Archivo de junio, 2024

Algunas palabras sobre Cover de Nacho Escuín (Bala Perdida, 2024)

El camino continúa. No es un tópico. Nacho sigue y sigue. Hay puentes que han ardido, hay cenizas con olor a ginebra, hay canciones que suenan y estarán en el aire hasta que el vinilo se raye. Ha visitado el Motel Margot, su casa, en otras ocasiones. Aquí y Aquí y aquí . Pero hoy, esta noche, hablamos de Cover, editado por Bala Perdida. El pop, el antiguo pop, el premiado pop. Son las palabras de los demás las que construyen su vida, su poesía, su cuerpo que renace, reventado pero sólido.

«La carta del poeta. No es una carta desesperada, es una carta de ausencia, la disculpa como género poético, con la rítmica beat. Recuerdo a John Giorno. Los valores familiares. Nacho en el Páramo. Metafórica y prosaicamente. En el Páramo ayer, hoy en casa, volviendo, de alguna manera, a los valores familiares. La belleza en los movimientos acompasados de lo cotidiano: el recuerdo como motor del cambio».

El poema 19 de septiembre, donde se encuentran Julio Antonio y Miguel, (Gómez y Labordeta), donde están Antonio y Félix. La conexión Teruel-Zaragoza, la construcción de una cabeza, ese impacto, esa locura: “Rinocerontes con cabeza de hombre”. Hombres con cabeza de pistola. Los búfalos de Miguel Labordeta recorriendo el desierto de Monegros mientras suena el hammond de Gabriel Sopeña. Las alucinaciones de Ángel Guinda, el tercer o cuarto muerto, fantasma mejor, pero no el último muerto/fantasma del libro. En La luna y los insectos, con esos reptiles lorquianos que se acercan, hambrientos, a devorar a los hombres sin sueños. Hay una sección, bajo y batería, que se retuerce en los salmos que dieron lugar al Cantar de los cantares, que entremezclaron, como otros antes, ausencia y presencia: Ella durmió al calor de la noche. Donde Gustavo se encuentra con Jaime. El frío es escarcha sobre los versos y a los cuerpos tibios (que no ardientes), les cuesta derretirlos.

 

El siguiente, con el teatro de los cielos, Pandémica y celeste, con Jaime Gil de Biedma, bello poeta de la contradicción. Noche que nos domina y nos devora: “Las sombras que solo da la luz del sol y su envés”. Con cada trago somos más frágiles. “Nada se rompe como un corazón”. Enormes, terribles, todos esos fragmentos pulcros donde se acumulan los cristales, la piedra, el hueso. Los poetas de la carretera, la cinta de David González, en la plaza de la soledad, la Casa Botines de Vicente Muñoz Álvarez. Suena Desolation Row en la versión del MTV, sí, la primera que tuve, la primera que escuché.

Con los ojos muy abiertos, lagrimeando frente al polvo dormido del desierto: “Como quien aguarda un milagro/que nunca llega y sigue vivo”. Así que llega el rayo, el rayo que cae (y es subnormal). Si antes hablamos de Sopeña, visionario en su lectura eléctrica del Blues Castellano de Antonio Gamoneda, que retoma Escuín: “y ahora vivo allí/arrodillado donde comen/los perros, buscando/el olor exacto de tu piel”.

 

La deriva, vuelvo a Vicente Muñoz, gran merodeador, cuero y carretera, en veinte años todo ruge, hay un galimatías que se convierte en maleza. Pasas a través y tienes que escapar de las garrapatas. En la maleza, otra vez, ahora está Piquero y está Alfredo. Saldaña y su arquitectura, donde el humus de las hojas muertas se acaba convirtiendo en recital oscuro, en nutritivo resto para una estación perdida: “Como aquel verano vacío/y lento como el vientre hinchado del hambre”. La playa de Gros, el fantasma de Poch y el de Rafa Berrio improvisando canciones de mercurio y ballenas, la chupa de Karmelo: “Estás fuera del mundo/el propio mundo así lo ha decidido”

 

Y el penúltimo fantasma. David González. Nacho se reserva el último. Pienso en aquella noche en el Desafinado de Gran Vía, con los tripulantes, con el calor y la portada de Miguel Ángel Martín. Las aventuras de Vinalia Trippers, los eclipses, la doma, ausencia del poeta que definió una parte del siglo: “El día que…” El día que todos murieron es un punto de acumulación. Leer a Panero, comparar medicaciones con él. Como si la muerte no dejara preavisos. Otra cosa es que vayamos cambiando de dirección, casa, cama… para engañarla.

Nada se rompe como un corazón. Es la desesperación del caminante cuando el camino no es pedregoso y acaba teniendo un final feliz en las arenas movedizas. Domingos de sofá, martes intoxicados. Pensé, mejor que no, y puse la televisión: “Se nos ha comido este silencio”, el ruido del ascensor, libros que aman la ausencia, cuerpos que denuncian la presencia: “Estoy muerto mientras trato de demostrar que estoy vivo”.

