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"La historia es una forma más de ficción"
Jorge Luis Borges

El mito del samurái en la literatura

Fotograma de la película ‘Los 7 samuráis’.

David B. Gil vuelve a XX Siglos (tras contarnos hace unos meses la historia real que había tras Silencio) para hablarnos de un tema que domina como pocos escritores en España como ha demostrado con El guerrero a la sombra del cerezo (Suma de Letras, 2017, que por ciento tiene un reciente spin-off digital con Shokunin ).

David se adentra en la historia de los samuráis y en su mito y termina preguntándose cómo debe ser la recreación de tan icónica figura en la ficción histórica. A todos los que os guste este tema… no me perdería este artículo…


El mito del samurái en la literatura

Por David B. Gil | Escritor | @DavidBGil

Existe un viejo dicho japonés que reza «de entre las flores, la del cerezo; de entre los hombre, el samurái». El aforismo pone de manifiesto el papel preponderante que, históricamente, la sociedad nipona ha otorgado a esta casta guerrera que durante siglos ejerció la función de aglutinante social, factor de orden y, sobre todo, modelo de conducta para el resto de los japoneses. ¿Pero cuánto hay de cierto y cuánto de mito en esta imagen del samurái que ha llegado hasta nuestros días? ¿Estamos ante una realidad histórica o ante un constructo cultural?

Ciñéndonos a los hechos, los samuráis son la elite militar que rigió el país desde el declive de la era Heian (siglos IX al XII), cuando el poder aún residía en la nobleza y la corte imperial, hasta el bakumatsu o final del shogunado Tokugawa en la segunda mitad del XIX. Casi siete siglos de supremacía de una casta que impuso a la totalidad de la población su estricto código ético y de conducta heredado del confucionismo chino y del budismo zen, y que, hasta cierto punto, sigue impregnando a día de hoy el carácter de los japoneses.

Esta larga supremacía de los samuráis, durante la cual el país estuvo fraccionado en numerosos feudos e inmerso en constantes guerras internas, implica que no se puede trazar un perfil simple y uniforme de esta clase guerrera: es imposible que un samurái del periodo Sengoku, la etapa más cruenta de la historia del país, tenga la misma visión del mundo que uno del periodo Edo, que supuso una paz de más de dos siglos bajo el gobierno de los Tokugawa. Del mismo modo que la realidad de un samurái rural, que en muchas ocasiones debía trabajar la tierra con sus propias manos, era muy diferente de la de uno al servicio directo del señor feudal.

El festival de Soma-Nomaoi se celebra de forma anual desde hace 1.100 años en el área de Soma, con una gran tradición samurai (EFE)

Los primeros retratos que nos llegan de los samuráis, no obstante, carecen de cualquier vocación realista, mezclando los hechos históricos con el mito (algo habitual en las antiguas crónicas del país). Se trata, más bien, de obras literarias sobre hechos históricos, la más relevante de las cuales es el Heike monogatari (o Cantar de Heike), una epopeya de la tradición oral que puede considerarse el origen de la literatura de samuráis y que narra la guerra entre los clanes Taira y Minamoto. La primera versión de este poema épico data de principios del siglo XIII, y ya encontramos en él las virtudes que tradicionalmente se suelen atribuir a esta casta de guerreros: obediencia ciega al superior, una lealtad inquebrantable o el honor como valor superior e intangible que se debe preservar por encima de la propia vida (y que, a menudo, solo se puede restituir con el sacrificio de esta).

Podría decirse que el Heike recoge el ideal de caballero en el que la casta samurái le gusta verse reflejado y que, en gran medida, cala entre las clases populares, pues se trata de una obra destinada a todo tipo de audiencias, recitada por los monjes mendicantes en plazas y tabernas. Pero esto no significa que fuera un reflejo fiel de la realidad de estos guerreros. Partamos, por ejemplo, de un valor tan intrínseco al concepto de samurái como es el de la lealtad hacia el superior: si bien entre los samuráis de rango bajo y medio existía una estrecha relación de vasallaje hacia su señor feudal —perpetuada por la tradición familiar y por el complejo sistema de estipendios y propiedad de la tierra—, los lazos de lealtad de los vasallos más poderosos, con sus propios territorios y castillos, eran mucho más débiles y fluctuantes, siendo habituales las traiciones movidas por intereses políticos o la ambición de territorios ajenos. No era extraño, por ejemplo, que un daimio (señor feudal) mantuviera cautiva durante años a la familia de un supuesto aliado para garantizarse su fidelidad.

Hay que tener en cuenta que durante siglos el país se encontró inmerso en constantes guerras civiles, y los conflictos hacen que afloren los pragmatismos necesarios para la mera supervivencia, tan alejada de veleidades románticas. Las constantes batallas y las suspicacias mutuas hicieron de los samuráis guerreros despiadados que explotaron a la población campesina para costear sus guerras. En este contexto, no es de extrañar que estuvieron dispuestos a adoptar cualquier ventaja táctica que pudieran lograr, por poco tradicional que esta pudiera resultar, como fue el caso de las armas de fuego introducidas por los portugueses, y que muchos daimios se apresuraron a incorporar a sus ejércitos, siendo el caso más paradigmático el de Oda Nobunaga, que la uso con gran asiduidad y eficacia en las contiendas.

No fue hasta el largo periodo de paz de la era Edo (siglos XVII-XIX), durante el gobierno de los shogunes Tokugawa, que empezó a surgir la imagen moderna del samurái que ha llegado hasta nuestros días. Convertidos en funcionarios y políticos que portaban sus sables como mero símbolo de estatus, los samuráis comenzaron a idealizar su pasado militar, glorificando las grandes batallas y nombres de antaño.

Autores como Yamaga Soko comienzan a teorizar sobre el «bushido», el supuesto código ético que regía la forma de conducirse en la vida y en la muerte de estos guerreros (aunque, en realidad, nunca fuera más que un conglomerado difuso de prescripciones y tradiciones militares y budistas zen), de modo que numerosos autores se aplicaron a una reinterpretación nostálgica del pasado. Entre ellos destacó Yamamoto Tsunetomo, autor de Hagakure («Oculto bajo las hojas»), obra que pretendía definir para la posteridad los fundamentos de esta casta de guerreros y recoger y estructurar, en torno a una serie de enseñanzas, el espíritu del bushido. La obra de Tsunetomo gozó de gran predicamento y contribuyó en gran medida a asentar la imagen del samurái que ha llegado hasta nuestros días.

El largo declive del shogunado Tokugawa —acelerado por la irrupción en 1852 de la armada estadounidense, que obligó a Japón a abrirse comercial y políticamente tras siglos de aislamiento— dio paso, no obstante, a una nueva era: la restauración Meiji, caracterizada por devolver el poder a la figura del emperador y su corte política en detrimento de los señores feudales. La figura del samurái fue denostada como una rémora del pasado, aunque, en la práctica, muchos miembros de esta casta continuaron ocupando puestos de poder en el nuevo régimen.

De hecho, en el imaginario colectivo del país el samurái continuó siendo una figura de prestigio, hasta el punto de que en la primera mitad del siglo XX, con la exacerbación del nacionalismo japonés, autores como Inazo Nitobe procedieron a una recuperación emocional de estos guerreros del pasado. Una mitificación debidamente explotada por el ejército imperial durante la II Guerra Mundial para enardecer a las tropas, y que no decayó pese a la derrota de Japón en la contienda, sino que arraigó como símbolo de un pasado más glorioso.

A ello contribuyó la literatura de posguerra, que empleó la figura del samurái para alentar la recuperación de ciertos valores tradicionales —tal como hizo Yukio Mishima— o, simplemente, como protagonista de historias de entretenimiento y evasión que distrajeran a la castigada sociedad japonesa (fue el caso de las novelas de Eiji Yoshikawa).

Pero si queremos una aproximación más pragmática y realista a la figura de estos guerrero, podemos recurrir a la obra samurái por excelencia: El libro de los cinco anillos, texto escrito por Miyamoto Musashi en 1645, en el que este afamado bushi explicó —de forma sorprendentemente divulgativa— su filosofía vital y sus técnicas de lucha.

De origen humilde, superviviente de batallas como la de Sekigahara (la más multitudinaria y trascendente de la era feudal japonesa) o el asedio a Osaka, y, supuestamente, vencedor de más de 60 duelos en su juventud, nadie podrá acusar a Musashi de ser un romántico o de hablar desde la nostalgia impostada del que nunca ha guerreado. Más bien al contrario, su manual se sustenta en el conocimiento práctico adquirido durante una vida entregada a la «Vía del Guerrero» y, en un plano más filosófico, en la máxima vital de superar al rival a toda costa: «La vía que transitan los guerreros consiste en ser superior al adversario en cualquier asunto o disciplina».

No obstante, también encontramos un refinamiento en las ideas de Musashi que va más allá de la simple doctrina marcial; por ejemplo, en su convicción de que el samurái debía ser un hombre justo e instruido, poseedor de una visión elevada del mundo y de una serie de rasgos de carácter. No se refiere a una superioridad inherente a los miembros de esta casta guerrera, como harán algunos de los autores que posteriormente la idealizarían, sino a un compromiso permanente por alcanzar estos valores: «la Vía del Guerrero exige que el practicante aprenda tanto la disciplina de las letras como la de las armas. Tal es el camino correcto del samurái. Aunque sea torpe y se le dé mal, un guerrero no debe cejar en el cultivo de esa doble faceta».

¿Cómo debería ser, por tanto, la recreación del samurái en la novela histórica? El autor de ficción no está atado por las lógicas restricciones que la verdad impone a un historiador o un académico. El mito y la leyenda son territorios naturales de la literatura, por lo que el escritor es libre de tender más hacia la realidad histórica o hacia una imagen estilizada o, sencillamente, exagerada, en función del tono de su relato. Por lo que a mí respecta, en El guerrero a la sombra del cerezo he intentado ofrecer una imagen compleja de esta casta guerrera, encontrando personajes como Kenzaburo Arima, sirviente directo de un daimio y guerrero tradicionalista apegado al código, que vive muy consciente de los valores que se exige a su clase, y otros como Asaemon Hikura, samurái de origen humilde, cínico y descreído, para el que su habilidad con el sable solo es una vía de subsistencia.

Pero para abordar un retrato de esta peculiar clase guerrera no basta con mostrar a varios de sus miembros y sus diferentes concepciones de la «vía del guerrero», también es necesario mostrar el mundo en el que se desenvuelven y cómo son percibidos por el resto de la sociedad. El guerrero a la sombra del cerezo es, ante todo, un relato de aventuras, pero también es un intento (bastante obsesivo, si me lo permiten) por mostrar de forma fidedigna la realidad del Japón de la época. Para ello no podía limitarme a los ambientes cortesanos y militares que son habituales en este tipo de historias. El lector encontrará personajes de muy diversas extracciones sociales, desde campesinos a mercaderes, médicos ambulantes o guerreros ashigaru; todos ellos se imbrican en la narración y tejen una visión policromática del Japón de finales del siglo XVI y de la casta guerrera que lo gobernaba.

BIBLIOGRAFÍA

El libro de los cinco anillos, de Miyamoto Musashi (Satori Ediciones, 2015)

Historia de los samuráis, de Jonathan López-Vera (Satori Ediciones, 2016)

Hagakure, de Yamamoto Tsunetomo (editorial Dojo)

Bushido, de Inazo Nitobe (editorial Paidotribo, 2011)

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5 comentarios

  1. Dice ser jmg

    Mucho bushido y mucha ceremonia del te pero en China y la IIGM unos cabrones de cuidado.

    11 junio 2017 | 12:12

  2. Dice ser e

    Ya te digo si hay mito… Como cuando apenas 100 españoles vencieron a cientos de samurais

    https://es.wikipedia.org/wiki/Combates_de_Cagay%C3%A1n

    11 junio 2017 | 16:59

  3. Dice ser Casandra

    ENCUESTA

    ¿ Los niños deben ver peliculas de Akira Kurosawa ?

    A ) No son muy violentas y es un cine de adultos

    B ) Si solo es cine

    C ) No sabe / No constesta

    11 junio 2017 | 18:57

  4. Dice ser Carmen

    La recreación histórica dependerá, supongo yo, del enfoque que le pretenda dar el autor. Si lo que busca es ser fiel a la realidad, como bien señalas, no será lo mismo un samurái del periodo Sengoku y otro del periodo Edo. Ahora bien, todo autor se puede permitir licencias poéticas (pongamos por caso el anacronismo del conocido reloj de pared en Julio César de Shakespeare) y sin embargo, darle verosimilitud al protagonista a pesar de dicha licencia.
    También en Occidente se idealizó al caballero medieval, el amor cortés, la vida en el castillo, que acaba confundiendo realidad con fantasía y magia (Tristán e Isolda de Béroul). Y hasta día de hoy se sigue llevando al cine esa imagen fantástica cuando en realidad el feudalismo era todo penurias, miseria, enfermedades, guerras…

    No estoy de acuerdo con que el bushido sea un simple “conglomerado” de ideas basadas en el zen. De hecho, era su sistema filosófico con el que asumían la muerte con la mayor entereza. Ese espíritu precisamente se ve en el “samurái” del siglo XX Yukio Mishima. Todo el sepukku lo lleva a cabo como un ritual sagrado junto a su compañero (el que lo decapita, no recuerdo el nombre ahora). Bueno aparece en la obra de Juan Antonio Vallejo-Nájera, Mishima o el placer de morir.
    En todo caso quizás el bushido carezca de un autor como por ejemplo Sun Tzu y su Arte de la Guerra. Pero tener sí que tiene un código al que se ceñían sin dudarlo.

    11 junio 2017 | 20:33

  5. Dice ser la jamba

    David Yague parece que te gustan mucho los samurais, los musculados gladiadores y la desnudez de los atletas griegos.

    12 junio 2017 | 09:09

Los comentarios están cerrados.