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Niños en ‘off’ ante el ‘espejo negro’ de la televisión

Cassidy, from 'Idiot Box' © Donna Stevens

Cassidy, from ‘Idiot Box’ © Donna Stevens

Los niños de menos de seis años ven una media de ochenta minutos de televisión al día. En España la situación es todavía peor: los de entre 4 y 12 años pasan a diario dos horas y media ante el aparato. Son los más enganchados de Europa tras los italianos y tienen un consumo catódico mucho más alto que en países con menos horas de luz solar y con mayor tendencia al encierro en casa: en Alemania, por ejemplo, la media es de una hora y 33 minutos.

La fotógrafa australiana pero residente en Nueva York Donna Stevens firma el proyecto Idiot Box (Caja tonta), una colección de retratos que desean mostrar la ausencia, la inmensa soledad, el abandono y la residencia en otro mundo de los niños pequeños situados en soledad ante un aparato emisor de programación televisiva.

Esta es la reflexión de Stevens sobre el trabajo:

La televisión es uno de los muchos ‘espejos negros’ que median en nuestras vida en el presente. ‘Idiot’ Box confía en explorar la parte más oscura de nuestro amor por la tecnología.

La serie de fotos tomadas mientras los niños ven la tele es una exploración entre la relación de contradictoria codependencia que todos compartimos con la tecnología y los medios de comunicación. ¿Deberíamos ser más cuidadosos sobre al papel de la tecnología en nuestras vidas? ¿Es justificada nuestra tecno-paranoia? Sea el ‘gadget’ que sea, ¿siguen siendo humanos nuestros problemas?

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Una animación para recordar a los personajes de ‘Twin Peaks’

El recorrido comienza con el pájaro —un Thryomanes bewickii, nativo del norte del continente americano— posado sobre la rama de un pino en un paisaje de cielo invernal: la primera imagen de la cabecera de la serie de David Lynch.

Desde que se estrenó en la televisión en 1990, Twin Peaks sigue conquistando a quien la ve de nuevo y al que tiene la suerte de descubrirla por primera vez. Al principio se presenta como una serie clásica —la investigación del asesinato de la joven Laura Palmer en un pueblo ficticio del estado de Washington— pero pronto Lynch embauca al espectador en un micromundo atemporal, un conjunto de personajes y escenarios que presentan el universo oscuro al que nadie quiere entrar pero todos están ansiosos por ver.

Las mentes creativas no dejan de encontrarla estimulante y los homenajes se multiplican en la red: de colecciones de moda y broches a tatuajes o videojuegos para Atari que nunca existieron. Twin Peaks illustrated (Twin Peaks ilustrado), del diseñador gráfico e ilustrador Martin Woutisseth, sigue con la dinámica de fervorosa admiración que levanta la serie sin necesidad de reemitirse o reeditarse en el enésimo formato.

En la animación están presentes todos: el Agente especial Dale Cooper, la mujer del leño, el Doctor Jacoby, Shelly Johnson, Donna Hayward, Audrey Horne, Leland Palmer, el enano de la habitación roja… El artista invirtió tres meses para recrear los personajes y después compuso el vídeo con una sucesión de escenarios y objetos que los unen en una hilera de recuerdos para todo el que haya visto las dos temporadas. La música es de Silencio, un grupo estadounidense de Pittsburgh (Filadelfia) influido por la atmósfera etérea de las piezas de Angelo Badalamenti, el compositor estrella de Lynch.

De apariencia sencilla y realización compleja, la pieza fue un reto para Woutisseth, que se apresura en aclarar que los retratos no son producto de un filtro de Photoshop, sino de la suma de pequeñas capas superpuestas (“entre 100 y 250”) para configurar a cada personaje. Al final de la animación, aprovechando los créditos, el autor demuestra la complejidad de cada retrato desmontando entre otros a Laura Palmer, al agente Cooper, al gigante y —por supuesto— a Bob enseñando los dientes en una terrorífica mueca.

Helena Celdrán

Twin Peaks Illustrated -Cooper

Twin Peaks Illustrated - Audrey

Twin Peaks Illustrated - Log Lady

Twin Peaks Illustrated -Waiter

Twin Peaks Illustrated - Stairs

Twin Peaks Illustrated - Laura Palmer

Twin Peaks Illustrated - Bob

El primitivo videojuego de Twin Peaks que nunca existió

El supuesto cartucho para Atari 2600 del videojuego 'Black Lodge'

El supuesto cartucho para Atari 2600 del videojuego ‘Black Lodge’

“¡Un día en el FBI nunca había sido así antes! Eres el Agente Especial Dale Cooper y te has encontrado atrapado en la Logia Negra, un lugar surreal y peligroso entre mundos. Intentes lo que intentes, no pareces poder encontrar nada salvo la misma habitación y el mismo pasillo, no importa a dónde gires”.

