo recuerdo que escribí sobre rumba catalana, Ámsterdam, un pueblo del que no se podía salir llamado Canciones Tristes, cintas de casete y vinilos y un viaje en el tiempo muy especial, el que llevaba al Bob Dylan que grababa con Johny Cash viejos clásicos del folk hasta el Bob Dylan ochentero, de chaleco de cuero sin camiseta y pantalones por dentro de las botas saludando a Jesucristo junto con Tom Petty. No creo que nadie me hubiera permitido semejantes veleidades.

Pero la gran obra de Vicente Muñoz sigue siendo su libro Regresiones. Aparecido en 2015, puedes llamarlo narrativa agónica o dietario de un superviviente. León es el amor al que uno vuelve, resucitando una vida que eclosiona a finales de los setenta con el final de la pesadilla y el comienzo del salvajismo. De los Burning a los tebeos de Vértice -revisen otras habitaciones, están empezando a comunicarse entre ella-, el Barrio Húmedo, Casa Botines, Lovecraft y Poe, siempre Poe. Vicente estuvo en el último concierto que dieron Parálisis Permanente. De León al infierno. Regresiones es un libro que emociona porque son polaroids de un tipo que lleva tres décadas de autenticidad y amor a sus espaldas, un corazón inmenso que sigue teniendo la rabia a flor de piel. Regresiones llevó a León y me deja tener siempre cerca a Vicente Muñoz.

Viajamos a León y nos escribimos unos días antes. Me mandó recomendaciones para tiendas de discos, garitos de bocados apetitosos y secretos que ocultaba cada esquina. León era para mí un lugar con un punto mítico, en los tiempos en los que Miqui Puig me invitaba cada semana a su Can Tuyus, a su bodega particular en la Xarxa Radio de Barcelona, me había hablado de que León era un paraíso inamovible donde la belleza te asaltaba y las formas de elegancia eran variadas y nadie la discutía. León ciudad MOD, León la ciudad de Los Flechazos. La peregrinación de las lambrettas, los punk rockers enamorados también tenían su sitio. En León, en Regresiones, que es León puro, ya hablaba de eso Vicente Muñoz; y quería también hablar de Veredicto Final, mi propia banda ochentera, en la que yo tocaba la batería, y de grupos afines de aquel tiempo, Deicidas, Opera Prima, Flechazos, Positivos, Los Vagos, Abogado del diablo, Salamanders, etc..

Quizá el grupo más conocido de la ciudad son Los Flechazos. Con Alejandro Díez a la cabeza comenzaron su andadura en 1987 y se disolvieron en 1998 dejando tras de sí hits como Viviendo en la era pop -toda una declaración de intenciones- o La chica de Mel de su disco 1989, En el club. Alex Díez y la organista Elena Iglesias organizan y coordinan un festival referente para la cultura mod y el sonido beat en nuestro país durante toda la década de los noventa, el Purple Weekend. Un fin de semana donde la mezcla de latin jazz, psicodelia, sixties sound o garage eran especias que nunca faltaban para aderezar los sonidos extraídos de amplificadores de válvulas, singles de vinilo y corazones puramente analógicos. Aunque uno siempre tiene sus favoritos y no puedo olvidar una banda como Los Cardíacos y temas como Noches de Toison que recoge en poco más de tres minutos y medio la idea de un garito como lugar sagrado de la noche de una ciudad. Esos sitios que crecen y se agarran a tu corazón y tu memoria siempre tienen su sitio en este Motel Margot. Por cierto, antes de abrir la tercera puerta no quiero olvidar la carrera en solitario de Alejandro Díez al frente de su proyecto Cooper en un proceso continuado de destilado absoluto del concepto de canción pop. Cooper es la honestidad hecha melodía, como él mismo dijo antes de retirarse: “Una figura de la resistencia sonora de este país”

La trilogía leonesa termina con un equipo de baloncesto mítico. El Elosúa León de los noventa. Porque el baloncesto de la primera mitad de los noventa es el último aliento de la autenticidad. Más allá solamente hay aburrimiento, cupos y nacionalizados.

