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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

Entradas etiquetadas como ‘asesinato’

Sonidos visuales del Amazonas

Andy Thomas viajó a la densidad de la selva para grabar sus sonidos. El canto de los pájaros, el aullido de los monos, el traqueteo de seres invertebrados, quizás los pasos secretos de una tribu no contactadaDespués digitalizó esos rumores para crear naturaleza animada. El resultado es éste, que llamó Sonidos visuales del Amazonas.

Las imágenes en 3D crean un efecto de sinestesia. Los sonidos son formas y colores en movimiento que crecen desde su imaginación y técnica. La sinestesia es una alteración por la que algunas personas experimentan la percepción de los sentidos mezclados. Ven sonidos, huelen colores, hay muchas combinaciones posibles. Se cree que puede ser un trastorno hereditario. Se ha asociado con personas creativas, como Kandinsky, Nabokov, Rimbaud. También está relacionada con cultos tribales donde la música repetitiva genera luces y patrones.

Thomas viajó a la selva de Presidente Figueiredo, municipio del estado brasileño del Amazonas. “Este es un precioso lugar, no lo perdamos”, escribió. Quiso concienciar sobre estos espacios como había hecho antes con los bosques de Nueva Zelanda. Su obra se expone hasta el 5 noviembre en la muestra Render: hibridaciones animadas, del Espacio Fundación Telefónica de Lima (Perú).

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‘Objeticidio’, el arte de ‘asesinar’ trastos

'Objeticide' - Lor-K

‘Objeticide’ – Lor-K

Es la típica estampa callejera del abandono: el sillón destartalado, con una gastadísima tapicería y hundido en el asiento. Con el lavabo de cerámica tampoco hay mucho más que hacer, tras muchos años de servicio, lo han estrellado sin piedad contra el suelo. La imagen repetida en cualquier ciudad se convierte en el supuesto escenario de un crimen en manos de la francesa Lor-K (1987), capaz de humanizar los trastos de manera radical.

“La personificación nos ofrece una visión macabra e insólita. La comparación con los vivos es inmediata, evocando las relaciones profundas que tenemos con nuestros objetos”, declara la artista callejera, que ha dado al proyecto de “humanización” el nombre de Objeticide (Objeticidio).

'Objeticide' - Lor-K

‘Objeticide’ – Lor-K

Para crear las sangrientas instalaciones efímeras, “únicas e irrepetibles”, busca en la vía pública muebles y electrodomésticos abandonados ya inservibles y los asesina: hace de ellos piezas escultóricas espeluznantes añadiéndoles pintura roja (de hasta tres tonos diferentes, para emular la coagulación), brechas y heridas profundas. Sobre cada víctima coloca un pequeño número, como dándole carácter de caso policial.

La misión no es impresionar al transeunte con una ocurrencia gamberra, Lor-K quiere que el espectador afronte “el final de la vida de nuestros objetos” con cierta crudeza, en una época como la presente en que todos los productos que se fabrican tienen una “obsolescencia programada”.

Helena Celdrán

'Objeticide' - Lor-K

‘Objeticide’ – Lor-K

'Objeticide' - Lor-K

‘Objeticide’ – Lor-K

'Objeticide' - Lor-K

‘Objeticide’ – Lor-K

'Objeticide' - Lor-K

‘Objeticide’ – Lor-K

Muere Bill Epperidge, el fotógrafo del asesinato de RFK

Bill Eppridge - Robert Kennedy muriendo, 6 de junio de1968

Bill Eppridge – Robert Kennedy muriendo, 5 de junio de1968

Cocina del  Hotel Ambassador de Los Ángeles, noche del 5 de junio de 1968. El hombre que yace en el suelo con los ojos abiertos acaba de recibir tres balazos disparados por un revolver del calibre 22. Un par de ellos, uno en la cabeza y otro en el cuello, letales. El hombre, que tenía 43 años, moriría unas horas después en el hospital. Extendieron un parte de defunción a nombre de Robert Francis Kennedy.

A John Fitzgerald Kennedy, hermano de la víctima, también lo habían matado a tiros unos cinco años antes.

