Leonardo Da Vinci y Miguel Ángel: dos genios enfrentados

Salón de los Quinientos, Palazzo Vecchio de Florencia (© Guillaume Piolle / CC BY 3.0 / WIKIMEDiA)

Alejandro Corral (Zaragoza, 1989), escritor, autor de El cielo de Nueva York (2015) y Batallador (2018) junto a José Luis Corral, debuta en el género histórico en solitario con El desafío de Florencia (Ediciones B, 2019), un apasionado relato novelado de la rivalidad que mantuvieron Leonardo Da Vinci y Miguel Ángel Buonarroti durante los años que coincidieron en Florencia a comienzos del siglo XVI. En el siguiente artículo, Corral analiza esa rivalidad y nos muestra las claves de cómo la ha trasladado a su novela.

La novela El desafío de Florencia narra la rivalidad artística y personal que existió entre Leonardo da Vinci y Miguel Ángel Buonarroti a comienzos del siglo XVI. Los dos genios coincidieron en una de las ciudades más libres, próspera, ricas y creativas del Renacimiento: Florencia. Allí convivieron durante algunos periodos entre los años 1501 y 1506, un tiempo que tal vez resulte el más importante y relevante de la Historia del Arte, ya que fue entonces cuando Leonardo da Vinci comenzó a pintar la que quizás es, con permiso de La última cena, su obra más celebre: La Mona Lisa, y porque fue en estos mismos años cuando Miguel Ángel, con tan solo veintiocho años de edad, esculpió el David.

Tal y como se narra en esta novela, es cierto que entre Leonardo da Vinci y Miguel Ángel, los dos más grandes artistas de su época, y quizá de todos los tiempos, estalló una enorme rivalidad que los condujo a un constante enfrentamiento artístico y personal, pues no cruzaban palabra sin que se produjese una acalorada discusión, como relata su contemporáneo Giorgio Vasari en su libro Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos. El anecdotario de su rivalidad es abundante. “Había gran enemistad entre Leonardo da Vinci y Miguel Ángel Buonarroti,” escribió también Vasari en su Vida de Leonardo.

Leonardo y Miguel Ángel, siendo el pintor más de veinte años mayor que el escultor, eran, asimismo, personalidades opuestas. Leonardo, de quien los florentinos decían que su belleza no se podía celebrar lo bastante, era un hombre elegante, sutil y sofisticado, un sabio admirado por todos que representaba la mismísima encarnación de un lema my popular entre los florentinos que situaba al hombre -a Leonardo- como el centro de todas las cosas, convirtiéndolo en un uomo universale; Miguel Ángel era, por el contrario, un hombre de un carácter más amargo, un misántropo tosco, malhumorado e impulsivo. La idea sobre el arte también los distanciaba. Para Leonardo, la pintura era insuperable en el arte. “El pintor se sienta frente a su obra, calmado, blandiendo un delicado pincel empapado de un bello color. Su casa luce limpia y él está bien vestido y aseado. Pero el escultor utiliza la fuerza bruta y su sudor se mezcla con el polvo de mármol que le cubre la cara. Tiene sobre los hombros copos de lasca, trozos de piedra invaden su casa”. Miguel Ángel, por el contrario, creía que pintar era quedarse en la fase previa a tallar una escultura. Los retos a los que se enfrentaba un escultor frente al mármol eran, a su juicio, infinitamente mayores que los de un pintor frente al lienzo. Miguel Ángel opinaba que la buena pintura es del tipo que se parece a la escultura. Y él, sin duda alguna, poseía un talento especial, un insólito ingenio para sacar el espíritu de la figura que tallaba, para extraer intuitivamente aquello que sólo él veía oculto en la piedra.

Llegó un instante, entre los años 1503 y 1504, en el que los dirigentes de la república florentina se percataron de algo: en la Toscana residían los dos más grandes artistas del momento. Y se les ocurrió algo: “¿Y si ponemos a trabajar a Miguel Ángel y Leonardo en la misma sala?“. Y lo hicieron. Siguiendo un plan perfectamente elaborado, la Señoría de Florencia, el gobierno de la ciudad, decidió encargar a Da Vinci y Miguel Ángel la pintura de dos enormes murales en el salón más emblemático del palacio Vecchio: el Salón de los Quinientos, donde la rivalidad de los dos artistas alcanzaría su cénit y supondría el mayor duelo artístico de la Historia del Arte, pues habrían de trabajar el uno contra el otro: Leonardo da Vinci pintaría La batalla de Anghiari; y Miguel Ángel, justo en la pared de enfrente, La batalla de Cascina.

En el proceso de documentación de El desafío de Florencia, me di cuenta de que tenía todos los ingredientes, matices y elementos para crear una novela. Todo parecía encajar. Eso pensé. Pero enseguida me percaté de que faltaba algo. Faltaba algo, sí. ¿Quién iba a contar el ambiente político y bélico de la época? Porque Florencia estaba rodeada de enemigos: los Médici, que ansiaban recuperar el poder de la Toscana, los Borgia, que controlaban el Vaticano, la Corona de Aragón, que dominaba el Reino de Nápoles en el sur… ¿En quién recaería la responsabilidad de narrar todas las tensiones, conflictos y dramas de una península itálica dividida en numerosos Estados, ciudades, y territorios independientes? ¿Quién lo contaría? ¿Acaso Miguel Ángel o Leonardo? No, ya que andaban demasiado ocupados en su arte. Necesitaba hallar un tercer personaje. A ser posible, alguien que entendiera de política. A ser posible, un dirigente de Florencia. Y lo encontré. Había una persona, una sola, a la que podía recurrir. Un patriota florentino, un hombre fascinante y maravilloso desde todos los puntos de vista: Nicolás Maquiavelo.

¿Tuvo Maquiavelo algo que ver en toda esta historia? Claro que sí, pues en esta época recayó en él la responsabilidad de negociar con los franceses, Caterina Sforza y César Borgia, entre otros. Además, creo que Maquiavelo encontró en César Borgia -en aquellas largas conversaciones que mantuvieron, en las duras negociaciones para que el hijo ilegítimo del papa no invadiera la Toscana- toda una fuente de recursos políticos y literarios de la que años más tarde se sirvió para redactar, en su reflexión sobre los orígenes del poder y su estructura, la obra maestra que inmortalizaría a Maquiavelo como pensador, filósofo y escritor: El príncipe.

¿Tuvo algo que ver Maquiavelo con Da Vinci y Miguel Ángel? Diría que sí, ya que en el contrato de La batalla de Anghiari, que Leonardo habría de pintar en el Salón de los Quinientos, aparece la firma de Maquiavelo.

Pero ¿qué pintaron Da Vinci y Miguel Ángel en el Palacio Vecchio? ¿Qué misterios encerraron en sus murales? ¿Cómo afrontaron ese desafío artístico y personal? ¿A quién aclamó Florencia cuando todo terminó? Miguel Ángel o Leonardo, ¿quién resultó vencedor de la más sublime batalla de la Historia del Arte?

*Las negritas son del bloguero, no del autor del texto.

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