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Mis abuelos son mis padres: la generación perdida de Myanmar

Por Chris Roles, director de Age International. Coordina las relaciones con HelpAge Internationaly Age Reino Unido y responsable del área de incidencia, fundraising y acción humanitaria.

En el estado Karen, una provincia rural del este de Myanmar (Burma), hay muy poco trabajo. Desesperados, los habitantes de este pueblo viajan a buscar trabajo al país vecino, Tailandia. Mi objetivo al visitar el estado de Karen ha sido ver el impacto que está migración masiva ha tenido sobre los niños que han sido abandonados y sobre los abuelos que se han quedado como responsables de criar y educar a estos niños.

Como muchos muchachos de 17 años, Yar Yar ama el fútbol. Él es el capitán del equipo de fútbol local, apodado Chelsea por el afecto que Yar Yar tiene al equipo británico. Ellos juegan partidos periódicamente con Man U, los rivales del pueblo. Yar Yar ha nacido sin piernas y sin un brazo. Cuando juega futbol, él utiliza su único brazo para apoyarse mientras que lanza la pelota con la cadera.

“Mi abuela me transportaba en la espalda hasta que crecí y ya no pudo”, cuenta Yar Yar.

Yar Yar es criado en un pequeño pueblo del estado Karen, Myanmar por sus abuelos, Naung y Kalay que tienen 64 años. Yar Yar me cuenta que sus padres han tenido que emigrar a Tailandia para encontrar trabajo, dejándole a él y a sus dos hermanos bajo la responsabilidad de sus abuelos.

Según un informe del censo de 2014, el 20% de la población del estado Karen trabaja y vive en el extranjero, sobre todo en Tailandia, país con el cual Myanmar se avecina. El Estado Karen tiene también las tasas de alfabetización más bajas del país y más altas tasas de paro.

ASUMIR UNA RESPONSABILIDAD MUY GRANDE

Yar Yar sueña con llegar a ser un futbolista profesional o trabajar con los ordenadores para ganarse la vida. Ambas carreras parecen muy poco probables ya que el pueblo de Yar Yar se encuentra muy lejos de la escuela más cercana del estado. A pesar de los mejores esfuerzos hechos por sus abuelos, Yar Yar no ha podido ir a clases desde hace años.

“Mi abuela me transportaba a la escuela en la espalda hasta que crecí y ya no pude ir más. No había nadie que me pudiera llevar a la escuela”, nos explica Yar Yar.

“¿Qué pasará cuando nosotros muramos? ¿Cuándo seamos demasiado viejos?” Son las preguntas que el abuelo Kalay me dirige después de que haya terminado el breve encuentro con su nieto. Kalay y su esposa, Naung, llevan casados 42 años. Ellos cuidan de Yar Yar y de sus dos hermanas. Una de ellas, Win, es sorda y tiene problemas de aprendizaje. Cuidando y criando a tres nietos –de los cuales, dos con discapacidades –es una responsabilidad muy grande para cualquier persona y aún más para dos personas mayores como Naung y Kalay.

“Me preocupa mucho la situación de mi nieta mayor por culpa de su discapacidad”, nos relata el abuelo Kalay. “Ahora, que estamos aquí con ella, podemos hacernos cargo de Win. ¿Pero qué pasará cuando nosotros muramos? Me preocupa mucho quién se hará cargo de ella entonces”.

“Ellos no pueden enviarnos dinero a nosotros aquí”, relata Naung.

Naung y Kalay son agricultores de oficio; han cultivado y han criado animales en su pequeño pueblo durante décadas. No tienen ningún tipo de pensión y obtienen muy pocos ingresos con su trabajo.

Si pensamos que la tendencia es que la generación media envíe dinero para que sus niños y sus padres puedan mantenerse, esto muchas veces no es posible. Muchos acaban trabajando en fábricas, como trabajadores en construcciones o como empleados domésticos, lo que significa que muchas veces no ganan dinero suficiente ni siquiera para mantenerse a ellos mismos y si en algunos casos logran enviar dinero a sus padres y a sus niños, esos ingresos son mínimos.

“La vida en Tailandia es difícil –ellos no pueden enviarnos dinero a nosotros aquí”, me explica la abuela Naung mientras está trabajando sin cesar y pensando desde luego en sus hijos que están lejos de ella.

A pesar de la situación precaria, la abuela Naung sigue optimista. “Una vez mi padre me envió a trabajar a otro pueblo por mi cuenta”, recuerda ella. “Me sentí muy sola. Nunca olvidaré ese sentimiento. Lo recuerdo ahora al estar aquí, en mi casa, con mi familia, y me siento afortunada. La familia es lo más importante para mí”.

EXTRAÑANDO A LOS NIÑOS

“Ya no les pedimos que vuelvan a casa” –abuelo Kalay

La madre del abuelo Kalay sigue viviendo en su pueblo; tiene 103 años. Tienen una relación muy cercana y él la visita cada día. Para Kalay, lo justo es que los jóvenes cuiden de los mayores. Nunca se había imaginado que a su edad, él criaría a tres niños de nuevo. Me ha confesado que nunca se ha imaginado que sus propios hijos estuvieran tan lejos de su casa.

“Les hemos dicho a nuestros hijos que vengan a visitarnos durante las vacaciones, y no han venido”, relata Kalay. “Les hemos invitado el año siguiente, y nos dijeron que sí, que este año nos iban a visitar, pero nadie vino. Al final, perdimos la esperanza y desde entonces no les preguntamos más a venir al pueblo”.

“Es muy caro para que venga al pueblo”, explica la abuela Naung, “les extraño”.

Seguir juntos: ¿cómo podemos ayudar a estas familias a seguir adelante?

“La familia es lo más importante para mí” –abuela Naung.

Nosotros ayudamos a la abuela Naung y a su familia a través de un grupo comunitario local que hemos creado en el pueblo, llamado El Grupo de las Personas Mayores. Además de ofrecer a las familias apoyo moral y consejos, el grupo le ha ofrecido a Naung dinero en efectivo para poder comprar semillas y fertilizantes para los cultivos, un pato y algunos pollos.

Estamos trabajando también con nuestros colaboradores locales en Myanmar para desarrollar un programa de pensiones sociales que significaría un apoyo inmensurable para personas mayores como Naung y Kalay poder recibir unos ingresos periódicos y seguros.

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