Elosúa León asciende a la ACB en la temporada 90/91 y monta un quinteto titular en el que el base era Ferrán Heras, que venía del desaparecido Cacaolat Granollers, el escolta un anotador compulsivo que iba a hacer historia en el FCB Barcelona en los años siguiente, Xavi Fernández y con dos americanos contrastados, Ben Coleman y uno de los mejores extranjeros de la historia de la ACB, Mike Schlegel, que hizo pareja con Anicet Lavodrama en los años dorados del Clesa Ferrol. Coleman se marchó la siguiente temporada al Barcelona para cubrir las bajas de Audie Norris y llegó a debutar en la primera liga europea de la historia, la del triple de Djordjevic contra el Joventut. El quinto era un cuatro bajito de dos metros de los que se llevaban por entonces, del que todavía guardo cromo de cuando jugaba en el Magia de Huesca, el vallisoletano Félix De la Fuente. En la siguiente temporada el equipo que dirige Gustavo Aranzana se convierte en la revelación de la competición, llegando a ser líder durante algunas jornadas y terminando segundo en la temporada regular. El quinteto se completa con Xavi Crespo, en el alero alto, que viene de jugar desde finales de los ochenta entre el Barcelona y el Joventut de Badalona y los dos norteamericanos que marcarán época: Raymond Brown, un pívot de dos metros y poco y un cuatro, Reginald Johnson, mito del Joventut de Badalona y con el que estuvieron a punto de ser grandes. A ese quinteto titular casi inamovible se unen dos suplentes que harán historia en el baloncesto español, aunque sea de modo distinto: el sexto hombre es un escolta cedido por el CAI Zaragoza, Alberto Angulo, uno de los mejores jugadores de la cantera aragonesa y que sería pieza clave del Real Madrid de final de siglo y también Willy Villar, uno de los directores deportivos más importantes de nuestro baloncesto. Aquel año el equipo de Aranzana es eliminado en cuartos de final por el Estudiantes y se clasifica para la Copa Korac.

En la temporada 92-93, Heras vuelve a Cataluña y ficha por el Valvi Girona, es la temporada del tercer extranjero y lo sustituye un americano explosivo, Mark Tillmon, con sus movimientos eléctricos y sus medias subidas por encima de las rodillas. Dura poco más de veinte jornadas hasta que es cortado y se incorpora un trotamundos de la competición, Michael Anderson, que había debutado en el Real Madrid de la temporada 89-90, la de la muerte de Fernando Martín y que después jugaría en Zaragoza, Gerona y Murcia hasta encumbrarse como mito en el Caja San Fernando de Sevilla, subcampeón de la ACB en la 95-96. Decir que desde el banquillo el sexto hombre es Silvano Bustos , eterna promesa del baloncesto español, con sus dos diez de altura, que no había aprendido casi nada de Arvydas Sabonis en su larga temporada en Valladolid y que probaría las mieles de la internacionalidad únicamente por tener unos pocos centímetros menos que Fernando Romay. El León aguanta en la ACB y obtiene una meritoria octava posición, pero es en Europa donde brilla, superando la fase de grupos y siendo eliminado en cuartos de final por la Philips de Milán, posteriormente campeón de la competición, a pesar de haber ganado el partido de ida por once puntos. En la siguiente temporada Xavi Crespo al Barcelona y solamente quedan Xavi Fernández y Reggie Johnson del equipo que hizo soñar a León en el año olímpico. Los de Gustavo Aranzana cambian su patrocinador a Elmar León y dan la oportunidad de debutar en ACB a Harper Williams, que recorrerá el resto de la década entre Estudiantes y Manresa, volviendo un par de veces a la disciplina leonesa. Imposible olvidar en el cinco a Joe Wolf, un pívot blanco con pasado NBA que realizó una notable temporada antes de volver a Estados Unidos ni tampoco a otro mito, José Antonio Paraíso, que solamente jugaría veinte partidos en el equipo después de salir por la puerta de atrás del Barcelona antes de marcharse al Cáceres donde se haría grande. Y terminamos en la temporada 94-95, simplemente por ser el momento en el que el Baloncesto León, sin patrocinador, pierde a su último símbolo, Xavi Fernández y solo se mantiene Gustavo Aranzana como entrenador del equipo que había hecho historia. De todos modos, esa temporada se demuestra que León siempre había sido un conjunto de cábalas y casualidades. Recoge y da amor a algunos de los grandes mitos de los ochenta y esa temporada corta a Reginald Johnson con 37 años y vuelve a juntar en el mismo equipo a Harold Pressley y Corny Thompson, la pareja con la que el Joventut había roto la hegemonía del Madrid y Barcelona con dos ligas consecutivas a principio de los noventa.

¿Qué os puede decir un zaragozano como yo cuando revisa viejos partidos y ve saliendo a Alberto Angulo del banquillo y martilleando con su pelo ya escaso y su formación pilarista el aro contrario? Que siento amor, porque los hermanos Angulo nos hubieran hecho grandes. A los de Zaragoza, digo.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí, Octavio? No lo sé, prometo que lo dejo con esta foto de un montón de piedras en el suelo del MUSAC. Dicen que es arte contemporáneo. Me imagino que ustedes, queridos lectores, que son gente formada lo entenderá mejor que yo. León, donde el fanzine se encuentra con el psicobilly y el vino es la medicina de los beatniks. León, donde uno sueña con ser Edgard Allan Poe vestido para salir en la portada de un disco de Style Council. Donde uno canta el blues del frío, mortal luz que nunca se apagará.