Su parte de la noche: creadoras argentinas

Es octubre, lo sé porque desde Zaragoza me llegan correos electrónicos contándome cómo están siendo las fiestas del Pilar. Recorro las librerías de la calle Corrientes en Buenos Aires. Es el año 2002 y el Corralito está muy presente, la época de los presidentes saliendo por la azotea de la Casa Rosada en helicóptero. En un quiosco, en la portada de una revista creo ver al Dioni y se lo comentó a una amiga que me acompaña. Resulta ser Néstor Kirchner, que suena como uno de los posibles candidatos a la presidencia de la Argentina. Compro boletos para ver a Adriana Varela, que hace varias noches seguidas en Luna Park y cuando el dueño de la disquería me ve mirando las cubetas me ofrece un cedé sin tapa ni carátula; es de color rosa. Rosario Bléfari me dice, lo mejor que tenemos en el ander de acá. Sí, la conozco, le digo, es la cantante de Suárez. Él me deja por imposible. Un listillo diríamos en España.

A la Bléfari la conozco porque a su banda Suárez la publicó en España el incansable director de Zona de Obras, el gran Rubén Scaramuzzino. La discográfica se llamaba Plan B y también editó el primer disco solista de Gustavo Cerati tras la separación de Soda Stéreo, Bocanada, pero eso sería abrir otra habitación del Motel. Rosario también cantaría unos años después El rey ha muerto, un tema de mi amigo Sergio Algora en un tributo al Niño Gusano.

Me llevo un disco de Celeste Carballo y en una de las librerías de segunda mano encuentro Buenos Aires me mata, el libro de Laura Ramos, la mejor cronista de la movida porteña. Laura fue la primera que vio juntos a Rodrigo Fresán y Andrés Calamaro en un coche camino del Prix D’ami para ver el debut como banda de los gemelos Bang-Bang después de que hubieran abandonada su carrera en la lucha libre. Laura Ramos me descubrió que no hay nada más bello que escuchar a Hilda Lizarazu de Man Ray cantar Señal que te he perdido. Aquellas historias aparecían en el suplemento del diario Clarín y eran los noventa en Buenos Aires.

Los ochenta también los dejó por escrito en Corazones en llamas junto a Cynthia Lejbowicz. En la portada salen Cerati, Charly García, Fito Páez y Fabiana Cantilo. Fabiana había empezado tocando con los Twist y era una Cleopatra pop que además se incorporó como uno más a la banda de acompañamiento de Charly García y esa banda, en aquella época, iba muy fuerte. Fabiana, la Fabi, tocaba Roxanne con una guitarra española mejor que Sting. Por aquellas páginas aparecían las Viuda e Hijas de Roque Enroll, una banda de rock en la que estaba María Gabriel Epumer. María Gabriel tocaba la guitarra y cantaba. Luego también se hizo parte de la banda de Charly García. Ese mismo verano de 2002 la pude ver tocar con el maestro en un club pequeño, el Roxy. María Gabriela lo acompañó sin inmutarse, agarrando la viola como un báculo o un martillo, según el tono que tocara.  No era la primera vez que la había visto en un escenario, en agosto de 2001 en un evento que se llamó Fémina Rock estuvo en el festival Pirineos Sur en Sallent de Gállego, en el Pirineo oscense. Recuerdo que Jose Lapuente me coló en el backstage para conocer a Andrea Echeverri, la cantante de Aterciopelados, que compartía cartel con ella, Amaral y Julieta Venegas. María Gabriela falleció súbitamente en junio de 2003 de un paro cardiorrespiratorio dejando varios discos solistas, el más bello en mi opinión, Perfume. En los años siguientes, ya en España, conozco a una amiga de María Gabriela Epumer, la bajista Laura Gómez Palma, con la que había montado la banda Las chicas, y que se ha establecido en nuestro país para tocar como músico de acompañamiento de distintos solistas. En aquella época está tocando con Loquillo y Jose Lapuente, el mismo que me había colado en el concierto de Pirineos Sur, me propone para presentar un maravilloso libro de poemas de Laura, Desde el agua. Laura tiene alma de gaucho y manos de seda a pesar de tener los dedos curtidos de contrabajo y riendas.

