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Sororidad y fe

Por Carme Soto

Después de haber sido arrinconado y casi denostado durante años, el feminismo vuelve a ser protagonista de nuestras conversaciones, en la calle y en los medios de comunicación. Los continuos casos de violencia de género, la brecha salarial, el techo de cristal… son cuestiones que han adquirido un protagonismo renovado y las mujeres como colectivo nos sentimos hoy con más fuerza para alzar nuestra voz ante las desigualdades, los estereotipos y la violencia que seguimos sufriendo en todos los lugares del mundo.

El 8M está ya próximo y los diferentes grupos de mujeres reflexionamos, programamos, soñamos acciones que visibilicen una vez más nuestros anhelos, nuestras luchas, nuestras propuestas. Las iniciativas son variadas porque las mujeres también lo somos. Hay muchas cosas que nos unen, pero también otras en las que pensamos diferente. Por eso no hay una sola forma de ser feminista sino muchas.

Grupo de manifestantes en la movilización del 8 de marzo de 2018 en Madrid. Imagen: Archivo Siervas de San José.

En esta red de sororidad participamos también muchas mujeres que somos monjas o religiosas y lo hacemos porque somos mujeres, pero también porque nuestro compromiso con la causa de Jesús de Nazaret y nuestra fe en un Dios liberador que nos impulsa a llevar liberación y transformación allí donde existe injusticia, violencia o negación de la dignidad de cualquier ser humano. Sin embargo, somos un colectivo bastante invisible en los medios de comunicación y también en muchos espacios sociales y con frecuencia la mirada que la sociedad tiene hacia nosotras está cargada de estereotipos que apenas responden a lo que somos ni a lo que estamos haciendo.

Yo pertenezco a un grupo dentro de ese colectivo, la congregación de las Siervas de san José, nacida en el siglo XIX, quizá por eso el nombre para más de uno y una suena algo antiguo, pero lo importante es que desde sus inicios se comprometió con la promoción y dignificación de las mujeres trabajadoras pobres en el contexto de la naciente revolución industrial. Nuestro proyecto nació también de la mano de una mujer pionera y profundamente creyente, Bonifacia Rodríguez. Ella impulsó el comienzo y hoy seguimos empeñadas en esa misma causa buscando junto a las mujeres trabajadoras pobres respuestas que cambien su vida; por eso para nosotras el 8M es importante.

Como mujeres celebrar el 8 de marzo es un desafío porque, como muchas otras mujeres, experimentamos los muros invisibles que la cultura patriarcal ha levantado a lo largo de los siglos y que siguen impidiendo la igualdad y el desarrollo de todas las potencialidades de las mujeres en los diferentes ámbitos sociales, políticos, económicos y religiosos.

Como monjas, nos compromete a denunciar las desigualdades, la violencia, los abusos que afectan especialmente a las mujeres más pobres porque ellas llevan el doble peso de ser mujeres y pobres. Ellas siguen padeciendo la mayor precariedad laboral, porque ellas son las que han de asumir los cuidados, las dobles jornadas para sacar adelante la familia muchas veces rota, impotentes ante la injusticia y el desamparo.

En el 8M las monjas queremos alzar nuestra voz porque como ciudadanas reclamamos equidad y dignidad para todas las mujeres, porque queremos poder vivir sin miedo a padecer cualquier tipo de violencia y porque en nuestra sociedad la pobreza sigue teniendo nombre femenino. Pero también porque somos mujeres creyentes y vivimos nuestra vocación dentro de la gran familia que es la Iglesia, y deseamos que deje de ser una institución patriarcal y a veces machista y podamos sentirnos hermanas de nuestros hermanos en la fe, ofreciendo en igualdad nuestra palabra y nuestros dones.

El 8M es sin duda un símbolo, pero es también una oportunidad para tejer sororidad y visibilizar que las mujeres queremos cambiar el mundo.

