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José Rodríguez Losada: el relojero de la Puerta del Sol

Maquinaria del reloj de la Puerta del Sol (Emilio Naranjo / EFE)

El escritor Emilio Lara (autor de una de las mejores novelas históricas del 2016, La cofradía de la Armada Invencible) regresa a nuestras librerías con El relojero de la Puerta del Sol (Edhasa, 2017),donde novela la apasionante vida de José Rodríguez Losada, creador del famoso reloj de la plaza madrileña en torno al que millones de españoles (ya sea de forma presencial o por televisión) celebran la entrada del año nuevo. En el siguiente artículo, Lara recorre la experiencia vital de un personaje fascinante del turbulento siglo XIX español.


José Rodríguez Losada. El relojero de la Puerta del Sol

Por Emilio Lara | Escritor y profesor de Historia | @emiliolaral 

Existe cierto consenso en fijar su naci­miento en 1797 en la aldea leonesa de Irue­la, localidad perteneciente por aquel enton­ces a la jurisdicción de Losada. Su verdadero nombre era José Rodríguez Conejero, pero según la costumbre de la época de los emi­grados, cambió su segundo apellido por el de su pueblo natal. En este caso, eligió el de Losada. Y con ese nombre sería conocido por toda Europa.

Sus padres, Miguel Rodríguez y María Conejero, tuvieron varios hijos. José era el mayor y se dedicaba a pastorear las vacas de su progenitor, un hidalgo venido a menos. En 1814, finalizada la Guerra de la Indepen­dencia, España se hallaba arruinada y devas­tada en muchos aspectos. Nada más regresar de su dulce cautiverio en Francia, Fernando VII fulmina el régimen constitucional instau­rado por las Cortes de Cádiz y se erige como el rey. La constitución de 1812 queda anu­lada y se reinstaura el absolutismo. Precisa­mente un anochecer de 1814, José regresó a su casa habiendo perdido una ternera. Su padre le dijo que si volvía sin ella lo mataría a palos. Buscó al animal y lo encontró muer­to, devorado por los lobos. Asustado por la paliza mortal que le esperaba, decidió huir. Tomó la decisión de no volver a la casa pa­terna. Al amanecer del día siguiente, lo re­cogió un arriero que iba a Extremadura y decidió viajar con él.

Aspecto exterior del reloj de la Puerta del Sol (EFE)

A partir de entonces, José desempeñó variados oficios hasta que, durante el Trie­nio Constitucional, se alista en las filas libe­rales y alcanza el grado de oficial de caballe­ría. En 1823 termina el sueño liberal, el general Rafael Riego será derrotado a me­diados de septiembre en Jaén por el ejército realista y los Cien Mil Hijos de San Luis. Po­cos días después, la batalla de Trocadero (Cádiz) supone el triunfo definitivo de las armas absolutistas. El reinado de Fernan­do VII entra en su última fase, la Década Ominosa (1823 1833), lo que ralentiza la modernización del país en todos los órde­nes. Sin embargo, José Rodríguez nunca abandonará su ideología liberal, lo que le acarreará que la monarquía absoluta fernan­dina siga persiguiéndolo.

En 1828, la persecución policial contra José Rodríguez se estrecha. El superinten­dente de policía de Madrid, José Zorrilla Caballero, centra su labor profesional en la detención de los miembros de los grupús­culos liberales que se reunían en secreto. El superintendente, con un extraño sentido teatral, se disfrazaba de fraile para infiltrarse en las reuniones liberales e identificar a sus componentes y, también, revestido con el hábito, acudía a sus citas amorosas para son­ sacar información política a sus eventuales amantes. José Rodríguez y sus compañeros liberales le tendieron un atardecer una tram­pa al jefe de policía y consiguieron que éste, bajo presión, firmara un documento oficial para que José pudiera sortear los puestos aduaneros y poder cruzar la frontera pire­naica. Consiguió eludir la persecución po­licial y, tras atravesar los Pirineos, pasó dos años en Francia hasta que decidió continuar su exilio en Inglaterra, la cuna de la Revolu­ción Industrial.

El Comité de Ayuda a los Emigrantes era la organización de exiliados españoles, radi­cada en Londres, que ayudaba económica­mente a los compatriotas liberales que huían de la represión del régimen absolutista de Fernando VII. Inglaterra se había converti­do el principal país de acogida de quienes defendían las libertades y la abolición del Antiguo Régimen, y en su capital se estable­ció nuestro protagonista.

Dicho Comité le buscó trabajo como mozo de limpieza en una relojería situada en Euston Road. Su propietario, John Hamil­ton, le encomendó que barriese el taller y la tienda, y que echase las piezas inservibles a la basura. Transcurridos seis meses, mister Ha­milton descubrió sorprendido que José no había tirado las piezas rotas, sino fabricado relojes con ellas. Admirado de su destreza, lo nombró su ayudante, y así comenzó una nueva etapa en su vida.

John Hamilton falleció en el invierno de 1835 y José se casó en agosto de 1838 con su viuda, Anna Sinclair Hamilton. Ella era diez años mayor que él, lo que no supuso ningún obstáculo para que tuvieran un dichoso ma­trimonio. José se hace cargo de la relojería y decide trasladarla a Woburn Buildings Tavis­tock Square. De manera paulatina, su reloje­ría adquiere notoriedad y sus relojes comien­zan a ser solicitados no sólo en Londres, sino en diversos lugares. Decide buscar un empla­zamiento comercial mejor y traslada la reloje­ría a Regent Street, 108, estableciéndose des­pués definitivamente en el número 105. Sus bellos relojes llevaban la firma J. R. Losada. Su espíritu y visión comercial le llevaron a anun­ciarse en prensa (española, sobre todo) y a abrir sucursales en otros países.

En la trastienda de su relojería fundó La Tertulia del Habla Española, a la que esta­ban invitados todos los españoles exiliados, establecidos en Londres por negocios o de viaje en la metrópoli. Estaba prohibido ha­blar de política para no generar discusiones, pues allí se daban cita carlistas, progresistas, moderados y unionistas, es decir, casi todo el arcoíris ideológico. Entre los tertulianos más famosos destacaron el general Cabrera –el Tigre del Maestrazgo–, el duque de Mon­tpensier, el general Prim y el dramaturgo José Zorrilla y Moral, hijo del jefe de policía que persiguió con saña a José Rodríguez Losada durante el absolutismo de Fernando VII. El relojero se hizo tan amigo del arruinado escritor, que pagó sus numerosas deudas, por lo que Zorrilla le devolvió el favor dedicán­dole algunas de sus obras.

La precisión y hermosura de sus relojes alcanzan fama internacional y son deman­dados por la flor y nata de media Europa. Se especializó en relojes de bolsillo y de saboneta, de los que llegó a construir más de cinco mil. Solían ser de oro y plata, con una maquinaria de precisión y unos delica­dos acabados en metales preciosos. Entre sus clientes estuvieron Isabel II, su esposo Francisco de Asís y las infantas, así como el general Narváez.

El país que un día lo persiguió reconoce su mérito, de manera que el Gobierno, en 1854, le concede la medalla de Caballero de la Orden de Carlos III. Se hacen gestiones gubernamentales para intentar que regrese a España, pero él nunca querrá abandonar Londres, la ciudad que lo acogió y donde prosperó.

La renovación de la flota de guerra es­pañola obligaba a disponer del mejor instru­mental técnico, siendo indispensables los cro­nómetros de precisión, por lo que la Armada le encargó varios de ellos. Pero su vinculación comercial con España no quedó restringida a la Marina, pues construyó un reloj­farola para Jerez que se instaló en la plaza del Arenal, así como los relojes de las catedrales de Caracas (Venezuela) y de Málaga. Y también los del Colegio Naval de San Fernando, del antiguo Ministerio de Fomento, de los Padres Esco­lapios de Getafe y del Arsenal de Cartagena.

En 1860 visitó España por motivos pro­fesionales. Durante su estancia en Madrid se alojó en un hotel en la Puerta del Sol y observó lo mal que funcionaba el reloj que había instalado en la Casa de Correos (en ese momento sede del Ministerio de Gober­nación), procedente de la antigua iglesia del Buen Suceso. Dicho reloj era una anti­gualla y atrasaba, e incluso era raro que las manecillas de las cuatro esferas concorda­sen, pues no era extraño que alguna mar­case una hora diferente a las demás. José, picado en su amor propio, decidió cons­truir un moderno reloj y donarlo al pue­blo de Madrid.

Aquel reloj, el de la Puerta del Sol, se­ría su obra cumbre. Se inauguró en noviem­bre de 1866 con motivo del cumpleaños de Isabel II.

Tal fue la fama alcanzada por José Ro­dríguez que recibió el encargo de reparar el Big Ben, ya que su constructor, John Dent –principal rival del español– había muerto. Y lo arregló.

Su esposa Anna falleció en 1862 y él con­tinuó al frente del negocio con la ayuda de dos sobrinos, a los que se trajo de su loca­lidad natal de Iruela para enseñarles el ofi­cio. Con la salud debilitada, José Rodríguez Losada murió en Londres el 6 de marzo de 1870 y legó su considerable fortuna a sus hermanas y sobrinos, a sus dos sirvientes y a su médico. Fue enterrado en el cementerio londinense de Kensal Green, donde repo­san sus restos.

Tan célebre fue en la segunda mitad del siglo XIX, que Benito Pérez Galdós lo saca en una escena de uno de sus Episodios Na­cionales, La revolución de julio.

Fue uno de los grandes españoles del apasionante siglo XIX, un hombre que supo reinventarse, trabajar con denuedo, que fue capaz de reunir en su tertulia a compatrio­tas de ideas políticas enfrentadas y que cons­truyó el reloj de la Puerta del Sol, con cuyas campanadas en Nochevieja tomamos las uvas para celebrar el Año Nuevo. Un ritual alegre que nos une sin importar donde vivamos.

*Las negritas son del bloguero, no del autor del texto.

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