Así comienza la sinopsis que encabeza el libro de instrucciones del misterioso juego de consola. Black Lodge (Logia Negra) es el videojuego de Twin Peaks para Atari que nunca existió y está diseñado a partir de las características técnicas y estéticas de los juegos de la Atari 2600.

Comercializada por primera vez en 1977 y consolidada a lo largo de los años ochenta, fue la primera en tener cartuchos intercambiables y arrasó en el mercado europeo y estadounidense permaneciendo en venta durante 14 años, creando una legión de fans que aún hoy suspiran por las estética primitiva de aquellas aventuras sencillas pero efectivas.

El juego de 2011 es obra de Jak Locke, fan de los videojuegos arcade, e imita las características técnicas de los juegos de Atari. El escenario es uno de los más sugerentes de la historia de la televisión: la Logia Negra y la Habitación Roja forman parte del universo de Twin Peaks, la serie creada por David Lynch, emitida entre 1990 y 1991, que comienza con el descubrimiento del cadáver de Laura Palmer.

Locke reproduce, con la limitación tecnológica de la consola, el submundo que el Agente Especial Dale Cooper visita en sueños en varias ocasiones y en el que pasa casi 20 minutos durante el último capítulo de la serie. El autor ofrece la descarga gratuita del juego para PC y Mac y adjunta en formato pdf un libro de instrucciones de obligada lectura para poder manejar al protagonista en su misión.

Cooper debe escapar de su doble maligno, que comienza a perseguirlo sin descanso por el monótono laberinto de estancias delimitadas siempre por el telón rojo. Debe ganar puntos evadiendo a varios enemigos y en el recorrido encuentra entre otros al enano bailarín, a Laura Palmer (que puede paralizar con sus chillidos a Cooper), a Leland Palmer, a varios buhos, a un caballo blanco e incluso al temible Bob.

Helena Celdrán

'Black Lodge'

'Black Lodge'

Black Lodge

Cuando los Beatles interpretaron a Shakespeare

Los Beatles en el estudio

Los Beatles en el estudio

Haciendo canciones-cápsula de dos minutos no tenían rival, pero actuar no era lo suyo. Cuando los Beatles mantuvieron contacto con las artes visuales, actividad que ejercieron con frecuencia, dejaban de ser la máquinaria más perfecta de hacer pop para ofrecer versiones apayasadas de sí mismos.

Las películas A Hard Day’s Nigth (1964) y Help (1965) —ambas dirigidas por el eficaz mercenario Richard Lester— eran comedias que hacían un escaso favor al genio musical del grupo y convertían a los músicos en ridículos y acelerados mequetrefes y el proyecto Magical Mistery Tour (1967) —resultado de la petulancia de Paul McCartney, que se creyó suficientemente dotado como para ser director de cine— tuvo resultados aún más disparatados…

Otra cuestión es el documental Let It Be (Michael Lindsay-Hogg, 1970), la excepción a tanta birria, pero los herederos y herederas del imperio beatle no dan permiso para la reedición digital, conscientes de que es demasiado real y desmonta la idea de amigos para siempre con la que siguen haciendo medrar la fortuna.

Tampoco hay mucho mérito en la plana actuación de John Lennon en Cómo gané la guerra (Richard Lester, 1967), que rodó en Almería [este vídeo es un montaje de todas las escenas en las que interviene, unos ocho minutos en total y en este otro puede verse la película completa], ni en los cortos en cine que los Beatles lanzaron como apoyo promocional para algunas de sus canciones, por ejemplo Penny Lane —del que circula por Internet una mucho más divertida y menos pomposa versión literal—.

Pero los Beatles parecían capaces de todo y a todo se enfrentaban con las sonrisas bien puestas en la cara lavada de chicos buenos, naturales y encantadores. La caja registradora no admitía tiempos muertos ni negativas. Además de geniales como músicos, eran obedientes y carecían de autocrítica.

En abril de 1964, recién llegados al Reino Unido tras su primer viaje a los EE UU —el de la explosión de la beatlemanía con la actuación para todo el país en el Show de Ed Sullivan—, el grupo no le hizo ascos a interpretar un fragmento de William Shakespeare para televisión. Fue grabado en los Estudios Wembley de Londres y emitido el 6 de mayo por la cadena ITV en el especial de una hora Around The Beatles.

