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"La historia es una forma más de ficción"
Jorge Luis Borges

Émilie du Châtelet, Nancy Wake, Alice Guy, Lotte Reiniger y Jane Franklin: mujeres de la historia que merecen una novela

La periodista Sandra Ferrer Valero, de Mujeresenlahistoria.com y autora de Breve Historia de la mujer (Nowtilus, 2017), Amor divino, amor profano, Breve historia de Isabel la Católica o Mujeres silenciadas en la Edad Media, vuelve a aparecer por este blog, tras el estupendo trivial sobre historia de la mujer que nos preparó hace unas semanas, con una interesante recopilación: ‘rescata’ a cinco mujeres de la historia (Émilie du Châtelet, Nancy Wake, Alice Guy, Lotte Reiniger y Jane Franklin) que piden, a gritos, que alguien les dedique una buena novela histórica… Lectores y lectoras, escritores y escritoras en la sala, tomen nota.

Mujeres de novela

Por Sandra Ferrer | Escritora y periodista |  @SandraFerrerV

Existen muchas historias de mujeres cuyas vidas superan a menudo la ficción y, a veces, demuestran que fueron capaces de alcanzar las mismas metas que los hombres. De la misma manera que muchas de ellas no están en los libros de historia, tampoco se les ha dedicado una novela histórica. Las reinas copan los títulos de este género protagonizadas por mujeres pero existen muchos nombres femeninos que tuvieron vidas de lo más apasionantes, dignas de ser noveladas. La lista es larguísima, pero estas que os he escogido bien podrían ser protagonistas de auténticos bestsellers. De muchas de ellas existen ensayos, biografías e incluso autobiografías pero no han protagonizado, al menos que yo tenga constancia, relatos de ficción como grandes protagonistas.

Émilie du Châtelet, una mujer en la Revolución Científica

La historia de Émilie du Châtelet esconde ciencia, erudición, sabiduría, pero también belleza y glamour. Única mujer que se coló entre los principales nombres de la Revolución Científica del siglo XVIII, Émilie du Châtelet fue una marquesa que había nacido en el frío invierno parisino de 1706.

Única hija de los seis vástagos del barón de Breteuil, Émilie recibió la misma educación erudita que sus hermanos y cuando llegó el momento de acceder a la universidad, lugar vetado a las mujeres en aquellos tiempos, su padre no dudó en facilitarle los mejores preceptores particulares. La joven no desaprovechó la oportunidad y antes de convertirse en una adolescente ya había leído a Cicerón, era experta en matemáticas, metafísica, hablaba varios idiomas y era capaz de traducir textos del griego y el latín.

Casada con el marqués du Chatellet-Lomont, Émilie se convirtió en una marquesa digna de su título. Se paseó por los salones de París mostrando gran belleza y elegancia y cumplió con sus deberes de esposa dándole al marqués tres hijos. También disfrutó de la vida disoluta de la capital francesa y tuvo varios amantes. Entre fiesta y fiesta, Émilie no desatendió sus estudios. De hecho, sus dedos manchados de tinta, algo nada usual en una mujer, fueron la comidilla de la corte.

Cuando Émilie du Châtelet se reencontró con el gran filósofo Voltaire, al que había conocido cuando era todavía una niña, iniciaron un intenso periodo de estudio e investigación científica. El análisis y difusión de las teorías de Newton fueron el centro de sus análisis. Con cortinajes oscuros en las ventanas para evitar ser interferidos por los cambios del día y la noche, la marquesa y el filósofo se sumergieron en una trepidante vida de estudio que duraría diez largos e intensos años.

Émilie du Châtelet consiguió un amplio reconocimiento de la comunidad científica del XVIII en toda Europa. Atrás quedaban sus entradas en el café Gradot de París, centro de encuentro de científicos, matemáticos y filósofos, vestida de hombre para que no le vetaran el acceso.

Nancy Wake, una espía muy escurridiza

Mucho se ha escrito sobre la Segunda Guerra Mundial y la resistencia en la Francia ocupada. De las miles de personas que lucharon en la sombra contra el nazismo, existe una mujer que llevó de cabeza a la Gestapo. Tan escurridiza fue aquella a la que llamaron “El ratón blanco”, que pusieron un altísimo preció a su cabeza.

Después de una dura infancia, Nancy Wake acabó convirtiéndose en corresponsal de varios rotativos en los años en los que el nazismo empezaba su ascenso en Alemania. Poco después de casarse con un rico industrial francés, estallaba la Segunda Guerra Mundial. Nancy y su marido Henry no se lo pensaron dos veces y empezaron a colaborar con la resistencia en Francia.

