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"La historia es una forma más de ficción"
Jorge Luis Borges

El San Telmo y los españoles que descubrieron la Antártida

La Antártida (Vincent van Zeijst/Wikimedia Commons)

Álber Vázquez, autor de Mediohombre y Guerras Mescalero en Río Grande (ambas en Esfera de los Libros), regresa esta semana a las librerías con su última novela Muerte en el hielo. En ella, Vázquez ficciona sobre el destino del San Telmo, navío desaparecido en el siglo XIX y, casi con toda seguridad, descubridor de la Antártida. En este artículo, este autor recuerda aquella trágica aventura y demanda ponerla en su justo lugar de la Historia.

[ENTREVISTA ÁLBER VÁZQUEZ: “En España se sigue viviendo con un gran de sentimiento de culpa todo su pasado imperial. Y es un error” ]


El San Telmo y los españoles que descubrieron la Antártida

Álber Vázquez | Escritor | @Alber

Por una coincidencia no premeditada, la publicación de la novela Muerte en el hielo ha coincidido en el tiempo con la emisión de la serie televisiva El Terror, basada en el libro homónimo de Dan Simmons. Las similitudes entre una y otra son tan significativas que no hay persona que, tras enterarse de la publicación de Muerte en el hielo, no las señale.

¿Qué hay de común entre ambas narraciones? El resumen rápido, sin duda: dos tripulaciones se ven atrapadas en un hostil entorno polar en la primera mitad del siglo XIX. Y hasta ahí. Porque el resto es muy diferente.

Fotograma de la serie El Terror (AMC)

Muerte en el hielo narra la historia del San Telmo, un navío español que, en 1819, doblaba el cabo de Hornos en compañía de otras dos naves. Lo mandaba el brigadier Rosendo Porlier y Asteguieta, un marino curtido en mil batallas. En el cabo de Hornos, una fuerte tormenta separa los barcos y el 2 de septiembre, el San Telmo es avistado por última vez y desaparece para siempre. En teoría, claro. Porque en la práctica, el San Telmo, con el timón roto y a la deriva, naufraga, unos días más tarde, en la isla de Livingston, en la Antártida. En España no se tienen dudas de que fue así, pues existen numerosas evidencias que apuntan en esa dirección. La más significativa, que cuando, el 16 de enero de 1820, William Smith, el marino británico a quien se atribuye el descubrimiento de la Antártida, desembarca en la costa norte de esta isla, descubre el pecio embarrancado y abundantes muestras de actividad reciente en un campamento improvisado. De regreso a su base en Valparaíso, decide admitir que no ha sido el primero en pisar aquellas tierras, pero las autoridades británicas le conminan a callar. Y calla.

Para que alguien reciba la atribución del descubrimiento de un territorio, deben darse dos condiciones. La primera es que ese territorio sea físicamente ocupado antes que nadie. La segunda, que exista una prueba documental que atestigüe el hecho. De la llegada de la tripulación del San Telmo a la Antártida antes que nadie no existen dudas. La base antártica española no está situada en la isla de Livingston por casualidad y tampoco es casualidad que, en el lugar donde se cree que tuvo lugar el naufragio, se instalara una placa conmemorativa en la que se lee “los primeros en llegar a estas costas” y se considere al paraje como “sitio histórico”.

Sin embargo, nos falta la segunda condición para que el descubrimiento de la Antártida sea atribuido a España, como debería, y no a Inglaterra: la prueba. ¿Y por qué no existe la prueba? Porque la prueba, es decir, el testimonio, está en manos de Inglaterra. Bastaría con que dijeran “sí, lo vimos, el San Telmo estaba allí, varado”, para que la historia diera un vuelco y la tripulación del San Telmo recibiera el reconocimiento que merece.

¿Que en qué más se parece la gesta del San Telmo a la aventura de la expedición perdida de sir John Franklin, en la cual se basa El terror? Oh, pues en poca cosa. Hagamos una rápida comparación.

Ambas tripulaciones se someten a un clima polar extremo, pero la de Franklin está en el norte y la de Porlier se encuentra en el sur.

Tanto Franklin como Porlier, por cierto, son veteranos de Trafalgar. Por supuesto, lucharon en bandos contrarios.

La expedición de Franklin la componen dos barcos pequeños que suman, entre ambas tripulaciones, 134 hombres. El San Telmo es un titán del mar, un magnífico navío de setenta y cuatro cañones a bordo del cual viajan 644 hombres. Los primeros son embarcaciones que se han preparado con un fin exploratorio. El San Telmo es un barco de guerra con una tripulación militar a bordo.

La expedición de Franklin varó y no descubrió lo que andaba persiguiendo: el Paso del Noroeste, es decir, una vía marítima navegable entre el océano Atlántico y el Pacífico al norte de Norteamérica. El San Telmo varó y descubrió un continente.

Los hombres de Franklin murieron envenenados por sus propias latas de conserva en mal estado. Los hombres de Porlier… En fin, no vamos a destripar aquí Muerte en el hielo la cual, por otra parte, y como la mayor parte de El Terror, es una pura elucubración literaria.

Existe, por fin, una diferencia capital y tremendamente molesta, al menos para quien esto escribe: que mientras que el Reino Unido (o el resto del mundo, para el caso) recuerda su historia, se siente orgulloso de ella y la rememora escribiendo novelas, rodando series y programando eventos conmemorativos, aquí seguimos todos en Babia. ¿En serio que una historia como la del San Telmo, que supera con creces a la aventurilla del Terror y del Erebus, debe permanecer en el más ignominioso de los olvidos? ¿A nadie se le cae la cara de vergüenza por no recordar quiénes somos y de dónde venimos? ¿Qué incomodidad puede causar a alguien una historia tan limpia como la del San Telmo? Ni siquiera es preciso apelar a un nacionalismo exacerbado que a muchas personas termina incomodando. No, se trata de explicar que la historia de este país es de las de quedarte con la mandíbula desencajada y que no existe nada vergonzoso en reivindicarla con orgullo. Por el amor de Dios, ¿por qué somos las únicas gentes en el mundo entero a las que les sonroja su propio pasado?

Puede parecer que exista, en estas líneas, la intención de menospreciar a las tripulaciones de Franklin. Nada más lejos de la realidad. Honor para ellos, siempre. Lo que pretenden estas líneas es apreciar a la gente de Porlier. A esos 644 españoles que descubrieron la Antártida y de los que nadie se acuerda. Nadie significa nadie. A medio año del bicentenario del San Telmo, no existe ningún plan para conmemorarlo (¡conmemorar el descubrimiento de un continente entero!) y todo parece predispuesto al olvido.

Recuperar la memoria perdida tiene algo muy bueno: que es gratis. Recordar a los 644 tripulantes del San Telmo y a su inmensa gesta no cuesta ni un céntimo. Nada. Cero. Hagámoslo, pues.

*Las negritas son del bloguero y no del autor del texto.

3 comentarios

  1. Dice ser Barsawyer

    Muchas gracias por escribir éste artículo, soy un apasionado de todas las historias del Ártico, la Antártida y los paisajes helados, y era otro de los que no tenía ni idea de ésta aventura. La serie The Terror me ha caído como agua del cielo, y ahora ésta novela, genial. Por cierto, completamente de acuerdo con tu opinión de que somos el único pueblo del mundo que tira piedras contra su tejado, y menosprecia sus logros.

    Compraré y leeré la novela, buen trabajo, David.

    13 junio 2018 | 10:56

  2. Dice ser Curioso

    Si todo esto es cierto, alguien debería actualizar la wikipedia, ya que insiste en que naufragó en el Cabo de Hornos. Cero referencias a la Antártida.

    13 junio 2018 | 16:22

  3. Dice ser pepo

    200 años antes, otras expediciones españolas habían avistado el norte de la Antártida. Alaska, Australia, Hawaii… hay mucho que no se cuenta en clase de historia.

    13 junio 2018 | 16:53

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