“Bebía para olvidar, pero solo he conseguido grabarlos a fuego”. La bebida no permite la huida, la ralentiza, mira cómo caminas, es coger la canción y hacer una versión en bossa nova, no en rumba. Bienvenido a casa, Nacho.

Aquellos maravillosos años de Nacho Escuín (Frontera, 2022)
La mala raza de Nacho Escuín (Editorial Bala Perdida, 2019)
Beatitud con Vicente Muñoz Álvarez

III de Yo diablo (autoeditado, 2024)

Salvajismo castizo, profundidad folklórica, electricidad heredada del manual de estilos del rock oscuro, todo eso y mucho más en el nuevo LP de Yo diablo, compendio de miedos y pasiones en nueve canciones que te atrapan el alma y te ponen duro el corazón.

Abrir con la instrumental Balas, demoníaco acercamiento a esa forma de segar el pánico que tan bien han construido Guadalupe Plata o Los Coronas en estas últimas décadas, pasar a Cobra con unas eléctricas untuosas, con fraseo casi tecno-recitado, para que aparezca el nylon de la española y te deje poco menos que atrofiado entre la trepidación y lo sintético que no aparece (sí, la voz me ha llevado al Aviador Dro, cuando descendía a un mundo patafísico, incluyendo un sintetizador agonístico en mitad del tema). Una profundidad rockera, del sur, más allá de la complicidad, aparece Cuero, como un latigazo de ginebra y motel, alguna sustancia, y poco más que los 091 volviendo del baño abrazado a su ángel de la guarda. Esa manera de hacer bolero con electricidad sin efectos, que empezó con las veleidades de Calamaro y ahora me ha llegado con Leone. Así son Besos. Esta trepidación de malaventura me hace sentirme tan vivo que creo que me voy a morir.

Decía Kerouac que todos en el camino nos encontramos a nadie, o quizá fue Leopoldo María Panero, la vida es un camino entre nacer y morir, así que definamos así Funeral. Guitarras de blanco granadino, de buganvilla inquieta, se masca la tragedia en El ruedo, con una mezcla de cuerdas, arreglos cortantes en el silencio, casi se notan las castañuelas llamando a la perezosa parca. Exultantes de coñac llegamos a Muere torero, miniatura de noventa segundos, afónica continuación de Juan Belmonte en la cuadrilla de los que se marchan pronto. Y de la tradición de tierra y sed, llegamos a los metales y el ritmo de cumbia en Espejismos. De la América de los tianguis, el animismo, que se encuentran con Battiato en Libia, como si pidieran un desierto universal, donde la llegada de la arena se convierte en un océano alucinado. Una letra, por cierto, excelente. Terminamos con In memorian, con un punto épico, una diatriba que se mastica como la voz de Antonio Arias en mitad de las estrellas, como el choque entre Atencion Tsunami y la versión de Pedro Salinas pasado de afterpunk.

Nutritivo eclecticismo el de Yo diablo, tóxicos y guitarreros, con una profundidad de recorrido y compositiva que nos demuestra que hay grandes bandas en España, componiendo a base de guisos crujientes y lentos.

EL ESTILO DE LOS ELEMENTOS de Rodrigo Fresán (Random House,2024)

Primera parte, segunda parte, tercera parte, cuarta parte.
Entrevista en La Torre de Babel de Aragón Radio. Editado por Random House en España.

De lo que se habla no se olvida de LõBISON (Autoeditado,2024)

El disco de este mes es De lo que se habla no se olvida de LõBISON. La voz quebrada por noches de aguardiente, con una instrumentación que pivota entre las bandas de acompañamiento de los crooner más oscuros, en ese modo Tindersticks, y la música tradicional perversa española, que nos acercan al espíritu de Rafa Berrio o la afonía vital que transmite “Imposible soy”. Es una manera de hacer canciones que emociona, aunque deja temblando, porque recuerda que existen esquinas oscuras a la vuelta de nuestra cálida existencia, y la guía es el bajo con el que se sostiene “Antagonista”. Poesía de Gerardo Diego, sin miedo, de hormigón y plazuela dejada a la mano de Dios o el demonio, el que susurraba a Silvio, Luzbel o Barra libre, solo hay que escuchar la intensa “Difícilmente yo” para entenderlo.

Sigo adentrándome en el callejón, pisando charcos, guiándome por la escasa luz que desprende la luna tras las nubes nocturnas, hasta que se abre hacia las guitarras más trepidantes de “No me quiero morir”, donde hay algo de éxtasis elegante, como las noches de la Orquesta Triste Diablo o mis amados Leone, todos entre las pastillas y el Leonard Cohen más animado. Es un momento para pensar en aquel proyecto porteño, de teatro y oscuridad, que cantaba sobre más allá del mar, Pequeña Orquesta Reincidentes, Joselito, el tercer Joselito, entre la rítmica de psicokiller en “Entrampada” y el microhit “Milagrera”, que es una explosión de acidez en disco de calma, paganismo y agua de Lourdes llena de benzoacepinas. Cenizas de Iggy Pop en una botella para Polansky y el ardor. LõBISON me han dejado KO, es difícil elegir un tema, porque las sustancias van cambiando, nos dejan narcotizados para ofrecernos velocidad más adelante, así que terminamos con “Show, show fantasma” más Cramps.