El fragmento que el grupo afronta con una envidiable desvergüenza pertenece a la comedia romántica A Midsummer Night’s Dream (El sueño de una noche de verano), que Shakespeare escribió en torno a 1595. La escena que los Beatles se encargan de convertir en una comparsa de carnaval es la primera del quinto acto, con Lennon interpretando el personaje femenino de Tisbe (“elegí el personaje con el vestuario más estúpido, como siempre”), McCartney es su pretendiente Píramo, George Harrison hace de Moonshine y Ringo Starr de León. La historia de amor imposible de Tisbe y Píramo, robada por el dramaturgo inglés a Ovidio, fue la inspiración posterior de Shakespeare para Romeo y Julieta.

Pese a la necesaria benevolencia —han pasado casi 50 años—, la visión produce vergüenza ajena. Mucho más saludable, como compensación, es la versión shakesperiana de la letra beatle de la canción A Hard Day’s Nigth, desnudada para que quede constancia de su fruslería e interpretada por el actor Peter Sellers.

Ánxel Grove

La última vez que pasó algo en Nueva York

Ilustración de la cubierta y la tapa posterior de "Love Goes to Buildings on Fire"

Ilustración de la cubierta y la tapa posterior de “Love Goes to Buildings on Fire”

De tener la suerte de cruzarme con alguna máquina del tiempo tendría muy claro a qué epoca y lugar desearía transportame: Nueva York, entre principios de 1973 y finales de 1977, el lustro del último gran renacimiento.

Estoy leyendo Love Goes to Buildings on Fire, una crónica en primera persona del periodista Will Hermes, bendecido por ser un adolescente que creció en el momento y el espacio exactos. El libro no está traducido al español y hay muy pocas probabilidades de que lo esté algún día dado el desinterés general de las editoriales nacionales por los ensayos musicales.

¿Qué sucedió entre 1973 y 1977 en la ciudad de los rascacielos? “Todo” no sería una respuesta subjetiva. El punk y el hip-hop, la música disco y la salsa, el loft jazz y el minimalismo, la new wave y la no wave nacieron en ese corto lapso temporal y en una misma ciudad, convertida en un laboratorio de reinvención de la música contemporánea donde los artistas se conocían, admiraban y colaboraban entre sí.

Portada del "Daily News" del 30 de octubre de 1975

Portada del “Daily News” del 30 de octubre de 1975

Muchos neoyorquinos todavía guardan en fundas de celofán la portada del Daily News del 30 de octubre de 1975. El  titular, redactado desde la cólera, se refiere a la negativa del entonces presidente de los EE UU, el republicano Gerald Ford, a ayudar a salvar las finanzas de la ciudad de una inminente bancarrota. “Ford a la ciudad: ahí se mueran”, decía el diario, aunque, al parecer, los editores cambiaron su idea inicial, que era: “Ford to city: Fuck Off” (“Ford a la ciudad: que os jodan”).

La quiebra y los recortes sociales consiguientes no eran los únicos problemas. Nueva York se había convertido en una de las metrópolis más peligrosas del mundo, con un índice de criminalidad tan elevado que la Policía recomendaba a los vecinos no salir a la calle tras la puesta del sol y no usar el metro “en ninguna circunstacia” durante la noche. El consumo de heroína se había disparado a niveles nunca antes conocidos y gran parte de los barrios estaban controlados por mafias de narcotraficantes.

Aprovechando lo poco bueno de la tesitura —los alquileres habían bajado drásticamente y por 100 dólares podías pagar un loft para varias personas en Manhattan, y los locales nocturnos emergían como oasis para refugiarse del desastre—, varios centenares de músicos se movieron con urgencia y, por impulsos insensatos y poco reflexivos que eran una respuesta instintiva al apocalipsis, construyeron el movimiento más excitante y plural de los últimos cincuenta años. Hicieron sin pretenderlo la música que cambió el curso de la historia.

Willie Colón, Hector Lavoe y la Fania All-Stars alquilando el Yankee Stadium para llevar la salsa-jazz a las masas; Bruce Springsteen grabando Born to Run la misma semana que Patti Smith grababa Horses y poco después de que Bob Dylan grabase Blood on the Tracks; Grandmaster Flash y Kool Herc convirtiendo los giradiscos en instrumentos musicales; los New York Dolls haciendo punk años antes que los Sex Pistols; los Ramones condensando la adrenalina del pop en una fórmula arrolladora; Television y los Talking Heads mutando el rock en un vehículo para la actitud artística; Phillip Glass construyendo paisajes musicales con elementos mínimos; Lou Reed echando al traste toda su carrera con el radical muro de ruido de Metal Machine Music

Todo esto y bastante más sucedió en Nueva York en los mejores cinco años de la música moderna.

A ese lugar de disparos, peligro, opio y música conectaré los mandos de mi teletransportador.

Ánxel Grove