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¡Cuidado!, un bien social que financiamos las mujeres

Por Belén Sobrino

Los cuidados, cuidarnos y cuidar al otro/a, realizar las innumerables tareas domésticas que alimentan nuestro día a día y nos permiten funcionar: cocinar, limpiar, fregar los platos, limpiar la ropa y un largo etcétera. “Tareas” que en pocas ocasiones hemos reconocido como trabajo. Es como si hiciéramos un “hueco libre” en nuestras vidas para solventarlas. Pero resulta que el hueco es grande y cuesta dinero y, hasta ahora lo hemos asumido nosotras, las mujeres y niñas a costa de nuestra salud; acceso a oportunidades de desarrollo personal y profesional; reproduciendo, de esta manera, los círculos de precariedad y de pobreza que enfrentamos.

Las cifras cantan, así como la necesidad de inversión que garantice la redistribución. Solo en África Subsahariana el hecho de que las mujeres y niñas ocupen mayormente su tiempo en el trabajo no remunerado de cuidados acarrea unas pérdidas económicas anuales del 6% del Producto Interior Bruto. Si no se toman medidas, la región tardará cerca de 81 años en alcanzar la igualdad de género. En América Latina y Caribe, las mujeres y niñas invierten una media de 3 a 4 horas diarias más que los hombres en realizar trabajo de cuidados, además la provisión de cuidados se concentra en mujeres con un nivel bajo de empoderamiento económico, que generan desigualdades entre las propias mujeres.

Tras años de en incorporar la agenda de cuidados como elemento clave para alcanzar un modelo económico más sostenible y equitativo; por fin, el trabajo no remunerado de cuidados y doméstico se hace sitio en la Agenda 2030. La meta 5.4. de los ODS, enmarca el trabajo no remunerado de cuidados y doméstico en términos de reconocimiento y valoración. Además aclara de qué manera el reconocimiento debe ser realizado “mediante la prestación de servicios públicos, la provisión de infraestructuras y la formulación de políticas de protección social (…)” , afirma Valeria Esquivel, economista feminista Organización Internacional del Trabajo, que sin mencionarlo deja claro la necesaria redistribución del trabajo de cuidados no remunerado desde los hogares al sector público y privado y, la reducción de la carga en las mujeres mediante la provisión de infraestructuras adecuadas que atiendan estas necesidades de cuidado, entre otras.

Es importante valorizar los cuidados como un bien social, no como una carga, algo a reducir o eliminar, o que solo queda en manos de aquellas personas con menor capacidad de decisión y poder. Cuando hablamos de reducir la carga del trabajo de cuidados no remunerado nos referimos a la carga que realizan las mujeres, porque además, como apuntan varias voces, la necesidad de provisión de cuidado aumentará probablemente en las próximas décadas y, por ende no hay una tendencia a la reducción. De ahí que la redistribución del cuidado dentro de los hogares, pero también de los hogares al sector público y privado se convierta en un urgente.

La redistribución del trabajo de cuidados implica inversión en políticas de cuidado que asignan recursos económicos para el sostenimiento del cuidado en forma de dinero (transferencias, subsidios, apoyos…), servicios y tiempo. Estas políticas definen la forma y calidad en la cual el cuidado es provisto y financiado, contribuyendo a la igualdad de género y a mitigar otras desigualdades por razón de etnia, raza o clase. Y aquí es importante subrayar que la agenda de cuidados no puede quedar como una prioridad solo de los “países ricos” que pueden permitirse financiarla en el marco de la agenda 2030. La agenda de cuidados debe ser una meta para todos, si realmente somos fieles al eslogan “no dejar a nadie atrás” y, nos cuestionamos los modelos actuales de empoderamiento económico de las mujeres que necesariamente deben contemplar una redistribución del trabajo de cuidados de cara a trasformar estructuras y modelos económicos que perpetúan las desigualdades.

Belén Sobrino es Asesora Senior Derechos de las Mujeres de Oxfam Intermón.

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