Como todo en la vida, un parpadeo, los años siguientes leo y escucho a las creadoras argentinas, hasta que por mediación de Mariano Gistaín me acerco a Mariana Enríquez. Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez es un laberinto de muerte y magia que abruma como el calor de las provincias de Misiones y Corrientes, que tiene algo de monstruo que tortura como los vuelos mortales del Proceso, que se sumerge en mate mezclado con ácido para los que habitan el Londres de finales de los sesenta. El fantasma de Bilardo, la masa seca de una factura que ha permanecido demasiado tiempo en el fondo de una alacena, Mar del Plata como un remanso frente al monstruo Buenos Aires. Nuestra es la noche no es una novela porteña, no hay tango ni Soda Stéreo, hay poesía y montoneros, hay culto a la carne como en David Cronenberg, en Clive Barker y en el Otromundo que se nos muestra inocente en los tebeos de Excalibur de los noventa. Y quizá Mariana no note nada de lo que acabo de nombrar porque este tipo de veneno se extiende sin preguntar y queda dentro, muy dentro. A veces uno encuentra libros que te atrapan con tanta fuerza que no sabes si quieres terminarlo o quedarte a vivir dentro para siempre. Sabes que pase lo que pase estás unido a él, que si lo dejas en la mesilla durante la noche te devorará y cuando vuelvas a la cama, después de saciar una sed impropia con un agua demasiado tibia, solo encontrarás una silueta que recuerda a tu propio cuerpo sobre el colchón.

En Nuestra es la noche hay un aroma inconfundible a la obra de la fotógrafa Sara Facio y su compañera Alicia D´Amico. Esa manera de captar el blanco y negro de la vida y atrapar las palabras. La edición Retratos y autorretratos contiene instantáneas de los grandes escritores latinoamericanos de los setenta, pero la foto que resulta más impactante es la de Silvia Ocampo, tapándose el rostro con la mano, después de un largo poema de versos manchados de la sangre que cae al folio tras morder un labio -sea propio o ajeno-, Demasiadas fotografías son culpables. El libro tiene tamaño de revista y es en blanco y negro. Está editado en 1973 por Ediciones de Crisis. Aún vivía Isabelita Perón cuando apareció. Reviso la Antología de relatos fantásticos argentinos en edición de Jaime Helios y encuentro un cuento de Silvia Ocampo, Fidelidad. Silvia muere en 1993. Ha pasado veinte años tapándose la cara. La otra autora que aparece es Liliana Heker y su historia, La llave es una odisea por la noche del barrio en Buenos Aires, cuando uno no sabe si los pocos colectivos que ve por la calle son los últimos de la ruta o los primeros del día siguiente.

Las creadoras argentinas son seductoras por naturaleza. Se imponen en una sociedad que sigue tirando hacia lo machista por su herencia italoespañola, pero cuando ellas están se nota. En su antología Buenos Aires Juan Forn selecciona a Tununa Mercado, Ana María Shua, Cecilia Absatz y Sylvia Iparraguirre. La primera edición es de 1992, yo tengo la edición en la clásica colección de compactos de Anagrama. Me gustan estas antologías, me gusta revisarlas pasadas dos o tres décadas. Hay aciertos y olvidos. Ya está la Muchacha punk de Fogwgil, y también César Aira, Piglia, Alan Pauls o Fresán.

En aquel verano del cono sur las cosas iban muy rápidas. Quería verlo todo: un concierto de Mariana Melero -a la que conocía por los créditos de los discos de Antonio Birabent-haciendo bossa-nova en Palermo o ver cómo se llevaba a escena La casa de Bernarda Alba en un teatro de Corrientes con una compañía de mujeres con acento porteño. En aquel verano iba a los multicines de los grandes shoppings del centro para ver películas yo solo. En la pantalla los labios perfectos de Dolores Fonzi en una película de arte y ensayo llamada Caja negra. La Fonzi había aparecido en  la primera película como director de Fito Páez, una cinta pesada y presuntuosa con guion de Alan Pauls-miren, unas habitaciones arriba- y eso la hacía parte del inconsciente colectivo.

Prendí la televisión y encontré una serie en Netflix que se llamaba Puerta 7. Allí estaba Dolores otra vez. Una mina dura, que aguanta el tirón de las barras bravas de un club inventado. Lleva mucho mejor la edad que yo. Si tuviera su número la llamaría. No, aunque tuviera su número no la llamaría. El pasado es mejor que siga durmiendo su sueño reparador. Tiene que estar preparado para cuando uno lo reclame en la vejez. Mientras tanto, sigamos soñando con ellas, el corazón de la Argentina, el alma de Buenos Aires.

