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Fermín Salvochea, el alcalde anarquista de Cádiz, merecía una novela

Jesús Cañadas (Cádiz, 1980) es una de las voces más relevantes del género fantástico español actual. Escritor y guionista (Vis a Vis). Ha escrito El baile de los secretos, Los nombres muertos, Pronto será de noche y Las tres muertes de Fermín Salvochea (Roca Editorial, 2017, que ya recomendé en este blog), en la que aparece como pilar fundamental la figura del célebre alcalde anarquista de Cádiz en el siglo XIX al que dedica este artículo.


Fermín Salvochea, ¿cómo no dedicarle una novela?

Por Jesús Cañadas, escritor | @el_canadas

Retrato del alcalde de Cádiz Fermín Salvochea (WIKIMEDIA)

¿Cómo no dedicarle una novela? El alcalde del pueblo, el político de los pobres, el defensor de los necesitados. Todos estos títulos póstumos se le dan a Fermín Salvochea. El alcalde anarquista de Cádiz, aunque esto parezca una de esas contradicciones con las que todos tenemos que vivir día a día. Alcalde y anarquista. De familia rica, y sin embargo defensor de los necesitados. Lo tenía todo para ser un político más en aquel hervidero de pólvora que era España en el S. XIX. Y sin embargo, fue fiel a sus ideales. Defendió al pueblo contra los que expoliaban España en aquel momento: el clero, la monarquía, la nobleza, la política.

¿Cómo no dedicarle una novela? El tiempo, tan ecuánime y tan cabrón que a todo el mundo pone en su lugar, a él lo ha colocado donde se merece. Es uno de nuestros inmortales. La memoria se ha tragado a muchos, pero en Cádiz todo el mundo lo recuerda. Puede que no sepan al dedillo su biografía, pero su sombra sigue cayendo sobre la ciudad. Su nombre está presente. Desde el cani (o angango, como los llamamos nosotros) del barrio de la Viña a la maestra en Puntales al manigueta del Nazareno en Santa María al andamiero en Astilleros, todo el mundo conoce a Salvochea. “Claro que sí, el alcalde, ¿no? El alcalde de los pobres”.

¿Cómo no iba dedicarle una novela?

Nació en 1842 en el seno de una familia adinerada. Su abuelo se estableció en Cádiz desde su Navarra natal buscado la fortuna que rebosaba mi tierra en el XIX. Su familia prosperó con negocios mercantiles. Debía haber sido uno esos señoritos a caballo que han pisoteado Andalucía casi por tradición. Lo único que lo impidió fue la nobleza que le sobraba. Con 15 años lo enviaron a Londres a estudiar. Querían que aprendiese los secretos del comercio nacional e internacional. Él conoció a la gente. Volvió con 21 años y plena conciencia de los problemas sociales que se estaban comiendo la tierra que lo vio nacer.

No le dolieron prendas a la hora de protestar. En aquella época no había clictivismo ni ardían las redes; lo que había era pobres y ricos que los explotaban. Había trabajadores que se partían la cara por su jornal. Currantes que no dudaron en molestar, en prender fuego, en cortar carreteras y puentes, en pegar cañonazos, por defender su futuro y el de sus hijos. Años después sus herederos harían los mismo en Astilleros, en Delphi. En Cádiz entero.

Él estuvo a su lado. Y cuando llegó la represión, que siempre llega, hizo lo que había que hacer: aceptó la completa responsabilidad de sus acciones. Fue a la cárcel. Años después, ya libre, siguió señalando todo lo que iba mal en España. Acusó a la casta política de estar expoliando el país. Se apartó de ella y hasta declaró la independencia en el Cantón.

Arremetió contra el clero, desde sus ideales, desde la política. Acompañaba a su madre a misa, pero jamás entraba. A la salida, charlaba con el párroco un ratito. Jamás los insultó. Se limitó a algo mucho peor. Algo imperdonable: arrebatarles el poder.

El Cantón cayó, pero Salvochea siguió en pie. Lo volvieron a encarcelar. Llegó a rechazar un indulto que era más una maniobra política. No se doblegó. No cambió su discurso. Dicen que rompió el indulto delante del gobernador de la colonia penal. Declaró que sólo concebía dos maneras de alcanzar la libertad: por su propia fuerza o por una amnistía general para todos los presos políticos. Qué ajena, qué extraña nos parece la coherencia en un político vista hoy en día.

Consiguió escapar y no regresó a España hasta la muerte de Alfonso XII. Apoyó huelgas generales, fundó y colaboró con publicaciones socialistas, donó todas sus posesiones a los más necesitados. Blasco Ibáñez lo metió de tapadillo en una novela; para entonces ya era más que un hombre. Era una idea.

Terminó decepcionado con la política y con el mundo. Como todos, supongo. Al final de su vida no era más que un viejecito con bastón que paseaba por la Plaza de las Viudas. De vuelta de todo, albergando un mundo entero en su interior. Un mundo igualitario. Al final de su vida acabó siendo lo que siempre fue: un gaditano más.

Dicen que murió al caerse de la tabla que le hacía las veces de cama. Que lo mató una enfermedad latente que contrajo por las humedades de las celdas en las que lo quisieron olvidar. Que se murió de repente. Nadie se pone de acuerdo en cómo fue su muerte, y eso es porque las leyendas no mueren. Todavía hoy, el día de su entierro se recuerda como el día que más llovió en Cádiz. “Llueve más que cuando enterraron a Bigote”. Bigote, lo llamaba el pueblo. Porque ya lo había hecho suyo. Tanto es así que miles de personas salieron en masa a despedirlo. A pesar de la lluvia torrencial que impidió que lo enterraran. La lluvia que obligó al alcalde de entonces, Martínez de Pinillos, a abrir las puertas del Ayuntamiento para que el féretro se guareciese dentro. “Esta es su casa y aquí se va a quedar”, dicen que dijo.

Me repito más que el ajo de un mal guiso de papas en alcauciles, pero, permítanme que insista: Salvochea es el ejemplo de lo que la política podría ser. Material de leyenda como a leyenda suena ahora unir las palabras “político” y “honrado”. ¿Cómo no dedicarle una novela? Esa novela es Las tres muertes de Fermín Salvochea. En ella hay niños de barrio, hay mujeres valientes, hay monstruos y hombres peores que monstruos, hay pobres con dignidad. También hay un alcalde anarquista que defiende a los gaditanos y sobre todo hace lo que tanto necesitamos ahora: los inspira. Probablemente no sea la novela que se merece el alcalde anarquista de Cádiz. Pero desde luego, es la mejor novela que he podido escribir para él.

*Las negritas son del bloguero, no del autor del texto.

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