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"La historia es una forma más de ficción"
Jorge Luis Borges

2.000 A. C. Ritual en Stonehenge

¿Quién no ha sentido fascinación por ese misterioso círculo de piedras llamado Stonehenge, en Inglaterra. ¿Quiénes fueron sus constructores? ¿Para qué lo utilizaban? Parece que las certezas han quedado ocultas en las brumas del tiempo.

imgManagerComo ya os avanzaba en las novedades del mes, el próximo día 12 de noviembre, jueves, sale a la venta en España el último libro de Edward Rutherfurd (autor de las interesantes y gigantes Londres, Nueva York, París, etc), Sarum. La novela de Inglaterra. Con su habitual estilo y estructura, el autor recorre noveladamente la historia de la comarca de Salisbury desde la prehistoria hasta nuestros días, a través de las historias de varias familias. De Rutherfurd ya os hablaré más otro día.

Hoy os dejo con un texto de Sarum, donde el autor nos traslada al interior de un ritual en Stonehenge. El propio autor escribe que “respecto a las prácticas religiosas, astronómicas y constructoras en Stonehenge no puede afirmarse nada con certeza, y me he tomado la libertad de efectuar mi propia selección entre las numerosas teorías propuestas”.

Os dejo con Rutherfurd y su viaje a Stonehenge. ¡Buen domingo y buenas lecturas!

 


 

El henge

 

2000 a.C.

Aún faltaban unas horas antes de que amaneciera.

En el centro del gran templo de Stonehenge, los seis sacerdotes aguardaban con impaciencia recibir órdenes: llevaban bastante tiempo sin oír la voz del sumo sacerdote.

A un observador que no estuviera al tanto de los rituales de Stonehenge, la escena le habría parecido muy extraña. Los sacerdotes, cada uno de los cuales aguardaba respetuosamente en su lugar, vestían una sencilla túnica confeccionada con lana de cordero sin teñir, calzaban recias botas de cuero para defenderse del frío y llevaban la cabeza rapada, a excepción de un  mechón en forma de “V” cuya punta quedaba entre los ojos. Cada sacerdote sostenía dos o tres largas estacas con la punta afilada.

Aparte de los sacerdotes, en el henge había solo otra persona: en la entrada, inmovilizado con recias sogas de cuero, y mudo debido al terror que lo embargaba, yacía un joven delincuente a quien, al amanecer, sacrificarían al dios del Sol.

Dluc, el sumo sacerdote, parecía no prestar atención a ninguno de ellos. Su alta y flaca figura envuelta en largos ropajes grises permanecía inmóvil como una piedra. En la mano derecha, sostenía un báculo ceremonial cuya parte superior, moldeada en bronce y decorada con oro, presentaba un elegante figura de un cisne, el símbolo del dios del Sol. En la mano izquierda sostenía un gran ovillo de cordel de lino. Su rostro enjuto y rasurado se mantenía impasible: sus ojos estaban fijos en un punto lejano del horizonte.

El sumo sacerdote tenía sobrados motivos para sentirse preocupado. Desde hacía algún tiempo todo indicaba que —a menos que lograran aplacar a los dioses— el antiguo territorio de Sarum y sus recintos sagrados estaban condenados a ser destruidos. Pero ¿qué podía hacer él para impedirlo? ¿Y de cuánto tiempo disponía?

—Si Krona cayera enfermo… —murmuró el sumo sacerdote para sí. Era una idea aterradora. Dluc trató, en vano, de apartarla de su pensamiento.

Imperceptiblemente, la presión de sus dedos alrededor del báculo se intensificó.

Pero había otros deberes que cumplir y mucho trabajo que llevar a cabo aquella noche. Dejando a un lado sus dolorosos pensamientos el sumo sacerdote señaló con su báculo cuatro puntos del círculo y emitió una escueta orden:

—Colocad los marcadores.

Los sacerdotes se dirigieron apresuradamente hacia los lugares que había indicado su superior y clavaron cada uno una estaca en el suelo. Aquella noche, como todas las noches, los sacerdotes astrónomos de Stonehenge se hallaban ocupados midiendo el firmamento.

En el frío otoñal brillaba la media luna. La noche estaba tachonada de estrellas. El rocío que cubría las desnudas colinas, que se alzaban majestuosas en torno al monumento, hacía que estas resplandecieran a la luz de la luna.

Sobre cada colina de la región sagrada aparecían unos túmulos de creta —unos alargado, otros circulares—, pálidas formas que relucían, incluso a muchos kilómetros de distancia, como buques fantasma varados en aquel inmenso e inmóvil mar. En Sarum los muertos velaban sobre los vivos, y eran honrados por ello.

El terreno sagrado se extendía a lo largo de muchos kilómetros a través del ondulante paisaje y contenía no solo los túmulos funerarios, sino también unos pequeños templos de madera en terraplenes vallados. Durante siglos, esa zona elevada había sido contemplada con reverencia. Ningún lugar en la isla era más venerado; los peregrinos viajaban durante muchas jornadas a lo largo de los caminos que cruzaban las colinas calizas para visitar esa sagrada meseta.

