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La imaginación salvaje de las paradas de bus soviéticas

Hay rincones donde el espacio cotidiano se convierte en una orgía arquitectónica, las formas son dominadas por una imaginación portentosa y desacomplejada, donde una parada de autobús acaba siendo, por ejemplo, una suerte de ovni, escultura sin código, un sueño estrambótico, la deformación alegórica en mitad de la nada, el huevo creativo que eclosiona en la estepa olvidada, a medio camino entre el brutalismo y la fantasía personal. Esto es lo que ocurrió en la antigua Unión Soviética.

SARANSK, Russia. Homage to local lightbulb factory. #sovietbusstops Vol.2 @fuelpublishing .

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Las paradas de autobús de ese territorio, bautizadas como “pabellones del bus”, son eso: edificios alzados como arquitecturas inverosímiles. Último reducto de la originalidad en un mundo excesivamente centralizado. Pura extrañeza. Llamaradas en la visión del recién llegado que no sabe responder si son feas o hermosas, genialidades o bazofias.

Anapa, Russia. #sovietbusstops Vol. 2. Now available from Fuel-design.com, Amazon and fine bookstores everywhere.

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A todo viajero que se precie le gustaría esperar al autobús en una de estas paradas. Perder cuantos vehículos fuera necesario. Su belleza reside en lo inusual. Y lo inusual es el enemigo a derribar en este proceso de copia globalizadora que hemos tomado.

Kamenka Каменка, Russia. #sovietbusstops Volume 2, PAGE 93. Available on Amazon and from Fuel-design.com

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El fotógrafo Christopher Herwig ya va por el segundo volumen de su libro Soviet Bus Stops (publicado en septiembre, en Amazon). Ha recorrido 30.000 kilómetros y viajado por 14 países del extinto imperio soviético (Tayikistán, Georgia, Bielorrusia, Lituania, Abjasia, etc.). Ha utilizado todo tipo de transportes: bicicletas, motos, coches, tranvías, y, naturalmente, el autobús. Esta obra encarna su necesario arte de mirar allí donde los panfletos turísticos nos dicen que no hay nada.

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Lágrimas de los jóvenes de Lituania contra el regreso de la mili obligatoria

©  Neringa Rekasiute - Beata Tiskevic-Hasanova

© Neringa Rekasiute – Beata Tiskevic-Hasanova

Según los cálculos y mediciones más recientes, en Lituania está el centro geográfico de Europa, 26 kilómetros al norte de Vilnius, la capital del país báltico. Es una convención que casi nada significa.

Son bastante más decisivas otras característias geográficas —por ejemplo, la frontera de 227 kilómetros con Rusia, 959 con Bielorrusia y 1.576 con Ucrania— y geopolíticas —desde 2004 forma parte de la alianza militar de la OTAN y escuadrones de aviones militares del tratado tienen una base permanente en el aeropuerto de Šiauliai, construido en tiempos de la URSS y uno de los mayores de la zona—. El país, miembro de la UE desde el mismo año y con el euro como moneda oficial, también es fronterizo con el enclave de Kaliningrado, donde Rusia ha reforzado la presencia militar y la de navíos de guerra.

Tras la crisis de Ucrania y el belicismo sin contemplaciones de Vladimir Putin, los políticos lituanos —la presidenta es Dalia Grybauskaitė, una política que se define como independiente, estudió Economía en Rusia y los EE UU y ganó las elecciones prometiendo luchar contra dos enemigos, “la corrupción y la oligarquía”— decidieron en febrero que el servicio militar vuelva a ser obligatorio en el país.

La mili por ordeno y mando había sido anulada en 2008, pero el “temor a Moscú” y la falta de efectivos —hay unos 15.000 soldados, una aviciación sólo nomimal para ejercicios de vuelo y casi ningún tanque— han llevado al Parlamento a aprobar la conscripción durante los próximos cinco años: los jóvenes de entre 19 y 27 años tendrán que empezar a alistarse en septiembre, se dijo a la población.

Sin embargo, todo se aceleró compulsiva y alocadamente. El 11 de mayo, 37.000 jóvenes aparecieron en las primeras listas de levas y recibieron órdenes de estar pendientes de la llamada a filas. La idea de las autoridades es que en agosto lleguen a los acuartelamientos los primeros reclutas.

Aunque hubo un poco más de mil chicos que se mostraron dispuestos a hacer el servicio militar voluntariamente, buena parte de los implicados criticaron en las redes sociales el sistema de selección —los nombres fueron, al parecer, elegidos por sorteo— y la opción de fortalecer el Ejército como forma primaria de defensa. Muchos contaron que se sienten vejados por sus conciudadanos y son llamados “cobardes”, “desagradecidos” y “poco hombres” por negarse a la incorporación al servicio obligatorio de empuñar un arma para matar por orden del Estado, la patria o cualquiera de los otros clichés usados desde el comienzo de los tiempos para enviar a la carne joven a perder la vida.

La fotógrafa lituana Neringa Rekasiute, con la colaboración de la actriz Beata Tiskevic-Hasanova, retrató a más de una docena de chicos —la conscripción no es para mujeres según los legisladores lituanos— en planos frontales. Vistieron a todos ellos con zamarras militares de camuflaje y les pidieron que razonaran la esencia de su negativa a incorporarse a filas. En algunos casos acentuaron el drama pidiendo a los muchachos que se comportaran como no se espera que lo haga un hombre: que dejaran brotar sus emociones y derramaran lágrimas de tristeza o rabia.

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Las ‘diskos’ rurales de Lituania y los escombros de la URSS

© Andrew Miksys

© Andrew Miksys

Mientras baila en la discoteca rural la muchacha proyecta la luz del minivestido blanco y la piel nívea de las hijas del Báltico… Al fondo, a la derecha de la foto, la silueta metálica de Vladímir Lenin mira en la dirección contraria, desaprobando la diversión incluso desde el cementerio de los símbolos vacíos.

No es la única imagen de Andrew Miksys (1969) en la serie Disko —que acaba de ser editada en libro— donde el pasado se introduce por las rendijas para manchar las fotos con rastros de una historia que, pese a no ser demasiado antigua, parece paleolítica. Durante diez años (2000-2010), el fotógrafo recorrió centros comunitarios rurales de Lituania que durante los fines de semana funcionan como discotecas. Las fotos componen una colección de absurdos, inocencia y fascinante cruce de cascotes de demolición como decorado para perfiles del presente.

“A veces hurgaba en las habitaciones traseras y encontraba fotos rotas de Lenin, carteles de cine soviético, máscaras de gas y otros restos de la Unión Soviética…”, dice Miksys, que es de familia lituana pero nació y vive en los EE UU, al hablar de los “escombros de un imperio muerto” que acogen las sesiones de música disco y baile. “Era un telón de fondo perfecto para hacer una serie de fotografías sobre los jóvenes de Lituania: un pasado en ruinas y el futuro incierto de una nueva generación juntos en una misma habitación”.

Chicos que se han quitado las camisas, gotas rojas que quizá sean sangre sobre el enlosado que han pisado varias generaciones, cortinajes de imposibles tonos escarlata, poses inimitables de sincero aislamiento… Las diskos lituanas que Myskys compendió para el proyecto tienen el poder de la sorpresa y lo singular. El fotógrafo recuerda como una odisea redentora su vagar por la noche sin fin de las carreteras secundarias lituanas en busca de locales: “Nunca supe lo que me iba a encontrar, pero la posibilidad de descubrir una discoteca en algún lugar de la oscuridad y con luces de colores y música vibrante saliendo por las ventanas me empujaron a seguir adelante”.

A veces el fotógrafo tuvo problemas por asomarse a espacios que son celosamente cuidados como refugios territoriales por los jóvenes locales. “Estaban confundidos sobre mi presencia en sus discos. ¿Por qué alguien viaja desde los EE UU para fotografiar sus diskos?, me preguntaban (…) Son locales para emborracharse, bailar y a veces pelear, pero yo no hice caso de las repetidas advertencias de mis amigos para que fuera solo a esos lugares. Supongo que mi origen lituano ayudó”.

El fotógrafo cuenta con cierta nostalgia que las discotecas rurales están en decadencia por la emigración masiva de los jóvenes lituanos a las ciudades o a otros países de Europa, pero conjetura que la situación “no significa el fin de las discotecas de los pueblos”, porque las celebraciones paganas están muy hincadas en las raíces de Lituania, el último país del continente en aceptar el cristianismo. “Durante el solsticio de verano los jóvenes inundan los bosques, saltan desnudos sobre hogueras y hacen el amor entre los arbustos. Me parece que esta tradición pagana fue la primera forma de discoteca y nunca pasará de moda. Después de todo, la luna llena y las estrellas forman una bola de luces bastante impresionante“.

Ánxel Grove

 

Vitas Luckus, fotógrafo asediado por el KGB, asesino y suicida

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

Se llamaba a sí mismo “chucho”. Como los perros callejeros, consideraba que ejercer la curiosidad era un deber, una necesidad si quieres encontrar buenos y brutales tesoros.

Vitas Luckus, el fotógrafo que se deja morder por un chucho en el autorretrato de arriba, fue feliz y vivió en la luminosidad de los excesos: mucho alcohol, mucha juerga, mucho amor… No podía hacer otra cosa para soportar el ambiente espeso de Lituania durante la segunda mital del siglo XX.

La historia de este tipo alocado, un brillante y activo reportero durante décadas en un país sometido a la dictadura soviética, fue contada en 1994 en el libro Vitas Luckus: The Hard Way: Photographer, Lithuania 1943-1987, escrito por uno de sus amigos. Ahora regresa a la actualidad gracias al proyecto de un documental y la voz alzada, después de un largo dolor, de Tanya Aldag, su novia, musa y socia fotográfica.

Tanya Aldag y Vitas Luckus © Vitas Luckus

Tanya Aldag y Vitas Luckus © Vitas Luckus

Desde Maryland, la ciudad estadounidense donde buscó en 1991 el consuelo de la lejanía, Aldag ha mostrado al blog Lens del New York Times, parte de los archivos del hombre con el que vivió y al que amó desde la adolescencia. El tesoro no tiene carácter de novedad —Luckus fue una estrella de la fotografía lituana—, pero sí de redescubrimiento.

Gran husmeador de vidas ajenas y gran bebedor para soportar la negrura, el reportero era un objetivo constante de la policía secreta de la URSS. Detenido e interrogado muchas veces, jamás lo acusaron de nada, pero el hostigamiento devino en una constante sensación de paranoia. El alcoholismo no ayudó.

El 16 de marzo de 1987, un hombre fue a visitar al fotógrafo al apartamento en el que vivía en Vilnius, la capital lituana. Hubo preguntas y la discusión subió de tono. Convencido de que se trataba de un agente del KGB, Luckus perdió la cordura, mató al visitante a cuchilladas y se lanzó al vacío desde la ventana. Aldag encontró el cadáver de 44 años sobre la nieve.

Tras el crimen y el suicidio, las autoridades borraron a Luckus del mapa y sus fotos fueron retiradas de circulación. La novia, que escapó a los EE UU con el equivalente a 30 euros en el bolsillo, quiere ahora repara el olvido. “Hay mucho que compartir”, declara mostrando las fotos tiernas, agudas, de una alegría tan cándida como etílica, que Chucho hizo durante más de tres décadas.

Ánxel Grove

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus

© Vitas Luckus