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Entradas etiquetadas como ‘casa’

El boomerang español

Por Rocío Muñoz

Jóvenes en un parque (Europa Press).

Jóvenes en un parque (Europa Press).

¡Mamá, papá me voy de casa! Esta es una frase que no se escucha en los hogares españoles. Los jóvenes, no sólo tenemos complicado pagar las tasas universitarias, encontrar un empleo en el que no seamos becarios durante dos años y que, por tanto, nuestro sueldo no sea irrisorio, sino que, ahora hasta los treinta casi no nos podremos independizar y empezar a “vivir nuestra vida”, porque el único sitio al que nos podemos ir a sobrevivir, económicamente hablando, es la casa de muñecas que nos regalaron cuando teníamos seis años.

A diario, nos dicen que somos el futuro del país, y que debemos devolver a España aquella magnifica frase que decía “España va bien”. Sin embargo, no nos lo ponen fácil. No hay muchas ayudas para el acceso a la primera vivienda, hay una alta tasa de paro juvenil y cuando se tiene empleo los sueldos son precarios. Creo que la frase que más van a escuchar en los próximos años será ¡Mamá, papá, vuelvo a casa, porque España no va bien!

Tenía 3.500 amigos en Facebook y murió solo

Por Marga Alconchel

José Ángel vivía en un pueblo de Pontevedra rodeado de basura, aunque él probablemente no la definía así. Recogía cosas de los contenedores montado en una de las bicis que también había rescatado. Enfermo de síndrome de Diógenes, acumuló tal cantidad de trastos alrededor de su pequeña casa que sólo podía entrar y salir por una ventana. Por donde entró la policía para recuperar su cuerpo, que ya llevaba una semana muerto.
 
Tenía 51 años, vivía solo y estaba solo en el mundo real, aunque tenía 3.544 amigos en Facebook y se comunicaba habitualmente por Whatsapp. Precisamente uno de sus contactos, una mujer de Canarias, avisó a la policía de Vigo porque hacía una semana que no le contestaba.  Lo encontraron, salió en los medios, había nacido en Vigo, se explicaron los datos conocidos. Nadie reclamó su cuerpo, nadie se presentó como familiar o amigo real. El ayuntamiento se hizo cargo del entierro como acto de beneficencia, y fue colocado en el cementerio de Pereiro tras el número 113.
La noticia que recogen los medios recuerda otros casos de indigentes que en pleno invierno han hecho fuego para calentarse y el humo ha acabado asfixiándolos, o el fuego calcinándolo todo, sin que nadie se haya dado cuenta hasta que el olor se ha hecho insoportable o los bomberos lo hayan entresacado de los restos.
 
Acumulación de basura en casa de un enfermo de Síndrome de Diógenes (Wikipedia).

Acumulación de basura en casa de un enfermo de Síndrome de Diógenes (Wikipedia).

Dicen que ellos no quieren ir al médico, dicen que viven así porque quieren, dicen que no aceptan los servicios de beneficencia de las Administraciones. Lo que no dicen con tanto énfasis es que son personas enfermas, personas que en algún momento perdieron el camino para relacionarse con los demás, personas que quedaron atrapadas en sus propias telarañas mentales y no encuentran la salida.

El espacio físico que una persona considera “su casa” es, literalmente, su refugio, el  lugar donde se siente a salvo. Para ellos, acudir a un centro donde le faciliten ayuda con la casi obligación de ducharse (tiempo que algunas veces emplea la organización para tirar sus ropas mugrientas y darle otras limpias), es un momento de mayor vulnerabilidad: desnudo en un ambiente extraño, y encima, despojado sin permiso de la ropa que llevaba puesta. Para los ojos del mundo, les hacen un favor. Para sus ojos dolientes, les avasallan su poca dignidad.
 
No quieren ir al médico, según la opinión más extendida. Un médico se empeña en tomarte la presión o pincharte para medirte el azúcar, actos que se ejercen sobre un cuerpo que no suele estar limpio. A la sensación de vergüenza se añade la de intromisión. Y después vienen los imposibles: la cantidad de medicinas que se le recetan, gente que no tiene tarjeta médica o que la tiene de beneficencia, a la que le resulta muy complicado seguir tratamientos, tomarse mediciones, hacerse analíticas, además de las larguísimas esperas.  ¿Y todo eso para qué? Para que la tos no resuene en la barraca en la que viven, para que no le pique tanto el sarpullido de tocar cosas corrompidas.  Remedios para unas enfermedades difíciles, porque el primer tratamiento sería cambiar de vida.
 