Nos dejan con ganas de demoler, demoler, demoler. De lo mejor de este año

Algunas palabras sobre EL ESTILO DE LOS ELEMENTOS de Rodrigo Fresán (Random House,2024) cuarta parte

Cuando el parque se convierte en un gran salón de fiestas, siente que son como muñequitos recortables buscando una base. Parte de un diorama, figuras de acción baratas, de un plástico malo, de una remesa trucha. Han cambiado de década, han cambiado de droga, cambiarán de país, de dictadura a democracia. Y entonces la yerba, que contenía el tiempo, se ha convertido en merca, que lo adelanta, lo libera, lo azuza. La transformación de la vida se aleja, hay nombres que evitan ser verbalizados, nombres por los que únicamente se bebe: el Himno nacional grabado de madrugada por Charly. Llegarán los zombis, cada sustancia ofrece especímenes distintos y Moira Müm que no sustituye a ella (pero que en un salto cualitativo, se ha pasado de frenada, pero esta historia, esta historia, ya la he escuchado/leído yo antes). Ella, mi derrota, su derrota, la derrota de LAND, se aleja como una NEBULOSA TÓXICA (aquí, por hacerlo más sencillo, utilizo sus propias palabras): «Son los riesgos de confundir a un espejo con un alma gemela y de que ese espejo se haya roto».

Con el cambio de década también se enferman de virus nuevos, que no son más que la variación para los humanos de todos aquellos que han circulado por redes informáticas y ordenadores. Volvemos a encontrarnos ante la necesidad de formatear, de resetear, de volver a encender, sintiéndonos completamente inútiles, asumiendo que la llegada del Gran Apagón digital es una forma de Diluvio Universal. Hemos confiado todas nuestras habilidades y recuerdos a un puñado de memorias ajenas y externas. Así que solo nos queda decidir qué es lo que salvamos. Qué pareja de USB o discos portátiles.

Busco el esperanto como un recuerdo de las tierras baldías. Pido a mi madre que me envíe fotos de las revistas de El libro Gordo de Petete. En su interior, dentro de sus páginas, deslizaban vocabulario variado en los idiomas más importantes del mundo. El único lugar donde el esperanto se hizo presente en mi vida. Infantil, esponja que atrapa todo lo que lo rodea, incluido cualquier virus de guardería, niñez con fiebre y anginas, antibiótico y demás: en la piscina, todo se contiene, canción Final Caja Negra, anfetaminas, Gainsbourg ayudando a Gustavo a escribir todas las letras de Signos en una única noche. En el fondo, la muchacha se hunde, se ahoga, desaparece, se convierte en un mito, es La velocidad de las cosas. El agua es la tumba favorita de las jóvenes en los noventa.

Volvemos a los Colosos de la Lucha. Volvemos a Pipo. La mujer de Pipo, desde la ventana, los gemelos de Pipo. Hay quien llegó a echar la culpa de la decadencia de la literatura a la expansión incontrolada de la autoficción. No me atrevo a tanto. Menos con mis escritos básicamente guiados por esa fractura, la de buscarse a uno mismo. Son importantes los recuerdos, claro. El mal funcionamiento en la mecánica cuántica produce una ligera apertura, una brecha entre esta realidad y la otra: ¿quién es la oficial y quién es la alternativa? La ciencia clásica habla de la inmunidad del protagonista en el movimiento, para él todo se mueve, para los demás, él está completamente detenido. La realidad, la otra, vamos a concederle, vamos, más bien, a obligarle a ser la otra, la realidad alternativa y, a cambio, permitirle que comience un sistemático borrado de la nuestra, empezando por los recuerdos. Nuestro mundo resistirá a base de post-it gigantes sobre las paredes, los muros, de los últimos centros de población. Quizá lo mejor sea que usemos nuestros propios cuerpos, que se conviertan en los centros de contención de datos. Cada mañana. Don´t forget about me.

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Algunas palabras sobre EL ESTILO DE LOS ELEMENTOS de Rodrigo Fresán (Random House,2024) tercera parte

De Ciudad 1 a Ciudad 2, la segunda ciudad envuelta en esa nube tóxica que dará lugar al envío por paquetería urgente de algunos monstruos, desde Tokyo hasta DF, en el avión, sale del baño, Martín. Aquellas villas, aquellos castillos, almenas y muros: único orden en una ciudad demente (habla de arquitectos importados de Europa, con ajenjo y absenta en sus maletas, adictos al opio, rompiendo las geometrías euclídeas para el diseño de Ciudad II) o (Ciudad 2 como un hongo que se expande, imparable, zombificado y zombificando las estructuras de la ciudad, como la lava de un volcán, como el resto de una noche con Malcon Lowry), volver al Tractatus. Una y otra vez. Salvajes palmeras, los límites/bordes/fronteras del barrio feliz. Una Ciudad II, una gran Ciudad II, nada que ver con Canciones Tristes, solo una canción de The Nome, de The Beatles. David Bowie convirtió al Mayor Tom en un yonqui, conecto Space Odditty con Ashes to ashes. Ha vuelto, pero está mucho peor que cuando se fue. A day en the life. Un parpadeo. Esa es la manera cualitativa del paso del tiempo, de niño a adolescente, sin avisar, dejando a los padres con la palabra en la boca.