Carmen Soto es religiosa y pertenece a la Congregación Siervas de San José.  Realiza también trabajos de voluntariado para Taller de Solidaridad

El feministómetro

Por Lula Gómez

Sí, ahora hasta los centros comerciales dicen ser feministas, las marcas de camisetas se tornan violetas y las pecheras se han llenado de Fridas Kahlos y eslóganes por los derechos de las mujeres. También los partidos parecen haber oído el grito de las mujeres en las calles por defender la igualdad: a un mismo salario, a vivir libres de violencia, a la paridad, a una investigación en salud, a una visibilización. Es un gusto, el mundo de repente se ha vuelto feminista, pareciese. Pero, ¿será verdaderamente así, cómo medir el compromiso real con la causa de quienes abrazan ahora el feminismo? El problema, es que no tenemos un feministrómetro, es decir, una máquina para medir machismos. Puesto que no contamos con ese contador y seguimos cayendo en las mismas prácticas patriarcales, van una serie de términos y experiencias que hablan de machismos. Haz la prueba, responde el siguiente test y comprueba cuánto pesan los estereotipos o las máximas tantas veces repetidas. Sí, tienes varios “síes” es fácil que te/nos quede todavía por aprender en feminismo y tenga/mos un problema a la hora de pensar, dada la sistematización de un mundo dictado por ellos. Prueba…

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Des-arraigo

Por Margarita Saldaña, con la colaboración de Mirtha López y Catalina Villa MargaritaSaldaña

 

El sábado Mirtha decidió no ir a la reunión del grupo de mujeres. Sus compañeras le insistieron, sin éxito. La comprendían: Mirtha sólo tenía ganas de llorar. En menos de dos meses, su abuela y su madre han muerto a muchos kilómetros, en su Paraguay natal, y no ha podido unirse a la familia para vivir juntos el duelo: «sólo podía enviar dinero para el entierro, pero no podía presenciar el dolor, que en la distancia es un dolor abstracto, como superficial».

Estas dos muertes repentinas suman a la historia de Mirtha un nuevo y brutal desarraigo. Ya abandonó su tierra una vez para irse a trabajar a Argentina. Allí, en el país vecino, aunque con frecuencia se burlaban de su acento guaraní, Mirtha no estaba demasiado mal: «no me faltó la comida, nadie me trató como una esclava, nadie me dijo que era una criada; al venir a España, todo se me cambió, sufrí horrores, pero lo hice por mi mamá, que quería tener una hija que saliera adelante en Europa». 

http://www.lascomadres.org/lco/lco-eng/index.htmlCon la precisión que le otorga su trabajo clínico como psicóloga, y con el inmenso respeto que derrocha al acompañar procesos de mujeres migrantes, Catalina interpreta la experiencia del desarraigo: «Estas mujeres han decidido dar un paso adelante en una apuesta del todo o nada por la vida. La de ellas pero también la de toda la familia que dejan atrás. Casi siempre por un tiempo corto que se convierte en incertidumbre de cuándo llegará el regreso. No sólo la familia queda atrás, también la cultura, las costumbres, los afectos, la red de relaciones originaria y el reconocimiento de tener un lugar en ese pequeño mundo que las ha constituido como mujeres ciudadanas. El desarraigo es profundo; el territorio, las formas de relación, el carácter de la gente, la utilización del lenguaje no les dice nada de lo que son ellas. Como si dejasen de ocupar un espacio y un tiempo que las hace invisibles, sienten que se pierden a sí mismas».

Un buen rato después de que la reunión empezara, Mirtha apareció. «Decidí ir porque sé que no tengo que encerrarme en mí, porque hay que seguir adelante y el grupo me da fuerza. Si me encierro en mí misma, sólo encuentro vacío, tristeza, angustia. En las demás puedo encontrar aliento. A algunas les ha pasado lo mismo y eso nos ayuda a compartir la experiencia». Como animadora del grupo, Cata tiene una visión privilegiada de este pequeño milagro que ocurre cada vez que unas mujeres, en principio desconocidas, van superando el desarraigo al echar lentamente nuevas raíces: «crean vínculos, comparten su historia y construyen una historia nueva llena de esperanza. Crean una red de solidaridad capaz de hacerlas sentir que no van a caer en el vacío, capaz de impulsarlas nuevamente al aire cuando caen».

Mirtha no se quedó mucho rato en la reunión. Aquel día no necesitaba palabras. Necesitaba el abrazo de otras mujeres, fue a buscarlo y lo encontró. El abrazo de la sororidad, que nos arraiga sencillamente en lo más profundo de la vida.