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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

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Sonidos visuales del Amazonas

Andy Thomas viajó a la densidad de la selva para grabar sus sonidos. El canto de los pájaros, el aullido de los monos, el traqueteo de seres invertebrados, quizás los pasos secretos de una tribu no contactadaDespués digitalizó esos rumores para crear naturaleza animada. El resultado es éste, que llamó Sonidos visuales del Amazonas.

Las imágenes en 3D crean un efecto de sinestesia. Los sonidos son formas y colores en movimiento que crecen desde su imaginación y técnica. La sinestesia es una alteración por la que algunas personas experimentan la percepción de los sentidos mezclados. Ven sonidos, huelen colores, hay muchas combinaciones posibles. Se cree que puede ser un trastorno hereditario. Se ha asociado con personas creativas, como Kandinsky, Nabokov, Rimbaud. También está relacionada con cultos tribales donde la música repetitiva genera luces y patrones.

Thomas viajó a la selva de Presidente Figueiredo, municipio del estado brasileño del Amazonas. “Este es un precioso lugar, no lo perdamos”, escribió. Quiso concienciar sobre estos espacios como había hecho antes con los bosques de Nueva Zelanda. Su obra se expone hasta el 5 noviembre en la muestra Render: hibridaciones animadas, del Espacio Fundación Telefónica de Lima (Perú).

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‘Bespoken’, música hecha sólo con bicicletas

Cuando era niño, solía poner tarjetas en las ruedas de la bici para escuchar el sonido rítmico y ágil que hacían al chocar una y otra vez con los radios. Ya de adulto, como compositor, aquellos ruidos leves pero constantes no abandonaban su imaginación. Johnny Random comenzó a preguntarse si podría “afinar” los radios para crear melodías, perfeccionar hábitos infantiles y convertir en música los pequeños sonidos que sirvieron de banda sonora de su infancia.

Bespoken (que se podría traducir por indicado o denotado), del músico y compositor estadounidense Johnny Random, es un disco hecho con bicicletas y sin la presencia de instrumentos tradicionales, sintetizadores, samplers ni percusiones.

En cada pieza del álbum (de momento disponible sólo en iTunes) no trata a la bici como un bicho raro del que extraer disonancias —”trato de evitar brusquedades arrítmicas y atonales“, dice en su cuenta de Twitter—, sino que explora los mecanismos para aprovechar lo mejor de ellos. Con el experimento, el autor quiere servir de inspiración a otros para que miren los objetos cotidianos “con más curiosidad y asombro”.

Random logra un conjunto coherente a partir de púas rozando neumáticos, frenos utilizados como elemento percusivo, arcos de instrumentos de cuerda rozando los radios de las ruedas como si fueran violines, baquetas golpeando piezas de metal, el aire de los neumáticos saliendo con cadencia rítmica… La variedad de matices crea una atmósfera sofisticada, etérea y a la vez tranquilizadora. Bespoken es un canto a la primera vez que se subió a una bici sintiéndose instantáneamente “libre” y el autor ha hecho todo lo posible por “capturar” esa sensación en la música.

Helena Celdrán

El museo de los sonidos en peligro de extinción

Cuatro de las reliquias del Museo de sonidos en peligro de extinción

Una tele de tubo, un vídeo, un móvil de los años noventa y un reproductor de CD

¿Alguien se acuerda del ruido que hacía el pretérito módem de 56k al conectarse a la línea telefónica? Tras escuchar las teclas de los números de teléfono, se sucedían una serie de pitidos aderezados con un ruido entre extraterrestre y básico.

A finales de los años noventa, el sonido era parte del ritual previo a conectarse a Internet, para después armarse de paciencia y esperar a que cada página cargara. Tras sólo 15 años, escucharlo provoca una sensación similar a ver el esqueleto de un mamut en un museo.

El estadounidense Brendan Chilcutt es un amante de las viejas tecnologías y se ha propuesto evitar que los sonidos que nos han acompañado en la vida cotidiana caigan en el olvido. En enero de este año inauguró el Museum of Endangered Sounds (Museo de los sonidos en peligro de extinción), una colección virtual que reune entre sus piezas el tono de un indestructible Nokia de finales de los años noventa, el ronroneo de un disquete y el ruido blanco de una televisión analógica.

“Imagina un mundo en el que nunca más volviéramos a escuchar la sinfónica música de comienzo del Windows 95. Imagina generaciones de niños ajenos al parloteo de los ángeles alojados en una vieja televisión de rayos catódicos”, escribe en su página web defendiendo su misión nostálgica.

Un teléfono de rueda, un casette, una disquetera y un tamagotchi

Un teléfono de rueda, un casette, una disquetera y un tamagotchi

Chilcutt continuará ampliando el repertorio y confía en terminar la base de datos en el año 2015. Después planea pasar siete años reinterpretando los sonidos, convirtiéndolos en composiciones binarias, para que las grabaciones que él ha realizado no sean la única documentación existente de cada uno.

Pero aún con el esfuerzo, tal vez lo que Chilcutt no ha tenido en cuenta es que la pervivencia de un sonido pasa por haberlo escuchado previamente. La memoria colectiva lo mantiene vivo mientras existen recuerdos unidos a él. Como ocurre con los idiomas, cuando el último usuario de un vídeo VHS haya muerto, nadie sabrá interpretar los matices de una cinta dentro de un reproductor.

El Museo de los sonidos en peligro de extinción me ha recordado un ejemplo curioso que tiene que ver con uno de los archivos que Chilcutt tiene en su web. Korobeiniki (en ruso, Los buhoneros) es una canción popular de la Rusia prerrevolucionaria, de ritmo pegadizo y bailable, basada en un poema de Nikolái Nekrásov (1821-1878) que cuenta el amor entre un vendedor ambulante y una joven. El lenguaje ambiguo del regateo, el precio a pagar y lo pesado de la mercancía hacen que la composición se antoje algo cómica para el lector actual.

En 1989, el japonés Hirokazu Tanaka adaptó la composición a los sonidos electrónicos de la Game Boy de Nintendo y la convirtió en la archiconocida canción del Tetris. Todos sus significados anteriores quedaron sepultados bajo la imagen de las piezas encajando sobre un fondo verdoso. No hay partitura ni grabación que valga. Pero el tiempo pasa para todos y dentro de unas cuantas décadas nadie recordará tampoco la versión metálica de la canción, ni la consola. Tal vez sólo perviva el juego en sus numerosas versiones. El tiempo, por más que nos empeñemos, siempre gana la partida.

Helena Celdrán