En Argentina los muertos están vivos, son muertos cuánticos, porque ese es el desgraciado estadio de los Desaparecidos. O de los nombres que llegan pegados a los rumores. Piensa en Phantasma II o en Phantasma I o en la equivocación de la edición española que confundía a El hombre alto con el Misterio de Salem´s Lot. Podemos hablar, entonces, de doble vampirismo, un enfrentamiento entre Drácula (vampiro elegante) y Orlok (vampiro de la putrefacción). En 1924, por los problemas de derechos, se tuvo que evitar el nombre de Drácula y se rodó Nosferatu. Con Max Schreck en el papel del Conde Orlock. A cambio, según la película que se hizo sobre el rodaje de la película (doble doble doble), no pagar derechos permitió al director utilizar un verdadero vampiro como protagonista. Y salió más barato. En vez de cocaína (legal) y alcohol para la estrella, fue suficiente un suministro continuado de comadrejas, ratas y demás roedores. Me estoy yendo. Pero no me quiero marchar sin recordar que vivo en Salem´s Lot. Y que una de las series que Nome veía en la televisión de Ciudad II (en Ciudad I solo estaba atento a los dibujos animados), una serie sobre dos policías, policías rubios y morenos, policías «con sus propias normas», en esa serie aparecía, creo que era el rubio, el que sería protagonista de la adaptación de El misterio de Salem´s Lot, donde, doble vampirismo de nuevo, se produce una revolución, una revuelta, frente al texto original de Stephen King, con un vampiro elegante, Tobe Hooper impone el diseño de un vampiro Nosferatu… Salir del parque, escapar a la protección, que la madrugada os atrape fuera de los protectores muros de la riqueza. Todos los residentes de Homeland. Uno tras otro.

El parque es el alfa y es el omega, los juguetes de la ciudad, ya he hablado de ellos: muñequitos baratos, figuras de colección en cajas, construcciones, imitación de la vida. Es volver a lo de siempre: el poco éxito y la escasa calidad de la obra de los Beatles como solistas, en especial en los ochenta. Te ríes de mí, Octavio. Es difícil tener éxito en los ochenta si estás muertos. No estoy tan seguro, habla con Jim o como Jimmy. La música de los ochenta es un placer culpable, es necesaria, como el divorcio en las canciones de Dylan. Las mejores canciones de Bob son después de las separaciones. Es, en el fondo, humano. Es como Berlin durante los setenta. Empezando con Sad Songs en 1973 y siguiendo con los años de Bowie, Iggy y Eno. Pero los ochenta, los ochenta serán de los piratas o no serán. Resiste, mantente vivo, ella, marrones sobre su cuerpo, ladrones sobre su cuerpo. Los instantes de piel prolongada. Y la vida sigue. Sigue y uno se da cuenta de que lo hace porque, cada cierto tiempo, toca una nueva versión de Los ladrones de cuerpos. Guiños, cameo, erudición analógica. El grito sordo, el ulular final, el roce: ella, la niña, la adolescente, la mujer de LAND, lejana y perfecta en su distancia, proviene de una civilización superior, mucho más desarrollada.

Los chicos grandes de Gran Ciudad I y Gran Ciudad II: el primer trabajador frente al último que se marcha de la fiesta. Nome Atlas, 44 kg. El anuncio en el tebeo, junto al recortable para conseguir contrarrembolso unas gafas de rayos X (puedes ser Atlas o Ray Milland), Atlas, el Atlas antes del entrenamiento, al que lanzan arena de una patada, al que humillan frente a la chica que le gusta, escuchimizado, preparando su venganza. Entrenar para hacer daño. En las revistas españolas, en los tebeos de Vértice, en las contraportadas de las aventuras de los Cuatro fantásticos, junto a Tumbita. Puede ser Atlas, puede ser Arnold, puede hacer daño a los que le hicieron daño. Ya veníamos de otros lugares, de otros libros, arena y arena, más arena en la cara. En el rostro. Se acabó. La playa del Río de la Plata, la playa de México DF, la playa de Canciones Tristes.

