Hablar sobre café, y sobre todo, de mujeres

Por Josefina Arista Avila

“Lo primero que hago al levantarme es ir a ver cómo amaneció mi café y darle los buenos días “, dice Lucila. La pasión que describe es conmovedora. Ella es una productora de café nicaragüense que tuve la oportunidad de conocer, hace 4 años, unos meses después de comenzar mi voluntariado en las tiendas de comercio justo. Fue la primera vez que le di un rostro a las manos que siembran y cosechan el café, y reconozco que hasta entonces nunca había pensado en ello. 

Encontrarme con Lucila fue un momento especial — yo sabía que nuestro café se vendía de este lado del mundo, pero no así, no era consciente del proceso, de esa dedicación de mañanas y mañanas y ella me lo estaba explicando. “Espera que se lo cuente a todas las mujeres de la cooperativa; se pondrán muy contentas”, me dijo con una sonrisa enternecedora, al mismo tiempo que se formaba un nudo en mi garganta que me impedía hablar con normalidad. Ahí entendí que no hablábamos de café; hablábamos de mujeres.

Josefina Arista Avila fotografiada en las oficinas de Oxfam Intermón, donde trabaja como voluntaria. @ Pablo Tosco

Cuando pisas el terreno del voluntariado no estás pensando en colgarte medallas, no es una disputa de ver quién da más o quién da menos, de quién es más compasivo o quién se atreve a ir lugares más peligrosos con tal de ayudar. No, es entender que hablamos de vidas, de personas, es apoyarnos entre todos y todas, como compañeros y compañeras de vida que somos. 

Pequeñas memorias sobre mi familia me saltan al ver un video o leer el testimonio de alguna de las personas beneficiarias, pese a la distancia o la diferencia de culturas. A menudo no dudo que esa historia podría haber sido la de mis abuelos. Soy una más de los millones de personas migrantes en este mundo, y esta práctica también se abre paso en mis generaciones pasadas en busca de una vida mejor. Las vivencias de estas personas no son tan diferentes de las que acechan el pasado de mi árbol genealógico.

— “¿Y “trabajas gratis”?”, me preguntan. No pondría ese concepto y el de voluntariado en el mismo terreno. Yo creo que el voluntariado es un acto muy humano e instintivo. Si ves que alguien necesita ayuda te detienes y lo asistes, es instintivo. Tienes que comprometerte y compartir pero hace falta mucha humildad. No es una situación de privilegios donde tú dices: “Yo tengo más que tú y por eso voy a ayudarte”. No suelo preguntarme por qué lo hago y tampoco me creo hábil para contestar con exactitud. Son este tipo de cosas que no se dicen, o mejor dicho, que se dicen para adentro. Lo cierto es que hay una cosa muy clara que me mueve, y es que me afecta lo que pasa en el mundo, lo que le pasa a las personas que me rodean, con las que apenas cruzo mirada o incluso a quienes no conozco. Indudablemente a muchas nunca las conoceré, pero sé que esas vidas están ahí, silenciadas.

Pero, ¡vamos!, quién en estos tiempos no sabe que hay lugares en los que la gente desafía la muerte cada día, en los que tener comida y agua se convierte en una carrera de obstáculos y resistencia cotidiana. Ahora es fácil conocer esas historias, la información nos bombardea como un territorio en guerra y aún así no somos capaces de ver que en un instante cualquiera podría estar ahí.

No pude ocultar mi incomodidad cuando hace tiempo en una conversación alguien dijo: “Yo conocí a un refugiado de Siria y era una persona normal, hasta había estudiado la universidad, es gente como nosotros”. Cuando escuché eso primero pensé que se trataba de una broma, la expresión había sonado como esos mensajes escritos con doble signo de exclamación, pero en menos de un segundo me di cuenta que su mirada mostraba una sinceridad impoluta.

No nos engañemos: en esta oleada de crisis humanitarias hacer voluntariado está dentro de los clichés de lo que significa ser una “buena persona”. Esas expresiones compasivas y condescendientes que rozan lo egoísta me reafirman la idea de que hay mucho por hacer. Hace falta palpar las desigualdades, arrojar los mitos, desnudarse ante los prejuicios, detenerse a escuchar a quien le hierve la sangre y le oprime el pecho porque no puede más. No es fácil, uno se llena de historias silenciadas y le invade a cada rato la pregunta “¿Cómo es posible?”. Y no, no se puede asimilar que no haya respuestas, que no haya soluciones para problemas tan básicos, ante eso sólo queda actuar.

Acepto que nuestros escenarios, oportunidades y objetivos son distintos. No creo que todos debamos hacer voluntariado, pero sí que todos debemos tener la voluntad y humildad para vernos en los ojos del otro. 

El día que dejé de hablar de café y empecé a hablar de mujeres, supe el valor de lo que hacía.

Josefina Arista Avila es voluntaria de Oxfam Intermón. 

 

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