Se habla de Ley de Dependencia, de Síndrome de Diógenes, de Síndrome de Noé (acumular mascotas abandonadas). Son derrumbes humanos, personas que están vivas porque la vida se abre paso por encima de todo, pero que anímicamente andan muy al límite. Las Administraciones, desbordadas, tramitan docenas de denuncias de vecinos, acuden los servicios asistenciales. Ponen en marcha toda una maquinaria con muy buenas intenciones, pero demasiado burocrática para unas personas que necesitan, por encima de todo, a personas.
 
El problema es complejo, porque cuando se llega a esos límites, la estructura interior que nos mantiene “normales” a todos, en ellos se ha desfigurado hasta perder toda la fuerza. Pueden haber llegado a ese estado desde cualquier punto de la vida, desde una ruptura amorosa, una muerte que no superan, un fracaso laboral o una insatisfacción vital profunda. En todo caso, siempre va pareja una depresión que les pone plomo en las alas. Quieren ayuda tanto como la temen, porque los cambios alteran su pequeño mundo y siempre pueden traer algo destructivo.
 
El eje de su estado es una soledad enorme y una enorme distancia con el mundo, y ambas son causas una de la otra. Quizás el primer paso y el tratamiento a largo plazo sería una labor continua, indesmayable, de sicólogos, de educadores de calle, de personas con los conocimientos y la disposición para salvar a esas personas de su propio derrumbe interior antes de que la casa se les caiga encima.

A veces la calefacción encendida es un lujo

Por Maite

Una mujer regulando la calefacción (Gtres).

Una mujer regulando la calefacción (Gtres).

Leo repetidamente en los periódicos acerca de la pobreza severa que azota a algunos hogares y, entre las carencias básicas, encuentro el no poder poner la calefacción. Yo crecí felizmente en una casa fría sin poner la calefacción salvo en contadas ocasiones, y aún hoy cuando a base de mucho trabajo de mis abuelos y padres la situación es mejor, no es algo que tengamos encendido por defecto. Todos queremos todo, pero distingamos lo que es básico y no, que estar calentitos y en manga corta en casa está muy bien, pero si no se puede pagar, hay batas, mantas y batamantas estupendas que hacen muy bien su función (hablo por experiencia propia).

Los días de lluvia

Por María José Viz
Lluvia.

Un hombre camina bajo la lluvia. (EFE)

Llueve. Me gusta mirar, escondida tras las cortinas, la caída constante de la lluvia. Aquí estoy a salvo, pienso. De pronto me imagino saliendo a la calle y chapoteando, como si fuese una niña, en alguno de esos inmensos charcos que se han formado. ¡Sería divertido! Pero mi sentido de la responsabilidad me impide hacerlo. Ya soy mayor para esas cosas. Me quedaré en casa compadeciéndome de los que intentan desplazarse, con el viento en su contra, empapados hasta los tuétanos.


Pasan las horas, y sigue lloviendo. Tras comer, leer, bailar, escribir, volver a comer, escuchar la radio, ver TV… me vienen a la mente los que han perdido sus cosechas -aquel río que hace un mes estaba casi seco de repente se ha desbordado con furia y violencia-, los que tienen inundado su garaje, los que han cogido una pulmonía, los que ven anegarse su local de negocio -que constituía su único sustento-, los que viven en la calle, los que trabajan a la intemperie; los que, a causa de la maldita lluvia, sufren un grave accidente de tráfico, los que se quedan con lo puesto y saben, mucho antes de solicitarla, que no van a recibir ningún tipo de ayuda… Es en ese momento, cuando noto que también llueve dentro de mi cómodo hogar. Las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos, se me está mojando el alma, de pura impotencia y frustración, por no poder hacer absolutamente nada para evitar tanta desgracia.

Mal estado de las escaleras de acceso a la Casa de Campo

Escalera de acceso a la Casa de Campo desde Aravaca

Las escaleras de acceso a la Casa de Campo desde Aravaca suponen un peligro para los viandantes. (CÉSAR PUERTAS)

Por César Puertas

El único acceso a la Casa de Campo desde Aravaca (Madrid) es a través de un
paso por debajo de la Vía de las Dos Castillas, junto a las vías del
tren y teniendo que subir dos tramos de escaleras, unas de cemento y
otras, ya dentro de la Casa de Campo, de madera. Este paso es
utilizado por multitud de personas tanto para actividades lúdicas,
como por trabajadores que acudimos todos los días a trabajar
atravesando la Casa de Campo. Es el único acceso desde Aravaca a
Madrid sin utilizar carretera.

