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Con la poca fuerza que me quede

Por Charo Mármol

Quedamos una tarde lluviosa. Llega con su dos hijos de 19 y 5 años. El mayor la ha acompañado pero se va, porque ha quedado con unos amigos. La pequeña está enferma. Viene dormida y la echa en un par de sillas a descansar, pero no deja de toser y acaba tomándola en brazos preocupada porque siente que la fiebre le va subiendo. Aún así, saca fuerzas para contar las incertidumbres, el dolor y la soledad que ha sufrido en los últimos diez años de su vida.

Sheyla (nombre ficticio) vino como tantas mujeres de su país caribeño, para trabajar de ‘doméstica’. ‘Desde muy joven tenía ilusión por viajar y conocer otros lugares. En mi país hemos tenido épocas muy difíciles y poco esperanzadoras. Muchas personas hemos tenido que salir. Yo tuve la suerte de venir con papeles y contrato de trabajo… Los contingentes que estaban entonces eran  para “doméstica” aunque yo no había trabajado nunca en eso.  Soy Graduada en Psicología General y vine  con estudios homologados.’

Liberación. Imagen del concurso de estereotipos. Fundación Luz Casanova.

Sheila dejó a su hijo de  seis años con su madre y con sus hermanas. Era madre soltera. El padre nunca se ocupó del hijo ni le pasó ningún tipo de ayuda. Comenzó a trabajar primero en casas y luego en restaurantes. Y entonces se enamoró de un hombre mayor que ella.Conocí a mi pareja que en un principio era una maravilla de persona. Me hice ilusión porque creí que era el amor de mi vida y no fue así. Las cosas fueron cambiando muy pronto y las máscaras fueron cayendo’. Control, falta de valoración, exigencia en el hogar, indiferencia ante sus expectativas o deseos… Eso fue lo que año tras año Sheila vivió junto al hombre al que había unido su vida y sus esperanzas.

Cuando se quedó embarazada pensó que quizás esto podría traer una mejoría en el hogar pero resulto ser lo contrario: más control y uso de la pequeña como chantaje para que no tomara ninguna decisión. ‘Empecé a ver las cosas más claras. Empecé a ver que eso no era amor, porque no se maltrata a quien se quiere… Todo eran exigencias. Me convertí en su esclava.’

Al cabo de diez años decide irse de casa. ‘Ya no podía aguantar más, tuve miedo… yo decía que la poca fuerza que me quedaba tenía que usarla para algo y que si no me iba de casa, algo iba a pasar…  no podía seguir viviendo así’.

Cuando me cuenta el momento en el que abandona su casa, de noche como un ladrón furtivo, su voz se quiebra. ‘Fue muy fuerte, uno de los momentos más duros… muy difícil. Yo no sabía nada de lo que iba a pasar, ni de lo que me esperaba pero era peor lo que estaba viviendo porque no tenía esperanza de nada.  Yo no quería esa vida para mis hijos, para ninguno de los dos.’ Y los tres, recogiendo las pocas pertenencias que pueden llevar abandonan la casa a la que prometen no volver nunca más.

Sheila va con sus hijos a una casa de acogida donde el marido la encuentra gracias al GPS del teléfono. La policía lo detiene y lo lleva preso. Al día siguiente tienen un juicio rápido, donde el juez no creyó lo que Sheila contaba porque ‘no tenía parte médico de lesiones. Dijo que yo podía volver a mi casa porque lo que pasaba era un percance matrimonial.  Yo le dije que yo no iba a volver porque mucho me lo pensé antes de salir de casa y mucho hablé con él antes de irme, para ahora volver atrás’.

Regresó con sus hijos a otra casa de acogida donde ha pasado una larga estancia reponiendo las heridas, esas que el juez no fue capaz de ver: salir de la depresión, reafirmarse en su personalidad, en sus sueños, en sus posibilidades… Los talleres, las educadoras, la psicóloga, la ayudaron a ver esas heridas que otros no ven y a poner solución a los problemas que causan los golpes invisibles.

Hoy Sheila vive en un piso independiente con sus hijos. Ha retomado sus estudios y ayuda a una mujer para ganar algo de dinero con el que hacer frente a los gastos que tienen.

Y termino preguntándole qué les diría a las mujeres que sufren una situación similar a la suya. ‘Les diría que hay muchas ayudas, que hay muchas salidas que no hay que esperar la muerte a manos de nadie, ni la muerte ni los maltratos de ningún tipo, que no. El camino no ha sido de flores, pero ha sido mejor que el que llevaba antes y ahora los límites me los pongo yo’.

Después de esta conversación y una vez más, me queda la duda de lo injusta y miope que puede ser la justicia, esa que no ve más allá de los signos externos y que no es capaz de descubrir el calvario de las mujeres que se ven anuladas y explotadas en el seno del propio hogar.

Charo MármolCharo Mármol es comunicadora, feminista, militante de causas perdidas y autora del blog La mecedora violeta.

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