La incertidumbre del kiosko (o cómo leer tebeos en los ochenta)

A veces sueño que voy de la mano de mi padre y estamos en el Tubo, en Zaragoza, entramos en una librería de lance y hay un montón de tebeos apilados en los estantes de abajo. Empiezo a revisarlos y aparecen números antiguos de mis colecciones, portadas perdidas desenterradas por el sueño profundo. Otras veces pienso en los kioskos para turistas que había en Salou, llenos de pasatiempos, de periódicos en idiomas exóticos, de portadas de prensa rosa con famosos desconocidos y siempre, siempre, al final, los tebeos. Mezclados, sin orden, Mortadelo y Filemón o El Víbora, La Masa o los Nuevos Titanes, Transformers y GI JOE.

Ya era la época de Fórum y yo coleccionaba con la avidez que me permitía el tebeo semanal que como soldada me correspondía en mi primera adolescencia. El desorden y la incertidumbre fueron la tónica general de la edición del cómic de superhéroes en España durante los setenta y principios de los ochenta. Hoy en tiempo de películas llenas de huevos de Pascua para cuarentones, escenas postcréditos y grandes efectos especiales es muy difícil entender el caos absoluto que traían las ediciones de Vértice o Bruguera en aquellos años.

No había librerías especializadas pero teníamos portadas hechas por Rafael López Espí. Las historias estaban en blanco y negro, las hojas cortadas, los apaños de última hora añadiendo siluetas o mutilando viñetas modificaban la historia que ríete tú de la conversión del adulterio en incesto que hicieron con Mogambo. En el libro Cuando Daredevil se llamaba Dan Defensor, historia de Ediciones Vértice escrito por Alfons Moliné y editado de manera exquisita por Ediciones Diábolo queda reflejado perfectamente ese caos en el que las colecciones se publicaban de manera casi aleatoria, dando salida a cabeceras que habían cerrado en Estados Unidos, reeditando material una y otra vez, añadiendo historias de complemento que nada tenían que ver con el personaje principal…era como vivir en un mundo donde las leyes de la física no tenían que cumplirse de manera regular: tiempo y espacio eran algo relativo.

Yo, ya lo he dicho antes, ya soy un niño de Fórum, pero las portadas se quedan, sobre todo aquellas que permanecían por alguna extraña razón en lugares concretos: un pasaje minúsculo al lado de casa de mis abuelos, donde había un tebeo de los Nuevos Vengadores que nunca se vendía y ningún distribuidor reclamaba u otro de la Masa avanzando por un campo de maíz y las siluetas de unas hormigas gigantes amenazando en la sombra que estuve atrapado por unas pinzas en una tienda de chucherías que había a la entrada de unos cines. Esos cines ya no existen, ahora hay un Mango y ese tebeo, con marcas en la portada, no tendría valor para un verdadero coleccionista.

Ahora todo es muy fácil, prácticamente tienes todo a tu disposición en la red: orden de publicación, edición, reedición, formato, tiendas de saldo, tiendas de colección, librerías especializadas. He ido comprado números de Vértice y también de Bruguer: Jessica Drew con ese ajustado traje de Spiderwoman, el tebeo de los Cuatro Fantásticos donde llegan a Wakanda, un extraño número de la Legión de la Libertad donde aparecen Bucky Barnes en blanco y negro y ambientado en los años de la Segunda Guerra Mundial. Tantos años de historia hacen que la continuidad y la coherencia de un universo imaginario como el del gigante Marvel casi sea imposible. Todo lo que contaban los tebeos de Vértice ha cambiado, no vale o es directamente mentira. Nadie muere, nadie recuerda nada, no hay síndrome postraumático a pesar de mil invasiones extraterrestres o el fallecimiento trágico de todos tus compañeros de grupo, novia, novio o familia en general al menos una vez. Los tebeos de aquella época, que tenían un continuará en su última viñeta, solo era una promesa que difícilmente se cumpliría, así que leíamos y releíamos y completábamos sus vidas con lo que queríamos que sucediera. ¿Es ese el primer paso que cualquier narrador debe dar? Dejémoslo para cuando abramos otra habitación.

Hace unos días Alan Moore, guionista de obras tan magníficas como Watchmen o La liga de los seres extraordinarios entre otras, ha asegurado en unas declaraciones que “el cine de superhéroes ha arruinado la cultura”. Respetando la palabra de un escritor que adora a un dios-serpiente de nombre Glycon, uno no puede por menos que abrazar esta popularidad que han alcanzado los Vengadores en el S. XXI,

¿Saben lo complicado que era tener una mochila de Spiderman en 1988? Ahora le compro en un bazar chino un libro con 200 pegatinas de Iron Man a mi hijo y en cada página te sale un modelo de armadura distinto. En estos tiempos de pandemia, de tristeza acumulada…encontrarse con que las historias y los personajes con los que una vez soñaste ahora cobran vida es algo inenarrable.

 

Otra forma de mirar hacia el Oeste: western y blasters

Para mí, en estos momentos, el sábado es el día después del estreno del nuevo capítulo del Mandaloriano. Una descripción sucinta para un estadio vital mágico. El Mandaloriano, ampliación del universo de la Guerra de las Galaxias que, con su buen gusto formal, ha mostrado las vergüenzas de la última trilogía espacial, tiene más de Sergio Leone que de Star Trek.

El Oeste, ese lugar mítico que atraviesa las generaciones, que se mantiene firme frente a las veleidades del público, siempre dispuesto al revisionismo circular: dar la vuelta completa para acabar igual. ¿Escribiría usted el Oeste con mayúscula o con minúscula? Conservo un dibujo de mi padre, es un sheriff disparando al aire en un escenario donde se reconoce un saloon y un abrevadero y un cartel clavado en el suelo donde pone Texas. El niño que pintó aquel pistolero no tendría más de ocho o nueve años y vivía en una Zaragoza donde el desarrollismo era como las armas automáticas, algo que se vislumbraba, pero para lo que todavía faltaban unos lustros.

Estaba escribiendo sobre la segunda temporada de El Mandaloriano -que hasta tiene nombre de saga de Enzo Barboni- el día que murió Sean Connery. Nada es casualidad en Motel Margot o por lo menos le encontramos rápidamente acomodo en una habitación a los que se incorporan al panteón de los mitos. Más allá de la falda escocesa y el implante capilar, del permiso para matar y el “Sólo puede quedar uno”, incluso pasando por alto su condición de padre de Indiana Jones en la ficción, Connery protagoniza uno de los western más atípico de la historia del cine: ‘Atmósfera cero’. Estrenada en 1981 todavía conservo una copia en deuvedé en alguna parte del motel, con su icónica portada en la que se ve a Connery portando un arma larga, una escopeta o un rifle láser, solo frente a la amenaza de unos sicarios que buscan darle una buena lección. La película tiene algo de herencia de las claustrofóbicas bases espaciales de los ochenta, como las que se pueden ver en Aliens o las que se prometen en las colonias exteriores de Blade Runner. La misma idea de una colonia minera donde el Marshall Connery es la única ley, pero en la que los mineros están demasiado asustados como para hacer frente a los mafiosos es un arquetipo de cine del Oeste. Connery muere un día después del estreno de la segunda temporada de El Mandoloriano, en un primer capítulo que lleva como título ‘Marshall’ y en el que el protagonista acude al planeta Tatooine para ayudar a una colonia minera: hay blasters, rayos láser, habitantes de la arenas y el cantinero sirve bebidas azules en vasos sucios. Solamente falta Lee Marvin cantando ‘Estrella errante’ montado en un speeder robado a los remanentes imperiales. Pronto abriremos una de las habitaciones del sótano, las que yo llamo ‘Suites Pandora’, por lo que provoca cuando sale lo que hay dentro, concretamente para descargar odio y pasión por lo que está sucediendo con Star Wars pero hoy sigue tocando hablar del Oeste. Deseo de ser piel roja que escribía Leopoldo María Panero o cantaban los 091.

En España entendemos el oeste de una manera diferente: podemos escuchar a los Leone, que viven en Madrid pero tienen su corazón en Almería y cubren esa distancia a base de boleros y pasión eléctrica. Acaban de publicar su nuevo LP, Canciones de amor y odio vol 1 (Clifford Records, 2020). Los Leone son tipos duros de esos que bajan “pal centro” como en una canción de Malevaje y que cuando se echan a dormir después de una noche azarosa reciben la visita de los Amaya que les susurran en sueños la melodía de El bueno, el feo y el malo. Son de Almería que es donde se rodaron muchas de las películas del spaghetti western y donde Alex de la Iglesia situó su hermoso homenaje a esa época con su largo 800 balas al que solo le faltó un cameo de Clint Eastwood para que hasta las capitanas que ruedan de fondo en todo escenario que se precie soltaran alguna lágrima. Pero no solo fue en Andalucía donde el Oeste tomó forma mortal y se hizo copia para sesión doble, también en Aragón hubo rodajes en escenarios menos conocidos como los paisajes del río Cinca o en municipios oscenses como Fraga o Alcolea de Cinca. Allí encontraron localizaciones para películas con títulos tan sugerentes como La diligencia de los condenados o Veinte pasos para la muerte. En la obra Western de Sergio Belinchón editada con motivo de la edición de 2011 del Festival de Cine de Huesca, se recogen interpretaciones y estudios de aquellas producciones menos conocidas para el gran público pero que son parte fundamental del ADN fronterizo de nuestro país. Y como ya he comentado antes, en este Motel Margot no hay coincidencia que valga, la cultura pop se abre camino como un sable luz recién construido y gracias a mi amigo el director de cine Sergio Duce pude conseguir una copia de Orgullo, el primer western español de la historia, dirigido por Manuel Mur Otín en 1955 y que la plataforma Flixolé ha restaurado para el disfrute de los arqueólogos de lo pulp. Rodada en los Picos de Europa, la película no tiene ningún amago de impostura, la ambientación es española y los lugareños visten de época, boina calada incluida. Eso lo hace todavía más apreciable para el que degusta esta mezcla de melodrama y aventura con una pizca de efluvios shakesperianos, con amores prohibidos incluidos.

Entre Orgullo y 800 balas hay singles de vinilo con la canción de la Leyenda de la ciudad sin nombre, fuertes de famóbil, indios y vaqueros de plástico duro en sobres de papel y un libro, Vivo o muerto: cuentos del Spaghetti-Western editado por la desaparecida editorial Tropo en 2008 y que se abre con una joya de Francisco Casavella que fallecería el mismo año de la edición de este volumen. No está caro en las librerías de lance ni siquiera descatalogado, pero pronto quedarán pocos ejemplares, deberán ser rápidos con el revólver. A Casavella también le tenemos la cama preparada en una de las habitaciones del motel.

Comencé con una serie de ciencia ficción, luego con un escocés que hizo de padre de Indiana Jones y hemos recorrido España desde Almería hasta Fraga pasando por Madrid buscando sol y sombra. La mayor parte de las veces acabamos disparando al aire nuestro láser para dispersar los malos pensamientos, por eso cualquiera dice que juega con su hijo a indios y vaqueros. ¿Dónde está el bien y dónde el mal? Eso es lo bueno de las películas del oeste que no se abusa del gris. Díganselo a nuestra Sara Montiel, que en Veracruz le dejaban elegir entre Burt Lancaster y Gary Cooper y nadie se escandalizó. Hasta Javier Gurruchaga les hizo una canción.

Fresán y los siameses Bang-Bang

Hay autores a los que uno debe leer desordenadamente. Rodrigo Fresán es uno de ellos. El argentino nos puso la cabeza del revés con Mantra y La velocidad de las cosas. Había pulp, máscaras de lucha libre, misterios a lo Iker Jiménez (Fabio Zerpa, si eres del cono Sur) y una verborrea literaria que recordaba a Bob Dylan escupiendo sus letras recién convertido en un vagabundo del Dharma.

Podías vivir en las novelas de Rodrigo Fresán y no necesitar nada más. Podías leer a Ray Loriga y podías recordar a Félix Romeo y seguías leyendo a Rodrigo Fresán. Escuchabas a Andrés Calamaro antes de formar los Rodríguez, en la época en la que los vinilos sonaban raros en la Argentina porque no había material para hacer copias nuevas y tenían que fundir los viejos sin quitarles la galleta de papel.

Rodrigo Fresán me dejó una carta en Buenos Aires a través de Laura Ramos en su libro Corazones en llamas en 2002. Llevábamos los bolsillos llenos de euros, patacones y pesetas. Había un niño con una máscara de El Santo encerrado en el baño del avión. Rodrigo Fresán traducía y anotaba a John Cheever, a Morton Freedgood o Iris Murdoch. Fresán entendió la broma infinita de David Foster Wallace y los discos de los Pixies.

Leí Esperanto, con James Dean en la portada, leí Vidas de Santos pero no recuerdo cuándo. Sí que recuerdo estar leyendo Historia Argentina frente al mar Mediterráneo en una edición que se caía a trozos.

Fresán esperó a que naciera mi hijo y a que venciera a los números para recordarme que tenía pendiente su acercamiento a la ciencia-ficción El fondo del cielo. Lo he terminado estos días y sé que queda una trilogía esperándome. Es raro, una columna en la que uno habla de lo que está por llegar. Pero en Fresán el desorden es vida, nuestra y tuya. Es como pegar hojas en el calendario esperando que vuelvan tiempos mejores.

Lovecraft reloaded

Howard Philip vive y está en nuestras pantallas. El autor de Providence ha mantenido viva la llama de sus cultos paganos, de sus monstruos y divinidades con nombres impronunciables en la época de las redes sociales y la televisión de pago. Él, que no salió prácticamente de una habitación en casa de sus tías a lo largo de su vida, hoy sigue más vigente que nunca: los tentáculos tenebrosos se pueden ver como habitantes de planos terrenales en negativo en la exitosa Stranger Things de Netflix o de manera más evidente en la reciente Territorio Lovecraft que emite HBO. En ambas, este siglo XXI resiste al yugo digital a través del homenaje a la cultura pulp y, por ello, Lovecraft y sus mitos se resisten a desaparecer.

La décima temporada de American Horror Story avisa de que “las cosas están empezando a ir mal en la orilla” mientras unas manos surgen del mar y me hacen recordar Dagón, la secta del mar, el último trabajo de Paco Rabal y que llevaba a la costa gallega La sombra sobre Innsmouth. Y es que España y los españoles, considerados por Lovecraft como una de las razas inferiores- Howard era un racista sociológico que haría imposible su popularidad hoy día-, tiene una importancia notable en la mitología del autor americano, puesto que la única copia del Necronomicón -libro imaginario sobre el que se construyen todos sus mitos-se supone impresa en España en el siglo XVII y es fácil encontrar a bromistas que han creado una ficha real en distintas bibliotecas públicas a lo largo de todo el mundo.

Ese Necronomicón -del que existe en la ficción una copia en la Universidad de Buenos Aires, de la época en la que Jorge Luis Borges era el responsable de la misma- es parte fundamental del remake de Evil Dead en forma de serie en la segunda década de este siglo. Las adaptaciones al cine de su obra han sido hasta ahora irregulares -quizá lo mejor es cuando se han alejado de la esencia de la obra, En la boca del miedo de John Carpenter de 1994 o Re-Animator de Stuart Gordon, de 1985-pero recientemente y protagonizado por un histriónico Nicolas Cage hemos podido disfrutar de Color Out of Space, una acertada revisión del relato clásico del autor de Providence.

Así, los mitos de Cthulhu y sus distintas ramificaciones han sido antagonistas o presencias inquietantes en distintos productos audiovisuales: la primera temporada de True Detective tenía a El Rey de amarillo de Robert W. Chambers y el mito de Carcasona o las distintas adaptaciones del personaje de Mike Mignola Hellboy se enfrenta a elementos que parecen surgidos de En las montañas de la locura.

Guillermo del Toro, fan confeso de Lovecraft, hizo de El laberinto del fauno una especie de Alicia en el País de las maravillas pasado por el filtro de un devoto de Yog-Sothoth. Alan Moore utiliza los personajes en su serie limitada Providence y en su novela gráfica Neonomicon, hasta en la introducción de los dibujos animados de Rick y Morty uno puede encontrar a Cthulhu persiguiendo a los protagonistas.

En una sociedad de acceso casi total a la información, de globalización completa, puede parecer contradictorio que el terror invisible que surge de la mente de una persona aislada en su cuarto siga teniendo predicamento. Pero quizá si sustituimos la máquina de escribir por un teclado y las páginas de un libro inventado por fake news, las cosas dejen de parecernos tan fuera de lugar.

Nick Cave, el último dandy

Llegar a Nick Cave a los cuarenta es una buena manera de envejecer. En el instituto los que iban de negro llevaban cintas de The Birthday Party que compraban en exóticos catálogos por correo. Yo no entendía la pasión por esa voz gutural que salía de los desiertos de Tasmania ni aquella explosión noventera cuando amó y dejó a dos musas como PJ. Harvey y Kylie Minogue.

Cave estuvo en Berlín viendo hacia qué lado corría la gente cuando cayó el muro y en Brasil siguiendo el alucinado fantasma del tropicalismo, para acabar trasladándose a Inglaterra, el lugar perfecto para el último de los hijos de Lee Marvin. Allí grabó su mejor material, detuvo a los caballos salvajes y aprovechó su porte tísico para convertirse en icono de elegancia.

En este siglo lo atrapó la tragedia, uno de sus hijos gemelos falleció en un extraño accidente justo después del mejor LP de la carrera del australiano, Push the Sky Away. Sobrevivir a la muerte de un hijo es una broma cruel para el que marcó la línea que separaba la zona de malas semillas de la vida durante tres décadas.

Reconocido como poeta y novelista, hay tanta religión en sus letras que a veces parecen salmos más que canciones. Pero en la marmita burbujea el saturnismo, los demonios a los que acudía Robert Johnson o ese paganismo preartúrico que adora a las serpientes y a Elvis Presley por igual.

Nick Cave, muchacho punk de aguja y rosa en boca, tras dos documentales que buscan atrapar en ámbar el dolor y la gloria, ha terminado grabando sus temas al piano para una televisión de pago, Nick Cave Alone at Alexandra Palace, y publicando su obra lírica en un volumen que recoge las palabras que entona desde 1978 en cada uno de sus proyectos.

Nick Cave, casi dos metros de altura, es la distancia mínima entre dos personas que no quieran contagiarse en una pandemia. Nick Cave se ha convertido en la métrica que separa la salud de la enfermedad.

Sí, tengo dos copias en vinilo de este disco de Nick Cave.

Hay habitaciones para todos

Tengo un tocadiscos alemán de los setenta, una buena colección de tebeos de Marvel, algunos libros de segunda mano dedicados a otras personas. Tengo una mixtape con canciones de Miqui Puig, Leonard Cohen y Nico Fidenco, una biografía de un físico que tocaba los bongos mejor que los beatniks y puedo contaros la historia de cómo Peter Handke escribió en Soria el guión de El cielo sobre Berlín.

Conozco la misteriosa relación entre Avenida de la luz de Loquillo y Trogloditas y la Torre de los sietes jorobados de Emilio Carrere y una entrada arrugada de un concierto de Charly García en Buenos Aires en la primavera de 2002.

Guardo la dirección y el correo de todas las librerías de lance de España, los horarios de casi todos los rastros del mundo y una foto de Sean Connery firmada por Roger Moore.

Espero la vuelta de lo analógico pasando cintas de cassette a formato mp3 y escribiendo en redes sociales pequeñas historias que no ocurrirán nunca.

Soy un tipo contradictorio pero sincero. Sé que en la vida no siempre tienes lo que quieres, lo normal es que te acabes quedando con lo que no puedes esquivar.

Aún tengo marcas en la mano de cuando grapaba fanzines y a veces sueño con que Perico Delgado llega a tiempo al prólogo del Tour de 1989. En el cajón de abajo guardo media docena de máscaras de lucha libre mexicana y una camiseta que pone “Julio Iglesias fue el primer indie”.

Una vez me escribió un correo electrónico Íker Jiménez y el día del cumpleaños de mi padre le di la mano al campeón del mundo Perico Fernández. Sé que no hay que sacar las figuras de su caja y qué te puede pasar si un zombi te muerde en el hombro.

Llevo un montón de llaves en el bolsillo porque en Motel Margot, como decía Andrés Calamaro, hay habitaciones para todos.

Motel Margot será un lugar para encontrar casualidades y rarezas de la cultura pop(ular), para recordar y para descubrir: series, tebeos, canciones, cromos y poesía. No hace falta reservar ni pagar por anticipado, este Motel Margot está abierto las 24 horas del día.