El estado de las escaleras de madera es lamentable, su falta de
conservación es notoria como demuestran las fotografías que le
adjunto. He podido presenciar varias caídas y algún día puede ocurrir
alguna desgracia. Cuando llueve, el paso junto a las vías es una
piscina con barro acumulado por todas partes.

Escaleras de acceso a la Casa de Campo desde Aravaca

Estado de las escaleras de acceso a la Casa de Campo desde Aravaca. (CÉSAR PUERTAS)

Lo ideal sería construir un paso con rampas para que incluso personas
con movilidad reducida pudieran acceder a nuestro querido parque.
Pero, mientras esto se aprueba, con un presupuesto muy corto se
debería realizar la reparación de las escaleras y limpieza del paso
subterráneo.

La anterior corporación hizo caso omiso a las dos reclamaciones que
hice y la actual todavía no me ha contestado.

¿Para cuándo una televisión con la que disfrutar en familia?

Por Gracia González Pérez

Sobre el artículo del bloggero Israel Álvarez Esfuerzos que agradecer, del 28 de septiembre, pongo en duda que las dos series españolas que nombra sean nuevas en espíritu. Tal vez sean novedosas en el entorno en el que están ubicadas, como es el caso de Mar de plástico, realizada en los invernaderos de Almería, pero discrepo de su frescura e innovación, ya que reflejan una vez más la violencia que caracteriza últimamente a las series de TV, esa violencia con tintes semi-investigadores que oculta realmente de lo que se ha nutrido en muchas ocasiones el cine sin que se viera una gota de sangre.

El retrato de familia viendo la caja tonta no está obsoleto, de hecho es lo que buscamos los que tenemos hijos, buscamos una televisión adecuada a todos los miembros de la familia, una televisión que se pueda ver cenando sin que se te remuevan las entrañas ni tengas que mirar hacia otro lado. Abogo por esa televisión en todas sus dimensiones, la que me ha hecho reír y llorar, con la que he disfrutado y he estado deseando ver cuando he llegado a casa, la que junto con mis hijos cuento los días para que empiece el nuevo capítulo.

(ARCHIVO)

(ARCHIVO)

Creo que esta sociedad tiene una agresividad extrema, se está viendo en los colegios; en la calle, en bares, en las colas del super, en las colas de los bancos… Si no mermamos esa violencia como algo común en el ser humano, a través de la pequeña pantalla, estaremos contribuyendo a la pérdida de valores y a la falta de moralidad en todo aquello que nos rodea.

Cada vez más puertas cerradas

Por Loli Sánchez

Son las 5 y media de la mañana, hora algo temprana para estar en pie siendo alguien en paro, pero bastante tarde cuando llevas toda la noche sin dormir a causa de darle vueltas a la cabeza intentando buscar soluciones, acabando por desear un milagro, porque es lo único que serviría de algo. Lástima que escaseen. Soy una persona anónima, en una “mala situación”, como tantas ahora mismo. Una persona con una familia a la que le han dado un plazo de un fin de semana para tomar la decisión de quedarse sin casa, sin dinero, con un crédito por pagar que sería, además, aumentado. Con deudas, y la incertidumbre de si podríamos permitirnos siquiera un alquiler. La otra cara de la moneda sería ejecutarnos la hipoteca, incrementándose cada vez más, ahogando, e incluso, dicho por esos mismos banqueros “que quieren dar facilidades y ayudar”, pasándose en herencia. ¿Quién dijo presión?

Una familia que la componen un padre trabajador, con un aguante insondable, metido en la hostelería desde siendo prácticamente un crío, esa profesión tan infravalorada hoy en día, tan maltratada, que aporta tan pocas cosas positivas y, en nuestro caso, tan pocos beneficios.

Una madre con un corazón que ni ella misma sabe lo grande que es, ama de casa, que agota todas sus energías cada día cuidando de todos nosotros, de quienes más dependen de ella.

Una abuela con alzheimer, la que, por suerte, todavía reconoce casi todo a su alrededor, a su gente, aunque en alguna ocasión repita una y otra vez la misma frase.

Un abuelo de 91 años, un abuelo que perdió a su mujer en esta misma casa después de una larga enfermedad, alguien que a pesar de su edad se da cuenta de las cosas y se lleva esas preocupaciones a su cuerpo y mente.

(ATLAS NEWS)

(ATLAS NEWS)

Y yo, una chica de 29 años sin poder ver un futuro gracias a que tener trabajo es casi una misión imposible, sin poder pensar en una vida propia sin dejar de hacerlo en las personas que más quiero, porque no sé qué va a pasar con ellos. Sin poder elegir, porque cada vez nos cierran más puertas, más oportunidades, más libertades, derechos y caminos en los que progresar como individuo.