En el centro, sobre una ladera suavemente ondulada, se alzaba el henge mágico.

Era descomunal: un terraplén circular, de unos cien metro de diámetro y rodeado por una zanja profunda, circundaba el sanctasanctórum. Eso no era frecuente, pues, por lo general, la zanja de los henges de la isla se hallaba dentro del terraplén, no fuera. “Pero nosotros somos diferentes”, declaraban ufanos sus sacerdotes. Desde el lado nordeste, una amplia avenida entre muros de tierra formaba un recto camino ceremonial que conducía a lo largo de seiscientos metros hasta el recinto sagrado, cuya entrada estaba flanqueada por un par de gigantescas piedras de arenisca gris. Aquel acceso estaba reservado a los sacerdotes y a las víctimas destinadas al sacrificio. Dentro había dos pequeños túmulos utilizados para las observaciones astronómicas, un círculo exterior formado por cincuenta y seis marcadores que el actual sumo sacerdote había restaurado, y un círculo interior doble —que aún no había sido completado— compuesto por menhires de arenisca gris azulada.

El henge tenía ochocientos años de antigüedad y poseía un gran significado místico. No solo era el lugar donde los sacerdotes celebraban sus sacrificios rituales  al dios del Sol y a la diosa lunar, sino que tenía importantes propiedades astronómicas, fundamentales para la organización de todas las actividades en el inmenso terriotorio de Sarum regido por Krona.

Y aunque existían henges más grandes, como el enorme complejo del noroeste conocido como Avebury, feudo de otro cabecilla que gobernaba a un pueblo menos importante, Dluc les repetía siempre a sus sacerdotes: “Las proporciones de nuestro henge son mejores; y nosotros somos unos astrónomos superiores”.

Ciertamente, el henge era perfecto: el día del solsticio de verano, el sol se alzaba por el horizonte exactamente frente a la entrada y su primer rayo escarlata se proyectaba a lo largo de toda la avenida bañando con su luz las dos piedras grises de la puerta ye l centro del círculo. Durante el solsticio invernal, el sol se ponía exactamente en su sentido contrario, de forma que sus últimos rayos emitían su postrer resplandor sobre los menhires de piedra gris azulada y a lo largo del gran camino ceremonial. En el henge, los sacerdotes utilizaban marcadores de madera para seguir la trayectoria del sol en el cielo, llevaban la cuenta de los días y ordenaban el calendario; calculaban las fechas de los solsticios y equinoccios, determinaban la época idónea para sembrar y cosechar, y también para efectuar sus ritos sagrados. El henge constituía un gigantesco reloj de sol que indicaba los días del año.

Tal como sabía Dluc el dios del Sol reinaba sobre el henge y sobre la totalidad de Sarum. Su permanente presencia se imponía sobre las colinas, las mesetas y los valles. Por la mañana y por la tarde, cuando sus poderosos rayos incidían en los cerros que rodeaban el lugar donde confluían los cinco ríos y arrojaban sombras inmensas sobre el valle, cada hombre sabía que el Sol le observaba. Al mediodía, su luz inclemente caía sobre el suelo gredoso que resplandecía ciegamente. El Solo proporcionaba el día y la noche, el verano y el invierno, la primavera y el otoño: el Sol daba… y arrebataba. El Sol era absoluto.

© Edward Rutherfurd

© Roca Editorial.

* Esta reproducción de esta parte del texto de la obra ha sido autorizada por Roca Editorial.

3 comentarios

  1. Dice ser rituales y cosas raras

    De aquellos polvos vienen estos lodos.
    Ignorancias del ser humano frente a un mundo que no entendía y temía, y rellenaba esos espacios con supersticiones y cosas raras.
    Y seguimos con las mismas.

    08 Noviembre 2015 | 12:52

  2. Dice ser alejo

    Aún no sabemos mucho realmente sobre Stonehenge. Cada cierto tiempo se descubren más lugares en la zona que demuestran que puede ser parte de un gran complejo con fines aún no muy claros. Uno de los más curiosos es BlueStonehenge:

    http://documentalium.blogspot.com/2014/08/bluestonehenge-y-woodhenge-el.html

    08 Noviembre 2015 | 23:29

  3. Dice ser JuegosJuegos

    A un observador que no estuviera al tanto de los rituales de Stonehenge, la escena le habría parecido muy extraña. Los sacerdotes, cada uno de los cuales aguardaba respetuosamente en su lugar, vestían una sencilla túnica confeccionada con lana de cordero sin teñir, calzaban recias botas de cuero para defenderse del frío y llevaban la cabeza rapada, a excepción de un mechón en forma de “V” cuya punta quedaba entre los ojos. Cada sacerdote sostenía dos o tres largas estacas con la punta afilada.Gracias por compartir la información para que la gente sepa esto o. juegos frozen

    09 Noviembre 2015 | 05:59

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