Tal fue su efectividad junto a los maquis que la Gestapo la colocó entre las personas más buscadas y llegó a ofrecer cinco millones de francos por ella. Pero, a pesar de que la espía no cayó nunca en las redes nazis, pagaría un alto precio por su lucha en la sombra contra Alemania. En octubre de 1943, su marido fue detenido por la Gestapo. Después de torturarlo con el fin de sonsacarle el paradero de su mujer, sin ningún éxito, fue ejecutado. Nancy no supo de la muerte de Henri hasta que la guerra no hubo terminado.

En aquel año, el grupo de Nancy había sido traicionado y ella había conseguido huir a través de los Pirineos y viajar hasta Inglaterra, donde no se rindió y continuó luchando. Unida a la Dirección de Operaciones Especiales, Nancy volvía a Francia saltando en paracaídas donde, en los últimos meses de la guerra, antes del desembarco de Normandía, realizó tareas de sabotaje de las comunicaciones alemanas y sirvió de enlace entre Londres y la resistencia francesa.

Finalizada la guerra, Nancy Wake recibió todo tipo de condecoraciones, entre ellas la Medalla de la Libertad de los Estados Unidos, la Medalla de la Resistencia y la Cruz de Guerra.

Alice Guy y Lotte Reiniger, dos pioneras en la historia del cine

La historia del cine está plagada de mujeres pero la gran mayoría se recuerdan por su rol como actrices. Pero existieron también profesionales detrás de las cámaras. Incluso pioneras. Entre ellas, dos mujeres, Alice Guy y Lotte Reiniger. Alice fue contemporánea de los hermanos Lumière y presenció una de sus primeras proyecciones públicas. Ella dio un paso más y convirtió la filmación de imágenes en lo que hoy conocemos como películas en las que se narraba una historia. Alice Guy llegó a filmar cientos de películas, entre ellas una superproducción, y abordó géneros tan dispares como el western o la comedia haciendo uso de efectos especiales. En su tiempo fue muy conocida en Hollywood pero, desgraciadamente, sus hitos fueron borrados de los libros de historia del cine.

Algo parecido le sucedió a Lotte Reiniger, una joven alemana que soñó toda su vida con explicar historias con sombras chinescas a las que daba vida en un teatro casero deleitando a sus familiares y amigos. Cuando en 1915 descubrió las películas de George Méliès se convenció de que quería dedicar su vida al séptimo arte. Lotte ingresó en la compañía de teatro del director de cine alemán Paul Wegener quien aprovechó el talento de Lotte para crear los rótulos de sus películas y participar en la realización de los decorados.

El nombre de Lotte Reiniger empezó a sonar en los ambientes artísticos berlineses y consiguió que la admitieran en el Instituto de Innovaciones Culturales de la capital alemana donde aprendió nuevas técnicas de animación y realizó en 1919 su primera película de siluetas, El ornamento del corazón enamorado. En el Instituto de Innovaciones Culturales no sólo creció profesionalmente. Allí también conocería al que sería su compañero para toda la vida, Carl Koch, un director de cine con el que se casó y con quien trabajó en muchas producciones conjuntas.

Lotte Reiniger se había convertido en una más del mundo del cine animado alemán. Tal era su talento y su reputación que, además de realizar sus propias producciones junto a su marido, realizó algunas colaboraciones destacadas como su participación en la película Los Nibelungos de Fritz Lang.

En 1923 un rico banquero judío apasionado de la obra de Lotte, le ofreció la posibilidad de financiarle un largometraje a cambio de dar clases a sus hijos. Así se pudo hacer realidad Las aventuras del príncipe Achmed, el primer largometraje de cine animado que se conserva y que catapultó a Lotte Reiniger a la fama. Una cinta que tardó tres años en terminar y que recogía distintas historias de Las Mil y una Noches. Diez años antes que Walt Disney, Reiniger ya utilizó la cámara multi-plano y realizó la que se considera la primera película de dibujos animados de la historia.

Jane Franklin, una viajera incansable

En el parque nacional de Yosemite, en California, una roca lleva el nombre de una mujer cuya vida fue digna de una novela. Jane Franklin fue una mujer inquieta, un tanto excéntrica, que, por encima de todo, sabía lo que quería. Se pasó media vida viajando, fue esposa del gobernador de una de las colonias más importantes del Imperio Británico y protagonizó la búsqueda más famosa de su tiempo para intentar encontrar a su marido, el explorador John Franklin.

Jane Griffin se casó tarde para las convenciones de su tiempo, a los treinta y siete años, y lo hizo con un reputado explorador, John Franklin, al que sus logros le llevaron a ser nombrado caballero. La relación de los Franklin fue atípica. No tuvieron hijos, aunque se hicieron cargo de la hija que Franklin había tenido con su primera esposa, y vivieron mucho tiempo separados mientras cada uno viajaba por su cuenta. Poco después de contraer matrimonio, Jane se embarcó en un largo viaje de tres años por distintos países de Oriente Próximo, viajó por Turquía, Egipto y llegó hasta España y Marruecos. En algunas de las escalas se encontraba con John pero no parecía que tuviera necesidad de vivir a la sombra de su marido.

En 1836, la pareja aceptó el reto de convertirse en gobernadores de la Tierra de Van Diemen, la actual isla australiana de Tasmania, una de las colonias británicas más próspera de su tiempo. Allí, Jane no se resignó a ser “la esposa de” y a organizar bailes y reuniones femeninas. Además de viajar por la isla y la zona de Australia, creó una sociedad científica, una gliptoteca y asesoró a su marido en las decisiones del gobierno colonial. Era, como decían muchos, “un hombre con enaguas”.

Tras más de una década en Tasmania, la pareja volvía a Inglaterra donde John Franklin se embarcó en la que sería su última expedición. John decidió unirse a una expedición para resolver la cuestión del paso del Noroeste, el camino que debía unir los océanos Atlántico y Pacífico por el norte, atravesando el océano Ártico. La aventura era peligrosa y Jane no estaba muy convencida de darle el beneplácito a su marido quien, finalmente, decidió zarpar, en 1845. Doce años después, tras una búsqueda incansable, la expedición fue dada por desaparecida.

En los primeros años de ausencia, Jane Franklin disfrutó de su libertad viajando. Pero cuando la falta de noticias de su esposo empezaron a alargarse en el tiempo, la angustia se apoderó de ella. Jane no se dio por vencida, incluso cuando el Almirantazgo británico les dio por muertos. Empeñada en reencontrarse con su marido, intentó organizar expediciones de rescate por su cuenta, buscando ayuda privada y dirigiéndose incluso a los altos dignatarios del mundo. Fue tal su empeño que su nombre y su incansable lucha por recuperar a su esposo se conocía en todo el mundo.

Una vez aceptó que John no iba a regresar, decidió hacer algo por él. Restablecería su memoria y haría de él un hombre célebre. Jane Franklin reclamó para su marido el mérito de haber descubierto el Paso del Noroeste, algo que muchos otros en aquellos momentos de auge descubridor se abogaban como propio. Pero nadie iba a ponerse en el camino de aquella dama excéntrica, cabezota y luchadora hasta las últimas consecuencias. Llegó incluso a erigir un busto en la abadía de Westminster en honor a su esposo.

Cuando la Real Sociedad Geográfica decidió conmemorar el descubrimiento de John Franklin otorgó a su viuda la medalla de oro de sus fundadores, convirtiéndose en la primera mujer en recibir dicho reconocimiento.

Jane Franklin era entonces una mujer que rallaba los setenta años. Pero lejos que quedarse en casa bordando, emprendió un largo viaje que la llevó por el continente americano y Japón. Solamente la muerte, cuando había superado los ochenta años, consiguió frenar el ímpetu de esta mujer incansable.

*Las negritas son del bloguero y no de la autora del texto.

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3 comentarios

  1. Dice ser jose

    Hay una española que emigró a Guatemala en el siglo XVIII y la lió parda, por un lado por sus escritos, que parecen sacados de una chirigota ilegal (de las más soeces) y luego porque fue una adelantada al feminismo actual: http://www.losmundosdehachero.com/8643-2/ Pepita, la vecina del Puerto de Santamaría que contribuyó a la independencia de México…

    05 Junio 2017 | 11:13

  2. Dice ser Alejandro Marcos

    Sin duda lo merecen. Añadiría otra con una historia increíble:

    http://documentalium.blogspot.com/2017/03/la-increible-historia-de-susan-travers.html

    05 Junio 2017 | 12:08

  3. Dice ser Alatriste

    Creo que, Hedy Lamarr encajaría perfectamente en este artículo. Entre otros logros, la comunicación inalámbrica y las telecomunicaciones no serían lo mismo sin ella, aunque el gran público sólo la conociese por su excepcional belleza e interpretación

    05 Junio 2017 | 12:31

Los comentarios están cerrados.