El muchacho arrodillado que sostiene al herido también tiene los ojos abiertos en una dimensión desquiciada. Se llama Juan Antonio Romero, había nacido 17 años antes en el estado mexicano de Nayarit —un lugar cuya existencia desconoce el 99% de los habitantes del área metropolitana de Los Angeles— y trabaja como ayudante de camarero en el hotel. Había atendido la suite de RFK varias veces durante el día y había sacado 15 dólares en propinas. Es mucho dinero en 1969, pero Juan Antonio está acostumbrado a la dádiva de los elegidos —en el Ambassador se hospedaban estrellas de cine— y le gusta, sobre todo, saber que ha dado la mano a un senador.

El fotógrafo que hace la instantánea está trabajando para le revista Life, que le había encargado no separarse de RFK, en la carrera electoral hacia la Casa Blanca. Tienen 30 años, se llama Guillermo Alfredo Eduardo Eppridge y había nacido en Buenos Aires, donde su padre trabajaba para una multinacional estadounidense. Cuando la familia regresó a Delaware deciden olvidarse del capricho austral del nombre de pila hispano y compuesto. Desde los 10 años el niño es simplemente Bill Eppridge.

El fotógrafo de quien nadie se acuerda que nació en Argentina acaba de morir, a los 75 años, de una sepsis infecciosa.

La Nikkormat FT con la que Eppridge hizo la foto (Christopher T. Assaf/Baltimore Sun)

La Nikkormat FT con la que Eppridge hizo la foto (Christopher T. Assaf / Baltimore Sun)

Eppridge relató muchas veces los pormenores que concluyeron en la foto de su vida. Acaso modificó sin malicia la historia para añadir las claves dramáticas que le exigían al pedirle algo extra a la coreografía bárbara del senador y el muchacho de Nayarit sobre el suelo rugoso y húmedo de la cocina, acaso se perdió en el curso del drama como cualquiera se perdería, acaso hizo las fotos sin saber con precisión qué estaba haciendo, también él tan desquiciado como Juan Antonio Romero en un momento en que el único ser humano tranquilo parece el moribundo.

La imagen es perfecta como toda foto accidental: el desenfoque al límite; el ars dramática del grano; el baile preciso entre espacios negros y luces; la chaquetilla blanca como un sudario de Romero; el brazo derecho extendido, levemente en suspenso y con el puño cerrado de la víctima; las piernas desencajadas y sin urbanidad que anuncian, sin género alguno de duda, la muerte; las manchas del pavimento, abiertas a la imaginación gracias a la perfección del blanco y negro; la propia textura del pavimento, ruda y pobre, más adecuada para Nayarit que para el Wilshire Boulevard…

Bill Eppridge - Ethel Kennedy habla con su esposo moribundohusband Robert 1968

Bill Eppridge – Ethel Kennedy habla con su esposo moribundo

Eppridge hace más fotos del momento de desordenado pánico. En la más sobrecogedora, Ethel, la esposa del senador, habla por última vez con su marido. “No me gustó hacer esa foto, ella movía los labios, musitaba ante la cara de su esposo moribundo, pero tuve que hacerla. Estaba trabajando, era mi deber“, declararía más tarde el fotógrafo, que, sin embargo, no logró retratar, como también era su deber, al pistolero homicida, Sirhan Sirhan, quizá un antisionista vengador contra el apoyo de los Kennedy a Israel en la Guerra de los Seis Días, sin duda un lunático 0, de acuerdo con las teorías de la conspiración universal, un pelele en trance hipnótico sometido al programa de control mental MK Ultra de la CIA.

El fotógrafo Eppridge trabajó muchos años más. Además del crimen de RFK, dejó para la historia al menos dos grandes reportajes: uno sobre heroinómanos en Nueva York y otro en el que acompañó durante el luto a la familia del activista antisegregación racial James Chaney, asesinado por el Klu Klux Klan.

El Hotel Ambassador fue cerrado en 1989, pero siguió siendo utilizado como set de filmación de películas, entre ellas Forrest Gump, una epifanía sobre los años sesenta. En 2005 el edificio fue demolido. En el solar han construido un complejo escolar bautizado como Robert F. Kennedy Community Schools.