Soy alguien cansada de ver cómo los mayores responsables de la situación son los que menos pagan, cansada de que perdonen deudas a gente y empresas con los bolsillos llenos (y algún que otro paraíso fiscal) y no a personas que realmente lo necesitan. Gente que da la espalda a un pueblo que muere, literalmente, porque no miran hacia ellos, porque se ríen en nuestra cara y a lo único que le dan importancia es a aprovechar todo lo que puedan, a los viajes de lujo, a ponerse caretas, a no dar la cara.

Es Navidad, supuestamente fechas de estar con los tuyos, para estar felices y sonreír al mundo, pero yo voy a recordarlas como las segundas más tristes de toda mi vida, recordarlas como las últimas que pasé en esta casa que vamos a perder, donde se han formado recuerdos, donde duele alejarse de ellos a la fuerza.

Y aún tengo que dar gracias, porque sé que hay gente que está todavía peor, que tienen hijos que les parten el corazón al no poderles dar hasta lo más básico. Gente que está en la calle, indefensos, hastiados de tanta injusticia.

¿Dónde están esos derechos de los que habla una Constitución de la que tanto alardean? ¿Dónde se ha quedado la verdad en los que gobiernan para, lo que debería, ser un país próspero?

Están matando personas, ilusiones y futuros. Matando voces que quieren protestar y no pueden porque es “ilegal”. Nos arruinan, tanto en bienes materiales como etéreos, y se van de rositas, intocables, vaciando un lugar que una vez llegó a ser un sitio agradable para vivir.

Vivir… esa gran utopía.

¿A quién beneficia el nuevo certificado de eficiencia energética para viviendas?

Por Enrique G Blanco

Certificación energética viviendasRecientemente he escuchado en un medio de comunicación una noticia en la que se hablaba de la entrada en vigor este mes de junio de una exigencia para todas las viviendas que se pongan en venta o alquiler, consistente en la realización de un certificado de consumo eficiente de energía. Según una persona experta que explicaba la importancia del mismo, va a servir, entre otras cosas, para hacer unas recomendaciones sobre las pequeñas obras necesarias para que en cada vivienda consumamos menos energía y emitamos menos contaminación al medio ambiente. Este certificado, al parecer, va a tener un coste en torno a 250 euros y, según la noticia, será realizado por una empresa privada homologada.

En mi opinión, todo lo que contribuya a que ahorremos energía y emitamos menos contaminación al medio ambiente me parece bien y cualquier consejo que se pueda dar a los ciudadanos para que ahorremos energía o contaminemos menos también es bueno e incluso necesario. Lo que no veo tan bien es que el ciudadano tenga que pagar a una empresa particular por la realización de ese certificado. Me pregunto si no podría realizarlo por un módico precio personal especializado contratado por la misma administración pública con competencia en materia de energía y medio ambiente y hacerlo extensible a todas las viviendas en general.

Como ciudadano, lo que más me preocupa e indigna es que los nuevos impuestos que nos exigen puedan terminar llenando los cajones privados, en vez de los de la administración que al menos beneficia a todos.

Las dos caras de la dación en pago

Por Moisés Gómez Díaz

Tras la comparecencia de la representante de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca en el Congreso de los Diputados se ha reavivado el debate acerca de la conveniencia de la introducción de la dación en pago en nuestro ordenamiento jurídico. Si bien se hace referencia frecuentemente a que este mecanismo existe en otros países desarrollados, lo cierto es que las leyes de sobreendeudamiento –que es el instrumento jurídico que regula la dación en pago- sólo la permite bajo condiciones muy restrictivas.

ILPSi bien la intención es loable, en el debate público no se hace referencia a las consecuencias negativas que la dación en pago tendría para los nuevos compradores de vivienda: los bancos darían mucho menos crédito y a mayor precio, dado que el riesgo aumentaría. Esto tendría consecuencias buenas, como una importante bajada de los precios de los pisos; pero mucha gente no podría acceder a una vivienda en propiedad –algo que en España es para gran parte de la población algo muy importante-. En países como los Estados Unidos y Canadá es muy difícil acceder al crédito hipotecario sin avales públicos precisamente por la existencia de la dación en pago.

Es por ello que es importante presentar los factores a favor –bajada de precios y la inexistencia de una deuda de por vida- y los factores en contra –imposibilidad de una parte importante de la población con trabajo de acceder a un crédito hipotecario- al plantear de forma pública este tema.