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Algunas palabras sobre EL ESTILO DE LOS ELEMENTOS de Rodrigo Fresán (Random House,2024) segunda parte

Poseidón es uno de los Colosos de la Lucha, de los Titanes del Ring, el disco perdido de Pipo y Charly. Cerebrus. La lucha libre argentina, la de la Galavisión, Hellboy recorriendo México y cazando vampiros con tres hermanos, bootlegs del Santo. Todos aquellos muñecos, los clicks de famóvil. Durante la redacción de esta reseña-río cerraron la última fábrica de famobil-playmobil que quedaba en Valencia-España. Colosos de la lucha, la pipa mortal, The elements of style, Fresán y su estirpe negada para las matemáticas. Pero tiene una obsesión por Fibonacci. Preparé el número Phi en mi oposición. Raíz cuadrada de cinco. Más menos. La máquina Enigma, la canción de Turing, de Hidrogenesse, aquel beso. Un tren, más que un tren, el principio del viaje, como un túnel.

 

Personajes no jugables que recorren el libro, un libro que es una enorme sandbox, un videojuego de la vida, puedes explorar todo, eso prometen, pero, luego, no es tan sencillo, siempre hay lugares y personas con las que no puedes interactuar. Las dejas pasar frente a ti. Estoy atrapado en el recuerdo, en el sonido de mis gafas rompiéndose, las piso, estoy en la zona, en Interzone, allí donde se juntan Ian Curtis con William Burroughs, cuando en realidad es The Twilight Zone. Resulta complicado unir realidad con La Dimensión Desconocida. The Nome Zone.

Y sus padres y sus amigos vamos a «Ir a buscarlo al aeropuerto», buscan a «El primer trabajador», son como muertos vivientes, inmunes a los tiros, cuando los peronistas disparan sobre los peronistas. Brujería de Rega, los cuerpos adiestrados de las mujeres del primer trabajador, Isabel y Eva, Isabelita y Evita. Aún se memorizaban los números telefónicos. Y desde su llegada hasta su muerte no pasa tiempo mensurable, es un suspiro. Un parpadeo. Perón llegó cadáver y nadie se dio cuenta. «Pero los cadáveres por venir serían, desaparecidos y, seguro, no sonreían y, sin quererlo y mucho menos desearlo, darían sombría luz a todo un nuevo linaje».

César X Drill, una serie de variaciones sobre el mismo tema, Gould y sus permutaciones. La combinatoria, la rama más hambrienta de las matemáticas, un monstruo menor dentro de las grandes abominaciones del análisis o el álgebra, pero ahí, sobre los dedos de Gould, la permutación, la combinación, la variación se convierten en lo más parecido a una máquina tocadiscos infinita. Y Land no toma nota. Land no escucha. Land no escribe. Así habló César X Drill (y así escuchó Land): «Los que venden, los que son unos genios». Y repite, como una frase promocional de un reputado escritor, yendo de un lugar a otro: «No se trata del temor a la página en blanco, se trata del temor a leer, a la mañana siguiente, la negra página escrita la noche anterior»

La edición completa de Drácula, como una Biblia, sin componente más divino que la completud, sistemas matemáticos completos, ediciones que no admiten más añadidos, descubrir que La Biblia y Drácula son ejemplos de novelas experimentales: fragmentarias, con distintas voces, estilos y métodos en sus páginas. Y, quizá, un evangelio gnóstico, el de H.P. Lovecraft, recopilado entre sus cartas más oscuras y sus relatos extraídos de sueños ajenos: «Nada constituye una parte tan íntima de un hombre como su biblioteca».

Volvemos a las variaciones, al piano de Glenn Gould, las teclas como teclas, del piano a la computadora, como Ludwig Wittgenstein, de filósofo a matemático, lógica transitiva al servicio de la razón. Los dos, Gould y Wittgenstein, intercambiando ideas con Kurt Vonnegut para futuros videojuegos: banda sonora, historia, lenguaje en código máquina. Mataderos de sirenas, una mixtape con canciones para extraterrestres. Llamar a Bowie, escribir a Eno. Buscar a Cerati, llevar un revox a Melero. Libro sobre extraterrestres escrito por un terrestre, extraterrestres que escriben, símbolos separados por estrellas, libro que, como deberían ser las vidas, no son más que fragmentos atómicos y cambiantes, es decir, una vida que no se limita a una sola trama, una vida que es más cercana a un libro de cuentos que a una novela. Lee el resto de la entrada »

Algunas palabras sobre EL ESTILO DE LOS ELEMENTOS de Rodrigo Fresán (Random House,2024) primera parte

Rodrigo Fresán publica EL ESTILO DE LOS ELEMENTOS en Random House. Fresán es de Buenos Aires. Pero en 1999 se marcha a Barcelona. Su literatura no es especialmente porteña ni tanguera ni extraña su país. En realidad su primer gran éxito es Mantra que es una revisión monumental (no podría ser de otra manera) de Ciudad de México. Así que durante mucho tiempo se le asocia con ella, con Ciudad de México. Pero sus grandes libros, sus libros importantes, por ejemplo Jardines de Kensington o su última novela Melvill, son muy anglosajones. Es más inglés, más norteamericano, que argentino. Ha prologado, anotado y traducido libros de Ann Beattie, Anthony Burgess, John Cheever, Ford Madox Ford, Denis Johnson y Carson McCullers. Cheever, novela negra, el comienzo de siglo en Estados Unidos, eso es su partido… Pero después de esto te digo que esta novela parece devolver algo de amor a Buenos Aires y Argentina. Es una sorpresa. En este libro hay varias claves: evidentemente la literatura. El protagonista es hijo de editores y amigo de escritores. La literatura es la base. Pero no es un libro sobre cómo escribir, es un libro sobre cómo la vida y la literatura se enfrentan, cómo hay paralelismos y cómo hay intersecciones. La historia argentina. Por primera vez y casi de manera abierta, puede uno encontrarse con elementos de la historia de la Argentina. Ciencia ficción, Kurt Vonnegut y el terror gótico clásico, en cine y en literatura, la novela Drácula como ejemplo de literatura fragmentaria (varios cuentos cortos son una novela, como en la historia de Bram Stoker, que está formado por varios estilos distintos narrativos) o H.P Lovecraft. Y también la relación de los padres y los hijos. De padres que no saben ser padres porque los suyos eran muy serios, que quieren ser «colegas» en los años 70, lo que serían los progres españoles e hijos que acaban tan perdidos que no saben si sus padres los quieren o no.

¿Esto es una reseña? NO. Esto es una historia.

¿Dónde comienza Land? ¿Dónde comienza la Tierra de Nunca Jamás? ¿Neverland, Nevermore, Land of Oz? No man´s land (que tiene nombre, a la vez, de película X de tipo sáfico y de saga distópica de Batman). Comenzar en 1955. Ir avisando de que la década va a ser un problema para los que no digieren bien los números primos. Sabemos que Fresán es un bucle en la vida, es la Cinta de Moebius de la literatura, es El Eternauta que nunca llegó a cenar, el que dejó Buenos Aires bajo una intensa nevada, agua de ceniza, ceniza mezclada con agua. Fresán comienza provocando. Buscando en la ciencia ficción lo que no le da la realidad. Pero en la literatura, en los libros, la realidad es algo cuántico. Está y no está a la vez. No es un estadio, es una distribución de probabilidad (volveremos a esto más tarde), no sabemos dónde está el electrón, solo tenemos algunos números que nos ofrecen una mayor o menor posibilidad de encontrarlos si los buscamos en los lugares adecuados.

¿Puede que esa sea una buena definición del nuevo libro de Fresán? Una guía que nos ofrece lugares donde buscar, donde encontrar a Fresán, pero no hay una equis en el mapa del tesoro, solo manchas más o menos intensas, en rojo y azul, donde el autor se puede dejar caer, alguna vez, si lo pides, si lo lees, si le aguantas el ritmo. Porque Fresán está en su particular Camboya Profundo, más allá de Coppola, Conrad o Andrés Calamaro (también volveremos a él en el futuro, tranquilos), la novela de Fresán es un pasillo, una habitación, lugares íntimos y cercanos en tres ciudades, espacios donde acumular libros y lecturas como si fueran muros de contención, como prisiones con las puertas abiertas (he nombrado a Andrés antes de lo que pensaba), de las que el autor no piensa salir, imbuida en su propia demencia controlada, en su sucesión de páginas y páginas, rollos de papel y tinta, amenazantes cada mañana, tras una noche de intoxicación literaria, de luz de portátil, de carboncillo y lápiz.

El Eternauta es Historia Argentina. Y su autor, desaparecido, ausente, como los que escriben sobre personajes inmortales. Aviadores que no vuelven, desiertos, elefantes, príncipes y lugares. La doble lectura del joven Land, atrapado por el terror de encontrar que no hay nada detrás, que la historia que nos cuenta sea LA HISTORIA, con sus fallos y su ritmo. César X-Drill (que descubriré, mil páginas después, casi al final de la lectura, que es una versión de un conocido y anfetamínico escritor de ciencia-ficción, yoestoyvivoyvosotrosestáismuertos). El capitán, el idioma, las voces grabadas (mil cuentos y autoficción he comenzado con las cintas de casete que me grabaron mis padres cuando apenas tenía tres o cuatro años, que llegaron hasta mí, misteriosas, con la resistencia del recuerdo que se niega a ser olvidado o perdido, tema que sería también válido para un cuento, una historia aparte), pero aquellas voces grabadas recuerdan más bien a esos vinilos de saldo que encuentras al fondo de las cubetas, al lado de las remezclas festivas de los años ochenta, con efectos sonoros para radio, para dar fondo a las radionovelas, la puerta que se abre, el aullido del monstruo, un grito genérico, un GRITOCORMAN.

Moira Müm, la otra escritora, anduvo por La Factory, por la fábrica, con los Screentest de Warhol, de Andy, que duraban exactamente quince minutos (eso lo he estado leyendo estos días en la biografía de Mary Woronov , editada por Reservoir Books) y luego paso al tercer autor de la editorial, Tano, Tanito, que tiene nombre de boxeador, y en la página 49 del libro uno piensa que Fresán o Land o Fresánland está hablando de la antología Buenos Aires de Juan Forn, pero eso no es posible porque no existía Anagrama ni Forn ni Fresán en el mundo de Land, en los tiempos primeros de Land, antes de Almendra y del retorno del Primer Trabajador.

Hubo una antología, en dos volúmenes, siempre vuelvo a ella, Almanaque. En una aparecía Félix Romeo y Mariano Gistaín, era serie negra. Lo importante, lo más importante de aquella antología es que, como con Tano, Tanito, Félix prometía en su biografía un libro de relatos y una novela, Boxeo, se iba a llamar. Una novela que no existe, que solo tiene un nombre, una cita, una novela que nadie escribirá o ya está escrita, quizá, precisamente, será Land o LandFresán quien la escriba en 1995, en una edad estupenda, una edad de escritor que se ha rendido. Luego, cuando lleguemos a los fantasmas de las autobiografías podríamos comentar las posibilidades de no faltar a la verdad, a la actitud vital, cuando uno, negándose a ser escritor, atrapa el título de una novela que no existe y la redacta, solo leyendo la otra del autor, de Félix. Boxeo y Tano, Tanito, que tiene nombre de boxeador. Mira los libros de after-ficción, el segundo Almanaque contenía el primer cuento de Rodrigo Fresán que yo leí. Pero lo leí y ya. No sabía quién era Fresán. El Almanaque, barato, comprado en los saldos del Vips, antes de convertirse en un restaurante que solo daba comidas, cuando podías encontrar gangas que solo te hacían feliz a ti.

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Harri Poter de Mainline Magic Orchestra (Primavera Labels &Public Possession,2024)

Ya veníamos preparados para lo nuevo de Mainline Magic Orchestra (editado por Primavera Labels y el sello alemán Public Possesion). Aquí hablamos de su material anterior. He dicho que veníamos preparados pero igual no es del todo cierto. Un catálogo de electrónica, vapeado y multifuncional, desde el baile hasta el susurro, desde el petardo hasta el house finito, con algo de disco y french, con tecnopop en gotas, un viaje entre lisérgico y recetario, de garrafa y entretenimiento, variado, temporalmente abstracto, no euclídeo.

Skateboarding Is Not A Crime se repite como un mantra robótico, como salido de una infernal disco rodante, aumentando sus BPM hasta llevarnos a un éxtasis ajenos, asalvajado, sin futuro ni pasado, todo presente: tenemos ganas de más, de masticar y ejercitar el bruxismo artificial, llevarnos a un baño de sangre vampírica, con P.Vanillaboy, house de factura fina, de oasis orgánico en noches que ya he olvidado, viene, claro How 2 Please Me. Si quieres evitar la monotonía, nada como un sampler de algún largometraje olvidado, un efecto de radio vinílico mientras el emulador de caja de ritmos te hace un scratch de 8 bits, Elektrassu, no llega a tres minutos pero es nutritivo, como unos cereales con leche pasada y buenos grumos de colacao. Escucha, escucha, como se ríe el que parecía ser tu amigo para siempre, el que has conocido esta noche, el que esperas no ver nunca más. Y llegamos a Juicy Romance, vamos al bombo a negras, tengo que contarte algo, pero tengo mucha prisa, me cuesta mantener la calma, sí, mi voz susurra, tiene algo de french touch, pero en inglés, sube el amor, el triángulo, el bizarro, y pido petardo, pido bakala, pero con gusto, siempre. Imagina llegar a Bruce Willis y decidir que lo vas a incluir en la lista de Motel Margot de 2024, imagina que lo pones en un viaje en coche a Santander con tu mujer y tu hijo y ella, que vio a Manta Ray en 1997, te pregunta, ¿De dónde has sacado esto? Y tú piensas en engañarle, decirle que es un sampler de Fairlight CMI de los que tenía Nacho Cano para montar Boy Bands a escondidas de Locomía y Azul y Negro. Me gusta el robot que pide un pitillo, que pide una remezcla de nicotina, ¿tienen abstinencia las inteligencias artificiales? ¿Qué podríamos hacer para ayudarles? Escuchar y escuchar sus burbujeantes peticiones.

Si tuviera el vinilo encima, si lo tuviera debajo, si el tocadiscos se dejara enganchar a una fiesta, llegaría BDSM (BLISS, DREAMS, SOUL, MEMORIES), todo lo que siempre ha querido un buen amante de la pista, del Italo-Disco en mano de un aficionado a los acelerantes. No tengas miedo, The KLF estará siempre de vuestro lado. Me gusta, te gusta, nos gusta. Después del momento acuoso, llega el estadio étnico (digital y cuidado) en El Crit De L_Shrek, fonética animal, como si tuvieras que usar el scratch de un programa de mezclas gratuito como arma de caza. Me imagino en tu casa, repitiendo las piezas, el track, track, arriba y abajo. Y llegas a Arsa. Y no escuchas el tema. Solo esperas el sonido Caño Roto pasado por la mente esquizoide de Charles Oakenfold y llega parcialmente y no te sientes demasiado viejo, y lo eliges como tema favorito del disco, teniendo que sacar a Bruce Willis, porque el sampleado de la percusión, cortado y pegado con una alegría inusual te recuerda a los redobles que florecían (no sé si eso es válido para los hongos) entre los recopilatorios de Latin Groove con la portada de Maradona, esos en los que no sabías si era una muestra gratuita de un sistema operativo o una recopilación de una edición del SONAR que nunca llegó a realizarse. Querías algo de caja de ritmos ochentera para acabar de utilizar todos los sabores de la lengua. Pero cuando estabas en ello se empezó a irse Pretty Otter hacia el Sonido Madchester y, cuando te diste cuenta estás otra vez en el Mar de Dios a punto de escuchar uno de los proyectos paralelos de El Gran Puzzle Cózmico. ¿De dónde salen esos ritmos? ¿Quién está tratando la voz? Pitufos de la risa, obelisco en House Music 2 The World, con una ristra de pronunciación tan macarra que suena a alumno de siete al acabar la EGB. El productor que todo lo puede, me devuelve a la sangre todo lo que dejé el día que me caí rendido al suelo, pedí una más y me pusieron una de The Avalanches. Siempre que quede tiempo para una última pídele a Renton que te pase algo de lo que lleva, desde que Irvine Welsh lo puso a controlar DJ, Amsterdam tiene buenos platos y algunos restos de pote belga entre las guías ciclistas que te puede vender Joop. Cada uno con sus vicios, que se lo digan a Killersito (+18), que me hace volver a creer en el Atari y las raíces más petardas del Instituto Mexicano de Sonido. ¿Era cierto, vuelves a mí? Sí, Octavio. No sabías mucho de electrónica, pero sabes reconocer el buen material, tienes los sentidos aguzados. Has cambiado tres veces de tema favorito. “Te voy a matar” te lo compraba el mejor Fabio para la continuación de Rock Station, y lo sabes. Final caja negra con LVL1 – VIP. Si se te había acabado la efedrina, es un buen momento para conectarte la aguja a la femoral. Pero tranquilo. Es cuestión de esperar dos minutos, dont worry, ha llegado la playa, ha llegado el café, hasta que no nos quitemos las gafas de sol no sabremos si lo que hicimos en los baños nos ha convertido en vampiros.

Algunas palabras sobre Laberintos (III) de Charles Burns (Reservoir Books, 2024)


La tercera parte de esta obra magna del autor norteamericano (aquí revisamos las dos primeras en Motel Margot) ha llegado a los estantes de las librerías españolas. Con su estilo pulp, colorista, de minimalismo pop, recupera el hilo de la historia presentado en los volúmenes anteriores: amor enfermizo, reducción social y un toque de ciencia-ficción hipnótica. Serie Z, cintas caseras, la naturaleza como escenario para la fantasía disfrazada de locura o la sociopatía de introspección. Es difícil distinguir una cosa de la otra.

El choque entre la realidad y el delirio, el sexo intoxicado, los paisajes esquemáticos que son marca de la casa y que dotan a la narración un lustre tan onírico que descartamos lo tangible en todas sus formas. Los colores completos, planos, un escenario donde se repite la espera y la planificación, donde la furgoneta muta en kilómetros de furgoneta. Situado en tiempo de elipsis, los protagonistas deambulan entre el miedo y la monstruosidad, Burns para el relato y nos hace dudar: ¿está detenido en el tiempo lo que leemos? Esta inquietud constante sobre si la historia/realidad lleva parada desde las primeras páginas y lo que leemos es una simulación, una construcción mental del protagonista.

«¿Cómo se puede alcanzar la maestría? Así, como hacer Burns, dejándonos con la duda, ¿estamos adentrándonos en la historia o en la construcción psicótica del protagonista?»

Abiertos a la naturaleza, los personajes esquemáticos solo se desbordan por los sentimientos más primitivos: sexo, salvajismo, alcohol, reacciones violentas… cuchilla que abre las tripas de un pescado. Convertir lo bucólico en una estampa de vísceras. Saber cubrir la soledad con sexo, sexo y sexo. Ruptura e intoxicación. “Laberintos III” de Burns es parte de una trilogía sin sinopsis, no hay respuesta a la pregunta más básica, ¿de qué trata “Laberintos”? Nadie podría hacer un resumen o cada lector podría hacer su propio resume y eso es lo mágico, la maestría de la obra.

La imagen en Super 8, la película sin cortar, deliberadamente brutal, en el silencio que grita de terror, mostrando el impacto entre lo dramático y lo cotidiano. Expulsión y deformación. El monstruo dentro del monstruo. Lógicamente podemos encontrar referencias transitivas a temas como la ciencia-ficción clásica, la de los 50 y 60, la primera versión de “Los ladrones de cuerpos”, las vainas sin sentimientos que sustituyen a los humanos sembrando la felicidad en la ausencia de emociones, pero abruma la imagen de la mórula, como un incentivo para seguir: la oscuridad de la proyección, las manos que se rozan. ¿Hay lugar para la felicidad en la obra de Charles Burns? ¿Es el final de la historia o no hemos salido siquiera del primer acto?