El ayudante de camarero Juan Antonio Romero se sintió culpable toda su vida por no haber podido hacer algo más para salvar la vida del político, cuya tumba visitó hace unos meses. Reveló a los periodistas que las últimas palabras que dijo RFK durante la agonía fueron: “Todo va a salir bien ¿Están todos a salvo?”.

Bill Eppridge retratado por Tom Mantoani

Bill Eppridge retratado por Tom Mantoani

La foto quemada

La foto quemada

A Epperidge lo retrataron en 2012 para el libro Behind Photographs: Archiving Photographic Legends (Tras las fotografías: archivando a leyendas fotográficas). Sostiene una copia de la foto de su vida ante la cámara Polaroid de otro fotógrafo. Contó entonces que la imagen le persiguió en sueños, que no podía olvidarla pese a que apenas recuerda cómo la hizo, qué impulso le llevó a no ponerse a llorar.

Dijo también que, años más tarde, tras un incendio en su casa perdió gran cantidad de copias de sus trabajos. Al revisar el lugar incinerado y empapado por el agua de los bomberos encontró, tras un sofá, una copia en pasmoso buen estado y con los bordes quemados añadiendo un marco de luctuosa perfección.

La mejor definición de la foto del moribundo RFK y el muchachito mexicano de chaquetilla blanca la dio el fotógrafo Epperidge: “Es la foto de una crucifixión”.

Ánxel Grove

Vitas Luckus, fotógrafo asediado por el KGB, asesino y suicida

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

Se llamaba a sí mismo “chucho”. Como los perros callejeros, consideraba que ejercer la curiosidad era un deber, una necesidad si quieres encontrar buenos y brutales tesoros.

Vitas Luckus, el fotógrafo que se deja morder por un chucho en el autorretrato de arriba, fue feliz y vivió en la luminosidad de los excesos: mucho alcohol, mucha juerga, mucho amor… No podía hacer otra cosa para soportar el ambiente espeso de Lituania durante la segunda mital del siglo XX.

La historia de este tipo alocado, un brillante y activo reportero durante décadas en un país sometido a la dictadura soviética, fue contada en 1994 en el libro Vitas Luckus: The Hard Way: Photographer, Lithuania 1943-1987, escrito por uno de sus amigos. Ahora regresa a la actualidad gracias al proyecto de un documental y la voz alzada, después de un largo dolor, de Tanya Aldag, su novia, musa y socia fotográfica.

Tanya Aldag y Vitas Luckus © Vitas Luckus

Tanya Aldag y Vitas Luckus © Vitas Luckus

Desde Maryland, la ciudad estadounidense donde buscó en 1991 el consuelo de la lejanía, Aldag ha mostrado al blog Lens del New York Times, parte de los archivos del hombre con el que vivió y al que amó desde la adolescencia. El tesoro no tiene carácter de novedad —Luckus fue una estrella de la fotografía lituana—, pero sí de redescubrimiento.

Gran husmeador de vidas ajenas y gran bebedor para soportar la negrura, el reportero era un objetivo constante de la policía secreta de la URSS. Detenido e interrogado muchas veces, jamás lo acusaron de nada, pero el hostigamiento devino en una constante sensación de paranoia. El alcoholismo no ayudó.

El 16 de marzo de 1987, un hombre fue a visitar al fotógrafo al apartamento en el que vivía en Vilnius, la capital lituana. Hubo preguntas y la discusión subió de tono. Convencido de que se trataba de un agente del KGB, Luckus perdió la cordura, mató al visitante a cuchilladas y se lanzó al vacío desde la ventana. Aldag encontró el cadáver de 44 años sobre la nieve.

Tras el crimen y el suicidio, las autoridades borraron a Luckus del mapa y sus fotos fueron retiradas de circulación. La novia, que escapó a los EE UU con el equivalente a 30 euros en el bolsillo, quiere ahora repara el olvido. “Hay mucho que compartir”, declara mostrando las fotos tiernas, agudas, de una alegría tan cándida como etílica, que Chucho hizo durante más de tres décadas.

Ánxel Grove

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus