Las clases de Orencio Boix (Fundación Cotec, 2021)

Después de su premier en el Festival Internacional de Cine de Huesca, el documental de Orencio Boix realizó un pase de prensa el pasado 19 de noviembre y a partir del día 1 se podrá ver en se podrá ver en la Cineteca de Matadero Madrid. En Motel Margot, donde tanto el su director como el compositor de la banda sonora, Javier Aquilué, tienen habitaciones reservadas, hemos tenido el honor de poder disfrutar del visionado de Las clases, una nueva muesca en la exquisita producción como ecléctico documentalista de su autor, que recoge en sus imágenes y en la declaración de los protagonistas, la vuelta a las aulas en el curso 20-21, el año del punto y aparte.

“El colegio público Ramiro Solans, multicultural, abierto no sólo a las nuevas tecnologías, un lugar donde la sociedad busca encontrar respuesta a alguna de las promesas que se hace a sí misma es el marco de esta reflexión silenciosa, de esta cámara dispuesta a atrapar en la pantalla las visiones que fundamentan la reconstrucción de uno de los pilares de la sociedad moderna, inherente a la misma, como es el espacio público de aprendizaje”.

¿Qué sucedió el día después de la noche de la ruptura? ¿y el curso posterior al comienzo de la distopía? La cercanía del claustro de profesores ante las dificultades de las familias que no tienen una capacidad digital suficiente, la reflexión del mismo alumnado sobre cómo fue cambiado su perspectiva de la pandemia, que casi comenzó como una “celebración” ante el cierre de los colegios y acabó demandando el contacto sensible, casi físico, entre ellos y con sus profesores. El aburrimiento, lacra de la educación, pero también de la sociedad en general, el exceso de estímulos, el zapping emocional y de entretenimiento, el aislacionismo endémico…todo ello roto por una situación de emergencia sanitaria, es un prólogo, un reencuentro, la sensación básica sobre la que se sustenta el contrato formal de la escuela, entre profesores, alumnos y familias.

En cada estadio de edad los padres hemos sufrido por nuestros hijos: los más pequeños porque, aunque no fueran tan conscientes de la realidad, había sido mancillada para siempre. La sensación de que la humanidad había sido alterada en lo más profundo. Los de primaria -en el que se centra el documental-tiene una mayor capacidad de adaptación y se refleja en la respuesta rápida y eficiente de los chicos al volver a sus clases. Los más mayores, en secundaria, están atrapados ahora en un bucle donde la elongación ha llegado a su límite, no hay efecto rebote, hay desidia y el conflicto se palpa en el aire. Además de la realidad de la sensación de desbordamiento, de pérdida de un tiempo fundamental en su proceso de aprendizaje que nunca más se va a recuperar. Orencio busca tomar una muestra en un espacio y un lugar concreto y, como tal, se debe analizar lo acertado de su visión.

En la presentación de la vuelta a las aulas uno contempla las imposiciones pertinentes por la realidad: gel, lavado, separación. ¿Cómo transmitir amor o comprensión sin poder tocar? ¿Es parte de la labor del docente ir más allá de la enseñanza de los contenidos? Asumimos que la respuesta es sí. Pero ¿hasta dónde? En etapas iniciales de ese proceso está claro que es mayor, pero ¿después? Quizá la realidad ante la que nos hemos visto expuestos nos puede hacer reflexionar sobre este particular. No poder decirnos que no. Una sentencia contundente.

“El futuro existe si el presente se siente como algo propio. Lo ajeno existe y la brecha ha aumentado en este tiempo. Los hijos salen de la escuela y sus padres los abrazan. La imagen de los espacios diáfanos con los que Orencio enmarca muchas de las escenas son el contrapunto necesario para entender la debacle emocional y espacial a la que se vieron sometidos muchos de los habitantes de humildes barrios obreros, donde la calle todavía no se ha convertido en un espacio puramente de tránsito”.


“En el diálogo entre la filósofa Marina Garcés y el experto en educación Carlos Magro se nos presenta otra de las incógnitas del documental: una vez que se nos fue arrebatado, ¿descubrimos que el barrio físico y la red social no pueden ser intercambiables? Asumir que “el nosotros” existe, que los vecinos nos pueden ayudar, que la escuela sirve de enganche… ¿si la respuesta sanitaria fue la adecuada? ¿y la de la escuela?, ¿es la escuela un lugar para hablar y para aprender, qué queda en el silencio de la escuela?”

Con una continuidad fruto de la picardía del director en el montaje aparece una llamada a la madre de un alumno absentista. No sabemos la razón, descubrimos que la comunicación cuesta, pero la docente lo intenta. Consigue hablar. Promete que habrá todas las medidas de seguridad. Pero la familia no ha devuelto las llamadas iniciales. Ahora hablaremos de los colores. La multiculturalidad del barrio donde está rodado el documental mostrará siempre grises, cuando uno puede encontrar la parte de blanco luminoso -reflejado en la pureza de las sábanas expuestas al sol-, de una familia que no se resiste a “Quedarse atrás, a pesar de encontrarse en el paro, en esa madeja de ERTE, contratos temporales y ansiedad postpandemia, uno, como espectador y docente se siente reconfortado.

“Entender la educación como un proyecto coral donde los padres tienen una labor fundamental: son los responsables cualitativos de la motivación primera del estudiante. Cualquier desprecio o desidia puede resultar mucho peor que un virus apocalíptico. La cámara atrapa una sentencia al aire: “Solamente quiero vivir como antes”. Es un discurso de la esperanza, pero no podemos olvidar que el sistema educativo se mantuvo firme en el proceso del encierro”.

En el diálogo teórico que sirve de hilo conductor, en un paseo por una Zaragoza despejada, donde hay gris pero el Cierzo parece detenerse, surge una de las dicotomías más frecuentes en el espacio de discusión docente: la demanda de adaptación de la escuela a la sociedad. Sobre todo la parte laboral y, por tanto, la económica. El diálogo, que es una de las partes más potentes del documental, esquiva la autocomplacencia al remarcar y no evitar las contradicciones del discurso. No se puede -y la palabra me parece muy acertada-, “bunkerizar” la escuela frente al exterior, pero tampoco adaptarse acríticamente a las necesidades del mercado.”

Las llamadas a personas en cuarentena, el protocolo rápido, los diez días de rigor, el grupo-clase confinado. La comprensión por parte de las familias de la situación de un docente. Fue la situación más habitual en aquel primer curso. El miedo pero también la solidaridad. No se convirtió en un estigma, ni si el caso surgía entre el alumnado ni si era entre el equipo docente. Eso queda reflejado en el documental de Orencio y es una de las partes más importantes, que quede documentada esa ausencia de extrañamiento durante aquel curso.

“¿Fue, por otro lado, la pandemia una demostración palpable de que la escuela, como ente dotado de medios, tanto materiales como humanos poseía una forma de actuar que no necesitaba una revisión tan grande como algunas corrientes propugnaban? ¿Descubrimos que ni las pantallas, ni los classroom, ni siquiera los vídeos con docencia grabada -con la posibilidad de repetir hasta que el concepto quedaba claro, como una especie de autómata que vencía el cansancio y el aburrimiento del docente humano-, eran la panacea que podría llevar al nativo digital a una integración plena a través de la educación”.

La tiza o, al menos, la pizarra digital, seguían teniendo un lugar, un espacio en los procesos educativos. Más allá del desconcierto de los meses del confinamiento, el curso 20-21 con los protocolos que arrastraban tras de sí una incómoda situación de aislacionismo autoimpuesto, llevaron a situaciones de abulia emocional que hicieron desfallecer emocionalmente a muchos de los docentes. El entorno donde está rodado el documental, más allá del barrio o la zona de la ciudad, muestra una escuela llena de colores, sensorial y cálida, la cámara de Orencio recoge una sensación de limpieza en las aulas que emociona. No es asepsia, eso sería vulgarizar una realidad, hablo de un plan común entre el profesorado y los alumnos para iluminar la oscuridad que había atrapado su centro durante la distopía. Y el cambio al entorno familiar, la habitación iluminada, una alumna dividiendo con luz natural, a una hora propicia, genera, repito, esperanza.

La estupenda banda sonora de Javier Aquilué que se puede disfrutar de manera conjunta con las imágenes o sin ellas.

“Quizá uno puede encontrar demasiada luminosidad en la respuesta, encontrarse ante una estampa que, sin resultar bucólica, recoge la parte más positiva de un espacio educacional que tiene zonas de conflicto, los problemas añadidos con un porcentaje de alumnos con necesidades especiales, además de no poder completar con la visión no urbana o con alumnado de mayor edad, donde los comportamiento no suele ser tan dócil como se muestra en el documental”.

El documental de Orencio Boix es un material social imprescindible. Es ámbar donde queda atrapado un momento fundamental en la historia de nuestro país, un tiempo que llegó después de una ruptura social como nunca antes se había sufrido y la manera en el que está rodado, la factura del proceso, es sobresaliente. Nunca antes el mundo se había encontrado ante el abismo y, lo primero que debemos revisar es cuál es la respuesta de nuestra educación. Más allá de ser español, docente o padre, el visionado de esta producción debería ser objeto para cualquier persona, pues la situación que vivimos ha impregnado a la especie humana para siempre.

Orencio demuestra una vez más que su obra se caracteriza por dos aspectos que, a mí, me producen admiración: el primero es su deseo de exploración y mejora en todos los ámbitos -educación o cultura, por poner los dos ejemplos que conozco de su producción, y el segundo es que nunca la presenta como un absoluto, es su visión y sabe que existen otras. Es es un autor. Eso es criterio. Eso es independencia. Eso es diálogo. De obligado visionado.

La web del proyecto.

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